Hoy, Sirius Black se ha despertado de buen humor, a pesar de ser martes. Los martes son el día que menos gusta a Sirius: el fin de semana anterior ya se ha olvidado y el próximo se ve aún muy lejos. Pero hoy no. Hoy es un martes menos martes porque es su cumpleaños, el día que cumple 11 años. Y eso significa que pronto llegará su carta para ir a Hogwarts y podrá perder de vista a su familia la mayor parte del año. Qué pena que no sea para siempre. Pero hasta que eso suceda, aún quedan bastantes meses. De momento, hoy va a disfrutar su día.

El tío Alphard llegará después del desayuno, pero no para darle clase como todos los días. Hoy se libran de estudiar. El tío Alphard le ha prometido que irían a dar una vuelta por ahí, quizá al Callejón Diagon y puede que allí le compre un regalo. Aún no tiene pensado qué le va a pedir, pero ayer en El Profeta vio un anuncio de una escoba que parecía muy prometedora.

Llaman a la puerta. Es Reg, que quiere ser el primero en felicitarle. Sirius le da las gracias y un abrazo y su hermano le dice que le espera abajo para desayunar. Mientras se viste, Sirius piensa que, cuando se marche al colegio, quizá sí que eche un poco de menos a Regulus. Pero solo un poco. A veces puede llegar a ser muy pesado y siempre le estropea la diversión. Con Reg no se puede hacer nada que suponga saltarse un poco las normas de la casa, que es lo divertido. No se chiva a su madre, ahora ya no, pero tampoco le cubre si le pillan en alguna travesura. Con la de veces que Sirius ha tapado las chapuzas de Reg…

Bueno, ya se ha vestido y es hora de bajar, que ya le empieza a rugir el estómago. Llega a las cocinas y allí está su hermano, preparado con dos vasos de leche y una bandeja de tostadas. Los elfos domésticos, Kreacher a la cabeza, están preparando una tarta. A Sirius le gustan mucho las tartas. Recuerda que su madre le dijo ayer que esta tarde habrá visita de algunos familiares para celebrar su cumpleaños. A Sirius no le gustan las visitas familiares. Son unos estirados, aburridos y estúpidos. Se siente tentado de cambiar algún ingrediente, el azúcar por sal o algo así para ver la cara que ponen sus familiares, pero desecha la idea. Si hiciera eso él no podría comer la tarta y, además, iría en contra de la última política que ha tomado respecto a su madre. Se ha propuesto 'portarse bien'. De momento no le está saliendo mal la jugada, ya que debido a ese comportamiento le están dejando salir a la calle. Antes era una cosa impensable, no vaya a ser que algún muggle osara posar sus sucios ojos en un Black. Aunque Sirius no sabe hasta cuándo va a poder mantener esta postura. Es terriblemente aburrido. Pero para pasar el rato, últimamente su hermano y él juegan muchas tardes al ajedrez mágico y el darle unas palizas terribles a Reg resulta más entretenido de lo que pensaba.

Los hermanos terminan de desayunar y se marchan al salón. Regulus está escogiendo un libro mientras que Sirius espera con impaciencia al tío Alphard. Ya no debe tardar mucho. Mira el reloj. Son las nueve menos diez. El tío dijo que vendría a en punto. Sirius se sienta con las manos en los bolsillos, mirando a su hermano hojear libros. Menos cinco. Aparece Walburga, su madre, que mira a sus hijos y, sin decirles apenas nada, recoge su cesta para bordar y se sienta en el sillón enfrente de Sirius. En punto. Su madre saca su varita y comienza a moverla dirigiendo la aguja, entrando y saliendo de la tela entre el bastidor. Las nueve y un minuto. Kreacher llega con una jarra de agua, que deja en una mesita y se va. Dos minutos más. A Sirius este tiempo se le hace eterno. A las nueve y cinco minutos por fin suena la campana de la puerta. Sirius se levanta como un resorte y hace un esfuerzo terrible por no salir corriendo, es una de las cosas que últimamente su madre les ha prohibido hacer dentro de la casa. La mira de reojo. Walburga ha levantado la vista de la labor. Un minuto más tarde, el tío Alphard se asoma por la puerta de la salita.

- Buenos días, hermana. Chicos.

- ¡Buenos días, tío! – saludan los hermanos a la vez.

- Alphard.

- Sirius, ¿estás preparado?

- Sólo me falta el abrigo.

- Pues corre, ve a ponértelo y nos vamos.

- Alphard – dice la señora Black -. Volved a las cuatro. A y media vendrán Cygnus y Druella, padre, madre y los tíos Arcturus y Melania a tomar el té. No les hagáis esperar.

- Llegaremos a esa hora, Walburga, queda sin cuidado.

Sirius se termina de poner el abrigo que ya le traía Kreacher y tío y sobrino salen por la puerta principal caminando. Sirius se extraña. Otras veces que han ido al Callejón Diagon han usado los polvos Flu, pero no dice nada y observa la calle. Los primeros días de Noviembre han llegado con mucho frío y la niebla no se ha levantado del todo. Los muggles van y vienen con prisas sin prestar atención.

- Tío, ¿dónde vamos? – Sirius ya no puede contener su curiosidad -. Creía que íbamos al Callejón Diagon.

- Y vamos a ir, pero primero vamos a hacer una parada a un sitio que creo que te va a gustar.

- ¿Sí? ¿Dónde? ¿Qué es?

- Es una sorpresa, pero de esto ni una palabra a tu madre. Si se llega a enterar nos maldice a los dos de por vida.

Humm. Algo que no aprueba su madre. Entonces seguro que es divertido. Los planes que más le gustan a Sirius son los que hacen entrar en cólera a la señora Black. Tío y sobrino pasean por las calles de Londres mientras charlan animadamente y ven los escaparates de las tiendas muggles. En una de las tiendas compran varios dulces. Se come algunas golosinas y guarda otras para Reg, seguro que le gustan, aunque se echa en falta alguno de los efectos que producen los dulces de los magos, como los que provocan estornudos.

- Aquí es – el tío Alphard se detiene delante de un edificio con una gran entrada y muchas luces alrededor a pesar de ser de día. Se acerca a una señora situada detrás de una mampara -. Dos entradas por favor.

El tío Alphard le da unas monedas a la señora y ella le da unos papeles a cambio y se dirigen hacia el interior. Un chico uniformado les sale al encuentro. El tío le da los papeles y les conduce por unas puertas a una gran sala llena de butacas. El chico les indica dónde se han de sentar y ellos lo hacen de buena gana. Sirius observa alrededor. Allí no hay mucha gente, apenas otras diez personas, y aparentemente son muggles.

- Estamos en un cine, Sirius – le explica el tío Alphard, que parece que le esté leyendo la mente -. Vamos a ver una película muggle.

- ¿Qué es una película?

- ¿Sabes las fotografías que hay por casa siempre, que se mueven? Pues esto es algo parecido, solo que las escenas cambian, añaden sonido y lo hacen sin magia.

- Pero las fotos de los muggles no se mueven, tio. Lo he visto en la calle, en los periódicos muggles.

- No las fotos muggles, no, pero esto no son fotos exactamente. Son como muchas fotos – en ese momento, se apagan las luces de la sala y una luz blanca aparece en la pared a la que están encaradas las butacas. Al poco aparecen las imágenes de las que habla el tío Alphard -. Ahora atiende, calla y disfruta de la película. Luego me puedes preguntar lo que quieras. Si hablamos, vamos a molestar a los demás.

Sirius obedece. Pero durante poco más de una hora que dura la película, se tiene que morder la lengua para no preguntar continuamente a su tío. Sirius se queda maravillado de lo que ve y escucha. Le parece increíble que los muggles hayan conseguido hacer todo eso sin pizca de magia. Cuando salen, el aluvión de preguntas no tarda en llegar. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo juntan las imágenes con el sonido? ¿Seguro que no usan magia? ¿Hay muggles escondidos que van hablando mientras salen las imágenes? ¿Siempre dicen y hacen lo mismo? ¿De verdad que no está hecho con magia?

- Y tío, ¿Cómo saben los muggles que hay vampiros? ¿No se supone que son criaturas mágicas y que deben permanecer ocultos?

- Verás, lo que acabas de ver, no creo que pasase en realidad, al fin y al cabo es una historia inventada por muggles. Pero tampoco son tontos. Hace siglos, sobre todo en Rumanía, no estaban tan controlados ni los vampiros estaban tan dispuestos a ocultarse como los magos. Con el tiempo, esto cambió, como te he explicado alguna vez durante las clases. Pero de algún modo, aunque finalmente la comunidad de vampiros aceptó tener una vida más discreta, los muggles se acordaban de ellos, aunque ya convertidos en seres solo presentes en cuentos de viejas.

- Entonces, ¿los muggles no saben que los vampiros existen de verdad?

- No. Por lo menos la mayoría no. De vez en cuando algún vampiro se deja ver de más, ataca algún pueblo de muggles, pero gracias a los magos los muggles no se acuerdan de nada, se les borra la memoria igual que cuando alguno de los nuestros hace magia en su presencia.

- ¿Y no es mejor que tanto los vampiros como los magos no interactuemos con los muggles? Así no descubrirían nada…

- Exacto, por eso se redactó el Estatuto Internacional del Secreto Mágico.

- Si, por lo de las persecuciones de brujas y magos en la Edad Media y eso…

- Veo que a veces atiendes y todo… Pero también has de saber que ni los vampiros ni los magos somos capaces de vivir aislados completamente. Los vampiros necesitan la sangre de los humanos para vivir y los magos forzosamente tenemos que vivir entre muggles. Mira dónde estamos, dónde vivimos, dónde están el Callejón Diagon y el Ministerio.

- Eso es una cosa que nunca he entendido, tío. Si madre odia tanto a los muggles y todo lo que tiene que ver con ellos, ¿por qué no se ha ido a vivir a otro sitio?

- Ay, Sirius. Vaya preguntas haces. Tienes que entender que tus padres recibieron esa casa como regalo de bodas cuando se casaron. La ancestral Casa de los Black – A Sirius le parece que su tío dice esto con cierta amargura -. Esa casa ES la familia Black. Es el símbolo de la pureza de sangre, el estatus, el centro de toda la familia Black desde hace generaciones, la que tiene que ocupar el cabeza de familia y desde donde se tiene que trasmitir ese sentimiento a las futuras generaciones. Eso es lo que nos enseñaron desde pequeños tus abuelos. Por eso tus padres viven ahí, por mucho que no les guste vivir rodeados de muggles y quizá por estar en donde está, tus padres odien aún más a los muggles.

- Pero tú y madre sois hermanos y tú no odias a los muggles. Me has llevado hoy al cine y te podías haber ido a vivir a otra parte y también te has quedado en Londres.

- Es verdad, yo no odio a los muggles, ni comparto las ideas de tus padres. Es más, pienso que es una soberana estupidez no mezclarse con ellos. Nosotros nos hemos quedado atascados en el siglo pasado, mientras que los muggles siguen avanzando en su tecnología. Los coches, el teléfono, la televisión… podrían salir tantas cosas buenas si colaboramos con ellos… - el tío Alphard se para en seco de hablar, mirando con los ojos muy abiertos a Sirius, que también le estaba mirando a la vez con la misma expresión -. Mierda. No he debido contarte todo esto.

- No te preocupes, tío. A mí también me gustan las cosas muggles –Sirius sonreía a su tío-. ¿Sabes? Cuando crezca podría mudarme contigo e iríamos al cine más a menudo. Odio a mis padres. Creo que nunca me han querido.

- Eso no es cierto, Sirius. Tus padres te quieren. A su manera, vale. Pero te quieren. No puedo hablar por Orión, pero Walburga y yo crecimos de la misma manera que tú y Regulus, y la conozco. Es incapaz de mostrar sus sentimientos porque considera que es un signo de debilidad, algo que no es compatible con el apellido Black, la abuela Irma era igual. Y reconoce que tú tampoco le pones las cosas fáciles, siempre metiéndote en líos.

- Bueeeeno, yo… es que…

- No te preocupes – el tío Alphard se ríe y le pone la mano en la cabeza a Sirius, despeinándolo -. Yo era un poco como tú a tu edad. Creo que los padres esperan demasiado de sus primogénitos varones. ¿Sabes que también he estado a punto de mandar a la mierda a la familia varias veces?

- ¡No! ¿Y qué pasó? ¿Qué te hicieron? ¿Por qué no te fuiste al final?

- Calma, Sirius –El tío Alphard vuelve a reir -. Tus abuelos se empeñaban en que me casara y yo no estaba por la labor de hacerlo. Pero cuando Walburga y Cygnus por fin se casaron con alguien de su agrado a mí me dejaron tranquilo. Luego naciste tú y tu madre me hizo tu padrino y aquí estoy. Espero que ahora estés contento de que no haya abandonado a la familia, porque todavía estoy a tiempo de hacerlo…

- ¡No! ¡No! No te vayas. No me dejes solo con esa arpía…

- ¡Sirius! Es tu madre y merece un respeto.

- Perdón, tío…

Sirius no se ha dado cuenta, pero mientras hablaban llegan al Caldero Chorreante. Pasan y el camarero les recibe. El tío Alphard pide una mesa y el camarero les acompaña a una habitación privada. El ser un Black a veces tiene sus ventajas. Al poco tiempo el camarero vuelve con la comida, que está deliciosa. Sirius no se da cuenta del hambre que tiene hasta que da el primer bocado y prácticamente engulle la comida. Después, el tío Alphard le lleva por el Callejón Diagon de compras. Paran en la librería, a recoger un libro que el tío había encargado. Pasan por delante de la tienda de artículos de Quidditch. Allí un grupo de niños de aproximadamente la misma edad que Sirius se agolpan en el escaparate admirando la escoba que tienen expuesta. Un niño con gafas a su lado le pregunta a su madre si podían comprarla. Sirius mira a su tío, pero no le hace falta decir nada. Al mismo tiempo que la señora le decía a su hijo que quizá para Navidad, el tío Alphard niega con la cabeza.

- No podrías usarla en casa y no te dejarán usarla fuera. Mejor para más adelante.

El tío coge al sobrino del hombro y se alejan de allí. Se detienen en la tienda de lechuzas. El tío Alphard le hace un gesto a su sobrino. Como preguntándole. Sirius niega. No le hace especial ilusión un animal. Si tuviera alguien a quien escribir, podría usar alguna de las lechuzas de su padre. Siguen caminando.

Sirius se detiene en la entrada de una tienda en la que hay una mesa llena de cachivaches. Sirius coge una radio. Es pequeña como para que quepa en un bolsillo, negra, con florituras en plata. El dependiente de la tienda sale, les explica que está rota, pero que se puede arreglar. A Sirius no le importa, le gusta arreglar cosas y así tendrá algo con lo que entretenerse y, si llega a arreglarla, podrá escuchar los partidos de quidditch. El tío Alphard parece estar de acuerdo con el regalo esta vez y le da al dependiente el precio que pide.

- ¡Madre mía! Si ya son las cuatro y cinco. Vamos Sirius, volvamos. Tendremos que aparecernos. Como se nos ocurra llegar tarde tu madre nos cuelga de las orejas. Agárrate bien.

El tío Alphard coge a Sirius del abrigo y se desaparece. Al volver a aparecer, en un rincón de la calle donde vive, Sirius pierde pie pero no llega a caer. Se repone elegantemente del traspiés, como si no hubiera pasado nada pero también nota su estómago revuelto. Afortunadamente no era su primera vez. Si no, hubiera sido mucho peor. Aún se acuerda cuando su madre se los llevó a él y a su hermano de esa manera a San Mungo una vez que Regulus era muy pequeño y perdió el conocimiento. Vomitó varias veces mientras iban corriendo a la consulta del medimago.

Entran corriendo a la casa. Regulus se encuentra esperándolos en la entrada, deseando que Sirius le cuente lo que han hecho. Su madre también está allí. Muestra signos de estar impaciente.

- ¡Por Merlín! Alphard, mira que te he dicho que llegarais puntuales ¿Y si a los demás les da por llegar pronto?

- Eres una exagerada, Walburga. Sólo han pasado cinco minutos. En una de estas te va a dar un ataque y te quedas en el sitio.

- ¡Qué poco respeto por tu hermana mayor! Hablarme así… ¡Bah! ¡Sirius! Ve a cambiarte, ya tienes la ropa encima de la cama, y baja al instante. ¡No te entretengas! ¡Que no tenga que subir yo a buscarte!

El tío Alphar y su madre se marchan en dirección a la salita, donde ya debe estar todo preparado. Sirius, seguido por Regulus sube por las escaleras hacia su habitación. En el segundo tramo, se encuentra con su padre. Parece que hoy ha vuelto pronto en su honor. Bueno, en honor a los invitados, mejor dicho. Orión Black detiene un momento a su hijo.

- Sirius. Feliz cumpleaños. Tengo un regalo para ti – Orión busca un momento en su bolsillo y saca un paquete pequeño. Se lo entrega a Sirius -. Es tradición que se regale un reloj a los varones Black en su once cumpleaños. Ya casi eres un hombre.

- Gracias, padre – Sirius abre el paquete y, efectivamente, es un reloj de bolsillo en plata y grabado con el escudo de los Black. Al abrirlo ve que los puntos que marcan las horas brillan como estrellas -. Es muy bonito.

El hombre da una palmada en el hombro al chico y se marcha hacia abajo. Recordando las palabras de su madre, Sirius y Regulus corren hacia la habitación del primero. Una vez llegan, Sirius le da a Regulus las golosinas muggles que había guardado y mientras se viste, le va contando lo que han hecho en el Callejón Diagon. Omite deliberadamente el cine. Regulus es un bocazas y, aunque no lo hace a propósito, se le escapa siempre todo. Le enseña también la radio que le ha regalado el tío Alphard y Regulus le promete que le ayudará a arreglarla. Sirius sabe que no lo hará porque no se le da bien, pero se lo agradece igualmente. Ya está arreglado y se mira en el espejo. El traje, de terciopelo negro con botones y ribetes plateados en las costuras, debe ser el regalo de su madre, porque no lo había visto antes. La verdad es que le queda muy bien, hace juego con sus ojos. Su madre podrá ser todo lo arpía que quiera, pero tiene muy buen gusto con la ropa, las otras mujeres siempre se lo dicen.

Los hermanos bajan deprisa, pero sin correr, a la sala. Los invitados ya deben estar a punto de llegar. Efectivamente, allí aún sólo están sus padres y el tío Alphard.

- Gracias madre – dice Sirius, estirándose el traje. Mira a su madre, la cual se estira un poco, como si no fuera ya de por sí bien estirada, y una sombra de sonrisa parece que asoma a sus finos labios. Casi desparece la arruga de la frente que siempre está ahí cuando lo mira. Casi parece que esté orgullosa de su hijo. Casi.

- No te has peinado. Ven.

Pero las palabras de Walburga esta vez no suenan como si le estuviera regañando. Se acerca a Sirius y le atusa el pelo con las manos. Normalmente, Sirius odia cuando hace eso, pero esta vez deja hacer a su madre sin rechistar. Sirius piensa en ese momento que ese instante es lo más cercano e íntimo que ha compartido con su madre desde que tiene uso de razón. Un fogonazo verde proveniente de la chimenea los distrae y Walburga se vuelve inmediatamente para ver salir de la chimenea a su otro hermano y su esposa. Detrás de ellos van apareciendo también sus abuelos. Tras los saludos y los regalos (varios libros y unos cuantos galeones), los cumplidos y las frases de cortesía, los adultos parece que se olvidan de los niños y se ponen a hablar de cosas de adultos. Momento en que los chicos se retiran a un rincón a comer tarta y pasteles, a cotillear de sus familiares y a jugar a las cartas, que hace mucho que ya no explotan y por eso se les permite jugar en el salón con ellas.

Ya tarde, los familiares se despiden y se van marchando por la chimenea. El último en salir es Alphard, que se despide con un 'hasta mañana', guiñándoles un ojo. El día siguiente tendrán la clase habitual con él. La señora Black manda entonces a los chicos a la cama. Los cuales obedecen sin rechistar, pues están muy cansados. Al llegar a su habitación, Sirius se despide también de Regulus, que se mete con los ojos casi cerrados a su cuarto. Está tentado de quedarse dormido hasta con ropa y todo, pero su madre se enfadaría mucho por arrugar el traje nuevo y, como se ha propuesto 'portarse bien', se desviste de mala gana y se pone el pijama. Ya en la cama, justo antes de dormirse, Sirius piensa que probablemente este haya sido el mejor cumpleaños de toda su vida.