23.

.

.

.

—A la rorro niño, a la rorro ya, duérmase mi niño, duérmase ya, ya...

Adriana arrullaba amorosamente a su niño, lo acunaba contra el pecho y lo mecía entre sus brazos.

Frío, estaba tan frío, pero seguramente pronto entraría en calor.

Cerró su bolsa de mano y se preparó para bajar en la estación del metro.

Abrazó con cuidado la bolsa, asegurándose de que el bebé muerto y momificado que llevaba en ella no se apretujara demasiado.

Había nacido muerto, y desde entonces lo llevaba siempre consigo, a veces hasta podía escuchar su llanto en la bolsa.

.

.

.

Día 23 – Momificación.