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La pandemia nos cambió a todos, de alguna manera nos obligó a reflexionar en que la normalidad realmente no estaba tan mal. Ansiedad, depresión visiblemente respirable, y lo peor de muchos de nosotros afloró, libre, en solitario.
El sonido de la licuadora siempre me relajó, quizás porque me recordaba al sonido incidental de la cocina de mamá. Encontré un placebo en los ruidos que generaba la cocina.
Los huesos rotos se perdían en las aspas, la mezcla uniforme de carne, sangre y huesos tenía la textura de una salsa.
Total. La pandemia sacó lo peor de todos, no echaría en falta mi propia mano.
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Día 2 – Huesos rotos.
