Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Fyrebyrd, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Fyrebyrd. I'm only translating with her permission.
Capítulo 9
Sus labios capturan los míos, y soy llevada al mundo de cuento de hadas donde todo es perfecto. Encontrarlo ha sido una de mis más grandes bendiciones. Simplemente encajamos, y no puedo esperar a explorar la vida con él a mi lado.
Él gruñe, rompiendo el beso.
—Probablemente debería irme.
Muevo mi pierna derecha, rodeándola sobre la suya para mantenerlo en su lugar.
—Preferiría que te quedes.
Sus ojos estudian mi rostro, inquisitorios.
—¿Estás segura?
—No puedes imaginar qué tan segura —contesto, usando mi palma en la parte trasera de su cabeza para llevar sus labios hacia los míos.
Él está firme contra mí, y su firme cuerpo se ubica en todos los lugares correctos mientras explora mi boca con su lengua. Debajo del aroma a hombre, el cloro invade mis sentidos, haciéndome recordar que este sexy nadador es mío.
Giramos a un lado, y sus manos se deslizan por mi espalda y trasero, mientras su rodilla se mueve entre mis muslos. Gimo contra su boca, embistiendo contra él.
Él se aparta con un gruñido.
—Carajo —masculla, sus labios creando un camino caliente por mi cuello—. Eres jodidamente sexy, Bella.
Lo aparto de mí para sentarme y quitarme la camiseta, aventándola al suelo. Le sigue mi sostén, y sus ojos arden sobre mi pecho desnudo. Me estiro por el borde de la suya, y él comprende mi movimiento, levantando su Henley lentamente.
Mis ojos exploran cada milímetro nuevo de piel mientras imagen tras imagen en negro y gris es descubierto.
—Vaya. —Estiro una mano con vacilo; temiendo que desaparezcan si las toco—. Ahora veo por qué todos mencionan los tatuajes.
Su sonrisa es tímida.
—No me los hice por eso.
Lo empujo para que quede sobre su espalda.
—Cuéntame sobre ellos.
Mientras habla, exploro todos y cada uno con mis labio. Comienzo con el tiburón en sus costillas. Mientras mi boca traza las olas del océano y la aleta dorsal, él me cuenta sobre crecer en Chicago y desear desesperadamente estar cerca del mar. Los Grandes Lagos, para él, no eran suficiente. Sobre este, cerca de su corazón, hay una usual línea de pulsaciones, pero en el medio, en vez de los latidos tradicionales, se encuentra un nadador dando su siguiente brazada.
—Se encuentra en mi sangre —dice, con ojos cerrados—. Cuando nado, me siento más completo que nunca, que estando fuera del agua. —Abre los ojos y levanta la cabeza para captar mi mirada—. Hasta ahora, de todos modos.
Mi pecho se contrae, y trepo sobre él y me siento a horcajadas.
—Me das mucho crédito.
Él nos gira, haciéndome reír, y aparta mi cabello salvaje de mi rostro.
—No creo que lo haga. —Presiona un beso contra mis labios—. Creo completamente que hay alguien allí afuera para todos, y creo que tú eres la mía.
—Edward...
—Se siente diferente contigo —masculla—. Todo es mucho más radiante.
En vez de ofrecer más palabras, le muestro cómo me siento con mis acciones. Primero, lo beso fuerte, y entonces me estiro hacia la cintura de sus jeans. Hay una tortuga marina enorme nadando sobre el lado derecho de su abdomen, y estoy ansiosa por descubrir todas los otros placeres que me esperan.
Un pulpo sobre su glúteo, sus tentáculos alcanzando lugares que muchos jamás verán.
Una orca persiguiendo una foca en su gemelo.
Un barco pirata en su muslo.
Un clavadista en su polla, el agua salpicando mientras atraviesa la superficie.
Mi chico nadador es mucho más que los tatuajes por los que es conocido, pero son magistrales, y también lo es él.
—Diablos —jadeo, sosteniéndolo en mi mano para estudiar el fino detalle—. Apuesto a que ese dolió.
—Valió la pena.
Mis ojos saltan a los suyos.
—Esta inspección meticulosa es un gran bonus.
—Es casi demasiado hermoso como para envolverlo.
Él resopla una risita.
—Ojalá.
—Lo sé —digo, estirándome hacia la gaveta de mi mesa de noche—. Ya llegaremos allí, pero por ahora... —Ofrezco el condón.
Él lo toma, cubriendo la perfección con látex, y hago un pequeño puchero. Él se ríe mientras se cierne sobre mí.
—No es como si puedes verlo, de todos modos.
Lo empujo sobre su trasero y me subo a su regazo, mirando entre nosotros.
—¿Quién lo dice?
—Touché.
—Hazme el amor, Edward.
Me levanto y él se guía a mi entrada. Me hundo lentamente, ajustándome a su gran tamaño antes de mecerme contra él. Así como todo con Edward hasta ahora, estamos en sincronía desde el comienzo. No hay momentos incómodos, ni moverse por inercia, nada más que mutua adoración entre nosotros.
La sensación de sus manos, el sabor de su piel, y el sonido de sus gruñidos solo intensifica mi excitación. Pronto soy un desastre jadeante, incapaz de mantener un ritmo firme aunque se me fuera la vida en ello.
—Diablos —jadeo.
Él aferra mi trasero en sus grandes manos.
—Mierda, Bella. —Me mueve sobre él a un ritmo riguroso—. No sé... si puedo... —Suelta un fuerte gruñido que me dispara sobre el borde del abismo.
Me aferro a sus hombros, mi orgasmo arrasando en mi interior. Hundo mis dientes en su hombro, con cuidado de no sacar sangre, y él embiste más fuerte, más duro, gruñendo de placer.
Una.
Dos.
Tres veces.
Se detiene.
Y caigo en sus brazos.
