Naruto no me pertenece.


Dolor


¿Por qué siempre tienes que ser tan patética?

Solo Hinata Hyuga estaría sentada en aquel solitario columpio en el parque con tal clima. Bufó, irritado. Era increíble la facilidad con la cual esa boba siempre le encrespaba los nervios. Hallaba ridículo que sus cambios de humor siempre estuvieran relacionados con el idiota de su hermano. Menma no entendía. ¿Qué era lo grandioso que ella veía en Naruto?

Sí, había estado a punto de sacrificarse, morir por él. Un amor absurdamente condicional. Eso le enfermaba.

Aterrizó entre la nieve, bajando de los techos de donde la había estado observando, caminando hacia ella. Envío a Naruto a otra dirección cuando le preguntó si había visto a dónde fue Hinata después de salir corriendo de Ichiraku cuando se lo topó por la calle. Él solo había salido a comprar algo de leche, no esperaba toparse con esa escena. Le estaba haciendo un favor a la Hyuga, llorar en frente de la persona que amaba era algo que ella no se perdonaría, le ahorró ese bochornoso momento.

Tampoco es como si le importara qué pasaba con ella o algo por el estilo, simplemente le daba lástima. No podía soportar ver ese tipo de gente comportarse de tal manera, menos por algo tan estúpido como sentimentalismos.

Hinata apenas reaccionó cuando el columpio a su lado fue ocupado por la persona menos esperada. Apreció el perfil de Menma, sentado ahí, en silencio. Llevaba un abrigo de piel, similar al que Kiba usó en su infancia pero más largo y con una capucha con pelo de alguna bestia, quizá un oso, no sabría decirlo con exactitud y tampoco le preguntaría al Uzumaki si la caza era de sus actividades preferidas. Todo lo demás era su atuendo de diario, vestimenta en su mayoría negra y sandalias que llegaban hasta las rodillas. De cualquier manera ella no estaba de humor. No le preguntó al ninja por qué estaba ahí.

No era la primera vez que tenía al Uzumaki así de cerca. Durante la ausencia de Naruto, había acompañado a Menma en algunas misiones de rastreo, aprendiendo su modo de trabajar y a guardar silencio. Él no tenía paciencia y tendía a ser desesperado en cosas triviales; más de una vez le había dicho que su constante tartamudeo le irritaba, amenazando con cortarle la lengua si no lograba completar una oración. Con esa latente advertencia —Menma sí la cumpliría— Hinata tuvo que tragarse sus inseguridades y comunicarse con el Uzumaki de manera corta, eficaz y con seguridad. No importaba que su padre fuera el patriarca del clan Hyuga, a Menma no le importaba ese tipo de cosas como las posiciones dentro de la sociedad ninja y la trataba cómo cualquier otro shinobi.

Acarició la bufanda que con tanto anhelo tejió para dársela como obsequio a Naruto, hacía mucho frío y él siempre usaba ropa tan ligera, no importaba que fuera el héroe de las Cinco Naciones Ninja, debería cuidarse más. Sin embargo, parecía que alguien importante en la vida del rubio se había adelantado. Y Hinata estaba feliz, quería intentar estarlo; la felicidad del ser amado debería ser más importante que sus propios deseos.

Sin embargo, eso no evitaba que doliera.

—Hyuga.

Los hombros se le tensaron cuando la voz de Menma se hizo sonar en medio de aquel silencio. Apretó los labios y se dijo que no debía mostrar debilidad frente al azabache, éste odiaba ese tipo de demostraciones y un sermón de parte de él era lo último que necesitaba.

—¿S-Sí, Menma-san?

—La bufanda que el idiota está usando es un regalo de nuestra madre. Así que deja de lagrimear.

Los ojos perlados de Hinata se elevaron de la bufanda rojiza descansando en su regazo para fijarlos en la figura de Menma que lucía ocupado en sus pensamientos, mirando un punto en la oscuridad, más allá del parque iluminado. Por un momento pensó que había escuchado mal pero Menma le miró por el rabillo de los ojos sin dejar su posición.

—¿Qué?

—P-Perdón, Menma-san, no lo escuché…

Menma suspiró, la irritación palpable en dicha exhalación.

—El mocoso de Konohamaru nos pidió ir a donde el viejo del Tercero guardaba sus cosas, entre ellas apareció una caja que le pertenecía a nuestros padres, adentro había una bufanda. Aunque ya estaba deteriorada. Supongo que nuestra madre en ese entonces no sabía que tendría gemelos así que solo tejió una…

Era extraño que le estuviese dando ese tipo de explicaciones a Hinata, no tenía motivos. Si ella había interpretado mal las palabras de Naruto era su problema, no suyo. Además, Naruto debería ser el que solucionara todo ese asunto. Maldito cobarde. ¿Cuánto había pasado desde lo sucedido con Pain? ¿Dos años? Tanto tiempo y el idiota todavía no le respondía a la Hyuga. No importaba qué tan enamorada se encontrara del idiota, ésta podía cansarse o alguien estaría interesado en ella.

Era bonita. Venía de una familia importante, quizá ahora la más importante de Konoha. Ya no apestaba como kunoichi a comparación de sus primeros años como genin. Era eficiente, había madurado, no era ruidosa como otras chicas, tenía un semblante tranquilo que lograba calmar…

¿Tanto interés le has puesto a la niña Hyuga, mocoso?

Maldito zorro, no te entrometas. Y no es nada de eso. No saques conclusiones —contestó a las insinuaciones de Kurama, viéndole sonreír en su interior—. Ve a molestar a Naruto.

—Lleva usando esa cosa polvorienta desde ayer. Si me lo preguntas, nuestra madre no era muy hábil para tejer pero al idiota eso le pareció suficiente para usar eso en el cuello. Por mí está bien, yo no usaría algo así ni en un…

—Menma-san.

La vocecilla de ella lo interrumpió. Sin embargo, lo que realmente le molestó fue ese toque de esperanza. Hacía unos momentos se hallaba apagada pero ahora su tono de voz irradiaba esa estúpida esperanza.

Bueno, ¿qué esperabas? Acabas de aclarar un malentendido. La sacaste de su pozo de pesimismo —se dijo a sí mismo.

Se sintió como un idiota. Eso le pasaba muy seguido cuando estaba con ella. Bajaba la guardia, afloraban sensaciones que juraba no tener o sentir hacia ella y le era más fácil sonreír. Su pasatiempo favorito era asustarla, ver cómo los ojos perla, ese par de Lunas, se removían temerosas de que pudiera cumplir con alguna de sus amenazas para después burlarse en su cara. Pero también se preocupaba por ella, algunas veces, cuando podía representar una carga, especialmente en misiones. O cuando el idiota de Naruto, con su ignorancia y nada de conocimiento sobre el sexo opuesto siempre lograba lastimarla, provocándole tremendas ganas de azotarle la cabeza con una de sus técnicas.

—Gracias, Menma-san.

—¿Por qué me agradeces, Hyuga? No he hecho nada particularmente bueno por ti.

—No es así, Menma-san, usted…

—Esa bufanda, la tejiste para él, ¿no es así? —interrumpió a la joven, mirando la prenda. No tenía nada en particular, se veía plana y normal, podría comprar una parecida en alguno de los comercios de la aldea.

—¿Uh? —las mejillas de ella se sonrojaron tenuemente, como siempre solían hacerlo cuando Naruto estaba relacionado—. B-Bueno… Yo…

—Creí haberte dicho en repetidas ocasiones que detesto cuando tartamudeas. ¿Es un sí o no?

—S-Sí —respondió al final.

—Es roja, ese idiota solo usa naranja. ¿No había de ese color en la tienda?

—Yo… Sé que el color favorito de Naruto-kun es el naranja pero….

En sus memorias de la niñez, donde un grupo de niños malhechores habían detenido sus juegos para insultarla por su aspecto, especialmente sus ojos, ese niño de cabellera dorada con una larga bufanda rojiza que la defendió sin importar salir lastimado, resplandecía entre la negrura de su consciencia. No había pensado mucho en ello, solo quería hacer una réplica de aquella bufanda, devolver el favor por aquella fechoría heroica que hasta el día de hoy no había podido agradecer cómo era debido.

—El Tercero, cuando éramos muy pequeños, nos dio dinero para comprar ropa de invierno. Ni siquiera se dignó a llevarnos, solo puso el dinero en la mesa y dejó que dos huérfanos se hicieran cargo de sí mismos.

Hinata abrió los ojos, sorprendida de que Menma revelara algo tan personal. Le observó de reojo y sintió como si algo dentro de sí se estrujaba algo, quizá su sentimental corazón que no podía soportar el sufrimiento ajeno, especialmente de aquellos a quienes estimaba y amaba.

Él tenía la mirada perdida, realmente perdida, como si se hubiera ensimismado en sus propios recuerdos, en aquel dolor del ayer y las adversidades de haber crecido en un ambiente sin el amor paternal que ellos, siendo tan pequeños, merecían a desbordar.

—Ese idiota se compró todo tipo de ropa, menos abrigadora. Yo compré una bufanda roja, larga, lo suficiente para ayudarme a no morirme de frío. No quería pescar una pulmonía.

Menma soltó una risa ronca, como si ahora la escena de aquella memoria le resultara graciosa de contar.

—Pensé que esa insistencia por querer ser amigos desaparecería, como a mí. Yo solo quería sobrevivir, hacerme fuerte pero él… Bueno, él seguía y seguía. Ese día había nevado tanto, helaba afuera pero el idiota quería salir a jugar. ¿Qué quería hacer? Algo de hacer hombres nieve. Yo le dije que era tonto, nadie quería hacer nada con ninguno de nosotros.

Recordó a ese Naruto tan joven, un niño inocente, sonriente que cuando pensaba que nadie lo veía se iba al baño a llorar, a escondidas para luego salir, limpiándose los mocos y dejándolos embarrados en su ropa para después comenzar una pelea y reír como dos mocosos, olvidando por un momento la soledad de ese departamento que los vio crecer.

—Menma-san…

Hinata siempre había sabido que la vida de Naruto no había sido fácil, todo lo contrario. Pero nunca se había puesto a pensar en la perspectiva de Menma, él sufrió lo mismo que Naruto. Despreciados por la mayoría de la aldea por ser recipientes de una bestia, huérfanos, sin amor, incomprendidos.

—Así que robó mi bufanda, la que había comprado y no regresó, por lo menos no hasta la noche. Quién sea con quien peleó le dio una paliza tan fuerte que decidí no golpearlo cuando volvió a casa sin mi bufanda. Lo obligué a conseguir dinero para comprarme otra cuando no me explicó bien cómo perdió mi bufanda o quiénes lo golpearon, dejándose ganar tan fácil. Era un debilucho en ese entonces.

Hinata observó con atención la bufanda de tonalidad roja, la misma que había visto al pequeño Naruto usar y que Menma relataba en aquel recuerdo que compartía con ella en la intimidad de ese solitario parque, sentado a su lado.

—Te decepciona, ¿no?

—¿Eh?

Menma le miró y, oh, Hinata sintió dolor. La mirada azulada de Menma mostró un dolor que hasta el momento ella nunca había visto. Él siempre lucía seguro de sí mismo, con ojos azul hechos remolinos de furia, atrevimiento y crueldad. No pudo decir mucho, solo lo miró y fue Menma quien cortó el contacto visual.

—Que haya sido yo el dueño original de esa bufanda que viste usar en Naruto esa vez. ¿Fuiste tú a quién él defendió contra esos niños, no?

—Menma-san, ¿c-cómo…?

—Te recuerdo, Hyuga, que ese idiota y yo tenemos a una bestia encerrada en nuestros cuerpos. Él tiene la mitad y yo la otra, es normal compartir ciertos recuerdos. Ni siquiera Tsunade sabía de eso, parece que sólo ocurre con gemelos o algo así.

—Yo… Menma-san…

Menma se puso de pie, quitándose los restos de copos de nieve de sus hombros. Estaba comenzando a nevar y sentía el trasero congelado. Era hora de marcharse, quería irse, no necesitaba escuchar las respuestas de la Hyuga.

—Trata de darle mañana esa tonta bufanda, ese idiota no sabe nada del lenguaje femenino y tú, Hyuga, no eres muy buena comunicando tus sentimientos…

—Lo siento tanto, Menma-san, esa bufanda… Por mi culpa…

Hinata sintió tanta urgencia de calmar el dolor de Menma, de quitar ese dolor en esa mirada. No sabía qué más decir. Sentía que lo había lastimado, aunque eso pareciera tonto. ¿Ella lastimar a Menma Uzumaki? ¿Cómo? Era muy inferior en cuanto a fuerza y habilidades, Menma podía doblegarla con facilidad.

—¿Por qué te preocupas por una estúpida bufanda del pasado? Ni siquiera existe más.

—Aún así lo siento…

Menma se irritó más.

—Para con eso y vete a casa, va a nevar. Una pulmonía es lo último que necesitas…

—¡M-Menma-san!

—¿Qué…?

—Yo… Yo…

El ceño del Uzumaki se frunció.

—Mierda, Hyuga, habla. Se me congela el trasero…

—¡P-Por favor permítame tejer una bufanda para usted también!

Hinata incluso hizo una reverencia, sintiéndose repentinamente culpable. Muy culpable. Al no recibir respuesta, miró primero la nieve debajo de sus pies y, por un momento, temió levantar la mirada. Quizá Menma se había ido y no le había escuchado. Pero cuando lo hizo, juraba por sus antecesores que la mirada hecha de zafiro umbrío de Menma la heló más que el clima.

—Dedícate al idiota de Naruto y a mí déjame fuera de todo, como siempre lo has hecho — comenzó a caminar, no sin antes darle una última mirada que a Hinata le removió todo el interior en una mala manera, dejando el arrepentimiento saboreando su paladar por haber dicho lo que dijo, como si ahora sus labios quemaran dolorosamente—. Nunca me han gustado los regalos hechos por obligación.

Menma se alejó, dejando atrás a la persona que en esos momentos lo había lastimado más hondo que cualquier otra persona.


Notas: Tomé ciertas escenas en The Last y la incógnita de la bufanda roja que Naruto usó de pequeño. No sé si en la película mencionan si era un regalo de sus padres o fue al azar, no sé, me gustó tomar aquel detalle para integrar a Menma y tornar este trabajo en algo amargo.

Gracias por leer.