Capítulo 3. Pentos.

Hacía un par de días que había regresado a Rocadragon, y aunque Rhaenyra había intentado hablar acerca del tema, Daenys le pidió que aquello se trataba de una tontería y que no merecía su tiempo. Mientras, se dedicó a resolver sus asuntos, tratando de asegurar la flota de los Velaryon de los corsarios que acechaban muchas veces sus costas.

Aquella mañana, al despertar, escuchó rumores por el pasillo. Su doncella de confianza, Keris, la ayudó a vestirse y pronto estaría lista. Se miró al espejo, aquel vestido negro le quedaba como un guante y sin saber por qué empezó a imaginarse en su vestido de novia. Pura, bella, llena de gracia y lista para unirse en matrimonio con…

Paró en seco aquel pensamiento. Llevaba un par de noches soñando con su enlace matrimonial, pero jamás lograba averiguar quien era aquel hombre que la esperaba con tanta ansia en el altar.

Keris— le dijo Daenys—. ¿Nunca has pensado en cómo es casarse?— al escucharla, Keris dibujó una sonrisa en el rostro.

Sí, mi señora, pero solo eso. Pensar. Los pensamientos son pasajeros— explicó Keris, mientras le arreglaba el dobladillo de abajo—. Está lista. Puede marchar.

Mientras se marchaba, Daenys pensó en Keris. Debía tener unos treinta años, aproximadamente, y jamás la vio interesarse por ningún hombre o compromiso. ¿Y si su destino era acabar como Keris? No le parecía del todo mal, ella era una mujer libre y había decidido por voluntad propia servirle como doncella, pero, ¿acaso ella no quería algo más? Veía a Rhaenyra con sus hijos, ella había adoptado el papel de hija, madre y esposa. Sin embargo, ¿qué era Daenys? No existía un papel de hija para ella, pues sus padres murieron años atrás, y mucho menos de esposa y madre.

Daenys era una mujer de negocios, como había sido su madre anteriormente. Y lo seguiría siendo, incluso en aquel día donde todos aquellos pensamientos intrusivos se aventuraban en su cabeza. Bajó hasta el salón principal, donde Rhaenyra la saludó con una sonrisa.

Ven. Siéntate— dijo Rhaenyra, haciéndole el gesto con la mano para que se aproximara—. Ha llegado una carta para ti— sin saber por qué, Daenys pensó en que Aemond le enviaría alguna carta para continuar con su flirteo, pero al ver el lobo dibujado en el sello, sintió un frío terrible—. No la he abierto, pero supongo que se trata de una propuesta de matrimonio de Lord Cregan Stark.

Efectivamente. A medida que Daenys leía la carta, sus manos temblorosas mojaban de sudor el papel. Cerró los ojos, pues aquella era una propuesta muy difícil de denegar. No era una tontería como lo que había hecho Aemond, aquello se trataba de sellar un pacto entre dos casas importantes. Daenys miró a Rhaenyra.

¿Cuánto tiempo hace que la han enviado?

Ha llegado esta mañana.

Y, ¿cuánto tiempo tengo para responder?— dijo Daenys.

Unas semanas, imagino, estas cosas requieren tiempo, pero Lord Stark querrá un sí o un no rápidos— explicó Rhaenyra—. Daenys, no es una mala propuesta. Lord Stark es joven y estoy segura de que serías muy feliz.

Viviendo en el norte. Con el frío…¿qué pasaría con Nasserys?— dijo Daenys—. Los dragones no soportan mucho el frío— Rhaenyra la miró con cierta tristeza.

No será tan malo. Podrás venir a Rocadragón siempre que quieras y montar a Nasserys. Aquí, tu dragón no estará solo— Rhaenyra trataba de convencerla, pero Daenys no parecía muy dispuesta a continuar con aquello.

Tengo que… tengo que ir a Pentos. Todavía tengo negocios que atender allí— dijo Daenys, algo asustada.

Daenys— pero cuando Rhaenyra dijo su nombre, la joven de cabellos plateados ya no estaba en la sala y se había puesto en camino para buscar a Nasserys y salir de Rocadragon lo más pronto posible.

No quería huir. Desde luego que no, sin embargo, trataría sus pensamientos mientras volaba a través del Mar Angosto y tenía el cielo sobre su cabeza. Nasserys rujía al visualizar algunos barcos surcar el mar, pues el dragón era muy protector con su jinete y ante la mínima sospecha de peligro, sacaba sus dientes.

Sin embargo, mientras su dragón rugía, ella prácticamente no lo escuchaba. O se había acostumbrado, desde hacía tiempo, a aquel sonido, o simplemente tenía la mente tan nublada, que ni si quiera se percató de la bandada de pájaros que por poco le sacan un ojo. Desde que conocía la noticia de que Cregan Stark, el Señor de Invernalia, le había propuesto matrimonio, no dejaba de preguntarse: ¿por qué las mujeres debían escoger entre casarse y… nada más? Todo el mundo parecía dispuesto a que ella se casara, bien con Cregan Stark, bien con Aemond Targaryen, bien con un Lannister. Sin embargo, a ella nada de aquello le interesaba o, más bien, no había encontrado a la persona indicada.

Unas horas pasaron para que llegara a Pentos, pero sus pensamientos le hicieron aquel viaje un poco más divertido que de costumbre. Ya veía la ciudad cuando, de repente, visualizó a lo lejos un enorme monstruo de colores verdes en lo que parecía ser una esplanada de una de las montañas que había alrededor de la ciudad. Sería imposible no verlo, pensó Daenys. Pero, ¿qué hacía aquel dragón allí? ¿Su jinete también estaría?

Descendió junto a Nasserys, intentando estar lo más alejada posible de Vhagar. Normalmente, solía aterrizar en la costa del sur, pero aquella vez lo haría en el oeste.

No te acerques mucho a ese dragón, Nasserys— dijo Daenys mientras le acariciaba las escamas del rostro—. Tú eres grande, pero…—escuchó el rugido de Vhagar—. Esa dragona lo es mucho más…—los ojos negros de Nasserys la miraron y, por un momento, parecieron humanos; Daenys le sonrió y le ordenó que no se marchara lejos, que pronto la necesitaría.

Cuando vio que Nasserys se alejaba, decidió caminar un poco por la arena, hasta encontrar unos guardias que la llevarían hasta uno de los mejores y más sutiles negociantes de seda que había en la ciudad, con quien Daenys tenía negocios desde hacía unos años. A él le encargaban los trajes de los príncipes, así como los de la futura reina.

Buenos días, Lady Daenys— le dijo un guardia joven, de más o menos unos cinco años más que ella, pero de muy buen ver: cabellos negros, ojos oscuros y piel morena, todo lo contrario a ella. Tal vez, por eso le llamaba la atención.

Buenos días, Ethan— dijo Daenys—. Vengo a ver al señor Dolopus. Tengo que cerrar unos negocios con él.

Me parece que el señor Dolopus, en este mismo momento, se encuentra reunido con otra persona— dijo Ethan, para sorpresa de Daenys.

Normalmente, siempre que ella llegaba, Dolopus la recibía en persona, como si fuese la misma reina. No siempre se hacían negocios con un Targaryen. Por ello, ¿quién sería más importante que ella para que Dolopus no la recibiera? Estaba claro.

Caminó hasta el palacio que poseía en la zona alta de la ciudad. Al llegar, otros guardias protegían las puertas tras las que se encontraba Dolopus y, seguramente, a quien recientemente le había rechazado la propuesta de matrimonio. Frunció el ceño cuando los guardias le prohibieron el paso, a lo que Daenys respondió.

Jamás se me ha tratado así en la casa del señor de Pentos— dijo Daenys—. Cuando tenga la oportunidad de hablar con él, os juro por mi vida y mi casa que…

Antes de acabar la frase, observó cómo Dolopus abrió las puertas.

¿Qué es todo este…—al darse cuenta de que se encontraba allí, Dolopus, cambió su tono—. Lady Daenys…

Mi Lord— dijo Daenys, educadamente—. He venido para cerrar un negocio y me he encontrado con una situación un poco desconcertante. Jamás se me ha negado la entrada a su oficina, pues nuestros tratos siempre benefician a ambas partes y…—Dolopus, dejó ver quien se encontraba dentro de la sala—. Suponía que estabas aquí. Dolopus dejó entrar a Daenys.

Lo siento, mi señora, pero el negocio de la seda tendrá que esperar…—dijo este, bajo y cabizbajo mientras se acercaba a la mesa, donde se encontraba Aemond, con las manos cruzadas.

¿A qué se debe esa espera?— dijo Daenys.

Desde que había entrado, Aemond no había dejado de mirarla. Solo con un ojo, era capaz de percibir su belleza, pero también su testarudez.

Me temo que toda la seda se viene a Desembarco del Rey— dijo Aemond, llamando la atención de Daenys.

Toda— dijo ella—. ¿Rompéis el trato que teníais con Rocadragon? ¿Rompéis años y años de lealtad de la futura reina para con vuestro negocio?— Dolopus no sabía qué decir, si cedía ante los ataques de Daenys, Aemond seguramente lo quemaría vivo y, si le daba la razón a Aemond ante Daenys, podía arriesgarse a perderlo prácticamente todo por lo que había trabajado.

Desembarco del Rey le ofrece mucho más dinero al Señor Dolopus— dijo Aemond—. Ha hecho un trato justo y beneficioso para él.

No puedes venir y llevarte toda la seda— le dijo Daenys—. Usted tiene un trato con la futura reina de los siete reinos—volvió a mirar a Dolopus—. Usted sabe que, de ser verdad, se rompería todo lazo de negocio no solo de seda, sino de todos los tejidos y materiales que Rocadragon encarga a Pentos— Dolopus empezó a respirar entrecortadamente, no era un hombre muy avispado, pero en aquel momento desearía no estar presente en aquella reunión.

Puedo ofrecerte el cincuenta por ciento— dijo Aemond y Daenys le miró.

No tienes porqué darme nada, simplemente, porque no lo tienes— le dijo la de cabellos plateados—. No tienes el material aquí mismo, el barco todavía no ha salido hacia la capital y todavía está en manos del señor Dolopus.

No voy a renunciar a la seda, el trato está hecho— le dijo Aemond, enfurruñándose.

No estoy haciendo tratos contigo. Estoy hablando con el señor Dolopus— dijo ella.

El papel está…—dijo Aemond.

¡Me importa bien poco el maldito papel que hayas firmado!— respondió Daenys—. Necesito esa seda. Próximamente será el día del nombre del príncipe Jacaerys. Se requiere mucha seda para todos los vestidos que van a elaborarse. Además— dijo Daenys—. Desembarco del Rey siempre ha hecho negocios con otros señores: de Myr, Lys… Seguramente, la próxima compra vuelvan a hacerla en esos lugares y, usted, habrá perdido una compradora leal que durante años ha adquirido sus materiales. ¿Está dispuesto a eso?— Dolopus seguía sin saber qué decir.

Puedo ofrecerte el sesenta por ciento de la seda— dijo Aemond—. El cuarenta restante, se viene a Desembarco.

Ochenta y cinco— al decir aquello, Aemond medio sonrió—. No es una broma, Aemond. Necesito esa seda. Deja constancia de ello en el papel y terminemos con esto de una vez.

Entonces— dijo Aemond mirando a Dolopus fijamente; sabía que su parche imponía, pero el rostro de aquel hombre en aquel momento era mucho más aterrador de lo que había imaginado jamás—. Ochenta y cinco para la princesa Daenys— ella le miró, sorprendida de que hubiese sido tan fácil lograr que cediese a su negociación—. Me llevaré ese veinticinco a Desembarco del Rey y dentro de dos meses, regresaré a Pentos para recoger el ochentaicinco restante con un descuente del veinte por ciento. De no ser así, vuestro palacio—dijo Aemond observando el alto techo de la sala y las obras de arte y oro que había allí—. Será quemado hasta los cimientos— Dolopus asintió sin poner ninguna pega, sin embargo, tenía algo que añadir.

Lo prepararé de inmediato, pueden esperar un par de horas mientras lo organizo todo y pronto saldrán las naves hacía Desembarco del Rey y hacia Rocadragon— dijo este.

No voy a esperar. Marcharé de inmediato a mi hogar, mi dragón…— dijo Daenys, convencida de sus palabras.

Tu dragón necesitará descansar y recobrar fuerzas. Ha volado durante horas. Pensaba que eras conocedora de que los vuelos durante horas para los dragones son… cansados y pesados— dijo Aemond, haciendo que Daenys frunciera el ceño.

Mientras él decía eso, observó de reojo cómo Dolopus abandonaba la sala. Ambos estaban solo, pero la tensión que había allí no era para nada agradable, sino todo al contrario.

Tengo dragón desde que tengo memoria, sé cuándo se cansa y cuándo no. No es menester que me eduques en el arte de montar a un dragón— dijo Daenys.

Me odias— dijo Aemond, sin más, sorprendiendo a Daenys mientras los cantos de los pájaros armonizaban el ambiente.

No puedo odiarte. A penas te conozco…— dijo Daenys—. Aunque hemos compartido años de infancia, no puedo decir que fueses un niño agradable o de fácil conversación, por lo que no tengo ni la más mínima idea de cómo eres. Además, de saberlo, podrías haber cambiado. Han pasado muchos años.

Tampoco te llegué a conocer. Me parecías una niña horripilante y… testaruda. Siempre hablando con altanerías, jamás entendí por qué— dijo Aemond, sin saber que aquello hizo que Daenys se sintiera mal—. Si te soy sincero, yo sí te odié. Odié que estuvieras por debajo de la línea sucesoria, que ni si quiera ostentabas el título de princesa, pero poseías un dragón. Y no un dragón cualquiera, sino un dragón nacido de un huevo que pusieron a tu lado en la cuna y que fue mi mismo padre quien solicitó esa dicha.

Ahora tienes un dragón. El más grande— dijo Daenys—. Además, ¿a qué viene todo esto? Ya hemos zanjado el asunto de las telas, deberíamos marcharnos.

Pero a pesar de que fueras testaruda, siempre llamaste mi atención. De una forma u otra, te admiraba. No eras como las demás niñas de la corte y creo que sigues siendo diferente hoy en día. Fue por eso que…—Aemond tragó saliva y la miró profundamente a los ojos—. Que decidí enviarte esa propuesta de matrimonio. Jamás me imaginé ser un hombre casado ni cumplir con mis obligaciones de señor dragón. Pero se me cruzó esa idea por la cabeza. Y si… ¿y si mi vida pudiese cambiar tan radicalmente? Ya no solo sería hermano o hijo. Sería padre, sería esposo, sería… abuelo. Tendría mi propia familia— Daenys escuchaba atentamente—. Por supuesto que fue una mala idea pensar todo eso. Padre… digo, el Rey, intentó desposarme con otras muchas mujeres, pero cuando te propuse, pareció bastante ilusionado. Por primera vez en mi vida, vi a mi padre emocionado por algo que se debía a mi. No obstante, también vi el desprecio cuando observó cómo te negabas, cómo desaparecías y cómo yo no insistía más. Para qué hacerlo, pensaba.

Jamás he sido una chica con la mirada puesta en el matrimonio. No ostento un título, no soy hija de príncipes ni de reyes. Bueno, soy hija de dos príncipes. Soy nieta de Jahaerys I. Pero atrás quedan esos nombres. Ya no están. Ya no sirven— dijo Daenys—. Nunca he pensado en casarme. Mucho menos con...

Conmigo— dijo él—. Aemond el tuerto, el jinete del dragón más viejo y grande del mundo. El que no será rey, a quien no han casado con una hermana. Es comprensible, aunque tampoco me atormenta— dijo él.

No iba a decir eso…

No es que me importe, pero, pensé que eras menos superficial. Decepcionante— expresó el de cabello plateado.

Tampoco esperaba cumplir tus expectativas, me quedo grande para lo que imaginas— dijo ella, segura de si misma.

Quedaron en silencio, el uno mirando al otro. Aemond dio un paso al frente, pero Daenys retrocedió. Sin embargo, no se alejó tanto. Se quedó mirándole fijamente, a su cabello largo, a su mirada penetrante, a su altura y forma del cuerpo, a su pose. Daenys empezaba a notar sudores fríos, por lo que prefirió abandonar la sala y caminar hacia playa, donde esperaba que estuviese Nasserys.

A medida que descendía las escaleras, escuchaba a Aemond perseguirla. Su corazón empezaba a latir con fuerza, su respiración se agitaba. No obstante, al llegar a la arena, él agarró su antebrazo para detenerla.

¿Por qué huyes de mi?— le dijo Aemond, bajo la luz del atardecer.

Intentabas dañarme— dijo Daenys, intentando autoconvencerse de que aquello era verdad.

No precisamente— señaló Aemond y ambos volvieron a quedarse en silencio; el joven Targaryen la arrastró hacia él y, sin pensárselo dos veces, la besó.

Al principio, fue una sensación fría. No obstante, cuando sus lenguas se unieron, todo se intensificó y la llama incrementó notablemente. Aemond rodeó su cintura con sus manos y la atrajo hacia él todo lo que pudo. Sin saber cómo, Daenys empezó a sentirse extraña; no era una sensación tan terrible como se había imaginado, jamás había besado a un hombre y mucho menos se había interesado en eso, sin embargo, era agradable.

Sintió como la mano de Aemond subía hasta el costado de su cuello y acercaba su boca todavía más, su lengua húmeda se adentraba de nuevo mientras sus dientes daban pequeños mordiscos. Pero los segundos pasaban y Daenys empezaba a preguntarse qué estaba haciendo. Aquello era impropio de una dama, aunque tratase de alejarse del concepto de dama casi siempre que podía. Si algún señor de Poniente la veía de aquella manera, sería un completo escándalo. Sin embargo, ¿quién iba a verla allí? Se encontraban en la orilla de una de las costas más deshabitadas de Pentos, ni si quiera sus dragones estaban cerca para contemplar aquello.

Aemond…—susurró Daenys mientras trataba de apartarse—. Aemond…—Daenys puso su mano en el pecho para alejarlo de ella, sin embargo, este agarró su mano con dulzura y se apartó; fue un gesto extraño que jamás esperaba ver en él, por lo que se le quedó mirando sorprendida—. ¿Qué es todo esto? Es extraño.

No lo es— dijo él, seguro de sí mismo—. Deberías dejarte llevar.

Los dos sabemos bien a dónde puede llevar esto—dijo Daenys.

No trataba de decir eso— se excusó Aemond—. Solo que hay que aprovechar el momento…—él se iba a acercar a ella, pero Daenys le detuvo.

¿Sabes qué puede ocurrir si continuas besándome?— dijo—. Cualquier señor de Pentos con un mínimo de conocimiento de la historia, podría identificarnos. Y estoy segura que conocen bien nuestros nombres y nuestros rostros. ¿Sabes los problemas que podría llegar a tener por… por haberme besado siquiera contigo? Desgraciadamente, las mujeres somos mancilladas, mientras que los hombres tan solo cumplen su maldita función de aparearse. A ojos de esta sociedad, estaría… estaría sucia, deshonrada.

Jamás haría nada para dañarte ni para causarte problemas. Descuida— dijo Aemond, tranquilo y sereno, mientras la miraba con el único ojo que poseía.

¿Por qué?— dijo Daenys—. ¿Por qué tanto interés en mi de repente?

Ya te lo expliqué. Simplemente… lo quiero— dijo él.

Querer… no es poder— dijo ella, algo decepcionada por la respuesta de Aemond; entonces, ambos fueron cegados por el viento que se había levantado y que había llevado la arena hasta sus ojos. Cuando quiso darse cuenta, Nasserys acababa de aterrizar bastante cerca de ellos y observaba con detenimiento la situación—. Supongo que es una señal. Debo irme— dijo Daenys, mirándole fijamente, viendo cierto grado de tristeza en su mirada.

Al girarse, Aemond sintió que debía hacer algo al respecto. No podía dejarla ir así, tan fácilmente, como la última vez que la vio en Desembarco del Rey. Decidió arriesgarse, alargando su mano y volviendo a retenerla del antebrazo. No obstante, en aquella ocasión sería diferente. Aemond sintió que el suelo temblaba más de lo normal y, cuando miró más allá de Daenys, vio aquellos colmillos gigantes como espadas, así como afilados. Los ojos negros como la noche, así como sus escamas y piel. Podría morir en segundos, pero no iba a hacerlo aquel día.

Nasserys— el dragón rugió al escuchar el llamado de su jinete, sin embargo, Aemond no quitó su mano—. Es una advertencia— Daenys miró la mano—. No doy segundas oportunidades, Aemond.

El dragón volvió a rugir y fue entonces cuando Aemond pensó en lo peor. De escuchar aquellos rugidos, Vhagar podría acudir allí. Su dragón podría enfrentarse al dragón de Daenys y aquel problema sería más grande de lo que ambos podrían haber imaginado. Decidió quitar su mano, no obstante, Daenys no se movió. No lo haría durante unos segundos, hasta que pareció decidir.

La de ojos violeta dio un paso hacia él y le dio un beso en la mejilla, dejándole un poco desconcertado. No obstante, cuando quiso darse cuenta, Daenys ya había montado a Nasserys y estaba a punto de alzar el vuelo.

Iré a verte— dijo Aemond, sin embargo, Daenys ya había alzado el vuelo y se aproximaba rápidamente hacia el mar, era imposible que pudiese escucharle.