Paseaba por las calles de Desembarco del Rey cuando sonaba la una del mediodía. El estómago empezaba a rugirle, pues ya era hora de comer. Llevaba aquella capucha puesta sobre su cabeza para evitar ser visto por aquellos lugares, pues no era muy idóneo para un príncipe salir por los callejones, donde rameras y vagabundos abundaban.

Sentía un calor extraño aquel día, pensó en que tal vez había contraído alguna enfermedad, pero no. Él era fuerte, él era alto, grande, inteligente, astuto y fiero en batalla. Sonrió para si mismo, reconociéndose como un verdadero heredero al trono, pero eso jamás sucedería. Ahora, con diecisiete años, veía incluso más imposible llegar a ser algún día el que reinara, pues su hermano Aegon había sobrevivido a su infancia y estaba por delante de él. Qué lástima no haber nacido antes, pensó Aemond.

Sin embargo, todos aquellos pensamientos intrusivos se desvanecieron cuando algo ocultó el sol. Pensó en que su dragona, Vhagar, podría haberse despistado y volar por la ciudad, pero a Vhagar no le gustaba volar si no era para algo en concreto. Cuando alzó la cabeza, descubrió a un dragón negro, de tamaño considerable, volando hacia Pozo Dragón. En su cabeza, miles de posibilidades empezaron a rondarle. ¿De quién era aquel dragón? Ya lo había visto anteriormente, pero ¿quién era su jinete?

Frenó en seco al recordarlo. Si aquel dragón era Nasserys, tal y como en sus memorias aparecía, quien montaba a ese dragón era Daenys Targaryen. Empezó a correr por los callejones, quería llegar a la Fortaleza Roja en cuanto antes, pero no sería posible. Llegó pasados los veinte minutos a las grandes escaleras y, aunque trató de buscar a cualquier persona que le pudiese indicar quién acababa de llegar, no había nadie.

Hasta que escuchó a su hermano.

Pareces… agotado— le dijo Aegon.

Y tú pareces desubicado. Pensé que estarías en algún prostíbulo del lecho de pulgas— dijo Aemond—. ¿Dónde está padre?

Me temo que reunido. Des de hace una media hora— respondió Aegon—. ¿Por qué tanto interés repentino en padre?

¿Por qué tantas preguntas?— Aemond pasó por el lado de su hermano, obviando sus palabras, y en dirección a la habitación de su padre; sin embargo, al llegar, dos guardias le evitaron el paso—. ¿Qué demonios pasa? ¡Dejadme pasar!

Aemond— escuchó la voz de su madre—. Tu padre… el rey, está reunido— Alicent lo cogió del brazo y lo apartó de la puerta de los aposentos de su padre; sin embargo, él no dejaba de mirar hacia allí.

¿Con quién está?— dijo él y Alicent notó cierta preocupación en su hijo.

Daenys Targaryen— al decir aquel nombre, Aemond se deshizo del agarre de su madre y se encaminó escaleras abajo.

Dentro de la habitación, un Viserys bastante atrofiado y sin casi a penas poder sentarse en su silla, observaba el pergamino que tenía delante de él. Recordaba cuándo lo había escrito, no hacía más de un año, y aunque esperaba que la respuesta hubiese llegado antes, ahora, la tenía ante él. Hacía años que no veía a aquella niña y, aunque tratara de buscarle semblanzas, ya no quedaba nada de la pequeña Daenys en aquella joven de cabellos largos, ondulados y ojos grandes y violetas. La Daenys de ahora, tenía el rostro pálido, fino, con unos gruesos labios y unos pómulos marcados. Viserys no podía creer que la hija de su querido primo Valerion, pero los años habían pasado y, por lo que podía observar, Daenys estaba ya en edad de comprometerse.

Tiempo atrás, le había propuesto a su hija Rhaenyra que Daenys debía buscar marido pronto y fortalecer los lazos con el resto de casas. Para él, Daenys era como una hija más, pero des de que se había marchado, había perdido todo tipo de comunicación con ella.

La respuesta es no— dijo Daenys, con la voz llena de poder—. Entiendo vuestra preocupación, mi rey, pero no creo que este matrimonio os convenga. Ni a nuestra familia ni al reino. Como hijo del rey que es, Aemond debería casarse con alguna dama de alta cuna, una Stark, una Arryn o incluso una Lannister. No con otra Targaryen. Ya habéis fortificado vuestra casa con el matrimonio de Aegon y Haelena. No hay motivos para…

Hay motivos, y muchos. Y tú lo sabes— dijo Viserys—. Entiende que, de unirte a Aemond, las dos partes de nuestra familia se reconciliarían. No habría más rumores sobre nuestra enemistad— Daenys conocía la verdad: ambos bandos estaban enfrentados en silencio des de hacía años, pero, ¿qué tenía ella que ver con todo aquello? Tan solo quería seguir siendo una joven más, con algunos prestigios, sí, pero sin responsabilidades de matrimonios para unificar casas o sangre—. Además, Aemond insistió…—Viserys tosió—. Insistió, por primera vez en su vida, desde que le planteamos un matrimonio, en querer casarse. Ha habido miles de propuestas: Blackwood, Tully, Tarly, Baratheon… pero Aemond se negaba, una y otra vez.

Aquello dejó sin aliento a la joven, que no esperaba para nada aquello. Desconocía por completo cómo era Aemond en aquel momento, si seguía siendo un chico callado y reservado, si seguía siendo ambicioso y orgulloso. No había pensado en él durante aquellos diez años, pero, al parecer, él sí lo hizo.

Guardias…—dijo Viserys—. Buscad y traed a mi hijo Aemond.

No es necesario— dijo Daenys—. La respuesta sigue siendo la misma, mi rey…—el guardia volvió a mirar a Viserys, quien le indicó que se marchase en busca de su hijo, a lo que Daenys volteó los ojos—. ¿Por qué?

Si después de verle, sientes que no deberías casarte ni tener ningún tipo de vínculo con él, respetaré tu decisión y le casaré con cualquier otra dama— dijo Viserys—. Pero mientras viene, me gustaría saber cómo habéis estado y por qué mi hija no te ha acompañado.

Rhaenyra está bastante ocupada. Los demás… están bien. Sanos, con dragones, lo que se espera de un Targaryen— dijo Daenys y Viserys sonrió.

Muchas veces he pensado en tus padres. Creo que no estuviste lo suficiente con ellos para darte cuenta de lo que te pareces a ellos—comentó el rey—. Diría que tienes carácter, sí, tu padre lo tenía y era muy bueno con la palabra. Mientras, tu madre era dulce y una de las mujeres más hermosas que jamás he visto; sin embargo, también era valiente y una estratega para los negocios navales excelente. Ambos, de alguna manera, dejaron huella en ti—Daenys le sonrió—. Me alegra tenerte aquí de nuevo, sabes que este siempre fue tu hogar, sabes que siempre podrás…—la puerta se abrió de par en par, chocando contra la pared y escuchándose a los guardias caminar con sus pesadas armaduras.

Entre ellos, un joven alto, de cabellos plateados y largos, con un parche en el ojo, apareció. El corazón de Daenys latió a mil por hora, por los nervios. Tenía que reconocer que, si aquel era Aemond, era apuesto. Llevaba una chaqueta de cuero negra y tonos verdes, a juego con unos pantalones negros y unas botas negras y altas. El ojo que tenía al descubierto, se posó sobre ella. Daenys sintió un terrible escalofrió recorrer su espalda y una pésima sensación.

Aemond, hijo— dijo Viserys—. Acércate. Acércate— dijo y Aemond se puso a la atura da Daenys, quien ahora miraba a Viserys.

¿Para qué se requiere mi presencia, padre?— dijo Aemond, con una voz masculina tremenda.

¿Acaso no piensas saludar a Daenys?— dijo Viserys y, entonces, Aemond giró su cuerpo en dirección a aquella joven; era de estatura media, podría llegarle por los hombros perfectamente, sin embargo, ella no se giró para mirarle.

Bienvenida a Desembarco del Rey, prima— dijo Aemond, sin más.

Al notar aquella tensión entre ambos jóvenes, Viserys negó con la cabeza. No entendía por qué su hijo actuaba de aquella manera.

Daenys ha venido a responder a nuestra propuesta de matrimonio— dijo Viserys y, entonces, Aemond pareció sorprendido; miró de reojo a Daenys, quien ahora parecía algo ruborizada—. Me gustaría que fueses partícipe de ella.

Sigo pensando lo mismo— dijo Daenys, armándose de valor—. Rechazo esta propuesta de matrimonio, sintiéndolo mucho— Aemond sintió como su corazón latía a mil por hora, pero decepcionado.

¿Por qué?— dijo ahora Aemond, quien parecía algo enfurecido—. Dudo mucho que tengas propuestas mejores, prima— al decir aquello Daenys le miró de frente, con el ceño fruncido y bastante decepcionada.

Las propuestas de matrimonio que yo tenga, a ti no te incumben— dijo Daenys—. Además, si tardas tanto en casarte, te pasará como con tu dragón. Al final, solo conseguirás a alguien viejo, que no sirve para nada— Aemond soltó una carcajada—. Ha sido un error venir en persona. Podría haber enviado un cuervo, pero quería ofrecerte mis respetos, Viserys. Siento mucho las molestias, regreso a Rocadragón.

Daenys…— pero esta ya había abandonado la habitación—. ¡Aemond!— este ni si quiera se inmutó.

Daenys ya bajaba las escaleras con rapidez para salir de la fortaleza roja en cuanto antes. Por el camino, vio a Aegon, más tarde, a Healena y, por supuesto, a Alicent. Pero no se detuvo, detestaba tener que fingir cierta alegría al ver a sus familiares cercanos, pero estos jamás se habían portado como tal. Tan solo Viserys había actuado como alguien a quien Daenys apreciaba enormemente. Pero no podía darle el sí que tanto ansiaba.

Ya bajaba las grandes escaleras y se dirigía a Pozo Dragón, quería salir de allí en cuanto antes, sin embargo, cuando ya pisaba la tierra del camino que llevaba a aquel santuario de dragones, alguien la alcanzó.

Nada cambiará— escuchó la voz de Aemond detrás de ella, pero Daenys se mantuvo fuerte—. Siempre sucede lo mismo. Tú sales corriendo a por tu dragón. Desapareces por el cielo y no regresas hasta pasar diez años.

¿Qué tiene que ver eso con toda esa pantomima que te has montado en la cabeza, Aemond? ¿De verdad creías que iba a aceptar tu propuesta de matrimonio? Ni si quiera te conozco. Han pasado muchos años y, si te soy sincera, no fuiste siempre de mi agrado— Aemond la miró fijamente y Daenys no pudo evitar pensar qué tenía debajo de aquel parche: algún diamante, alguna joya, tal vez estuviese vacío—. Me marcho.

Los matrimonios rara vez son por amor— dijo Aemond y Daenys pensó en sus padres—. La política es la que rige el amor en estos tiempos y, teniendo en cuenta la enorme división que existe entre los Targaryen, esta unión sería un motivo más para enorgullecer a la casa del conquistador. Tú tienes a Nasserys. Yo tengo a Vhagar. Seríamos imparables, todo el mundo nos respetaría allá donde fuésemos. No nos faltaría de nada y…

Deberías buscarte a otra mujer de tu agrado, Aemond— dijo Daenys—. Un no es un no— Aemond la miró desafiante y, entonces, sintieron un enorme vendaval que les cegó por completo; cuando abrieron los ojos, vieron que el dragón de Daenys, Nasserys, estaba allí delante, enseñando los dientes a Aemond.

No lo recordaba tan grande— dijo Aemond, con media sonrisa en el rostro.

Nasserys, no hagas nada— dijo Daenys en alto valyrio—. Te prohíbo que actúes así— entonces el dragón movió su cabeza y le mostró la espalda a su jinete, preparado para ser montado e irse, sin embargo, antes de montar, Daenys miró a Amond, que continuaba allí, observándola—. Hasta más ver— Daenys subió y Nasserys volvió a rugir hacia Aemond, aunque este ni se inmutó.

Entonces, el oscuro dragón batió sus alas y alzó el vuelo mientras el joven Targaryen miraba con fascinación el talento de Daenys al montar a Nasserys.

Bastante decepcionado, aunque no triste, decidió volver de regreso a la fortaleza roja. No se había sentido tan desilusionado desde que era niño, sin embargo, ese sentimiento volvió a aparecer. Aquel era su primer no de una mujer. Todas, al ver quién era, a qué casa pertenecía y el poder que poseía, se rendían a sus pies inmediatamente. No obstante, jamás había pensado en casarse ni en tener una vida tal y como la habían tenido sus padres. Pero desde hacía un año, observó la delicada situación de su familia y decidió actuar por su cuenta; a su padre le agradó la idea y, si por el fuera, la boda ya estaría organizada.

Pero la cuestión de todo aquello era por qué Daenys. Aemond tenía varias razones: sabía que era la única Targaryen que todavía no se había prometido. Por otra parte, a pesar de que en su infancia no se había pronunciado al respecto, sentía una gran devoción y admiración por Daenys. Ella había perdido a sus padres y, aun así, era feliz. Feliz con lo que tenía. Además, poseía un dragón, algo que él siempre había anhelado. ¿Por qué ella sí y él no?

Dejó de pensar egocéntricamente cuando creció un poco y cuando Daenys ya vivía en Rocadragón. Al pasar dos años, se dio cuenta de que fue de las únicas personas que se portaron bien con él. No hablaron mucho, pero esas pocas palabras habían tenido un gran impacto para Aemond. No obstante, todos aquellos recuerdos no eran suficientes para que Daenys aceptara su petición de matrimonio.

El joven Targaryen frenó en seco. Encontró su respuesta en lo más profundo de sus pensamientos. La tutora de Daenys debía ser Rhaenyra y, por lo que él sabía, a ella no le parecía una mala idea. O, al menos, eso decía en sus cartas. Tal vez, si intentaba convencer a Rhaenyra de que aceptara aquella propuesta, Daenys podría casarse con él.

Pero todo eso tendría que esperar, pues él no poseía ese poder y debería ser su padre quien volviera a interceder por él. Por desgracia.