La oscuridad de la noche y del departamento de Investigación y tortura eran iguales. Quizá por eso se acostumbraban tan rápido y las personas más puras y buenas eran las primeras en salir corriendo. De no ser fuertes y tener valor, no durabas en ese sitio. Morino lo sabía mejor que nadie, por eso mismo era severo con quien ingresaba al departamento. Ni el mismo Hokage tenía poder sobre las personas que él aceptaba ahí y a quienes no. Por supuesto, podía ser una orden oficial, pero sólo Ibiki sería quien definiría quién era apto para quedarse.
No había lugar para débiles en la oscuridad. Si se quedaban, pronto las sombras los engullirían. Y no habría forma de salvarlos.
Ibiki pasó la noche en la sala de investigación, un nombre bonito para lo que era un sitio de tortura. Se tomó un descanso y no fue hasta la tarde que el sujeto en cuestión perdió el conocimiento y no pudieron hacerlo reaccionar. Así, dio órdenes de vigilarlo y avisarle cuando despertara. Un ninja médico siempre lo acompañaba para asegurarse se que el criminal no muriese durante la tortura, algo que podía llegar a suceder considerando que algunos hasta se desmayaban del susto antes de empezar.
—Estoy rodeado de inútiles —se quejó Morino saliendo de la sede y pensando en su almuerzo. La noche ya le pasaba los talones, así que prácticamente sería una cena, pero estaba bien. Acostumbrado a los largos periodos de ayuno o misiones suicidas, pasar un día sin comer bien no era nada para alguien como él.
Ibiki solo necesitaba concentrarse y volver al trabajo. Para eso, antes de comprar un almuerzo estándar en el combini, iba a pasar por un café, bien cargado y fuerte, cómo para levantar un muerto. O dos.
Después de su día, lo único que le importaba es que su café fuera recién hecho. Se lo dijo a la camarera que lo atendió, pero mentalmente se decía que se iba a olvidar. Todo lo demás, le importaba bien poco con tal de no sentir el sabor del café recalentado en su boca.
Pero la vida de un investigador y torturador profesional como él nunca era tranquila. Claro que no. Si no era un asesino, era un espía o peor: uno de los suyos traicionándolos. Lo importante es que la paz nunca era una opción. Y en parte, lo prefería.
Ibiki, quien fue parte de la generación maldita que solo vio guerras, perdidas y muertes, estaba perdido sin ello ¿Qué podía hacer un genio de la psique humana y la tortura como él? ¿Enseñar? ¿Motivar a los ninjas? No, no existía un lugar adecuado para él. Si la paz no existía del todo, era lo que le permitía seguir existiendo a él y a tantos otros que formaban parte del departamento y estaban tan rotos como él. Por eso, está paz temporaria, aunque le gustaría que perdurará siempre, sabía que podía ser él fin de él y los suyos.
¿Qué lugar había para un torturador si no había a nadie que torturar para extraer información?
No existía.
—Morino-san. Cásese conmigo.
Esas palabras y la presencia de la heredera del clan Hyuuga fueron suficientes como para querer desaparecer de ahí.
Ibiki lo meditó mucho a pesar de que fue un corto periodo de tiempo. La respiración agitada, las pupilas dilatas y el leve temblor en las manos le decían que era alguna broma juvenil de la que él no quería participar. Y con la vista ansiosa de Haruno en ellos, sabia que era momento de ignorarlas y seguir en lo suyo.
—¿Es una broma?
Creyó que su tono severo y su indiferencia serían suficientes para alejarla. Él no tenía intenciones de participar en ello. Para nada. Una joven que se había metido a querer jugar con él: un genio de la mente humana, no caería en una tontería como esa.
Deseaba recoger su café y salir cuando sintió un jalón en su sobretodo y volteó a ver a la misma mujer. Su voz tembló un momento, pero insistió en lo mismo.
—M-Morino-san. Lo que dije es en serio. Cásese conmigo.
Se fijó en su mirada. Quería encontrar un rastro de mentira en su rostro, pero no había. Eran los tics propios de la Hyuuga al estar nerviosa. Aún así, él no podía tomar eso en serio. ¡Sería un idiota si lo hacía!
—Hyuuga —la llamó y ella brincó antes de mirarlo. Era como un conejito a punto de ser comido por una bestia—. ¿Estás segura de que no es una broma? Córtalo aquí y has como si nada hubiese sucedido.
Su café llegó y con eso, ya no tenía más nada qué hacer ahí más que volver a trabajar.
Mas, el trabajo sonaba como una atractiva escapatoria que todavía, no iba a poder disfrutar.
