Capítulo 1. El fruto de todo aquel amor
Jahaerys I fue el rey más longevo hasta la fecha, con una larga lista de hijos con su hermana-esposa, Alyssane Targaryen. De entre ellos, su segundo hijo, Baelon, sería coronado como futuro rey y heredero del trono de hierro, pues su primogénito Aemon, había muerto mucho antes que el propio Rey Viejo. Pero la suerte tampoco estaría del lado de Baelon Targaryen, pues también moriría antes que Jahaerys.
El Gran Consejo de 101 a.C determinó que sería Viserys Targaryen, primogénito de Baelon, el heredero al trono de hierro, dejando a un lado a la primera en la línea sucesoria, e hija del difunto Aemon, Rhaenys. Toda aquella historia trajo disputas y decepción entre todas las partes de la familia, pero la situación se apaciguó y sus vidas continuaron.
Sin embargo, había otra parte de los Targaryen que preferían quedarse a un lado y no tratar con esas disputas, pues estaban demasiado lejos de la línea sucesoria como para aspirar el trono y habían pasado parte de sus vidas sin tener más responsabilidad de la que estar presentes en la corte y llevar el apellido del conquistador.
Una de esas personas fue Gaemon Targaryen, el undécimo hijo del rey Jahaerys I, y su hermana-esposa, Viserra Targaryen, décima hija del rey. Ambos cumplieron con todas las peticiones que el reino les demandaba, viajes diplomáticos, presencia en la corte, entre otras. Pero tenían una vida llena de paz y tranquilidad, sin obligaciones y con todos los lujos en Desembarco del Rey. Tuvieron dos hijos, un niño llamado Valerion, en honor a un hermano fallecido, y Maera. Ambos también casados, pero con un compromiso más allá en la corte.
Valerion y Maera Targaryen eran jóvenes, sí, pero muy cercanos al rey Viserys I Targaryen. Estuvieron a su lado cuando lo coronaron rey, cuando nació su primogénita y heredera al trono, Rhaenyra. Pero también estuvieron en sus momentos difíciles, pues Aemma, la esposa del rey, murió dando a luz a su último hijo, muriendo este también. También fueron testigos de cómo su primo Viserys tomó a Alicent Hightower como esposa, y también cuando nació su primer hijo, Aegon.
A pesar de las habladurías y del pensar general, Valerion y Maera apoyaban la decisión de Viserys de poner a su hija en el trono, pero sabían que aquello podría traer consecuencias al reino. Fue por eso que decidieron buscar su hogar al otro lado del mar, en las ciudades libres, pero antes de marcharse, querían ver con sus propios ojos cómo era la vida en aquella parte del mundo. Con el permiso del rey, cogieron una nave para salir al mar, pues no habían tenido dragones ni los habían deseado, pero jamás regresaron.
El matrimonio murió en alta mar a causa de un temporal, pero su legado continuaría con una pequeña niña de seis años que aún vivía en Desembarco del Rey. Valerion y Maera tuvieron tiempo atrás una niña de ojos violeta y cabello plateado, llamada Daenys. Era risueña, amable con los demás, se interesaba por conocer la historia de sus antepasados y también era decidida en momentos importantes. A pesar de haber nacido y crecido junto a Aegon, Aemond y Helaena, los hijos de Viserys y Alicent, Daeny tenía muy buena relación con Rhaenyra, que todavía vivía en Desembarco del Rey junto a sus hijos, Jacaerys, Lucerys y, ahora, Joffrey, con quienes también tenía muy buenas migas.
Aunque era joven cuando sucedió lo de sus padres, Daenys sufrió mucho y se encerró en si misma. Estuvo varios días sin salir a comer, hasta que Rhaenyra tuvo que interceder para sacarla y hacerle ver que su vida continuaba.
Tal vez, mis padres jamás debieron irse— dijo Daenys, bajando por las escaleras de la torre, en dirección hacia el gran salón para comer—. Tal vez, jamás fue buena idea intentar buscar un nuevo hogar, pues este es el nuestro y…
Puede que tengas razón, Daenys. Puede que jamás debieron marcharse— Rhaenyra la cogió por los hombros y la miró fijamente—. Pero el destino está escrito. Sus vidas estaban destinadas a todo lo que ha sucedido. Sin embargo, estoy segura de que tu destino es otro. Así que deberás vivir para conocerlo. Ahora, camina recto y bajemos a comer con nuestra querida familia— la niña asintió con la cabeza y continuó bajando, mientras su tía-prima la observaba, algo entristecida; no le gustaba ser dura con los niños, pero debían aprender.
Ella misma también había llorado la muerte de sus primos, pero su vida en Desembarco del Rey y su rol como heredera, pesaban mucho más.
Querida Daenys— dijo Viserys, agarrando de la mano a su sobrina—. ¡Cómo me alegro de que estés aquí con nosotros!— para Viserys, Daenys era una niña muy querida, hasta el punto de que la consentía como a una hija, incluso más—. Toma asiento. Sí. Al lado de Aemond— Daenys se sentó al lado de su primo, pero detestaba hacerlo; Aemond pocas veces hablaba y, cuando lo hacía, no tenía mucho sentido.
Gracias por dejarme hospedar aquí, mi rey— dijo Daenys al sentarse.
No te preocupes, Daenys. Este es tu hogar. Vivirás aquí y tendrás aquí un lugar siempre— dijo Alicent, mirándola con cierta pena.
Jamás había logrado conocer el verdadero sino de Alicent Higtower. Daenys era una niña muy intuitiva y cuando no lograba sentirse del todo bien con una persona, era difícil que se abriera y tuviera confianza. Alicent, la reina, lo intentaba, una y otra vez, y aunque Daenys se lo agradeciera, no lograba sobrepasar esa línea entre lo cortés y la familiaridad que sí tenía con la familia de Rhaenyra.
Siento mucho lo de tus padres— dijo una voz a su lado, llamando la atención—. No se lo deseo a nadie.
Al mirar, Daenys se dio cuenta de que se trataba de Aemond, quien trataba de consolarla de alguna manera. Ella simplemente le sonrió.
Cuando la comida terminó, todos los jóvenes fueron a Pozo Dragón, donde verían a las bestias que ellos y sus antepasados habían montado y usado para la guerra. Pero aquel día solo estaban Aegon, Aemond y ella. Estaban en un terreno bastante amplio, pues Sunfire era de tamaño medio, de un color dorado precioso que destacaba entre los dragones. A pesar de que a sus padres jamás les interesó la idea de tener dragones, Viserys insistió en que Daenys tuviera uno. Un regalo, decía el rey, así que le concedió un dragón que nació con ella en la cuna y a quien llamó Nasserys.
Cuando Nasserys salió, los ojos de Daenys se iluminaron. Cada vez era más grande y hermoso, de un color negro azabache con tonalidades rojas. La diferencia de tamaño entre Sunfire y Nasserys era notable, aunque tampoco tan grande. Se decía, que Nasserys provenía del mismísimo Balerion o, al menos, de la misma raza de dragones que él. He ahí la respuesta a que Nasserys fuese tan grande para la corta edad que tenía.
Hola, ¿cómo has estado…?— Daenys se acercó y el dragón puso su cabeza cerca de las manos de la niña—. Sí… yo también te he echado de menos…— Daenys intentó abrazarlo, pero, entonces, Nasserys giró su cabeza y enseñó los dientes—. ¿Qué pasa…?— el dragón emitió un rugido profundo y, cuando Daenys se dio cuenta, le ordenó que se detuviera—. ¡Basta, Nasserys! Es nuestra familia— el dragón la miró y pareció relajarse un poco—. Lo siento, Aemond. No suele comportarse así.
No importa. No me importa, si puedo estar cerca de un dragón. Aegon no me deja acercarme al suyo— Daenys lo miró apenado, pues era el único de los hijos del rey que no poseía un dragón.
Algún día tendrás uno— dijo Daenys—. Pero…¡puedes montar conmigo hoy!
¿Enserio?— Aemond parecía ilusionado, sin embargo, el guardián de dragones se acercó.
Un dragón no es un juguete, Daenys— le dijo—. Solo un jinete— Daenys miró a Aemond, quien parecía decepcionado.
Lo siento…— susurró Daenys mientras montaba a Nasserys y alzaba el vuelo y Aemond veía como su bestia negra y su jinete desaparecían.
Aquella noche, en la cena, empezaron a hablar acerca de los matrimonios y de lo bueno que sería fortalecer los vínculos dentro de la casa Targaryen. Se propuso el compromiso de Helaena y Aegon, mientras todos aplaudían. Sin embargo, Daenys sabía que algún día iba a llegar su turno y, seguramente, le tocaría casarse con un señor de alguna casa menor, debido a su condición de mujer fuera de la línea sucesoria, sin ser descendiente directa del rey actual. Aquello era lo que más temía, pues sus padres habrían podido interceder por ella y buscarle algo mejor, aunque sabía que su tío, el rey Viserys y la futura reina no la dejarían en manos de una casa desconsiderada con las mujeres.
Después de cenar, dio un paseo por los pasillos. No dejaba de pensar en qué destino era aquel del que le hablaba Rhaenyra y de si en su vida habría cabida para un marido e hijos. Hasta aquel momento, no lo había pensado, pero después de ver cómo iban a desposar a sus dos primos, era más que probable que no tardarían en hacerlo con ella.
Mientras pensaba, pasó por delante de los aposentos de Aemond. Se acercó a la puerta, pero vaciló por un momento. Sin embargo, algo se le vino a la mente, así que llamó. Al parecer, Aemond todavía estaba despierto, pues se apresuró a abrir la puerta.
¿Qué quieres?— dijo este sin ningún tipo de ápice de cariño en sus palabras—. No deberías ir sola a estas horas.
¿No querías montar a un dragón?— al decirle Daenys aquello, Aemond abrió sus ojos y los llenó de ilusión, sin embargo, aunque parecía que su sueño de montar a un dragón estuviese a su alcance, sabía que aquello le perjudicaría a ambos.
Me temo que hoy no. Además, si quiero montar a un dragón, quiero que sea el mío, no el de otra persona— al decir aquello, Aemond cerró la puerta de par en par.
Daenys frunció el ceño. Si hubiese tenido a Nasserys en aquel momento, le hubiese ordenado que quemara todos sus aposentos. Prefirió alejarse de allí, pues debía ser razonable: Aemond era orgulloso y, aunque ella fuese amable con él, él jamás lo sería con ella. A excepción de esa pena extraña que sintió el joven Targaryen aquella mañana en la comida, dándole el pésame por la muerte de sus padres.
La de ojos violeta entró a su habitación, buscando la cama. Ella no tenía ninguna doncella, a diferencia de Helaena. Tan solo por las mañanas una institutriz y alguien que se encargaba de perseguirla para que no desapareciese. Tardó poco en desvestirse y ponerse el camisón, por lo que se sentó sobre la cama y abrió un cajón: allí había guardado des de hacía días una pintura de sus padres y ella, cuando todavía era un bebé.
La muerte de sus padres había cambiado su vida. Había dado un giro inesperado y, de ser tratada y amada por ambos progenitores, ahora, se había quedado sola. Si bien era verdad que tenía a su lado a toda la familia restante, no eran sus padres. Jamás lo serían. Y tendría que vivir con aquello para toda su vida, aprender a convivir con su soledad.
Los días pasaron y, desgraciadamente, un altercado entre Aemond y los hijos de Rhaenyra, quedando este primero sin su ojo derecho por un machetazo de Lucerys, provocó que Rhaenyra y su familia desease marchase a Rocadragón. Fue entonces cuando la futura reina fue a hablar con Daenys y ofrecerle asilo con ella y con su familia, pues ellos abandonarían Desembarco del Rey y no deseaban dejarla atrás. Daenys dispuso de tres días para decidir qué hacer y, tras pensarlo mucho, decidió reunirse con Rhaenyra y los demás en el puerto, donde la esperaban.
¿Llego tarde?— dijo Daenys, viendo cómo cargaban sus cosas al barco.
Llegas justo a tiempo— dijo Jacaerys, con una sonrisa en el rostro; sin embargo, esa sonrisa desapareció cuando vieron a Viserys, Alicent, Aegon, Healena y Aemond, quien ahora llevaba un parche en ese ojo hueco, llegar allí para despedirse.
Detesto veros marchar, pero es lo mejor— dijo Viserys a todos—. Espero que tengáis un buen viaje.
Buen viaje— dijo Alicent, sin más, mientras que sus hijos se mantenían callados a su lado; sin embargo, Aemond parecía feliz.
Daenys notó aquel sentimiento en su rostro y supuso que se trataba por haber conseguido, finalmente, un dragón. Un no uno cualquiera, sino la dragona de la reina Visenya: Vhagar. El más grande de todos, pero no el más rápido, aunque sí el más curtido en batallas. Aquella fue la última vez que Daenys vio a Aemond y a los demás, pues permaneció en Rocadragón los diez años posteriores, yendo y viniendo a las ciudades libres para realizar negocios entre los Targaryen de Rocadragón y los señores ricos de Pentos.
Se convirtió en un gran jinete de dragón, pues Nasserys creció considerablemente, siendo una gran herramienta para la batalla, pues algunos corsarios amenazaban de vez en cuando sus travesías y rutas y era ella la que acudía para solventarlo todo. Durante esos años, se convirtió en la mano izquierda de Rhaenyra, pues eran muy cercanas a pesar de su diferencia de edad y siempre le ofreció asilo, comida y un hogar. A cambio de nada, pues la amaba como una hermana. Rhaenyra la llamaba la hermana que jamás tuvo, pues su relación con sus otros tres hermanos era prácticamente nula.
Ahora, Daemon, Baela y Rhaena vivían con ellos. Daemon y Rhaenyra habían contraído matrimonio y la familia se agrandó más aún con Aegon y Viserys, los dos niños pequeños. Pero la sombra del matrimonio se cernía sobre ella, pues ya había cumplido los dieciséis años y todavía no había sido prometida con ningún señor.
No hay motivo para casarla con un señor de una casa menor— dijo Daemon, mientras él y Rhaenyra lo discutían—. No será directamente de tu sangre, pero Daenys es una Targaryen, posee un dragón, un gran carácter y una diplomacia perfecta. Hay que casarla con algún señor importante o, al menos, su heredero. No podemos dejar de lado esa oportunidad.
Solo piensas en beneficio propio, Daemon— dijo Rhaenyra—. No voy a casar a Daenys con cualquiera, tenlo por seguro, pero quiero dejar este tema zanjado. De una vez. Jacaerys y Lucerys se casarán con tus hijas. Aegon y Viserys son pequeños todavía. He recibido una propuesta de mi padre.
¿De tu padre?— dijo Daemon, Rhaenyra asintió con la cabeza, entregándole un pergamino que ya había sido abierto; Daemon lo cogió y lo leyó—. No.
Hay que empezar a pensar en las uniones familiares, Daemon— dijo Rhaenyra—. Tal vez eso nos beneficie en algo.
Me niego. Y tú— la señaló con el dedo índice—. Deberías negarte también.
Después de lo que pasó con Lucerys, es un buen trato. No hubo ojo por ojo. Habrá un matrimonio que nos beneficiará. Piénsalo. Aemond jamás ha parecido muy propenso a defender a su hermano y, además, tiene a Vhagar. Si lográsemos… si tan solo…—ambos callaron y observaron a Daenys aparecer por la puerta; Rhaenyra miró a Daemon, indicándole que escondiera el pergamino, pero Daemon estaba hecho de otra pasta.
Este cogió el pergamino y se lo entregó a Daenys. La joven de cabellos plateados, largos y ondulados, de ojos violeta intensos, y que aquel día llevaba un fino vestido de colores lila, palideció al leer todo lo que Viserys había escrito en aquella carta. En ella, el rey decía que sería una magnífica unión y que posicionaría a su 'querida' Daenys en la línea directa después de él, pudiendo regresar a Desembarco del Rey si lo deseara.
Rhaenyra observó detenidamente a Daenys, quería ver su reacción. Pero ella no tiró el pergamino, ni lo rompió, sino que se lo guardó. Acto seguido, se giró para marcharse.
Daenys— dijo, con voz imponente, Rhaenyra—. ¿A dónde vas?
Para darle una respuesta al rey, una debe presentarse ante él— respondió Daenys.
Iremos contigo, entonces— dijo Daemon.
Sé que no os gusta estar cerca de… bueno, todos sabemos de quien— dijo Daenys—. No voy a provocar otro enfrentamiento entre esta familia. Sé lo que tengo que hacer y lo haré yo sola. Además, Desembarco del Rey está relativamente cerca de aquí. Esta misma noche estaré de regreso.
No has pedido permiso, Daenys…— dijo Daemon, indicándole con la mirada que debería preguntárselo antes a Rhaenyra.
Puedes ir— dijo Rhaenyra—. Tienes una edad para empezar a hacer las cosas por ti misma. Además, estoy segura de que el rey se alegrará de verte. Ten cuidado, ante todo.
En menos de veinte minutos, Daenys ya estaba montada en Nasserys para salir de Rocadragón, surcando los cielos con aquella bestia oscura y grande que, después de diez años, no había vuelto al hogar donde nació.
