22.
.
.
.
Amelia había pasado toda la mañana cocinando, tenían una de esas reuniones familiares que tanto odiaba, y no por el hecho de tener que cocinar, limpiar y dejar todo impecable, más bien era que detestaba a toda esa familia de Luis, ni a ella le agradaban ni ella les agradaba.
Su matrimonio se había convertido en una lucha entre lo que ellos querían y la realidad de su vida.
Así que había decidido hacer su pastel de carne, ese que hasta a todos esos nefastos les gustaba.
—Esto sabe buenísimo, Amelia, además, hoy le pusiste algo diferente, está crujiente, ¿qué es? —Inquirió la gorda matriarca acabando el último bocado, cómo casi todos.
—Mucho amor y vidrio roto finamente pulverizado, suegra —contestó ella, sonriente, maligna, levantando su copa de vino tinto.
Todos rieron, ella rio más, era verdad, le había puesto una buena cantidad de vidrio roto que acabaría, seguramente, desgarrando los intestinos y todos a su paso...
.
.
.
Día 22 – Vidrio roto.
