VIRAHA
(hindi. Sin traducción textual; se refiere a descubrir el amor por alguien a través de la separación de esa persona)
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Y yo caminaría por todos los desiertos de este mundo
y aun muerta te seguiría buscando,
a ti, que fuiste el lugar del amor…
Alejandra Pizarnik.
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Corrección de estilos: Althariel Tasartir
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Para Ñire-Nothofagus_antarctica, one day at a time…
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Minos había cambiado, según decían, a raíz de que años atrás fue a la superficie a buscar a Aiacos, y con ello provocó una batalla sin cuartel contra los guerreros de Atenea, los Arcontes dorados; igualmente decían que muchos habían muerto, al menos tres de ellos, pero… también se murmuraba que de no haber sido por el Polemarkhos Arkhon, Rhadamanthys, los jueces habrían mordido el polvo, al menos Minos y Aiacos… por supuesto todo eso se decía en voz baja.
Así, para cuando él, Byaku, ocupó su envase humano y su consciencia como espectro volvió, realmente al Minos que conoció, fue al que quedó… ese que de alguna manera, en su hosca personalidad, pagado de sí mismo, cruel, conservaba restos de aquel que vivió por siempre, siglo tras siglo, enamorado de Aiacos.
No sabía qué pensar al respecto. Lo cierto es que no le correspondía juzgar a su superior, y tampoco lo haría por el simple hecho de que también él tenía suficiente cola que le pisaran.
Mentiría si se atreviera a afirmar que entre las huestes de Hades, los guerreros más duros que existieron, no sucedían esa clase de… enredos. De esos turbios amores entre hombres.
Si los demás supieran que a veces ellos cargaban con la parte más dura, la de su finitud, aun cuando el magnánimo señor del Inframundo les había dado vida eterna… con ciertas condiciones. Pero eso… era harina de otro costal.
—Así que partes —susurró, como si con darle menos fuerza a su voz, a sus palabras, estas pesaran menos.
—Sí, Byaku, ¡por fin! Empezaba a sentirme un poco enmohecido aquí —razonó Edward, sin notar el cariz de aquella afirmación en el rubio guerrero que estaba a su lado.
—Ya —escondió por debajo de la alfombra de su indiferencia las emociones que se le atoraban en la garganta, entre la rabia y la tristeza, en la justa medida—, me alegro, espero que no te atrevas a volver con las manos limpias de sangre.
Aunque la ironía y la provocación ocultaban lo que ya sabía: que las cosas se habían puesto jodidas ya, y que la muerte y la sangre estaban tan cerca.
Por única respuesta Edward se rio y tiró brevemente de uno de sus lánguidos mechones rubios, esos que siempre parecían estar en orden, pasara lo que pasara, así les atacara un ventarrón, o el mismo Phobos y Deimos les arrastraran, el cabello de Byaku siempre parecía en orden.
El otro fingió molestia, torció el gesto y le dio un manotazo. Sus ojos, oscurecidos por las múltiples invocaciones de los muertos, su habilidad de nigromante, le contemplaron con algo abisal, impronunciable, algo que sólo el otro podía entender en aquellos pozos profundos.
Se despidieron como si fuese un trámite, aunque para ambos aquello sabía a despedida definitiva, y pese a eso, ninguno dijo más. Simplemente se entregaron a lo que ya sabían y que era inexpugnable: el placer.
Eso tan humano. Tan… finito.
Y quizás esa fue la razón por la que, incluso antes de que Edward se hubiese marchado con el pequeño ejército que dirigía… acabó enredándose con Fyodor.
Porque sí. Porque no quería atravesar por el dolor. Porque esperaba que tan pronto como otro ocupara ese pedazo de soledad, más rápido dejaría de añorar. Porque ya había visto el resultado de esa enfermedad en los ojos del mismo Minos.
No iba a darse golpes de pecho, eso no. Tampoco diría que Fyodor no era un hombre tremendamente atractivo, porque sí lo era, tenía algo retorcido y atrayente, un magnetismo casi brutal.
Como bruto era, efectivamente.
Había perdido un ojo, producto de una pelea intestina por la sapuri de Mandrake, unos decían que no le correspondía a él, que era de alguien más, incluso se llegó a decir que él mismo se sacó el ojo en pago de la misma… lo cual no le parecía descabellado.
Los dedos de Fyodor constreñían su cuello, de manera que casi no podía respirar, y en medio de aquel asalto, que huelga decir estaban teniendo en las mazmorras que custodiaba su compañero, Byaku se preguntaba cómo es que hacía para, con una mano sostenerlo y apoyarlo contra el muro mientras lo penetraba, y con la otra lo asfixiaba.
Susurraba algo que no entendía, algo en su lengua gutural, y estaba bien seguro de que se trataba de alguna peladez de esas que hasta pena daba pensar en ellas.
Pero bueno… él no tenía vergüenza, también, ahí aferrado a su cadera con las piernas, en esa compleja posición… pensando en otro.
Sonrió mezquino, en medio de su ahogo.
Byaku no pudo contener esa sonrisa… tenía gracia, lo estaban empalando, estaba gozando lo indecible en otros brazos, en nuevas formas sádicas, y si el bruto de Fyodor supiera que rememoraba a otro ¡Claro que era gracioso! Era tan egocéntrico, que probablemente de la rabia se sacaría el otro ojo.
Era curioso.
Es más, en el Inframundo todos eran muy curiosos. Podían comprobar de maneras poco sutiles cómo se podía extrañar a alguien con la presencia de un remplazo, ¿les pasaría lo mismo a los soldados de Atenea? ¿A los guerreros de Poseidón?
Se aferro al momento, al instante, porque estaba seguro de que pronto, muy pronto, ni Fyodor, ni él, serían más que eso: instantes.
Porque el presente ya es el pasado, lo que estaba sucediendo, ya se había quedado en el pasado.
Al mismo tiempo, Edward estaba por llegar a Jamir, y ahí los estaba esperando el Arconte de Virgo…
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FIN
