Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Fyrebyrd, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Fyrebyrd. I'm only translating with her permission.


Capítulo 7

La mañana siguiente, me encuentro en la cocina preparando un sándwich tostado de queso cuando suena mi teléfono. Bajo mi sándwich en el pequeño artefacto azul y cierro la tapa, colocando la traba en su lugar. Tomo mi teléfono de la barra y me apoyo contra esta.

¿Puedo ir? ~E

Por supuesto ~B

¿Ahora mismo? ~E

Síp. ¿Quieres sándwich tostado de queso? ~B

¿Sándwich? ~E

Síp. ~B

Podría comer uno. ~E

Te veo pronto. ~B

Dejo mi teléfono de vuelta en la barra y abro la tapa, tomando mi sándwich por la esquina y colocándolo en la servilleta de papel que ya había preparado. Entonces repito el proceso de nuevo, terminando justo cuando suena el timbre.

Abriendo la puerta, me quedo sin aliento al ver su rostro sonriente. No estoy segura si es la novedad de todo, o si es solo él, pero mi interior se derrite siempre. Si alguna vez me sentí así con Jake, no lo puedo recordar.

—Hola. Mi mirada sigue su forma.

—Hola, tú. —Pasa por mi lado, llenando el espacio con su efervescente presencia—. Huele a bocado después de clases con papá.

—¿Él te los preparaba? —Nos dirigimos hacia la cocina, la cual solo se encuentra del otro lado del cuarto—. Siempre tuve que preparar los míos. Rose era como una mamá tanto como podía, pero no preparaba bocadillos.

—Sí. —Suelta una risita mientras toma asiento en uno de los taburetes de la barra—. Cuando tenía ocho.

—Cállate. —Retengo la servilleta que estaba a punto de colocar frente a él—. La mamá de Alice le regaló esta sandwichera por Navidad el año pasado, y es el mejor regalo del mundo.

—Comprendido. —Él estudia la pequeña máquina—. Ahora dame mi delicia tostada antes de que tenga que obligarte.

—Por tan tentador que eso suene, me muero de hambre. —Deslizo su sándwich sobre la barra y entonces tomo el mío y lo caliento en el microondas por diez segundos—. Necesito que esté pegajoso. Ha estado enfriándose.

Él toma un gran bocado, y el queso se estira mientras lo aparta. Tararea.

—Diablos, está bueno.

—¿Ves? —Traigo el mío y me acomodo en el taburete junto a él—. Es mi bocadillo predilecto estos días. Rápido y saciante.

—Definitivamente funciona para mí. —Asiente antes de dar otro bocado.

—También funciona para mí. —Mis ojos lo observan inhalar la delicia de queso—. Lo que daría por ser ese sándwich tostado de queso ahora mismo.

Su bien definida mandíbula deja de moverse, y mueve su mirada hacia mí. Una ceja se alza, y suelta el sándwich, volteando a mirarme. Con un suave jalón, mi taburete se acerca al suyo. Suelto mi sándwich sobre mi servilleta, repentinamente hambrienta por algo completamente diferente. Él lame el queso de la esquina de su boca, y sigo el movimiento de su lengua con mis ojos.

—Hacer que quiera hacerte cosas muy malas —mascullo, recordando la sensación de sus labios contra los míos. Me acerco más, descansando mis piernas sobre sus muslos y rodeando su cuello con mis manos—. ¿Había otra razón para tu visita, o es totalmente aceptable que me la apropie?

—Definitivamente había otra razón. —Frota sus manos por mis muslos—. Pero también, adelante y apropia.

—No creo que lo haga. —Sacudo la cabeza, nuestros rostros están tan cerca que puedo ver el verde claro que crea un brote estelar alrededor de sus pupilas—. Escuchémoslo. No quiero distracciones cuando te tengo a ti.

Él traga, su manzana de Adán rebota.

—El humor se siente más así —susurra, deslizando sus palmas para sostener mi trasero—, que para la charla que quería tener.

—Oh, oh. —Me desanimo ligeramente—. ¿Esto es por lo de Jake?

Lleva su mirada a algo sobre mi hombro, y esa es su señal.

—Quizás.

—Diría que esa es más que una distracción. —Beso su mandíbula antes de bajar de mi taburete y tomar su mano—. Llevemos esto a un lugar más privado. —Él no dice nada mientras lo guío hacia mi cuarto, y él luce incómodo cuando suelto su mano y me siento en la cama—. ¿Está todo bien?

Se mece sobre sus talones.

—Claro.

Doy unas palmadas al lugar junto a mí.

—No muerdo.

Él resopla una risita.

—Verás, creo que sí.