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Ella siempre la observó cómo quién adora a un dios, era innegable la belleza y atractivo feroz que ejercía la laboratorista nueva. ¿Para qué negarlo? El problema era que aquella chica jamás se volvería a verla.
Eso no pasaría. Ella tenía ojos para todos los demás, pero no para ella, ¿quién se fijaría en la que hacía la limpieza de los laboratorios? Nadie.
Esa tarde lucía espectacular, mientras las gotas escurrían por su piel, por su rostro, y se llevaban todo, maquillaje, sonrisa… piel… todo borraban a su paso las gotas… del baño de ácido que había diseñado en el laboratorio donde la encerró.
Ahora ya no tendría ojos para nadie más, ni piel, ni rostro, ahora tal vez tendría una oportunidad.
Siguió limpiando el pasillo con la parsimonia de siempre, en medio de los aullidos de dolor.
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Día 4 – Baño de ácido.
