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Batalla en el Valle de la Muerte


El instante en que Seth se incorporó, indiferente al disparo de Sinon, los pensamientos de Kirito se congelaron. Dejo de percibir la consecuencia del mundo en que se encontraba. Escuchó que en ocasiones, los juegos virtuales se paralizan. El principal defecto del veloz avance en la realidad virtual reluce en momentos incomprensibles para los humanos, y recordó la constante de la mente. No se puede interpretar aquello que somos incapaces de comprender, al contrario que las emociones. Al menos, es la conclusión que Kirito obtuvo del proyecto del club de robótica y desarrollo. Sin la inclusión de un programa parecido a Yui, el sistema cardinal no es capaz de interpretarlas. Es más sencillo dejar al cerebro encargarse de ellas, aunque la acumulación provoque errores; o lo que para Kirito era lo mismo: ser incomprendido.

—Es inútil —espetó Seth entre la nube de polvo, cuando Sinon se incorporó y disparó a su cabeza—. No podrán matarme con un arma de este mundo.

El aura asesina del enemigo moldeó el silencio. Para cuando se dieron cuenta, Seth ya había avanzado igual a un destello, directo a por la niña que estaba con Asuna. Se detuvo en seco, trayendo consigo la densidad rota de la atmósfera. Fue tal la impresión de Asuna, que no reaccionó cuando Seth extendió su mano y la rechazó con una poderosa descarga. Como si estuviera armado con un cañón de aire, hizo que se estrellara contra una de las columnas.

—¡Mamá! —gritó Yui.

Kirito se mordió la lengua. Entendió que el plan daba igual. Activó su espada y cortó el brazo derecho de Seth, liberándola de sus garras. Sin detenerse a pensarlo, hundió un puño en el estómago de Seth con todas sus fuerzas, cogió a Yui por una mano y echó a correr a toda velocidad en ayuda de Asuna. Klein arrojó granadas de concusión y acudió en su cobertura igual que Agil. Sinon luchaba por hacerse oír entre el bullicio de la multitud. Contó quince enemigos que salían de la nada por ambos costados, armados hasta los dientes. Kirito y Asuna desvían los balazos con la espada. Sinon disparó a diestra y siniestra, derribando enemigos como muñecos de práctica. Un par de municiones atravesaron el cuerpo de Seth por tercera vez. Se recupero del ataque de Kirito y se movió tan deprisa que Sinon no pudo seguir atacándolo. Hizo aparecer un arma y dio un par de tiros en su dirección. Uno de ellos hirió su hombro derecho. Escucharon el aullido desde los micrófonos.

—¡Ayúdala! —gritó Kirito a Klein cuando llegaron a los vehículos, alcanzo a coger su moto y condujo en su ayuda.

Kirito ocupó el puesto del piloto en el artillado, y arrancó a toda máquina cuando sintió que Agil abordó la parte trasera. Condujo a toda velocidad directo a su guarida en la capital.

—¡Aquí vienen! —gritó Agil en la parte trasera, recargando el arma del vehículo.

Cinco carros de combate aparecieron por los costados, pisándoles los talones. Reconoció a seis pistoleros del Bullet of Bullets, que salieron de los techos. Abrieron fuego, ametrallando el vehículo de Kirito. Se escuchaba el rebote de los impactos, confundiéndose con el fuego de Agil, que intentaba disparar a las llantas de sus perseguidores.

El caos estalló en plena vía. Los jugadores atrapados en el fuego cruzado eran eliminados en medio de la trifulca. Kirito esquivó los balazos maniobrando en zigzag con la cabeza gacha. Tres de sus perseguidores rodearon el vehículo, encerrándolos con una formación que recuerda un triángulo; y contra todo pronóstico, llegaron de un salto al lugar de Agil, estallando en una pelea cuerpo a cuerpo con espadas y disparos a quemarropa. Kirito miro en el retrovisor como Asuna voló directa hasta el asiento trasero, rompiendo el parabrisas de un golpe. Uno de los cristales cortó a los invasores, haciéndole caer. Antes que el resto pudiera reaccionar, uso un pequeño cuchillo láser para eliminarlos. Una bala perdida por poco da en la cabeza de Kirito. Frenó con violencia para coger la salida de la vieja interestatal que conduce hasta Glocken. Dos de sus perseguidores se estrellaron contra las defensas.

—¡¿Quieres matarnos?! —bramó Asuna.

—¡Hago lo que puedo! —gritó Kirito, que arrancó de nuevo alejándose de sus perseguidores.


Sinon escuchó la conversación por el micrófono, al mismo tiempo que entendía que su herida no era normal. El hombro le ardía, y sintió como se hinchaba alrededor de la zona de entrada, como si el fuego estuviera destruyéndolo desde dentro. Trató de incorporarse y preparar la bienvenida a sus verdugos, hasta que la puerta comenzó a crujir y retorcerse violentamente. Escucho los disparos del otro lado; también objetos arremeter contra el metal. Seguramente alguien vino en su ayuda y terminó acribillado a manos de sus armas automáticas. Pero, no acabarían con ella sin luchar. Por lo menos arrastraría uno con ella.

La puerta giro sobre sus goznes, una vez se destruyó la cerradura. Klein esquivó la bala de Sinon que iba directa a su cabeza gracias al sistema de aviso. Ella respiró con alivio, aunque no estuviese muy satisfecha por haber fallado tres veces un mismo día.

—¿Sueles hacer agujeros a quien toca tu puerta?

—Solo si me tocan mucho los ovarios.

—¡Vine a salvarte! —graznó.

—¡Era imposible saber que eras tú! —impuso Sinon—. ¿Me ayudas o no?

—Ya hice bastante.

—Me duele el hombro.

—A mí la cabeza. ¡Ah verdad, es gracias a ti!

—¡Ya cállense! —protestó la voz de Kirito desde los micrófonos. Klein hizo subir la moto por las escaleras hasta la azotea.

—¿Lograron perderlos?

—Sí. Los esperamos en…

Los murmullos irreconocibles de Yui lo interrumpieron en seco. Su rostro era pálido, y temblaba igual que una hoja en otoño, negando con las manos sobre su cabeza. Kirito escuchó un zumbido que rasgaba el aire con violencia, haciéndose cada vez más fuerte. Miró por el retrovisor; se podía ver el horror también en su rostro. Un helicóptero militar apareció en el horizonte, directo hacia ellos. Kirito escucho el chirrido ametralladoras gatling comenzaban a girar, entendió que no era una mera ilusión. Esquivó los balazos por una nariz. Los proyectiles hicieron saltar pedazos de asfalto como gotas de agua.

—Están acabados… —masculló Klein con histeria. Hubo un golpe seco, y se percató que Sinon se arrojó al suelo, y apoyaba su rifle en el trípode y calibra la mira telescópica de su rifle—. Sinon, están a más de dos mil metros, no vas a poder derribarlos.

—Pruébame.

Los gritos ocupan el canal de audio. Los pensamientos de Sinon están a la orden de preparar uno de los mejores disparos de su vida; luchó por calmarse a través del frío confiable de su rifle. Colocó los brazos del arma al filo del muro. Arruga la frente cuando los enfoca con la mira telescópica. El helicóptero se detuvo frente un edificio abandonado que el grupo de Kirito usa como refugio con el objetivo de derribarlo a roquetazos. El asistente de puntería tenía vida propia, agitando su visión con cada latido del corazón de Sinon.

Respiró hondo sin apartar la vista del aparato, totalmente inmóvil. Se arrancó el micrófono de la oreja. Solo estaba en sintonía con sus latidos, y por la poderosa sensación que recorría su espalda. Tuvo la plena certeza de que, si falla, sería el fin de Kirito y los demás. Su herida en el hombro se lo recordaba. Aumentó el alcance y pudo ver ambos pilotos. La adrenalina hizo desaparecer el dolor, al mismo tiempo trataba de sincronizar su respiración con el ritmo del asistente de puntería y el tiemble de sus manos. Calculaba la fuerza del viento que sopla en dirección oeste. No importaba, la fuerza de su arma podría superarla sin problemas. Solo debía aumentar su latitud. Relajó su agarre. El arma se agitaba cada vez menos. Pudo sincronizar su respiración con el asistente de puntería. Encontró el ritmo. Solo serían un par de segundos. Aumentó el alcance. Pudo ver el rostro cubierto de ambos pilotos.

«¡Ahora!»

Contuvo la respiración y disparó.

Cuatro toneladas de acero giraron a ocho mil revoluciones por minuto sobre su eje, antes de caer al suelo y convertirse en chatarra. El aparato se precipitó encima de los vehículos enemigos, que ya estaban en la escena. Sinon ahogó un chillido de dolor cuando comprendió que el retroceso terminó por dislocarle su articulación herida.

—No harás más disparos hoy. —Escucharon a Klein, agitado por los comunicadores.

—¡Eso no importa ahora! ¡Chicos ¿Están bien?! —preguntó colocándose el micro.

—Tomando en cuenta que no morimos aplastados por una maquina voladora, sí, estamos bien. —respondió Kirito, ignorando la mirada severa de Asuna—. Muchas gracias, Sinon.

—¡Oh vamos! Como líder de escuadrón, solo hice lo que debía. —contestó, restándole importancia.

—Corta el personaje Sinon, ya lo dejamos atrás —replicó Klein—. Kirito, Asuna, Agil, resistan. En seguida vamos para allá.

—No —dijo Kirito—. Es mejor que sigamos divididos. Los obligaremos a replegarse en varias direcciones. Vamos a dejar el canal de voz y nos reportaremos por mensajes directos cada quince minutos hasta que nos encontremos. Si nadie responde, debemos seguir con el plan y continuar hasta el refugio.

Hubo silencio generalizado en el grupo. A falta de alguna otra propuesta, Kirito prosiguió.

—Tengan mucho cuidado, estaré al pendiente de lo que ocurra. Cambio y fuera. —Kirito cerró el chat de voz.

—No creas que esto significa algo —dijo Sinon, cuando dispuso subirse a la moto y se apoyó en la espalda de Klein. Rodeó en un fuerte abrazo su cintura—. ¿Cómo bajamos?

—Por allí. —Señaló una rampa hacia el vacío.

—Es una broma. Dime que sí.

—¡Agárrate fuerte, cariño!

Pero antes de que pudiera arrancar, sintió un bulto pesado caer al suelo. Lo primero que pasó por su cabeza fue voltearse a mirar a Sinon. Pero al contrario de lo que pensaba, no se había desmayado por el dolor, o el miedo a saltar. Estaban rodeados de enemigos, y uno de ellos apuntaba a Sinon en la cabeza. Les ordenaron bajarse del vehículo con las manos en alto. Arrojaron sus armas, y uno de los hombres a su alrededor, las cogió.

—¡Al suelo! —gritó el hombre frente a Sinon. Obedecieron—. Hasta aquí llegaste, mocosa. —gruñó, replegando el martillo del arma con su pulgar—. Te crees mucho por empatar en el tercer Bullet of Bullets. Así que a la mierda las órdenes. Si mato a la Francotiradora de Hielo, todos me conocerán y temerán en este mugriento servidor. ¿Alguna última voluntad?

Sinon cerró los ojos, entregándose a perderlo todo. Habría valido la pena, si Yui estaba a salvo.

Un disparo. Dos disparos. Cinco disparos.

Todo permanece oscuro. Sintió como su corazón quería salir de su pecho por segunda ocasión. La hora final fue extrañamente emocionante, distinta a lo que suele describir el mundo. Sonrió. Quería que Klein y Kirito la recordarán así. Solo que esta vez, para su disgusto, Kirito no estuvo con ella en sus últimos momentos. Aun así, sintió paz.

Su deuda está saldada.

Escuchó pasos acercándose. Seguro era Klein, para jugarle una última broma sin gracia sobre la muerte.

Era un fracaso con las mujeres, pero ya comenzaba a extrañarlo.

—Termina tu número dramático. —dijo Klein.

—¿Estamos muertos?

—Si esta es tú idea de la muerte, me intriga tu paraíso.

Abrió los ojos, pero nada era blanco, reluciente, o estaba sobre nubes. Estaba tendida en el suelo de Gun Gale Online. Un chico de lo más extraño con un rifle francotirador tan alto como su Hecate, les entregó una poción de curación. Su barra de vida se recuperó después del accidente, pero su hombro seguía sin sanar. El escozor no cedió. El extraño no le quitaba el ojo de encima. Ella solo pudo devolverle la mirada. Era la primera vez que vislumbraba un fenómeno tan extraño incluso en un avatar digital. Es un chico alto, caucásico con un bronceado color caramelo; su ojo izquierdo era amarillo ámbar, y el derecho un verde brillante. Notó cómo examinaba su rostro con especial interés, deteniéndose en sus coletas, después en su rifle y luego en su traje de batalla.

No tiene la menor duda. Era otro pervertido extraño.

—Ni lo menciones. —dijo con su voz jovial y calmada, sin dejarle abrir la boca.

—¿Eh? —murmuró Sinon, cogiendo su hombro herido.

—Oye... creo que ya nos hemos visto antes. —dijo.

Sinon pestañeó. Es obvio que no lo conocía.

—Sí… fue viernes, en el cine, a las seis de la tarde. ¿Te parece?

Le ofreció una mano, no sin antes mostrar el blanco de sus dientes en una sonrisa.


Lejos de allí, Seth se aproximaba al grupo de Kirito en la autopista, a través del tren aerodeslizado.

—Lo mejor es que me entregue. —dijo Yui.

—¡No digas tonterías! —bramó Kirito con firmeza sin alejar la vista del camino—. Asuna, coloca el pie en el acelerador.

—¡Estás loco! ¡¿Qué piensas hacer?!

—Pelearé con Seth. —dijo. Su enemigo pasaba a su lado, encima de un tren aerodeslizado.

—¡Sinon no pudo matarlo con su rifle!

—¡Debe tener una debilidad y la voy a encontrar, es nuestra única esperanza! —siseó Kirito con dureza. Una ira venenosa lo invadió por dentro—. No dejaré que te ponga la mano encima otra vez. Y tampoco dejaré que se lleve a Yui.

Asuna vaciló, tratando de encontrar una buena excusa. Kirito reconoce en su mirada ausente que no encuentra ningún camino alterno. Lo tomó por el cuello de la camisa, fundiéndose en un breve beso que le recordó a su novio que debía ganar y regresar con bien. Solo pudo pensar que estaba allí, devolviéndoselo. Asuna se levantó de su asiento, puso un pie en el acelerador y tomó el volante.

Descendió la velocidad mientras Kirito coloca un pie en el asiento y sale por el vidrio superior. Agil lo ayudo a llegar hasta el platón. De un salto, llegó al vagón de carga del tren. Escuchó un segundo estruendo tras su espalda. Cuando se volteó, no oculto su disgusto.

—¡Yui, ¿qué haces aquí?!

—Todo esto es mi culpa. Yo tampoco quiero que hieran a mamá.

—Que conmovedor —espetó Seth, al borde de golpearle con su voz. El símbolo en su solapa se convirtió en el mismo grabado del helicóptero—. Pero no nos engañemos Yui. No eres capaz de amar a nadie. Lo que sientes solo son un montón de datos que simulan que tienes un alma; un programa que pretende entender las emociones humanas y rehabilitarlos; una instrucción que ha perdido su misión. Eres una farsa. Yo te daré un buen uso.

Kirito sintió la sangre fluir con una rapidez desenfrenada, haciendo de sus pensamientos una nube siniestra de furia. Apretó los dientes con fuerza, mientras activa su sable láser color morado con los ojos clavados en su enemigo. Se coloca en posición de combate, cubriendo en ademán protector a su hija adoptiva. Seth permanecía oculto escondido tras una mascará, seguramente con una sonrisa sardónica.

—La pureza de los sentimientos de Yui no puede decidirlo alguien como tú, puto desgraciado —replicó con frialdad, doblando las rodillas y colocando su espada en un costado. El miedo desapareció reemplazado por ira—. Si decidió quedarse con nosotros y llamarme papá… ¡Entonces la defenderé sin importar nada! ¡No pienso entregártela!

—Papá…

—Eres muy fuerte Kirito, pero no tiene caso. Esto es mucho más grande que tú leyenda —agregó. Encendió su sable láser que era del color del ébano, en desafío a su enemigo—. Las puertas se han abierto.

—¿De qué rayos estás hablando?

—¡Ya nadie puede detener el desenlace!

Comenzó el duelo de esgrima. Seth arremetió como un bulldozer. Basta con un solo choque de espadas para que Kirito sintiera el peso de su fuerza, obligándolo a apoyarse sobre su pierna izquierda para evitar caer. Logró alejarlo y ganar terreno manteniendo la presión. El sonido de las armas rasgando el aire era suficiente para erizarle los vellos. Las chispas volaban por los aires cuando las espadas cortan el metal, en una lluvia de fuegos artificiales. Incluso parecían doblarse por la velocidad de los espadachines.

La defensa de su rival era impecable, se movía con la misma destreza de los expertos en SAO. Predecía con éxito todos sus ataques y amagos, incluso la imitación del corte de cuatro movimientos que ningún jugador de GGO podía conocer, interrumpiendo la cadena para golpearlo en el pecho de una patada y derribarlo.

—¡Rage Spike! —gritó Kirito, impulsándose con ambas piernas como una flecha humana directamente al rostro de Seth. Lo interceptó chocando la punta de su espada— ¿Quién... demonios... eres? —preguntó con ira entre ataque y ataque.

—Ya te lo dije —Colocó su espada en posición horizontal, inclinando las rodillas—. ¡Es lo que menos importa!

Atacó a toda velocidad realizando cortes en varias direcciones tratando de apuñalarlo. Kirito uso su espada para evitar algunos. Aquello lo dejó aún más desconcertado, utilizó la misma habilidad por la que Asuna obtuvo su apodo. Saltó sobre su cabeza para pasar al contra ataque a toda velocidad, logrando causarle una herida en su brazo derecho.

—¡Vorpal Blade!

Kirito dio un paso firme hacia el frente, girando sobre su eje en un millar de cortes como la guadaña de La Muerte, y su túnica negra le favorecía. Seth recibía ataques sin parar por todo su cuerpo, ya hincado de rodillas. Una patada giratoria directo al rostro bastó para arrojarlo fuera del camión.

—¡Bien papá, lo venciste! —Kirito se dejó caer pesadamente sobre la espalda antes de desactivar su espada—. ¡¿Estás bien?!

—Tranquila, solo estoy… cansado. —respondió.

Instantes después el rostro de su hija se encontró perplejo.

Sus ojos estaban muy abiertos, totalmente devastada. Ella señaló con el dedo la misma dirección que Kirito mando a volar a Seth. El espadachín negro tampoco dio crédito a lo que vio. Seth estaba flotando en el aire como si fuera algo de lo más natural.

—B… Blandir doble… —musitó Kirito cuando le vio con una espada extra, de color rojo.

—¡Por qué no comenzamos... EL TERCER ASALTO!

Salió disparado como una bala utilizando Rage Spike. Kirito lo esquivó por los pelos, agachándose. Fue tal la fuerza del ataque que sintió un estruendo rozar su cuerpo producto de la rotura de la atmosfera. El ataque abrió un boquete en los edificios lejanos, como si fueran pan. Seth atacaba en aire y sobre tierra, con más fuerza y velocidad que antes, costándole trabajo a Kirito defenderse. Las gotas de sudor formaban hileras en su rostro, a medida que su barra de aguante empezaba a disminuir. Esquivó el intento de separar su cabeza del resto de su cuerpo y aprovechó la apertura para intentar clavarle su espada en el pecho.

Siente la mano de alguien invisible estrangulándolo, cuando le apuntó con ambas espadas como si estuviera haciendo magia. Lo elevó unos centímetros del suelo, alterando su visión y la interfaz del juego se movía con violencia. Ya no podía ver su barra de salud, ni la de Seth. Tampoco podía defenderse cuando lo soltó. Cualquier movimiento que hiciese terminaba por hacer daño a sí mismo. Las acciones cambiaban tan rápido que era imposible hacer algo.

—¡Nitoryu Hijutsu, Fuyū jō ryū*!

Abrió los ojos de par en par. Reconoció la posición de ataque y su instinto de supervivencia le ordenaba a su subconsciente que huyese. Trató de gritarle a Yui que se alejara, pero solo pudo seguir asfixiándose cada vez que fallaba las interacciones.

—¡JI EKURIPPUSU**! —gritó Seth.

Veintisiete golpes acertaron en el cuerpo de Kirito. Cada uno se siente como el aire abandona sus pulmones. Hubo chillidos. Su barra de vida desvanecía como el paso de una estrella fugaz, hasta que acabo tendido en el suelo, a punto de morir. Y a pesar de lo ilógico, la barra de aguante no se rellenaba, como si hubiera bloqueado su energía. Seth pasó por su lado sin molestarse en dar el golpe de gracia, directo hacia Yui, paralizada por el miedo.

—Deja de jugar a la niña humana. Será mejor que vengas de una buena vez, sin oponer resistencia, o te irá mal.

Seth sintió un peso extra en los tobillos. Kirito se las arregló para cogerlos en un intento de inmovilizarlo.

—No... de...jaré... q-que... ¡Te-te la lle-lleves! —dijo un moribundo Kazuto, aferrándose con fuerza.

—¿Cuánto tiempo más piensas humillarte, Kazuto?

Dio un puntapié en su frente para que lo soltara, pero Kirito se negó.

Siguió pateando y pisando su cuerpo, lo mismo que un saco de patatas, cada vez con más fuerza y sorna. Se mofándose de sus quejidos. El chasquido de las botas arremeter contra la carne y los huesos, rompían el espíritu de Yui. No podía contener las lágrimas frente al horror del sufrimiento de Kirito, y del disfrute sañosa de su horrible adversario. Se arrodilló en el suelo, cerrando y tapando sus ojos y oídos con fuerza. La misma sensación que tuvo cuando no pudo salvar miles de vidas que se perdieron en SAO.

Ahora Kirito también moriría sin que pudiera hacer algo.

—Detente... —masculló la pequeña niña con voz cortada, pero Seth siguió golpeándolo—. ¡BASTA, DÉJALO EN PAZ! —Seth se detuvo, mirando de reojo a la pequeña—. I-iré contigo.

—¡No… Yui! —gimió Kirito resistiendo la punzada de dolor en su pecho. Sentía el sabor del metal de la sangre en su boca, aunque fuera imposible.

—Solo no le hagas más daño… por favor.

—Si no hay más remedio. —dijo Seth. La tomó por un brazo y pateó los brazos de Kirito para elevarse.

—¡Yui…! —Kirito trató de gritar, pero el dolor en sus pulmones no lo dejó emitir sonido alguno. Trató de ponerse de pie, pero su cuerpo no reaccionaba.

—Adiós... Kirito —susurró la pequeña niña, decidida a contener las lágrimas y regalarle una última sonrisa a su padre adoptivo—. Gracias por todo el cariño. Despídeme de mamá.

Los labios de Yui temblaban con su sonrisa, mientras desaparecen.

Las lágrimas no cesaron incluso cuando solo quedó el bosque de los recuerdos. Ya no le dolían sus heridas para nada. Nada en absoluto, asfixiándose bajo las aguas del océano, aquel espacio vacío de toda vida lleno de pensamientos venenosos y salinos, ahogado en su miseria. Recostado sobre el container lleno de cortes de espada, solo podía escuchar el revoloteo de pequeñas alas sobre su cabeza, la misma que solía sentir en las mazmorras descifrando laberintos y mapas del tesoro, incluso mejor que cualquier Spriggan. La recordó sonriendo de verdad. La misma que tenía cuando estaba a punto de quedarse dormida en aquella cabaña del nivel veintidós, cuando Asuna le cantaba sus arrullos.

Aquel viernes por la noche, no habría arrullo en el mundo que lo hiciera dormir.

Asuna y Agil corrieron en su auxilio. No pudo mirarlos a la cara, mucho menos a su novia. Rompió a llorar ocultando el rostro al caer de rodillas. Fue como echar más leña en la hoguera de Kirito, sintiéndose cada vez más miserable cuando Agil trató de convencerla de que todo saldría bien, que su novio la encontraría en un abrir y cerrar de ojos.

Una mentira que ni él mismo se cree.

Justo en ese instante, recibía un susurro en su lista de contactos de un avatar nivel uno.

"¡Kazuto, responde! ¡Soy yo, Suguha!".

"Ahórrate el sermón y escucha que es importante".

"¡Sal del juego inmediatamente, algo le pasa a tu cuerpo!"


Nota del autor:

*Blandir Doble, Técnica oculta. Estilo del Castillo Flotante.

**El Eclipse.