No hay contexto, yo nada más quería escribir una Merlina Omega dominante con una Enid Alfa rayito de sol, súper dulce que besa el piso por el que pasa su omega (?)

Este primer capítulo nada más es una adaptación del primer capítulo de la serie al contexto de la serie. Lo demás ya es mi propio drama, espero les guste. Al chile esto sí va asalir conforme se me vaya ocurriendo JAJA
Se lo vuelvo a dedicar a la Selt, porque nuestro amor por la ship me trajo aquí.

Disclaimer: Ya se la saben, los derechos a quien correspondan yo nada más vine a escribir chavitas en un mundo basado en pseudo ciencia de lobos. Por cierto, sí, aunque les de cringe, me considero a mi mísma omega, lindo día.


Capítulo uno: Ophelia Hall huele a tinte para cabello


Pericles no había aparecido en todo el día; podrían existir varias razones lógicas que explicaran su ausencia en el instituto, todas igual de molestas por el simple hecho de que al final del día sería ella, la hermana mayor, quien tendría que buscarlo y responder ante los molestos de sus padres.

Si a Pericles se lo comiese un cocodrilo, sería Merlina quien abriera las entrañas del animal para rescatarlo.

Si Pericles ingiriese accidentalmente algún veneno letal, Merlina inventaría el antídoto en ese mismo instante, no había de otra. Al final de cuentas, ella estaba preparada para cualquiera de estos escenarios.

Pero estaba bien, porque si algo le reconocía a su hermano, era su excelente trabajo como conejillo de indias, ¿dónde encontraría uno igual si lo perdiese?

La última campanada sonó. Ella se quedó en medio del pasillo, tratando de reconocer el olor de su hermano en medio del caldo hormonal que era su instituto: detrás de los perfumes nauseabundos de olores dulces, más allá de las pestes a sudor y demás olores que no se atrevía a describir, alcanzó a percibir el olor de Pericles.

Papás fritas y vellos chamuscados, culpa de los experimentos de Merlina. Bingo.

Empezó a caminar, alejando a todos con su presencia como el ser indeseable que es y llegó al fondo del pasillo, a la puerta del cuarto de escobas. Y ahí estaba él.

Molesto, como de costumbre.

Amordazado con cinta de aislar, bañado en pegamento, como de costumbre.

—¿Có-cómo me encontraste? —preguntó él luego de que Merlina quitara bruscamente la cinta de su boca, como si no conociese a su hermana.

—Asumo que no te bañaste ayer; aun percibo nuestros experimentos con la silla eléctrica. —claro.

Diría que se sintió avergonzado, pero sería mentira.

Su hermana mayor sacó una pequeña pero potente navaja que guardaba en su zapato; pronto, Pericles era libre otra vez. Libre de seguir con su penosa existencia en este mundo.

Pronto, se encontró con la fría mirada de Merlina Addams. Se encontró con sus intensos ojos, depredando, calculadores, escondiéndose detrás del delineador negro de una chica que nadie se atrevería a describir como normal. Él no temió por su alma, sino por la del primero que se atreviese a encontrarse en el camino de Merlina.

—No-no me mires así, estoy bien…

—No pregunté por tu estado físico— ja, claro, típico —Dame nombres, Pericles.

Aquí vamos de nuevo.

—No puedo decirte…

Obviamente eso no iba a detenerla.

—No seas una gallina, Pericles, ellos serán los que piensen fríamente antes de meterse contigo otra vez. Necesito sus nombres.

—No, Merlina, es que no entiendes, no puedo decirte porque…

Pero ella no lo escuchó, es más, colmó su poca paciencia. Pericles sintió las frías y casi muertas manos de su hermana en sus brazos y en ese preciso instante, ella se fue a otro sitio. Vio caras conocidas en imágenes vividas dentro de su cabeza, pero lo que más se quedaba impregnado eran los olores fuertes y desagradables con los que cada una de estas caras estaban relacionadas; llantas quemadas, perfume barato, chocolate rancio, etcétera, etcétera, etcétera.

Cuando regresó quedó de frente a la mirada asustada de Pericles, quien llevaba llamando su nombre desde hacía un rato.

—¿Merlina?

—Scott Evans y su pandilla, los conozco, su olor es desagradable y su personalidad más. No te preocupes, me diste la excusa perfecta para encargarme de ellos.

—¡Merlina, no! —Pericles la tomó por uno de sus brazos en cuanto se puso de pie para irse. En efecto: ella no comprendió en lo más mínimo la mirada preocupada que le devolvía su hermano.

—¿Qué te pasa, Pericles? Te estás portando como si no me conocieras.

—No es eso… es que todos ellos, tú sabes…

—¿Saber qué? ¿Qué son unos idiotas?

.

.

.

.

—No… que todos ellos…. Son alfas.

Oh, Dios, qué tontería.

Merlina puso los ojos en blanco. Es que no lo podía creer, de verdad, a veces no lo podía creer. Ni siquiera sus padres hacían tanto escándalo, por no decir nada de escándalo, y Pericles más que nadie debería saber que los hechos que tanto le preocupan son irrelevantes y sin sentido. ¿Que no podía con una manada común y corriente de alfas normies? Era culpa de este instituto, no encontraba otra explicación.

—Te has vuelto blando, Pericles. Pasar tiempo con estas personas ha afectado tu razonamiento, nos encargaremos de eso más tarde.

El niño tragó saliva en su sitio. Sí, sabía que dijo algo más que equivocado y pagaría las consecuencias después.

Merlina se inclinó de vuelta, a la altura de sus ojos, con sus pupilas negras clavadas directamente en las suyas. En el fondo de su alma escucho a Nietzsche murmurar "cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también te mira ti".

— No te pregunté por su género, te pregunté nombres. Los alfas tienen debilidades, la más grande es su orgullo y es por eso que hacerlos caer es más placentero. Es divertido, de hecho.

Y no dijo más, pues antes ya había dicho que se haría cargo. Y se iba a hacer cargo.


Los alfas podían ser diversos en olores, todos desagradables, por supuesto: huevos podridos, basura, estomago de borrego. Aun así, Merlina se atrevía a decir que había un olor que todos ellos podían llegar a compartir, al menos en normies como estos: el olor a perro mojado. Un olor tan fuerte que te retorcía el estómago.

Esa tarde, Scott Evans salió de la piscina en compañía de aquellos que en ese momento seguía llamando "su manada". Se acomodaron los trajes de baño y con sus pies mojados se adentraron, unos detrás de otros, en los vestidores masculinos de la escuela. Se molestaban entre ellos, gruñían y se empujaban. Muestras de afecto desagradables, por cierto.

—¿Entonces qué, Scott? ¿Dijiste que saldrías con alguien hoy? —preguntó uno de ellos en tono burlón, secándose el cabello con una toalla.

—¿Qué? ¿En serio? ¿Y es omega? —coreó otro, y su tono lascivo podía leerse en las notas de su voz.

—Sí, es omega. —respondió el aludido. Aun no se daba vuelta para encarar a sus compañeros, pero su sonrisa sugestiva se sentía en el ambiente. —Y no molesten, no estudia aquí. Es de esa escuela de omegas al otro lado de la ciudad, deberían ir alguna vez.

—¡Ojojo, claro que sí! Este lugar esta lleno de betas, amigo, es un fastidio. —respondió otro.

—Y que lo digas. Las chicas betas están lindas pero… no son omegas, ya sabes, tú me entiendes, ¿no? —continuó otro más.

—¿Hablas de cómo huelen o de cómo se sienten? ¡JAJAJA! —y así, uno detrás de otro.

Qué horror. Un Dios justo borraría esas sonrisas de sus rostros sin dudarlo.

Ojala existiera dicho Dios, pues se cuenta de él que es misericordioso, tal vez los sería con ellos al castigarlos. Pobres, pues su juicio estaba a cargo de Merlina Addams y ella no era ninguna mensajera de Dios, sino del diablo.

Ahí, en medio de sus juegos desequilibrados, un olor peculiar inundó el ambiente. Un olor conocido, en realidad: el olor de las feromonas omega. Feromonas de alguien conocida, de hecho. Los instintos de todos se pusieron a alerta, exaltados, expectantes por el olor que se aproximaba hacía su dirección: un olor dulce, como un perfume que les recordaba a caramelos y fragancias francesas, el olor de una chica omega popular del instituto, una porrista. Los pasos se acercaron, hasta que la figura de alguien entró en su campo de visión.

Su decepción no pudo haber sido más grande.

—Qué asco, es la hermana de Pericles, ¡no sé quién es más raro!

—Oye, Addams, este es el vestidor de los chicos, lárgate. —espetó el dicho Scott, mostrando los colmillos. Típico de alfas, típico, típico de alfas.

Todos se sentían muy seguros de sí mismos con los músculos al aire, inflando los pechos y amenazando con sus fauces, ¿no era patético? Merlina ni siquiera les dio la satisfacción de verla reaccionar ante sus amenazas.

— Es muy propio de los hombres alfas moverse en entornos sociales imponiendo su tamaño y su fuerza física, lo ven como un símbolo de estatus; el alfa más idiota es el más popular. —soltó ella como si nada, como si no estuviera viviendo la pesadilla de cualquier persona normal en la faz de la tierra. — En realidad, no suelo tomarle importancia porque tengo cosas más importantes por las que preocuparme y sus prácticas sociales no son una de ellas, aunque las considero de mal gusto. No me importa a cuántos betas molesten, ni qué tan insoportables se traten entre ustedes por el omega de turno. Sin embargo, el beta más patético de la escuela es mi hermano: y a él sólo lo puedo torturar yo.

Así, como la emisaria de Satanás que era, se hizo cargo de desatar el infierno. A ojos de todos los alfas en la habitación, Merlina extrajo de su bolsillo un pequeño aparato que parecía ser un tipo de explosivo. El gran problema con esto no era del todo el peligro de muerte al que todos se vieron sometidos, sino el olor que este mismo artefacto parecía desprender: feromonas omega, dulces, dulces feromonas omegas. Una parte de sus cerebros les pedía que corrieran pero la otra se encontraba confabulando con sus genitales.

Ninguna cabeza estaba de acuerdo, por lo visto.

— Les gusta alimentar su propio ego entre ustedes, ¿qué tal si ustedes mismos se encargan de hacerlo añicos?

Merlina Addams encendió fuego y se encargó de retirar los extintores de los alrededores.

Lanzó la pequeña bomba directo al pecho del conocido alfa Scott y el caos se desató. La bomba de feromonas explotó y esparció su olor y sus efectos por todo el sitio. Así, un alfa a la vez, dejaron de escuchar a su cordura para abandonarse a su asquerosa bestialidad egocéntrica.

Merlina dejó el vestidor en cuando todos los otros alfas se abalanzaron sobre Scott. Cerró la puerta detrás de sí para comenzar a alejarse del caos; los gruñidos, los gritos, y los sonidos de la bestialidad a la que ellos se habían negado a renunciar. Se deslindó de la sangre que se derramaba a sus espaldas.


El olor, por todos los demonios, el olor. Ni Pericles ni largo podían sentirlo, las ventajas de ser beta; no sabían lo desagradable que podía ser el estar expuesta al olor de las feromonas de tu propia familia, específicamente, las de su madre. Y peor se sentía ahora que estaban encerrados todos juntos en el auto.

El olor de los alfas de la escuela era molesto de por sí, pero nada como presenciar como todos los días, tu madre gustaba de tirar sus feromonas de alfa sobre tu padre pese a que éste no podía sentirlas, pero oh, claro que le gustaba provocarlas. Así que además de poner los ojos en blanco y dirigir la vista a otro sitio, tenía que soportar las ganas de vomitar cada una de las veces que sus padres se coqueteaban y besaban frente a sus ojos.

¿Un buen ejemplo de amor para los hijos? Tonterías, era asqueroso.

Los labios del patriarca y la matriarca de la familia Addams se separaron por fin, y fue ahí cuando Gómez Addams por fin se dignó a mirar los ojos de su primogénita. Morticia, entre tanto, se acomodaba su sedoso cabello negro, el sedoso y perfecto cabello de las mujeres alfas.

—Oh, vamos, mi pequeña tormenta, no me digas que sigues molesta con tus adorados padres. —pronunció su padre tras carraspear. Una perfecta expresión sin emociones fue lo que recibió a cambio. —Te prometo que vas a amar Nevermore.

—Justo lo que tu padre dice. —coreó su madre tomando la mano de su esposo, con esa voz aterciopelada suya. —Tu padre y yo estamos seguros de que es la escuela perfecta para ti, cariño.

—No lo creo, no sé si quiera seguir tus pasos, madre. —replicó Merlina, con ese tono mordaz usual en ella. —Ser capitana del equipo de esgrima, reina del Baile Oscuro y presidenta de la Sociedad Espiritista parece algo más para una alfa como tú, ¿no lo crees?

—Ay, cariño, desde que te diferenciaste como omega creí que había quedado claro que nada de eso te definía como quien y qué eres.

—Tu madre tiene toda la razón, mi pequeño escorpión. Nevermore es un lugar especial; alfa, beta, omega, eso es lo que menos importa entre todas las personas y criaturas que vas a conocer. Seguro que tu capacidad para cortar las cabezas de tus victimas será en lo primero que piensen todos cuando te conozcan.

Claro, ¿entonces por qué nadie hablaba de ello, por qué ni siquiera lo mencionaban y si lo mencionaban lo hacían como si fuese algo que molestase a Merlina?

Y desde su cumpleaños número trece, cuando la diferenciación sucedió, es que todo empezó a tratarse de esta manera. Pericles, por ejemplo, creía que traer a la mesa el hecho de que su hermana mayor, su despiadada, fría, calculadora y sádica hermana mayor, era omega, era algo equivalente a escupir sobre sus artefactos de tortura. Ella creía que no era así, que todos estaban exagerando, que no era tan malo, pero a veces, genuinamente, cuando escuchaba las maneras en las que los alfas del instituto se referían a los omegas, no negaba que las entrañas se le revolvían y las ganas de matar se volvían incontrolables.

No negaba que a veces, el hecho de que su mismo padre no hablara de nada que tuviera que ver con su "condición" cuando todavía solían jugar con espadas hace algunos años, provocaba una sensación poco placentera que no sabía cómo describir.

No negaba que a veces sentía una sensación poco placentera cada que se tenía que hacer pasar por beta para evitar problemas, o, como decían sus padres, asegurarse de que la imagen de Merlina torturando personas en su silla eléctrica fuese lo único que tomasen en cuenta al conocerla porque sí, incluso ella pensaba que presentarse como omega no era lo más aterrador.

No negaba que desde que se diferenció como omega, la relación con su madre se había vuelto más y más distante con el paso de los años hasta el punto en el que al menos Merlina, dejó de hacer el mínimo esfuerzo por comprenderla.

¿Que si quería indagar en eso? No, ni un poco.

—Claro que… yo conocí allí a tu madre. Y nos enamoramos.

Oh no.

—Por supuesto, seguro que encontraré más de un alfa que me quiera marcar, padres.

Aquí vamos de nuevo.

—No, no, no, no estamos diciendo eso. —notó un cierto tono de pánico en la tranquila (y a veces molesta) voz de su padre —Dile, Tish.

—No, cariño, lo que tu padre y yo queremos decir es que Nevermore te cambia la vida. La mía cambió cuando conocí a tu padre, y tú, tal vez, por fin encuentres personas con las que te sientas cómoda para ser tú misma ¿no sería maravilloso?

Maravilloso para vomitar.

Finalmente, la sonrisa confiada de su madre, esa que pone cuando cree por fin haber dicho las palabras adecuadas en frente de su hija, por no decir que cuando sentía que había dado los argumentos perfectos contra ella, fue la cereza que adornó el pastel; Merlina experimentó algo que ni sus alucinaciones podían descifrar, la sensación del devenir de un futuro que ni el universo era capaz de contarle.

—Te prometo que vas a amar Nevermore.


—Bueno, Morticia, no sabes cuánto me alegra ver que no has cambiado nada. Sigues siendo la misma mujer con esa perspectiva única del mundo que conocí.

La directora, esa mujer que observaba a su familia desde su escritorio; alta, con una pose que intentaba hacer pasar por elegante. Merlina lo supo, era una alfa, recesiva de hecho. Están los alfas como ella y los alfas dominantes como su madre, los ha estudiado y se ven y huelen diferente.

—Entonces, los niños Addams son betas, ¿los genes del señor Gómez fueron los predominantes? —esta conversación, otra vez, cada persona que conocía a su madre siempre terminaba haciendo la misma pregunta, y ella siempre respondería igual.

—Tener hijos alfas con betas es muy difícil incluso para alfas dominantes, además, muchos de mis antepasados fueron betas, hombres y mujeres sagaces y respetados.

—Sí, lo imagino…—ajá.

Merlina intentaba que su paciencia no se colmase, aunque tampoco es como si le importara. El preocupado, por otro lado, era su padre, que había notado el ambiente tensó que se había formado alrededor por la pregunta y sintió la necesidad de intervenir antes de que la mordaz y viperina lengua de su hija decidiese darse rienda suelta. No vaya a ser que la expulsaran sin siquiera haber tomado su primera clase primero.

—¡Bueno! Pero imagino que el tema del género no es algo importante, ¿o sí? —tampoco fue muy sutil, a decir verdad.

La directora Larissa Weems tuvo la necesidad de soltar un suspiro antes de responder. Merlina sintió su mirada fijamente sobre ella, examinándola. Por suerte, tomo los supresores y los camuflajes de olor suficientes como para pasar desapercibida para todo el mundo.

Un supresor por si las dudas, un perfume de hiedra venenosa que contrarrestaba las feromonas omega y una pastilla de menta debajo de lengua. Todo perfecto.

—Preguntas de rutina solamente, señor Addams, esto lo hacemos porque los estudiantes tienen que compartir habitaciones y no queremos… accidentes. No que los haya habido, por supuesto, pero es deber de la escuela asegurar un ambiente de armonía y aprendizaje para sus estudiantes.

Hubo una mirada mordaz que la directora Weems lanzó sobre Morticia, y ella intentó ignorarlo lo mejor que pudo.

—Le prometo que no precedo de mi género para ser una pesadilla, directora. No creo que exista alguien que realmente encuentre placentero compartir una habitación conmigo, se lo aseguro.

Sí, sus padres se pusieron tensos. Pero la directora quiso hacer como si no hubiese escuchado el comentario.

—Sí, tengo entendido que tienes un historial… interesante, Merlina.

—No la culpe, directora, lo que pasa es que nuestro pequeño escorpión simplemente no ha encontrado el ambiente perfecto para adaptarse, por eso la trajimos a Nevermore. Es el sitio perfecto para ella, como lo fue para nosotros. —dijo su padre, para intentar salvar la situación.

—El juez ordenó que Merlina asistiera a sesiones de terapia, ¿podría tenerlas sin problema? —continuó su madre y por la expresión de la directora, Merlina supuso que no podría salvarse de esta.

—Sí, tenemos contactos con alguien en Jericho… Supongo que todo está hecho, entonces, Merlina Addams, beta, se quedará en la habitación Ophelia. La habitación que solía compartir con tu madre, de hecho, por si no te ha contado que ella y yo fuimos compañeras.

—¿Fue compañera de mi madre y conserva su sanidad intacta? Estoy impresionada.

En fin, ojalá que alguien la hubiese preparado para todo lo que le esperaba en esta escuela.


—Merlina, te presento a tu compañera de cuarto, Enid Sinclair.

Esta escuela sería su cruz, su perdición y su muerte.

Para empezar, soltar tus feromonas de la manera que esa chica lo hizo era considerado de mala educación, la cara de la directora Weems lo confirmaba porque la tal Enid intentó controlarse un poquito solamente, porque por lo visto, la chica era tan excitable, tanto como para olvidar sus feromonas y dejarse ser con el mínimo estímulo a sus emociones más sinceras.

—¡Hola, compañera!

Era horrible. En el mal sentido de la palabra horrible.

Era nauseabundo, nauseas de las malas.

El color de la habitación hacía juego con su horroroso olor a dulces y tinte para el cabello. El olor de esmalte para uñas, el olor de los colores felices y brillantes.

Merlina siempre ha querido morirse. Cuando se encuentre en su lecho de muerte al menos podrá decir que se irá haciendo lo que más amaba en vida: la muerte. Pero hoy ese sentimiento le resultaba todavía más reconfortante y por lo visto, por primera vez en mucho tiempo, la expresión de su rostro delataba sus pensamientos.

—Oye, ¿te encuentras bien? Estás un poco pálida…

—No se preocupe, señorita Sinclair, es su tono de piel natural.

¿Qué debería hacer? ¿Qué era ese sentimiento que le revolvía las entrañas? ¿Pánico? ¿Cómo iba a ser pánico? ¡Qué tontería! Igual, tal vez y debería decir algo, incluso si delataba su condición y sus mentiras.

Es que la muchacha frente a ella, pese a su patética forma de vestir y comportarse… era alfa.

Merlina estaba segura de que trajo los supresores suficientes, pero aún así…

—¡Oh!

Oh no, ahí viene.

—¡Bienvenida a Ophelia Hall!

En cuanto la chica rubia extendió sus brazos para acercarse a abrazarla, Merlina sintió la necesidad de alejarse debido a lo que todo eso implicaba. El olor de sus feromonas se hizo más fuerte por la emoción y todo eso la golpeó de frente como una brisa, así que ahora, Merlina intentaba aguantar la respiración para no aspirar más.

—Claro, no te gustan los abrazos, ya entendí.

—Disculpa a la señorita Addams—interrumpió la directora, esta vez, oportunamente —Le ha costado adaptarse a sus entornos escolares anteriores, pero confío en que la ayudarás a adaptarse aquí, ¿no es así?

¿Por qué?

¿Por qué?

Bueno, no era tanto problema. Sus padres la entrenaron toda su vida para este momento. No había nada que Merlina no supiera sobre los alfas humanos, gracias a su madre: habilidades, ciclos, tendencias en la conducta (tendencias con las que rompía su madre, de hecho). Y Gómez, bueno, decir que le dio su primera espada cuando era una niña pequeña no era decir poco, y con eso llevaba el entrenamiento.

Podría hacerlo, sí. La mayoría de alfas y omegas eran estúpidos por dejarse llevar por su bestialidad pero ella no, ella era diferente. Si algo en este mundo no la definía, eso era ser una omega. Ni sus prácticas estúpidas, ni sus tendencias a caer ante los encantos del alfa más estúpido del condado.

Ella siempre fue diferente, y este era el momento exacto para demostrarlo.

—¿Puedo encargarte el hacerla sentir como en casa, Enid?

—¡Claro! ¡Bienvenida a la mejor habitación de todo el instituto, Merlina!

Ojala hacerlo fuera igual de fácil que decirlo.