Resumen: Lucerys pide explicaciones a Aemond luego de la cena con el rey Viserys. ¿Qué podría salir mal de eso?

Advertencias: Posible aunque no intencional OoC. Lemon.


VERDADES


Lo ve retirarse apresurado, moviendo su torso de un lado a otro a cada paso que da, hasta desaparecer de su vista. Ve a Jacaerys furioso, a su madre tensa, y a Daemon con una seriedad imperturbable. Aunque sus propios sentires no se quedan tan atrás respecto a la similitud que percibe perfectamente bien en la reacción de su familia más cercana, hay otra cosa que le carcome un poco más allá de la ira.

Curiosidad, le llamaría después.

¿Por qué su tío Aemond decidió iniciar una treta en ese momento y lugar?

Cuando la criada los ubica en su alcoba para que tanto él como sus hermanos se duerman de una vez, Lucerys gira en la cama sin poder conciliar el sueño. Quiere demostrarle a todos que ya es un hombre y necesita enfrentar a Aemond como se lo merece, porque todo indica que ese hombre no está acostumbrado a que le pidan explicaciones de frente. Odia que se sienta con el derecho de humillarlo, él y Aegon, y para qué hablar de Alicent y sus miradas de desprecio, aunque no diga nada, Lucerys lee perfectamente bien el asco que profesa por los hijos de Rhaenyra. Todos ellos. No es ningún tonto.

Se pone de pie de la cama. Ni Jacaerys ni Jeoffrey lo notan. Siguen durmiendo como si nada. ¿Es que nadie tiene ganas de decirle unas cuantas verdades al imbécil de su tío? Tuerce la boca con indignación y sale de la alcoba, cerrando con cuidado la puerta tras de sí. Parece que él es el único capacitado para enfrentar las situaciones incómodas e indignantes. Con razón su abuelo Corlys lo eligió a él como heredero de Driftmark, porque es el único que tiene agallas.

Salió, camina entre los pasillos escurridizamente. Aunque es un muchacho valiente tampoco es impulsivo y desea que los guardias los vean husmeando donde nadie lo ha llamado. Por fin la puerta de la habitación de su tío está al frente, y se pregunta por qué diablos tiene el corazón latiéndole en las sienes y las manos temblorosas, como si más que pedir explicaciones y decir verdades (cosa que es completamente justa, es decir, lo humillaron a él y a sus hermanos) estuviera haciendo algo indebido.

Algo que significaba adrenalina y expectación.

Se atreve a abrir la puerta de golpe, sin siquiera pedir permiso o avisar que va a entrar. Para su sorpresa, Aemond no está durmiendo; está sentado junto a la chimenea, observando el fuego. Ni siquiera tiene puesta su ropa de descanso. Tampoco ha deshecho su peinado o retirado su parche de cuero. Pese a que Lucerys se da el tiempo de observarlo bien para reparar en cada detalle, su tío no parece molestarle su presencia, porque no le recrimina nada cuando vuelve su rostro pálido y herido a él.

―Sobrino ―dice sin más. No es un saludo, pero tampoco es una amenaza. Su tono es exactamente igual al que sonó por primera vez viéndolo usar la espada con Ser Criston.

Lucerys se agita sin saber exactamente por qué. Algo en la voz de su tío lo hace separar los labios. Traga saliva, y finalmente cierra la puerta de la habitación.

Primer error. O acierto.

―No es buena idea que estés a estas horas aquí ―Continuó Aemond, otra vez mirando el fuego.

―Lo siento, tío ―dice por mera cortesía, porque es un chico educado al que Rhaenyra educó bien. Difícilmente se podría decir lo mismo de Alicent―, pero no estoy aquí porque me dieron ganas de verte.

Aemond sonríe de medio lado. Lucerys no se percata de su gesto, por lo que continúa.

―Deberías dejar a un lado esas ideas tontas de que somos bastardos ―soltó de pronto, y aunque sonó con convicción, la espalda se le heló de todos modos. Aemond era demasiado impredecible ―Laenor Velaryon era nuestro padre, te guste o no.

―Tu apariencia no lo confirma ―dice sin más, con absoluta indiferencia, como si su intención de irritarlo se hubiera disipado.

Aemond ama que Lucerys sienta esa indiferencia, pero más que aquello, ama que esa indiferencia lo queme y lo haga enfurecer. Lo disfruta más que cualquier cosa. El muchacho entonces se yergue sobre una madurez inaudita y una valentía que sin dudas lo sorprende: se pone de pie frente a Aemond, entre el sofá acolchado y la chimenea, haciendo de su presencia una mera silueta como si se tratara de un sueño o una fantasía.

Qué delicioso se veía su sobrino desafiando esa indiferencia. Pensarlo y mirarlo hizo que por acto-reflejo se relamiera el labio. Lo miró hacia arriba y encontró en sus ojos la fortaleza de un Strong.

Y le gustó. Imaginó el sabor y quiso probarlo. Lucerys iba a enterarse de lo que ocurría cuando se tentaba a un dragón.

―Mi padre ―dice Lucerys, perdiendo absolutamente la paciencia― era Laenor Velaryon, hijo de Corlys Velaryon y Rhaenys Targaryen. Y así será para cualquier libro que haya de escribirse de aquí en más.

―La historia y los libros pueden decir mucho, sobrino ―responde Aemond, y su voz transforma la atmósfera, la amolda a la seducción, en una tensión, o rivalidad, que Lucerys quiere demostrar sin importar cómo―. Y yo no soy un tonto.

El muchachito traga saliva. Recorre con sus ojos la figura de su tío, el hombre algo, guapo, fornido que es ahora, nueve años después de haberlo herido. ¿Alguna vez se ha arrepentido de aquello? Nunca se lo había planteado, honestamente. Aemond jamás le ha inspirado compasión, está seguro que es una cuestión mutua. Y antes de insistir con lo mismo, ve que su tío, con su ojo refulgente como si la garganta de Vhagar se hubiera abierto, pierde la paciencia antes que él.

Toda palabra, toda réplica, toda protesta quedó callada y muerta bajo la lengua del muchacho cuando Aemond tomó su brazo como si lo reclamara, lo tironeó hasta él y lo ubicó sobre su regazo. Sus bocas a centímetros, Lucerys sólo reparó en que casi podía escuchar la respiración de su tío y el latir de su corazón.

―Algo deben poseer los Strong como para haber cautivado a tu madre y dejarse coger por uno de ellos ―provocó sin anestesia, peor que una serpiente― y creo que yo tampoco puedo esperar a saber qué se siente.

―¿Q-que se siente qué cosa? ―preguntó temeroso, aunque cálido y abierto a recibir en su boca húmeda y rosada la lengua de su tío, que arrastraba las palabras con un eco que sólo daba los indicios de próximas provocaciones.

―Coger con un Strong ―sonríe, mostrando los dientes. Lucerys parpadea sorprendido, y por algún motivo, su respiración se agita. Un hormigueo le recorre el pecho, es la misma sensación que experimenta cada vez que se monta en la espalda de Arrax, una adrenalina exquisita―, ¿quieres mostrarme cómo?

Maldito seas, tío Aemond; suelta su mente de pronto. No es justo que lo deje tomar la decisión, y no sabe qué decir. ¿Sí? ¿No? ¿salir corriendo? El agarre en su brazo es todavía más fuerte, lo que lo hace fruncir el ceño por el dolor, y esa mirada, la maldita mirada del jinete de Vhagar lo atrapa. Claro que va a demostrarle de lo que es capaz.

Con un movimiento lento y una sonrisa socarrona, acomoda sus rodillas a cada lado de la cadera de Aemond, dejando caer su cuerpo sobre él. Debajo, lo siente duro y caliente. La mano de su tío afloja el agarre y sube hasta su hombro, luego su espalda, su cintura; y allí aprisiona con decisión a su sobrino.

―Sí o no ―insiste Aemond en su pregunta. No va a hacer absolutamente nada hasta que Lucerys le diga con su propia boca y voz de muchachito que juega a ser soldado que sí, que quiere que su tío se lo coja. La idea otra vez lo hace sonreír con sorna y autosuficiencia―. Estoy esperando.

―Sí quiero ―dice por fin, sin saber que acaba de soltar sin retorno las cadenas del dragón.

Aemond rodea su cintura con el brazo, con su otra mano lo inmoviliza por la nuca, y el beso es desde el principio una declaración de guerra. La lengua de su tío roza y se enrosca en la suya sin darle si quiera espacio para respirar, pero Lucerys tampoco quiere quedarse atrás, porque no nació para permanecer pasivo en ninguna situación y eso Aemond lo sabe perfectamente bien, por algo es el único de sus sobrinos que se molesta en hacerle entender como sea que él no es ningún Strong sino que por sus venas corre sangre pura de Valyria. Atrapa también con su mano de muchacho los cabellos largos y plateados del Targaryen, haciéndolo gruñir deliciosamente contra su boca y apretarlo aún más. Lucerys no se esperaba que ese gesto fuera el preámbulo de que lo iban a alzar del sofá porque Aemond se pone de pie bruscamente para llevarlo a la cama, donde lo tiende cuan largo es y lo mira estando él de pie. Y la imagen es tan sugestiva como deliciosa: Lucerys en su cama, con el rostro sonrojado, la boca rosada por las succiones, las piernas abiertas, la expectación. El Tuerto, en cambio, de pie, que retira su chaqueta, su camisa, y queda a torso desnudo a los pies de la cama. Aemond no había sido capaz de experimentarlo antes con tanta crudeza y verdad pero amaba sentirse con el absoluto control de las situaciones. Cuando Lucerys arrancó su ojo, significó absoluta sumisión y pasó años esperando que su sobrino pagara su deuda con la misma cuenca vacía. Cobrar su venganza de esta forma era, sin dudas, mucho más interesante que eso. Por qué tener su ojo si podía tener todo su cuerpo, y más.

Al inclinarse sobre él para besarlo otra vez, sus manos urgen tocar la piel tersa del jovencito bajo la ropa, y así lo hacen. Rasgan su camisa para dormir, su pantalón, con una facilidad que no deja de sorprenderlo. Parecía que en sus dedos no había uñas humanas sino garras de dragón, filosas y violentas. Lucerys se vio desnudo para Aemond más rápido de lo que hubiera esperado, pero no de lo que realmente quería. Aquello debía ser rápido, sin detenerse mucho a pensar en el otro. Aemond lo sabía también y por eso tanto su boca como sus manos se dedicaron a pasearse tan veloces y tan profundamente como sus instintos lo exigían. Lucerys gimió con sorpresa cuando la mano de Aemond tocó su sexo y lo envolvió con deliciosa experiencia, como si ya lo conociera. Lo mismo sucedió cuando su caricia descendió y se hizo más íntima aún, extraña; pero con un dejo de satisfacción que permitió que se extendiera. Permitió también que Aemond se ubicara entre sus piernas, que lo mirara de cerca, que le sujetara el rostro prohibiéndole que dejara de mirarlo mientras entraba en su cuerpo con lentitud y decisión. Abrió su boca, tragó aire a través de sus labios y Aemond susurró un pequeño "shh" al poner el índice entre su rostro y el de su sobrino. Posicionó su mano al lado de la cabeza de Lucerys para darse impulso y embistió con su cadera al muchachito a ritmo lento, profundo, armónico. El chico jadeaba su nombre, sus ojos vidriosos mostraban lo mucho que le gustaba y eso resultaba absolutamente satisfactorio porque obviamente Aemond no se iba a molestar en preguntárselo. Sí cerró los ojos al final, su tío se lo permitió porque ya no le quedaban fuerzas para resistirse al orgasmo que lo invadió como una ola de calor. Lucerys sintió lo propio al derramarse sobre su estómago.

―Nada mal ―Se burló Aemond, rodando en la cama para quedar en la misma posición que su sobrino―. Nada mal para ser un Strong.

Lucerys lo miró amenazante listo para insistir con la discusión.

―Y yo gano, Luke ―dice interrumpiendo cualquier potencial pelea, intentando normalizar su respiración.

―¿Disculpa? ―Replicó, indignado.

Aemond sonríe mirando el techo sin insistir.

―Nada ―cierra el tema―. Eres más lento de lo que creí. Ahora vete. No quiero dar explicaciones si alguien te ve aquí.

Lucerys aprieta sus labios, porque su tío tiene razón en eso, así que es mejor hacerle caso. Se iba a poner de pie recogiendo su ropa para vestirse cuando Aemond vuelve a hablar.

―Si quieres volver a intentar convencerme, ya sabes dónde encontrarme.

―No vendré cada vez que tengas ganas de coger ―Advierte, aniñado.

―No es eso lo que te acabo de decir.

Lucerys vuelve a quedarse callado sin poder decir nada, con los labios apretados porque una vez más no tiene cómo replicar, aunque se muere de ganas de decirle alguna pesadez.

―Vete. ―insiste Aemond.

Finalmente el muchacho resuelve con obedecer. Aún está oscuro, son los minutos previos al amanecer. Sale de la alcoba de Aemond camino a la que comparte con sus hermanos.

Maldito seas, tío; vuelve a repetir su mente. Es mejor aceptar ciertas verdades.


F I N


Nota de la autora:

Perdón, pero el fandom me enamoró del Lucemond y aquí me tienen escribiendo cosas funables.