I
§
«Vuelve con una reina, o no te atrevas a hacerlo», fueron las primeras, únicas y últimas palabras que escuchó de su padre tras cuatro años de exilio extraoficial. Había pensado que, luego de que le dejaran muy en claro que había tenido suerte de nacer, ya nada más le haría daño.
Zuko todavía era demasiado ingenuo, al parecer.
No había sentido el peso de aquel tajante desprecio hasta ahora. Las altas paredes del palacio de Tristania se sentían sofocantes, como si se estuvieran cerrando a su alrededor con el único propósito de asfixiarlo, o aplastarlo, lo que ocurriera primero. Requirió cada gramo de su disciplina el no reaccionar ante su ansiedad.
El blanco y el dorado eran los colores principales, con sutiles toques de rojo y azul. Podía notar cuadros a través de los pasillos, decoraciones de oro que exhibían poder y riqueza, junto a filas de caballeros que podrían ser confundidos con estatuas.
Tantos años sin pisar ningún tipo de lugar opulento estaba pasando factura. Ni siquiera cuando volvió a Kessel, la capital, se le permitió pisar más allá de la muralla, y todo estaba empacado para su partida. Unas últimas palabras despreciables, aunque merecidas, fueron su única compañía. Junto al ejército para demostrar poder, por supuesto.
Tampoco sería posible relajarse al verse rodeado de mujeres armadas, lo que incluía armas de fuego pequeñas y grandes. Mosqueteras Reales, se llamaba el grupo, y estaba seguro de que su capitana le habría puesto una bala en la cabeza si sus órdenes no fueran escoltarlo.
Estaba habituado al odio, pero por una razón válida, ya fuese su inutilidad o las acciones que hizo durante su exilio. Algo tan crudo y sin un origen lo mantuvo confundido, y aunque ayudaba a distraerse del lujo palaciego que lo rodeaba, era una fuente diferente de preocupaciones.
Por último, estaban los nobles que susurraban a su alrededor. Había olvidado lo indiscreta que podía ser la nobleza, siempre susurrando, planeando y conspirando. Tener su atención sobre él, toda y sin ningún tipo de autoridad para hacerlos callar, agregaba un peso extra sobre sus hombros.
Se esforzó en mantener la cabeza en alto, exhibiendo toda la dignidad que representaba su posición, no queriendo traer más deshonra a la familia. Ni siquiera parpadeó cuando los altos cargos religiosos no podían ocultar el veneno de su voz al llamarlo pagano, o hereje, incluso «infiel» se soltaba de vez en cuando.
Mientras más se acercaba a su destino, menos personas encontraba; solo los que carecían del rango suficiente deambulaban por los alrededores. Era curioso ver a tantos nobles pululando sin mucho que hacer, algo que debería entorpecer el trabajo de los funcionarios. Tampoco era su asunto al final, él no mandaba dentro del país, y dudaba hacerlo alguna vez.
Se detuvo al mismo tiempo en que lo hizo su escolta, haciéndose a un lado, casi pegándose a la pared. Solo la capitana se mantuvo frente a él. Aunque había evitado sucumbir al hábito de escudriñar a las posibles amenazas, esta vez lo hizo de forma inconsciente.
La mujer tenía cabello rubio pajizo, más baja, con un cuerpo tonificado y usaba una coraza que cubría su pecho y abdomen. El resto de ella estaba libre para conceder mayor movilidad, un mosquete en su hombro, espada y dos pistolas en su cadera. El único adorno era una capa blanca hasta los tobillos, con el símbolo de la flor de lis de Tristain en dorado.
La nación de donde venía Zuko era un poco más liberal, lo que incluía la capacidad de las mujeres para valerse por sí mismas, pero, a lo largo de su viaje, la mayoría de guardias femeninos eran solo una pieza decorativa más. Una bonita muñeca para vestir con armaduras, para algunos casi un fetiche. Podía decir, sin cabida a duda, que esta mujer, Agnès Chevalier de Milan, se había ganado su posición con sangre y sudor.
Luego de lanzarle otra mirada de desprecio apenas velado, la mujer se giró para tocar la alta puerta de madera con ligereza. Zuko sintió el cambio en la habitación, que solo podía ser la sala del trono. Y pronto vino el sonido de una trompeta para anunciar el inicio de la sesión, aunque alcanzó a escuchar los tambores que normalmente se tocaban en su nación.
El hecho de que se molestasen en incluir algo referente a su cultura le pareció extraño, pero tampoco un asunto sobre lo que pensar mucho. Su ansiedad se había disparado al saber lo que le esperaba del otro lado. Se preguntaba por qué no estaba temblando o sudando allí mismo, pero solo debía atribuirlo al número de veces que casi fue asesinado en el pasado.
—Seigneurs y Dames —anunció en voz alta alguien al otro lado de la puerta—. Saludamos a Su Alteza Imperial, tercer Kaiserliche Prinz del Reich Germano, Herr Zygmunt Ulrich Korbinian von Schwarz-König.
Zuko no pudo evitar la mueca que llegó a su rostro, aunque logró desvanecerla lo suficientemente rápido. Hacía tiempo que no escuchaba su nombre completo, y prefería no usarlo. ¿Qué sentido tenía dar órdenes o recibir informes si el hombre bajo su mando tenía que recitar todo un trabalenguas? Razón por la cual siempre iba con «Zuko», el apodo que le dio su tío.
Respiró hondo un par de veces antes de que la puerta fuera abierta luego de una pausa dramática. Entró con la cabeza en alto, fingiendo que no estaba siendo escudriñado hasta por su forma de respirar. Sabía que los ojos se estaban centrando en el lado izquierdo de su rostro, pero los ignoró con los dientes apretados. Al menos la máscara evitaba el asco y la lástima.
El anunciador dijo un par de cosas sobre él a las que no prestó atención. Estaba más concentrado en los ejercicios de respiración que su tío le había enseñado. Necesitaba toda la calma que pudiera reunir para lo que estaba a punto de suceder, y aunque habría preferido compañía tranquilizadora, eso no era algo que estaba disponible en estos momentos.
Reuniendo todo el valor que tenía, miró a la persona por la cual había hecho un viaje de un mes completo, una pausa antes de su exilio oficial, en lugar de solo ser algo de nombre. Una parte de él prefería no haberlo hecho, y permanecer con las dudas de quién era su prometida.
La mujer que, según los informes, era menor por un par de años, lo miraba con frialdad. Estaba acostumbrado a ello, y entendía por qué. Nadie querría casarse con las sobras de la familia imperial de Germania. Así que recibió el desprecio con el poco honor que todavía le quedaba.
No era difícil admitir que se trataba de una belleza florecida, de tez blanca y delicada, cabello purpureo hasta los hombros y ojos azules. Figura voluptuosa, aunque sin exagerar, más baja que él, de porte digno y refinado. Zuko estaría de pie frente a la esposa perfecta de alta cuna, de no ser porque estaba muy dispuesta a congelarlo con la mirada.
Sea como fuere, estaba en él dar el primer paso, no solo porque era un indeseado, sino por las ordenes que había recibido. No le quitaba el sueño, sinceramente, porque se trataba de una misión imposible, pero haría el esfuerzo simbólico. Se inclinó ante ella lo suficiente para denotar igualdad de estatus, a pesar de que la mujer estaba muy por encima de él, el tercer hijo.
—Saludo a Su Alteza Real, princesa del Reino de Tristain, Henrietta Anne Stuart de Tristain.
La postura de Zuko era rígida, esta vez no por el peso de la situación en la que estaba; hacía tiempo que no mostraba modales palaciegos. Tenía cosas mucho más importantes sobre las que preocuparse, aunque agradecía los esfuerzos de su tío para que no los olvidara.
—Es un honor recibirlo en Tristain —su voz helada indicaba lo contrario—. Espero que su tiempo en nuestra tierra sea placentero, Herr Von Schwarz-König —le dijo un germano con un marcado acento tristaniano.
Enderezándose en toda su altura, todavía con los hombros rígidos y la espalda como la cuerda un arco, recorrió los alrededores con la mirada. Parecía que la mayoría estaba sorprendida por el comportamiento de su princesa regente. Si era por darle la bienvenida a las sobras germanas, o por cualquier otro asunto, era imposible saberlo.
—El honor es todo mío —su respuesta vino en tristaniano, una forma de devolver la cortesía que sorprendió a la sala—, y le aseguro a Su Alteza que será todo un placer permanecer bajo su cuidado.
Su prometida, un título que estaba seguro de que no dudaría mucho, lo escudriñó con la mirada por unos cuantos segundos. Fue un silencio demasiado tenso, no obstante, nadie se atrevió a interrumpirlo. Ahora venía el momento en que serían dejados con una escolta mínima por un poco de tiempo, unos cuantos minutos; solo una formalidad para conocerse mejor, porque no tardaría en ser guiado hacia sus aposentos.
Suspiró para sus adentros. Solo quería terminar rápidamente con esta farsa, porque no había más de dos resultados aquí. O se sometían a un matrimonio infeliz para que Tristain tuviera su alianza militar, o Zuko era rechazado al ser poco para la futura gobernante de una nación; su dinero estaba en este último.
Henrietta observó marcharse al famoso, o infame, Príncipe Mendigo. No era lo que esperaba físicamente, porque los rumores volaban y cambiaban hasta que la fuente era irreconocible. Era joven, aunque mayor que ella, muy cerca de los seis pies, la mitad izquierda del rostro cubierto por una máscara negra que tapaba incluso la oreja; su ojo derecho, el único al descubierto, era de un dorado penetrante. Su cabello negro era lo suficientemente largo para llegar a su nuca, peinado con pulcritud.
Su andar era rígido, cada movimiento tenso y apenas habló mientras compartieron un corto refrigerio. Ella tampoco lo hizo, pero era obvio que el hombre no era de los que socializaba. Tuvo que exprimir cada pequeña cosa, a pesar de que no le importaba, porque era lo que se esperaba de ella. La hacía enojar que él no hiciera el más mínimo esfuerzo, como si no lo valiera al tenerla ya en su bolsillo.
Lo único que salió de la propia voluntad del príncipe fue cuando le pidió que lo llamase Zuko, si su nombre era un inconveniente. Se negó a hacerlo en voz alta, seguiría refiriéndose a él como «Von Schwarz-König» al ver que lo incomodaba, podría ir por la forma tristaniana y solo llamarlo König.
Despidió a todos los sirvientes, menos a la capitana de las Mosqueteras, y en esa soledad, se permitió suspirar. Jugó con el obsequio que le había dado el príncipe extranjero. Era un broche, específicamente para capa; al parecer, había investigado que ella tendía a usarlos con los vestidos. Supuso que era mejor que un montón de collares, al menos en la superficie.
El problema estaba en que se trataba del símbolo de Germania: el fénix. Estaba hecho de oro, con pequeños rubíes donde deberían ir los ojos. La fina artesanía permitía notar que estaba en pleno vuelo, como un ave de rapiña en busca de su presa. Fue un trabajo precioso, pero el mensaje que transmitía era claro: ahora era de su propiedad.
Estuvo tentada a arrojarle esa correa disimulada a la cara de piedra que tenía, pero se contuvo. Todos los sirvientes presentes la vieron aceptarlo, y el no usarlo a partir de ahora sería escupir sobre la nación de Germania, la única que rivalizaba con Gallia, nada menos. Solo le quedaba tragarse su orgullo y lucirlo como una mascota obediente.
Lo odiaba. Despreciaba la situación con cada fibra de su ser. Apenas había pasado un año desde la muerte de Wales, pero su cadáver ni siquiera se había enfriado luego del crimen de Reconquista, cuando ya se habían comenzado las negociaciones para un matrimonio político. Tuvo que sonreír mientras lloraba por dentro en cada reunión.
Su posición debilitada los hizo sumisos ante las demandas, y fue un insulto a nivel internacional que el Káiser Ozwald Adolf Baldur von Schwarz-König enviara al hijo que despreciaba, el Príncipe Mendigo. Sea como fuere, seguía siendo un vínculo con la familia imperial del Reich, uno que su nación necesitaba desesperadamente.
—¿Qué piensas de él, Agnès? Tienes permitido hablar libremente.
Tuvo que hacer la declaración. Sabía que su guardia no le mentiría, pero también limitaría lo que fuera a decir. Quería las palabras de alguien que no estuviera ansioso de venderla como yegua de cría, lo más cercano a un punto de vista neutral.
—No me gusta —dijo con convicción—. Y no solo por los rumores, que son muchos. Puede ser como su padre, el famoso Rey Negro.
La historia del actual Káiser era muy conocida. Rey Negro, o Schwarz-König en germano, un título que tomó como apellido, una declaración muy atrevida y belicosa a nivel internacional. Carbonizaba los cadáveres de sus enemigos hasta que solo dejaba un trozo negro irreconocible donde antes hubo vida. La misericordia no estaba en su diccionario y su trono estaba hecho de cenizas.
—Solo se habla de este Príncipe Mendigo como un soldado, sofocando las rebeliones en Germania. La extensión de la voluntad de un tirano. No se puede confiar en él.
Su guardia hizo un punto; Germania era una nación conocida por su poderío militar y su aprecio por el arte de la guerra. Kónig era famoso por viajar por toda la nación sofocando rebeliones, capturando o ejecutando bandidos, sin estacionarse en ningún lugar. De allí el apodo de Príncipe Mendigo, al parecer.
No obstante, sabía que su guardia no estaba siendo imparcial, así que no presionó... Necesitaba a otra persona que pudiera darle una visión verdaderamente neutral. Una persona que no iba a encontrar en el palacio, de eso estaba segura. Si no eran los que querían entregarla, estaban los que despreciaban al Reich Germano solo por envidia, y quienes odiaban sus creencias religiosas como paganas y heréticas.
—Crees que no debería casarme, entonces.
Henrietta a veces no sabía si eso era lo que quería escuchar o no. Decirle que no debería era egoísta y un rechazo a su sacrificio, pero aceptarlo sería imponerse una vida miserable. Tampoco estaba en sus planes casarse con un germano, ya que, por mucho que no creyese demasiado en los rumores, no le atraía el asunto. Menos ahora que el noble le había regalado una correa.
—Con todo respeto, no. Si es por su orden, escoltaremos al Príncipe Mendigo fuera del palacio —el tono de su voz indicaba lo ansiosa que estaba por la idea.
—No será necesario —negó con rapidez y cambió de tema—. ¿Cómo van los preparativos para partir a la Academia de Magia?
Aunque solo quedaba a un par de horas de viaje, el hecho de que ella era no solo de la familia real, sino también la única princesa y futura reina, lo convertía de inmediato en una pesadilla logística. Cerciorarse de que el camino no tuviese baches, asegurarlo con patrullas y limpieza de cualquier salteador, sin contar la elección minuciosa de escoltas.
—Todo marcha según lo planeado, deberíamos partir en tres días. Llegaremos una semana antes de la Exposición Anual de Familiares, pero el director ya fue notificado al respecto y todos los preparativos están siendo culminados.
Henrietta sonrió por primera vez, aunque fue aplastado por la culpa. Hacía mucho tiempo que no veía a su amiga de la infancia, y ya tenía pensado cargarla con sus propios problemas. Pero ella era su mejor opción si quería una opinión neutral... Tal vez no, odiaba un poco a los germanos debido a la situación fronteriza, pero ella pensaría primero en la felicidad de Henrietta.
§
II
§
Zuko había aprendido, a lo largo de los años, cuándo no era bienvenido. El palacio, si bien no escatimaba en gastos para hacer su estadía más cómoda, la actitud de las personas no ayudaba a que se sintiera aceptado. Razón por la cual estaba vagando por la ciudad, aunque ese no era su objetivo principal en todo esto.
Estaba seguro de que no podría volver al Reich Germano, así que tendría que hacer una vida en otro lugar. No pisaría Gallia ni siquiera bajo amenaza, Albion era políticamente inestable y Romalia lo quemaría a la vista. Tristain era la respuesta a sus problemas, así que necesitaba conocer a su gente, y ¿qué mejor manera de hacerlo que codeándose con ellos en secreto?
Tal vez atraía una que otra mirada con la capa y la capucha, pero al menos escondía su rostro de miradas indiscretas; a pesar de cubrir su mitad izquierda con un parche. No obstante, no era demasiado necesaria la cobertura, ya que las personas no imaginaban a los príncipes desfigurados, y dejar al descubierto una parte de su cicatriz lograba dos efectos; o no lo miraban a la cara, o se centraban en la quemadura.
Su ojo vagó de un lugar a otro. Era de noche, pero todavía se podían ver algunos niños o personas sonrientes. Esto era inaudito en muchas ciudades de Germania; los toques de queda eran estricticos, y si no había una razón legítima para pasear por las calles, lo mejor era quedarse en casa o en el bar más cercano.
Esto variaba entre ciudades, pero Kessel era mucho más estricto. Pero eso no sucedía aquí, y aunque los guardias, los pocos que apenas divisaba en las mejores áreas, vigilaban todo con ojo de águila, las personas no se desanimaban en su andar.
Dejándose llevar por la situación, entró a la primera tienda luego de decidirlo al azar. Para su sorpresa, era una que vendía armas. Desde estoques hasta hachas, aunque vio una pica apoyada en la pared. El interior estaba mal iluminado solo por un par de velas que colgaban de la pared, impidiéndole ver el rostro del comerciante, además de proporcionar la misma bendición para él.
—Bienvenido, bienvenido —saludó el jovial comerciante—, ¿algo que pueda hacer por usted?
—Buenas noches —contestó con su habitual y distante educación—. No será necesario, solo mirando.
Centró su atención en los sables. Estaban bien, supuso. No era un experto en cuchillas, al menos no fuera del ámbito marcial. Probó con un par de balanceos amplios. El peso era aceptable, la calidad de la hoja igual. Era algo que usaría un mercenario común, o incluso un bandido; le ayudaría a mezclarse mejor con los alrededores, a diferencia de sus sables habituales, que estaban en su habitación temporal.
—Aceptable. ¿Cuánto?
—¿Está seguro de que quiere eso? Recibimos una espada forjada por el mismísimo lord Shupei, un famoso alquimista Germano.
El oído de Zuko se animó ante esas palabras, y de inmediato le pidió que fuera a buscarlo. Sus sables fueron hechos por dicho alquimista, el único dispuesto a ofrecerle armamento de calidad. Era un hombre muy recluido, así que era un milagro que su trabajo llegase hasta Tristain, aunque no imposible.
Solo tuvo que esperar alrededor de medio minuto antes de que sus expectativas fueran destrozadas sin piedad. Era un sable, pero su brillo dorado estaba casi cegándolo, y ni hablar de las gemas que adornaban la empuñadura y el pomo. Eso no era un arma, y mucho menos un trabajo de Shupei.
Negando con la cabeza, puso el sable que había pasado su inspección sobre el mostrador. El hombre quedó desconcertado ante su tajante negativa, pero le ofreció el precio del arma que había tomado. Si no recordaba mal, un écu equivalía a doscientos sous y uno de estos a doce deiners.
Una vez que pagó y ocultó el arma bajo su capa, no pudo evitar sentirse decepcionado mientras volvía a la calle. Eso pasaba por tener las esperanzas demasiado altas. Debió suponer que un objeto tan codiciado no terminaría en una tienda aleatoria; sería como encontrar un arma sensible en ese lugar.
Sin importarle el tropiezo, decidió disfrutar un poco más de la ciudad, aunque tenía el objetivo de recolectar información. Para eso, necesitaba encontrar una taberna. Aprendió, durante sus viajes, que era el mejor lugar para encontrar lo que querías, si preguntabas a las personas correctos, escuchabas a escondidas o pagabas lo suficiente.
El problema era que no sabía dónde dirigirse. Había visto algunas en el área para los nobles, pero no iba a encontrar nada allí salvo desprecio. Estaba vestido como un plebeyo, después de todo, y no cambiaría mucho si anunciaba su identidad como príncipe germano.
Caminó por más tiempo, ahora confesando que estaba perdido. Al menos cumplió su objetivo original de ver cómo vivían las personas de la capital. Aunque comparar sería grosero de su parte, la calidad era mayor en Kessel. A costa de varias libertades, por supuesto, pero no había mendigos por las calles o casas a punto de ser derribadas. No significaba que no hubiera diferencia en las clases sociales, pero, la última vez, que fue hacía cuatro años, todos tenían un techo sobre sus cabezas.
En algún punto bajó su capucha. La cicatriz estaba oculta, y cuando se presentaba ante el público como el príncipe, las personas prestaban más atención a la máscara que al resto de él. Así que caminó mientras disfrutaba del anonimato, y todos los problemas con los que venía.
—No vuelvas a intentarlo —dijo al tiempo en que sostenía una mano que intentó tomar su bolsa.
Zuko miró al niño que se sintió como un animal capturado. Había intentado robarle desde su ángulo ciego, y aunque podía puntuarlo como un buen intento, no funcionaría con alguien que estaba habituado a robar.
—Y-yo n-n-no...
Ni siquiera podía hablar bien. Zuko miró a su alrededor, y nadie les daba un segundo vistazo más allá de la curiosidad. Esto debía ser una visión demasiado común como para levantar siquiera una ceja al respecto. Suspiró ante eso y centró sus ojos otra vez en el niño, llevando una mano hasta su pequeña bolsa. Sacó un Sou y lo puso en la mano del pequeño ladrón.
—Muéstrame la mejor taberna de la ciudad.
El niño estaba incrédulo, mirando entre la moneda y su benefactor, al que había intentado robar. Pero, como si no quisiera poner a prueba aquel golpe de suerte, de inmediato lo guio por las calles. Volvieron por el lugar hasta estar lo suficientemente cerca de la plaza, en lo que solo podría describir como la calle principal.
Se trataba de un establecimiento de dos pisos más áticos, lo suficientemente ancho para que hubiera cuatro ventanas en la fachada. La puerta de madera estaba debajo de un letrero un poco viejo, sobre el cual se escribía, con una caligrafía curva y delicada, «Posada de las Hadas Encantadoras». Esto serviría.
Arrojando una segunda moneda al niño, lo envió por su camino. Lo vigiló hasta que se perdió un callejón y un poco más. Nadie pareció seguirlo. Sabía lo que ocurría cuando regalaba dinero a los mendigos o ladrones. Solo esperaba que el chico hubiera aprendido el valor de la discreción.
Empujando la puerta, notó un interior tenuemente iluminado que ofrecía un ambiente un tanto acogedor. El olor a alcohol parecía impregnado a las paredes, además de una mezcla no tan sutil, aunque agradable, de perfume. El establecimiento no podía llamarse impecable, puesto que era hora de servicio, pero estaba más limpio que otro que había visitado. Miró un poco más antes de cerrar la puerta de golpe, sintiendo sus mejillas enrojecer.
«Posada de las Hadas Encantadoras», seguía diciendo el letrero. En ninguna parte mencionaba nada de un burdel. ¿Era alguna especie de negocio oculto? ¿Tal vez para disminuir el pago de los impuestos? ¿El niño lo había conducido a este lugar como una broma, o desconocía el ofrecimiento de favores sexuales a cambio de dinero?
Estaba tan metido en su ensoñación que fue tomado por sorpresa cuando la puerta fue jalada desde el otro lado. Tropezó y golpeó lo que solo podía describir como un muro de piedra. Uno que era más carnoso que rocoso, no obstante.
Al dar un paso hacia atrás, su rostro pasó de estar ruborizado a la palidez. De pie frente a Zuko estaba el titán de un hombre, con un cuerpo que pasaría cualquier inspección para unirse al ejército de Germania. Y toda esa masa muscular estaba en una camiseta de tirantes morada y pantalones demasiado cortos.
—¡Oh, trés bien, tenemos un cliente! Pasa cariño, pasa. Bienvenido a la Posada de las Hadas Encantadoras. Soy tu servidora, Scarron.
Zuko estaba tan paralizado y sobrecogido con la situación que se dejó llevar hasta una mesa, donde el hombre lo observó, expectante. Era como un desastre natural; no podías apartar la mirada, sin importar cuánto quisieras hacerlo. No obstante, y gracias a su resistencia mental, recordó que debía ordenar algo, así que exprimió las palabras:
—Vi-vino, y s-su e-especial, monsieur.
—No, no, no —movió el dedo índice derecho tres veces en señal de negativa—. Eso no funciona. Es mademoiselle.
¡¿Todos los tristanianos estaban locos?! Estaba seguro de que su padre lo mataría si volvía a Germania, pero estaba considerando la posibilidad en estos momentos... Sea como fuere, se aclaró la garganta y reunió más confianza.
—Solo vino y su especial, ma-mademoiselle.
Con una alegría que le hizo mover las caderas, el hombre, la camarera o lo que sea, se dirigió a la cocina. Zuko solo podía quedarse allí, atrapando moscas con la boca de la incredulidad. Le habían dicho que habría un choque cultural, y había aceptado la posibilidad, pero esto no era lo que esperaba al venir. ¿Que los germanos eran liberales con su sexualidad? ¡Ja! Al parecer nadie le ganaba a los tristanianos.
Suspirando mientras hacía lo posible para borrar aquella visión de su cabeza, fue sorprendido por segunda vez en menos de diez minutos cuando una mujer se sentó en el asiento de enfrente. Hizo un esfuerzo consciente para mirarla a la cara, notando las trenzas, porque el minivestido verde oscuro, con volantes y sin hombros, invitaba a otra cosa.
—Lo has manejado mejor que la mayoría —comentó con casualidad, siendo obvia su diversión.
Frunció el ceño ante eso. No le gustaba ser usado como alguna especie de espectáculo, pero adecuó sus facciones. No iba a montar una escena por algo como eso.
—¿No te meterás en problemas por hablar conmigo? —preguntó en su lugar.
La chica solo le sonrió con picardía, inclinándose hacia adelante. Zuko, que se estaba enojando con cada segundo, se esforzó en no reaccionar ante la provocación, ese era su objetivo.
—No hay demasiados clientes hoy. La mayoría parece rondar el área de la nobleza para ver si consiguen otro vistazo del Príncipe Mendigo. Mañana comenzará la fábrica de rumores, o dentro de unas horas.
Zuko apretó los puños debajo de la mesa. Odiaba con cada fibra de su ser ese apodo. Para no dar más detalles de que le estaban afectando sus palabras, decidió inspeccionar la taberna.
La mitad de las mesas estaban libres, y las pocas camareras que pululaban aprovechaban el estado de ebriedad de los clientes para sonsacar algo de información y propinas. Eso incluía manoseo, un poco de ambas partes, pero nada que tuviera que llevarse hasta una habitación. Era normal en una taberna, solo cambiaba el uniforme.
—Y papá es el dueño, así que no hay problemas.
Esto hizo que el cerebro de Zuko se detuviera y volviera sus ojos hacia la mujer. Cabello negro, al igual que el hombre que lo arrastró hasta la mesa. Era objetivamente hermosa, y con un cuerpo que robaría el aliento de muchos que se dejasen llevar por sus bajos instintos. Sin contar esto último, era factible si le decían que esta mujer se parecía a su madre.
—¿Tienes alguna otra expresión que no sea un ceño fruncido? —preguntó la camarera con genuina curiosidad—. La mayoría de las personas son incapaces de creer que estemos relacionados.
Más que no creerlo, las personas se preguntarían cómo logró atraer a una mujer con tal personalidad. O había alguien que tuviera gustos extraños, o esto fue un cambio posterior al matrimonio, o coito, o lo que sea.
—He visto cosas más raras.
—Daré fe a eso, entonces. Eres germano, ¿no? Tu acento te delata, y el cabello negro no es algo de Tristain.
Tampoco era demasiado frecuente en Germania. La mayoría hacía gala de una piel morena y alguna tonalidad de rojo para el cabello. Solo en las áreas nororientales, uno de lugares de donde se originaba su familia, o surorientales, se contaba con las características que cargaba.
Le ofreció como respuesta un asentimiento, y ya sabía por dónde iría el tema del interrogatorio.
—Quiere decir que conoces al Príncipe Mendigo. ¿Hay algo que quieras compartir?
Tal vez el público recurría a ese título porque su nombre era impronunciable. O solo que a las personas les encantaba chismosear. Ya ni siquiera importaba.
—No —respondió con voz cortante.
—Vamos —por supuesto que no la desanimó—, debes saber algo. Creo que... podríamos llegar a un acuerdo.
La forma en la cual se inclinaba sobre la mesa acentuaba el escote indecente que estaba usando. Zuko, agradecido con las enseñanzas de su tío para mantener el autocontrol en caso de ira, le preguntó con los dientes apretados:
—¿Interrogas así a todos tus clientes?
—No todos mis clientes entran armados, Monsieur... —le invitó a revelar su nombre.
Su tono seguía siendo amigable, pero no ocultaba una firmeza y desafío presente. En esto no tenía nada que objetar, ya que no todos andaban por la ciudad con sables en sus caderas. Un hábito del que no se desharía pronto, no cuando esto lo mantuvo vivo por años.
—Zuko —respondió, dejando escapar algo de frustración en un suspiro agotado.
—Eh, nombre extraño. Soy Jessica, por cierto. Ahora, con respecto a...
Salvado por la campana, la camarera fue llamada por su padre para entregarle a Zuko su pedido. Luego de aquello volvió al trabajo, permitiendo que el príncipe pudiera relajarse de una vez por todas. No demasiado, porque odiaba ser coqueteado de forma tan descarada.
Seguía siendo un príncipe, e incluso cuando no se quedaba en casa de ningún noble, su llegada siempre atraía atención no deseada. Había olvidado el número de veces en los cuales la hija del noble local entraba en la posada en la que se iba a quedar, se sentaba en su mesa e intentaba seducirlo. Y ni hablar de las que directamente aprendían magia para desbloquear puertas y se escabullían a su habitación.
En caso de que cediera a la tentación, lo que nunca ocurría ya que esto lo hacía enojar hasta el punto de la ebullición, estaría en una pésima situación. Ella podría obligarlo a casarse si se alegaba violación; su infamia pondría a la nobleza en su contra. En caso de que el matrimonio no estuviese sobre la mesa, un hijo bastardo por sí solo aumentaría la posición de la familia.
Suspiró y se llevó una cucharada de lo que sea que le sirvieran a la boca. Al menos estaba bueno, y el vino era agradable... La única queja que tenía era la camarera, y ahora lo estaba ignorando. Sería un buen lugar para pasar las noches y familiarizarse con el reino. Siempre y cuando no tuviera que interactuar mucho con el padre o la hija.
Conociendo su suerte, esto sería imposible.
§
III
§
Louise miraba en dirección de su familiar con desgana. Estaba practicando con la espada, y ella, que había visto el entrenamiento de los caballeros, solo podía decir que se veía patético. Al menos no estaba haciendo el ridículo, ya que se ubicaron en el campo de la Academia, alejados de los demás familiares de los otros estudiantes. Bueno, no lo suficiente.
Miró de soslayó a quien estaba sentada cerca suyo debido a la sombra que proporcionaba el arbol. La vaca germana, Zerbst, estaba mirando hacia el cielo en lugar de entrenar a su lagartija. Sentía la sangre hervir cada vez que la veía; piel morena, cabello rojo, alta y con tetas de vaca, además de usar desabrochados los primeros dos botones. No tenía envidia, por supuesto que no, simplemente que su delicada sensibilidad tristaniana se veía insultada por aquel monstruo lujurioso.
Miró un poco por encima de la cabeza pelirroja. De no ser por el bastón que se mantenía erguido, sería imposible saber que había otra chica presente. Al menos a Tabitha la soportaba; de hecho, su silencio era agradable, y nunca se burló de Louise como cierta vaca. Sea como fuere, solo les permitía estar cerca suyo porque discutir sería perder tiempo.
Tiempo que no tenía. Hoy llegaba la princesa, y la ansiedad la estaba matando por dentro. Había pasado demasiado tiempo desde que vio a la princesa, tanto que ni siquiera se sintió capaz de consolarla cuando murió su padre, convirtiéndose en un rostro más de la multitud.
Pero la gota que colmó el vaso fue cuando no estuvo para ella por la muerte de Wales, quien también era un amigo cercano de Louise. Ella sufrió, pero no tanto como la princesa Henrietta. Y, a pesar de todo, no fue capaz de reunir el valor para escribir siquiera una carta, por muy impersonal que resultase, en comparación de sus reuniones pasadas.
Pero ¿cómo sería capaz de hacerlo? Era una maga fracasada cuyo único logro fue convocar a un plebeyo pervertido obsesionado con las tetas de la vaca. Sería una vergüenza que la figura más importante de Tristain fuera relacionada con un fracaso como Louise.
Suspiró con pesar. Al menos debió intentarlo, posiblemente ser más discreta con quién era el remitente, o incluso mentir y hacerse pasar por Éléonore... Tal vez no era muy inteligente, pero el punto estaba en que debió esforzarse, no pecar de indiferencia. Era una vergüenza bajo los ojos del Fundador.
—¿Por qué todas se ven tan deprimidas? —preguntó Saito, aunque luego aclaró—: Bueno, Tabitha se ve igual que siempre...
Su familiar había dejado aquellas ropas extrañas luego de que Louise le consiguiera algo diferente para usar. No iba a ser atrapada con un plebeyo siguiéndola con la misma prenda todos los días, y aunque la camisa blanca con pantalones cafés no era una declaración de moda, serviría.
—Son mujeres, compañero. ¡Nunca sabes lo que pasa por sus cabezas! Y si lo sabes, lo más inteligente es correr —aportó la espada oxidada.
Rechinando los dientes, le lanzó una mirada de muerte a Saito mientras apretaba la empuñadura de su varita. Estaba deseosa de liberar un poco de tensión, pero se contuvo al final. Aunque...
¿A qué se refería con todas? Tabitha siempre tenía la misma expresión, pero, ahora que lo pensaba, todo ha estado demasiado silencioso como para ser un lugar en el que estaba Zerbst. Al menos Louise tenía una excusa, y era que no sabía cómo enfrentarse a Henrietta.
—¡No es de tu incumbencia, perro! Y vigila lo que dice esa espada.
—¡Sí señora! —anunció su familiar, aunque lo notó murmurando algo antes de preguntar—: ¿Qué hay de ti, Kirche?
No podía negar que tenía curiosidad, pero no la atraparían preguntándole a la germana. La cual, cosa curiosa, no contestó, ni siquiera aprovechó la oportunidad para exhibir su lascivia. Eso sí preocupaba a Louise, ¡¿y si era un elfo haciéndose pasar por la vaca germana?! Sabía que eran demonios, pero debían tener mejores modales que los salvajes germanos.
—Nostálgica —vino la respuesta susurrada de Tabitha.
Era extraño que ella hablara. Bueno, todo era extraño en la chica baja, comenzando por ser más pequeña que Louise, todo un logro. Sabía que ese no era su nombre real, algunos nobles extranjeros preferían mantener el nombre de su familia en el anonimato.
—¿Por qué? —preguntó Saito—. ¿Tal vez recordando algún festival que hacen en Germania?
La mención de su nación pareció sacarla de su ensimismamiento. Parpadeó un par de veces antes de recordar que estaba tenía compañía. Toda su postura se volvió un poco más erguida.
—¿Eh? ¿Sucede algo? —se veía genuinamente confundida.
—Solo preguntando si estabas bien —aportó Saito—. Has estado distraída.
—Demasiado silenciosa —murmuró Louise.
—¡No tienes nada de qué preocuparte, cariño! Y no sabía que te preocupabas por mí, pequeña Cero.
—¡No lo hago, vaca germana! ¡Estaba feliz sin ti parloteando todo el tiempo!
—Awww, yo también te quiero —Louise apartó de un manotazo la mano que intentó pellizcar su mejilla—. Solo recordando un poco, es todo. Me siento nostálgica.
El hecho de que repitiera las palabras de Tabitha denotaba que no había estado escuchando nada hasta el momento. ¿Entonces sí había algo dentro de esa cabeza pelirroja?... Se descubrían cosas increíbles todos los días.
—¿Por qué? ¿Extrañas tu hogar o algo así? —la voz de Saito era demasiado cariñosa para el gusto de Louise.
Ni siquiera había que ser un genio para saber lo que estaba pensando el plebeyo. La hizo enfurecer el hecho de que quisiera volver a cualquier agujero del que hubiera salido en lugar de permanecer a su lado. ¡No era un honor que le concedía a cualquiera! Y él solo deseaba deshacerse de algo como eso.
La Vaca iba a dar una respuesta, pero toda la atención fue hacia el cielo cuando escucharon al dragón de Tabitha, Sylphid, arrullar. Esto vino acompañado de un ruido parecido al que haría un águila, o algún ave de rapiña; no era experta en animales.
Tuvo que enfocar la mirada para distinguir algo que debía tener el tamaño de un halcón, pero de un azul terciopelo. Su vuelo era seguido por una cola emplumada que parecía dejar una estela de chispas color cian. Era precioso, pero su concentración se cortó al escuchar el jadeo de Zerbst.
—¡Azula!
El ave, guiada por la voz, descendió en picada mientras la Vaca se ponía de pie de un salto. Louise se ruborizó mientras farfullaba al recibir un vistazo de su indecente ropa interior; la falda del uniforme llegaba normalmente hasta los tobillos, pero la pervertida lo acortó por encima de las rodillas, con altas botas cafés.
Olvidándose de la germana, volvió a concentrarse en lo que obviamente era un familiar. De cerca era más impresionante, y sus alas eran más amplias de las que hubiera visto en cualquier otra ave. Las plumas se degradaban de azul terciopelo a uno más claro. Las plumas de su cola, que controlaba con libertad, eran gruesas y mullidas.
Sin dar una explicación, Zerbst corrió en dirección de la entrada. El trio restante la miró con sorpresa. Bueno, dos de tres, porque había una que siguió leyendo como si nada hubiera pasado. Y a ella recurrió Saito para buscar respuesta.
—¿Qué acaba de ocurrir? ¿Por qué tanta emoción?
—Familia —lo dijo, como si eso explicase todo. Tal vez lo hacía.
Louise y Saito intercambiaron miradas, y en una muestra de sincronía que no volvería a ocurrir, asintieron antes de seguir los pasos de la germana. Tabitha fue detrás de ellos sin apartar los ojos del libro, y la sombra del dragón los rodeaba a intervalos regulares.
Una multitud los recibió, y el hecho de ver a un hombre a caballo que portaba la heráldica de la nación hizo que Louise jadeara. Olvidó de inmediato a la germana mientras se abría paso con dificultad gracias a su baja estatura. Solo su suerte encontrarse a la Vaca a su lado, con el pájaro en mano.
Notó que Saito se unía a ella y solo se quedaron esperando, sin conversación alguna. El cuerpo de Louise casi temblaba con cada segundo que pasaba, que se intensificó al ver los unicornios que tiraban de un carruaje adornado con oro y plata, además de esculturas de los animales que jalaban. Lo había visto tantas veces que era inconfundible.
No obstante, su malestar se vio opacado por la sorpresa al ver otro igual de destacado, solo que este exhibía el rojo como tema principal, seguido del dorado y el negro. Las esculturas, al igual que la bandera, mostraban dos aves, como la que sostenía Zerbst.
Los animales que lo tiraban no los había visto nunca. Eran grandes e intimidantes, cuya piel oscilaba entre el gris claro y oscuro. Tres cuernos surgían de su cabeza, dos que se curvaban hacia abajo desde su frente y uno hacia arriba desde la nariz. Estaban ataviados con armadura carmesí, con púas que complementaban su aspecto fiero.
Entonces todo hizo clic para Louise. El animal que se acercó a Zerbst, el blasón, los animales que daban miedo, cuyo nombre recordaba como rinocerontes de Komodo, y el rojo, dorado y negro de las decoraciones.
El descenso de la princesa fue opacado por el del individuo que le seguía. Un hombre que se alzaba cerca de los seis pies, con una armadura ligera pero decorada. La mitad izquierda de su rostro la ocultaba una máscara negra con bordes dorados, y la que estaba libre mostraba un ceño fruncido que debía ser permanente.
El ave, que era un fénix extremadamente raro, voló hasta posarse sobre el hombro del Príncipe Mendigo, quien avanzó sin dedicar una sola mirada a los presentes o reconocer que era el tema de los murmullos. Se puso de pie junto a la princesa, que fue la primera en descender por cuestiones de etiqueta, mientras los guardias limitaban el acceso; incluso los guardias instalados en la Academia estaban catalizadores en mano.
Todo a partir de ese momento fue como un borrón. La bienvenida grandilocuente que realizó el director, prácticamente una ceremonia de vasallaje allí mismo. Seguido de un almuerzo en que los sirvientes se esforzaron más de lo habitual, junto a los que trajeron desde el palacio para asistir las necesidades de la princesa. Lo único en lo que podían pensar era que la princesa que tanto admiraba y amaba —como amiga— estaba aquí, junto a nada menos que un salvaje germano.
—¡Realmente es él!
Desearía haber seguido en ese estado letárgico hasta el día siguiente en que pudiera racionalizarlo todo, pero el grito de la vaca germana la devolvió a la realidad. Parpadeó sorprendida al darse cuenta de que estaba dando un paseo por el patio, seguida por el mismo grupo.
—¿Quién era ese tipo? —preguntó Saito—. Parece un edgelord —agregó lo último distraído.
Louise estuvo tentada a inculcarle algo de respeto por la realeza mediante una paliza, pero lo dejó pasar ya que se estaba refiriendo a uno de los germanos. Zerbst ni siquiera parecía ofendida, aunque nadie allí sabía qué demonios era un echlor o lo que fuese.
—Oh, cierto. Ese era mi primo, Zuko.
Louise de tuvo abruptamente, girando su cabeza con lentitud. La Vaca no parecía estar mintiendo, pero aquella revelación capaz de inducir shock fue soltada como si nada. Aunque pasó por sobre la cabeza de Saito, y Tabitha claramente ya lo sabía.
—¡¿Cómo estás emparentada con Zygmunt Ulrich Korbinian von Schwarz-König?!
—Qué nombre —dijo Saito con un silbido.
—¡Veo por qué prefieres llamarlo Zuko! —aportó la espada.
—No es la gran cosa. Veras, pequeña Cero, cuando un hombre y una mujer se aman mucho, mucho, ellos...
—¡Sé cómo vienen los bebés, Vaca!
—¡Felicidades! Aquí pensé que tendría que darte la charla, aunque, si necesitas experiencia...
Louise farfulló una serie de insultos de los que su madre estaría decepcionada, pero fue algo instintivo. Respiró hondo un par de veces para calmarse. No quería ocasionar una explosión mientras la princesa estaba aquí, con todos los guardias patrullando como si sus vidas dependieran de ello. En su lugar, invocó la paz interior y la Regla del Acero.
—¡¿Eres una princesa?! —exclamó Saito.
Ahora pareció que la realización golpeó el duro cráneo de su familiar. No podía soportar que la Vaca tuviera no solo una posición por encima de los Vallière, sino que igualase a la princesa Henrietta. ¡Así no era como funcionaba el mundo, y su visión de él se estaba destrozando poco a poco!
—No soy una princesa —dijo con una risa, reparando el mundo de Louise—. El actual emperador se casó con mi tía como su tercera esposa, quien renunció a ser una Anhalt-Zerbst.
—¡¿Tres esposas?! —el grito de Saito no tardó en llegar, seguido de un murmullo—: ¿Cómo podría llegar a Germania?
Louise lo golpeó solo por hábito, porque estaba tanto sorprendida como aliviada. Eso no quitaba que ella tuviese una conexión con la realeza, pero era lo mismo con Louise, así que solo estaban en igualdad de condiciones... Excepto porque la Vaca tenía mejor figura y magia...
—¡No importa! Solo es el Príncipe Mendigo. ¡Que fuese ese salvaje de todos los príncipes solo es un insulto a Su Alteza Henrietta! No es...
Louise se quedó callada cuando vio la varita de Kirche apuntándole. Era la primera vez que la veía enojada, pero el ceño fruncido y el casi gruñido en sus labios fue un indicativo muy claro. Incluso Tabitha se interesó lo suficiente para levantar la vista de su libro.
—Vigila tus palabras, Vallière.
Y con esa advertencia, dio media vuelta antes de marcharse. El mundo de Louise se estaba poniendo patas arriba.
§
IV
§
Henrietta miró la puerta por lo que parecieron horas, apenas captando los murmullos que venían desde el otro lado. Le costó mucho reunir el valor para tocar, dos golpes largos y tres más cortos. No tenía muchas esperanzas de que recordase, pero el hecho de que la puerta se abriera con tal velocidad la dejó anonadada.
De pie allí, en un camisón rosado que llegaba por debajo de sus muslos, estaba la persona que Henrietta ansió ver por años. De baja estatura y largo cabello rosado, que iban a juego con sus ojos, abiertos de la sorpresa. No parecía ni siquiera capaz de invitarla a entrar, algo que evitó tomar como un desaire al estar ella misma en un estado parecido.
Reuniendo valor, se movió al interior de la habitación y cerró la puerta, lanzando un hechizo silenciador. Se permitió suspirar al estar dentro de la seguridad de la discreción, así que removiendo su capucha.
—¡Oh, Louise, Louise, querida Louise!
Incapaz de sostener sus propias emociones, se lanzó hacia su amiga de la infancia. Sentía que su visión se volvía borrosa mientras sus ojos se humedecían. Pero no se permitió llorar, lo había hecho demasiadas veces en el pasado. Se suponía que era una reunión feliz.
—¡Su Alteza no debería hacer algo como esto! —gritó Louise en pánico.
Henrietta ignoró la punzada de dolor ante un tratamiento tan frío, pero lo sobrellevó. Se separó, mirando el rostro sonrojado y titubeante de su amiga, que no podía sostenerla la mirada. La única razón por la cual no estaba sobre una rodilla era porque la sostenían de los hombros.
—Venir a un lugar como este no...
—Por favor, Louise, no actúes tan formalmente. Tú y yo somos amigas... ¿no?
Desearía que lo último no hubiera sonado casi a una súplica, pero no podía evitarlo. Aunque se llevaba bien con Agnès, ella no dejaba de recordar su propia posición en comparación con la de Henrietta, haciendo énfasis en su deber. El hecho de que su madre seguía recluida tampoco ayudaba.
—Creo que me falta contexto.
Henrietta se sobresaltó al escuchar una voz masculina y giró en su dirección. Casi frunció el ceño automáticamente al vislumbrar cabello negro, pero se controló al notar un rostro de facciones muy distintas a cualquiera en Halkeginia, además de ojos oscuros en lugar de dorado. ¡Aunque aquello no quitaba lo indecente de la situación!
Con las mejillas enrojecidas, Henrietta dio un paso hacia atrás, notando que ambos estaban en ropas de dormir, empeorando la situación.
—La-lamento i-interrumpir s-su in-intimidad.
El rostro de Louise prácticamente estalló en escarlata antes de, para sorpresa de Henrietta, sostener el cuello de la camisa del joven para luego arrojarlo fuera de la habitación.
—¡Ese perro solo es mi familiar!
Ahora que lo recordaba, le llegó un informe al respecto... Tal vez debió rememorar eso antes de lanzar lo primero que le vino a la mente, y cuando iba a disculparse por crear tal malentendido, su amiga habló:
—Y-y no soy di-digna de ser amiga de Su Alteza.
—¡Deja de hacer eso, por favor! —estalló, antes de recobrar la compostura—. Lo lamento, no debería estar aquí cargándote con mis expectativas —era como si las palabras que subían le laceraban la garganta—. Creo que debería...
—¡E-espere!... N-no soy di-digna de ser llamada su amiga, pero... si cree que lo soy...
Henrietta, que había estado en un periodo constante de luto desde hacía tres años, sintió como si estuviera viva por primera vez. Ni siquiera se molestó en disimular las lágrimas mientras se lanzaba a abrazar a su amiga. Debió poner mucha fuerza, porque Louise golpeó su brazo para ser liberada.
—L-lo siento. Es solo que... es demasiado emoción, yo... —respiró hondo para calmar el revoltijo de sentimientos—. Desde mi padre... Wales... Ahora mi matrimonio...
—Con ese salvaje germano —escuchó a su amiga murmurar.
—No creo que debería estar contando mis problemas...
Ahora que lo estaba haciendo se sentía mucho peor. Imaginó que sería horrible cargar a su amiga con sus cosas, cuando ella ya tenía suficiente en su plato con su propia magia. Ya no le sorprendía tanto que Louise no la considerase una amiga, con lo egoísta que estaba siendo.
—¡Es lo menos que puedo hacer por Su Alteza!
—Henrietta. Por favor, llámame Henrietta, o Ann, como en los viejos tiempos.
Mentiría si dijera que no la enterneció ver el rubor que se abría paso en el rostro de Louise. También fue linda la forma en la cual asintió.
—Me gustaría a-ayudar como pueda, Ann.
Como si esa fuera la confirmación, ambas tomaron asiento en la cama. Henrietta ni siquiera sabía cómo comenzar, ahora que su amiga le había permitido desahogarse. Había tantas cosas que acumuló a lo largo de los años, que se sentía confundida. No obstante, decidió ir por la preocupación más inmediata.
—Como sabrás, me casaré con el tercer príncipe de Germania.
—¡No es más que un insulto, ofrecer algo como el Príncipe Mendigo!
La situación sería hilarante si no fuese demasiado triste. Pasó de estar enamorada del Príncipe Valiente, a tener que casarse con el Príncipe Mendigo.
—Tristain no tiene nada que ofrecer al Reich Germano —informó Henrietta—. Su fuerza militar supera con creces la nuestra, y su vasto territorio ofrece materia prima, sin mencionar su abundancia en metales.
—¡Por las venas de la familia real de Tristain corre la sangre de los hijos de Brimir mismo! —anunció sin pizca de duda—. Es algo por lo que los paganos y herejes de Germania deberían ofrecer todo.
Henrietta sonrió, más bien una mueca lamentable que no debería estar en el rostro de una princesa. Eso era lo valioso que tenía la línea de Tristain, ese sería el reconocimiento que les haría falta a los ojos del resto de naciones brimíricas, especialmente Romalia. La legitimación que tanto buscaban.
—El pacto matrimonial incluye que el príncipe König no renuncie a su apellido, y la cláusula principal exige un mínimo de dos hijos, el primero pertenecerá a la Corona de Tristain, independientemente de su género, mientras que el segundo, o subsiguientes, siempre y cuando sea un niño, pertenecerá al Reich.
No hacía falta decir que seguiría con su labor de dar a luz hasta que el Imperio tuviese su varón, uno que el Rey Negro podría moldear bajo su voluntad y poner en el trono de Germania, adquiriendo por fin la sangre brimírica que tanto habían buscado.
Si el primero resultaba ser una niña, complicaría más las cosas; el propio ascenso de Henrietta no estaba exento de oposición por este mismo tema, y no hubo levantamiento armado porque las únicas otras sucesoras eran las hijas la familia Vallière.
Si ocurría aquel escenario, y luego de que el varón fuese entregado a Germania, solo bastaría con que König decidiera terminar el compromiso y volver a su nación. Luego de años, no sería imposible para el Reich Germano exigir las tierras de Tristain, y estaba segura de que muchos nobles aceptarían el gobierno del Rey Negro.
El rostro de Louise estaba pálido, y aunque Henrietta sabía que no había visto el alcance de todo lo que implicaba el matrimonio, tenía trazos generales. Estaba entre la espada y la pared en este asunto. Si rechazaba, se arriesgaba a perder Tristain en una guerra luego de que la Reconquista reconstruyera su armada; si aceptaba, podría perder Tristain en un juego mucho más largo, paciente y legítimo.
—Y-yo no sabía... Y no puedo hacer nada para ayudar...
Ver a su amiga abatida le rompió el corazón a Henrietta. La abrazó, intentando mitigar su propia culpa. Estaba mal sentirse bien por haber liberado un poco de su carga, porque ahora estaba sobre hombros inocentes.
—Está bien, Louise. Con escucharme me haces la mujer más feliz del mundo, y tus palabras me traen el consuelo que he buscado todo este tiempo. No hay más que mentirosos, aduladores o indiferentes en mi corte.
—¡Entonces no te cases! —el arrebato de Louise la sorprendió—. ¡Si esto no te trae felicidad, no lo hagas! Si estalla una guerra, cumpliré mi deber como noble para proteger el reino. ¡Los germanos no podrán hacer nada contra mi madre!
Henrietta casi sonrió ante aquel entusiasmo; venía cargado con tanto orgullo por su madre que tampoco pudo evitar envidiarla. Karin el Vendaval, primer caballero femenino y en quien la princesa se inspiró para sus Mosqueteras. Se le consideraba la maga más fuerte de Tristain, e incluso en su retiro, seguía siendo una figura a tener en cuenta.
Habría estado mucho más segura de sus acciones si no fuese por la existencia del Rey Negro. Su brutalidad y poder, el de un mago de clase cuadrada, fueron ampliamente conocidos por toda Halkeginia cuando se hizo con el trono del Reich. Y era un hombre que, según sus espías, seguía entrenando para la guerra en cada oportunidad, mientras que Karin, si bien hacía ejercicio regularmente, no se preparaba para ninguna batalla.
—Es tranquilizador saber que lucharías por mi libertad, Louise. Me hace sentir más segura.
Admitía que muchas palabras las estaba diciendo con el único propósito de ver ese lado lindo que tanto había extrañado. No significaba que fuesen menos ciertas, pero pudo haberse expresado de una manera que no la avergonzara.
—No obstante —decidió continuar—, no puedo permitir que las personas a las que debo proteger lo hagan por mí. No me he ganado el derecho de ser llamada princesa, y mucho menos la responsabilidad que conlleva convertirme en reina.
—Nadie es más digna de ser nuestra reina que tú, Ann.
El hecho de que amiga dijera eso sin una pizca de vergüenza, o duda, tomó a Henrietta por sorpresa. Sabía que Louise no le mentira, se le daba fatal hacerlo, pero nunca dejaba de exagerar las cosas por su bien. Esto no parecía esa situación.
—Siempre te has preocupado por todos —Louise sostuvo sus manos con delicadeza, sonriéndole—. Incluso con los sirvientes del palacio, nunca faltó un "por favor" o un "gracias". Siempre consideraste los sentimientos de los demás, en lugar de los tuyos. Y siempre te he admirado por eso, porque eres a lo que la nobleza debería aspirar.
Por segunda vez esa noche, Henrietta permitió que las lágrimas fluyeran de sus ojos. Realmente era una princesa sin remedio, permitiendo que una persona con sus propios problemas, igual o más grandes que los de ella, hiciera una pausa para preocuparse por los de Henrietta.
A pesar de las palabras, o tal vez impulsada por ellas, encontró su resolución para sobrellevarlo. Si Louise podía enfrentar lo que era una discapacidad para los magos y seguir sonriendo de forma tan hermosa, alentándola en su dolor, ¿cómo podría Henrietta quejarse ante el destino de cada princesa?
Su caso no era especial, tampoco sería el último, pero, a diferencia de las demás, podría... No, debía sacar provecho de la situación.
§
V
§
Saito observó la puerta cerrarse en su cara con un portazo. Su mandíbula colgaba ante eso. Lo habían echado del lugar donde dormía, y ni siquiera le dejaron llevar a Derf consigo para distraerse. ¡Lo agarró como si fuera basura y lo sacó para ser recogido!
Si no estuviera acostumbrado a ser tratado como menos que un perro, y un perro cuando estaba de humor, se habría sentido ofendido. En lugar de eso, decidió comenzar con un paseo, a pesar de que estaba vistiendo pantalones que le llegaban a las rodillas y carecía de zapatos.
Habría considerado quedarse fuera de la habitación para esperar, pero eso sería aburrido y no quería lucir sospechoso. Los guardias patrullaban cada pasillo, y lo último que necesitaba era ser arrestado solo porque encontraron que era un hombre en la torre de las chicas. Incluso los sirvientes estaban nerviosos, y Siesta no había tenido tiempo para charlar con él.
Otra razón por la cual no se dirigía a ellos. Solo los metería en problemas. Con la realeza bajo techo, estaba seguro de que revisarían a cualquiera que entrase a las cocinas o las habitaciones, en especial si no tenían permiso para estar allí.
Así que aquí estaba, solo, lejos de casa, echado de la habitación en la que dormía y sin un destino fijo. Recorrió el patio hasta que algo llamó su atención, agudizando su mirada, volviendo a dejar caer la mandíbula al reconocer la vista.
Era otra vez el tipo al que llamaban Príncipe Mendigo, o Zuko según Kirche. Era varios centímetros más alto que Saito, casi seis pies, tal vez cinco con ocho o más, era difícil de decir. Tenía dos sables en mano, los cuales estaban cubiertos de llamas mientras los usaba para practicar. De vez en cuando el fuego se extendía desde el arma en forma de medialuna, al menos por varios metros, antes de desvanecerse. Su esgrima lo estaba combinando con patadas y saltos.
No pudo evitar compararlo con lo que estaba haciendo en la mañana, y fue patético. ¡En su defensa, nunca había hecho nada de esto! Y de seguro este tipo creció con una espada en su mano, algo que, pensándolo bien, Saito podría usar para aprender.
Sin nada mejor que hacer, se acercó lo suficiente. Estaba junto al árbol en el que tendían a sentarse; el grupo heterogéneo prácticamente lo había reclamado. El pájaro, que Kirche le había dicho que era un fénix, estaba posado en una rama. Tanto ella, porque al parecer era hembra, como su dueño, notaron su acercamiento.
El príncipe lo miró con el ceño fruncido, y aunque reconocía que era intimidante, Saito recibía palizas casi a diario. Hacía falta más que una mirada para hacerlo retroceder.
—¿Qué hay? Zuko, ¿no?
Lo miró con confusión antes de que volviera a poner el mismo rostro malhumorado. Con un movimiento de muñeca, los sables se apagaron y los guardó en las fundas de su cintura, a pesar de que humeaban. ¿No deberían estar calientes?
—¿Cómo sabes ese nombre? —su voz era un poco áspera y hostil.
—Kirche lo mencionó esta mañana —se encogió de hombros, notando la rigidez ante el nombre de la maga germana—. Dijo que eran primos.
Aunque era obvio que Zuko dudaba en dar cualquier tipo de información, terminó por asentir, antes de escudriñarlo con la mirada. Lo observó de arriba abajo, como si estuviera evaluando una amenaza, pero perdería su tiempo, porque Saito no lo era.
—Soy Saito, por cierto. Hiraga Saito.
—Es un nombre extraño —escuchó a Zuko murmurar y suspiró, ya habituado—. No obstante, te ves como un habitante del lejano oriente, a pesar de hablar a la perfección el tristaniano.
Cualquier razonamiento se detuvo cuando lo escuchó mencionar algo parecido a la existencia de Japón. Se adelantó hacia él, casi invadiendo su espacio personal de no ser porque lo vio llevar las manos a las empuñaduras ante el movimiento repentino. Eso no disminuyó su emoción.
—¡¿Sabes algo sobre este oriente?!
—¿No eres un habitante? —su voz transmitía la misma duda que su rostro.
—Fui traído aquí por el Ritual de Invocación Familiar.
Si antes lo miraba como si tuviera una segunda cabeza, ahora no le sorprendería si Zuko creyera que era alguna especie de loco. Incluso el pájaro, Azula, se posó sobre el hombro de su amo y lo escudriñó, como si dudara de que desempeñaran el mismo cargo. Solo parecieron darle el beneficio de la duda cuando les enseñó las runas.
—Pensé que no era posible invocar humanos —la curiosidad primaba sobre la confusión, secundado por un chirrido de Azula.
—Pregúntale al meñique que me trajo aquí —gruñó con frustración, pero luego sacudió la cabeza con vehemencia—. ¡Eso no importa! Mencionaste un lugar en oriente, pero nadie más me ha hablado de eso.
—No es extraño —cada palabra parecía forzada, como si prefiriera estar en otro lugar—. Germania cuenta con muchas colonias al este de Halkeginia. Aunque no nos extendemos más allá de Naolia y algunas regiones de Ruthania en el este —parecía un poco distraído mientras hablaba—, además de Tobia, Lamerecsia y Vher —ahora estaba murmurando, ausente—. La ascendencia de mi familia se remonta hasta algún lugar suroriental de Rub' al Khali, desde donde deberías provenir.
¡Este tipo podría tener ancestros asiáticos! Aunque eso no era lo importante. ¡Existía una versión de Japón, o China! Realmente no le importaba, siempre y cuando usasen kanji. Ya decía él que esta Tristain se parecía demasiado a Francia, y que Germania no podía ser una coincidencia. ¡Si incluso lo llamaban Reich!
Zuko, como si recordase que tenía compañía, negó con la cabeza. Su mirada volvió a Saito, pero ahora había cierta suspicacia en sus ojos. Esto confundió al familiar, y cuando iba a preguntarle qué sucedía, el príncipe se adelantó.
—¿Cómo conoces a Kirche? —la sospecha y ligera agresividad se hicieron notar.
Oh, Dios, la pregunta que temió. Y ni siquiera era su novio como para recibir la charla. Solo un tipo atrapado en el fuego cruzado de una loli y la seductora número uno de la escuela. Aunque no sabía si realmente se acostaba con todos esos hombres, no parecía del tipo.
—¡Solo soy el familiar de Louise! —movió sus manos en señal de negativa ante cualquier acusación—. ¡Ellas se la pasan discutiendo y yo solo estoy atrapado en medio! Tal vez soy un amigo, no sé.
Y mejor no hablar sobre las insinuaciones, o todos los pretendientes. Podría no creerlas, y luego sería como si Saito estuviera diciéndole al hombre que su prima era una... Mejor no pensar en eso, todavía desconocía si la magia era capaz de telepatía.
—¿Es por casualidad Leblanc de La Vallière? —ante el asentimiento de Saito, lo vio suspirar—. Eso lo explica todo, entonces.
Eh, al parecer eso de la rivalidad legendaria entre ambas familias no era una mentira solo para justificar el estar en la garganta de la otra. ¿Quién lo diría? Había más allí que la envidia de Louise por ser plana.
Saito iba a continuar hablando, pero su boca se cerró con un clic al notar la figura que se acercaba por detrás de Zuko. Ahora, el joven familiar nunca se consideró una persona que entendiera a las mujeres, sería una mentira argumentar lo contrario. Pero, luego de recibir palizas de una casi a diario, había aprendido a discernir cuando estaban de mal humor.
—Vaya, pero si es mi querido primo Zuzu —el mencionado se estremeció—, quien me ha estado evitando desde que llegó a la Academia.
Sabía que esto era alta traición, pero Saito no se avergonzó de escapar. Rezaría por el alma de la víctima. Cuando terminase la paliza, que posiblemente sería solo verbal, le daría la bienvenida a su hermandad de hombres abusados.
No iba a negar que le causó un cierto placer vengativo ver a su primo, que siempre intentaba ser la persona más seria y madura en la habitación, estremecerse por la sorpresa. Saito, por su parte, fue inteligente y les dio privacidad; se aseguraría de agradecerle después, su voz fue lo que la atrajo.
Zuko ni siquiera se giró, estaba rígido en su sitio. Vestía ropas ligeras, de tonalidades rojas, marrones y algo de dorado. No era un estilo germano, se veía como algo que se podía conseguir de khalanos. La moda de Rub' al Khali le quedaba bien.
La único que se movió hacia Kirche fue Azula, que obtuvo caricias como recompensa. El fénix tenía más o menos las dimensiones de un águila real, según su preferencia, al menos.
—¿Ni siquiera vas a mirarme, Zuzu?
—No me llames Zuzu —respondió por fin.
La voz de su primo fue baja, con una típica respuesta cortante. No lo tomó personal, sabía que no era el tipo de persona que se especializaba en las habilidades sociales. Siempre fue tímido, supuso que ese borde afilado fue una consecuencia de cuatro años en el ejército.
Suspirando, permitió que Azula volara hacia el árbol mientras se acercaba. Era obvio que Zuko se estaba resistiendo de correr. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, lo rodeó en un abrazo. Tal como siempre, su temperatura corporal era alta; una persona no acostumbrada podía pensar que estaba enfermo.
—Te extrañé, Zuko.
No se molestó en esconder el alivio, la nostalgia y la alegría que estaba sintiendo en ese momento. A pesar de haber detestado todas esas novelas en las cuales la protagonista tiene que esperar, cual damisela en apuros, a que su familia o prometido volviese de la guerra, fue sumamente irónico verse sometida a tal escarnio del destino.
—Yo también —murmuró, girándose por fin.
No había cambiado demasiado en dos años. Solo se hizo más alto, porque su complexión siempre fue delgada; ella nunca dejaba de burlarse por su incapacidad de construir musculatura. A diferencia de la mañana, su ceño no estaba fruncido, pero, como casi siempre, no sonreía, aunque el rostro relajado era una prueba de su buen humor.
Casi jalándolo, se sentaron, hombro con hombro, bajo el árbol que su extraño grupo había reclamado. Flamme, de quien se había olvidado, se enroscó cerca de ambos, iluminándolos y calentándolos con su cola. Azula, por otro lado, se posicionó en el regazo de Kirche. El arrogante fénix le dio lo que debería ser una mirada altiva a la salamandra antes de acomodarse.
Sin miramientos, Kirche le quitó la máscara sin ninguna resistencia. Tuvo que morderse el labio para evitar decir cualquier cosa. El hecho de que Zuko cerrase los ojos significaba que Kirche le estaba dando una mirada que no quería recibir. Siempre había odiado la lástima.
Con la mano temblorosa, tocó la piel quemada. Se extendía hasta su oreja, que se ocultaba con el cabello. Era casi la mitad de su bello rostro el que había sido desfigurado. Si no estuviera tan asustada del Rey Negro, se habría atrevido a insultarlo en voz alta.
Alejó la mano, pero no le devolvió el objeto. No tenía por qué ocultarse frente a ella, y él lo sabía; sus ojos se abrieron. Kirche adecuó su expresión para no hacerlo sentir más incómodo, porque el tema que le seguía definitivamente lo sería.
—No nos hemos visto por dos años —comenzó, dudando un poco sobre si seguir—. Y... lamento lo que ocurrió con el tío Iroh.
Zuko inhaló con fuerza, antes de suspirar. La rigidez de sus hombros desapareció, inclinándose hacia adelante. Se veía agotado, pero pronto volvió a su ser habitual. Como si no mereciera ningún tipo de consuelo, o derecho a la tristeza, a pesar de que Ivor Rolf Harald, o Iroh, quien amaba los apodos, fue más un padre para él que Ozwald.
—Fue hace un año, ya lo superé.
La forma en la cual habló significaba que no eran sus palabras. Ya podía imaginar el escenario, porque no habría sido extraño que recibiera una carta del Rey Negro donde le ordenaba no participar en el luto. Porque el luto era debilidad, y viniendo de un hombre que mató a su propio padre por el trono...
—¿Igual que lo hiciste conmigo, Zygmunt?
No quería reprocharle nada, pero le dolía. Dos años sin verse a la cara, lo entendería debido a su situación, pero las cartas dejaron de llegar un año después. Ni siquiera recibió respuesta cuando envió sus condolencias por la muerte del tío Iroh.
Verlo apretar los puños le sirvió para darse cuenta de la estupidez que dijo. De inmediato se sintió horrible.
—L-lo la-lamento, no debí...
—Lo siento... —sonaba como si las palabras mismas le dolieran, aunque sabía que no era por disculparse—. Luego de la muerte de mi tío yo...
Lo que sea que quisiera decir, debía ser algo que denotase debilidad, o lo que Ozwald creía que era debilidad. Kirche, para alentarlo, tomó su mano y acarició el dorso con el pulgar. Al principio esto lo puso mucho más tenso, pero fue relajándose con el paso del tiempo.
—No solo era indigno de tu compañía —ella quiso refutar, pero lo dejó continuar—. Su Majestad —Kirche, que siempre lo escuchó llamarlo «padre», se quedó boquiabierta— deseaba que cortara los lazos que me causaban debilidad... Que fue bueno... que el tío...
No fue necesario seguir. Ya podía imaginar que al Rey Negro le pareció correcto que muriese el tío Iroh. No solo era el mayor de los hermanos, sino que se le consideraba más carismático, inteligente e incluso poderoso que el actual Káiser; esto último hasta la muerte de Ludwig, el hijo de Iroh. Incluso luego de eso, el famoso Dragón del Oeste lo igualaba en poder.
Verse libre de su mayor enemigo político debió ser un buen día para el Rey Negro, así que quiso mejorarlo. Prohibirle a Zuko seguir en contacto con ella, la heredera de los Anhalt-Zerbst, lo privaría de su única aliada. Y, para colmo, Kirche podía sumar dos y dos para saber quién estaba detrás de su matrimonio arreglado.
—Comprendo... —estaba tan tenso que no le sorprendería que se quebrase la espalda—. ¿Hiciste algo interesante en el último año?
Era poco lo que podía hablar con su primo que no fuese algo que despertase algún mal recuerdo. No obstante, tan malo como fue su exilio, siempre se deleitó en el cumplimiento de su deber. Ayudar a Germania, incluso mediante un castigo, era de las pocas cosas de las cuales sabía que Zuko se sentía orgulloso.
—No fue demasiado diferente que en años anteriores —se acomodó contra el árbol, mirando las lunas—. Viajé más hacia el sureste. Hubo amenaza de rebelión en algunas colonias, y un aumento del bandidaje junto a otros delitos.
Y como si hubiera olvidado cualquier tipo de sentimiento negativo, procedió a narrar su tarea imposible. Ozwald le ordenó que debía no solo sofocar los levantamientos de las colonias, sino también afianzar el control de Germania. Al principio comenzó con las más cercanas al territorio de los Anhalt-Zerbst, lo que permitía una visita secreta cada varios meses, y las cartas nunca dejaron de llegar; como noble, ella pagaba las entregas veloces.
Pronto comenzó a alejarse hacia oriente, hasta que se cortó la comunicación. Tenía que prácticamente asegurar una colonia por mes; tal vez era una hipérbole, pero así de laboriosa era la tarea. Y tenía prohibido quedarse en territorio germano más allá de las colonias, y nunca pisaba las mansiones de los nobles supervisores.
A medida que avanzaba con el relato y la noche parecía hacerse más fría, Kirche se apoyó en el hombro de Zuko.
—¿No has pensado en visitar Rub' al Khali? —preguntó cuando mencionó lo cerca que estuvo; unas dos semanas en su barco privado—. El tío Iroh nunca se cansaba de mencionar su ascendencia.
Según las historias del tío, provenían de un noble caído que escapó a territorio nororiental de Germania. De allí el extraño color de ojos de Zuko y su familia, a pesar de que sus facciones y físico coincidía con el de la región.
—Recibí ordenes de volver —esa fue la mayor confesión de querer algo que iba a sacarle—. Venir a Tristain y contraer matrimonio con Dame Stuart.
—¿Qué hay de tus hombres, o del ejército germano que debería acompañarte? Y ¿cómo vas con tu seducción de la princesa?
Evitó reírse cuando notó su rostro enrojecer. Balbuceó un poco antes de aclararse la garganta, desviando la mirada. Conociendo a su primo, ignoraría la segunda pregunta.
—El ejército solo fue una muestra de poder, y pronto volvieron a Germania —lo que significaba que no le fue asignado ningún guardia—. Mi regimiento permaneció en el Reich. No es justo que deban seguirme cuando tienen la oportunidad de volver a casa.
Kirche lo miró con una sonrisa triste. Zuko pudo no haberlo dicho, pero ese también era su deseo. Y en lugar de ser mezquino y evitar que sus hombres tuvieran lo que él siempre ha querido, lo ofreció gustoso. Ella no sabía si podría ser así de amable alguna vez.
—¡Ve el lado positivo! No tienes a nadie respirando en tu cuello. Solo tienes que evadir a los guardias tristanianos para colarte en la habitación de...
Zuko se aclaró la garganta con fuerza para interrumpirla. Kirche se rio a carcajadas ante su actitud. A pesar de ser un hombre, era todo un mojigato, lo que lo hacía adorable. No pudo evitar pellizcarle una mejilla, recibiendo quejas al respecto.
—¡Ya no soy un niño! —ciertamente sonaba como tal.
—Awww. Es cierto. Mi pequeño Zuzu es todo un hombre. Deja que la prima Kiki te de cariño.
Zuko frunció el ceño, cosa que la hizo reír todavía más. Incluso decidió fingir que no lo vio a él sonreír un poco. Nunca le ha gustado que se lo señalen, porque era otra supuesta muestra de debilidad.
Un viento particularmente fuerte la hizo estremecer. Había olvidado que los uniformes de la academia no protegían demasiado contra el frio. Fue instintivo abrazar a su primo, suspirando de satisfacción por el calor.
—¿No deberías volver? —preguntó Zuko.
—Nop. Pienso ponerme al día contigo. Hemos perdido muchas horas del día. ¡Es tu deber como mi querido primo mantenerme caliente!
Lo escuchó suspirar, pero pronto levantó una mano, generando una llama en ella; fingiría otra vez que él no estaba sonriendo. Dejó escapar otro suspiro de satisfacción, justo en el momento en que Flamme movía la cola. La posicionó sobre las piernas de Zuko, golpeando a Azula en el proceso. El fénix solo le dio una mirada amenazante, tanto como un ave podría, antes de volver a acomodarse en Kirche.
Sería una noche larga, pero una que iba a disfrutar.
§
VI
§
Zuko se despertó antes que el sol. Había hablado con Kirche hasta muy entrada la noche, y aunque normalmente haría mella en un civil, cuatro años en el ejército ayudaron a crear cierta resistencia. Días sin dormir ocurrían de vez en cuando durante una campaña.
Realizó estiramientos y prescindió de la meditación mañanera en ausencia de su tío, para luego proceder a lavarse y vestirse, lo que incluía, como siempre, cubrir su cicatriz, solo que con vendas. Habría elegido un conjunto digno de nobleza, pero iría ligero por ahora. Se cambiaría de ropa una vez comenzaran las clases, mientras tanto, sería el desayuno y un paseo.
Buscando las cocinas, los guardias lo veían pasar sin una segunda mirada. Nunca le creyó a su tío antes de comprobarlo, pero en realidad la máscara y armadura lo hacía destacar; sin eso, nadie repararía en su presencia. Era lo mejor, odiaba las falsas cortesías que traía su posición.
Sin tener suerte de encontrar su objetivo por sí mismo, siguió los pasos de un sirviente aleatorio. No tenía nada en contra de la cocina de otros, pero estaba habituado a encargarse de sí mismo y evitaba comer demasiado si no iba a entrenar de inmediato, o cuando estaba a punto de realizar un despliegue.
Los guardias apostados en la puerta no lo miraron demasiado una vez que dijo su propósito: desayunar. Asumieron que era un plebeyo y no corrigió el malentendido. ¿Qué clase de noble bajaba a la cocina a buscar solo una barra de pan para el desayuno? Él, supuso.
Los sirvientes estaban haciendo los preparativos, demasiado ocupados dentro del pánico que suponía una visita real. La atenta mirada de los sirvientes de la princesa era una presión adicional. Como tal, tomó su desayuno y se sentó en la mesa, masticando con cierta apatía. Que fuera una persona madrugadora no significaba que estuviese particularmente activo cuando no había nada importante que hacer.
Era un poco gratificante ver el trabajo real. Los primeros catorce años de su vida no fueron demasiado diferentes a los de cualquier otro noble. Tal vez era más amable con los sirvientes, pero poco más. Antes ni siquiera sabía de dónde venía su comida, cómo se preparaba o todo el esfuerzo y logística que había detrás.
Luego de comenzar a dirigir un regimiento a una edad en la cual nadie lo tomaba en serio, tuvo que valerse por sí mismo. A partir de allí valoró el trabajo duro, por así decirlo. Fue esclarecedor darse cuenta de a qué hora comenzaban a cocinar para que la comida estuviese lista y los nobles caprichosos no tuviesen quejas; ya fuese que tardase, o que se apresurasen demasiado y se enfriara.
Sacudió las migajas y miró alrededor, perdido en sus pensamientos sobre qué hacer en un futuro. Todo este asunto del matrimonio no iba a durar, así que ¿cómo podía ganarse la vida? Ser mercenario no llamaba su atención, estaba cansado de pelear.
La camarera de la Posada de las Hadas Encantadores dijo que podrían usar un par de manos extra en la cocina. No era bueno cocinando, solo lo necesario para vivir, pero servía como lavaplatos. Era tentador, ya que venía con alojamiento en el ático, pero malo para su cordura. Scarron era algo que solo podía soportar en pequeñas dosis, y su hija igual.
Sabía hablar leer y escribir muchos idiomas gracias a sus viajes obligatorios, pero la mayoría, si no todos, los trabajos estaban relacionados con la nobleza. Prefería evitarlos la mayor cantidad de tiempo posible. Tampoco tenía madera para comerciante; era un desastre tratando con las personas, y apenas las entendía.
¿Quién diría que había tan pocas opciones laborales para un príncipe exilado que nunca aprendió un oficio? Casi sería mucho más misericordioso volver a Germania y esperar que su padre al menos decidiera el método de ejecución menos doloroso. Y, conociéndolo lo poco que lo hacía, elegiría quemarlo vivo para hacer un ejemplo.
—¡Oye, muchacho! —la voz gruesa, como la de un instructor militar, lo hizo ponerse firme—. ¡Si tienes tiempo para estar con la cabeza en las nubes, ayuda a Siesta a pelar las papas!
Aturdido ante el llamamiento, se señaló a sí mismo con la duda escrita en el rostro. El hombre que le había gritado era alto, con brazos musculosos y algo de sobrepeso. Bufó, sacudiendo la cabeza.
—Por supuesto que es contigo. ¡No nos hagas perder el tiempo! Lo juro por Brimir, cada vez llegan más verdes.
—Pero no soy...
Cualquier réplica se interrumpió cuando el hombre le arrojó un uniforme de cocinero, al menos la parte superior junto a un delantal. Zuko miró las prendas con la boca abierta, ya que el chef en jefe, o eso parecía gracias a su sombrero, se marchó a seguir gritando ordenes.
Siendo objetivo, estaría en todo su derecho de ordenar su ejecución; sus hermanos mayores lo harían sin dudar. No obstante, Zuko había tomado algo de estas personas, incluso si la comida era gratuita, además de ocupar espacio. Lo correcto sería devolverles el favor, por lo que se colocó lo que le entregaron.
Luego vino el inconveniente de quién era Siesta. No la conocía, pero solo había una chica peleando papas, así que se acercó a ella. Al igual que el chico, Saito, contaba con cabello negro, pero, cuando ella se giró, notó que sus facciones eran tristanianas.
—Disculpe, ¿es usted Siesta? —pareció sorprendida por su forma de hablar, pero asintió—. Me... eh... enviaron para ayudarla.
—¡Gracias a Brimir! —exclamó con alegría, y una sonrisa—. Toma, sostén el cuchillo. Buscaré otro, ya que pareces ser nuevo.
Zuko se limitó a asentir. Técnicamente era nuevo, tanto en Tristain como en la Academia. Mientras ella buscaba un reemplazo, comenzó con la tarea. No era la primera vez que hacía esto, porque las papas eran un bien constante en su regimiento. O en todo el ejército, por alguna razón que no alcanzaba a comprender.
—Realmente aprecio la ayuda, eh...
—Zuko.
—¿Llegaste con la procesión de la princesa? —preguntó, hambrienta de una historia.
—Yo... Sí. Llegué ayer —su respuesta vino cargada de duda.
Por alguna extraña razón, sintió que estaba en garras de otra Jessica. No obstante, desterró el pensamiento grosero. Hasta ahora, Siesta se veía como una chica dulce y trabajadora más. A diferencia de cierta otra persona que intentó seducirlo en menos de cinco minutos.
—¡Significa que debes saber muchas cosas! Aunque, por su acento, eres de Germania, ¿no? ¿Trabajas para el príncipe?
Zuko se quedó esperando a que llegase la palabra «mendigo», y grande fue la sorpresa cuando no lo hizo. Siesta subió un par de niveles en su escala de respeto.
—Yo... Algo así...
No estaba mintiendo, mucho. Trabajó para uno de sus hermanos en el pasado. Más o menos. Servirle de escolta con su regimiento contó como trabajo, incluso si solo fue una tarea hecha para humillar a Zuko y retrasarlo en su verdadero deber.
—¿Qué hay sobre los rumores que escuché? Dicen muchas cosas sobre él, ¿sabes?
A partir de ese momento, Zuko se limitó a responder varias preguntas con respecto a sí mismo, o su alter ego principesco. Fue algo sorprendente cómo viajaban los chismes, y siempre mutaban hasta algo irreconocible. Supuestamente, era capaz de disparar fuego por los ojos. Se limitó a desmentir todas las cosas que decían mientras el desayuno comenzaba y terminaba.
Lo que inició como solo cortar las papas, se convirtió en vigilar el fuego, revolver, cortar y muchas otras cosas. Pasó parte de la mañana ayudando a los sirvientes, y solo hubo un descanso más adelante. Los empleados se dispersaron para descansar, y solo quedaban el jefe de cocina y Siesta, quienes le sirvieron algo de sopa a pesar de la negativa de zuko.
Así que estaba comiendo allí, en la mesa con los sirvientes. Pero, cosa curiosa, había un cuarto plato esperando.
—Fuiste toda una ayuda allí, muchacho —ofreció un asentimiento como reconocimiento— ¿Zuk, te llamabas?
—Zuko —corrigió.
Estaba seguro de que lo iban a bombardear con preguntas, hasta que apareció alguien. Era el mismo chico con el que habló durante la noche. Bostezó mientras entraba, rascando su cabeza.
—Siesta, Marteau, estoy hambriento.
—¡No te preocupes —el cocinero parecía revitalizado—, siempre hay comida para Nuestra Espada!
Zuko quiso preguntar por el extraño apodo, pero Saito lo notó antes y miró confundido, en especial el traje que estaba usando. Luego se encogió de hombros, como si hubiera visto cosas más extrañas que un príncipe vestido de de cocinero.
—No pensé encontrarte aquí Zuko.
—Solo las circunstancias.
¿Quién podría haber previsto que el chef en jefe lo haría cocinar? Fue agotador, pero, como siempre, el trabajo duro era gratificante a su manera extraña.
—¿Se conocen? —preguntó Siesta, aunque solo porque se le adelantó a Marteau.
—Bueno, duh —dijo Saito mientras se sentaba y tomaba la cuchara—. Este tipo ha dado de qué hablar en toda la academia. Llegando en un carruaje tirado por rinocerontes raros y todo.
Al principio no parecieron estar procesando sus palabras, pero, cuando lo hicieron, la palidez se apoderó de sus rostros. La sirvienta incluso se desmayó en su asiento, mientras que el cocinero ahora parecía una estatua. El miedo debió paralizarlo, recordando cómo le había hablado.
Zuko le dio a Saito una mirada plana por su falta de tacto. Al menos tuvo la decencia de verse avergonzado, a pesar de no detenerse en la comida. Venían un montón de explicaciones.
La risa de Kirche era estridente, atrayendo varios ojos de los alrededores. Algunos eran hostiles por alguna razón, y Zuko respondió en consecuencia. Ninguno fue capaz de sostenerla la mirada, lo que no era una sorpresa cuando crecían en un lugar tan seguro.
Le había contado el incidente de la mañana y su razón para no presentarse a desayunar, tal como había prometido. Encontró la situación lo suficientemente hilarante como para no sostener sobre su cabeza la promesa rota. Al menos se reunieron en la clase.
Se vio obligada a controlarse con la llegada de un profesor. Se trataba de un delgado hombre mayor, de rasgos apuestos, aunque calvo en la parte superior y con amables ojos azules. Zuko de inmediato reconoció a un soldado, a pesar de las pretensiones. Tuvo que aprobar el mezclar personal militar con la docencia para mantener a los estudiantes seguros.
—Buenos días, clase —anunció, recibiendo una respuesta parecida.
—Profesor Colbert —un estudiante rubio con sobrepeso levantó la mano—, ¿qué es eso?
Colbert llevaba en sus manos una maquina extraña. Contaba con un cilindro de metal con sistema de tuberías, con un par de fuelles conectado, junto a una manivela en el cilindro, la cual se unía a una polea. Se culminaba con dos engranes emparejados con la polea.
—Es la lección de hoy. No obstante, ¿quién puede decirme cuales son los principios para la magia de fuego?
«Ira, odio y deseo de dominación», sería la respuesta del Káiser Ozwald. Tres principios que habría querido inculcarle a cada uno de sus hijos. Por desgracia, Zuko no fue lo suficientemente fuerte y decidido como para aprenderlo. Una vergüenza para la familia.
—Pasión y destrucción —dijo Kirche con languidez.
Zuko negó con la cabeza antes de centrar sus ojos en su regazo, un poco divertido con su respuesta. Sabía que algo así iba a decir Kirche, siempre fue más del lado emocional. Ella era, después de todo y a diferencia de él, una maga talentosa.
—No está equivocada —asintió el profesor—. Pero, además de la pasión, me parece que destruir es lamentable y solitario. El fuego no es solo para la destrucción, mademoiaselle Zerbst. Es...
—Vida —murmuró Zuko, recordando las palabras de su tío—. Vida y energía.
Al levantar la vista, notó que todos los ojos se habían posado sobre él. Luchó contra el impulso de ruborizarse, pero la sonrisa que le estaba enviando su prima no ayudaba.
—Es correcto, Herr Von Schwarz-König —Zuko se estremeció un poco ante el apellido; necesitaba acostumbrarse—. ¿Podría preguntar dónde aprendió aquello?
Kirche, sabiendo bien de quién lo aprendió, y siendo consciente de que no iba a decir nada, decidió darle una mano a su manera, porque balanceó su cabello con arrogancia y declaró:
—¡Es algo germano, profesor! Por supuesto que, como tristanianos, no entenderán la verdadera naturaleza del fuego —este arrogante anuncio hizo enojar a una chica de cabello rosa junto a Saito, quien supuso era Leblanc de La Vallière—. Pero ¿qué es eso de allí?
—Es algo que inventé —declaró con orgullo, olvidando a Zuko—. Funciona con aceite y magia de fuego. En primer lugar, hay que vaporizar el aceite en el fuelle, luego, está el cilindro.
Colbert insertó la varita en el interior de un pequeño agujero y continuó con la explicación; Zuko la absorbió, curioso por lo que iba a suceder. La manivela comenzó a moverse junto a la polea, seguido de los engranajes antes de causar que una marioneta de serpiente comenzara a moverse.
—¡Con el poder transferido a la manivela, esta hace girar la polea! —se escuchaba extasiado—. ¡Miren, la serpiente sale a saludarnos!
—¿Y qué? —preguntó un estudiante con voz monótona—. ¿Qué tiene de especial esa cosa?
—¿En este ejemplo? Nada —su entusiasmo se había evaporado—. Imagina este mecanismo en un carro. Será capaz de moverse, incluso sin los caballos. ¡Dependiendo de la fuerza, podrá ir más rápido y de forma constante!
Podría deberse a todos sus años en el ejército, pero el beneficio para la guerra llegó de inmediato para Zuko, a pesar de la indiferencia de su prima y el resto. La logística será mucho más fácil si no tenían que depender del descanso de los vivos, aunque habría que pensar en una forma de hacer girar el vehículo.
No obstante, aquello era lo de menos. Instalar eso en un carro y arrojarlo sobre una formación enemiga haría desastres. No habría escudos capaces de detener todos esos kilogramos de madera. O existía la posibilidad de usarlo con un ariete para derribar las puertas durante un asedio, salvando así muchas vidas en el proceso. Y ¿quién dijo que no podrían ser usados para inventar armas completamente nuevas?
Aunque los estudiantes se veían aburridos, Zuko asintió cuando mencionó el usarlos con carbón en lugar de magia. Esto lo convertiría en algo que cualquiera podía usar, mejorando todavía con el hecho de que Germania tenía más carbón, bienes mineros en general, de los que podría usar.
—¡Es un motor!
El grito de Saito sacó a Zuko, y al resto de la clase, de sus pensamientos. Se convirtió de inmediato en el centro de atención, pero parecía mucho más maravillado por el artefacto de lo que en realidad le importaba el resto del mundo.
—¡¿Sabes lo que es?! —el profesor prácticamente saltó hacia el chico—. ¿De dónde eres?
Antes de que pudiera dar una respuesta, Leblanc de La Vallière lo jaló por la ropa y le susurró algo. Intercambiaron un par de frases hasta que Colbert repitió la pregunta, poniendo a Saito nervioso.
—¡S-soy de Rub' al Khali!
Zuko entrecerró los ojos. Hasta ayer, ni siquiera sabía de la existencia de ese lugar, y estaba seguro de que no tenían nada como este «motor», su tío se lo habría dicho... Tal vez fue algo más reciente, no obstante, ponía en duda las palabras de Saito.
—Ya veo... al ser traído por el Ritual de Invocación Familiar, no tuviste que cruzar por territorio élfico.
Solo mencionar a los elfos trajo un estremecimiento a los tristanianos. Kirche y Zuko permanecieron indiferentes, al igual que cierta chica que parecía solo estar leyendo a mitad de la clase; solo podría verla bien si se inclinaba hacia adelante, lo que no hizo.
—Bien entonces, ¿a quién le gustaría probar el funcionamiento del mecanismo? ¡Es muy sencillo, y cualquiera de ustedes puede hacerlo!
A pesar del entusiasmo del profesor, Zuko nunca había visto a personas tan aburridas, excepto cuando tuvo que dirigir un pelotón para una emboscada. No pudieron decir ni una sola palabra por una semana entera. Quien hubiera dicho que la vida en el ejército era una emoción constante nunca había participado en una emboscada.
—¡Si es tan fácil, que lo haga Vallière! —anunció una chica rubia—. Tal vez incluso un Cero puede hacerlo.
Confundido ante el apodo, se inclinó hacia su prima y le preguntó al respecto.
—Es su... —tuvo que interrumpirse por una risa—. Lo siento. Es su nombre rúnico.
Sabía el asunto de los nombres rúnicos, el de Kirche era Ardiente, su padre era conocido como Rey Negro y su tío como el Dragón del Oeste durante su campaña junto a los Zerbst; incluso él tenía uno, más una formalidad que le dio su regimiento. Tenía mucho que ver tanto con la afinidad mágica como con los logros.
—¿Por qué es su nombre rúnico?
—¡Oye Monmon! —gritó Saito, interrumpiendo a Zuko.
—¡Es Montmorency, por el amor de Dios!
—¡No provoques a Louise, o todos vamos a explotar!
¡¿Explotar?! El hecho de que los estudiantes de la primera fila retrocedieran significaba que todo parecía ser cierto. Su prima eligió ese momento para responder la pregunta de Zuko.
—Creo que lo averiguaras.
Con su cuerpo temblando por lo que debía ser furia, Leblanc de La Vallière se dirigió hacia el frente a pesar de las débiles protestas del profesor. El hombre cedió al final, permitiéndole hacerlo. Toda la clase se quedó en un silencio expectante, y Zuko se estaba preparando para saltar. No era normal que sus instintos estuviesen activos en una situación escolar.
Cuando la chica murmuró el conjuro, diría que casi lo sintió antes de verlo. Con rapidez, se puso de pie frente a Kirche, justo cuando la explosión se apoderó del aula. No fue demasiado potente, apenas moviendo los pupitres en la primera fila.
Por suerte, no recibió ningún impacto, notando una barrera de viento que los rodeaba. Provenía de la chica que estaba junto a Kirche, a quien detalló por primera vez. Cabello azul que combinaba con sus ojos, baja estatura y rostro indiferente adornado con lentes de marco rojo. Se veía como una hermosa muñeca, quien seguía leyendo como si nada. Zuko alabó sus reflejos, demasiado buenos para una simple estudiante.
—Gracias Tabi —dijo Kirche, antes de girarse hacia Zuko—. Por eso la llaman Cero. Cero atractivo, cero personalidad y cero magia.
Lo primero podría ser discutible, lo segundo, por lo poco que había visto, tendía a ser tan explosiva como su habilidad. Las explosiones serían útiles si pudieran derribar estructuras, pero, por lo que estaba viendo, carecían de fuerza.
Suspirando, siguió a los estudiantes para abandonar el aula.
§
VII
§
Henrietta luchó para mantener la sonrisa educada en su rostro, y no masajear sus sienes. Por supuesto que el cardenal Mazarin no estaba al tanto de su estado de ánimo, o no le importaba... Ahora que lo pensaba, bien podría ser esto último.
—Su indiferencia puede verse como un insulto hacia Germania, princesa. No ha cruzado palabras con el príncipe König desde que le dio la "bienvenida" a Tristain —el cardenal negó con la cabeza—. Tal muestra de desprecio nos sorprendió a todos.
La princesa no pudo negar sus palabras. Evitó interactuar con su prometido en la medida de lo posible sin que pareciera que lo estaba evitando. Y König no hizo ningún esfuerzo por encontrarse con ella, de seguro pensando que, como ella ya le pertenecía, ¿por qué esforzarse en conocerse?
Cuando se hospedaron en el palacio, se le podía ver en las mañanas y tardes en los campos de entrenamiento; al parecer, los sables que cargaban eran catalizadores. O la vida lejos del campo de batalla le estaba afectando más de lo que debería, o tenía la costumbre de entrenar por horas seguidas.
Durante la noche, nadie podía encontrarlo por ningún lugar del castillo. Agnès sospechaba que se escapaba, pero todavía no había pruebas de ello. Solo se le volvía a ver durante el amanecer, y porque los sirvientes se sorprendían al ver a un noble despierto tan temprano.
—Simplemente no ha sido posible concertar una reunión —mintió sin remordimiento.
El cardenal, nada impresionado con sus palabras, levantó una ceja. Tal vez debió inventar una excusa mejor, pero ya no había tiempo para cambiarla. El hombre suspiró, notándose su mezcla de irritación y resignación.
—El príncipe participó ayer en una clase del profesor Colbert. Se mostró amigable con la estudiante germana, así que tuvimos que detener los rumores esparciendo los nuestros sobre su sangre compartida.
Sabía lo que quería decir, y le molestaba que el cardenal tuviese razón. Cualquier asunto de infidelidad, a pesar de que todavía no estaban casados, afectaría a Henrietta. Sería su reputación la que se vería comprometida al no ser capaz de «satisfacer» a su hombre. ¿König, por otro lado? Solo un germano siendo germano, nadie lo vería raro si buscaba amantes.
Al menos tuvo suerte de que la interacción fuese con su prima, pero ya había comenzado el estrés y ni siquiera estaban casados. Las perspectivas del matrimonio no eran nada buenas, y ni siquiera sabía cómo sacarle provecho más allá de conseguir su ejército.
—Es bueno que se esté adaptando a nuestra cultura y se interese en nuestra Academia. Por una razón es la mejor de Halkeginia.
¿No se le permitiría regodearse un poco de su nación? Su Academia era el orgullo, por supuesto, en asuntos teóricos y generales. Germania se enfocaba demasiado en la guerra, lo que se traducía en que sus escuelas preparaban soldados más que magos.
—Es una perspectiva admirable —concedió el cardenal—. Pero la guía de la princesa podría acelerar el proceso. Ver un lado de los germanos que sea diferente... Aunque ya lo ha hecho, si debo creer en los rumores.
Por mucho que se odiase por eso, Henrietta comenzó a sentir curiosidad. No había indagado demasiado con respecto a su prometido, así que estaba tan a oscuras como el resto de las personas.
—¿Qué ha estado haciendo?
—Trata a los sirvientes no como mobiliario, sino como personas
Henrietta evitó hacer una mueca ante eso. Sabía cómo se comportaban muchos nobles, en especial gente como el conde Mott, quien vendría a ver la Exposición. Solo podía sentirse avergonzada y enojada de pertenecer a la misma clase social que esas personas tan despreciables.
—Y las palabras "por favor" y "gracias" se encuentran constantemente en su lenguaje. Lo hizo con un sirviente en el gran comedor durante el desayuno.
—¿Estuvo en el gran comedor?
La princesa había hecho la pregunta antes de pensarlo, y pronto se dio cuenta de que era un error. Mazarin le dio una mirada dura, porque obviamente desconocía dónde estaba el hombre que iba a ser su marido. Una cosa era no entablar una conversación, y otra muy diferente intentar ignorar su existencia.
También se sentía mal por ello, pero por una razón distinta. Había conseguido la resolución de tratar de sacar lo mejor de este arreglo, pero terminaba posponiéndolo. Este era el tercer día en la Academia, y no había hecho nada.
—Esta rebelión infantil debe terminar —declaró Mazarin con firmeza, incluso tuteándola—. Te has divertido lo suficiente con esto, y ahora debes hacer las paces.
Henrietta apretó los dientes, inhalando y exhalando con lentitud. Repitió la acción varias veces, buscando no explotar contra el cardenal. El hombre solo estaba hablando por el bien de Tristain, y eso era lo único que le impedía dar por terminada esta reunión; esa muestra de realmente preocuparse por la nación hacía que Henrietta lo respetara.
—¿Por qué debo ser yo quien lo haga?
—Es su deber como esposa —regresó a su forma respetuosa de hablar—. Tal vez no sea el mejor, ni lo que usted esperaba, pero es la obligación de una mujer calmar la naturaleza bruta de un hombre.
La princesa quería gritar y revolcarse, a pesar de lo indigno que resultaría eso. Aquel príncipe no hacía nada por una relación que iban a llevar ambos, y ahora era la obligación de Henrietta tener que construir el puente, ¿por qué? Solo porque era mujer. Tenía que arrastrarse ante ese hombre por haber nacido mujer.
Le habría preguntado si se atrevería a hablarle así a Karin el Vendaval, pero, conociendo al cardenal, lo haría. Estaba segura de que no había nada que el hombre no sería capaz de hacer por el bien de Tristain.
—Con todo respeto, no es a usted a quien están obligando a casarse.
Y aunque lo fuese, los hombres no estaban sometidos a las mismas obligaciones que las mujeres. ¡Ay que alguna de ellas siquiera tuviera pensamientos impuros con un tercero!
—Es su obligación. A cambio de una vida que todos envidian, debe aceptar responsabilidades.
Henrietta cambiaría lugares con uno de esos envidiosos cualquier día de la semana. Pero no lo dijo, porque sería injusto. Esto no era algo que ella había pedido, y tampoco se desvivía por el lujo con el que la agasajaban. Pero era egoísta pensar de esa forma cuando había personas que sufrían en carencia.
—Lo haré —cedió, poniéndose de pie—. Pero no puedo prometer resultados.
No esperó ninguna respuesta de Mazarin antes de irse, con Agnès pisándole los talones. Casi había olvidado que ella estaba allí, con lo fácil que se mimetizaba con el ambiente, al igual que la mayoría de las personas de baja cuna. Y, caía, a veces, en la misma costumbre de ignorarlos; era un hábito, porque no podía hacer lo contrario al reunirse con otros nobles.
—No debería casarse si no quiere —dijo su guardia—. Usted será la reina.
—Solo luego de estar casada —respondió con ironía.
Los oh tan sabios hombres nobles de Tristain, al parecer, se sentirían más seguros si ascendía al trono junto a un hombre. Aunque preferirían que fuese tristaniano, no les importaba mucho un germano de intenciones dudosas, y si venía con un ejército que pudiera hacerles la vida más cómoda, mejor. Y luego decían que ella no era la adecuada para gobernar.
Suspirando, salió al patio mientras el número de las Mosqueteras que la seguían iba en aumento con cada segundo. Cualquiera de los estudiantes le daba un gran rodeo cuando pasaba, no sin antes hacer alguna reverencia. La mayoría estaban un poco nerviosos; si bien era bueno estar en presencia de la realeza, corrían el riesgo de equivocarse y afectar a su familia.
Sabía que la verdadera amistad entre la nobleza era un asunto casi imposible, y la posición de Henrietta lo hacía mucho peor. Al menos tenía a Louise, a quien estaba buscando en ese preciso momento. Fue un poco difícil encontrarla, pero, antes de poder siquiera sonreír, su buen humor fue aplastado ante la vista.
Era un grupo extraño, les concedía eso. La cuasi princesa de Germania, Anhalt-Zerbst; la princesa Charlotte Hélène d'Orléans de Gallia; una Vallière con su familiar humano y el tercer príncipe del Reich.
El grupo, o al menos las damas, estaban sentadas bajo un árbol. La galliana estaba leyendo como si nada importara, aunque fue la primera en notarlos. La germana tenía al fénix del príncipe en su regazo, acariciando una salamandra de fuego con la otra mano. Al menos le consoló que Louise estuviera mirando a König como si quisiera apuñalarlo personalmente y, cosa curiosa, la noble llevaba una espada en manos.
El príncipe estaba observando al familiar de Louise, Saito, si no recordaba mal. Cuando se acercaron, que su marcha no podía ocultarse más, lo vio negar con la cabeza. El más joven estaba con las piernas abiertas, sosteniendo una espada de madera; al parecer lo estaba haciendo tan mal que Agnès hizo una mueca.
—No debes alinear tus piernas de esa manera —dijo el príncipe.
—¿Seguro? —respondió Saito, sin ningún tipo de deferencia—. Pensé que era necesario mantener las piernas abiertas.
—¡Pero no así, compañero! Te caerás con una brisa si te mantienes de esa forma.
Henrietta se sorprendió al ver una espada que podía hablar, aunque volvió a la conversación entre el plebeyo y el príncipe.
—Debes mantener un pie delante del otro. Te confiera mayor estabilidad. La espada siempre entre tu enemigo y tú, con la punta siempre en su dirección.
Louise ahora la notó, y de inmediato saltó de su posición. La capa negra que indicaba su año voló un poco, golpeando el rostro de Zerbst. Esta iba a quejarse, pero también notó el público que había llegado, levantándose a regañadientes.
—¡Princesa! —exclamó Louise.
La joven Vallière hizo una reverencia, aunque fue incómodo sostener su falda con la espada en mano. Zerbst hizo lo mismo, solo que con mucha más desgana, mientras los hombres se daban la vuelta. El familiar no supo cómo actuar, pero pronto imitó la reverencia hecha por König.
—Princesa —fue su corto saludo, casi indiferente.
—Herr Von Schwarz-König —la molestia en su rostro fue sutil, y esto la alegró—. Al parecer los rumores sobre usted no eran exagerados —la boca de Henrietta se estaba moviendo antes que su cerebro—. No puede evitar buscar la batalla, ¿no es así? —esta vez, le fue imposible ocultar lo que le afectaron las palabras—. Lamento decepcionarlo, pero no encontrará lo que busca aquí en Tristain.
»No obstante, podría luchar en un duelo con Agnès, tal vez así puede calmar sus... impulsos.
Louise la miraba con sorpresa, casi tanta como el familiar humano; nunca se había mostrado de esa forma a su amiga de la infancia. La germana, por el contrario, frunció el ceño por unos segundos antes de volver a una mirada plana. König se mantuvo con el mismo rostro enojado, pero no pasó por alto la sutil y apenas perceptible tensión en su mandíbula.
Tomó un par de segundos antes de que el príncipe hiciera ademán de hablar. Estaba segura de que no se «rebajaría» a luchar contra alguien de baja cuna. No obstante, fue Zerbst quien se adelantó.
—Creo que sería una buena idea, Zuko —su voz era demasiado dulce para ser sincera—. Podrías enseñarle un par de cosas a los tristanianos sobre el manejo de la espada —miró a Agnès de arriba abajo, antes de suspirar y decir—: No es por insultarte querida, pero no te ves como la gran cosa.
Henrietta no pensó que le saldría el tiro por la culata, pero Agnés acababa de ser ofendida por una maga de fuego, nada menos. Dio un paso al frente, mostrando así lo comprometida que estaba con el duelo. El príncipe, por el contrario, dudaba, hasta que la germana le presentó un par de sables.
—No habrá magia en el duelo —Henrietta se apresuró a establecer las reglas—, y tampoco armas de fuego. La victoria se decidirá mediante desarme o primera sangre.
A regañadientes, Agnès renunció a sus armas de fuego, dándosela a una subordinada. El príncipe solo asintió. Ambos mantuvieron la distancia mientras el resto se alejaba. El chirrido del fénix fue lo que dio inicio al combate de práctica.
La primera en lanzarse no fue otra que Agnès. Usaba una espada de casi dos pies, pero fue un movimiento rápido, uno que Henrietta no podría hacer por su falta de entrenamiento. König, por su parte, lo bloqueó con un arma mientras atacaba con la otra; la caballera retrocedió en consecuencia.
König luego pasó a la ofensiva. Un arma en cada mano le facilitaba el ataque, intercalando entre una u otra; no hubo golpes simultáneos, simplemente un ritmo lento mientras parecía ir acomodándose a la forma en la cual luchaba Agnès. Pareció ser una calle de doble sentido, porque, con cada segundo, la mosquetera parecía ir desempeñándose mejor. Tanto, que logró cambiar las tornas.
Agnès luchaba con furia reprimida, movimientos amplios y poderosos. Por el contrario, su oponente, si bien aprovechaba su fuerza, estaba más centrado en atacar debilidades y aprovechar aperturas.
En uno de los ataques de König, Agnès propició un codazo que dejó a su contrincante abierto mientras lo hacía retroceder. En ese momento apuntó a la pierna derecha, que estaba un poco por delante. Pero, para sorpresa colectiva, giró sobre el pie trasero y realizó una patada directo a la cabeza de la mosquetera.
Tomada por sorpresa con ese movimiento, Agnès apenas evitó que la hoja golpeara su abdomen, a costa de su espada. Sin nada con qué defenderse, se quedó rígida cuando la hoja del sable fue llevada hasta su cuello. Ambos respiraban solo un poco más fuerte; no debía ser un ejercicio extenuante para ninguno de los dos.
König envainó las armas y, para sorpresa de Henrietta, realizó una reverencia a su oponente, aunque fue extraña. Su puño derecho estaba en la mano izquierda, cuya palma se mantuvo abierta.
—Fue una buena práctica. Es un oponente formidable, sir.
En lugar de responder la cortesía, Agnès se retiró, rechinando los dientes. Henrietta retuvo un suspiro, ya sabiendo que este podría ser el resultado; su guardia se dejó llevar por la ira. También debía pensar que el príncipe se estaba burlando de ella, y el hecho de ser derrotada en su especialidad por un noble hería su orgullo. Dejarla enfrentar a un mago de fuego no fue lo mejor que pudo hacer, pero al menos confirmó los rumores sobre la habilidad marcial de König.
—Las palabras que halaban su habilidad marcial no exageraron los hechos, Herr.
—Simplemente se trata de que los tristanianos son demasiado suaves —comentó la germana, ganándose una mirada de advertencia de König.
—¡No hables así a la princesa, Zerbst! —gritó Louise, olvidándose que Henrietta estaba presente.
—Agradezco el cumplido de Su Alteza —dijo el príncipe, inclinándose otra vez.
Sin ganas de permanecer allí o querer perder de vista a Agnès, se despidió del grupo, aunque Louise y Zerbst estaban demasiado ocupadas intercambiando insultos. La princesa de Gallia, por el contrario, volvió a su lectura luego de que el duelo hubiera terminado.
§
VIII
§
Zuko eligió la meditación esa mañana, el día de la Exposición Familiar, recapitulando lo ocurrido la durante la semana. Fue interesante, ya que nunca tuvo la oportunidad de asistir a ninguna escuela. Fue educado en casa o por su tío, así que ser testigo de esta vida resultó algo entretenido.
Siguió comiendo en las cocinas luego de haber atraído las miradas de todo el gran comedor. Al principio fue incómodo, pero Siesta superó la sorpresa de su posición y siguió comportándose de la misma manera, aunque menos invasiva. Al chef, por el contrario, le tomó más tiempo que a la criada; después de todo, arrojó un delantal en cara de la realeza.
Entrenó con Saito, quien tenía, según él mismo, la habilidad de aprender rápido el uso de armas. Pensó que era talento, pero luego confesó que las runas le daban un conocimiento muy básico con respecto al uso de espadas, además de mejoras físicas.
No supo más de la princesa, exceptuando momentos aleatorios en que se encontraban por los pasillos. Solo intercambiaban un saludo por el bien de las apariencias, porque era obvio que la chica lo odiaba. ¿Quién no lo haría? Obligada a casarse con el príncipe sobrante de Germania.
Zuko decidió irse, le haría la vida más fácil a la pobre princesa; el matrimonio era algo que solo se comentaba entre los nobles, todavía no era demasiado público. Dejaría una carta en su habitación sobre volver a Germania, mientras que, por otro lado, le dejaría otra a Kirche e iría a la Posada de las Hadas Encantadores por el trabajo; después de todo, los mendigos no podían elegir.
Ejecutaría el plan esta noche, así que, con esa resolución, se puso de pie y vistió. Iría con sus mejores galas, ya que estaría presente en el palco de la princesa como su invitado de honor. Iba a ser una mañana muy incómoda, ya podía verlo venir.
Evadiendo esta vez las cocinas, se saltó el desayuno y fue hacia donde se iba a llevar a cabo el evento. Los magos de tierra se esforzaron en construir la réplica de un coliseo en el patio de Austri. Era alto e imponente, suficiente para acomodar a todos los estudiantes de la Academia y unos cuantos visitantes que venían del exterior.
La mayoría de las veces, la nobleza venía de visita para ver el evento anual. Esta vez la presencia de la princesa aumentaba los controles de seguridad y la mayoría no querían verse sometidos al escrutinio. El público sería menor esta vez. Todo esto fue dicho por Kirche, porque él no tenía ni idea.
Azula volvió de donde sea que iba, posicionándose en su hombro. Desconocía dónde desaparecía el fénix, pero sospechaba que se dedicaba a cazar en el bosque cercano. Era demasiado orgullosa como para ser alimentada si podía conseguirlo todo por sí misma, exceptuando por sus golosinas favoritas.
No tuvo que esperar demasiado, ya que pronto llegó el séquito de la princesa, con esta a la cabeza. Se veía digna con su vestido blanco, y el broche que Zuko consiguió para ella mantenía la capa en su lugar. Al menos le consolaba que apreciase el regalo; pensó que, si llegaba a aceptar el matrimonio, una pieza que representase el escudo de armas del Reich la haría sentir bienvenida.
Intercambiaron el mismo saludo monótono antes de dirigirse a su lugar, esperando la llegada de los estudiantes. Las gradas no parecían aportar demasiada comodidad, y en el suelo había una plataforma de piedra rodeada de hierba.
Se había preparado para horas de silencio, razón por la cual recurrió a la meditación ese día, pero le habló un anciano de cabello blanco. Sus ropas indicaban su alto cargo religioso.
—Es la primera vez que hablamos directamente, príncipe Von Schwarz-König —su rostro mostraba una sonrisa beatífica—. Soy el cardenal Mazarin, es todo un honor.
—El honor es todo mío, monsieur. Puede dirigirse a mí como Zuko.
Al menos ya no se estaba estremeciendo cada vez que lo llamaban por su apellido, y todo gracias a la forma en la cual su prometida casi lo hacía sonar como un insulto.
—Si cree que es prudente, príncipe Zuko.
Por un segundo, juraría haber visto a su tío. Hasta ahora, las personas solo lo llamaban príncipe o Zuko, siendo él el único que combinaba ambos, al menos hasta ahora. Evitó sobre-reaccionar, asintiendo como única respuesta. Necesitaba controlar su voz.
Aunque no quería, Zuko hizo un esfuerzo consciente para ignorar a la princesa. Ella le pagó con la misma moneda, y supuso que era la mejor forma en la cual podrían relacionarse por ahora.
—Sabe, he tenido deseos de hablar con usted, príncipe —ante la mirada dudosa, el cardenal elaboró—: Siempre he tenido curiosidad con respecto a las creencias germanas. No es muy frecuenta que se presente la posibilidad de indagar al respecto. Estoy curioso con respecto a su fe, príncipe Zuko.
Debido a que su ceño siempre estaba fruncido, era solo una cuestión de si profundizarlo o no. No estaba muy interesado en meterse en un debate teológico; sabía lo fanáticos que podrían ser las naciones brimíricas. Ejecutarían a alguien por salirse de la norma, y él era, prácticamente, un hereje o pagano, dependía del humor religioso ese día.
—No creo que esto sea de su interés, monsieur Mazarin —respondió con rigidez.
—No es necesaria tanta formalidad, pronto será de la familia —la sonrisa amable no había flaqueado a pesar de la mirada de muerte de la princesa—. Y no podría estar más equivocado, siempre he sido curioso. Por eso no pude aceptar la posición de papa.
Zuko abrió mucho los ojos. Si eso tenía el propósito de calmarlo, fue todo lo contrario. No obstante, si seguía rechazando se vería como un gesto grosero, o no, no lo sabía. Aunque siempre deseaba que el tío Iroh siguiera aquí, estos momentos lo reafirmaban, porque era él quien guiaba a Zuko por todas las trampas sociales.
Pero ¿qué decirle? Su familia se remontaba hasta algún lugar de Rub' al Khali, donde la creencia en los espíritus era mucho más fuerte que en cualquier otro lugar. La actual familia Schwarz-König, según Iroh, creía en un espíritu de fuego en específico.
En Germania, por otro lado, se creía en todo un panteón. Un dios padre como eje principal y varios subalternos que representaban conceptos, tales como el amor, o los mismos desastres naturales como el rayo. Nunca fue su aprendizaje favorito y lo ignoró la mayor parte del tiempo, pero habló para complacer al cardenal. Se guardaría el asunto de Rub' al Khali.
Zuko estuvo debidamente impresionado. Tabi, o Tabitha, como aprendió que era su nombre, fue la ganadora incondicional con sus acrobacias. Saito, por su parte, exhibió un manejo de la espada mediocre pero superior a lo que debería; el poder de sus runas familiares era impresionante si podía ponerlo a ese nivel en tan poco tiempo.
Le gustó la presentación de Kirche. Cualquiera diría que, dada la cicatriz en su rostro, odiaría el fuego con locura. Tal vez al principio, pero era algo que aprendió a amar mucho más que a despreciar. Así que habría sido un poco parcial con respecto a quién otorgarle la corona de la victoria.
Azula estuvo celosa de Sylphid, ya que le gustaba ser el centro de atención. Luego de que mordiera a Zuko para que se pusiera de pie y participara en la Exposición, se vio obligado a sobornarla para evitar un desastre. Por lo que se mantuvo un poco lejos de la ganadora, para que no se peleara con Sylphid.
Todos los estudiantes estaban aplaudiendo con felicidad, pero Zuko no podía quitarse el sentimiento de que algo estaba pasando. Simplemente se sentía... extraño. Era de aquellos momentos en los cuales su instinto le estaba advirtiendo algo, solo que no lograba ubicar la amenaza. Esa pequeña pulsación molesta lo acribillaba sin cuartel.
Mientras miraba alrededor para vigilar, notó que Agnès estaba haciendo lo mismo que él. Miraba como si estuviera rastreando, demasiado alerta. Su estima por la capitana subió, a pesar de que ella lo odiaba; sea como fuere, su actitud confirmaba que su posición fue ganada y bien merecida.
Y entonces lo escuchó. Zuko no era ajeno a las explosiones, y se familiarizó con ellas en la última semana mientras asistía a clases. Al menos una vez al día algo explotaba cerca de Vallière, y como Kirche se la vivía molestándola, zuko estaba presente. Así que reconoció el ruido a la distancia, al igual que la princesa.
También recordó que en Tristain, a diferencia de Germania, sería Vallière y no Leblanc de La Vallière.
—¡Vayan a investigar! —la princesa ordenó a los guardias del lugar.
Los hombres dudaron, pero pronto ganó su obediencia y, con varitas en mano, se movilizaron hacia la dirección del humo. Los estudiantes, curiosos como eran, corrieron para intentar descender y echar un vistazo a lo que estaba ocurriendo. La mayoría de las mosqueteras, que permanecieron en el palco para no llenar la plataforma, luchaban por bajar entre la manada de nobles que estorbaban.
Tabitha montó sobre Sylphid y se dirigió hacia la zona cero del incidente, quedando, además de Zuko, Mazarin, Henrietta, Agnès y un par de Mosqueteras con las armas listas, mirando hacia la salida.
El malestar de Zuko solo iba en aumento, pasando de aquella pulsación molesta a todo un chirrido. Sus manos buscaron las empuñaduras de sus sables, solo para descubrir que no los traía consigo. Estaban en su habitación, junto a toda su ropa empacada para escapar. Solo pudo maldecir por su mala toma de decisiones.
Antes de poder seguir quejándose, notó algo que disparó todas las alarmas en su cabeza. La hierba estaba aplastada.
Sin pensarlo demasiado, se lanzó hacia ese lugar. Pasó junto a Agnès, tomando la espada mientras ella le gritó algún insulto. Balanceó con todas sus fuerzas, encontrando resistencia antes de que la sangre se escurriera y un cadáver cubierto de negro cayera al suelo.
Fue como si el mundo se hubiera quedado en silencio por un momento ante eso, solo un preludio para el caos que le siguió. El trueno de un disparó presidió el grito de una mujer, dándose cuenta de que una mosquetera había caído en defensa de la princesa.
Zuko retrocedió al notar que otro asesino, invisible gracias a la magia, estaba cerca de Henrietta. Agnès, en una muestra de fría reacción, se hizo con el arma de la mosquetera moribunda y cortó en dirección del agresor. El ruido del metal chocando contra el metal hizo eco, seguido de la revelación de una daga larga y curva, antes de que el portador muriera por una espada en la garganta
Contrario a lo que esperaba, la princesa sacó su varita y recitó un hechizo. Aunque a simple vista se notó que no era algo ofensivo, nada más que agua rociada en la dirección general, empapando a todo el que estuviera cerca, incluyendo a quienes la protegían. Esto arruinó de inmediato la pólvora para ambas partes y reveló a los atacantes cuando el camuflaje falló.
Sabía sobre la magia, por supuesto, pero era rara de realizar y con muchas limitaciones. El hecho de estar frente a al menos dieciocho hombres embutidos en negro y con máscaras, decía mucho sobre a qué se dedicaban.
El respiro se interrumpió cuando uno de ellos sacó una daga de su túnica, arrojándola en dirección de la princesa. Zuko se interpuso, desviando una de ellas con la espada, aunque la otra se clavó en su hombro. Gruñó de dolor, pero la retiró y atacó. Fue bloqueado en cada balanceo y obligado a retroceder cuando otros dos intentaron golpearlo por la espalda.
La magia no tardó en llegar, cuchillas de viento que buscaron su cabeza, siendo las dagas los catalizadores. Se hizo a un lado cuando vio a la princesa lejos de la refriega. Por desgracia, no habría más asistencia por el momento; los profesores defendían a los estudiantes, que ralentizaban la movilidad de las Mosqueteras. Azula estaba en el hombro de Kirche, manteniéndola segura.
Otro grito de dolor por parte de la mosquetera subordinada hizo que el príncipe apretase los dientes y corriera en su dirección. Estaba viva, por lo que atacó con una estocada al que estaba por asesinarla, empujando el cadáver lejos. Tomó la espada que ella había estado usando, sosteniendo ahora su costado justo cuando una esfera de agua rodeó el área afectada. Doble empuñadura, y aunque el peso estaba mal, se las arreglaría.
Sin ser capaz de quedarse a observar, volvió al enfrentamiento para asistir a Agnès, quien, a regañadientes, le devolvió el favor cuando se descuidó. Ambos tenían un ojo puesto en la gobernante de Tristain, quien se estaba defendiendo, junto a su guardia derribada, con una cúpula.
Los asesinos, hábiles con la daga y la magia, resistían el empuje de la pareja, aprovechando sus números. Aunque estos les jugaban en contra, ya que solo podían disparar magia esporádicamente para evitar herirse entre ellos. Los defensores, por supuesto, lo aprovecharon al usarlos como escudos humanos.
En algún punto parecieron cansarse de aquello y lanzaron un Ariete de Viento. Zuko empujó a Agnès fuera del rango mientras los asesinos saltaban para evitar quedar envueltos. El príncipe fue derribado, las espadas se resbalaron de sus dedos y rápidamente fue rodeado. Confiaban más en sus dagas para terminar el trabajo que en la magia.
Sintiendo que la situación se estaba saliendo de control, la temperatura se disparó antes de que el área circundante se envolviera en fuego. Los asaltantes fueron arrojados, con sus túnicas ardiendo y gritando de dolor, si no cayeron muertos de inmediato.
Su respiración era pesada, errática y salvaje. El fuego bailaba su alrededor, besando su piel que empezaba a enrojecer con lentitud, así como su temperatura a incrementar a niveles peligrosos. Y aunque logró disimularlo todo al tomar dos dagas, necesitaba ponerle fin a esto de inmediato.
Tomados completamente por sorpresa, los asesinos, o al menos la mitad de ellos, no notaron la ola de agua que se abalanzó sobre ellos. La fuerza de tal ataque quebró huesos y rompió cráneos, pero apenas se registraban los sonidos entre el cóctel de gritos y adrenalina.
Apretando las armas, Zuko adquirió una postura ligeramente más baja y piernas separadas, por un segundo, antes de dejar que lloviera el fuego sobre ellos a través de los catalizadores. Apenas tuvieron tiempo para reaccionar cuando los cortes de fuego impactaron en sus rostros o pechos; los primeros fueron los suertudos por morir de inmediato, mientras que, los segundos, se revolcaron de dolor.
Apretando los dientes y tratando de ocultar su reticencia la centrarse en el dolor abrasador de su pecho, quemando con cada respiración, continuó con su trabajo. Algunos intentaron la misma táctica de flanqueo, pero una patada lo impulsó para alejarse. E incluso en una posición de desventaja, sabía que Agnès estaba logrando su propio recuenta de bajas para mantenerlos a raya.
La masacre solo empeoró cuando las Mosqueteras que permanecieron lejos y con las armas secas, desataron una lluvia de balas sobre los desprevenidos asesinos. Habían encontrado posiciones seguras para disparar sin riesgo a lastimar a un estudiante descarriado.
Sintiéndose seguro, Zuko permitió que el fuego se disipara. Empujó su cuerpo, que se sentía pesado y agotado, en dirección de la princesa. Sabía que habría una reunión luego de unas horas, una vez que se pueda presentar un informe.
§
IX
§
Henrietta contempló el atardecer mientras se preguntaba si el Fundador Brimir la odiaba de alguna manera. Tal vez cometió un pecado por el que estaba siendo castigada, o en realidad existía la suerte y la de ella era particularmente mala. Sea como fuere, le gustaría saber si existía una forma de que las cosas pudieran empeorar.
No solo intentaron asesinarla, un asunto que demostraba no solo vulnerabilidad por permitir que casi ocurriera, sino que exponía a un traidor. No era fácil atravesar las defensas mágicas de la Academia; era una escuela que contenía, literalmente, todo el futuro del país. Necesitaba una defensa fuerte, realizada con los mejores encantamientos y casi al nivel del palacio real.
Alguien en el interior debió permitirles el paso, o todos los asesinos eran de un calibre tan alto que serían capaces de superarlo. Tal vez de la primera lo creería, ya que se dijo el mismísimo Fouquet se infiltró para robar la bóveda de la Academia. Y lo peor fue que tuvo éxito.
Henrietta iba a ser culpada por esto, ya podía verlo venir. Su presencia obligó a concentrar la guardia en un solo punto y muchas otras acusaciones para desmeritarla. Incluso si ese era el plan estándar debido a la alta presencia de nobles, su visita sería la causa. Solo esperaba que Mazarin, quien se encontraba ausente, pudiera hacer control de daños.
Y el mundo no estaba contento con eso, porque robaron el Báculo de la Destrucción. ¡Se trataba de una reliquia de la Era Brimírica, hecha por el Fundador mismo! Incluso si fue solo un producto defectuoso, se consideraba un tesoro que pertenecía a la Academia. Era un símbolo cultural, casi al nivel del Libro de Oraciones del Fundador.
Miró al grupo que estaba frente a ella para volver a la realidad, horas después de lo ocurrido. Fue Louise quien, para el terror absoluto de Henrietta, se encontró con el ladrón. Estuvo solo un poco aliviada al saber que recibió asistencia de Saito y Orléans. König estaba allí por evitar el intento de asesinato, incómodo porque, como siempre, Henrietta no pudo evitar ofenderlo en lugar de agradecer. Zerbst solo apareció por su primo, y como representante del Reich además del príncipe, Henrietta no podía negarle el acceso cuando se hubo involucrado de forma directa.
—Primero, debo agradecer a Dame Vallière por su valiente esfuerzo de detener al ladrón, junto a Dame Tabitha.
Habría querido hacer mención de Saito, pero se le consideraba una extensión de Louise por las leyes tristanianas. Ni siquiera humano, aunque apenas por encima del animal común.
—No merezco tales elogios —a Henrietta le pareció lindo que intentara disimular su felicidad—, solo estaba cumpliendo mi deber para con la Corona.
—¿Se ha confirmado que es el Báculo de la Destrucción lo que fue robado, Siegneur Osmond?
Ya sabía la respuesta, pero no pudo evitar volcar toda su fe para recibir una negativa. Estaba rogando en este punto, dispuesta incluso a casarse de buena gana si el Fundador le concedía este milagro. Por supuesto que no ocurrió.
—Lamento informarle a Su Alteza que ese debió ser el objetivo de Fouquet. No tomó nada más de la bóveda.
Se escucharon las quejas y gritos de los profesores, exceptuando un par de ellos. Los guardias que había traído se tensaron, todavía sensibles por los eventos recientes. Había todo un grupo bloqueando el pasillo fuera de la sala de reuniones, y los de la escuela patrullaban sin descanso. Se instauró incluso un toque de queda con acusación de alta traición al infractor.
Lo único que hacían era proferir quejidos, culpándose los unos a los otros por el fracaso. Sobre quién tenía el deber de guardia y cualquier otra cosa que sirviera para liberarse de la culpa. Se veía tan lamentable. ¿Era este el ejemplo que estaban dando a tres de los estudiantes que estaban allí de pie? Louise se veía, de hecho, incómoda, como si se estuviera destrozando su visión del mundo.
—¡Silencio! —la voz de Agnès acalló la habitación—. ¡Se encuentran presencia de la princesa!
Algunos rostros ruborizados se podían encontrar entre la multitud. Algunos otros miraban a la mosquetera con furia, porque un plebeyo, y una mujer, se atrevió a hablarles de esa forma.
—Es fácil hablar de responsabilidad —la voz suave de Osmond se escuchó—, pero todos lo somos igualmente. En nuestra arrogancia, pensamos que ningún ladrón podría colarse en la Academia. Es esta confianza la que nos cegó y permitió que Fouquet robara el Báculo de la Destrucción.
Si antes se veían avergonzados, ahora parecían querer entrar la cabeza en la tierra. Si hubiera sido otra situación, podría mostrar cierto placer por lo que acababa de ocurrir. Desgraciadamente, ella también consideraba la Academia inexpugnable.
No obstante, la paz no duró demasiado. Se escuchó un alboroto fuera de la habitación. König fue el primero en llevar las manos a sus sables junto a Orléans apretando el bastón. Esta vez el príncipe llevaba su armadura, siendo la primera vez que lo observaba fijamente. Parecía tener cierta inspiración en algunas vestimentas de Rub' al Khali debajo de la placa rojo oscuro de bordes dorados.
La cabeza de una mosquetera se asomó a través de la apertura, sobresaltándose al ser recibida a punta de pistolas, espadas y catalizadores. A pesar de los nervios, declaró:
—Una... eh... mademoiselle Longueville dice ser la secretaria del director —pareció envalentonarse ante el reconocimiento—. Dice tener información importante y solicita ingresar.
Henrietta concedió el permiso de inmediato y una atractiva mujer de cabello verde ingresó. El sudor perlaba su rostro, con algo de suciedad en su ropa y el cabello desordenado. No obstante, recordó sus modales mientras caía sobre una rodilla.
—Puede ponerse de pie —dijo la princesa con urgencia—. Escuché que tenía información importante.
—Sí, Su Alteza. Encontré el paradero de Fouquet.
Hubo un silencio abrumador cuando se arrojó esa declaración, antes de que la mayoría de maestros gritasen de incredulidad. Uno de ellos, Colbert la Serpiente de Fuego, preguntó:
—¿Dónde obtuvo esa información?
—Los plebeyos. Algunos lo vieron en el bosque cercano, o al menos a una persona con un manto negro. Entró a una cabaña abandonada, y creo que esa puede ser su guarida personal.
Los murmullos estallaron mientras Henrietta sentía que el alma le volvía al cuerpo. ¡Todavía había algo de esperanza para salvar la situación! Se estaba resignando a que todo fuese cuesta abajo. ¡Habría besado a esta mujer de la emoción de no ser por lo indecorosa que sería la situación!
—¿Se encuentra muy lejos? —preguntó la princesa.
—Un puñado de horas como máximo, habría que tomar un desvío de la dirección de la capital, no obstante, está lo suficientemente cerca para que los plebeyos se aventuren.
—Se agradece su información, puede descansar, se ve exhausta.
Parecía querer decir algo más, pero se inclinó antes de abandonar la habitación. Con la información entregada, la turba gritó que deberían informar al palacio para recibir asistencia, pareciendo olvidar que la princesa estaba allí presente.
—¡Necios! —el grito de Osmond tomó a todos por sorpresa—. La princesa se encuentra entre nosotros, y cuando queramos informar al palacio, será demasiado tarde. ¿Cómo pueden ser llamados nobles? —la decepción tiñó su voz—. El Báculo fue robado de la Academia, y debemos subsanar nuestro propio error.
»Un equipo de búsqueda será organizado entre los maestros y los guardias. Quienes deseen participar, deben levantar sus manos.
Cuando terminó el anunció, Henrietta sintió que su corazón se hundió al ver que ninguno de ellos levantaba la mano. La Serpiente de Fuego estaba vacilante, y conociendo su pasado, la princesa no podía culparlo por querer evitar cualquier tipo de violencia.
Por el rabillo del ojo, vio la ira que centellaba en los ojos de Agnès. Aunque seguía viendose como una estatua, la mano, que nunca había dejado la empuñadura, lo apretaba con tanta fuerza que crujió.
—Enviaré a un grupo de Mosqueteras —siseó Agnès—. Ellas acompañarán a los guardias para asistirles.
Henrietta le sonrió. Su acto estaba más allá del deber actual, pero quería defender su honor.
—¡Dame Vallière! —la princesa giró el cuello tan rápido que debió rompérselo—. No debería hacer esto —era la profesora Chevreuse—, aún sigues siendo una estudiante. Es un asunto de los maestros.
Henrietta estaba pálida al ver a su amiga levantando su varita, con la frente en alto a pesar del despido. Ni siquiera se molestó en hacer callar la discusión que criticaba a las Mosqueteras o la valentía de su amiga. Saito parecía intentar hacerla entrar en razón mientras Zerbst se burlaba. Orléans miraba con indiferencia todo el asunto y el príncipe se veía pensativo.
Estuvo a punto de interrumpir cuando vio a la germana aclararse la garganta. Esto no hizo nada por sí solo, pero luego tomó su propia varita y disparó chispas para llamar la atención del grupo. Ignoró la forma en la cual Agnès casi le disparó por el acto.
—¿Tengo su atención? —preguntó con una voz cargada de sarcasmo—. Bien. Zuko.
El aludido no la escuchó, todavía sumido en sus pensamientos. Sin quitar la sonrisa, Zerbst le dio un codazo que lo sobresaltó. Cuando König notó que todos los ojos estaban puestos en él, su postura se hizo más rígida, si aquello era posible. Miró a su prima, preguntándole qué quería.
—Deberías compartir tus pensamientos.
El príncipe miró a su alrededor, dudando. Al final, se dio por vencido y declaró:
—Es una trampa.
Decir que la nobleza presente quería su cabeza era quedarse corto. No apreciaban que un extranjero, y hereje, se inmiscuyera en sus asuntos. No obstante, el director preguntó:
—¿A qué se refiere, joven príncipe?
—Fouquet es famoso —comenzó, con la espalda recta y voz dura—. No es por desprestigiar a mademoiselle Longueville, pero un ladrón de renombre no se dejaría ver.
—Ella es como la versión de Tristain del Espíritu Azul —agregó Zerbst.
Henrietta había escuchado de ese hombre. Máscara de color azul con patrones blancos, mostrando colmillos amenazantes y con ropa que combinaba, aunque de un tono mucho más oscuro. Un criminal de Germania que no solo robó a la nobleza, sino que también expuso a los corruptos. No aprobaba mucho sus métodos, pero admiraba su tenacidad.
—El área, un bosque, es propensa a una emboscada, y no ha actuado sola —el recordatorio de los asesinos hizo que Henrietta se estremeciera—. No obstante, la princesa se encuentra segura actualmente. Excepto si envían guardias, debilitando las defensas y permitiendo una segunda incursión. En caso de enviar profesores, o estudiantes —lo último fue dicho con veneno, haciendo que los maestros se estremecieran—, se convertirían en rehenes contra la corona. Todos nobles importantes.
Las expresiones eran sombrías o iracundas, siendo Henrietta parte del primer grupo. Por lo cual, no se molestó en frenar su lengua mientras se desquitaba con la persona equivocada.
—Por supuesto que sabría sobre la guerra, Herr Von Schwarz-König, ¿o me equivoco al pensar que es de aquí de donde aprendió?
Ver la forma en la cual apretó la mandíbula le trajo cierta satisfacción, e ignoró la mirada de enojo que le arrojó la germana. Sabía que no era justo con König, pero no le importaba. Era un objetivo fácil para su ira.
—Su Alteza no se equivoca —respondió con los dientes apretados—. En más de una ocasión realicé tácticas parecidas. Ofrecer inteligencia falsa para tender emboscadas.
—¿Propone algo, joven príncipe?
Aunque su expresión siempre era ceñuda, pudo notar que estaba dudando sobre si debería seguir. Al final, lo hizo de mala gana.
—Buscaré a Fouquet.
Se hizo el silencio en la sala otra vez, pero, antes de que pudieran adelantarse con el cuestionamiento, el director volvió a tomar la palabra.
—¿Y está seguro de esto? Fouquet es, como mínimo, un mago de clase triangular. Y rastrear a una persona de paradero desconocido...
—Lo haré —declaró con seguridad—. No es la primera vez que realizo seguimiento.
—Entonces debo agradecer su valentía. Si eso es...
—¡Yo también iré! —anunció Zerbst.
Henrietta sentía que iba a morir de un infarto. Porque no solo Zerbst, un incidente internacional ambulante, quería ir a esta búsqueda peligrosa, sino también Orléans y Louise se ofrecieron de inmediato. Solo a una de ellas podía prohibirle salir, y sería un abuso flagrante de autoridad, además de potencialmente destruir su amistad recuperada.
Las protestas iban a llegar, y Henrietta no sabía si iba a unirse esta vez, pero, por suerte, el director volvió a controlar la sala.
—Ya veo. Un grupo de individuos muy talentosos. Mademoiselle Tabitha cuenta con el título de Chevalier, o su versión de Gallia —la mencionada miró fijamente al director, ignorando la sorpresa de Zerbst—. Mademoiselle Zerbst proviene de una familia de héroes de guerra —la germana sacudió su cabello con arrogancia—, y cuenta con una formación avanzada en la magia de fuego.
»Mademoiselle Vallière... —pareció dudar—. Ella proviene de una prestigiosa familia con un futuro brillante y su familiar, a pesar de ser un plebeyo, es talentoso por sí mismo.
»El príncipe, por otro lado, es un veterano en diversas batallas, un guerrero probado y comandante consumado. Su experiencia de liderazgo solo garantizará el cumplimiento de esta misión —su tono jovial desapareció—. Por ahora mantendremos el castillo en cuarentena, y cualquiera que intente abandonar será declarado traidor y ejecutado en el acto.
König pareció ser el único que no tomó bien los elogios, todo lo contrario, la rigidez fue mucho más notoria en su postura. No obstante, permaneció en completo silencio hasta que fueron despedidos, junto al resto de nobles.
La situación iba cuesta abajo, hasta el punto en que estaban dependiendo del liderazgo de un extranjero. Habría sido acusado de ser el culpable, o partidario, de no ser porque luchó en defensa de Henrietta cuando la situación lo requirió, y fue lastimado en consecuencia.
No había estado prestando demasiada atención, centrada en proteger y curar a la mosquetera herida, pero el reporte de Agnès fue suficiente; el hecho de que le diera tanto crédito a un mago de fuego decía lo suficiente.
Solo esperaba que el asunto se solucionara de forma rápida. Habría sido sencillo ir por la idea de Longueville, pero no podía poner en riesgo a las personas por querer arreglar algo de forma inmediata. Tendría que ser por la vía larga mientras ella hacía malabares políticos.
—¿Puedo tener una palabra, princesa? —Henrietta se sobresaltó un poco ante la voz—. No tomará mucho tiempo.
La única que permaneció fue Zerbst, para gran confusión de Henrietta. Despidió a todas las mosqueteras menos Agnès, ya que supuso que quería que fuese privado. Y acertó al verla agradecerle con un gesto.
—¿Puedo hacer algo por usted, Dame Zerbst?
—De hecho, puede —anunció con alegría—, y es algo sencillo. Solo una pregunta —cualquier felicidad se evaporó—. ¿Cuál es su problema con mi primo?
—¿Le ruego me disculpe?
Fue tomada por sorpresa, tanto por el tono carente de respeto como por la pregunta directa. Agnès parecía lista para cortar a la infractora allí mismo, pero se contuvo. Demasiados problemas diplomáticos.
—Verá, princesa, no he podido notar cierta... actitud pasivo-agresiva por parte suya. ¿Puedo preguntar qué pretende con ello?
—No sé de...
—Déjese de juegos conmigo. Si lo que desea es cancelar el matrimonio, hágalo directamente, en lugar de herir a Zuko y esperar que tome la decisión por usted. Se aprovecha de que es lo suficientemente dulce como para no tomar repercusiones.
»Si cree que es la única perjudicada por este matrimonio... —la vio chasquear la lengua, mirar al suelo y luego volver a centrarse en los ojos de Henrietta—. Sufre lo suficiente sin que usted siga despreciándolo y golpeando su autoestima por no ser el príncipe azul que ha estado esperando.
Y luego de eso, Zerbst se marchó, dejando a una furiosa Agnès y una Henrietta boquiabierta.
Kirche logró tranquilizarse cuando llegó al patio, bañado por la luz del sol poniente, notando que Tabitha estaba acariciando a Sylphid. Supuso que ese sería el método de transporte, así que se les acercó con una sonrisa.
—¿Iremos en tu familiar, Tabi? —decidió confirmar.
—No hay espacio. Máximo cuatro.
Sylphid era como un dragón común en tamaño, al menos de forma aproximada. La mayoría, si no todos, sostenían un solo jinete, y aquí estaban, a punto de cargar a la pobre con cinco de ellos.
—¡¿Dónde está ese príncipe germano?!
Ahora mismo no estaba con ganas de discutir, así que, para sorpresa de todos, se mantuvo en silencio. La conversación con la princesa, si se podía llamar como tal, encendió su ira. No quería atacar accidentalmente a su compañera de estudios.
Había estado soportando el trato que le estaba dando a su primo por el bien de este. Sabía lo mal que se sentiría si ella se involucraba en el asunto. Nunca recurría a ella, de hecho, por esta misma razón. No era estúpida, y él se volvía fácil de leer una vez que llegabas a conocerlo. Así que su razonamiento fue simple: se sentía responsable de las desgracias de Kirche.
Casi verse obligada a casarse con un vejestorio, además de ser expulsada de la Academia de Fuego para Chicas en Germania. Todo fue culpa de Ozwald ahora que juntaba las piezas, pero Zuko se sentiría responsable por todo y se culparía sin importar cuántas veces intentase decirle lo contrario. Así de testarudo era.
Al final, Zuko decidió resistir los insultos de la princesa, soportarlo todo como si lo mereciera en realidad. ¡Como si la perra real fuera la única víctima de todo este asunto! Tal vez no era la mejor para opinar ya que evitó su propio compromiso, pero el de Kirche no estaba bajo amenaza de muerte; no tenía pruebas, pero, conociendo al Rey Negro, sería algo así.
Tal vez con esas palabras, la princesa por fin decida actuar como tal y cancelar el compromiso si tanto le molestaba. ¡Como si fuera a encontrar mejor hombre que su primo! No importaba si Zuko quedaba desheredado, ella lo ayudaría a instalarse en Tristain.
Interrumpió sus pensamientos cuando lo vio regresar, con Azula en su hombro. Vestía como un plebeyo, junto a una desgastada capa marrón que ocultaba un sable común. Su máscara fue reemplazada por un parche que apenas ocultaba su cicatriz, y escuchó el jadeo de Saito y Vallière al verlo.
Ignorando las reacciones típicas, le susurró algo al fénix antes de que este lo mordiera con irritación y despegara de su hombro, golpeándolo con un ala. Aunque no lo escuchó desde allí, supo que se estaba quejando.
Kirche se centró en Azula, que pronto se vio envuelta en fuego del mismo color que le daba nombre, antes de que este se expandiera con rapidez. Pronto se evaporó, dejando un fénix que rivalizaba en tamaño con Sylphid, aterrizando con un silbido largo y arrogante en dirección de la dragona. Ella solo arrullo en respuesta, más curiosa que ofendida, lo que solo irritó a Azula.
Solo había espacio para dos como máximo, así que Kirche de inmediato se acercó. Ya había viajado en Sylphis antes, y extrañaba a Azula.
§
X
§
—¡¿Por qué debo vestirme como una plebeya cualquiera?! —exclamó Vallière.
Usaba un simple vestido verde y azul, de tela barata y un par de tallas más grande porque se negó a usar ropa para niños. Pasar desapercibido no era lo suyo cuando su cabellera rosada seguía siendo como un faro, y esperaba que la oscuridad hiciera que la gente la ignorara. Zuko creía que sería una chica atractiva de no ser porque siempre estaba gritando o enojada; no era alguien para quejarse, no obstante.
Kirche estaba más o menos igual, aunque con mayor escote, como prefería; solo Tabtiha, que no llevaba bastón, aceptó vestirse como una niña. Saito iba casi como Zuko, solo que sin la capa y llevaba la espada en la espalda. Las varitas estaban bien escondidas, aunque listas para ser desenfundadas.
—Supéralo Vallière. Solo es ropa.
Kirche hizo énfasis en su busto al cruzar los brazos, y Zuko solo pudo suspirar. Estaba seguro de que lo hizo para provocarla, y por mucho que estuviesen escondidos en un callejón mientras anochecía para no llamar la atención, tener a una noble gritando no ayudaba.
—Suficiente —ordenó con la misma voz que usaba con sus hombres; notó la rigidez inmediata de Tabitha—. Atraeremos atención.
Aunque Vallière estaba rechinando los dientes y lista para insultar, pareció recordar que todo lo que estaba haciendo era para su princesa. Realizó un par de respiraciones antes de levantar la barbilla con altivez, declarando:
—Entonces busquemos por la ciudad. Podremos encontrar algo.
Zuko la miró con incredulidad. ¿Estaba planeando recorrer la capital en busca de cualquier pista? ¿Así como así? No eres Kessel, pero seguía siendo una ciudad grande. Miró en dirección de Saito, quien parecía ser el que más la conocía. El chico se encogió de hombros con impotencia, resignado a las órdenes de la joven noble.
—No seas tonta Vallière —dijo Kirche con sorna—. Tendríamos mejores posibilidades preguntando por ahí. Deberíamos hacer eso.
—¿Qué pueden saber unos plebeyos sobre Fouquet? ¡Solo estaríamos perdiendo el tiempo! Es mejor si les preguntamos a los caballeros.
El príncipe comenzaba a preguntarse si fue buena idea traer a esta chica. Había escuchado sobre Karin el Vendaval, una mujer que no podía evitar admirar; era una leyenda viviente. Tuvo fe en que su hija, que se decía era una copia al carbón, seguiría sus pasos de alguna manera, incluso si no podía hacer magia. Al parecer, Zuko y Vallière tenían algo en común: una vergüenza para la familia.
Cansado de la discusión, comenzó a caminar. Su ausencia se hizo notar de inmediato por Saito, que lo siguió. Tabitha se había convertido en su sombra, un paso detrás sin hacer ruido. El único bullicio provenía del trio restante.
—¡¿Adónde crees que vas?! —preguntó Vallière.
—Vas a reventar mis tímpanos —se quejó Saito, masajeando su oreja.
—Nos mezclaremos en un bar —dijo Zuko, y notándolos confundidos, elaboró—: Es imposible movilizar a ese número de personas sin llamar la atención.
También quería preguntar por la cabaña abandonada, la cual era demasiado conveniente. No era extraño que los leñadores o cazadores lo abandonaran, pero, cuando algo era demasiado bueno para ser verdad, tendía a no serlo.
No mintió al decir que tenía experiencia rastreando personas, pero cuando era necesario hablar, solía dejar esa parte a su tío. Entablar relaciones con informantes o personas para adquirir lo que quería no era su fuerte. Podría relevarlo a Kirche, siendo la persona más social y estable del grupo, además de familiarizada con Tristain.
—Oigan —la voz de Saito sacó a Zuko de sus pensamientos—, ¿qué es el Espíritu Azul?
—Un criminal desvergonzado —declaró Vallière—. Incluso si los nobles germanos son bárbaros, el Espíritu Azul no es más que un ladrón.
Supuso que era un punto de vista. Incluso si alguien hacía algo bueno, el acto siempre estaría mancillado por el pecado. Nada que no hubiera oido antes, no obstante.
—Qué mente tan estrecha, casi tanto como tu tamaño —se rio Kirche, continuando luego del grito de indignación—. Sí, es un ladrón, pero ha expuesto a nobles corruptos del Reich. Y robado a los ricos y dado a los pobres. ¡Siempre he querido conocerlo! Ver qué hay debajo de esa máscara, y esa ropa. Me pregunto si su... espada es tan...
—¡Como Robin Hood! —declaró Saito, buscando cambiar de tema.
Zuko se estremeció ante los comentarios de su prima. Sabía que podía ser un poco demasiado liberal, normal para los estándares germanos, pero entre ser consciente y escucharla fantasear... ¡con él mismo, de todas las personas!
Tal vez su asunto de Espíritu Azul no era lo más inteligente que hubiera hecho, a pesar de su larga lista de estupideces, pero le gustaba ayudar a su nación en la mayor cantidad de formas posibles. Sofocar rebeliones era una, pero de nada servía si la nobleza era corrupta. Si no se cortaba el problema de raíz, cualquier solución sería momentánea.
—¿Quién se supone que es este Robin Hood? —preguntó Vallière.
—Es como la versión del Espíritu Azul de mi mundo —Zuko sintió que el mundo se detuvo—. Pero no importa. Oye Zuko, ¿podrías hablarme más de Rub' al Khali?
El príncipe lo miró desconcertado, apenas notando que se había detenido a mitad de la calle. ¿Simplemente lo escuchó bien, o estaba usando algún tipo metáfora, incluso hipérbole, a la hora de hablar?
—¿Qué? —Zuko logró preguntar, casi un graznido.
—Oh, cierto, no te lo he dicho. El Ritual de Invocación me trajo de otro mundo. El mío solo tiene una luna y sin magia.
Zuko lo miró largamente, la incredulidad todavía deformando sus facciones, hasta que controló su expresión. Volvió al ceño fruncido mientras continuaba caminando, fingiendo que no había escuchado los desvaríos de un loco. Lo atribuiría a algún tipo de daño cerebral por ser parte de un ritual que no estaba destinado a él.
—Rub' al Khali es...
—¡Ni siquiera me crees! —exclamó el familiar.
—Rub' al Khali es algo parecido a una confederación —repitió, lanzándole un ceño fruncido a Saito—. Una agrupación de naciones culturalmente diversas que aceptaron protegerse mutuamente.
Algunas personas los estaban mirando, cosa que no era extraña. Incluso en la Academia eran un grupo demasiado heterogéneo. En la ciudad llamaban más la atención, en especial con tres jóvenes atractivas en edad de casarse que bien podrían ser nobles, o hijas de comerciantes acaudalados. Iría con esa historia, ya que muchas contrataban guardias para pasear en ropa plebeya.
—¿No es complicado? —preguntó Saito—. Quiero decir, siempre hay diferencias
—Todo lo es —esta vez fue Kirche quien respondió—. Pueden mostrar un frente unido, pero todavía tienen sus disputas. Algunas armadas.
—No prosperan demasiado —continuó Zuko—. Saben que están en desventaja contra las naciones brimíricas y la constante expansión del Reich Germano.
Había notado que Vallière lo escuchaba con atención a pesar de que su rostro gritaba «malditos herejes», acompañado de una mueca despectiva. La única prueba de que Tabitha estaba interesada era que lo miraba fijamente.
—¿Qué... qué hay de los... elfos? —la tristaniana se estremeció con su propia pregunta.
Podía entender la duda. Si Germania quería conquistar Rub' al Khali, tendría que cruzar el territorio élfico. O, al menos, eso pensaban. Según su tío, existía una ruta directa, un desfiladero que hacía las cosas mucho más fáciles.
—No tienen problemas con ellos —Vallière miró a Zuko como si le hubiera dicho que el cielo era verde—. Su fe no es demasiado diferente, y sus naciones no han tenido luchas como con las naciones brimíricas. Los khalanos creen en los espíritus de la naturaleza como religión unificadora, a pesar de no estar institucionalizada.
—¡Son unos herejes! —Vallière sonaba escandalizada, al punto del desmayo.
Se preguntó qué haría si se enteraba de que su familia comenzaba allí. Era obvio que tampoco le gustaba este asunto del matrimonio, era amiga de la princesa, o desde un principio odiaba a los germanos. Era difícil saber, en realidad, porque tampoco se llevaba bien con los tristanianos.
—No lo sé —comentó Saito—, ¿qué importa en qué crean? No es como si hicieran las cosas diferentes.
Zuko frunció el ceño cuando vio a Vallière golpear a Saito, generando una carcajada de los transeúntes. Recordaba demasiado a su padre; no era de los que daban la bienvenida a ideas contradictorias. El solo pensamiento lo hizo estremecer, acariciando los bordes de su cicatriz.
—Van en contra de todo lo que enseña Brimir. La magia a través de espíritus no es más que herejía. Los tratos pueden estar bien, ¡pero no rechazar las creencias del Fundador!
—Solo es magia, ¿qué importa cómo lo hagas?
El comentario le valió otro golpe a Saito, y Zuko simplemente lo desconectó todo a partir de allí, apenas notando que su prima se unía a la conversación. Centró toda su atención en vigilar los alrededores, aunque nadie reparaba demasiado en su presencia, excepto en los momentos en que el ruido iba demasiado alto.
¿Quién diría que vendría a Tristain para casarse, y terminaría buscando a uno de los criminales más notorios de la nación? Su tío siempre decía que la vida tenía una manera de sorprender a las personas, para mantener interesados incluso a quienes habían vivido lo suficiente.
Pero las cosas no cuadraban, al menos no con el modus operandi común de Fouquet. Se suponía que robaba a la nobleza, y si bien la Academia contaba, apuntaba a las mansiones. Siempre actuaba solo, las bajas al límite y, si era posible, entrando y saliendo antes de que cualquiera se diera cuenta. Lo que había hecho ahora abandonaba cualquier esquema habitual al participar en un intento de regicidio.
Existía la posibilidad de que hubiera sido usado, por supuesto. Averiguar de alguna manera el día del golpe y aprovechar la distracción para cometer el asesinato. Era un modo de pensar demasiado ingenuo, pero siempre era mejor mantener todas las posibilidades abiertas.
En caso de ser parte, ¿por qué? Si bien robar a los nobles atraía cierta notoriedad y lo convertía en un objetivo de alto valor, no se comparaba en nada a matar a una princesa heredera. Moverían cielo, mar y tierra para encontrarlo, no habría ningún lugar seguro en Tristain...
La sangre de Zuko se heló cuando una posibilidad remota cruzó por su cabeza. ¿Y si el artificie de todo esto fue su padre? Algo tan simple como enviar a un grupo de asesinos, tomar la vida de la princesa, Zuko era culpado y posteriormente ejecutado. Eso le daría a Germania un casus belli contra Tristain.
La segunda posibilidad era la muerte de Zuko durante el atentado, junto a Henrietta. Se culpaban mutuamente e iban a la guerra, con la victoria de Germania. Podría ser un plan de su padre, o de algún agente externo.
El primero que se le venía a la mente era la República Santa de Albion. Una alianza entre Tristain y Germania supondría una amenaza a su posición; era una fuerza en expansión cuyo objetivo era absorber las naciones brimíricas bajo una sola bandera. La única razón por la cual Gallia no los ha borrado del mapa debía ser por las excentricidades del rey Joseph.
También estaba Gallia. Joseph aterraba a Zuko, y no le costaba admitirlo. Era un miedo muy diferente al de su padre; para el joven príncipe, el Rey Negro era una fuerza imparable de la naturaleza, dispuesto a quemarlo todo en sus ansias de poder y conquista. Lo conocía, pero le temía a lo que representaba y era capaz de hacer.
Joseph Ludvig d'Orléans era un comodín. Incluso su tío estuvo preocupado de ese hombre, porque nadie sabía lo que pensaba. Un día era un estadista sin parangón, y al siguiente un bufón de su propia corte. Ejecutaba plebeyos por el mero placer, mientras recompensaba a otros por razones que escapaban al sentido común. El miedo que sentía Zuko hacia Joseph era un temor a lo desconocido, y lo que podría hacerle a Germania en su juego retorcido.
Así que, para el príncipe, esperaba que se tratase de Germania o Albion. Al primero podía manejarlo regresando a casa y siendo ejecutado como un traidor, la deshonra para la familia que en realidad era. Con el segundo, bastaba con desenmascarar a los culpables.
Salió de sus pensamientos cuando el letrero de la taberna de Scarron lo recibió. Antes de entrar, dijo:
—Kirche, ¿podemos hablar un minuto?
Claramente curiosa, ignoró a Vallière mientras ambos se apartaban del camino. Se adentraron en un callejón, y pudo sentir el hechizo silenciador luego de que Kirche le pidiera a Tabitha que lo lanzara.
—¿Qué sucede Zuzu?
—Necesito pedirte alto —ignoró el apodo.
—¡Lo que quieras, querido primo!
Se sentía mal por lo que estaba a punto de solicitar, pero no podía darse el lujo de la decencia en estos momentos. Tenía que pensar como un comandante, no como una persona.
—Necesito que llames la atención con preguntas indiscretas con respecto a nuestra búsqueda.
—Porque crees que mantienen vigilados los lugares donde se difunde la información, ¿no?
Zuko asintió, orgulloso. Sabía que Kirche era brillante bajo toda su actitud. Era germana, después de todo, y toda su nación tenía un talento especial para la guerra y los asuntos que la involucraban. El espionaje era uno de esos, a pesar de que nada en ella susurraba subterfugio.
—No le informes nada a Saito y Vallière.
—No sé Saito, pero la Cero no sabría actuar ni para salvar su vida.
—No comiences hasta que Tabitha y yo hayamos entrado. Pondré el sable sobre la mesa cuando crea que han sido alertados. Luego de eso, esperarás lo suficiente antes de marcharte y los seguiremos para una emboscada.
—Los moveré a través de los peores barrios que pueda encontrar.
Zuko se permitió sonreír un poco. Se había sentido perdido desde que partió de Kessel, pero aquí, ahora, se sentía en su elemento, a pesar de no ser fanático de la violencia. Y con alguien que era capaz no solo de entenderlo, sino también seguir órdenes con pocas indicaciones, lo hacía sentir cómodo.
Intercambiaron un par de asentimientos antes de volver con los demás, con la mirada vigilante de Vallière. Kirche, siendo ella, la abrazó mientras la guiaba hacia el interior.
—¡Esto es un burdel! —fue el grito de la tristaniana antes de que la puerta se cerrara.
Zuko se apoyó en la pared junto a Tabitha, quien ni siquiera se molestó en preguntar cuál era el plan. Aceptó lo que estaba pasando con la estoicidad de un soldado profesional, algo sumamente extraño. Incluso estaba vigilando a quienes pasaban, detallándolos de arriba abajo en lo que supuso era una búsqueda de armas.
Esperó al menos cinco minutos antes de entrar, con su sombra pisándole los talones. Ubicó una mesa vacía, lanzándole un ceño fruncido a un hombre que había intentado sentarse allí. Fue suficiente para espantarlo, y aunque no tenía una visión directa de Kirche gracias a todos los hombres presentes, ella parecía haberlo notado.
—Oh, miren quién ha vuelto —comentó Jessica—, nuestro posible lavaplatos. ¿Pensaste en nuestra oferta?
—Lo hice —cedió a la conversación para no llamar la atención—. Tal vez acepte.
Parecía estar un poco atareada, porque no se sentó a molestarlo e intentar sonsacarle información como las últimas veces. Zuko buscó con la mirada a Scarron de forma disimulada, y casi palideció al verlo hablar alegremente con Kirche. El rostro de su prima era como el de alguien cuyo cumpleaños había llegado de forma adelantada. No se podía decir lo mismo de Vallière, cuyo mundo parecía haberse hecho pedazos, mientras que Saito lo encontraba divertido.
—Eh, bueno saberlo. Sea como sea, ¿lo mismo de siempre para ti y tu novia?
Zuko mantuvo el rostro de piedra a pesar de que el calor le subía a las mejillas. Tabitha se veía igual de indiferente, aunque ahora sus ojos estaban fijos en Jessica. No pareció capaz de resistir los dos pares de ojos que intentaban taladrarle un agujero, porque se veía realmente incómoda.
—Lo de siempre para ambos, sin el vino —Jessica suspiró con alivio—, y un par de preguntas.
Ahora se veía interesada, y de inmediato se deslizó en el asiento del frente. Ignoró la mirada que le lanzó una compañera de trabajo cuando le entregó la orden de Zuko.
—Soy todo oídos, pero no es gratis. Haces preguntas, yo hago las mías.
—Tengo prisa.
—En tu próxima visita será —le restó importancia—. Lo que quiero saber es si aceptas el trato.
Sabía que iba a preguntar por la Academia. Las noticias tenían una forma especial de viajar, y aunque no había dicho quién era en realidad, ella debía asumir que vino a Tristain como un sirviente del «Príncipe Mendigo». La mujer era astuta y de pensamiento rápido. Sea como fuere, asintió.
—Tenemos un trato entonces, Zuko. Hoy invita la casa.
§
XI
§
Henrietta todavía le daba vueltas a las palabras que le había dicho Zerbst. Sabía que era tonto, con problemas más importantes como el atentado a su propia vida y el robo de un artefacto legendario. No obstante, fue lo suficientemente impactante como para que permaneciera en su cabeza.
Al parecer, estaba lastimando los sentimientos del Príncipe Mendigo. ¡Siendo él el que la miraba siempre desde arriba!, con un ceño fruncido que denotaba lo por debajo que estaba ella. Henrietta no le estaba pidiendo sonrisas, pero lo mínimo que podía hacer era mirarla de una forma diferente.
Además, ¿qué sentimientos iba a herir? Estaban hablando del ejecutor principal de la voluntad del Rey Negro. Viajaba a través de las colonias para sofocar cualquier búsqueda de libertad. Solo conocía la guerra desde una edad temprana, criado por el Dragón del Oeste en los campos de batalla.
¡Eran los sentimientos de Henrietta los que deberían tener en cuenta! Ella no quería casarse con un bruto que solo sabía luchar. Siempre había soñado con su boda perfecta, con un esposo perfecto, guapo, inteligente, cariñoso y cuyos ojos azules la mirasen como si fuera el mayor tesoro sobre la tierra. Ella quería a Wales.
«Sufre lo suficiente sin que usted siga despreciándolo y golpeando su autoestima por no ser el príncipe azul que ha estado esperando», fueron las palabras exactas de Zerbst. Recordarlo la hizo fruncir el ceño. ¿Realmente lo estaba lastimando? Haciendo sentir incómodo, tal vez, pero ¿herirlo? Lo dudaba.
Henrietta dio un respingo cuando Mazarin se aclaró la garganta. Sus mejillas se colorearon de rosa al recordar que estaba en una reunión con él. El hombre le dio una mirada muy poco divertida por su distracción, no obstante, repitió el informe:
—Hay descontento entre la nobleza.
—¿Cuándo no ha habido descontento?
No era de las que arremetía con sarcasmo, pero estaba demasiado estresada como para que le importara. Ignoró la forma interrogativa en que el cardenal levantó una ceja. Henrietta le indicó que podía continuar si quería hacerlo. ¿Estaba siendo grosera? Sí. ¿Le importaba? No.
—Dos tercios sospechan del príncipe. Creen que fue él quien permitió la entrada de los asesinos.
Mirando de reojo a Agnès, se dio cuenta de que ni ella le creía. Era una teoría estúpida, pero no esperaba nada mejor de la nobleza de Tristain, en realidad, y eso por sí solo era lamentable. Luego se preguntaban por qué estaban rodeados de potencias; Gallia al sur y Germania al este. Ni siquiera quería pensar el futuro de Tristain una vez muriera Karin el Vendaval.
Si el atentado hubiera ocurrido luego del matrimonio, estaría de inmediato apuntando sus sospechas a Zuko. Como rey consorte, no sería extraño que ascendiera al trono, en especial cuando estaba respaldado por el poderío militar del Reich.
—El resto reparte sus sospechas entre Gallia y Albion.
—No quiero hablar sobre teorías de conspiración, Mazarin. ¿Cuál es su opinión sobre mí? Aunque ya puedo adivinar —el último comentario goteaba sarcasmo.
—Creen que Su Alteza es débil, y la culpan por la desaparición del Báculo de la Destrucción. La Facción Noble debería estar usando esto como palanca en la reunión de mañana.
Ah, sí, ellos. No tenían un nombre real, pero lo llamaron así por su oposición a la realeza. O más bien, se oponían a ella. Aprovecharían cualquier cosa para obligarla a aceptar sus términos. Eran todo un fastidio, aunque uno necesario; la despreciaban tanto como lo hacían con la intervención extranjera, al menos la mayoría de ellos.
¿Qué pensaban que iba a suceder? ¿Aparecería el mismísimo Fundador con su magia del vacío y los protegería? Porque si estaban en contra de la alianza con Germania... Tampoco estaba disponible el matrimonio con Gallia, ya que solo había princesas; y prefería morir antes que casarse con Joseph.
—¿Tienes algún consejo? —se aventuró a preguntar.
No era una niña, pero había aprendido a buscar el consejo de alguien más experimentado y sabio. El hombre se recostó un poco más cómodo en su asiento, tarareando de vez en cuando.
—Sin saber su enfoque de ataque exacto, no es posible formular un plan. Sé que usaran el incidente como munición, pero... —suspiró un poco antes de mirarla a los ojos—. Podría usar el matrimonio como su defensa.
Tenía ganas de suspirar, pero no le llegaron los mismos sentimientos negativos de cuando salía el tema. Solo las palabras de Zerbst se repetían en su cabeza. Permitió que el cardenal continuara, para gran sorpresa del hombre; apostaba que pensaba que Henrietta se iba a resistir a la idea, pero estaba cansada.
—Solo debe insinuarlo, por supuesto. ¿No estarían los enemigos de la Corona felices por la disolución del matrimonio? Un evento desafortunado.
La princesa asintió. Solo había un enemigo confirmado, seguido de un comodín y un aliado potencial. ¿Quién quisiera ser acusado de ser un aliado de Reconquista? No era demasiado popular entre la nobleza por sus ideales. ¿Qué pasaría si uno de ellos era un sospechoso de colaboración?
No pudo evitar sonreír ante el pensamiento, aunque controló su expresión cuando vio al cardenal levantar una ceja.
—Es una idea maravillosa. Solo podemos rezar al Fundador para que todo vaya bien.
Bueno, Henrietta les enseñaría por qué no era solo una cara bonita. Tal vez no era una luchadora del mismo tipo que Agnès, no iba a saltar a una refriega con espada en mano y derrotar a asaltantes con fuerza y habilidad. Sería absurdo, pero la política era su propio campo de batalla, uno al que se había visto arrojada cuando su madre decidió que el fondo de una botella era mucho más interesante que la vida de su hija.
§
XII
§
Tabitha siguió al príncipe Zuko escaleras arriba. La camarera desvergonzada —porque no conocía otra forma de llamarla— les permitió usar una de las habitaciones. También había accedido a avisarles cuando Kirche, Louise y Saito salieran de la taberna, al parecer demasiado emocionada con participar en lo equivalente a una misión para la Corona.
El cuarto podría ser miserable para los estándares principescos, apenas limpio como para ser habitable; no se perdió una telaraña en la esquina. Una cama de paja con sabanas descoloridas, algunas cajas aleatorias junto a un caldero y lo más importante: la ventana por la cual saldrían.
Analizó la expresión de Zuko, y no encontró ninguna reacción negativa. Siempre estaba con el ceño fruncido, pero ella era observadora. De ser Louise, estaría gritando, indignada, mientras que Kirche lo vería todo con curiosidad sin disimular. Solo personas acostumbradas a las comodidades plebeyas, como Saito, no se quejarían.
La única reacción de Zuko fue sacudir la cama antes de sentarse en el suelo, desprendiendo el sable y la capa. Supuso que la limpió para ella. El hecho de que se sentara sobre la madera polvorienta como si nada revelaba lo habituado que estaba a quedarse en estos lugares.
Tabitha tomó asiento en la cama. Estaba dura, aunque le restó importancia. En su lugar, observó a su objeto de interés. Estaba rasgando la parte inferior de su capa; midió la longitud para saber si cubriría la parte inferior de su rostro, y asintió con aprobación. Hizo lo mismo para un trozo que pudiera cubrir su cicatriz por completo, y luego otro par que le entregó a Tabitha.
Siempre quiso conocer al famoso Príncipe Mendigo. Kirche habló de su primo como el único familiar decente que tenía, al menos que no quería casarla con un «vejestorio», sus palabras. Y entre todo eso, Tabitha sintió que ambos eran iguales; realeza desterrada y obligada a cumplir trabajos bajo pena capital.
Pocas veces sentía curiosidad por las personas, principalmente porque los despreciaba. Su tío y su prima no le ayudaron a sentirse cómoda con otros seres humanos, no obstante, este era un caso que estaba dispuesta a observar para saciar su curiosidad. E indagar, ya que estaba.
—Preguntas.
El príncipe levantó la cabeza, confundido. Parecía que no esperaba que ella hablara de forma tan repentina, o no podía entender el significado de su palabra. Sea como fuere, la situación se redujo todo a un concurso de miradas hasta que Zuko dijo:
—¿Quieres hacerme preguntas? —el gruñido habitual fue reemplazo por duda.
Tabitha asintió, notando de inmediato el aumento de la tensión en sus hombros. Ella lo reflejó por instinto. Odiaba los movimientos repentinos, pero se obligó a relajarse, pensando en cómo formular la pregunta con la menor cantidad de palabras.
—¿Razones para batallas?
Debería ser imposible que una persona se tensara tanto como lo estaba él, pero debió comprender de inmediato el significado de su pregunta. Se sintió bien, al menos el no tener que explicarse; normalmente estaba Kirche para eso. Aunque, ahora que lo pensaba, Zuko y Tabitha también se parecían en su falta de placer por interactuar.
—Deber, luego necesidad.
¿Por qué deber? Según Kirche, sufrió de un destierro en todo menos el nombre. ¿A quién se debía? Pero, ¿por qué fue la necesidad su motivación secundaria, o subsiguiente? Aunque su curiosidad era enorme, lo dejó hasta allí. Ella no diría al primer desconocido la razón por la cual hacía todo lo que Joseph le ordenaba.
—¿Historias? —preguntó Tabitha, buscando cambiar de tema.
Le gustaban las narraciones, y alguien que viajó mucho debió recolectar las suficientes, ya fuesen de él o las regiones que visitaba. Y no trajo un libro con ella, porque sería raro ver a una plebeya con uno; lo último que quería era llamar demasiado la atención sobre su ya pintoresco grupo.
—Tengo algunas... —murmuró, mirando las lunas a través de la ventana y diciendo para sí mismo—: Tampoco hay mucho que hacer.
Aunque reticente debido a su obvia falta de hábito en la interacción interpersonal, el príncipe comenzó con su narración. Fue incómodo en un principio, pero pronto ganó un poco más de confianza, lo que se tradujo en una voz más nivelada y tranquila, sin el gruñido o inestabilidad que le atribuyó en los pocos días de interacción.
La historia fue la de un caudillo al noreste de las colonias del Reich, señalado como demente, clamando sobre un mundo más allá del mar abierto. Nadie le creyó, por supuesto, pero reunió un grupo de hombres leales, entre ellos un constructor de barcos, para demostrarle a quienes lo rodeaban que estaba en lo correcto. Volvió con riquezas, y también envidia de aquellos que primero lo despreciaron.
Tal como se esperaba, no acabó bien. Como todo drama de poder, hubo sangre, aunque fue más enfocado en la lealtad como virtud. No sería su primera elección, pero fue entretenido, antes de que ambos volvieran a un silencio cómodo. Evitó cualquier posible narrativa militar o siquiera arañar alguno de sus logros. Tabitha los conocía; estaba espiando para Joseph, después de todo, y no solo el Rey Negro era una amenaza.
Zuko había adquirido algunos nombres rúnicos a lo largo de los años como comandante militar, a diferencia de Tabitha, cuyas misiones eran en solitario. Fénix de Oriente, Fénix Oriental o Fénix del Este, dependiendo de la traducción y en contraposición de su tío, el Dragón del Oeste; este era el más popular entre la gente de Germania. Convertía derrotas humillantes en victorias, algo así como resurgir de las cenizas, lo que se decía que hacían los fénix; los libros no mencionaban el asunto, y nadie los había visto.
Tan diferente de ella, que ni siquiera podía salvar a su propia madre, o hermana. Ser llamada Tormenta de Nieve en gallio, o Nevada en tristaniano, le quedaba tan bien. Todo lo que estaba a su alrededor moriría eventualmente. Solo estaba retrasando lo inevitable, jugando el juego que Joseph había preparado como su infierno personal.
Al final, era inútil. ¿Por qué no acabar todo más temprano que tarde, en sus propios términos? Sería la única libertad que jamás hubiera tenido, incluso un intento tonto e infantil de rebelión, con el único propósito de arruinar el juego de su tío. Infructuoso, pero atractivo incluso en su futilidad.
Tabitha soltó un suspiro tembloroso, aunque apenas perceptible, y abrazó sus rodillas, intentando disfrutar del cómodo silencio tortuoso. Tantas veces en las que deseaba que su amiga pudiera mantenerse callada por unos minutos, pero aquí estaba, extrañando su constante parloteo; ayudaba a que los pensamientos se mantuvieran alejados si no tenía un libro a la mano.
—¿Más historias? —casi suplico, aunque so voz apenas cambió.
Zuko parecía un poco reticente de seguir hablando, pero dio un asentimiento y pensó por un largo minuto, antes de declarar:
—Mi tío me contaba leyendas de Rub' al Khali —Zuko cerró los ojos, y sea lo que sea que estuviese recordando, trajo una suave sonrisa a su rostro—. Desconocen la figura del Fundador —su entonación había cambiado—, y tienen su propia forma de explicar el origen de la magia elemental a través de los espíritus.
»Todo comenzó con Vaatu, el espíritu de la Oscuridad y el Caos. Se le conoce como el Primero, porque la nada es Oscuridad, el estado natural es el Caos incluso en reposo.
»La existencia misma encuentra una forma de equilibrarse, y así nació Raava, espíritu de la Luz y Paz, la antítesis de Vaatu, su enemigo jurado, porque la Luz es antinatural y la Paz una mentira.
»La convivencia era imposible. Se atraían entre ellos con el único propósito de brindarse una muerte destinada. El Mundo de los Espíritus, tan vasto como solo podría ser un plano de la existencia que contenía cada aspecto de la vida hecho energía, apenas resistía el poder de estos seres.
»Batalla tras batalla, convirtiendo los paisajes de ensueño en páramos de pesadilla, la realidad se resquebrajó. Vaatu, forzado a abandonar el Mundo de los Espíritus en lo que fue una falsa victoria para Raava, vio por primera vez el Mundo Físico.
»Y así vino el Caos. Los humanos... —dudó, pero agregó—: y los elfos, razas primitivas en el misticismo, no tuvieron oportunidad contra el espíritu de la Oscuridad. No obstante, los actos de Vaatu alertaron a su contraparte quien, con ayuda de los Grandes, Agni, espíritu del fuego; Vaiu, espíritu del aire; Oma, espíritu de la tierra; Tui y La, espíritus de las lunas y el agua, atravesó el umbral.
»Dispuestos a restaurar el equilibrio, los cuatro espíritus elementales ayudaron a Raava en su destierro a Vaatu de regreso al Mundo de los Espíritus. No obstante, debido a que no estaban en el Mundo de los Espíritus, la batalla los desgarró, esparciendo trozos de sí mismos en espíritus menores, ya fuesen benignos o malignos.
»Con Vaatu y Raava de regreso al Mundo de los Espíritus, Agni, Vaiu, Oma, Tui y La decidieron permanecer en el Mundo Físico, ayudando a las razas mortales a defenderse de los vástagos de Vaatu a través del poder de los elementos.
»De entre todos los mortales, solo uno de ellos, aquel con un corazón puro, fue digno de hacer un contrato con todos los Grandes. Este ser fue conocido como Avatar, aquel capaz de traer armonía en el mundo ahora repleto de espíritus, un mediador entre ambos seres.
»El Avatar tiene la misión de mantener el equilibrio en el mundo, y cuando la Oscuridad vuelva a posarse sobre el Mundo Físico, será aquel que encabezará la batalla contra Vaatu.
Tabitha apenas se dio cuenta de que se había estado inclinando un poco hacia adelante cuando la historia terminó. Cubrió cualquier rastro de interés al regresar a una posición más neutral, observando al príncipe. Apoyaba la cabeza en la pared, con los ojos cerrados y claramente su mente en tiempos mejores. Decidió no interrumpir su paz.
Rub' al Khali... Al igual que Romalia, Tristain y Albion, Gallia era una nación brimírica. Cualquier cosa sobre espíritus era un gran no. Joseph, por supuesto, ignoraba todo este asunto, estaba segura, pero ella no tendría acceso a libros sobre aquel lugar ni aunque quisiera. Tampoco podría leer su idioma, pero ese era otro asunto.
Fue refrescante escuchar algo nuevo.
El momento de paz fue interrumpido por el golpe en la puerta. Fue suave, pero, para ambos, fue como un tambor de guerra. Cubriendo sus rostros con los trozos de tela, Tabitha procedió a lanzar un hechizo silenciador mientras Zuko abría la ventana.
Dispuesta a ayudar al príncipe, quedó momentáneamente sorprendía cuando, sin necesidad de un hechizo para levitar, Zuko subió al techo de la propiedad. Tabitha lo siguió lo más rápido posible, aligerándose con magia y convirtiéndose otra vez en su sombra. No quería que saliera del hechizo, aunque no parecía ser necesario a medida que avanzaban por los tejados.
¿Por qué el príncipe de Germania parecía tener entrenamiento en sigilo? Sable en su espalda para estorbar lo menos posible y disminuir el tintineo, saltos controlados que le permitían caer sin hacer ruido y facilidad para moverse o escalar en terreno irregular.
Era un misterio, y a Tabitha le gustaban los misterios, al menos los inofensivos. Tendría algo con qué entretenerse antes de que el príncipe eventualmente abandonara la Academia.
Saito bostezó, con la mirada perdida en el horizonte. Cualquiera que lo mirara podría notar la sonrisa tonta que adornaba su rostro, pero ¿podrían culparlo? Acababa de salir del mejor lugar de este mundo abandonado por Dios. Se había asegurado de dejarle una gran cantidad de propina —de Louise— a esa chica llamada Jessica.
Una patada en la espinilla lo trajo de vuelta a la realidad. Gruñendo de dolor, observó en dirección del Gremlin que lo había atacado. En lugar de encontrar su mirada, Louise bufó con irritación y levantó la barbilla. Saito apretó los dientes ante su actitud, pero se limitó a suspirar.
¡Odiaba ser tratado como un maldito perro! Pero, lo más lamentable era que no podía hacer mucho al respecto. Escapar era una sentencia de muerte, ser liberado sin ningún trabajo también lo eral, y no contaba con algún tipo de misericordia de Pulgarcita.
—Los celos no te quedan bien, pequeña Cero.
—¡No estaba celosa! —exclamó, sin convencer a nadie en realidad.
—¿Crees que no te vi observando el escote de esa camarera? —el rostro de Louise se tornó carmesí de inmediato—. A menos que... Oh, Vallière —Kirche cubrió una amplia sonrisa con su mano—, debo decir que tienes buen gusto. Esa chica era un sólido ocho de diez, aunque tendría que inspeccionarla más... a fondo para dar una calificación justa.
Saito apenas pudo contener la risa ante el chillido que dejó escapar Louise. Era algo entre el ruido que hacía un silbato y el siseo de un gato. Fue un gran esfuerzo, pero se congeló cuando la declaración completa se registró en su cabeza.
—Kirche, ¿acaso tú...?
Dejó la pregunta colgando, algo que atrajo la curiosidad de la germana. Inclinó la cabeza hasta que pareció captar la insinuación, riéndose entre dientes. Ambos ignoraban el farfullo de Louise.
—Oh, no, no. Las mujeres no son lo mío. Simplemente apreciamos la belleza en Germania, ¿sabes? No somos tan mojigatos como los tristanianos. Si otra mujer está que roba el aliento... —se encogió de hombros, exhibiendo una sonrisa que se quedaba entre seductora y divertida—. ¿Por qué no debería disfrutar del espectáculo?
No sabía cuánto de esa declaración era real y cuánto solo para molestar a al tomate residente. Sea como fuere, ponía las cosas un poco en perspectiva, al menos sobre la actitud siempre coqueta de Kirche. Parecía ser más de las que jugaban, en lugar de ser realmente promiscua.
No era su asunto, por supuesto, pero ¿podían culparlo? ¡No había Internet! Ahora entendía por qué las sirvientas en los mangas, animes o dramas históricos eran tan chismosas. ¿De qué otra forma Saito iba a entretenerse? ¡Ni siquiera sabía leer! Estos momentos lo hacían querer volver a casa, o por lo menos tener la capacidad de conectarse a Internet aquí en Tristain.
Miró alrededor mientras las chicas discutían. Era el estereotipo de barrios bajos, aunque las casas se veían sólidas, pero eran delatados por los mendigos en las calles y la suciedad que se filtraba de los callejones oscuros. Los cuales, por cierto, se veían aterradores.
Llevando una mano a Derf, sintió el poder de las runas llenándolo. No se acostumbraba a la sensación. Era como si el mundo se hiciera más amplio; olor, visión y sonido impulsados. Su sangre bombeando como un caballo desbocado, la temperatura de su cuerpo aumentando en consecuencia. Y el instinto, afilado como una hoja de leyenda.
Saito se movió antes de que su cerebro pudiera procesarlo por completo, cubriendo a Louise. No fue necesario cuando el viento desvió una daga que se habría clavado en su clavícula. Ni siquiera se detuvo para procesar el hecho de que iba a morir, todavía infectado por la adrenalina mágica que lo espoleaba.
Uno de los enmascarados por los cuales les habían advertido saltó desde el callejón. Su arma, entre una daga y espada corta, rompió a través del muro de viento con su propia magia. Saito lo interceptó con Derf, pateando su rodilla en un intento de romperla. El asesino retrocedió, obligando al familiar a seguirlo con una embestida que lo tomó por sorpresa.
Ambos rodaron por el suelo, y al estar poco acostumbrado a las batallas, Saito estuvo a punto de soltar su espada. Aunque, por el ángulo, no podía usarla, así que recurrió a un puñetazo en un área que se veía desprotegida. Apenas interceptó la daga que se dirigió a sus entrañas, y en un movimiento que jamás habría hecho de forma consciente, cortó el cuello del asesino con Derf.
Ni siquiera dio una segunda mirada al cuerpo que se retorcía antes de saltar una vez más a la refriega. Allí estaba Zuko, reconociéndolo por el sable a pesar del rostro cubierto; la otra debía ser Tabitha. Ambos aliados. Una decena de asesinos restantes.
Derf se sentía ligero en su mano, tanto como su propio cuerpo. Chocó contra al más cercano, gruñendo de dolor cuando la daga rasgó su antebrazo. Notó que Zuko atacó al mismo asesino, obligándolo a cambiar su atención. Saito aprovechó la oportunidad para apuñalarlo en el pecho, usándolo como escudo ante cuchillas de viento que lo habrían desgarrado.
El fuego pasó por encima de la cabeza de Saito, casi golpeando al que había atacado con magia de no ser porque se defendió con una barrera de viento. Por desgracia para él, Tabitha lo emboscó por un costado, amputando sus piernas. Los demás ni siquiera se inmutaron ante el sufrimiento de su compañero.
Zuko empujó más en dirección del grupo, interceptando las puñaladas y permitiendo que el fuego de Kirche, o la magia de Tabitha, detuvieran las cuchillas de viento que intentaron asesinarlo. Apretando los dientes, Saito se unió a él.
Entre los dos lograron disminuir el número a paso constante. Eran asesinos, incluso él podía decirlo, y aunque eran mucho mejores que Saito, la lucha directa no eran su especialidad. Además, las runas le daban una ventaja de fuerza que no temía aprovechar.
Ignoró los cortes recibidos, concentrado en no estorbar al más experimentado y centrando sus esfuerzos en convertirse en apoyo. Dedicó algo de tiempo para monitorear a Louise, que sostenía su varita con fuerza, apretada en su pecho. Su mano temblaba, mordiendo el labio inferior hasta casi sangrar.
Saito se sobresaltó cuando casi se quemó su oreja por una flecha de fuego arrojada por Kirche. Volvió al combate, bloqueando y cortando a pesar de que sus músculos comenzaban a resentirse. No estaba acostumbrado a usar las runas familiares. Su respiración era pesada, ignorándola a favor de no perder la cabeza cuando la daga pasó demasiado cerca para su gusto.
Con una última estocada, parpadeó sorprendido al darse cuenta de que ya no estaban bajo ataque. No obstante, pateó el cuerpo cuando notó que hizo ademán de apuñalar. No soltó ni un solo gruñido, a pesar de retorcerse en el suelo.
Mirando alrededor, notó que Zuko estaba buscando en los cuerpos de los alrededores. Saito solo suspiró y envainó la espada. En el momento en que soltó la empuñadura, el peso de sus acciones cayó sobre él. Las náuseas fueron tan potentes y repentinas que ni siquiera se arqueó para vomitar, manchando su camisa y pantalones entre sollozos que no se molestó en disimular.
§
XIII
§
Henrietta entró en la habitación con la cabeza en alto. Los nobles cesaron de hablar y se pusieron de pie; muchos a regañadientes, algunos con indiferencia y pocos con verdadero respeto. No dedicó una mirada a ninguno de ellos mientras caminaba a su asiento designado, seguida de cerca por Agnès y Mazarin.
Todos, como mínimo, le doblaban edad, eran hombres, la mayoría con sobrepeso y cargando joyas hasta el punto de la repugnancia. Retuvo una mueca al estar dentro de una habitación que mostraba todo el hedonismo de Tristain en un solo lugar.
Acarició el broche de fénix de forma «distraída», lo que atrajo las miradas de los nobles. Notó que algunos se contuvieron, mientras otros chasquearon la lengua o mostraron algún gesto de desagrado. Al menos ya sabía a quienes no tendría de su lado en esta sala.
Recorrió el lugar con la mirada, fijando sus ojos en un hombre en específico por más tiempo que el resto. Era guapo en un sentido maduro, la severidad de sus rasgos agregando a su atractivo; a pesar de que podía ser su padre, no era extraño llamarlo encantador. Cabello castaño muy oscuro, casi negro, aunque encanecido y peinado con pulcritud, usando atuendo formal discreto y carente de joyas. Philippe de Valois, líder de la Facción Noble.
Aunque lo llamaban líder, lo único que hacía era evitar que se mataran. El hombre, astuto como el que más, esquivaba el verse envuelto en cualquier asunto capaz de mancharlo. Corrían los rumores de que algún antepasado suyo estuvo ligado con la familia real. No era fuerte, pero, si se esforzaba en hacer el reclamo y Henrietta no nombraba un heredero, podría tomar la corona.
—Agradezco su tiempo, mis Seigneurs —comenzó, aunque no fue capaz de continuar.
—No es por placer, y asumo que Su Alteza piensa lo mismo —dijo uno de los nobles, Gérard, si no recordaba mal.
—¡No hables con tanta insolencia! —saltó de inmediato Léandre, uno de los partidarios de Henrietta.
Una discusión estalló de inmediato en la sala. La princesa solo pudo hacer una mueca ante la forma en la cual todo escaló con solo un intercambio de palabras. Tristain estaba condenado.
—¿Es esta la forma en la cual se deben comportar frente a la princesa? —la intervención de Seigneur De Valois silenció la discusión—. Lo que ha ocurrido es ciertamente una tragedia, pero no estaba en poder de Su Alteza el evitarlo.
Henrietta tuvo que sonreír a pesar de querer abofetear el rostro estoico del noble. Sonaba comprensivo, casi paternal, cuando en realidad estaba soltando un insulto directo a su cara. No solo cuestionó su falta de previsión, sino también su incapacidad para reaccionar ante una emergencia.
—Agradezco su preocupación —poco más era lo que podía decir—. Fue aterrador estar presente en una situación tan caótica —llevó las manos a su boca, moviendo su varita fuera de la vista y murmurando un hechizo—. Fu-fue tan aterrador. L-los busqué a to-todos...
Odiaba hacer uso de su condición como mujer, pero, si era un arma efectiva, ¿por qué no aprovecharla? Un hechizo de agua que generaba lagrimas falsas, indetectable, fácil de usar, rápido y capaz de engañar cualquier inspección en caso de ser necesario. En un parpadeo, el agua se deslizaba por sus mejillas.
De inmediato vio los rostros avergonzados de la mayoría de ellos. Fueron grandilocuentes al hacer juramentos de dar su vida por la Corona, pero, a la primera señal de peligro, muchos solo buscaron su propia seguridad. En el caos del momento, estaba segura de que solo una minoría siquiera pensó en la seguridad de Henrietta.
Respiró hondo un par de veces, limpiando sus lágrimas falsas mientras evitaba sonreír. El pensamiento podía ser inapropiado, pero le encantaba verlos retorcerse luego de menospreciarla. El Fundador sabía que necesitaba esos respiros de vez en cuando.
—Lamento mi incompetencia para velar por su seguridad, princesa —Valois se inclinó en su asiento, sin sonar arrepentido en lo más mínimo—. Debí suponer que su guardia actual sería incapaz de brindarle la seguridad que requería. Si me permite ser atrevido, podría solicitar la asistencia de los Caballeros Dragón.
Y por supuesto supo usar las palabras de Henrietta en su contra, menospreciando de forma indirecta la decisión de conformar a las Mosqueteras. Ya de por sí eran un grupo que estaba sobre la cuerda floja, pero su posición solo estaba emporando. No conforme con eso, intentó promover la campaña de su hijo, capitán de los Caballeros Dragón.
—Agradezco su oferta, pero la amenaza de Reconquista es mucho más importante en este momento.
Esto pareció ser un recordatorio de la situación actual, porque, por supuesto, se culparía a Reconquista por el robo y el intento de asesinato. Probable, pero no debería enfrascarse en solo un sospechoso.
—Eso me recuerda —intervino Paquet, uno de los opositores—, ¿está segura de seguir con toda esta farsa del Príncipe Mendigo?
Henrietta se sintió erizar ante la mención de König. Sabía que este cuestionamiento era una consecuencia de su abierto desprecio por su prometido. Como siempre, sus malas decisiones volvían para morderla más temprano que tarde.
Sabía que cualquiera de ellos quería pescar a la realeza, ya fuese con sus hijos u ofreciéndose a sí mismos. Podía ver la codicia en los ojos de los opositores, e incluso entre los suyos. La asqueaba ser vista como un pedazo de carne a buen precio.
—Desconozco de qué farsa está hablando —se adelantó a cualquier discusión, acariciando el broche—. Mi futuro esposo está arriesgando su vida por Tristain en estos momentos. Le aconsejo que tenga más respeto.
La sala quedó conmocionada, pero ella solo se concentró en la amargura de su boca al llamarlo como tal. También volvieron las palabras de Zerbst, que fueron silenciadas con mucha más fuerza. Y lo que dijo Mazarin era cierto, nadie quería ser señalado como el que instigaba la ruptura del trato con Germania.
—Es curioso —Valois tomó la palabra, sonando interesado en lugar de acusador—, porque Su Alteza no parecía demasiado emocionada con la perspectiva del matrimonio.
Si pudiera patear a la Henrietta del pasado por no ser más sutil, lo haría. Ahora la estaba haciendo quedar como los estereotipos de las mujeres que tanto favorecía al sistema actual: demasiado volubles como para gobernar. Y, por desgracia, le avergonzaba admitir que actuó así.
—Mi prometido y yo comenzamos con el píe izquierdo —escuchó un bufido en algún lugar—, pero les puedo asegurar que nada más lejos de la realidad. Es el consejo de mi futuro esposo lo que impulsa mis acciones.
Esto despertó la curiosidad de los presentes, junto a la aprehensión de algunos pocos más inflexibles. Henrietta mató sus ganas de sonreír para segur interpretando el papel de la dama un poco ignorante. Sabía que Valois no estaba comiendo su acto, pero ¿qué importaba? Había todo un público que convencer.
—Me llamó la atención sobre... conspiradores de Reconquista.
Allí. Los tomó por sorpresa, incluso mirándose entre ellos con suspicacia. Sin importar lo estúpidos que fuesen, podrían sumar dos y dos, llegando a la conclusión de que uno de ellos ingresó a Fouquet y los asesinos. Podrían incluso ser todos, o la mayoría de ellos.
Valois abrió la boca con una réplica lista, pero Henrietta fue salvada por la campana. La puerta se abrió, dejando ver a una mosquetera.
§
XIV
§
Henrietta hizo su mayor esfuerzo para no correr mientras se movía hacia el patio, seguida por Agnès, Osmond y Colbert. Los sirvientes cuchicheaban sobre un enorme fénix, y lo vio de inmediato, aunque, en un parpadeo, volvió a ser de tamaño portátil. Una parte de ella estaba sorprendida ante aquello, pero fue opacado por el alivio de verlos a todos volver sanos y salvos.
A pesar de lo indecoroso que resultó, su suspiro fue largo y sus hombros cayeron por el peso que había desaparecido. No fue tan peligroso como el plan original de marchar directamente al supuesto escondite de Fouquet, pero no dejó de estresarla lo suficiente.
Con una sonrisa, caminó en dirección del grupo. König, Zerbst y Orléans mantenían una charla, aunque era principalmente la pelirroja mientras los otros afirmaban o negaban. El príncipe lucía un poco exasperado, aunque con algo de rubor en su rostro.
Pasando de ellos, Henrietta se centró en su amiga, quien ni siquiera la estaba mirando. Toda la atención de Louise estaba en Saito, cuya mirada vidriosa no enfocaba nada. Caminaba en dirección del castillo, ignorando por completo la existencia de los demás, seguido en silencio por Louise. Esto evitó que Henrietta dijera cualquier cosa, observándolos en silencio atónito.
Iba a preguntarle a Agnès al respecto, pero la encontró con una mueca comprensiva. Archivó eso en una parte de su mente y levantó la barbilla mientras continuaba caminando. Ya había dado un paso en falso frente a los nobles o sus espías que husmeaban por los alrededores, no podía seguir mostrando cualquier tipo de debilidad o favoritismo obvio.
Zerbst pasó junto a Henrietta, llamando a Louise y Saito con alegría mientras trotaba. Aunque habría pasado por encima de la cabeza de cualquiera, la princesa se dio cuenta de la forma en la cual la miraba la Germana. Había una advertencia allí que no pasó por alto, casi una amenaza si aquello no pudiera generar problemas internacionales.
Tomando una respiración un poco más larga de lo normal, le hizo una señal a Agnès, Osmond y Colbert para que permanecieran en su lugar mientras ella se acercaba. Era algo que tenía que hacer sola, al menos en un principio. König se había cruzado de brazos, negando con la cabeza. Los ojos del príncipe, que habían estado cerrados, se abrieron al captar sus pasos. Cualquier señal de que había estado relajado, o lo más cerca posible de eso, se desvaneció.
Henrietta lo observó con atención. No parecía ser desprecio, de hecho, si tuviera que darle un nombre ahora que lo miraba de cerca, sería «incomodidad». Parpadeó como un búho ante la disonancia de asociar a uno de los mayores belicistas de Germania con ser socialmente incómodo. Esto eliminó cualquier insulto que hubiera podido existir en caso de no haber venido en son de paz.
Orléans, por su parte, se contentaba con ignorarlos mientras mimaba a su familiar.
—Debo agradecer al Fundador que hayan vuelto a salvo —habló por fin.
König se mantuvo en silencio, escudriñándola con la mirada y su ceño haciéndose más profundo de lo que ya era. En lugar de ser superioridad, se dio cuenta de inmediato. Estaba a la defensiva, de seguro esperando algún tipo de comentario despectivo. Saber eso la llenó de vergüenza, de la cual fue salvada cuando lo escuchó hablar.
—No encontramos a Fouquet, pero sí a los culpables del intento de regicidio
La declaración fue dicha como si estuviera haciendo un reporte; incluso estaba erguido. Evitó reírse de la vista, y en su lugar continuó con la conversación.
—¿Descubrieron algo?
König descolgó una bolsa de tela, algo que había pasado por alto gracias al fénix en su hombro, que se irritó con el movimiento y lo picoteó antes de irse volando. Ignoró todo esto con gracia aristocrática y sacó un extraño trozo de metal. Era cilíndrico, tan delgado que cabría en el puño de un niño y no más largo que un dedo meñique.
Henrietta frunció el ceño, desconociendo el punto de mostrarle algo así. Iba a pedirle una aclaración, pero la proporcionó antes de que pudiera dar voz a sus dudas.
—Es una baliza —al notar que sus palabras no aclararon nada, continuó—: Los espías las utilizan para concretar un lugar de reunión. Solo son capaces de enviar y recibir señales, esto último solo cuando están activas.
Henrietta asintió con calma, enmascarando una furia que estaba en su punto de erupción. Iba a ser la gobernante de Tristain y a nadie se le había ocurrido la brillante idea de informarle que sus espías contaban con tales objetos encantados. Iba a necesitar hacer una limpieza en su palacio.
—¿Alguna posibilidad de que conozca su origen?
Era una pregunta un poco tonta, pero creía que habría diferencias entre los objetos encantados entre naciones. Como militar, König debería tener algo de conocimiento con respecto al espionaje, por mucho que le avergonzase a Henrietta reconocer su propia ignorancia con respecto a su país.
—Ninguna.
La princesa suspiró. Supuso que al menos averiguaron que era una nación la que la quería muerta, y había tres de ellas, cuatro si contaban a la neutral Romalia, y cinco con la horrible probabilidad de ser traicionada.
—¿Puede ser útil para algo? —casi parecía suplicar.
Sus plegarias fueron respondidas, aunque a medias. König asintió, pero fue obvio que dudaba en su respuesta. Jugueteó con el objeto en su mano durante varios segundos.
—Mi t... Me informaron —corrigió de forma incómoda, aclarándose la garganta— que existe la posibilidad de rastrear otras balizas a una distancia cercana. Se necesita un experto en encantamientos para hacerlo, no obstante.
Henrietta se permitió una amplia sonrisa. La Serpiente de Fuego podría ser famoso por sus habilidades marciales, pero, desde que se había retirado, se convirtió en una de las mentes académicas más brillantes. Si alguien podía hacerlo, sería él.
El príncipe le entregó la baliza, evitando por cualquier medio el contacto físico. Si lo hacía porque sabía que eso la iba a incomodar, o porque él mismo se sentía incómodo, no lo sabría.
—Tengo a la persona adecuada —aunque Zuko no preguntó, supuso que tenía curiosidad, así que le dijo—: El profesor Colbert es un experto en todo tipo de artefactos, ya sean mundanos o mágicos.
—Veo —fue su única respuesta.
Henrietta no comentó tal falta de conversación, porque aceptaba a regañadientes que se lo merecía. En lugar de comportarse con dignidad, lo hizo de tal manera que su nobleza y modales podrían ponerse en duda. Tiró por la borda la posibilidad de un matrimonio tranquilo y amigable, uno que no quería, pero al que estaba obligada. Era fácil ver lo inmadura que se había estado comportando, y solo hizo falta que una extranjera la regañara.
—Debe estar agotado —optó por la salida diplomática—, hizo un buen trabajo y debería descansar.
Aunque volvió a mirarla con dudas por su comportamiento, asintió y murmuró lo que supuso fue una despedida antes de irse a paso rápido. Notó al mirar en derredor que la princesa de Gallia se había marchado hacía un tiempo.
Henrietta observó la espalda de König mientras jugueteaba con el cilindro metálico, un tanto rugoso al tacto. Podía odiar la idea de casarse, hasta el punto de asquearla, pero las palabras de Zerbst eran ciertas. No era la única obligada a esto, y aunque iba a ser un asunto más que difícil, repararía el puente que había quemado.
Una vez que se alejó lo suficiente de la princesa y su séquito, Zuko no pudo evitar pellizcarse. No estaba en un sueño a pesar de que intercambió palabras con la gobernante de Tristain sin que ella quisiera matarlo. Tal vez era la seriedad de la situación, así que lo mejor sería no tener expectativas demasiado altas.
Negando con la cabeza, descartó el pensamiento por algo más importante, al menos de momento. Tenía una conversación pendiente con Saito, una que no podía postergar más de lo que ya lo había hecho. Le dio una noche para recapacitar, por experiencia propia.
La primera muerte siempre era la más difícil de sobrellevar, lo sabía mejor que nadie. Cuando ocurrió, arremetió contra todo y todos. Odiaba la lástima, y su tío pagó cuando estaba de tan mal humor. No soportaba ser tratado con tanta fragilidad, así que le dio algo de espacio al chico.
—Siesta.
La sirvienta se sobresaltó. Había estado absorta en sus pensamientos, pero, si alguien sabía la ubicación de Saito, sería ella. Eran buenos amigos, después de todo.
—Oh, Zuko.
Al menos no se desmayó, otra vez. Aquel recuerdo casi le trajo una mueca, pero lo enterró para centrarse en el presente.
—¿Has visto a Saito?
La expresión de la sirvienta de ensombreció, lo que significaba que había visto el estado en el que se encontraba. Era demasiado obvio, y tal vez por eso había estado absorta en sus pensamientos.
—Se dirigió al Patio de Vestri... Él... —se interrumpió, insegura de cómo continuar.
—Hablaré con él —dijo, recibiendo solo un asentimiento.
Tras una corta despedida, siguió con su camino. Notó algunos sirvientes que lanzaban miradas en dirección de donde debería haber ido Saito. Incluso se encontró a Vallière en el camino, quien no le dedicó ni una sola mirada. Al parecer, no fue capaz de llegar a su familiar.
No le sorprendía, en realidad. No iría y diría que era una cosa de hombres, o que una charla de hombres era lo que necesitaba. Solo alguien que había pasado por eso y entendía lo que estaba ocurriendo. Las palabras vacías, e incluso las amables, hacían más daño que bien, porque la amabilidad bien podría ser veneno.
Más adelante, lo vio. Sentado en el suelo, apoyando la espalda en la muralla. Sus ojos estaban dirigidos al cielo, abrazando sus rodillas. Saito ni si quiera miró cuando Zuko estuvo lo suficientemente cerca y se sentó junto a él.
—La primera vez siempre es la peor —comentó, casi con indiferencia.
La única respuesta que recibió fue un tarareo desinteresado. Saito siguió mirando hacia el cielo, sin prestarle atención. Eran estos los momentos en los que se alegró de haber crecido sin orgullo, porque otro príncipe se habría enojado al ser ignorado por un plebeyo.
—No te mentiré y diré que mejora con el tiempo —esto pareció llamar su atención, ya que miró a Zuko de reojo—. En el momento en que sientas que está mejorando, debes detenerte.
Hacía tiempo que había escuchado ese consejo, pero las palabras seguían grabadas a fuego dentro de él. Tanto que había despreciado la sabiduría de su tío, y tanto que daría el Zuko actual para escucharlas todas. Negó con la cabeza, apenas escuchando una pregunta murmurada con desgana.
—¿Qué quieres decir?
Saito volvió a fingir que Zuko no existía, pero algo le dijo al príncipe que tenía toda su atención. Suspirando, y preguntándose cuándo pensó que sería buena idea dar consejos, respondió:
—Matar es difícil. El sentimiento que viene con tal pecado... Puedes acostumbrarte a él, saber cómo sobrellevarlo, pero ¿en el momento en que mejora? Lo estás disfrutando —fingió no verlo estremecerse—. Matar no es algo que deba disfrutar ningún ser humano.
Él lo sabría. Llevaba años en eso. Todavía recordaba la primera vez que intentó sofocar una rebelión sin la presencia de la muerte. Tan ingenuo, lo que casi le costó la vida a su tío. Fue también allí donde cometió su primer asesinato. Todavía lo recordaba como si fuera ayer, el rostro de su víctima seguía fresco en su mente.
Un chico más o menos de su edad, todavía verde. Quiso saltar a la fama al ser quien lograse cobrar la cabeza del famoso Dragón del Oeste. Plebeyo, sin nada a su nombre más que una lanza barata y quebradiza. Lo primero que brilló en sus ojos fue el conocimiento, como si algo se hubiera revelado ante él en esos últimos momentos. ¿Qué fue? Nunca lo sabría. Luego opacado por el miedo y la desesperación.
—No sentí nada.
Zuko apenas captó un murmullo, pero bien pudo ser una banda de guerra. El silencio en derredor lo hizo audible para él, por lo que miró largamente al chico sentado a su lado. Debió sentir sus ojos escudriñándolo, porque Saito elaboró:
—Cuando los maté, no sentí nada. Fue... fue como un trabajo de rutina, a pesar de que nunca lo había hecho. Se sintió como una tarea molesta y poco más.
—Vomitaste —le recordó sin recriminación—. Lloraste.
Intentó no sonar acusador, pero a veces era difícil dado su tono habitual. Saito no pareció captar esto, solo abrazó más sus piernas. Zuko pensó que se detendría allí, pero, en su lugar, continuó:
—Me sentí asqueado. De mí mismo —las lágrimas brotaron de sus ojos, pero las limpió con la manga—. Maté a todas esas personas ¡y no sentí nada! Y-yo... me odio por eso.
»So-solo podía pensar en que eran una amenaza para Louise. Nada más me importó en ese momento, solo protegerla. To-todo se sintió tan sin sentido excepto por su seguridad. ¡Y todavía me doy esa excusa cada vez que pienso en lo ocurrido!
Zuko frunció el ceño, sopesando las palabras de Saito con atención. No negaría que tuvo esos momentos en el pasado en los que se perdía en su objetivo, pero la forma en la cual lo decía, su temblor apenas controlado... parecía ser algo más serio.
Examinó al chico, y sus ojos se centraron en la marca en el dorso de su mano y sintió que algo hizo clic. No sabía mucho de magia más allá de sus debilidades a pesar de ser un noble, porque, ¿para qué estudiar algo en lo que no era bueno? No obstante, había cosas que podrían considerarse de conocimiento común.
—Deben ser las runas.
—¿Eh? —a pesar de la confusión de su voz, fue sacado del aturdimiento.
—Las runas familiares te ofrecen una mayor fuerza y habilidad con las armas. Pero ¿y si hacen más que eso? Me dijiste que eras una persona normal hasta antes de todo esto.
Tuvo pequeñas conversaciones con Saito a lo largo de su entrenamiento juntos. Era un chico agradable, tal vez con la cabeza en las nubes de vez en cuando, pero una buena persona en su núcleo.
—Nunca sostuve una espada. ¡Ni siquiera entré en una pelea antes de mi duelo con Guiche!
Pero eso no fue lo que vio en batalla, ni cuando entrenaron, aunque en esta última parte se redujo a armas de madera la mayoría de las veces. Durante la emboscada, si bien su forma era pésima para un espadachín, los instintos eran los de un luchador en la cúspide y nunca nervioso.
—Los familiares están en la obligación de proteger a sus maestros. ¿Por qué tendrían miedo? Incluso los animales más dóciles lucharan hasta la muerte por sus amos. Dime, Saito, ¿morirías por Vallière?
La pregunta tomó a Saito con la guardia baja, notándolo palidecer mientras pensaba en una respuesta. Iba a darla, pero titubeó y guardó silencio. Repitió esto un par de veces antes de que Zuko decidiera tomar la situación por sí mismo.
—Dudas. Y un familiar no debería dudar en hacer algo que es instintivo.
A pesar de que no creía que alguien pudiera ponerse todavía más pálido, Saito lo logró. La situación pareció grabarse por fin en su cabeza, y las implicaciones de que lo que sea que Zuko estuviese diciendo.
Al menos parecía no afectarlo en más ambientes, porque, si lo que contaba de sí mismo era cierto, no había cambiado nada con respecto a su personalidad. Lo que acababa de ocurrir era solo un caso forzado, que esperaba que mejorase si Saito se comprometía con la seguridad de su maestra.
Salió de sus pensamientos cuando escuchó al chico llorar y, de forma incómoda, puso una mano en su hombro. Suspirando, miró hacia el cielo por unos segundos antes de volver a bajar sus ojos. A la distancia, notó al chef Marteau y Siesta mirando en su dirección.
Zuko despidió a los observadores con un ademan mientras fingía que nada estaba ocurriendo a su alrededor. A veces lo mejor que podía ofrecer era una falsa sensación de intimidad, así que esperaba que captaran la indirecta y espantaran a todos.
Zuko, de todas las personas en el mundo, estaba consolando a otro chico, que también se encontraba muy lejos de casa, contra su voluntad y con problemas de identidad. La ironía de la situación no se le escapaba, y estaba seguro de que sería lo suficientemente divertido como para hacer reír incluso a su padre.
§
XV
§
Tabitha levantó sus ojos del libro cuando la puerta de la biblioteca se abrió. Apenas fue audible, pero estaba alerta en cada momento. La mayoría de los estudiantes y maestros, tal vez con excepción de la Serpiente de Fuego, pensaban que insonorizaba sus alrededores cuando comenzaba a leer, pero nada más lejos de la realidad, porque solo lo hacía con Kirche. Simplemente era muy buena ignorando a las personas.
Reconoció los pasos cuidadosos, casi insonoros. Cerró su libro y esperó. No pasó mucho tiempo hasta que divisó la figura de Zuko. Estaba recorriendo el lugar, claramente perdido. Era su primera vez visitando la biblioteca; lo sabía porque estaba aquí todos los días, ya fuese solo para tomar libros, devolverlos o buscar silencio.
En algún punto, pasó cerca de donde ella estaba y la notó. Era difícil leer su rostro, siempre se veía irritado, pero se debatió si debía acercarse o no. No le tomó más de unos cuantos segundos llegar a una decisión y caminar en dirección de Tabitha con cierta inseguridad. Ella fue la primera en hablar cuando estuvo cerca, no sin antes insonorizar su conversación.
—Gracias.
—Yo debería agradecértelo —fue su respuesta, negando con la cabeza—. Era lo menos que podía hacer.
El artefacto que le presentaron a la princesa de Tristain pertenecía a Gallia. No era una baliza común, a pesar de tampoco poder llamarse extraordinaria. Sheffield no entregaba bienes preciados a la carne de cañón, lo veía como un desperdicio. No obstante, había un curioso encantamiento, que si no le decían al individuo de qué se trataba el objeto, podrían pasar toda la vida investigando y llegar a nada. Dependía de la habilidad de la persona, pero el punto seguía en pie.
Fue solo un dato que le dio al príncipe, pero, solo con eso, dedujo que ella era de Gallia y que, al tener información, era nobleza cercana a la realeza. Tabitha no lo sabía por la bondad de Joseph o su mascota, simplemente le gustaba aprender cuando nadie creía que estaba prestando atención. Conoce a tu enemigo, conócete a ti mismo y no temerás el resultado de mil batallas.
Y por supuesto que esa información en manos del príncipe fue como dispararse en el pie. Por un momento consideró matarlo, pero, por lo que había visto, no era una victoria segura. Luego estaba Gandálfr, quien, a pesar de todavía ser inmaduro en el dominio de las runas, se convertiría en un problema. Kirche, su amiga a la que no lastimaría de forma voluntaria tampoco debía ser subestimada, junto a la maga del vacío.
Así que volvió a la Academia con el corazón en la garganta, repasando mil y una formas de matar a Zuko sin que nadie se enterara. Y luego lo escuchó mentir, terriblemente, frente a la princesa. Lo bueno era que nadie se dio cuenta; era horrible engañando, pero, al ser tan incómodo hablando, sería difícil de notar. No sabía si era un genio o solo casualidad.
Si lo pensaba racionalmente, no le sorprendería que todo esto fuese una trampa de Joseph hacia ella. ¿A quién mirarían todos si se descubría que los espías eran de Gallia? A la estudiante transferida, por supuesto. Y no solo caería sobre su cabeza el haber dejado entrar a un grupo de asesinos que iban por la cabeza de la reina, sino también por el robo de una reliquia.
Este podría no haber sido el mejor resultado dada la situación, pero distaba mucho de ser el peor. Seguir con vida siempre se consideraba una victoria en su libro.
Parpadeó un par de veces, notando que se había dejado llevar por sus pensamientos. Zuko estaba observando alrededor de los estantes con el ceño fruncido en concentración. Miraba los títulos y pasaba de ellos, recordándole a Tabitha que había estado vagando sin rumbo.
—¿Buscando?
Girando hacia ella, Zuko miró los estantes otra vez, luego el libro de Tabitha. No había que ser un genio para saber que no quería molestar su lectura. Era agradable saber que había alguien que valoraba el tiempo de lectura, pero, si podía ayudarle para devolver el favor, estaba dispuesta.
—Libros de teatro —cedió al final—. Quiero leer sobre el teatro tristaniano.
Tabtiha no era fanática del teatro. Principalmente porque le recordaba a todo lo que quería olvidar, no obstante, no significa que no los hubiera leído en el pasado. Así que se puso de pie y caminó en la dirección en la que recordaba que se guardaban.
Ninguno de los dos intentó hablar más de lo debido, y cuando llegaron a la sección, Tabitha tomó asiento y observó al príncipe. Su ceño fruncido se aflojó al mirar ciertos títulos, tomándolos y ojeándolos un poco antes de devolverlos o mantenerlo en su mano.
Tenía que admitir que estaba preocupada. Joseph, o más bien, su mascota, no se había pronunciado en su vida para pedirle información del príncipe de Germania. Tanto silencio la estaba alterando, y a veces no dormía esperando la llamada. Tendía a enviar muñecas para molestar a Tabitha, y era sorprendente el número de opciones que había para desmembrar juguetes.
Sea como fuere, estaba haciendo un informe sobre Zuko. El hecho de que estuviera interesada en él lo hacía más fácil, porque nada estaba encajando con todo lo que el mundo sabía sobre este hombre. Se decía que era un belicista implacable que buscaba cada batalla para ganar el favor de su padre, quien lo exilió de forma no oficial. Cruel e implacable, un monstruo en piel humana.
Y no solo pareció odiar la batalla, sino que estaba aquí, buscando libros sobre obras de teatro de Tristain. Incapaz de responder a los insultos y la actitud pasivo-agresiva de la princesa. Recibiendo órdenes de un plebeyo y trabajando en la cocina para preparar el desayuno.
Suspirando, notó que había tomado tres de los libros. El príncipe la miró y le dio un sentimiento como única forma de agradecer su guía. Respondió de la misma manera, volviendo sus ojos al libro, pero sin leer en realidad. Simplemente pensando en el futuro.
Tantas cosas se arremolinaban alrededor de ella que a veces le sorprendía su capacidad de ser absorbida por la lectura. Más de una vez se preguntó si su crecimiento atrofiado se debía a todo el peso que cargaba sobre sus hombros; algunos eruditos decían que la mente jugaba su parte en los asuntos del cuerpo.
Temía el día en que recibiera el mensaje de la mascota de Joseph. Zuko era una pieza reciente que se había añadido, y si había algo que amaba el hombre-niño, eran los juguetes nuevos. Pronto se vería obligada a hacer malabares con la vida de su mejor amiga, la suya propia y la de una amorosa madre que ahora la despreciaba.
Una vez más se preguntó si estaría mal ponerle fin a todo bajo sus propios términos.
§
XVI
§
Zuko cambió los libros de una mano a otra, pensando en la conversación que había tenido, si podía llamarse así. Admitía que le gustaba la amiga de Kirche, preguntándose cómo ambas pudieron congeniar lo suficiente. Era silenciosa, e incluso si tenía curiosidad, no fue invasiva con sus preguntas.
Siendo sincero, el principal atractivo de su presencia era el silencio. El bullicio de la vida militar era molesto, ya ni hablar de los cuchicheos sobre su persona, los aduladores o quienes despreciaban el suelo por donde caminaba. Todos tenían algo en común: hablaban hasta el hartazgo. Tabitha, por el contrario, se mantuvo para sí misma y su presencia apenas se notaba, pero sabía que estaba allí.
Luego venía el inconveniente de que esa chica, menor que él, era un soldado. No era alguien para hablar, teniendo en cuenta que ingresó a la vida militar a los catorce, y su padre lo «entrenaba» incluso antes de eso, pero seguía sin gustarle la situación actual. El hecho de que pudiera matar a los asesinos sin pestañear empeoraba el sentimiento de Zuko.
Kirche vivió en Germania, así que habría visto cadáveres en varias ocasiones; los torneos a muerte eran una parte muy común e importante de su cultura. No le pareció extraño que pudiera luchar sin ningún tipo de inconveniente, a diferencia de Vallière, quien se congeló cuando ocurrió todo. Saito era un caso aparte.
Y luego estaba el hecho de que Tabitha sabía que estaban tratando con una baliza. Zuko no tuvo idea, a pesar de haber sostenido unas cuantas de ellas. Nuevo diseño, supuso, y el hecho de que ella lo supiera enviaba una alarma. Tampoco se le pasó por alto que se había puesto tan rígida que de seguro estuvo planeando silenciarlo.
¿Por qué cubrirla, entonces? Solo porque era amiga de Kirche. Tal vez era una forma de pensar ingenua, rozando incluso la estupidez, pero no le importaba. Espías había en todos los lugares, y si ella era una, significaba que su objetivo era Tristain. No era una buena actitud, pero su lealtad estaba con Germania.
Y siempre era mejor saber quiénes eran los espías, e identificar a los benignos.
¿Ser amiga de Kirche era una tapadera? Lo desconocía, pero la probabilidad era alta. Zuko sabía que su prima llamaba mucho la atención, y notó que Tabitha era ignorada cada vez que estaba en la misma habitación que ella. No había un mejor escondite para un espía que a la vista. Sea como fuere, solo sabía algo: Tabitha la hacía feliz.
Kirche, por obvias razones, no fue muy del agrado del sexo femenino, a pesar de lo liberales que eran en Germania. Saber que había alguien capaz de brindarle tal felicidad ataba a Zuko con respecto a lo que podía hacer con Tabitha. Después de todo, no estaría en la Academia por demasiado tiempo, y se iría luego de que el problema de Fouquet fuese solucionado.
La princesa Henrietta tenía derecho a elegir al hombre con el cual iba a casarse, y Zuko no le arrebataría esa felicidad. Solo tenía que hacerlo de una manera en que no la perjudicara a largo plazo, porque sabía el estigma que cargaría una mujer despreciada. Por eso no fue muy inteligente su intento anterior para irse.
—Príncipe Zuko.
El nombrado se sobresaltó tanto que casi dejó caer los libros. No por el apodo, o el hecho de que se concentró tanto en sus pensamientos que descuidó los alrededores, sino por la persona que lo había llamado. La princesa no lo estaba mirando con asco, cosa que lo sacudió más que su habitual desprecio.
De inmediato se puso a la defensiva, preguntándose qué era lo que Stuart esperaba conseguir de él. Y eso se reflejó en la rigidez de su respuesta, con hombros tensos y espalda erguida.
—Princesa Stuart —miró en dirección de Agnès—. Sir Agnès.
Desconocía si debía utilizar «sir» al dirigirse a una mujer, pero era un caballero. El desprecio hacía difícil averiguar si hizo lo correcto, así que volvió su atención a la persona que lo superaba en estatus.
—Es bueno verlo —tal vez hizo su duda demasiado obvia, porque ella añadió—: Estaba por ir a buscarlo —esto también era nuevo, porque a ella le gustaba fingir que Zuko no existía—. Verá, tengo el propósito de visitar al profesor Colbert para actualizarme con respecto a su investigación. ¿Le gustaría acompañarme?
Realmente deseaba que su tío estuviera aquí. No sabía si esto era una trampa o una invitación genuina. Tuvo que apostar por lo último, ya que estaban en una situación precaria, y la princesa no le parecía alguien que se perjudicaría a sí misma debido a rencores. No se acostumbraría a esta civilidad, porque podría terminar junto con el caso de Fouquet.
—Será todo un placer —dijo como respuesta, indicándole que guiara el camino.
Zuko se posicionó al lado de Henrietta. Por mucho que él no creyera igualarla en estatus, tenía que mostrar lo contrario ante cualquiera que los estuviera viendo. Representaba a Germania, después de todo, y hacer el ridículo no era una opción.
—Veo que ha visitado la biblioteca —comentó Henrietta, mirando los libros—. Y... Oh, ¿se encuentra interesado en el teatro?
¿Realmente le estaba preguntando por interés, o solo estaba siendo educada? No se sabía quién los podía estar espiando sus conversaciones, así que bien podría ser una distracción para cualquier curioso que los acechara. Así que estaba obligado a responder la cortesía, si nada más.
—Disfruto del teatro —confesó entre dientes—. Los visito si tengo tiempo libre.
Lo que en el ejército era poco. Estaba en constante movimiento, y la mayoría de las veces no podía quedarse lo suficiente como para presenciar una función, o debía marcharse antes de que terminara. Disfrutaba las pocas veces que podía asistir sin restricciones.
—También amo el teatro —dijo la princesa, parecía alegre—. Mi madre tendía a llevarme a cada función cuando era niña. ¿Está investigando los clásicos tristanianos?
—Sí... —respondió, dudoso—. Nunca había estado en Tristain antes.
O en cualquier nación brimírica, para el caso. Esto decidió guardárselo, no quería recordarles que era un hereje. El punto era que quería saber cómo la religión influenciaba tal forma de arte, ya que no podía asistir por sí mismo.
—Entonces creo que debería acompañarlo al teatro. Habrá una función a fin de mes...
Zuko se perdió el resto de la conversación cuando sintió que las cosas no encajaban. ¿En realidad le estaba ofreciendo acompañarlo al teatro? Salió de su trance para no parecer grosero.
—¿Alguna que sea su favorita? —iba a responder, pero ya estaban frente al taller del profesor—. Podemos retomar esta conversación después.
Zuko se adelantó y golpeó la puerta un par de veces. Captó un olor extraño que provenía del interior, un tanto desagradable, pero no lo atribuiría a la suciedad. Una voz balbuceaba algo del otro lado mientras un montón de cosas caían al suelo en lo que creía era una carrera a la puerta. Los que estaban fuera se mantuvieron en un silencio incómodo.
Cuando la puerta se abrió, un despeinado Colbert intentaba arreglar sus túnicas. Lucía tanto sorprendido como eufórico al verlos, casi como si los hubiera estado esperando, pero no sabía en qué momento iban a parecer.
—Princesa, príncipe y sir —saludó en lo que supuso Zuko fue el orden de importancia—, por favor pasen y perdonen el desorden.
Llamarlo desorden era un eufemismo, porque apenas había espacio para caminar. Y aunque podía decir cuál era la fuente del olor, sería imposible precisarla cuando había varios brebajes en los estantes del fondo. Era lo único ordenado, porque muchos inventos, tanto mundanos como mágicos, se arremolinaban en el suelo y diversas mesas.
Apenas fue capaz de divisar el motor entre varias otras baratijas, algunas de naturaleza mágica. Colbert debió seguir su mirada, porque su excitación subió un par de niveles.
—He estado trabajando en una fuente alternativa de energía para el motor —comentó, con la emoción desbordándose.
—¿Por qué no usar carbón? —se atrevió a preguntar Zuko.
—Demasiado consumo de espacio y recursos. Tristain no cuenta con las mismas minas de carbón que Germania.
Había olvidado ese pequeño punto, así que debía ser obvio lo que estaba haciendo aquí. Alguna variante artificial de las piedras de viento, posiblemente reutilizable. Si tenía que dar su opinión, no había avanzado lo suficiente, a pesar de los muchos intentos visibles.
El pensamiento aleatorio de que este hombre se habría llevado bien con su tío no tardó en llegar. Iroh siempre fue de los que disfrutaba pasar el tiempo con todo tipo de sabios y eruditos.
—¿Una fuente de energía reutilizable? —adivinó Zuko.
—¡Así es! —parecía estar vibrando en su sitio—. Si es posible crear una forma de generar fuego que no requiera ser constantemente alimentada por carbón...
No completó la idea, pero el resultado era obvio. Tal vez el carbón lo convertía en algo accesible para los plebeyos a la hora de la operación, pero llevaría más tiempo el tener que alimentarlo constantemente. Seguiría siendo un invento usado solo por las elites, pero respondería a la ausencia de recursos de Tristain.
Salió de los pensamientos cuando escuchó que alguien se aclaraba la garganta, recordando que no eran los únicos allí. La princesa, en lugar de verse irritada por ser ignorada, parecía divertida por la vista.
—Por mucho que pueda disfrutar su charla, mis Seigneurs, tenemos un asunto importante entre manos.
Zuko se sintió avergonzado. No era de los que disfrutaba la investigación per se, pero una charla que no giraba en torno a la guerra o la nobleza siempre era bienvenida. Se aclaró la garganta en el momento justo en que lo hizo Colbert, en un extraño momento de sincronía que solo hizo reír a la princesa.
Al menos la futura reina no parecía odiarlo ahora.
—Lamento mi exabrupto, Alteza. Si están aquí por la baliza, terminé de configurarla para rastrear una señal parecida.
Zuko se quedó anonadado, mirando fijamente el rostro del profesor. Ahora que lo analizaba, cargaba con grandes ojeras, como si no hubiera dormido durante toda la noche. Teniendo en cuenta que lo hizo todo en un día, debió mantenerse despierto toda la noche.
—Es una buena noticia —Stuart no podría sonar más aliviada incluso si lo intentaba—. ¿Realmente podremos rastrear la ubicación de los asesinos?
—Sí, no fue fácil —lo dijo el hombre al que solo le tomó un día—. Solo pude hacerlo en tan poco tiempo debido a que conozco el funcionamiento. No obstante, quien lo ha creado debe ser un genio, aunque pecó en usar modelos antiguos como base.
Zuko frunció el ceño. ¿Un genio que usó modelos antiguos como base? Era como si quisieran ser capturados. Un pensamiento estúpido, por supuesto, pero ¿viniendo del rey de Gallia? Bien podría ser una posibilidad.
—¿Cuál es el radio efectivo de búsqueda?
—Doscientos metros —dijo, entregándole la baliza a Zuko—, tal vez doscientos cincuenta.
Demasiado poco. Tendría que recorrer la capital a pie para poder encontrarlos, porque estaba seguro de que los espías sabrían sobre Azula, y ella era un faro en la oscuridad. Los fénix no estaban hechos para el sigilo de ninguna manera.
Usar las calles o los tejados llevaría demasiado tiempo, tiempo que no creía tener. Tampoco sería extraño ser descubierto a mitad de su búsqueda y alertar al objetivo.
¿Podría pedirle ayuda a Tabitha? La idea no lo emocionaba, porque ella era parte de la nación que estaba orquestándolo todo, pero su familiar sería demasiado útil como para no considerar la idea. El dragón no dejaría una estela de fuego ni brillaría en la oscuridad, además de ser mucho más rápido que utilizar sus propias piernas...
Ni siquiera tenía una opción.
—Le aseguro que la Corona recompensará su servicio, profesor Colbert.
Zuko debió perderse demasiado tiempo en sus pensamientos, porque cualquiera que hubiera sido la conversación ya había llegado a su fin. Solo se inclinó ante el erudito y la princesa, murmurando una despedida antes de abandonar la habitación.
Había preparativos que hacer, o por lo menos una persona que convencer para la operación de esta noche. Podría ofrecerle un favor, por mucho que fuera poco lo que podía hacer por ella. O, a pesar de no gustarle la idea, solicitar la colaboración de Kirche en el asunto.
—Príncipe Zuko.
Se giró de inmediato para ver a la princesa. No estaba sola, pero su guardia se quedó a una distancia suficiente como para no escuchar cualquier cosa que se dijeran, aunque todavía vigilante. La pistola estaba en su mano y lista para desenfundar ante cualquier movimiento extraño.
—Princesa —saludó, a pesar de haberse despedido hace menos de un minuto.
—¿Piensa partir hoy? —preguntó, indicándole que podía seguir caminando.
Solo dio un asentimiento en respuesta, todavía mirándola con extrañeza. Podía entender que era una pieza clave para recuperar un objeto robado, un símbolo cultural para Tristain, pero no había razón para comportarse de forma tan amigable. Era desconcertante.
—Sé que está yendo más allá del deber, poniéndose en peligro a sí mismo por una nación a la que no pertenece y cuyos intereses no está obligado a defender. Por eso, quería agradecerle.
La princesa se inclinó ante él, de la misma forma en la cual Zuko lo hizo cuando se conocieron. No demasiado como para degradarse a sí misma, pero lo suficiente para mostrar respeto. No sabía qué hacer o decir en esa situación, y por suerte no fue necesario.
—Si es posible, me gustaría tener una conversación con usted cuando vuelva. Es importante.
Supuso que no tenía opción en el asunto. Había aprendido que, cuando el gobernante decía «si es posible», «me gustaría» o incluso «por favor», no existía la posibilidad de negarse. Zuko asintió, volviendo a murmurar una despedida antes de seguir con su camino.
Lo primero en su lista era guardar los libros en su habitación y volver a la biblioteca. Solo esperaba que todo este asunto de Fouquet terminase pronto.
§
XVII
§
La falta de información estaba matando a Matilda por dentro. El hecho de no poder abandonar la Academia porque volaría su tapadera estaba destrozando sus nervios. Las patrullas constantes, quienes no perdían de vista al personal, restringían sus movimientos y a diferencia de la guardia estándar, estos serían más difíciles de burlar.
Lo único que sabía era que la búsqueda continuaba. La noche anterior había visto al Príncipe Mendigo abandonar el lugar en el dragón de Tabitha. Solo podía rechinar los dientes ante la variable que había arruinado todo. Lo odiaba todo, tanto que a veces dolía.
Había planificado este asunto el tiempo suficiente, moviéndose con cuidado para no levantar sospechas. Codearse con todos estos malditos y arrogantes nobles que la veían desde arriba por ser supuestamente una hija bastarda. Más de una vez había escuchado lo que susurraban a sus espaldas.
Y como guinda del maldito pastel, ¡había tenido que soportar el acoso sexual del cerdo del director! Podría odiar a la nobleza, y aunque desconocía qué tanto se extendía la depravación del hombre, sentía lástima por las estudiantes al tener un viejo verde como director.
¿En qué pensaba la Corona al permitir que semejante basura dirigiera una escuela? Luego no le sorprendía que salieran estudiantes como Guiche, y aunque el niño todavía podía redimirse, estaba en camino a ser un cerdo más del montón. Realmente, Matilda había caído tan bajo si debía comportarse como una prostituta.
Más de una vez había considerado tirarlo todo y largarse, al demonio con Reconquista. Podrían no ser los culpables directos de su desgracia, pero eran solo otro grupo de personas influyentes que solo cambiaban el color de sus ideales. La misma basura. Al igual que la magia solo se transformaba en lugar de crearse o destruirse, lo mismo podía decirse de los hombres al poder.
Pero, cuando ese deseo se hacía demasiado grande hasta el punto de querer llorar y enfurruñarse, llegaba a su mente el rostro de Tiffania. Su sonrisa y la de los niños eran lo que la obligaba a cumplir todas las demandas de su nuevo jefe.
No había olvidado la advertencia. Si fallaba, sería su familia la que pagase el precio. El hecho de que Tiffania fuese una mestiza no ayudaba nada en su caso. Esos bastardos endogámicos no dudarían en matar a una humana inocente con el fin de cumplir sus objetivos. ¿Una con sangre élfica corriendo por sus venas? Lo harían y lo disfrutarían.
Así que aquí estaba, con los nervios a flor de piel, esperando cualquier señal de sus dudosos aliados, o reunirse con ellos cuando la Academia fuese abierta una vez más. ¡Cómo quería, por una vez en su miserable existencia, que todo fuese fácil!
Había mil y una formas para ponerse en contacto entre ellos, a pesar de que podría tomar tiempo. Por el amor de todo lo que fuese sagrado, ¿les costaba tanto enviar un mensaje discreto para hacerle saber que sus planes habían cambiado, o que todo debería seguir según lo estipulado? Tal falta de comunicación...
—Mademoiselle Longueville.
La aludida casi saltó de su piel ante el llamado. Era una de las mosqueteras, una chica que apenas parecía mayor que las estudiantes. Su tez un poco maltratada por el sol, con una expresión que intentaba denotar madurez y profesionalismo. Sería adorable en una situación diferente.
—¿Puedo ayudarla? —se deslizó en su personalidad de secretaria.
—La princesa está reuniendo al personal de la Academia. Tiene un anuncio importante, así que, si fuera tan amable.
—Con mucho gusto, por favor, dirija el camino —le sonrió de forma alentadora.
No le costaba ser amable con estas mujeres, por mucho que estuviesen haciendo su vida un infierno. Eran plebeyas, después de todo, y tuvieron la suerte de conseguir un trabajo bien remunerado y, aunque riesgoso, aseguraba su posición.
Saludó a unos cuantos sirvientes mientras caminaba, distraída. ¿Qué quería anunciar ahora la niña real? Era obvio que toda esta situación estaba por encima de su cabeza, y de no ser por la intervención del Príncipe Mendigo, habría logrado descubrir si la enana de pelo rosa era o no una maga del vacío.
Sí, todo se redujo a eso. Todo el maldito plan para robar la reliquia se reducía a eso. No solo fue suficiente el haber invocado un familiar humano, porque, al parecer, hubo errores en el pasado. Querían una confirmación, y se decía que el Báculo de la Destrucción solo respondía ante un mago del vacío. No se activó para Matilda, al menos.
Si lo pensaba de forma correcta, era aterradora la previsión del titiritero. Ni por un segundo creía que en realidad fuera Cromwell. El idiota era cegado por su propio ego, al igual que el montón de endogámicos que lo estaban siguiendo como perros a su amo.
Alguien estaba tirando de los hilos tras bambalinas. Y quien lo hacía, la aterraba. Tal vez saber que la princesa visitaría ese año exacto no fue tan difícil; la niña Vallière y ella fueron amigas. Pero ¿lograr predecir las acciones que se tomarían durante la reunión para buscar el Báculo? Que los maestros se negarían, que Vallière se ofrecería...
Se arruinó por un factor que nadie tuvo en cuenta, pero eso era lo de menos. Ningún plan sobrevivía al contacto con el enemigo y eso ella lo sabía. Sea como fuere, no cambiaba el hecho de que todos estuvieron bailando al son del titiritero desconocido.
Salió de su trance cuando la mosquetera se aclaró la garganta. Sintiendo sus mejillas enrojecer, le agradeció a la chica y atravesó las puertas fuertemente custodiadas. No solo mosqueteras, sino también caballeros en sus pesadas armaduras. Tuvo que esforzarse en no bufar; lentos y vulnerables con todo ese metal.
Con la cabeza gacha en fingida sumisión y deferencia, buscó un asiento apartado. Era el mismo lugar donde tuvieron la reunión anterior, como un extraño y deforme coliseo, con asientos que se elevaban para permitir un gran número de personas.
A la cabeza de la reunión estaba la futura reina y su futuro esposo. Ella le estaba hablando con una sonrisa suave, amistosa diría, a pesar de que el hombre estaba más tenso que la cuerda de un arco. Esto hizo que Matilda frunciera el ceño.
Sabía que no se llevaban bien, prácticamente hicieron un espectáculo del desprecio apenas velado de Henrietta. Pero aquí estaban, todo amigables entre ellos. ¿Qué cambió en tan poco tiempo? ¿O era una fachada que ahora mostraban al mundo? Era lo más probable.
Si había algo en lo que compadecía a las damas nobles, era en los matrimonios arreglados. Sabía lo mal que podían salir, y la infelicidad que acarreaba. No de primera mano, por suerte.
—Agradezco que hayan venido tan pronto como los he llamado.
Matilda quería golpearse. Se había estado distrayendo demasiado, y ni siquiera se dio cuenta de que el último miembro de la facultad había ingresado. Colbert, el idiota que era, se disculpó a trompicones mientras buscaba un asiento. Era el único de todos estos bastardos al que iba a extrañar.
—Los he traído aquí para presentar muy buenas noticias. El Báculo de la Destrucción ha sido recuperado con éxito.
Matilda sintió que su mundo se desmoronaba, y las pocas hebras que lo sostenían se terminaron rasgando cuando la capitana de las Mosqueteras exhibió el estuche frente a todos los presentes. Si no tuviera experiencia en manejar situaciones de alta tensión, habría olvidado cómo respirar.
Esto no podía ser posible. ¿Por qué sucedió esto? ¿Cómo sucedió? ¿En qué maldito momento? Esto no podía ser posible. Y aunque quería entrar en pánico, tal vez enloquecer para por fin descansar, se obligó a volver a la lucidez cuando la princesa iba a hablar. Alguien debió formular alguna, o todas, las preguntas que invadieron la mente de Matilda.
—Todo fue un esfuerzo de mi prometido —acarició el broche de fénix y sonrió soñadoramente—. En un riesgo más allá del deber, y exhibiendo el valor por el cual es conocido, partió la noche anterior en busca de los hombres que atentaron contra mi vida.
La última parte fue dicha con un tono lastimero, inclinándose más cerca del hombre que se sentaba a su lado. Era como si buscase su protección, a pesar de estar en uno de los lugares más resguardados de Tristain. Sea como fuere, dejó que la declaración se hundiera en todos ellos, pero fue el director quien continuó:
—Por desgracia, el Báculo ya no es seguro en la Academia debido a que la bóveda se encuentra en reparación. Será transportado esta noche a la Capital para ser custodiado en el palacio.
«No, no, no. Esto no puede ser. ¡Si llevan esa cosa al castillo, bien podría despedirme de robarlo!».
Entrar a la Academia fue fácil debido a la lujuria del viejo verde, y era una actriz natural; mantener su trabajo fue más una cuestión de paciencia que de esfuerzo. No obstante, el palacio era un lugar resguardado que le costaría asaltar desde fuera, y el robo solo tuvo lugar gracias a su tapadera.
¿Lograr la misma hazaña sin tapadera? Imposible. No solo evitarían contratar a una mujer de dudoso origen para algún cargo que requiriera el uso de algún catalizador, sino que registraban a todos los sirvientes para saber si cargaban alguno. Había formas de reconocer el uso reciente de magia.
Además, ¿casualmente encontró trabajo allí luego del fiasco en la Academia? Incluso un retrasado mental podría unir los puntos y pronto su cabeza estaría en una pica.
Volvió a la realidad cuando la princesa retomó la palabra.
—El Báculo será transportado esta noche bajo el amparo de la oscuridad —alcanzó la mano del Príncipe Mendigo en un suave apretón—. Mi prometido aceptó la responsabilidad de tal misión por su cuenta.
»El director y yo acordamos anunciar lo contrario durante el almuerzo. Para los estudiantes y cualquier oyente, el Báculo permanecerá en custodia de la Academia. Nos gustaría que toda la facultad se mantuviera en guardia hasta mañana que se anuncie...
Matilda dejó de escuchar. Sentía que la sangre se acumulaba en su cabeza y el bombeo constante la ensordecía. Estaba segura de que hubo alguna especie de discusión, como si alguno de ellos tuviera el poder para cambiar la decisión de la gobernante del reino. Tampoco dudaba de que felicitaciones hipócritas estuvieron en orden y algo sobre planear un baile de celebración.
Ah, la hipocresía. Todos estos nobles escupieron insultos sobre el Príncipe Mendigo, los rumores desagradables que se contaban en Tristain, sumándole el desprecio común a Germania por cualquier razón, incluyendo la herejía. Todos lo miraron desde arriba porque era abiertamente odiado por la princesa, una basura a los ojos de la nobleza tristaniana.
Qué rápido cambió todo con un par de gestos cariñosos y sonrisas de la princesa. Y ni hablar de los logros que consiguió en menos de un mes, confirmando su maestría militar. Ahora era el futuro rey favorecido por la futura reina, y todos se ponían en fila para lamer sus botas.
Apenas recordó balbucear la despedida correcta cuando las puertas se abrieron y les permitieron marcharse. Ignoró la larga fila de lamebotas dispuesto a escupir estupideces sobre su linaje, y tal vez inventar que algún antepasado suyo era germano. Eran sorprendentes las mentiras que inventaban; la dejaban a ella, una ladrona, anonadada.
Apenas logró despedirse de Colbert de forma educada, y mecánicamente saludó a los sirvientes mientras caminaba. La sonrisa en su rostro era una máscara tan bien puesta que no se resquebrajó a pesar de que todo en ella se estaba rompiendo. Quemando, agregaría.
Se había quedado allí, esperando a que las cosas fluyeran como deberían, en lugar de actuar. Fue complaciente, confiando en sus nuevos aliados, demasiada fe en sus propias habilidades. Lo trató como un robo más de rutina y, en consecuencia, todo se fue al infierno.
Ya no podía quedarse aquí sentada, esperando a ser contactada por un grupo de personas que estaban, de seguro, muertas. ¡Al diablo con todos esos malditos bastardos endogámicos! Haría lo que tenía que hacer. ¿Que no averiguaba si la niña era una maga del vacío? ¡Invocó un familiar humano! A la mierda todo.
La mitad del éxito siempre era mejor que ninguno.
Henrietta suspiró cuando el director abandonó la habitación, coincidiendo con el suspiro de König... No, de Zuko. No pudo evitar reír un poco al verlo tan incómodo. Tal como había pensado, la actuación no tan sutil de favorecer al príncipe despertó la codicia del profesorado. Se acercaron como animales hambrientos, arrojando cumplidos y cualquier cosa que pudiera ponerlos en el lado bueno de quien percibían sería el futuro rey.
—No pareces disfrutar de los halagos —bromeó la princesa.
Era sorprendente todo lo que lograban un par de sonrisas, gestos y palabras. Temía por el futuro de su nación si los educadores de las generaciones venideras se dejaban manipular tan fácilmente.
—No lo hago.
El tono cortante la habría hecho entrar en cólera, pero Zerbst tuvo razón. Solo bastó un poco de observación para darse cuenta de que la mayoría de la arrogancia de Zuko era producto de su incomodidad. Todo se reflejaba en su tono y frases cortas. Henrietta ya ni siquiera podía enojarse por esto.
—¿Crees que el plan funcionará? —decidió preguntar, casi de la nada.
Aunque Henrietta quería tener esa conversación que le prometió a Zuko, sabía que no era el momento. Así que quedaba posponerlo, esperaba que no demasiado y pronto pudiera quitar un peso de sus hombros.
—Son pocas las opciones —la respuesta vino con seriedad en lugar de nerviosismo enmascarado—. Sin el Báculo de la Destrucción, nuestra única opción es atrapar al infiltrado.
Allí estaba el problema. Todo fue construido a base de una mentira. Aunque sí encontró a los asesinos en el escondite, Zuko informó que le fue imposible atrapar a cualquiera de ellos. Suicidio, una píldora que había en su máscara, oculta y de fácil acceso. Henrietta desconocía, hasta ese momento, que el hombre estaba versado en subterfugios.
Sea como fuere, el estuche estaba vacío y solo una nota que advertía sobre la evacuación. Supusieron que estaba destinada al contacto dentro de la Academia, quien permanecía ignorante. La magia bloqueaba la comunicación a larga distancia, y nadie abandonó los terrenos.
—Debemos contar con su desesperación —suministró Zuko, inmerso en sus pensamientos y las palabras fluyendo casi por sí solas—. La desinformación es el peor enemigo de un soldado, y un espía. Fouquet es un ladrón, y funciona bajo las reglas del último.
—¿Estás seguro de que es Fouquet?
No quería llegar a esa conclusión, pero todo coincidía, al menos, según los puntos señalados por el príncipe. No hubo incidentes de Fouquet desde hacía tiempo, y repentinamente atacó desde el interior de la Academia. Eso llevaba a dos conclusiones: dedicó todo este tiempo a estudiar el objetivo, o se infiltró.
—No es garantía —admitió—, pero es la mejor apuesta. Sea un informante o el mismo Fouquet, no atacará mientras el objeto de interés permanezca dentro de la Academia. Ha demostrado paciencia y autocontrol, no obstante, se encuentra contra las cuerdas.
—Si se le presenta la oportunidad de completar su tarea —agregó la capitana—, la tomará para compensar el error que cometió. O creyó cometer. Fouquet ha demostrado tener una personalidad narcisista, si no infantil. Quiere que todo el mundo sepa que es responsable, y que nunca falla.
Fue la primera intervención voluntaria de Agnès. Siempre se ponía silenciosa y hosca cada vez que el príncipe estaba presente. Sabía que odiaba a los magos de fuego, pero Zuko ni siquiera era tristaniano para empezar. Y, para terminar, ella sería responsable de su seguridad en un futuro cercano.
—Tal y como dijo, sir. Fouquet no querría una mancha en su historial al permitir que el objeto robado termine en un lugar mucho más seguro.
—¿Y por qué no acepta llevar escolta? —preguntó Henrietta.
Ese era otro punto de discusión. Zuko iría solo. Era, básicamente, una carnada. Había intentado convencerlo de tomar mayores medidas de seguridad. No quería agregar más culpa de la que ya tenía.
Fouquet era un mago clase triángulo, como mínimo. Tampoco podían ir y preguntarle. Zuko, por el contrario, no se consideraba bueno en la magia, aunque no habló más del tema. Los rumores no eran confiables, pero los menos exagerados lo describían como uno de línea.
—Necesita sentirse seguro. Puede estar desesperado y deseoso de enmendarse, pero no es estúpido.
Henrietta mordió su labio, evitando seguir hablando. Ella no era la experta en asuntos de guerra, así que cualquier opinión que tuviera solo sería escuchada por su posición de princesa. Sus aportes eran todo menos útiles...
Curiosamente, no se sentía demasiado mal. Solo el sentimiento de no poder ayudar, uno al que estaba acostumbrada. Normalmente, odiaba sentirse inferior, innecesaria. Pero, viendo la situación de forma objetivo, eso no sería cierto. Y, para bien o para mal, Zuko encajaba como su pareja.
El hombre no podía desenvolverse en un ambiente social ni aunque su vida dependiera de ello. Era como ver a un niño tímido fingiendo ser un adulto, aunque uno intimidante. Allí era donde entró Henrietta. En caso contrario, ella era ignorante en materia militar.
—Solo... tenga cuidado. Si la situación escapa a su control, no dude en regresar. Su seguridad es prioridad, no aprehender al culpable.
Poco más podía hacer. Zuko asintió, murmurando una despedida rápida antes de marcharse. Sus pasos firmes resonaron hasta que la puerta se cerró detrás de él. Ni duda ni vacilación, tan diferente de cuando intentaba hablar. Se dirigía a la batalla como un hombre que tenía la certeza de la victoria.
Y esperaba que así fuera. Iba a corregir este matrimonio que ella misma había arruinado, darle a Zuko la oportunidad que se merecía. Tal vez, solo tal vez, podrían llegar a una amistad. Era lo mínimo que quería.
Suspirando, se puso de pie y abandonó la habitación. Tenía planeada una visita a Louise. La había descuidado en su momento de necesidad, cuando su familiar estaba pasando por una situación tan difícil que la afectaba más de lo que dejaba ver.
Pensar que todo esto ocurrió porque había querido hacer una visita a su querida amiga. A veces tenía el pensamiento herético de que toda su vida era para el entretenimiento de Brimir. Que, a pesar de los lujos y la sensación de libertad, no era nada más que una actriz en un escenario trágico, con una trama que no la favorecía.
Y, por desgracia, para bien o para mal, solo podía sacar lo mejor de toda esta situación.
§
XVIII
§
Lo sintió más que verlo. Saltó del caballo, notando la ráfaga de viento mientras la tierra temblaba. Sin darle demasiada importancia, rodó por el suelo y buscó algo de estabilidad. Eran estos los momentos en los que agradecía la experiencia adquirida a través de métodos que odiaba.
Su visión era muy limitada, pero fue capaz de percibir cómo el estuche del Báculo era arrebatado del lomo del caballo sin lastimarlo. Apenas se distinguía como la extremidad de un gólem, el método favorito de Fouquet para luchar. Aunque era su enemigo, Zuko no pudo evitar admirar tal precisión y control. Al menos, antes de desenvainar los sables.
Azula llegó desde el cielo, claramente sorprendiendo al ladrón. El brazo del gólem evitó que el gran fénix desgarrara al humano en su hombro, pero el viento le quitó la capucha y la luz que provenía de Azula iluminó el rostro del atacante. O la atacante; al parecer, Tirstain no conocía a sus propios ladrones, porque era una mujer. Longueville, si recordaba bien el nombre de la secretaria del director.
—¿No podías solo entregarme el Báculo como un buen chico? —gruñó Fouquet.
Azula fue arrojada, aunque se recuperó y sobrevoló el terreno, permitiendo que Zuko pudiera ver. El caballo había desaparecido, entrenado para volver a la Academia. Esa era la señal, y aunque normalmente tomaría tiempo para los refuerzos, otra vez estaba dependiendo de Tabitha... Dejando su vida en manos de una espía, el mundo era un lugar curioso.
—Entrégate —fue lo único que le dijo Zuko.
—Lamento decepcionarte, chico. Si no hubieras visto mi rostro, consideraría dejarte ir. No es nada personal.
Zuko suspiró. Odiaba lo que estaba por venir, pero ya había dado su palabra de que regresaría aprehendería al culpable. Así que, con un movimiento de muñeca, los sables se vieron envueltos en llamas. Fouquet los miró, interesada, claramente ubicándolo como los catalizadores.
Contrario a lo que decían, golpear primero no siempre daba la ventaja, y mucho menos cuando la defensa del enemigo era superior. Y el fuego, en circunstancias normales, era el elemento más débil en combate directo; el viento privaba del oxígeno necesario para su mantenimiento, la tierra lo bloqueaba y el agua lo extinguía.
Un movimiento de la elegante varita blanca creó una estaca que apuntó a su corazón. Se deslizó hacia un lado, solo para ver un puño enorme que se cernía sobre él. Saltó y rodó, varias veces porque, al parecer, era fanática del empalamiento.
La intervención de Azula le compró un par de segundos para estabilizarse. Esto era entonces un mago de clase triángulo de Tristain, y admitía que no estaba mal. Pero no era el primero que mataba.
Sus sables centellearon. El fuego voló en dirección de Fouquet, tomando forma de medialuna. El hombro del gólem se deformó hasta crear una pared que fue chamuscada y cortada. La falta de visibilidad le permitió reposicionarse y continuar con la ofensiva.
El fuego volaba en dirección de la ladrona, siempre interceptado por un muro. El gólem, por su parte, intentaba golpear al fénix que lo arañaba y retrocedía. Era lento, pero su respuesta a las ordenes no era algo que tuviera una construcción normal. Hablaba de talento.
La piedra volaba en dirección de Zuko, desprendida de la cabeza que pronto se reparaba. Apenas bajaba la defensa, o interrumpía el asalto a Azula. La varita de Fouquet se movía como la batuta de un director de orquesta. Movimientos fluidos y elegantes, aunque podía notar cierta incomodidad. No estaba acostumbrada a pelear.
Zuko bailó entre la lluvia de rocas afiladas, devolviendo el favor con cortes. El puño del gólem se adelantó nuevamente. Con un paso hacia un lado, lanzó un tajo en lo que debería ser la muñeca. Normalmente, una cuchilla no podría atravesar la roca, pero estos no eran sables normales y su magia de fuego ayudaba en ese departamento.
La mano cayó con un ruido sordo, y la sorpresa se pintó en el rostro de la ladrona. Fue un momento que Zuko aprovechó sin ningún tipo de duda. Sus sables cortaron la pierna, desestabilizando a Fouquet. Por desgracia, logró sostenerse, aunque apenas.
Apretando los dientes, Zuko saltó cuando la extremidad cortada explotó en pequeñas púas. Algunas rebotaron en su armadura, o se clavaron en un par de secciones desprotegidas. Nada serio.
Azula graznó de furia y atacó, pero Fouquet lo había visto venir. Contó con la furia del fénix y una columna que surgió del suelo la golpeó directo en la cabeza. Zuko miró en su dirección de inmediato.
—¡Azula!
Zuko apenas tuvo tiempo de disminuir el impacto. Fue como ser embestido por un rinoceronte de komodo. Aunque desorientado, rodó por el suelo para evitar las rocas y picos.
—¡Quédate quieto!
Saltó del sitio y retrocedió, tomando algo de espacio. Y aunque iba a presentar un contraataque, se dio cuenta de que sus sables no estaban en sus manos. Esto también fue algo que notó Fouquet, porque se echó a reír a todo pulmón. Parecía ser una burla descarada, pero supuso que también había algo de alivio.
—¿Qué piensas hacer ahora? Créeme, te he estado observando. Nunca cargas una varita —negó con la cabeza, divertida, aunque pronto adquirió un semblante serio—. Si te rindes, lo haré rápido, indoloro. Te doy mi palabra.
Zuko no era bueno juzgando a las personas, pero sabía que no le estaban mintiendo. Y no podía detectar malicia viniendo de ella. Pero la ignoró, cerrando los ojos, calmando su respiración y permitiéndose un momento para viajar por el carril del recuerdo.
—¡No, no es así! —gritó su tío Iroh, levantándose de su asiento.
Parecía estar atrapado en el tiempo. Rostro surcado por arrugas, patillas gruesas con una barba de chivo y cejas pobladas, pero delineadas. Era calvo en la parte superior, aunque parte del cabello de la sección trasera, que era una melena, se elevaba en un extraño moño de Rub' al Khali. Su cuerpo estaba dentro de una armadura modificada para acomodar su panza.
—El poder del fuego proviene de la respiración —continuó con su reprimenda—, no de los músculos. La respiración se transforma en la energía —el consejo vino acompañado de movimientos suaves—, que luego se extenderá por todo tu cuerpo, transformándose en ¡fuego!
Culminó con un puñetazo que expulsó llamas. Sintió el calor, pero no entró en pánico, ya que no quemó su rostro a pesar de la cercanía. Ni siquiera pestañeó. La cicatriz picó.
—Hazlo bien esta vez.
—¡He estado haciendo esto todo el día! —se quejó como un niño, lo que en realidad era—. Ya tuve suficiente. Quiero aprender el siguiente ejercicio, estoy listo.
A pesar de que intentó que su tono pareciera una amenaza, su tío mantuvo las manos detrás de su espalda, impasible.
—No. Estás impaciente. Debes lograr dominar lo esencial. Inténtalo de nuevo.
Zuko abrió los ojos y bajó su postura, expulsado su aliento junto a una bola de fuego de su puño derecho. Sorprendida, Fouquet casi no fue capaz de bloquear. El impacto destruyó el delgado muro y la envió fuera del gólem. La pérdida de concentración causó que el constructo se desmoronara.
Aunque la ladrona logró amortiguar la caída con un hechizo, Zuko no dejó de moverse. El fuego volaba como rayos en dirección de la ladrona. Las piedras enviadas para interceptar, o los pequeños muros cada vez que alguno escapaba, estallaban al contacto.
La mujer gruñía de frustración ahora que estaba a su nivel, en sus términos. Para Zuko era algo mecánico. Golpear y moverse. El juego de pies grabado en él desde que pudo caminar. El dolor fantasma de los moretones picando, recordándole la consecuencia de los errores. Su cicatriz ardía cada vez que su puño expulsaba llamas. El constante aumento de temperatura.
Los ataques iban acompañados de acrobacias cortas y frecuentes. Ella no solo estaba a la defensiva, así que Zuko estaba obligado a esquivar cada ataque. Se movía hacia adelante, tratando de cerrar la distancia. La debilidad de los magos era el combate cercano, y si todo se reducía a un combate de puños, tendría la ventaja.
Una zanja intentó hacerlo tropezar, y saltarlo lo habría enviado a un agujero lleno de picos afilados. A pesar de del gruñido en sus labios, sus elegantes facciones aristocráticas seguían allí y los movimientos de su varita continuaban siendo finos, aunque desesperados.
El terreno hacía tiempo que había cambiado. El prado verde fue reemplazado por un terreno irregular y destrozado. Cualquier señal de vegetación fue removida o chamuscada, testigo de la brutalidad presentada a pesar de la falta de derramamiento de sangre.
Tal como había previsto, ella no era una luchadora. Era buena en eso, pero, como ladrona, y una buena, difícilmente tendría que defenderse encarar a sus perseguidores. Fue un golpe de suerte para Zuko, en realidad.
La pierna de Zuko giró en un amplio arco, enviado una llama en forma de medialuna. El muro que lo bloqueó se derrumbó, permitiéndole ver una gran bola de roca que viajó en su dirección. Aunque pudo hacerse a un lado, escuchó el crujido de su brazo izquierdo. Roto, pero no se detuvo.
Inhaló una gran cantidad de aire, recordando lo que le había enseñado su tío. Su última lección, una que, desgraciadamente, no continuó aprendiendo. Dolía cada vez que recordaba sus enseñanzas, la herida estaba fresca y pronto olvidó la última enseñanza. Hasta ahora.
Exhaló. El fuego subió por su garganta, quemándola y casi haciéndolo gritar. Fue solo un segundo, más un espectáculo de luces para cegarla, lo cual funcionó. Realizó una carrera, enviado fuego en pequeñas oleadas. Rodó para tomar la espada y saltó hacia ella, derribándola.
Se desorientó cuando su cabeza golpeó el suelo, pero el dolor la trajo a la realidad. Un dolor punzante. ¿Su estómago? ¿Alguna otra parte de su abdomen? No lo sabía. Estaba mareada, cansada y con nauseas. Respirar dolía, pero lo hizo en grandes bocanadas para recuperar el aliento.
E incluso cuando estaba intentado que su cerebro se pusiera al día, la imagen del Príncipe Mendigo lanzando fuego de sus manos se repetía en su cabeza. ¿Cómo era posible? ¿Tenía sangre élfica corriendo por sus venas? ¿Hasta ese punto llegaba la «herejía» de Germania? Tantas preguntas, y tan poco tiempo.
A pesar de que la neblina apenas se disipaba, sabía que se estaba desangrando. Era lo que menos le preocupaba ante la realización tan desastrosa que la embistió como un dragón enojado. Y, desesperada como estaba, no movió un solo músculo.
¿Estaba en shock? Tal vez solo demasiado agotada como para intentar algo. No importaba mucho, en realidad. No había una forma para dejar salir el pánico que estaba creciendo. Intentó anclarse a la realidad en lugar de perderse en su cabeza.
Escuchaba jadeos. Respiraciones pesadas. ¿Eran suyas? No, bueno, una sí lo era. La otra debía pertenecer al Príncipe Mendigo. Recordó romperle el brazo. Un poco más a la izquierda y habría terminado todo.
No peleaba mucho. Era una ladrona, una buena en eso. Pero sabía que las batallas eran asuntos rápidos y sucios. No había discursos grandilocuentes, momentos grandiosos u horas de batalla como describían las historias. Un error y estaba fuera. Minutos de duración era lo suficientemente largo, y ellos se tomaron su tiempo, y solo porque Matilda lo convirtió en algo parecido a un asedio.
—Debiste entregarte.
Por un momento pensó que no lo había escuchado bien, demasiado concentrada en la espada que la estaba travesando, en lugar del chico, no, del hombre a su lado. No pudo evitar reír, deteniéndose casi de inmediato ante el recordatorio de que fue empalada.
—Na-nadie ha a-atrapado a Fo-Fouquet. N-no co-comenzaría... a-ahora.
Dolía como una perra, pero no pudo evitar hablar. Reconocía que a veces era demasiado infantil y corría riesgos durante los robos, o cuando se regodeaba, pero ¿podían culparla? Si nadie amaba su profesión, estaba condenado a una vida miserable.
Pensar que el robo se convertiría en su sustento. No es que tuviera algún tipo de sueño o anhelo que perseguir. Siempre fue demasiado realista para eso. No obstante, habría esperado algún tipo diferente de situación, incluso si disfrutaba escuchar su apodo en boca de tantos.
—¿Por qué... lo hiciste?
Ah, esa pregunta. Siempre la escuchaba, en realidad. Muchos lo gritaban cuando se veían despojados de sus riquezas, aunque mucho menos educados o calmados. Más bien alaridos de animales moribundos. Lamentables.
—E-emoción. Ve-venganza.
Medias verdades. Era excitante hacer lo que hacía, y odiaba a todos los bastardos endogámicos por igual. Pero no lo hacía simplemente porque quisiera. Todo fue como una bola de nieve que solo crecía, hasta que fue incapaz de detenerlo.
El primer robo estaba en su memoria. Un noble despistado, en realidad. Fue más una coincidencia que un acto planificado, pero casi podría llamarlo destino. Ver los platos de comida llenos, las sonrisas emocionadas de los niños, satisfechos por primera vez. La dulzura en los ojos de Tiffania.
¿Cómo podría detenerse allí? Ropa más cálida. Medicamento. Todo lo que necesitaba estaba al alcance, sujetas por manos codiciosas. ¿No estaba en su derecho hacerse con él? Ni siquiera era para su uso personal. Estaba a haciendo lo que todos le decían que era imposible: comprando la felicidad.
—Mientes —ya no sonaba tan sin aliento.
—I-ilumíneme, A-alteza —se esforzó en sonar burlona.
—No eres una mala persona.
Esta vez rio con ganas, sin importarle el dolor de hacerlo. Oh, eso era delicioso. Era la primera vez que un noble le decía que no era una mala persona. Le habría gustado grabarlo de alguna manera.
Y se detuvo de pronto. Se esforzó en girar su cabeza para mirar al chico a su lado, iluminado por una pequeña llama en su mano y la luz de las lunas. No veía odio o burla, la miraba con total seriedad. ¿Por qué no abandonaba su futuro cadáver para que se pudriera?
—¿Po-por qué si-sigue a-aquí?
—Nadie merece morir en soledad —fue un suave murmullo.
Tuvo una idea descabellada. Ya estaba en las puertas de la muerta, al menos si no recibía tratamiento inmediato. Y no había nadie para hacerlo. Así que, ¿importaba decirle todo, entonces?
Que alguien pudiera recordar a Fouquet por lo que en realidad era. La persona debajo del personaje caricaturesco del que se hablaba por toda Tristain. Solo un vistazo a su vulnerabilidad no importaba en el gran esquema de las cosas.
—Amor.
Y así se resumían las cosas. Amaba a Taffania. Amaba a esos niños en el orfanato. Habría llegado a las lunas y de regreso solo por ellos. Por algo tan simple, infravalorado e incluso ignorado como lo era el amor. Nada demasiado grandioso o malvado como esperarían.
—To-todo lo hi-hice por...
—La amable y adorable Tiffania —una voz distorsionada la interrumpió.
Matilda se sintió estremecer, y Zuko hizo lo mismo. De pie con indiferencia, y apenas alcanzando a ver algo, había un hombre con una máscara blanca. Estaba cubierto de pies a cabeza con una capa negra, por lo que su identidad permanecía en el anonimato.
Pero Matilda lo conocía, o lo más que podía conocer a cualquier espía. Ese hombre fue su contacto para el trabajo, pero apenas supo de él exceptuando por un par de ocasiones, como presentar el nombre del pub frecuentado por el director.
El príncipe se había puesto en guardia, aunque solo un brazo era funcional en ese momento. Ella no pudo estar más que feliz en este momento. Sí, estaba muriendo, pero al menos el Báculo de la Destrucción todavía llegaría a sus empleadores.
—Pensar que la gran Fouquet fracasaría —las palabras fueron como un balde de agua fría—. Supongo que no puedo esperar mucho de una ladrona.
Como si quisiera probar un punto, pateó el estuche que había arrebatado del lomo del caballo. Abierto gracias al impacto, no vio más que un bastón común en el interior. Sintió que las lágrimas picaban en sus ojos, pero se obligó a mirar a su contacto.
—Nunca recuperaron el Báculo, no fue más que una estratagema. Está a buen recaudo, en realidad. Siempre supimos que fracasarías —a pesar del abierto desprecio, sintió que la esperanza surgía, hasta las siguientes palabras—: Por eso matamos a la chica.
Fue como si el mundo se hubiera detenido. Creyó haber captado todo mal. Y se dio cuenta de que había hecho una pregunta cuando escuchó al enmascarado reír.
—Solo un cabo suelto que debía ser...
Ya no estaba escuchando. Apenas distinguió la bola de fuego disparada por el príncipe, respondida por viento. Fue un intercambio corto, apenas un minuto como máximo, ni siquiera una lucha, en realidad. El hombre solo se desvaneció, de forma literal, tras ser apuñalada por un carámbano. Dejó atrás nada más que la capa y la máscara, como si se hubiera evaporado.
Pero a Matilda no le importaba. Sus ojos, fijos en la nada, distinguieron la figura inconfundible del dragón azul con el que se había familiarizado en la Academia. Su dueña saltó del lomo, mirando los alrededores con ojo crítico, antes de enfrascarse en una conversación.
No sabía de qué estaban hablando. Sus labios se movían, pero nada llegaba a los oídos de Matilda. Lo último que vio fue el asentimiento de Tabitha antes de cerrar los ojos. Se permitió, entonces, dejarse llevar por la nada. ¿Qué importaba ahora? Solo quería que terminara de una vez por todos, y tal vez, solo tal vez, por fin tener algo de paz. Estaba tan jodidamente cansada.
§
XIX
§
Louise se miró fijamente en el espejo. Su ceño estaba fruncido, peinando su cabello. Probó dejarlo suelo. El vestido era rosa pálido, acentuando el color más vibrante de su cabello. Hombros al descubierto, pero no indecente. La atención debería centrarse en el collar de oro.
Negando con la cabeza, lo probó con una cola de caballo. Pasador dorado. Asintió con aprobación. Se notaría más las discretas joyas, en especial los pequeños pendientes. Su madre siempre le dijo que nunca debería verse de mal gusto a través del exceso.
Una parte de ella no quería asistir a la fiesta. Odiaba la atención por el simple hecho de que siempre resultó negativa. Este podría no ser el caso, por supuesto, pero los recuerdos siempre estaban allí. Las burlas y miradas, el desprecio apenas velado por su condición.
Lo peor era que no podía ausentarse, o irse temprano. Ella era uno de los invitados de honor. ¿Qué estaban celebrando? La muerte de Fouquet. Solo de pensarlo sintió un escalofrío. Louise no justificaba las acciones del criminal, y nunca lo haría, pero ¿no era demasiado exagerada la muerte? Supuso que no podía esperar demasiado de un salvaje de Germania.
Ella, junto con Kirche y Tabitha, fueron declaradas como partícipes, cuyo aporte fue indispensable para el acto. Toda una mentira. El Príncipe Mendigo, quien hizo todo el trabajo al final, se le consideraba el invitado de honor. Aunque ellas eran accesorios, podía darse el lujo de llegar un poco tarde.
Suspirando, giró sobre sus talones. Sentado en la cama, mirando a la nada, estaba Saito. Se había ataviado para la ocasión, luciendo una tonalidad de azul oscuro con algo de blanco. No hubo tiempo para hacerle ropa a medida, y por lo que había escuchado, la ropa era de Guiche. Basura o no, el infiel sabía de moda.
Si algo había que reconocer, era que Saito podía considerarse guapo. Cuando no vestía como un vagabundo y se la pasaba quejando. Incluso con sus facciones extrañas para un tristaniano. Tal vez debería invertir en su guardarropa para su familiar en un futuro cercano.
Aclarándose la garganta, Louise pasó por alto el rubor que manchó sus mejillas. Esperó recibir una respuesta, pero su familiar la estaba ignorando activamente. Frunció el ceño ante su actitud y volvió a toser en su puño, solo que con mayor fuerza. Esto pareció despertarlo de cualquier aturdimiento, aunque solo la miró, ceñudo, y volvió a lo que estaba haciendo.
¿Acababa de ignorarla...? ¡El nervio de este familiar! ¿Cómo se atrevía? Rechinando los dientes, inhaló y exhaló para intentar encontrar algo de paz. No podía causar una explosión; los nervios de todos estaban a flor de piel, y no se perdonaría si arruinaba el baile preparado por la princesa. Un poco apresurado, pero era un evento espontáneo.
Una vez que se sintió en calma, decidió dirigirse al dragón en la habitación.
—¿Qué haces allí sentado? ¡Peina tu cabello! No puedes presentarte así frente a la princesa.
En lugar de ponerse de pie de inmediato y acatar sus órdenes como lo haría normalmente, se quedó allí, solo que comenzó a mirar a través del balcón. Los dientes de Louise rechinaron antes de que pudiera darse cuenta, con la paciencia resquebrajada. No podía castigarlo, eso armaría una escena... Aunque, el látigo podría ser útil.
—¡Somos invitados importantes! —intentó hacerlo entrar en razón otra vez—. Fouquet fue detenido y...
—Querrás decir asesinado.
Louise se estremeció. Su voz era casi irreconocible. Ronca y amarga, baja en lugar del bullicio habitual. Fue en ese momento en que Saito la miró fijamente, sin reaccionar ante el hecho de que Louise lo estaba fulminando.
—Y fue Zuko quien lo mató. Solo fuimos carnada una vez, ¿y crees que nos están dedicando una fiesta? —bufó—. A veces me pregunto cómo cabe tanta arrogancia en ese pequeño cuerpo.
Louise se quedó con la boca abierta. Era esta la primera vez que su familiar tenía el valor para contestarle. Lo hizo en los primeros días, pero eran réplicas débiles e irritantes. Esta vez, Louise podía decir que estaba enojado. Como tal, contestó de la misma manera.
—¡¿Cómo te atreves a hablarme así?! —chilló—. ¡No eres más que un sucio familiar!
Esto pareció haber activado alguna especie de interruptor, porque, antes de que pudiera seguir hablando, Saito se había puesto de pie. Siempre tuvo que mirarlo hacia arriba debido a la diferencia de estatura, algo que la molestaba sin fin, pero era la primera vez que se sintió intimidada.
—¡Uno que salvó tu caprichoso culo noble!
—¡Es tu trabajo como familiar! —fue la respuesta automática.
—¡Mi trabajo! —exclamó, riendo a carcajadas por un par de segundos, antes de gruñir—: ¿Siempre tienes que ser tan perra? ¿Cuál es tu maldito problema?
—¿Yo tengo un problema? ¡¿Cuál es tu problema, hablándome así?!
—¿Ni siquiera sabes que lo tienes? —bufó, irritación exudando por cada polo—. Eres una niña caprichosa, engreída y demasiado arrogante como para ver algo más allá de tu nariz. ¿Siquiera piensas en otra persona que no seas tú? ¿Tienes acaso empatía? No, por supuesto que no, ¿por qué me molesto en preguntar?
Mientras Saito soltaba tal perorata, Louise solo pudo mirarlo con la boca completamente abierta. Aunque las palabras apagaron la ira de Louise por un momento, esta volvió con más fuerza ante el descaro.
—¡No te atrevas a hablarme así y acusarme de tus desvaríos dementes! ¡Por supuesto que tengo empat...
Ni siquiera la dejó terminar cuando soltó otra carcajada, solo que esta duró mucho más. Casi parecía ser capaz de caer al suelo y rodar. No obstante, incluso ella se dio cuenta de que no había nada de felicidad en la acción, era pura amargura.
—¡¿Dices que tienes empatía?!
—¡Por supuesto que lo tengo!
—¿Es así? —su rostro se dividió en una sonrisa torcida, maliciosa, diría—. Nueva información, Gremlin: ¡Me secuestraste de mi casa!
La boca de Louise se cerró de golpe. Había estado evitando pensar en eso. Nunca, bajo ningún motivo, se atrevió a preguntarse si su familiar tenía una vida antes de lo ocurrido. De hecho, se negaba a utilizar su nombre de ser posible, incluso se deshizo de la extraña ropa que trajo consigo, junto a cualquier baratija. Y aquí estaba, arrojándoselo a la cara, satisfecho de enmudecerla.
—¿Cómo crees que estará mi mamá, sabiendo que me desvanecí en el aire? ¿Mi papá? ¿El resto de mi familia, mis amigos? Y todo porque una pequeña perra pelirrosa quería una mascota glorificada para que no le dijeran en su cara una verdad innegable: ¡Que es una persona inútil y despreciable!
Y luego de eso, simplemente se fue, dejando a una Louise paralizada y mirando a la nada.
Henrietta recorrió el salón con la mirada. La mayoría de los asistentes eran estudiantes, por obvias razones; el evento se celebraba dentro de la Academia. Todos vestían sus mejores galas, y no le sería extraño si algunos decidieron escribir a casa para que enviaran algo. Incluso si era una celebración realizada en pocos días, todavía era un baile con la futura reina presente.
Luego estaba la facultad. El director estaba cerca de ella en la tarima improvisada, aunque elegante. Y, por último, algunos nobles que habían venido por la Exposición Familiar. La gran mayoría volvió a su territorio o la capital para atender asuntos que fueron postergados debido al encierro.
Los nobles que quedaban aquí, por desgracia una minoría, eran sus partidarios. No dudaba que estaban presentes por los juramentos a su difunto padre, pero era algo. Unos pocos no los reconocía como parte de los suyos, así que supuso que se los había ganado gracias a toda esta debacle, junto a la mentira del Báculo. Y también había un espía entre ellos.
Las Mosqueteras estaban en cada esquina de la habitación, con algunos caballeros mezclándose entre los invitados. Agnès saltaba ante cada ruido, todavía insegura sobre que todo había terminado, como si esperase a cualquier asesino colándose en el evento.
No pudo encontrar a Louise sin importar cuánto la buscó, y sus ojos se dirigieron a Zuko a su lado. Podía mezclarse con los otros atuendos elegantes, de simple negro y dorado, pero el suyo destacaba por sus aires militaristas. Parecía un oficial en lugar de un príncipe, erguido como cualquier soldado y solo desentonaba un poco gracias a la máscara de una tonalidad de negro más clara que su atuendo.
Zuko pareció sentir su mirada, pero ella volvió sus ojos al frente cuando él hizo ademán de girarse. La atención de todos estaba en ella. Acarició el broche de fénix y decidió terminar el asunto de una vez por todos.
—Sean todos bienvenidos. Es un placer para mí anunciar que le Báculo de la Destrucción fue recuperado con seguridad.
La declaración trajo una ola de aplausos, aunque suaves y practicados, se podía notar la alegría y excitación de los estudiantes. Ella, por su parte, sentía que la bilis subía por su garganta. Una cosa era mentir en la cara de los nobles que no dudarían en apuñalarla si se les presentaba la espalda. Otra muy diferente era mentirle a su reino. Hacía tiempo, cuando era ingenua, pensó que todo se haría más fácil.
—Debo hacer énfasis en tres estudiantes que, en una muestra de valor, honor y deber, ayudaron a recuperar la reliquia. Kirche Augusta Frederica von Anhalt-Zerbst.
Apenas evitó mostrar una sonrisa irónica cuando la mitad masculina del alumnado aplaudió con mucha más fuerza. La mencionada se pavoneó ante la atención, al menos para un observador ignorante. Henrietta podía sentir sus ojos, ardiendo como llamas, casi como si esperaba que la princesa lo arruinase. No le daría el placer.
—Tabitha.
La princesa de Gallia no se veía por ningún lado, y si lo poco que sabía de ella era cierto, debería aparecer cuando nadie le prestase atención. Esta vez los aplausos fueron más tranquilos, aunque no menos acogedores que los anteriores. Henrietta no siguió buscándola y proclamó el último nombre:
—Y Louise François Leblanc de La Vallière.
Esta vez, la recepción fue vacilante, dudosa. Quiso fruncir el ceño, pero eso enviaría un mensaje equivocado. Era bueno que su amiga no hubiera llegado todavía, no querría que presenciase esto. Para salvarla de más vergüenza, siguió adelante:
—No obstante, hay un nombre que merece una mención especial. No solo fue quien evitó que los estudiantes antes mencionados se dirigieran a una trampa plantada por el criminal.
Henrietta evitó estremecerse. Estuvieron así de cerca de caer en las garras de Longueville. No se hizo público, por supuesto. A pesar de todo, la princesa evitó dañar la reputación de la mujer y la versión oficial era que murió en el cumplimiento del deber. En realidad, fue una petición de Zuko.
—También dirigió la operación que llevó a detener al infame ladrón Fouquet, el Desmoronador —iba a presentarlo ya, pero ¿por qué no divertirse? A veces le gustaba ser un poquito dramática—. Muchos de ustedes habrán escuchado su nombre mediante rumores, ya fuesen maliciosos o aquellos que traen sus hazañas a nuestra nación.
»Conocido como un táctico prodigioso que fue criado por el mismísimo Dragón del Oeste, un mago poderoso cuya sangre noble se ha mantenido pura por generaciones y un guerrero sin parangón sobre el que cantan los bardos con jubiloso placer. Mi futuro esposo, rey consorte y general de las fuerzas militares de Tristain: el Fénix de Oriente, Zygmunt Ulrich Korbinian von Schwarz-König.
Aunque la multitud se quedó paralizada por unos segundos, pronto aplaudieron con fuerza. Su fervor fue menos que cuando lo hicieron por Zerbst, no obstante, fue una recepción mucho más cálida de la que esperaba. La parte femenina fue especialmente entusiasta, y notó que, ahora que la multitud no le prestaría atención, la princesa de Gallia hizo acto de presencia.
Miró de forma disimulada a su prometido, quien no pareció reaccionar, al menos, no más de lo que Henrietta esperaba. A Zuko se le notaba confundido, que se estaba resistiendo a romper el protocolo y llenarla de preguntas. Y ella sabía que debían hablar, la conversación se había estado postergando demasiado.
Con una orden, la princesa los envió a todos a bailar. Normalmente se reservaba la pista para ella y su primer baile, pero no había tanta rigurosidad en este evento. Además, tenerlos a todos distraídos le daría algo de la privacidad que quería.
Zuko, sabiendo lo que se esperaba de él, se acercó y le ofreció la mano. Ella la tomó, despidiendo a Agnès mientras se alejaba. Hubo risas y goce, además de varias otras charlas entremezclándose con los acordes de los músicos. No el mejor, pero todavía un lugar aceptable para una charla.
Si bien esperaba que el príncipe estuviese más tenso, se sorprendió cuando lo notó moviéndose con soltura. Bueno, no era tan sorprendente, en realidad. Se sabía que sobresalía como espadachín, y bailar no debería ser más complicado.
—Supongo que te debo esa conversación, Zuko —intentó deslizar algo de ligereza y diversión en su tono.
En lugar de una respuesta verbal, el príncipe asintió. Henrietta suspiró. Esto era algo que se había ganado, en serio, pero estaba buscando reparar. El hecho de que todavía podía sentir los ojos de Zerbst en su nuca no ayudaba a su nerviosismo.
—Primero me gustaría disculparme... La forma en la cual te traté no... no fue justa. Estaba enojada, y ni por un momento pensé en que tu estabas en una situación igual a la mía.
No era lo mismo. Un matrimonio arreglado era diferente para un hombre y una mujer. No obstante, ambos iban a estar atrapados en este contrato con un completo desconocido.
—No debería disculparse —el ojo visible del príncipe se cerró por un par de segundos—. Aparecí de la nada con el único propósito de arruinar su vida. Lo extraño sería que no me odiase.
Henrietta mordió su labio inferior. Había esperado desprecio, cualquier señal de que Zuko estaba molesto por tener que soportar los insultos. En su lugar, le entregaron comprensión y casi diría que consuelo.
—Sea cual sea la razón, no fui justa contigo. No merecías el mal trato que te he entregado, y a pesar de ello, no has sido más que un caballero conmigo, y un hombre honorable con Tristain.
Siguieron bailando en silencio, dejando que las palabras fueran absorbidas. Zuko era bastante bueno, y respetuoso, si debía agregar. Había perdido la cuenta de todas las veces en las cuales atrapó a su pareja de baile mirando su pecho. Los ojos del príncipe nunca abandonaron los de Henrietta, aunque, si tuviera que decirlo, su mente estaba en otro lugar.
Se mantuvieron así tanto tiempo que la princesa pensó que la conversación había terminado. No obstante, fue esta vez él quien la inició.
—Tenía pensado abandonar la Academia sin que nadie se percatara —confesó—. Lo pensé mejor, y la habría perjudicado con mis acciones. No obstante, la opción sigue en pie. Se libraría de este matrimonio por conveniencia. Solo dígalo, y nunca volverá a saber de mí.
Henrietta resistió el impulso de reír. Si Zuko le hubiera hecho esa oferta un poco antes, más específicamente, antes de la confrontación de Zerbst... Ella habría aceptado. Sin ningún tipo de duda, e incluso contra el buen consejo de Mazarin, le habría dicho que se fuera.
¿Ahora? Haciendo memoria, Zuko siempre fue respetuoso con ella a pesar de que le dio razones para no serlo. No había ningún tipo de lujuria, nada de avaricia desmedida o condescendencia. Era demasiado rígido, sí, e incluso un hereje si tenía que creer las palabras de Romalia. Un hombre dulce, si confiaba en Zerbst.
Si lo pensaba detenidamente, era el candidato perfecto para ella. Un príncipe de una poderosa nación, quien carecía de cualquier aspiración de poder, el comandante competente que tanto le hacía falta, en su rango de edad y terrible para mentir. ¿Qué más podría pedir de un matrimonio, en el que pudo, si tenía mala suerte, conseguir a alguien opuesto que bien podría ser su padre o abuelo?
Henrietta se acercó a él, casi abrazándolo. Su cabeza descansó en el hombro de Zuko, quien evitó sobresaltarse. Su temperatura corporal era alta. Ignoró las miradas que le dirigieron; tenía que vender el acto, después de todo.
—No... Simplemente... me costó aceptar las cosas. Amaba... —Henrietta cerró los ojos por unos segundos y se corrigió—: Todavía amo a alguien que no está entre nosotros. Incluso luego de tanto tiempo. Y verte aparecer, con una arrogancia nacida de mi subconsciente, me hizo enojar.
»Quiero este matrimonio. Has demostrado una y otra vez ser un hombre digno y honorable, más de lo que he demostrado merecer... Pero no puedo amarte.
Y ese era el quid de la cuestión. Todavía amaba a Wales. Una pequeña parte de ella sentía que lo traicionaba al aceptar el matrimonio. Era ridículo, infantil, casi delirante.
—No creo... que pueda amarte tampoco —fueron las suaves y dudosas palabras del príncipe.
Sonaba ridículo, pero eso le trajo alivio. ¿No sería una desgracia que cualquiera de los dos se enamorase de una persona que no correspondería sus sentimientos? Sabía lo trágico que podía ser el amor.
—El amor no es necesario, al menos el romántico —se corrigió a sí misma—. Simplemente... quiero ser tu amiga. Conocerte. Amarte de una manera diferente a lo que se espera, si me lo permites.
Henrietta se separó y lo miró a la cara. Habría jurado que estaba sonriendo, pero debió ser una ilusión. Lo que sí destacaba era la ausencia de su ceño fruncido habitual, dándole una cualidad mucho más afable. Al menos podría decir que su esposo, si aceptaba el matrimonio, era un poco guapo.
—Será un honor para mí.
No hubo necesidad de más palabras mientras bailaban.
Zuko se separó de la princesa cuando terminó la canción. Henrietta, a quien debería acostumbrarse a llamar por su nombre y tutear, quería hablar con su amiga. Vallière había llegado tarde, y tampoco se veía muy feliz al respecto, aunque nunca la vio contenta por nada.
Estando libre, aprovechó para un baile con Kirche. La mirada de Zuko fue suficiente para espantar a uno de los pretendientes, para gran diversión de su prima. Su vestido púrpura era demasiado... germano, a falta de un término mejor; significaba que ofendía el pudor de muchas damas tristanianas debido al escote y la ausencia de hombros.
—Veo que arreglaste las cosas con la princesa —fue el comentario de bienvenida.
—Hablaste con ella, ¿no es así? —dijo Zuko.
Kirche era una excelente bailarina, hasta el punto en que hacía que Zuko se sintiera como un novato. Él no alegaría maestría, pero practicó lo suficiente, y su prima fue tanto su pareja como instructora, hasta que el tío tomó el relevo.
—Solo una pequeña charla de chicas, ¿sabes? —se rio con gracia—. Un insignificante... ¿Cómo lo llaman los tristanianos? Un tête à tête.
—Kirche...
Su prima chasqueó la lengua, consciente de que no lo había engañado. El cambio de actitud de la prince- Henrietta fue demasiado abrupto, y todo luego de que Kirche se quedase a solas. Gracias al alboroto de Matilda no le dio demasiada importancia, pero, que no fuese bueno tratando con las personas, no lo convertía en un idiota.
—¿Qué querías que hiciera? —rechinó los dientes—. No iba a dejarla que te tratara como si estuviera por encima de ti.
Ya no estaba hablando tristaniano. Cambiaba de idioma, de bajo germano, pasando por dänischi, sorbisch, saterfriesisch y por último nordfriesische. Sonaría desordenado para un oyente exterior, pero diseñaron un sistema y era algo que hacían desde niños cuando necesitaban mantener sus conversaciones en privado. La variedad lingüística de Germania lo permitía; por algo era un imperio, después de todo.
—Y lo agradezco —respondió de la misma forma, variando el lenguaje—. Pero no deberías inco...
—Al diablo la princesa —era obvio que se esforzaba por no gritar, y su sonrisa solo tuvo un pequeño tic—. Piensa en ti por una vez. ¿Qué es lo que quieres?
¿Qué quería él, si todavía podía hacerse esta pregunta? Nada, porque no lo merecía. Sin opciones, pero podría hacer lo que siempre hacía: sacar lo mejor de cada situación. La única alternativa que tenía cuando su vida no estaba en sus manos. Así que, sabiendo que no podía mentirle, no a ella, dijo:
—Creo... creo que esto es lo mejor. Son las órdenes de Su Majestad, pero... No estoy en contra. La prin... Henrietta es una buena persona, a pesar de sus defectos y... estás aquí, en Tristain. No puedo pedir más.
Era extraño ver a Kirche avergonzada, así que disfrutó de la vista extraña. Dejarla sin palabras era una ocurrencia tan rara que podía contarlas con una sola mano. Y como siempre, no lo señaló, solo disfrutaron de su mutua compañía hasta que la música terminó.
Zuko se despidió de ella con un rápido abrazo que inició, escabulléndose cuando los buitres llegaron para reclamar un poco de atención. Fue una oportunidad para alejarse de todos los ojos que lo miraban, pero decidió planificar cómo, en un futuro, eliminar a todos los carroñeros que la sobrevolaban. Sus privilegios familiares.
Se dirigió al balcón, donde podía ver a Azula, y fue uno de esos momentos en los que agradecía que su rostro estuviese atrapado en un constante ceño fruncido. Las personas que se interpusieron en su camino se abrieron como el mar Rojo frente al supuesto Fundador.
El balcón era amplio, podía sostener a varias personas hombro con hombro. No era completamente silencioso, pero al menos no había tantas personas asfixiándolo. Se apoyó en el borde, acariciando al fénix y soltando un suspiro antes de mirar las lunas en el cielo.
Las multitudes lo ponían nervioso, al menos las desordenadas. Ya se había acostumbrado a su regimiento y la disciplina inherente a ese tipo de vida. Incluso si nunca fue de los que participada en las fiestas de la victoria, no de forma voluntaria al menos, podía tolerarlos durante un tiempo decente.
Una parte de él extrañaría la vida militar, aunque por los aspectos menos emocionantes. Todo era simple, en realidad. Ir al lugar destinado, y hacer lo que se le ordenó y cosechar los resultados. Bueno, él era el hombre a cargo y dispensaba los comandos, pero el punto era el mismo, ya que su objetivo era claro.
La vida civil, por el contrario, era confusa y demasiado voluble para su gusto. Muchas de las cosas que ocurrían no tenían sentido, la mayoría de las acciones carecían de lógica. Pelear no era diferente, pero no era eso lo que extrañaría Zuko.
Simplemente... todo esto no era algo que supiera cómo manejar. Sobrellevó emboscadas que casi le costaron la vida. Vio el rostro de la muerte más veces de las que un chico de catorce a dieciocho años debería. Y aquí estaba, torturado por la incertidumbre de la vida palaciega.
«Rey consorte», en eso se convertiría. Una parte morbosa de su mente, una que nunca alimentaba, no pudo evitar recordar las palabras de sus hermanos mayores. Nunca escatimaron en restregarle en su cara que jamás se volvería gobernante, y aquí estaba, recibiendo la corona primero que cualquiera de ellos. Oh, la ironía no se le escapaba.
Volvió a suspirar. Al menos, haría algo que le resultaría familiar. Y eso sería poner en forma a las fuerzas militares de Tristain. A diferencia de Germania, y a pesar del nombre, su nueva nación no contaba con un ejército permanente. Había posiciones que sí estaban ocupadas de forma indefinida, por supuesto, pero el ejército de pie...
Si no recordaba mal, estaban los Caballeros Dragón, Mantícora y Grifo. Junto a ellos, las posiciones más técnicas y especializadas de la armada también mantenían personal permanente. Supuso que los estrategas de turno estaban en su lugar sin fecha obvia de despido.
No había forma amable de decirlo. El ejército de Tristain era mundialmente conocido por ser lamentable, y ahora estaba sobre sus hombros la responsabilidad de hacerlo competente.
Demasiado trabajo, pero lo mantendría distraído. Necesitaba reorganizar el ejército. Los Caballeros Dragón, Mantícora y Grifo pasarían a un solo liderazgo que respondería solo a Henrietta y él; no obstante, todavía existirá la posición de capitán para el liderazgo de campo y se tendrán en cuenta sus especialidades.
El ejército de a pie iba a necesitar un comandante competente; se desharía del nepotismo sin duda, además de agregar variedad; Germania no solo era un grupo de plebeyos zarandeando palos, no cuando el adiestramiento estaba en orden.
Reestructuraría la protección de Henrietta. Promovería el reclutamiento y entrenamiento de Mosqueteras, además de filtrar a los caballeros de a pie. No necesitaba incompetentes y espías entre ellos.
Por último, la armada. Podría tomarla por su cuenta, ya que tenía experiencia en eso... ¿Debería escribir una carta a su regimiento? No era tan obtuso como para ignorar el hecho de que la mayoría le era leal a él, no a Germania. Había espías, pero sabía que, si le escribía a su lugarteniente, solo los confiables responderán el llamado.
Procedería con la idea. También estaba en orden preparar los alojamientos necesarios, lo que incluía la familia, que podrían usarse como palanca para amenazarlos. Sin contar el hecho de que sabía lo doloroso que era estar separado de los seres queridos.
Con esto hecho, solo quedaba una parte igual de importante, pero que sería mucho más difícil de lograr: cambiar la mentalidad de la nación. No se hacía ilusiones, por supuesto, porque no era más que un soldado. No obstante, había algo que era imposible pasar por alto: Tristain odiaba demasiado a los plebeyos.
Las Mosqueteras eran una excepción, por supuesto, pero una que fue hecha por Henrietta. Los demás plebeyos, reclutados como levas, no recibían entrenamiento de combate. Germania, por su parte, instruyó parte de su población para luchar, un servicio militar obligatorio. Otro asunto que necesitaba cambiar si quería que Tristain sobreviviera su guerra contra Albion.
Ni por un momento creía que el Káiser en realidad los ayudaría, sería demasiado bueno para ser cierto. Una Tristain debilitada y dependiente favorecería el dominio de Germania sobre la región.
Con un tercer suspiro, dio media vuelta para apoyarse en la baranda. No obstante, su corazón casi salió de su pecho y sus manos emitieron leves chispas cuando vio a Tabitha de pie frente a él. Como si siempre hubiera estado allí, comía con indiferencia de un plato con una cantidad impropia de una pequeña dama.
Su largo vestido era uno con volantes y varias tonalidades de azul, además de blanco, bastante recatado si se comparaba con las elecciones de la mayoría de las damas germanas. No obstante, no era menos atractivo; diría que era todo lo contrario, a pesar de su poco sentido de la moda. Resaltaba la belleza de Tabitha de una forma que solo la modestia podía hacerlo.
Tabitha pasó a su lado y miró en dirección de las lunas, todavía comiendo. Zuko tuvo suerte de que no fuera otra persona, aunque tampoco creía que alguien al azar podría acercarse a él sin que pudiera escuchar.
Sabía que iba a pasar más tiempo con Tabitha en un futuro cercano, incluso con sus responsabilidades como rey consorte. Ella era la única persona en Tristain que sabía su pequeño secreto; la magia sin catalizador era herético y podía hacer que cualquiera, junto a su familia y conocidos, ardieran en la hoguera.
Zuko no estaba en completa desventaja, puesto que sabía que ella era una espía. Si volaba su tapadera, no tardaría en ser aprehendida y ejecutada por representar un peligro para el futuro de Tristain. Nada comparado con lo que haría Romalia si descubría lo que Zuko y toda su familia era capaz.
Ambos guardaban el secreto del otro, además de uno compartido. Y disfrutaba su silenciosa compañía. El silencio era siempre ligero, carente de demandas y expectativas.
Pero no tenía pensado mantenerlo, no en esta ocasión. Todavía recordaba que ella le había hecho una pregunta cuando estaban en la Posada de las Hadas Encantadoras. Una a la que respondió a medias, y sobre la cual no hubo exigencias. Si sabía algo que podía hacer que lo mataran, ¿por qué no decir sus razones para todo lo que hizo?
Cruzándose de brazos y con la mirada dirigida al salón, donde todos revoloteaban en feliz ignorancia, dijo:
—Fue por deber. Debía redimirme ante los ojos de mi padre. Deshonraba su apellido. Germania valora las habilidades marciales casi como Tristain valora a su Fundador.
»No fue más que un castigo. Un exilio en todo menos el nombre. Así que necesitaba sacar lo mejor de él. Podía ayudar a mi nación, a las personas, a través de mis acciones. He derramado demasiada sangre, pero mucha menos que si el Káiser o los otros príncipes lo hubieran hecho.
Ese era el asunto clave. Odiaba la guerra, las batallas y cualquier matanza. Pero fue necesario. Él lo hizo rápido, indoloro para las partes en conflicto. Trajo orden. Y se odió a sí mismo cada segundo de ello.
No hubo necesidad de decir nada más. Ni siquiera sabía si la necesidad de explicarse fue correcta. ¿Por qué hacerlo? Era obvio que ella no lo veía como un loco homicida como el resto. ¿Tal vez porque era amiga de Kirche? Más preguntas sin respuestas.
Salió de sus pensamientos cuando sintió que jalaban su ropa. Miró en dirección de la única persona presente, quien le apuntaba con el tenedor. Había un pequeño trozo de carne, y el plato vacío; la primera acción fue sorprenderse ante tal velocidad de ingesta.
Los ojos indiferentes de Tabitha no revelaban nada, pero las acciones hablaban más. Esto solo podía ser una ofrenda de paz, si no un gesto genuinamente amable al notarlo decaído. En realidad, no importaba. Ambos podían destruirse mutuamente, así que ¿por qué no ser civilizados el uno con el otro?
Inclinándose, tomó la ofrenda. No había probado comida del banquete, y aunque era de los que prefería la simpleza, fue agradable para su paladar. Tendría que acostumbrarse a las comidas palaciegas de ahora en adelante, porque enviaría un mensaje incorrecto si comía solo pan en las mañanas.
Sus ojos volvieron al baile. Todos divirtiéndose, riendo como si no hubiera preocupación alguna en el mundo. Como si Albion no los estuviera amenazando con la guerra inminente. Le hizo preguntarse si alguna vez tuvo tal emoción e inocencia... Por supuesto que sí, pero se sentía tan lejano, casi como ver a una persona diferente.
Chispas azules caían a su alrededor, algo que le hizo buscar a Azula. Estaba sobrevolando perezosamente, dejando el rastro habitual con cada aleteo. Pareció aburrirse de estar sentada, pero tampoco quería alejarse demasiado, así que optó por la mejor opción.
Miró de nuevo a su compañera en el crimen, y tuvo una idea repentina. ¿Por qué no, de todas formas? Tenía el espacio suficiente, era una de las cosas que disfrutaba, aunque era más por su madre y los recuerdos. Lo transportaba a una época mucho más simple, cuando podía decir, sin lugar a dudas, que era verdaderamente feliz.
Zuko ofreció su mano derecha en una petición silenciosa. Notó, aunque fue fugaz, que había tomado a Tabitha por sorpresa con eso. La duda estuvo allí, pero la hizo a un lado y correspondió su gesto.
Ambos se sumergieron en un lento vals bajo las lunas, y Zuko, a pesar de la incertidumbre, de desconocer si las cosas iban en realidad a mejorar, se permitió una suave sonrisa que desapareció en un parpadeo.
