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Viernes Negro


Hace mucho que se observa en los tejidos del fresno, mundos de otros tiempos. Su visión atormenta incluso al más impávido guerrero, cuando la guerra no es como la llegó a conocer, como cuando las costumbres se erosionan bajo el castigo de los actos de la naturaleza. Y para el hombre que se oculta en un asqueroso hueco, no es la excepción.

El mismo rostro se encuentra en todos ellos. Pertenece a un hombre que responde al nombre de Kazuto Kirigaya, que se atrinchera en el suelo tras la barra del servicio entre manchas de tinto. La lluvia de metal que proviene de las armas enemigas destruye todo lo que se cruza en su camino, inundando todo el Infierno del Júbilo con el olor de la pólvora. Protege sus oídos con las manos, llenándose de pequeñas astillas. Los cartuchos rebotan contra el suelo. Luchaba retorciéndose para disminuir su tamaño, a medida que los proyectiles rozaban su cabello.

El invierno pasado transcurrió como cualquiera. La población fue víctima de la costumbre con cada amanecer. Océanos de soldados ambulan por las calles, vestidos con trajes que en aquel siglo no distingue a sus usuarios; otros llevan túnicas holgadas, estolas y uniformes coloridos. Algunos atraviesan enormes portales bajo tierra, ajenos a la muchedumbre de la superficie. Los carros circulan a toda prisa en una ciudad que no se detiene. Incluso de noche. El temor a las jaurías o criaturas de la noche era cosa superada; la vegetación exuberante era cosa del pasado. No obstante, la constante no escapa a la visión de los más ávidos. Se trata de una multitud de hombres jóvenes que salen todas las mañanas, unas horas después del alba. Llama la atención, que todos visten igual: túnica negra plomo, camisetas con corbata y adornados con escudos amarillos en el pecho, llevando en la espalda la más extraña de las alforjas. Se ubican en cubículos, apretujados unos con otros. Acuden a un lugar poco acogedor, construido para coartar su propia voz, cortados por la misma tijera. La entrada señala "Escuela para Supervivientes de Sword Art Online". Para Kazuto Kirigaya era su último invierno en ese lugar. A pesar de ello, se reconoce felicidad en su rostro esculpido con cuidado milimétrico. Incluso en ese lugar, logra mantenerse alegre. Diría incluso que su sonrisa agrada a la vista. Un rostro que no muestra señal alguna de grosería ni de falta de tacto. Supongo que todos ellos son dignos de su tiempo y su educación. Se ve inundado por multitud de sus semejantes que lo admiran. Todos lo conocen, como el más valiente. Llega a mis oídos el nombre de Kirito, El Espadachín de Negro; Aspecto de los Spriggan, puesto que seguro ganaría por mayoría entre la élite. Las mujeres espían por las esquinas su rostro perfectamente esculpido; ojos grises que al resplandor del sol parece un plateado lleno de diamantes y cabello azabache del que un mechón de flequillo llega hasta su nariz.

Las características comunes del joven más guapo y popular del pueblo.

Sin embargo, agradece que en aquel mundo no predominan nuestras leyes; sobre todo porque existen quienes le lanzan miradas capaces de escupir fuego y herirlo de gravedad. Lo normal incluso entre reinos cuando existe una belleza de consorte como lo es Asuna Yuuki. Para Kazuto, ella representa el principio y el fin. La única mente aguda que puede comprender el más pequeño de sus pensamientos. Una belleza rara, y apasionante como pocas. La casualidad de que su habilidad con la espada en el campo de batalla los haya reconciliado, y unido de forma que nunca lo ha hecho con otro hombre o mujer, los hace una pareja perfecta no solo en el fresno, sino incluso en toda la creación. Él no es un amante ingenioso, pero la paciencia y habilidad de Asuna para derribar las penas, lo enamora todos los días. No obstante, la constante vigilancia de su club de admiradores, y aquellos para quienes su romance significa la perfección, agobia incluso al más noble de los ingenuos.

Ese sería el último invierno de constante vigilancia. Y salir más temprano de lo acostumbrado, ayuda para que parezca más lejano. Se permitieron tener una cita tomados de la mano, casi sin miradas curiosas e incómodas. Salir por aquel portal significaba que solo son un par de desconocidos más en pleno tramo público. Caminar por el centro y encontrar jóvenes sentados en las bancas públicas con sus parejas entre besos y ofreciéndose bocados de comida directamente en la boca entre risas. Otros leían extensos manuscritos, dignos de los eruditos de la época. Varios surfean las superficies menos pensadas con sus patinetas, solo para amortiguar la caída con el culo. La lluvia pasajera trajo consigo el olor a tierra mojada y del césped; los niños chapoteaban en los pequeños charcos sin prestar atención a quienes pasaban por su lado. Así iban distraídos en la felicidad de su compañía. Faltaban pocas semanas para presentar los exámenes de medio curso, y la tensión ya se siente en sus estudiantes. Notable es el tiempo que pasan juntos entre sus paredes, sobre todo cuando las líderes de su "escolta de vigilancia" brillan por su ausencia. Rika "Lisbeth" Shinozaki casi se duerme sentada durante la hora de "matemáticas", y Keiko "Silica" Ayano luce ojeras al punto de parecer una calavera con piel de sobra.

Kazuto lo disfruta con arrogancia desmedida. La falta de atención es un lujo poco valorado.

Como cada viernes, se detuvieron en la cada vez más concurrido Café Dicey. El lugar se mantiene modesto y bullicioso. Se reúnen en pequeños círculos, aunque ninguno de ellos tenía el calor del fuego. Kazuto y Asuna son tan conocidos, que incluso los parroquianos del local saludan mientras se acercan al mostrador.

—Saben que no tienen que acabar aquí en cada una de sus citas de los viernes, ¿no? Hay lugares más divertidos a los que ir. —Era el saludo normal de Andrew Gilbert "Agil" Mills. Se apresuró a servir a Kirito su taza de café mocca con espuma y canela.

—Es el único lugar donde me sirven el café como me gusta. —respondió, estrechando su mano, en lo que Agil vertía azúcar en su café.

—Más bien, el único lugar donde el dueño te consiente. A nadie más se le sirve algo así.

—¿Qué tal la semana? —preguntó Asuna.

—Los clientes llegan por montones.

—¡Hombre, cualquiera diría que es bueno! Deberías abrir uno en Alfheim.

Tsuboi "Klein" Ryoutarou se sentó al lado de Kazuto, saludando como de costumbre. Un golpe en el antebrazo derecho. Dejó de quejarse cuando entendió que no planeaba dejar de hacerlo.

—¿Han ojeado el grupo? —preguntó, bebiendo de un trago la copa de sake que Agil le sirvió—. Habrá nueva actualización en ALO. Se rumorea que finalmente seremos Alf´s.

—Suguha me estuvo platicando esta mañana, pero no le hice mucho caso. —comentó Kazuto.

—Pues debemos considerar loguear pronto y prepararnos.

—Después del asalto de hoy, lo charlamos con Shino.

Como en cada una de sus citas de los viernes, después de compartir la tarde en la taberna, la acompaña hasta la puerta de su casa. No solo porque resulta romántico, sino porque unas noches antes, Asuna comentó que se sentía vigilada cada vez que regresaba tarde a su casa. Al principio, pensó que solo era un acosador del instituto que querría tomar fotos de Asuna, o que quería esperar la ocasión adecuada para hablar con ella; incluso que era una excusa para pasar más tiempo juntos. Pero ese viernes, la obscuridad era extraña y más misteriosa que las propias profundidades del mundo más oscuro del fresno.

Era húmeda y pegajosa. Acosa en cada esquina cual espíritu de ultratumba; un silencio turbio que incluso asfixia el concierto de los grillos. Kazuto trató de ahuyentarlo con cualquier tema de conversación. Perdido en sus pensamientos, permanece alerta a los alrededores. Las luces de la calle parecían atraer su presencia en lugar de alejarla, como si fuera una sombra que se arrastra por el suelo, aprovechándose de sus homólogos. El sendero se hizo cada vez más estrecho a medida que se acercaban a la esquina para cruzar al conjunto de residencias lujosas, donde está la casa de Asuna. Era una sensación desagradable de peligro a lo invisible, listo para estrangular en un abrir y cerrar de ojos en el más mínimo. Se siente realmente estúpido por temerle a la noche, aunque nunca falta razón para hacerlo.

—Guardaré este momento en mi memoria por siempre —dijo Asuna al mismo tiempo, cerrando los ojos—. Kirito, el espadachín que teme a su propia sombra.

—Muy graciosa. —replicó el chico, rodeando su cintura y retomando el camino.

Se despidieron con un beso en el portal de Asuna, y regreso sobre sus pasos. La sensación no lo abandono en el camino de regreso. No comprendió la advertencia en ese momento. Aquellos tiempos nunca volverían, o al menos, hasta donde deja ver los tejidos del fresno.


Cenó junto a Suguha y luego entró en Gun Gale Online, acompañado por Yui de su hija adoptiva. Por supuesto, no muchos lo sabían. Para ellos, solo sería una pequeña con una inteligencia sin igual, que se hace pasar por su hija. Ignoran el hecho de que, ellos la salvaron de su amnesia; que le dieron un hogar en aquel juego de la muerte, y que además, eran su objetivo. Nada brilla más que el amor en medio de la muerte, o la soledad en la prisión de la mente. Y aquel pequeño espíritu lo percibió, y como un hada, se sintió atraída por su naturaleza. Ella alegra el corazón de su pequeño círculo. Lo saluda alegre con un abrazo a la altura de la cintura. Esta vez no era un hada, sino como una pequeña niña normal de nueve años. Lleva puesta una chaqueta de cuero negra, pantalones de mezclilla, botas, guantes y una bufanda marrón oscuro. No pasó ni un segundo para que gritara de horror y cambiara con un simple chasquido, a algo más familiar.

Cuando Shino "Sinon" Asada le envió invitación para formar grupo, como siempre es el último en llegar. El escuadrón de guerreros ya estaba listo para partir de Glocken, la ciudad capital de aquel extraño mundo consumido por la muerte. Kazuto condujo uno de los llamados vehículos artillados. Agil iba en el platón, con armas de largo alcance, alerta de cualquier bestia que los atacara desde su nido. Klein iba montado en una motocicleta de alto cilindraje con Sinon como acompañante.

Aquella tierra ocupa construcciones en ruinas, sabanas de asfalto y pueblos malolientes a aceite quemado, abandonados por sus habitantes. La arena salta con el avance del carro mientras se dirigen al Valle de la Muerte. Se trata de los restos de un enorme complejo de edificios gigantescos, rodeados por los peligros del desierto, adornados por las calaveras de los difuntos. Se detuvieron a veinte metros de la plaza, de la que solo quedaban unos cuantos pilares en pie de pequeñas construcciones de mármol. Kirito se percató que todo parecía rodearlo, como si estuvieran en el origen de aquel lugar. A pesar de su estado, encontró la finura de los arquitectos en sus detalles. Debía tratarse de la residencia del líder de aquella ciudad. De un suspiro dejo atrás esos pensamientos y subió las escaleras de caracol de un edificio en ruinas, lejos del campo abierto. Allí esperaron hasta la puesta del sol. Sinon, su líder de escuadrón daba las órdenes de costumbre.

—Usen capas para cubrir su equipo de combate. Kirito, te necesito en primera línea distrayéndolos con tu espada, es lo mejor para que Agil los acribille con su minigun —dijo una estoica Sinon, ocultando parte de su rostro con su bufanda, caminando de un lado al otro con paso firme—. Yo me encargo de dar de baja al enemigo más peligroso desde aquí. Asuna se valdrá de su arma láser para arrebatarles sus escudos. Klein, tú la cubrirás con tu fusil. Nos valdremos de la ayuda de Yui para monitorear los pasos del enemigo.

—Pueden contar conmigo. ¡Operación Acribilla a tu enemigo con fuerza letal autorizada, comandante Sinon! —dijo Yui con su voz cantarina de niña. Hizo el saludo militar, juntando ambos pies. Hizo aparecer un pequeño transistor y lo coloco en su oreja derecha para luego permanecer firme. Sinon mostró una pequeña sonrisa, como pocas veces ocurría en su rol de líder.

—No exageres, Yui. —señaló Asuna, aguantándose la risa debido al entusiasmo de su hija. Se inclino a su altura y le beso la coronilla.

—Estoy seguro de que el enemigo usara alguna minigun también. Nos hemos hecho demasiado famosos para pasar desapercibidos. Es al primero que tenemos que quitarnos de encima. —opina Agil. Daba el último mantenimiento a su arma antes de la batalla.

—No se preocupen por eso, me encargaré de sacarlo del juego.

—Yui, no te separes de nosotros y quédate siempre a cubierto. Si fallamos, debes desaparecer. ¿Entendido?

La niña asintió a su padre adoptivo, ya acostumbrada al mismo discurso en cada uno de sus asaltos.

Bajaron de las ruinas con ayuda de cuerdas y poleas hasta llegar a tierra firme. Avanzaron para alejar la batalla de Sinon y aprovechar la sombra del atardecer, ocultos en las antiguas columnas.

Kirito miró en derredor, valiéndose de su costoso equipo de incursión militar. Sinon aguarda en las alturas; inmóvil, como un búho en la oscuridad del bosque, alerta a cualquier movimiento enemigo. Asuna estaba justo al frente de Klein, y Agil, en el punto más alejado de la retaguardia. Permanecieron en silencio bajo sus capas, sin apartar la vista del horizonte aun con la brisa del verano sobre ellos. La arena se pega a sus rostros como una segunda capa de piel. Valiéndose de miras infrarrojas, ven a través de la bruma que sobrevuela esporádicamente el territorio, hasta la altura de cabezas en ocasiones.

Llamó su atención faltando diez minutos, cuando un hombre vestido de gabardina blanca apareció en el horizonte. Sinon lo observó a través de su mira, y determino que tiene la misma edad que ellos, aun cuando anda erguido y orgulloso, con las manos en los bolsillos totalmente despreocupado. Lo único que alcanzan a distinguir es su cabello, a la altura de las orejas. Protege su identidad con una máscara de hierro.

—Yui… —dijo a través de los micrófonos.

—Está solo.

—¡Kirito! —gritó aquel hombre en tono mordaz. Su voz es gruesa, tosca y metálica, como si estuviese simulada por computadora— ¡Sé que estás aquí y que Sinon me vigila en las alturas!

—¿Qué? —inquirió Klein, apretando su carabina automática—. ¡¿Cómo carajo sabe todo eso?!

—Nos vendieron. Tenemos que irnos de aquí cagando leches. —alertó Agil.

—Voy a salir. —opinó Kirito.

—¡Es obvio que es una trampa! —masculló Asuna.

—No sabemos si nuestro informante nos vendió, o si trata de hacer tiempo. Si lo atacamos revelaremos nuestro verdadero número y nuestras posiciones. Si voy yo solo todavía tenemos oportunidad con la primera jugada. Sinon, ¿a qué distancia lo tienes?

—Mil setecientos cincuenta metros —dijo observando su brújula y midiendo la potencia del viento, calculando su disparo—. Ve tranquilo. Mientras no me vea, no importa que conozca de mi presencia.

—Ten cuidado Kirito. —susurró Asuna.

Salió de su escondite, y aun con el apoyo de sus compañeros, aquel enemigo lo hizo sentirse incómodo. Los hilos del fresno se estremecieron con violencia. Y Kirito, aunque no podía percibirlo, de inmediato supo que algo no estaba bien. Su energía embriagadora lo puso en máxima alerta.

—Siento el retraso. La verdad hubiera preferido encontrarme contigo en una situación más real. —confesó el extraño.

—Pues esto es lo más real que verás de mí —contestó Kirito inflexible. Metió las manos en sus bolsillos como excusa para tomar su arma—. Eres muy valiente para venir solo sabiendo que ya los esperábamos. Si no era información falsa, supongo vienes de avanzada para eliminarnos y abrir paso a tus amigos.

—No me malinterpretes —asevera dando pequeños pasos en derredor—. Ellos ya vienen en camino, pero son tan lentos que los adelanté. Soy un hombre de paciencia corta, Kazuto Kirigaya.

Pestañeó. La sangre se concentró en su estómago.

—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunta Kirito.

—Sé mucho más que eso, Kazuto. Incluso, se todo acerca de Midori Kirigaya. Una mujer dulce, considerando que adopto al hijo de su difunta hermana. ¿Conocerá las consecuencias de ser tu familia?

—¡¿Quién eres?!

—No, no. Todo a su tiempo, pero puedes llamarme "Seth" si te place —dijo con una calma difícil de leer a través de su simulador de voz. Introdujo ambas manos en los bolsillos provocando que Kirito se pusiera en guardia. Sinon lo enfocó a tiro. Los demás tenían el dedo puesto en el gatillo—. Veras Kazuto, mis colegas han decidido tomar una vía de acción más directa esta vez—dijo, caminando de un lado al otro como un felino antes de saltar, estudiando el entorno. Kirito vio posar su mirada en las columnas tras suyo, contándolas—. Tienes cierta propiedad que necesitamos. Vengo a llevármelo por la fuerza. Pero si lo entregas por las buenas, podrán vivir un poco más.

Kirito sintió su peso a través de los cristales oscuros de su máscara. Una pesada, intolerante y puntiaguda mirada.

—Tu red de información es buena, pero hay un detalle que no te han dicho. Tengo amigos poderosos, así que tampoco podrás hacer daño a nadie.

—Limítate a contestar.

—¡Yo no he robado a nadie!

—Parece que tendré que refrescarte la memoria.

Antes que pudiera contestar, sintió una fuerte corriente de aire pasar a su lado, dejando atrás una estela que clavó pequeños granos de arena en su rostro. Giro sobre sí mismo y abrió tanto los ojos que pensó que le saldrían de las órbitas, cuando cogió a Yui por un brazo y la sacó de su escondite.

—Tú vienes conmigo.

Kirito no empezó a correr cuando Sinon disparó directo al pecho del enemigo. La bala tardó menos de dos segundos en impactarle dejando una nube de polvo hecha por la metralla. Seth se quedó allí de pie, despidiendo luces fosforescentes de color blanco aperlado, aflojando su agarre. Yui corrió hasta colocarse junto a su madre.

—Ya terminó —dijo Sinon sin darle importancia—. ¿Están todos bien?

—¡Nunca he estado tan cerca de la muerte desde que tuve que mirar suicidios en SAO!

—Tomaré eso como un sí —agregó la conocida francotiradora de hielo, tomando su rifle con una sola mano. Era tal su tamaño, que desde el suelo llegaba hasta sus hombros—. Regresemos y discutamos eso de los Alf´s para volver a…

—No esperaba menos de Hecate Sinon —La voz de Sinon murió en los micros. Kirito quedó congelado cuando aquel hombre recuperó el habla— Pero se sobrevaloran demasiado.

Observo con mis propios ojos lo que mucho se habla en los tejidos del fresno; mundos de otros tiempos. El rapto del espíritu blanco.