¡Hola a todo el mundo! Lamento la tardanza, no esperaba la buena recepción a algo que era meramente un capricho que me cumplí a mí misma. Entonces, por eso les vengo a dar mucho las gracias. Tenía tiempo que no pasaba por este ritual tan bonito de dedicarle tiempo a mis fanfics en mis tiempos libres y actualizar con regularidad, lo cual es hasta gracioso, porque ahora que trabajo estoy segura que tengo menos tiempo que cuando estaba estudiando mi carrera, y aun así aquí estoy, porque me hace feliz.
¡Espero les guste este capítulo! Ahora sí, esta es ahora la introducción a tooooooodoooo mi drama personal, conservando ciertas cosas que estoy adoptando de la serie pero reimaginado en una perspectiva A/B/O. Quise conservar el tema de los misterios, pero ahora sí con el interés amoroso correcto para Merlina JAJA
Y bueno, espero les guste. Yo sólo sé que seguir negando que soy furra ya parecerá tontería.
¿De qué servía pedir la ayuda de las autoridades escolares si sólo te sentarían en un sillón a esperar su veredicto? Si se quedarían detrás del escritorio, intercambiando miradas y palabras casi inaudibles mientras de vez en cuando se giraban a verte de reojo.
Larissa Weems y Marilyn Thornhill se intercambiaron dos expresiones incomodas antes de dignarse a mirarlo; el ceño fruncido detrás de los grandes anteojos de la profesora Thornhill, aquellos que reflejaban el fuego cálido de la chimenea en la oficina de la directora Weems… lo hicieron enojar.
Weems masajeó una de sus sienes para intentar mitigar el dolor. Era uno de esos días.
—Repíteme tu historia, Xavier…
El muchacho dejó escapar un resoplido de exasperación.
—Ya se los dije: mi compañero salió del cuarto una noche y ya no regresó. Hace tres días.
Tres días en los que habían decidido esperar en lugar de ponerse a buscar.
—¿Te dijo a donde iba? ¿Se llevó algo consigo? ¿Dejó algún indicio…? —prosiguió Thornhill, con esa voz nerviosa que intentaba hacer pasar por dulce.
—Que sí, era su ciclo de celo. Dijo que iría al "Área de media noche" hasta que se le pasara.
—Eso explicaría su ausencia en clases. —punteó Weems con cansancio.
Xavier emitió una pequeña risa sarcástica.
—Sí, si hubiera llegado, ¡ustedes mismas lo comprobaron! Nunca se registró, y no, no se escapó con ningún alfa como todos dicen, porque dejó todas sus cosas en el cuarto. Así que, ¿ya van a dar la alerta o me volverán a pedir que no lo comente?
—Xavier…—Thornhill intentó apaciguarlo, sin ningún éxito.
—¿O por qué no lo rastrean ustedes? ¿Con su olor o algo?
—El tema de las feromonas no funciona así, es decir, no es que seamos sabuesos…—rio la maestra, con cierto nerviosismo que intentaba ocultar. Quería apaciguar el ambiente, pero nada de lo que hiciera funcionaria con el muchacho frente a ella, por el simple hecho de que es un beta.
—¿Entonces lo van a dejar así? —fue el ultimátum de Xavier.
Ambas autoridades se volvieron a mirar la una a la otra.
Se decían algo, tal vez algo en algún lenguaje que solamente los alfas y los omegas eran capaces de comprender y él, claramente, estaba vetado de dicha interacción; tal vez era capaz ver el futuro y descubrir las respuestas ocultas en la oscuridad, de vez en cuando, mas nunca podría leer ni comprender el mundo que compartían los alfas y los omegas.
Finalmente, la directora dio su veredicto.
—Déjanos seguir investigando, Xavier; la luna de sangre aun no llega pero sus efectos ya están presentes entre nuestros alumnos. Los ciclos de celo irregulares han incrementado, el "Área de medianoche" se encuentra trabajando sobre su capacidad habitual y hemos tenido que aumentar los patrullajes a los dormitorios para que éstos sean más seguros y no ocurra ninguna situación indeseada. Permítenos comprobar de primera mano lo que sucedió con tu compañero y nosotras mismas nos encargaremos de la situación.
Una mirada cansada fue lo que Xavier obtuvo por parte de la máxima autoridad de su casa de estudios; un abismo detrás de sus pupilas.
—No es buen momento para alborotarlos a todos más de lo normal, no con todas las situaciones que se aproximan. Por favor, déjanos encargarnos a nosotros.
Capítulo dos: La corona de espinas
Distancia.
Guarda tu distancia.
Asegúrate de aprovechar cada flanco vulnerable, da una estocada y aléjate. Nunca le des al enemigo la oportunidad de acercarse a tus puntos débiles.
En los jardines de la mansión Addams, entre los sauces llorones y las lápidas, delante de la fuente de piedra negra donde un ángel oscuro era testigo de sus rituales, Merlina volvía a presenciar la destreza con la espada de la que padre era dueño. Por supuesto, a él siempre le gustaba contar la historia de cómo conoció a su madre y relatarle como ésta poseía la técnica y las estocadas perfectas con las que se encargó de atravesar su corazón. Morticia era, después de todo, la líder del equipo de esgrima cuando asistía a la escuela.
Sin embargo, Merlina se atrevía a afirmar una cosa: no existía técnica como la de su padre. Sólo que él, por supuesto, prefería no hacer alarde de sus habilidades. Para Gómez era una tradición familiar que le divertía y de la que disfrutaba, solamente.
—Veamos si puedes superar tu marca de nuestro último duelo. —Gómez se puso en posición; separó las piernas y cruzó la punta de la hoja de su espada con la de su hija de trece años, quien le devolvía unos ojos fríos a la distancia —¡En guardia, mi pequeña tormenta!
Merlina desearía poder decir que conocía las estrategias de su padre, pero no existía un patrón, sólo su aplastante técnica.
Ella dio la primera estocada, pero no se atrevía a arriesgar sus cálculos para darle la oportunidad a su padre; su única arma eficiente contra él era la defensiva. Gómez daba una estocada, ella retrocedía y recuperaba su posición, así una y otra vez.
El hombre sonrió ampliamente.
—Ah, por supuesto: la defensiva es una buena estrategia. Intentas analizar fríamente cada uno de mis movimientos, como los más agudos y sagaces Addams. Aun así, si abusas del privilegio que te otorga el guardar las distancias, no permitirás que el combate avance, ¿por cuánto tiempo crees poder conservar el dialogo pacifico entre nuestro hierro?
Merlina inhaló aire hondamente sin retirarle la mirada y la espada a su padre; siempre ha deseado aprender a leer detrás del brillo de sus ojos y su sonrisa ridícula, pero lo único que hacía era confundirla, pues era ilógica. No había razón para aquella sonrisa tan amplia.
—¿Por qué apresúranos, padre? Pienso que nuestras hojas tienen mucho que decirse.
Gómez soltó una risa sonora.
—¡Ah, por supuesto, mi pequeño escorpión! Pero las ideas de tu hierro deben ser claras y concisas o de lo contrario ¡dejas un flanco vulnerable!
Y empezó a llover hierro.
—¡A tu derecha, a tu izquierda! ¡Y no tengas miedo de tirar a matar, pues puede ser una opción de tu oponente!
Su padre soltaba risas entre cada una de sus estocadas; Merlina se negaba a admitir que el poco aprecio que su padre le guardaba a las distancias era algo que la metía en apuros, por lo que tenía que salir de ahí.
Si Merlina cubría su derecha, Gómez atacaba por el frente y si ella cubría su frente él decidía atacar tanto su cabeza como su izquierda y aun así, su hija estaba segura de que por más tornillos que le faltasen a su padre, él no la estaba atacando con todas sus fuerzas. Lo ha visto en duelos antes y sentía la dificultad muchos escalones abajo.
Qué frustración, pues ni así era suficiente para derribarlo. Al menos, hasta que vio una oportunidad.
Su padre parpadeó, tan sólo un segundo tras dar una última estocada que Merlina esquivó por poco. La primogénita de Gómez se incorporó y aprovechó ese diminuto micro segundo para empuñar su espada con fuerza, efectuar un giro y…
—¡Merlina! — lo escuchó gritar, desgarrando ligeramente sus cuerdas vocales. Él, con una agilidad impresionante, se las había arreglado para doblarse lo suficiente para que la punta de la hoja de Merlina simplemente rozara la punta de su nariz —Si yo no hubiese esquivado esa espada, ¡le habrías cortado la cabeza a tu padre!
Merlina no parpadeó, ambos se sostuvieron dos miradas severas en aquel día nublado. Había que admitir que si bien, no se sentía culpable, ese tono tan poco habitual en la voz de Gómez la impresionó un poco, lo suficiente para hacerla contener la respiración, expectante de lo que sucedería a continuación.
—¡Qué técnica, estoy orgulloso!
Pero, ¿para qué molestarse? El resultado era obvio.
Gómez volvió a romper la regla de guardar las distancias para acoger a su hija entre sus brazos, muy a su disgusto. Plantó un beso en la piel pálida de su frente y ella se quedó ahí, inmóvil, deseando no existir.
—Traten de no manchar la piedra con sangre, es difícil de lavar.
—¡Ah, Tish, justo a tiempo! ¡Nuestra pequeña trampa letal estuvo a nada de cercenar la cabeza de su padre en un solo corte!
Su madre, por supuesto, con su andar refinado y su sonrisa discreta, pero poderosa, poseedora de la piel más blanca y tersa a la que sólo el marfil merecía compararse; pese a todo, existía un brillo distinguible no sólo en sus pupilas negras, sino en su corazón.
—Ah, ¿sí? Estoy emocionada por escuchar la historia.
Un Gómez eufórico se encargó de repartir besos desde el dorso de su mano hasta su mejilla y Merlina sólo permaneció ahí, soportando las ganas de vomitar, hasta que ambos se dignaron a mirarla nuevamente.
—Sin embargo, me temo que voy a tener que interrumpir su sesión por esta vez, el nuevo tutor de violonchelo para Merlina está aquí. Largo lo está atendiendo, pero temo que se arrepienta de haber venido y tengamos que posponer sus clases nuevamente.
Esta vez, sí que hubo una reacción por parte de Merlina.
—Espero que esté sea tan bueno como dice ser, madre. El último parece haber mentido en su currículo y tuve que ponerlo a prueba: una que no pasó, claramente.
—Querida, si sólo te quedas con lo que tú sabes, no podrás extender tus conocimientos —sí, por supuesto —Ahora ve, guarda tu espada y no hagamos esperar al muchacho, es el segundo de este mes.
Qué más da, habrá que terminar con esto y rápido.
Sin dirigirle una última mirada a ambos, Merlina se dio la vuelta para acatar la petición de su madre a regañadientes. Dio un par de pasos sobre el césped, uno detrás de otro, con sus zapatillas negras. Empuñaba con fuerza la espada entre sus dedos hasta que… éstos dejaron de responderle.
La fuerza en sus piernas se quebró y la taquicardia asaltó su pecho.
El día era frío y, aun así, la temperatura de su cuerpo no dejaba de subir hasta que traspasó la línea que separa las buenas torturas de las malas; algo, algo dentro de cuerpo la quemaba por dentro, la arañaba; desgarraba sus entrañas.
La espada cayó sobre la tierra sin emitir un sonido que pudiese ser escuchado, y Merlina yacía en el suelo, inconsciente.
En medio de la calidez que le proporcionaban las sábanas de su lecho, entre los sonidos de voces distorsionadas que no alcanzaba a identificar: abrió los ojos.
Apenas y podía enfocar la vista, sólo distinguió tres bultos en su habitación y dos de ellos parecían sus padres. Uno de esos bultos se acercó a ella, quien apenas estaba saliendo de la cueva oscura que era su inconsciente; sin avisos ni preguntas enterró una jeringa en el cuello de Merlina, y un líquido desconocido empezó a dejar actuar sus efectos reconfortantes y calmantes.
Eran supresores para el celo.
Era el día de su diferenciación de género.
—Merlina Addams, omega. —ese fue el veredicto del médico de cabecera de los Addams, tras revisar la glándula que se encontraba en la nuca de la primogénita. — Me llevaré unas muestras para determinar si es un gen recesivo o dominante, pero todo apunta a que se trata de uno dominante. Les aconsejo que revisen con más cuidado el árbol genealógico de sus familias, es importante prepararse para el día de la diferenciación, sea cual sea el resultado.
Gómez y Morticia se quedaron hechos piedra en medio del cuarto. Merlina, al fondo, no quitaba la vista de sus sábanas negras. Si bien, aun no se recuperaba completamente de su confusión, había algo que empezaba a reflejarse detrás de su mirada inexpresiva.
—Doctor—pronunció Gómez, en voz baja, con una genuina preocupación en su voz —Conocemos perfectamente la historia de nuestros antepasados; si Merlina se diferenciaba en algo que no fuese beta, tendría que haber sido un gen dominante de alfa ¿cómo se dio esto?
—Los omegas dominantes son más comunes que sus contrapartes alfas, porque su gen es más fuerte y a diferencia de estos últimos, pueden saltarse varias generaciones y seguir conservando sus cualidades de gen dominante. Tal vez alguien con este gen se coló en sus familias y no se los contaron, pero aquí está, con la señorita Merlina.
Qué chistoso, como el juego de la ruleta rusa: el disparo que contenía una bala le tocó a ella. Solía amar ese juego, molestar a Dedos y a su hermano menor con éste, la diferencia es que, por primera vez en su vida, ella era la perdedora.
El doctor le entregó una pequeña caja a la misma Morticia, que acogió entre los dedos de sus manos sin añadir ningún comentario al respecto.
—Traje algunos supresores para su siguiente celo, yo solamente le di una dosis adecuada para ayudarla con el dolor de la primera vez. Se dice que para los omegas puede ser… un poco traumático. —y veía por qué —Aun así, recomendamos encarecidamente que la dejen atravesar su primer celo para que su cuerpo pueda irse acostumbrando. Las dosis y los tipos de supresores pueden variar tanto por su edad como su peso, por lo que tienen que informarse bien sobre cuáles son las dosis correctas para Merlina o podrían ocasionarle un problema de salud a largo plazo.
Morticia levantó la mirada, finalmente, para dedicarle una sonrisa fantasmal al médico.
—Muchas gracias, doctor. Nos encargaremos como debe ser.
Y se despidió sin más, con el señor Addams detrás de él para escoltarlo a la salida. Él leyó, de hecho, que a Morticia le gustaría pasar tiempo a solas con Merlina, por lo que decidió darles privacidad.
Así, en la habitación sólo quedaban dos portadoras de genes dominantes diferentes; alfa y omega; madre e hija.
La última yacía inmóvil en su lugar, con las pupilas aun sin desprenderse de la vista que le devolvían sus sábanas aterciopeladas. Mentiría si dijera que no se sentía abrumada por todo lo que estaba experimentando porque nunca en su vida, hasta ese momento, había sido tan y plenamente consciente de lo que sucedía a su alrededor en lo que respecta a esos sentidos que la conectaban con los aspectos físicos de los espacios que habitaba; sonidos, olores y colores.
De pronto, su mano derecha comenzó a temblar y tuvo que taparla con la otra para disimular esos espasmos que para ella reflejaban debilidad. Tan sólo tenía que quedarse quieta, nada más y a lo mejor así, en la quietud de su cuerpo, recuperaba el silencio de su mente y se apartaba de todas esas sensaciones que la conectaban con la realidad.
—Mi pequeña nube de tormenta. Merlina; mi pequeña y temible niña.
Morticia se sentó en la cama con ella tras dejar la cajita en un buró junto a la cama, y por primera vez en toda su existencia, experimentó la presencia de su madre de manera diferente. Un olor asfixiante a rosas; rosas que, si tuviesen un color, serían negras.
—¿Escuchaste algo de lo que hablábamos?
—Sí, que esta sensación repugnante va a regresar a asaltarme e incapacitarme cada mes; que un hueso roto parecerá algo placentero en contraste y que preferiré usar la silla eléctrica en mí misma antes que gritar debido a este parásito que gusta de comerse las entrañas de sus víctimas si no hacen lo que les pide. —esto último lo dijo refiriéndose a la glándula instala detrás de su nuca.
Merlina a veces podía ser bastante gráfica en sus descripciones horrorosas, usualmente amaba escucharla, pero ahora mismo, su instinto de madre le decía que debía preocuparse y llevar la conversación a aguas más tranquilas.
—Quiero que sepas que nada cambiará en la familia Addams. Tú sigues siendo nuestro pequeño y letal escorpión; cortarás y derramarás la sangre de tus víctimas con una nueva guillotina que podemos comprarte para tu próximo cumpleaños. Eres Merlina Addams y eso nada lo va a cambiar.
Las manos de su madre intentaron tocar su rostro. Sintió sus dedos largos y fríos acariciando su frente para luego viajar a su mejilla y ahí, Merlina sintió la necesidad de apartarla con una mirada helada y un movimiento de cabeza que la alejó del tacto de la alfa.
Aun así, su madre pareció intentar no tomarle importancia.
—La familia Addams querrá organizarte una celebración por el día de tu diferenciación… ¿te gustaría que…?
—No. —fue su tajante respuesta —Y porque sientes la necesidad de preguntar, asumo que no quieren contarles sobre mi diferenciación. No sabes disimular, madre.
—¿Cómo? Merlina, no…
—Está bien, madre, yo tampoco me siento satisfecha con el resultado.
—¿Merlina…?
Esta vez, el tono preocupado en la voz de su madre fue mucho más palpable, y de hecho existía una justificación: el brillante color rojo que comenzaba a tomar la piel de su primogénita.
Y Merlina no lo veía, pero sí lo sentía. El cuerpo empezaba a subir su temperatura nuevamente y aquel dolor intenso que le comía y quemaba las entrañas volvía a tomar su lugar, sólo que esta vez… era más intenso.
Su pulso y su respiración se aceleraron y sin siquiera pensarlo, delante de los ojos de su madre, tomó la caja de supresores que el médico dejó. Morticia intentó detenerla, pero la mirada implacable de su hija pudo más.
—No intentes detenerme. No voy a dejar que esto tome posesión de mí.
Y a la primera dosis le siguieron otras varias durante los siguientes días.
Y durante los siguientes meses.
Y así, sucesivamente.
Enid emitió un quejido, el quejido más sincero que pudiese brotar de su garganta. Ahí, en medio del patio principal, ambas ocupando una mesa; Yoko simplemente se dedicaba a observarla con una expresión incomoda en el rostro. Enid escondía la cara entre la madera y sus brazos y la mirada de Yoko, detrás de sus lentes negros de mosca, era un poema.
—Ya, Enid, relájate. No creo que sea tan malo—dijo Yoko con su usual tono de voz relajado. Intentó dibujar una sonrisa en la que resaltaban sus colmillos —Sólo compartes habitación con una asesina serial, podría ser peor.
La aludida levantó apasionadamente su cara para dedicarle una larga e intensa mirada amenazante. O al menos intentaba ser amenazante, porque lo que Yoko veía sólo era a un perrito haciendo un berrinche.
Yoko suspiró.
—¿Qué te hizo?
—Le dije-
—Ajá.
—que debería hacerse una cuenta en Instagram para que siguiéramos la cuenta de la otra-
—¿Y qué te dijo?
—y me dijo, con toda la seguridad del mundo, que las redes sociales son un pozo de validación sin sentido o algo así, ¡ni siquiera parpadeo cuando lo dijo!
—Ajá…
—¡Yoko!
—¡Te estoy escuchando!
—¡Yoko! Cuando Weems me dijo que por fin tendría una compañera, pensé que sería genial, que podría agendar su número con un emoji junto a su nombre y ella haría lo mismo, no que… tendría que ver sus espeluznantes ojos despertándome cada mañana…
En realidad, parecía un problema real. Debía de ser una pesadilla.
—Claro, tampoco olvides lo que todos están diciendo sobre ella…—Enid estrechó los ojos peligrosamente.
—Yoko. No lo digas.
—Es gracioso, ya sabes, que una beta asesine a tantos alfas sanos… ¿Tú crees que sí se los come y colecciona sus glándulas? —la vampira chasqueó la lengua, con una sonrisa despreocupada en el rostro —Hmm, como sea… Grita si intenta extirparte tu glándula.
—¡Yoko!
Sí, efectivamente, resultaba gracioso molestar a Enid porque de verdad, eran tan pero tan sencillo provocarle alguna rabieta. Esa era la desventaja de ser tan transparente con tus emociones, el tener que aprender a controlarlas para que no sean abrumadoras para los demás. Especialmente si eres alfa u omega.
La risa interna de Yoko se apagó en cuanto su olfato súper desarrollado de vampiro empezó a hacer de las suyas, captando todos los olores emitidos por las feromonas alfas de Enid, las cuales se activaban casi con cualquier estimulo a sus emociones más sinceras: la alegría, la tristeza, el miedo y la rabia. Esta vez, captó algo parecido al miedo: un olor ligeramente amargo que se mezclaba con el aroma de su tinte para el cabello, formando una mezcla extraña que no podía decir que sería placentera para cualquier vampiro.
—Ya, lo siento, tranquilízate. Tus feromonas están siendo muy… expresivas.
El silencio duró un segundo, tal vez dos.
Bueno, tres segundos antes de que la sangre tiñera la cara de Enid. Tuvo que llevarse las manos a su rostro para tapar su evidente vergüenza, dejando sólo un espacio para ver a Yoko a través de sus dedos.
—¿Las estoy liberando? —preguntó la alfa, en un hilo de voz. —¡Oh por Dios, ni siquiera me di cuenta! ¡Oh por Dios!
—Lo sigues haciendo.
—¡Lo siento, lo siento, lo siento!
Y sí, maldecía el estúpido olfato super desarrollado de los vampiros.
Por otro lado, efectivamente: Enid no era la alfa más "adecuada" de la escuela, posiblemente de toda su generación. Pero, ¿quién decidía hoy en día lo que era ser "adecuado"?
Su corazón muerto no pudo hacer más que sentir compasión por la chica licántropo frente a ella, después de todo, no aprendes sobre esos "roles que tienes que cumplir con la sociedad" hasta que te enfrentes de lleno a ella y a su mundo, solo.
—Tranquilízate, a mí me da igual, lo decía por los otros, ya sabes cómo son. Sé que está siendo difícil para ti, ¿no? ¿Cómo vas con eso?
—¡Fatal, no me acostumbro! ¡No sé cuándo las libero y cuándo no y lo peor es que nadie me avisa!
—Enid, relájate, sólo son feromonas, realmente a todos les da igual, sólo son unos delicados que olvidan que ellos también les pasa, ¿ok? Sólo relájate, empieza por ahí.
La alfa asintió repetidas veces con la cabeza y así, con la intervención de la chica vampiro, la energía y los olores de Enid empezaron a apaciguarse de pronto.
Y su lista de preocupaciones no hacía más que crecer.
Y crecer.
Y crecer.
Preocupaciones que comenzaron el día que se diferenció como alfa recesiva, cosa que ella no pidió; le arruinó la vida.
Preocupaciones, desaires que no terminarían nunca.
Yoko sólo fingió tomarse en serio lo que contaba, estaba segura de eso. Al final del día, sólo tenía a sus seguidores.
Un emoji de gato triste, un emoji llorando u otro emoji con un corazón roto: la validación perfecta hacia sus propios sentimientos de frustración y desamparo ante la imagen de su nueva compañera de cuarto desgraciando aquella habitación que ha habitado desde el inicio del semestre.
En cuanto vio su siniestra figura de pesadilla retirar el color del gran ventanal que atravesaba su habitación, un gruñido involuntario brotó desde lo más profundo de sus entrañas.
Y claro que sí, claro que sus feromonas se volvieron locas.
—¿Qué carajos le haces a mi cuarto?
Merlina se dignó a mirarla, pero ni siquiera se inmutó. Aun percibía ese claro sentimiento de superioridad intelectual que rodeaba toda su tenebrosa persona.
—Divido nuestro cuarto a la mitad. —fue su simple respuesta antes de ponerse de pie. —Los instintos territoriales de los alfas no aplican aquí, este también es mi espacio. Así que confórmate con tu mitad, ¿o ya lo habías marcado?
—Ah, ¿eso es un estereotipo sobre alfas? —como esperaba, no obtuvo respuesta. Solamente observó como Merlina le daba la espalda, como si no fuese más que un sonido molesto en el ambiente —¿Quién te dijo que soy alfa?
La aludida simplemente se sentó sobre su escritorio, quieta, sin regresarle la mirada; no podía hacerlo porque entonces el golpe de las feromonas alfas de Enid le pegarían de lleno en el rostro, y ya había tenido suficiente tortura con haberla aguantado durante la mañana.
Tuvo que soportar sus brincos al caminar; cada movimiento, cada palabra suya, significaba tener que soportar cada olor dulce que desprendía su piel y no sabía por cuánto tiempo sería capaz de fingir que no lo sentía, porque en el momento que dejase de fingir, en el momento que se quebrase: correría sangre.
Cada momento de este día era equivalente a arrastrarse de rodillas por un sendero de piedra caliza, y no en el sentido masoquista de la expresión, más bien, de hecho, una expresión en la que ella cumplía con un castigo para obtener el perdón de los dioses que controlaban su vida: sus padres.
Fue su culpa, se confió de más. Ahora, Merlina había sido lanzada al abismo por cuestionar el estatus quo que estos dioses habían establecido. Pero se lo iban a pagar, oh, claro que se lo iban a pagar. Después de todo, era culpa suya que ahora tuviese que soportar a esta chica que no sabía decir si era mejor o peor que los alfas promedio con los que se ha topado a lo largo de su existencia.
¿Peor que su madre? Aun no lo decidía.
¿Peor que el grupito insufrible que mandó a terapia intensiva? En realidad, no.
—Yo también hice mi investigación—fue su simple respuesta, mientras acomodaba las mangas de la gran sudadera que la cubría para concentrarse en escribir sobre su máquina de escribir—Me pareció poco justo que tú ya supieras cosas sobre mí para prepararte para mi llegada, verdades a medias y otras mentiras, claramente. Mi familia no tiene contactos en la mafia y mi padre no es ninguna mente criminal: es demasiado noble para eso.
Enid abrió la boca para decir algo, pero Merlina aun no había terminado.
—Además, cumples con todos los estereotipos de los alfas más molestos: les gusta llamar la atención y nunca se callan.
—¡Eso es…!
—Pero eso se acaba hoy. Tal vez estés acostumbrada a que todos escuchen lo que tengas que decir, pero eso no funciona conmigo.
—¡Yo…!
—Ahora— y la interrumpió, abruptamente. La frustración en la cara de Enid era genuina y por fin, provocaba en ella una expresión que no fueran sus molestas sonrisas —; te agradecería que guardaras silencio o vayas a frotarte contra algo en otro sitio, es mi hora de escritura.
El silencio tomó lugar, pero un segundo, tan solo un segundo nada más.
Los gruñidos emitidos por la garganta de Enid volvieron a escucharse, esta vez un poco más sonoros que la vez anterior; en cuanto se dio la vuelta para dirigirle una mirada para reprenderla, se encontró con un ceño fruncido sincero. Su cuerpo servía de contenedor para sus emociones más indeseables y pese a todo lo que ya había pasado, por esta ocasión, admitía que la alfa desplegaba buen auto control: cualquier otro alfa, a estas alturas, ya habría hecho alarde de su fuerza bruta para mostrarle quien manda.
No le tenía miedo, por supuesto, de ser así no temía afirmar que Enid perdería un dedo o dos, pero decidió darle puntos extra por esta vez.
El problema es que continuaba expresando su descontento a través de los gruñidos, que seguían y seguían y seguían y ni hablar de esos olores tan intenso. No sabía cuál aroma era peor: si el de su frustración o el de su alegría.
—Deja de hacer eso. —ordenó Merlina, harta de sus mecanismos para filtrar sus emociones —Hazlo en otro sitio.
—Dividiste nuestro cuarto a la mitad: este también es mi espacio.
—No me interesa cómo lidies con tus emociones, sólo hazlo en silencio.
Pero Enid la ignoró, la ignoró y dejó que su reproductor musical inundara la habitación con su desagradable música pop juvenil.
Conoció otro mecanismo de escape a sus emociones negativas: el baile.
Bien, Enid podría tener un auto control en cuanto a las sensaciones desagradables, pero Merlina no.
Si la sangre tenía que correr, que sea la de esa alfa.
Con una determinación impresionante, la omega se levantó de su sitio y caminó directo para encarar a su compañera de cuarto.
—Te dije que guardaras silencio.
—¡Grrrr! —y por fin, las garras salieron a la luz, literalmente. —Sé lo que le hiciste a esos alfas de tu otra escuela, pero yo no te tengo miedo; me voy a defender.
Una alfa le tenía miedo a una omega, qué gracioso. Y qué poder.
Temía que la asfixiara mientras dormía, temía que asaltara su nuca en medio de su inconciencia y extirpara su glándula. Temía que la pusiera en un frasco para guardarla junto a las otras tantas que ha coleccionado de sus otras victimas alfas.
Merlina sintió el olor de su miedo y era… interesante.
Vio sus garras y luego barrió a Enid con la mirada, de pies a cabeza y de la cabeza a los pies. Después, clavó directamente sus pupilas y Enid no supo describir lo que se estaba reflejando detrás de ese brillo letal que empezaba a reflejarse en sus ojos medio muertos; la primera chispa de vida.
Merlina dio un paso sin quitarle la vista de encima y Enid tuvo que retroceder un paso sin comprender la situación. Una sensación extraña empezó a entumecer el cuerpo de las dos, como una nube de neblina rodeando su mente.
Se sentía tan extraño… tan…
—¡Buenas noches niñas! Perdón por el lodo.
Enid ocultó rápidamente las garras y Merlina regresó sobre sus pasos en cuanto la maestra Thornhill y sus botas rojas hicieron acto de presencia.
—Soy la señorita Thornhill, jefa de habitación ¿Llego en mal momento? Quería asegurarme de que Merlina se hubiera… instalado.
Las dos muchachas se quedaron paradas como estatuas. El ambiente exudada una tensión palpable, lo suficiente para que Thornhill también la notara apenas cruzó el umbral de la puerta. Enid, de hecho, sudaba frío, con el corazón acelerado.
—Parece que Enid ya te dio la bienvenida. —pronunció con su habitual tono alegre, pero desde lejos podía notarse su propia incomodidad. —¿Todo está bien?
—Sí. —se apresuró a contestar Merlina—Me asfixió con su hospitalidad. Tan sólo estaba por devolverle el favor.
—Oh. Me alegra ver que empiezan a llevarse bien, entiendo que puede ser difícil ser la estuante nueva que llega a mitad del semestre, pero precisamente confiamos en Enid como la persona indicada para ayudarte a acoplarte.
Si existe un Dios y si es cierto que todo lo ve, el salvarla sería la prueba perfecta de su presencia.
Merlina, entre tanto, prestó especial atención a la presencia de la maestra. Y efectivamente, como lo sospechaba apenas entró: se trataba de una humana normal, pero más allá de eso, la persona frente a ella era una omega. Una que olía a plantas, específicamente. Un olor agradable, si se lo preguntaban, especialmente cuando viene de entornos donde los olores cursis y dulces eran habituales en sus compañeros omegas del instituto anterior.
Enid sintió cómo la maestra la escudriñaba de pies a cabeza, si algo la ponía nerviosa, pero nerviosa en verdad, eso era convivir con omegas. Tenían un súper poder para penetrar hasta lo más profundo de las almas de los alfas, sólo que nadie lo admitía ni hablaba de ello abiertamente.
Ahora, por ejemplo, Thornhill podía leer cada emoción y seguramente cada pensamiento de Enid.
—Oki doki, me tengo que ir, tan sólo pasaba rápido pero antes tengo que repetirles algunas reglas: las luces se apagan a las diez, sin música fuerte. Por el tema de los ciclos de celo de nuestros estudiantes tenemos un toque de queda a las ocho, es por la seguridad de todos. Y, ah, nada de muchachos, o de omegas, en general.
Enid sintió que esta última era especial para ella.
—Nunca, jamás.
.
.
.
—Yo no cuento porque soy su maestra y jefa de piso, pero entienden a lo que me refiero.
Bingo, exactamente lo que estaba pensando.
—¿Qué hay que hacer para ir al pueblo cercano? —preguntó Merlina.
—Sí, los pases a Jericho son un privilegio, no un derecho. Hay un transporte los fines de semana pero para eso tienes que tener un permiso especial que yo puedo otorgarte si cumples con los requisitos. Además, no deben olvidar que no importa que, alfas, betas u omegas, los locatarios son recelosos con la escuela y sus estudiantes. Compórtense y no alimenten estereotipos sobre los excluidos, ¿de acuerdo?
De acuerdo…
—Por cierto, la luna de sangre llegará pronto, sé que para Merlina no es problema porque es beta, pero nunca está de más estar al tanto del ciclo de celo de tus compañeros para apoyarnos entre la comunidad. Tómalo en cuenta, Enid, y cuídense las dos.
Ninguna respondió nada. La aludida simplemente se dedicó a asentir con la cabeza, con movimientos lentos y pausados.
—¡Excelente!
Marilyn Thornhill salió de la habitación sin agregar nada más.
Enid y Merlina se quedaron rígidas una al lado de la otra, sin decirse otra cosa. Lo único que hacían era preguntarse si la otra experimentó la misma sensación confusa de hace rato, una duda genuina que no le hacía bien a los nervios de ninguna de las dos.
La luna, entre tanto, reflejaba su peligroso brillo a través de su ventana.
