Peregrinación.
Blasphemus.
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Hace poco comencé a jugar el Blasphemous y me está encantando, conozco su historia, porque lo que mas me llamo la atención fue su lore y referencias a la mitología católica española, pero lo que más me llamo la atención fue el personaje de Crisanta y hasta cierto punto me ofende que no haya tanto trabajo de ella (o del juego en general) así que esto solo será un pequeño trabajo para el fandom de Blasphemus.
No es 100% canónico, no manejo el lore como un profesional ni mucho menos, pero quiero que se sienta lo más relacionado que puedo.
No trato de ofender a nadie, ni a las creencias de nadie, simplemente es un fanfic para el disfrute.
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La peregrinación es un tiempo en el que se vive apartado de la vida diaria y en el que uno se dirige a un lugar santo…
Crisanta pensó que su peregrinación había sido aquella que la trajo ante Escribir y la que le llevo a unirse a Legión Ungida, su llamado a servir al milagro, llego cuando su abuela partió al sueño y más allá.
Empezó asistiendo a las misas con su madre, demostrando su compromiso y devoción a la iglesia y a la madre de madres.
Ganándose los elogios de los Laicos y consagrados de su pueblo, llegando así a oídos de los diáconos, quienes admiraron su dedicación incluso algunos expusieron su envidia ante la devoción que ella expresaba.
No fue, sino, cuando ya era un poco más mayor, cuando un arzobispo le invito a formar parte de la Legión ungida.
Esta fue obra del milagro, la recompensa por su devoción.
Justo antes de partir, en lo que ella consideraba su peregrinación, tuvo que despedirse de su madre, que ya hacía en cama, mermada por una misteriosa fiebre, aún recuerdo que en un principio fue reacia a dejarla sola, pero su madre le aseguro que sin importar que ella nunca la dejaría y que fuera fuerte, ya que esto no era más que otra prueba del milagro.
Esta sería la última vez que la vería, no porque ya haya partido al otro lado, si no por su penitencia, llamada en aquel entonces por Melquíades el Arzobispo, se presentó ante el con quien hablo no de una manera superior a inferior, si no de igual a igual.
Y fue ahí donde maravillada e iluminada por la elocuencia con la que tanto hablaba Melquiades fue que decidió tomar la penitencia, ofreciendo su vista al milagro.
Cuando su madre murió, ya no hubo nada que la atara o retuviese, con lágrimas en sus blancos ojos, su madre fue cremada y sus cenizas esparcidas en un rio a las fueras de su pueblo.
Cuando al fin su entrenamiento fue concluido y sus votos hechos, demostró su lealtad al volverse la guardia personal de Escribar, quien seguía sentado en aquel entonces en su trono girado.
Y así fue como pensó que su vida sería hasta que llegara su momento de partir… pero el destino es una cosa muy curiosa.
…
La tormenta aunque extraña, no era para nada algo inusual en Cvstodia, desde que aquel castigo cayó sobre todo Orthodoxia y sentenciado a un perpetuo atardecer, los días y noches dejaron de ocurrir pero a veces y en contada ocasiones en los cielos rojos se formaban nubes grises como la ceniza y que dejaban caer una fuerte lluvia, pesada e inmisericorde, azotando la piel de cualquier pobre desgraciado que se encontrara debajo de ella.
Rugiendo y advirtiendo con fuertes relámpagos, truenos y centellas su pronto llegada, Crisanta y el Penitente avanzaron rápidamente, acabando con los monstruos y creaturas que antes ella vía como muestra del milagro mismo.
Espadas, látigos, martillos, luceros del alba, cuchillos y magias, se usaron en contra de ambos mientras se abrían camino hasta la segunda llaga, en la cima de una montaña congelada, en aquel viejo monasterio.
Apresuraron el paso, para poder pasar la tormenta dentro del monasterio y ser hostigado por la inclemente lluvia.
La escalada hasta el templo fue difícil por no decir menos, el frio congelo sus armaduras pegándolas a su piel y lastimándose cuando hacían un movimiento demasiado brusco, durante las peleas contra las creaturas que custodiaban el paso.
Aun le costaba asimilar el acabar con los seres que no hasta hace poco veía como un milagro.
Mientras más subían la montaña el aire poco a poco con su frio, comenzaba a quemar los pulmones de ambos penitentes, aliviados de cierta manera que algo los distrajera del hambre y la sed que tenían, después de dos días de viaje.
Cuando llegaron a las puertas del monasterio Crisanta se detuvo, era muy difícil aun asimilar el hecho de que todo en lo que había creído era una mentira, una maquinación de un ser corrupto y superior y que tal vez, solo tal vez ella se había desviado del camino.
Entonces un suave toque la saco de sus pensamientos conflictivos, una vez más era el Penitente silencioso, que en ese silencio que tanto lo categorizaba, se había detenido para asegurarse de que su acompañante estuviera bien.
-No os preocupéis por mí, Penitente, tenemos que seguir-, Dijo rápidamente Crisanta caminando rápidamente, la carga era muy pesada como para estar poniendo más peso en ella con su preocupaciones.
Él le había mostrado que todo lo que el Milagro hacia no era justo, era más una especie de castigo hacia un pueblo que sin saber qué más hacer, buscaron una guía la cual resulto llevarlos por un camino pecaminoso.
Su recorrido por el monasterio, fue difícil, sus habitantes y residentes dieron una amplia guerra, para resguardar a su santa en vida.
Además de que algunas de las hermanas, miraban con sorpresa, a la capitana de la legión ungida luchando de lado de un miembro del lamento mudo, una orden que debía estar extinta.
Cuando al fin superaron las defensas y trampas llegaron a la cámara de "Nuestra Señora de la Faz Denegrida" y nuevamente la duda llego a Crisanta, aunque ya habían acabado con uno de los guardianes de las santas llagas, esto se sentía como firmar su sentencia ha un camino sin retorno… aunque eso no era cierto.
Nuevamente el Penitente detuvo su paso, preocupado una vez más por su insólita compañera.
Quien nuevamente tuvo que recordar que este era el verdadero camino, que esta era la dura verdad que este era su nuevo, penitencia…
Ambos entraron con sus espadas desenvainadas, siendo recibidos por Nuestra señora de la paz denegrida, quien con una mirada y una reverencia empezó la dura batalla por la segunda llaga.
La lucha fue brutal, Nuestra Señora no lo puso nada fácil, usando más que nada su magia, para mantener a raya a los penitentes, Crisanta podía responder y repelar la mayoría de sus ataques mágicos, cosa que el Penitente parecía no poder a excepción de los orbes de fuego, mientras que el Penitente parecía saber exactamente el punto débil de Nuestra Señora, en más de una ocasión fueron golpeados por sus ataques.
Pero a pesar de todo aun así pudieron ver atreves de sus defensas y golpear el punto débil en su frente, la abertura que daba a su cerebro.
Justo cuando la Señora recibió la última estocada, sus manos cayeron volviéndose ceniza y con una mirada, no de ira o tristeza, si no de agradecimiento desapareció dejándoles paso a ambos para obtener la segunda llaga.
…
Dejaron atrás el monasterio, cansados y sin fuerzas de su pelea, agradecidos de no tener que lidiar con más creaturas del Milagro.
Pero se sorprendieron… la tormenta los estaba esperando y con un rugido la fría y brutal lluvia cayó del cielo, como un látigo golpeando a los dos penitentes sin piedad, el viento comenzó a soplar y con el frio de la montaña esto solo empeoro aún más.
El Penitente Silencioso hubiera dado media vuelta y hubiera regresado al monasterio esperando que pasara la tormenta, pero no Crisanta, ella… solo se veía visiblemente incomoda y molesta por el simple hecho de seguir aquí, sabe lo difícil que puede llegar hacer cuando en todo lo que crees se desmorona dando paso a la duda y el miedo.
No lo negaría, esta peregrinación, sería más difícil si ella no estuviera…
Entonces y tomando por sorpresa a Crisanta, rodeo con su brazo izquierdo la cintura de ella, quien se estremeció pero pronto se dio cuenta de porque hacia esto, invitándola a caminar, no bajarían por la montaña, sería imposible con la lluvia y el viento, en cambio rodarían y bajarían por el sendero que tomaban las candidatas a formar parte del convento.
Tardarían más de un día en bajar, pero aprovecharían el tiempo en descansar y reponer sus fuerzas.
Después de una hora de caminata, bajo la inclemente lluvia y adentrados en lo profundos del bosque de la recua, estaban al límite de sus fuerzas, rezando por encontrar refugio, para escapar del agua helada, los vientos helados y un lugar donde descansar.
Y como si fuera una ironía, como si el milagro jugara con ellos, ahí en medio de la nada, una pequeña casa de piedra… El Penitente se sorprendió y Crisanta pudo sentir esta emoción, aceleraron el paso y entraron en la pequeña vivienda.
Casi desplomándose en el suelo, entraron la pequeña casa tenía una chimenea, leña seca y apilada junto a ella, varios jarrones y cajas apiladas en otro lado, pequeñas camas improvisadas con heno.
Mientras Crisanta se ocupaba de bloquear la puerta, el Penitente se encargó de encender un agradable fuego.
Cuando la luz y el calor del fuego empezaron a llenar el pequeño cuarto, pudieron suspirar de alivio, esperaban que la casa pudiera soportar esta extraña tormenta y que no se les callera encima.
El crepitar del fuego y la tormenta que azotaba afuera lleno la pequeña morada con un tranquilizante sonido, siendo esta una humilde invitación para despojarse de sus frías armaduras y empapadas ropas.
El sentimiento era mutuo y ambos penitentes dudaron solo por un momento, antes de empezar a despojarse de sus armaduras.
Mientras el Penitente miraba entre fascinado y avergonzado el espectáculo delante de él, Crisanta no fue indiferente ante lo que pasaba, aunque su vista se nublo, podía escuchar el sonido de los clip y broches escuchar las respiración fascinada y sobre todo, los fuertes latidos emocionados del corazón del Penitente silencioso.
Una vez que las armaduras fueron retiradas, quedaron únicamente con sus vestimentas de tela, el Penitente fue el primero en despojarse de sus prendas seguido por Crisanta.
Las prendas fueron cuidadosamente colgadas para secarse al calor de las llamas.
Y una vez más en un acuerdo silencioso ambos penitentes compartieron un lecho, sobre un montón de heno seco y mantas viejas, Crisanta en su ceguedad fue testigo del rostro del Penitente silencioso y en silencio el Penitente contemplo el rostro de Crisanta.
El Penitente contempló un rostro joven de piel blanca y pálida con cabello corto y de un rubio oscuro una expresión seria parecía acompañarla siempre, aunque su semblante en ese momento era tranquilo y casado, sus facciones siempre parecían demostrar ser de un tono más serio, ojos de una gris neblinosa prueba de su penitencia, con una mirada cansada, pero decidida.
Crisanta hizo un movimiento acercando su mano al rostro del Penitente en silencio, pero retrocedió, sintiendo la necesidad de preguntar, si estaba bien que ella tocara su rostro.
En una simple respuesta, el tomo la mano de ella y la llevo a su rostro, permitiéndole que ella lo viera, las manos de Crisanta sintieron los rasgos, la cara era ovalada, fina, empezando por una quijada no tan grande al igual que la frente, mejillas que dominan el contorno y una barbilla más corta que la frente terminando todo con líneas más armónicas y equilibradas.
Sorprendiéndola, ya que a pesar de las pruebas que ha sufrido, seguía siendo un alma gentil y desinteresada.
Temblaban aun por el inclemente frio y sus cuerpos aun suplicaban por comida, se acercaron el uno al otro, envolviéndose en los brazos del otro, entrelazando sus piernas, calmándose y tratando de calentarse y una vez que ambos se sintieron seguros, descansaron, mañana seguirían su camino.
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