Aquel balcón siempre había sido uno de sus preferidos en el castillo de Rocadragón. Pequeño, sí, pero privado, donde podía pensar en silencio con las olas del mar chocando contra la costa. Aquel día, especialmente en aquel momento, el sol brillaba en lo más alto. Acababan de comer hacía una hora y Daenys había preferido refugiarse en aquel lugar seguro, después de todos los acontecimientos sucedidos y que tanto le trastocaban la cabeza desde que había regresado de Pentos.

Se había besado con Aemond, sí, pero aquel no era el problema. La verdadera preocupación de Daenys residía en que aquel beso húmedo e intenso le había parecido agradable, apasionante y sincero. Sin embargo, jamás había besado a alguien, no podía catalogar un beso como sincero si nunca antes lo había probado. Pero tenía esa sensación y, lo peor de todo, era que le había gustado. Ahí estaba el pecado para ella.

Levantó la mirada cuando vio un pequeño pájaro llegar allí, picando algunas migajas de pan que tal vez llevaban allí meses y eran minúsculas para los ojos humanos. Tal y como se había sentido ella toda su vida.

Desde pequeña, Daenys había pasado desapercibida como dama dentro de la corte y en Desembarco del Rey. No por su belleza, pues muchos la catalogaban como una de las mujeres más bellas desde hacía tiempo, pero sí por sus títulos. Ningún señor de casa grande estaba interesado en una Targaryen que tan solo era eso, Targaryen. No tenía un título, no era la hermana de la futura Reina, aunque sí su pupila y pupila del actual Rey. Pero de poco servía aquello.

Pero, de repente, cuando creció, gente importante empezó a llegar a su vida: cuando tan solo tenía catorce años, el hijo mayor de Grover Tully, Señor de Aguas Dulces, y heredero al señorío, Kaleb Tully, se había presentado ante Viserys para pedir su mano. No obstante, el Rey se negó. Tiempo después, un Greyjoy, no demasiado agradable a ojos de Viserys, ni tampoco un primo lejano de los Hightower. Durante aquel tiempo, Daenys no se preocupaba por buscarse un marido y tenía fe ciega en que Viserys se negaría ante cualquier patán o persona indeseable.

Sin embargo, llegó Aemond.

Su interés repentino vino, según él, por sus años de infancia y por la simpatía que Daenys le profesó cuando todos los demás se burlaban de él por no tener un dragón. Cosas de niños, pensaba ella, pero debió haber calado fuerte en el corazón de Aemond como para proponerle matrimonio. Si era sincera consigo misma, cuando le volvió a ver por primera vez, no esperaba verse con un joven alto y apuesto, sino con el típico estereotipo de un joven tuerto de un ojo, débil e inseguro de sí mismo. Aemond era todo lo conrario y, muy a su pesar, Daenys empezaba a pensar que él podría ser un candidato perfecto, teniendo en cuenta aquellas sensaciones extrañas que ella había sentido.

Tan solo había pasado un día, pero Daenys ya tenía curiosidad por saber cómo era su día a día, qué estaba haciendo en aquel momento, si ya habría regresado de Pentos o si había decidido quedarse para visitar los burdeles de aquella ciudad, algo exótico y llamativo para los hombres. Sacudió su cabeza para alejar aquellos pensamientos.

Daenys— escuchó a Rhaenyra detrás de ella entrar al balcón; automáticamente, Daenys se levantó para recibirla, dejando al descubierto su vestido rojo oscuro de seda y ancho que le caía por los pies—. No es necesario que te levantes. Últimamente eres un poco más formal de lo normal— Rhaenyra tomó asiento en la silla restante y, una vez sentada, Daenys la imitó—. Desde que volviste ayer de Pentos, casi no has hablado con ninguno de nosotros. Ni con Jace, ni con Luke, ni si quiera conmigo— Daenys desvió la mirada—. Sucedió algo allí, ¿cierto?

No. No sucedió nada— dijo Daenys—. Tan solo es…

Solo quiero recordarte que, pase lo que pase, tu familia estará aquí. Vayas donde vayas, siempre serás una Targaryen. Tan como nosotros. Tan de nuestra sangre— Rhaenyra la agarró de las manos, con confianza.

Y dices esto porque creo adivinar que das por sentado que aceptaré la propuesta de matrimonio de Lord Stark, ¿verdad?— dijo Daenys y Rhaenyra se vio sorprendida por su audacia—. No creo que el norte sea el lugar al que deba ir…

Vas a cumplir diecisiete años dentro de nada. Sabes que jamás te he obligado a hacer nada y esto no es una cosa que me guste, pero debes casarte— dijo Rhaenyra—. Tu matrimonio con Lord Cregan Stark podría traer muchos beneficios al reino, créeme— la mirada que Daenys le dedicó a la que perfectamente podría llamar madre fue suficiente para que descubriera qué quería en realidad—. Pero no vas a aceptar la propuesta de matrimonio de Lord Stark, ¿me equivoco?— Daenys le aguantó la mirada, pero al cabo de unos segundos se levantó de su silla y se encaminó al borde de piedra del balcón para ver el mar.

No sé qué debo hacer— dijo Daenys con cierto pesar en sus palabras—. No sé qué se espera de mi, nadie me preparó para ello aunque todos digan que debo casarme. ¿Debo hacerlo? ¿Qué beneficio voy a traer al reino con mi matrimonio si soy… si soy hija de un padre y una madre muerta? Ellos sí ostentaban títulos. Ellos eran príncipe y princesa, hijos del Rey Jaehaerys I. Pero hay un montón de personas por delante de mi. No tengo tierras. No tengo título.

Y eso es lo más importante, querida— Rhaenyra se acercó a ella—. Ellos te elijen por ser quien eres. No por personalidad, claro. Aun no te conocen bien. Pero sí observan tus tareas, todo lo que has hecho por mi, los negocios que llevas tú sola al otro lado del Mar Angosto. Ven tu belleza, tu simpatía, tu sonrisa. Eso vale mucho más que cualquier tierra, señorío o título real. Además—dijo Rhaenyra—. Jamás pensé que te importaría nada de eso. Siempre tuviste claro que querías ser Daenys, una mujer empoderada, sin necesidad de poseer títulos. Sin ser llamada de otra forma. Pero si tan empeñada estás… Podría nombrarte ahora mismo. Justo aquí. Princesa de Rocadragón— dijo Rhaenyra, sorprendiendo a Daenys.

Sería solo por cortesía. No sería un título forma, Rhaenyra, no puedo…—dijo Daenys, pero la futura reina la cortó.

Cuando sea reina, marcharé a Desembarco del Rey— dijo—. Daemon vendrá conmigo. Jace, también. Baela nos seguirá, pues es la prometida del futuro rey. Mientras, Luke irá junto a Rhaella a Marcaderiva. Mis dos hijos— dijo tocándose el vientre—. Aegon y el que está por venir, serán muy pequeños para gobernar aquí o vivir solos aquí. Vendrán con nosotros hasta que tengan la edad necesaria. Y, hasta que Jace tenga hijos y estos crezcan y puedan reclamar el trono, ninguno de ellos podrá ser príncipe de Rocadragón— explicó—. Eres la única que queda. Eres como mi propia hija, Daenys. Lo eres de verdad. Y quiero de todo corazón que seas feliz. Si con eso puedes acercarte un poco a la felicidad…

No quiero esa responsabilidad, Rhaenyra— dijo Daenys—. De verdad que siempre he deseado ser ese alguien con títulos, esa dama que podría ser cortejada por cualquier señor importante, pero a medida que pasan los años me doy cuenta de que todo eso no es para mi.

Respeto tu decisión, pero— antes de que Rhaenyra pudiese continuar con la conversación, una sirviente se acercó hasta la puerta del balcón.

Mis señoras, siento molestarlas pero, ha llegado alguien que dice querer ver a Lady Daenys— al decir su nombre, la de ojos lila buscó en Rhaenyra alguna respuesta a quién podría ser aquella persona; ¿Cregan Stark? ¿Algún otro pretendiente?

Ambas bajaron hasta el salón principal, donde la chimenea calentaba todos los rincones. No había nadie, tan solo dos sirvientes más y la persona en cuestión que había llegado. Cuando Daenys cruzó la puerta, se detuvo en seco al reconocer aquellas prendas, aquel cabello plateado de melena larga, aquella altura y aquel porte fuertes, con su espada al lado derecho adornando su cuerpo. Sin saber por qué, el corazón le dio un vuelco, pero la alegría invadió su cuerpo de inmediato.

Tonta, idiota, pensó para si misma. Le había rechazado prácticamente dos veces, pero ahora era diferente. Se habían besado, ella había sentido ciertas cosas que todavía no había dicho a nadie. Y después de aquel beso inesperado, él volvía a estar allí. Se giró al escucharlas llegar y sus miradas se chocaron.

Por primera vez desde que le conocía, Daenys pudo diferenciar el color de sus ojos. Siempre supuso que serían violeta, simples, como los suyos y como los de muchos de sus ancestros. No obstante, el único ojo que podía ver de Aemond era de un color lila muy claro, brillante, rasgado y, muy a su pesar, precioso. No quería parecer nerviosa, por lo que respiró hondo. Después, la mirada de Aemond se posó sobre Rhaenyra, su hermana.

¿A qué se debe esta agradable visita?— dijo Rhaenyra de una forma un tanto irónica, algo que hizo sonreír a Aemond.

Sé que hemos tenido nuestras diferencias, hermana. Pero vengo de un largo vuelo desde Pentos y pensé en detenerme en uno de los bastiones de nuestro reino. Rocadragon está en un punto más cercano y pensé en pasar unos días aquí antes de marchar a Desembarco del Rey— al decir aquello, Rhaenyra miró automáticamente a Daenys, algo de lo que se percató Aemond—. Y, obviamente, venía a ver a mi querida prima— Aemond se giró para mirar de arriba abajo a Daenys—. Tenemos que retomar nuestra buena relación de la infancia.

Nadie dijo nada ante tal propuesta, pero Daenys se moría de ganas de que Rhaenyra aceptase aquello.

Celebraremos un banquete esta noche para darte la bienvenida— dijo Rhaenyra—. Los sirvientes te llevaran a tus aposentos— Aemond pareció respirar tranquilo, mientras uno de los sirvientes se acercó a él para guiarle hasta su nueva habitación por unos días; al pasar por al lado de Daenys, se detuvo, la miró intensamente, pero después volvió a girarse hacia la dirección en la que se encontraba Rhaenyra.

Gracias.

Pasados unos segundos, Daenys quiso encaminarse hacia su habitación, pero Rhaenyra llamó su atención.

Rechazaste su propuesta de matrimonio— le dijo Rhaenyra—. Es tarde para casarte con Aemond. Recuerda eso.

Ya. Debo casarme con Lord Cregan Stark, supongo— dijo Daenys, bastante desilusionada.

¿A qué se debe ese interés repentino por Aemond?— dijo Rhaneyra—. ¿Pasó algo en Desembarco del Rey? ¿En Pentos?

Nada de lo que debas preocuparte.

También he sido joven. Sé de qué cosas preocuparme y esta es una de ellas— dijo segura Rhaenyra—. Recuerda que todavía debemos responder la propuesta de Lord Stark. Solo… tenlo en mente. Estos días. No hagas nada de lo que puedas arrepentirte— dijo, pero Daenys ya se marchaba hacia su habitación.

No se habían visto en lo que quedaba de día y la noche ya había llegado. Kessie terminaba de vestir a Daenys, quien había elegido un vestido rojo oscuro, largo, con su cabello plateado suelto, ondulado y decorado con una tiara de rubíes. Llegó al salón, donde Jace, Luke, Baela y Rhaella ya estaban. Se sentó junto a ellos, buscando con la mirada a Aemond, pero todavía no había llegado.

Pronto lo haría.

Entró al salón con un perfecto traje a medida de cuero, ajustado, de color negro. La típica chaqueta de cuero, un poco larga, pero perfecta para su torso y sus brazos. Debajo, unos pantalones ceñidos del mismo color, con unas botas altas y oscuras. Llevaba bordados detalles plateados a conjunto con la empuñadura de su espada. ¿Por qué llevaba todavía la maldita espada?, pensaba Daenys.

Pero todo se nubló en su mente cuando él parecía estar buscándola por el salón. No lo hizo, pues Rhaenyra llamó la atención de su hermano menor, indicándole que debía sentarse a su lado y el de Daemon. Al llegar, todo el salón se levantó para brindar por el nuevo invitado. Fue en ese brindis cuando Aemond divisó a Daenys, pero durante todo el convite no pudieron intercambiar ni una sola palabra.

La música empezó a sonar, la gente empezó a beber y bailar. Fue en ese entonces, cuando Aemond decidió acercarse a la mesa en la que se encontraba Daenys. No estaban ni Jace, ni Luke, tampoco sus respectivas prometidas, por lo que Aemond se sentó con libertad, llevando una jarra de cerveza en la mano y unas cuantas en su cuerpo.

Tiempo sin verte— dijo él, de forma graciosa.

¿Qué haces realmente aquí, Aemond?— dijo Daenys.

Visitar a mi familia— dijo él, alzando ahora la jarra—. Por la familia— Daenys entornó los ojos cuando Aemond bebió y dejó la jarra sobre la mesa—. ¿Te molesta que esté aquí?

La familia siempre es bienvenida a Rocadragón— respondió con cortesía Daenys.

Te sacaría a bailar, pero no me enseñaron adecuadamente— explicó Aemond.

No importa, otros lo harán— dijo ella, medio sonriendo.

En ese preciso momento, un grupo de jóvenes chicas se acercaron a la mesa para saludar a Aemond y entablar una conversación con él. Daenys sintió que no pertenecía a esa conversación, por lo que decidió levantarse y unirse al baile con algún hombre. Fue entonces cuando el hijo de un vasallo de Rocadragón se acercó para sacarla a bailar. Ella asintió amablemente y pronto se unieron a los demás.

Mientras, Aemond miraba desde lejos la situación. No podía levantarse e ir sin más a por ella, pues no sería cortés hacer aquello con aquellas damas. Prefirió quedarse donde estaba y ser amable, charlatán y galán, tal y como era él. No obstante, pasados unos minutos, sintió que su simpatía llegaba a su fin. Trató de alejarse de aquel grupo de jóvenes, quienes tan solo veían títulos y riquezas en él. Solo veían el apellido Targaryen, nada más.

Mis disculpas, señoritas— dijo Aemond—. Tengo un baile pendiente.

Y, sin más, se apartó de aquel círculo de chicas, caminando entre la multitud de aquel salón en busca de lo que él había escogido como su objetivo. No la encontraba por ningún lado, hasta que divisó los rubíes de su tiara. La observó con detenimiento. Ella se reía a carcajadas, bailando con aquel vasallo de Rocadragón, dando palmas al son de la música. Pero pronto le miró a él. Fijamente a los ojos, desde la distancia. Aemond aprovechó aquello para acercarse.

Mi señor— le dijo Aemond al Lord que bailaba con Daenys—. Tengo un baile pendiente con la princesa Daenys—este miró a Daenys y esta asintió con la cabeza, agarrando con dulzura la mano que Aemond le ofrecía.

¿No decías que no sabías bailar?— dijo Daenys cuando ambos ya estaban pegados y bailando al ritmo de la música.

Te he dicho que no me enseñaron adecuadamente, no que no sabía— confesó él, haciéndola reír y empezando a bailar entre la multitud.

A medida que bailaban, sus cuerpos se pegaban más, podían incluso sentir su propia respiración. En sus mentes, estaban solos en aquel salón. Solos Aemond y Daenys. Él agarraba con dulzura su mano, moviéndose con el vaivén de las notas musicales.

¿Nadie te ha dicho esta noche que estás hermosa?—dijo Aemond, con una media sonrisa en el rostro.

¿Solo esta noche?— dijo ella, sonriendo de forma pícara.

No obstante, a medida que pasaban los minutos, la noche se alargaba y los invitados y las invitadas abandonaban el salón. Finalmente, al ser Aemond el invitado especial, debía despedirse de todos. Aquella fue la única razón por la que se separó de Daenys durante las horas restantes, mientras ella se apresuraba a buscar a Kessie, su doncella de compañía.

Mi señora— dijo Kessie al verla llegar—. ¿Qué ha pasado entre ustedes dos?— a pesar de ser su doncella, Daenys trataba a Kessie como una verdadera amiga; diría que la única amiga que tenía allí si no contaba a Rhaenyra, pues Baella y Rhaella se limitaban a seguir a sus futuros maridos allá donde fuesen, sin tratar de establecer ningún tipo de relación con nadie más.

Simplemente, creo que… nos gustamos mutuamente— confesó Daenys.

El Señor Aemond le propuso matrimonio y usted se negó— dijo Kessie.

Aquello le rondaba por la cabeza día y noche desde que sucedió. Pero ahora todo era tan distinto. Sus sentimientos por él habían cambiado drásticamente. Aemond había resultado ser un gran hombre con el que ella podía verse a su lado. Pero tal vez, ya era demasiado tarde. Tal vez, Rhaenyra tenía razón cuando intentaba hacerle entender que un matrimonio con Cregan Stark era lo mejor para ella, pero, sobre todo, para el reino. ¿Pero cuándo le interesó a Daenys el reino?

Decidió abandonar a Kessie, le había dicho que quería tomar el aire. Decidió bajar hasta la orilla del mar, donde visualizó a lo lejos a Nasserys, quien descansaba plácidamente en lo alto de una de las cimas de Rocadragón. Si estaba su dragón cerca, podía estar segura de que nada malo fuese a ocurrirle, por lo que decidió encaminarse hacia la orilla, donde las olas le mojaban los pies y la parte inferior de su vestido rojo, tornándolo más oscuro todavía.

Miró al cielo, aquel día la luna estaba plena. Blanca, plateada y tranquila, acompañada por las estrellas. Recordaba las historias que sus padres le contaron del origen de los dragones. Había dos lunas, una de ellas se acercó tanto al sol que eclosionó. Y de ella nacieron los dragones. Y los dragones bebieron del sol para escupir llamas y ser unos de los seres más poderosos del mundo.

Mediosonrió al recordar a su padre, el príncipe Valerion. Era encantador para muchos, pero aún más para ella. Lo que recordaba de él era que era bueno, dulce, amable. Al igual que su madre, Maera Targaryen. A menudo, y aunque no lo aceptara, Daenys pensaba en ellos. Últimamente, mucho más, teniendo en cuenta que su vida iba a dar un giro inesperado en poco tiempo. Tanto Valerion como Maera se casaron por compromiso, pero entre ellos ya había amor, viviendo enamorados toda su vida el uno del otro. Pocas parejas llegaban a estar tan enamorados y con un cariño tan sincero como el suyo. De hecho, Daenys se atrevería a decir que Rhaenyra y Daemon no llegaban a ese grado de enamoramiento, aunque sí que era enorme.

Sintió que una mano le tocaba el hombro y, repentinamente, se giró. A la luz de las estrellas, vio el cabello plateado de Aemond, su rostro con las facciones marcadas, aquel parche y esos labios que le transmitían pasión. Daenys se tranquilizó al saber que era él.

No te he quitado el ojo de encima— dijo él—. ¿Por qué te has marchado del salón? No es necesariamente la noche más cálida del año, te resfriaras aquí.

Estoy acostumbrada a este tiempo— dijo ella—. Necesitaba un poco de aire fresco—Aemond le apartó el cabello que se empezó a colar en su rostro—. ¿Has disfrutado de la cena en tu honor?

No era en mi honor, solo un motivo más por el cual vuestros señores vasallos beben y comen sin costo alguno— dijo Aemond—. Yo solo soy la excusa…— sonrió.

Una buena excusa para celebrar, supongo— dijo Daenys.

Podríamos estar celebrando muchas otras cosas— dijo Aemond—. Como por ejemplo, un matrimonio— la miró fijamente, intentando descifrar sus emociones, pero Daenys se mantenía serena.

No sé si es adecuado hablar de esto nosotros solos— dijo ella—. Es un tema importante.

¿Por qué evades mis propuestas?— dijo Aemond—. No te entiendo demasiado bien, Daenys. Primero, creo que me odias y rechazas abiertamente mi propuesta de matrimonio. Después, deseas matarme en Pentos por robarte parte de la mercancía de seda. Te besé. No te apartaste ni evitaste ese beso…

Por ciertas circunstancias, creo que nunca podría decirte que acepto tu propuesta de matrimonio— dijo Daenys.

Podrías, si quisieras— respondió tajante él—. ¿Hay otro hombre?

No lo hay, pero…— dijo Daenys—. Pero debo cumplir con lo que soy. Debo favorecer al reino, debo cumplir con mi deber, debo…

Debes, debes, debes muchas cosas, Daenys— dijo Aemond, alterándose—. Soy un maldito príncipe, sé lo que es deber. Yo debo casarme, tener hijos, continuar con la línea sucesoria. Cumplir con lo que se me ha ordenado. Pero me dieron libertad para escoger y te escogí a ti. Tú no eres mi deber, tú eres lo que quiero— confesó Aemond, dejando perpleja a Daenys—. Ha habido otras mujeres, no te voy a mentir, pero jamás las he elegido. Desde… desde que éramos unos malditos niños, captaste mi atención. No eras cruel, eras amable y esa dulzura… esa dulzura me hizo tener fe en las personas. No en todas, pero sí en ti.

Aemond, las cosas son más complicadas de lo que parecen— dijo Daenys, algo apenada—. Jamás se me ha preguntado qué es lo que quiero. Pero debo cumplir con mi deber, con el único que tengo. No soy princesa, no tengo títulos…

¡Y eso qué más da!— gritó él, asustándola—. Me dan igual los títulos, los malditos protocolos. Eres Daenys Targaryen, sangre del dragón, jinete de Nasserys, nieta de uno de los reyes más importantes, hija de dos príncipes, la mujer más bella, más sincera que conozco. Si nadie te ha hecho nunca esa maldita pregunta, te la hago yo. ¿Qué es lo que quieres de verdad?— Daenys miró hacia otro lado, algo aterrada— Mírame— Aemond la cogió del rostro con ambas manos—. ¿Qué es lo que quieres? Yo lo haré por ti.

No puedo… no puedo casarme contigo…—dijo ella, intentando controlar su voz temblorosa—. Te rechacé oficialmente y… esa noticia llegó a todos los señores que en silencio querían pretenderme. Llegó al norte y…—Aemond quitó sus manos—. Y…

Y Lord Cregan Stark, señor de Invernalia y protector del norte, te ha propuesto matrimonio— dijo de forma fría y amarga; Aemond se llevó las manos a la cabeza—. Fui a Pentos porque sabía la frecuencia en la que ibas a allí. Fui, dejando todas mis responsabilidades atrás y muy a pesar de lo que opinaba mi padre. Ni si quiera él cree que soy bueno para ti. Pero pensé en convencerte de que sí lo soy. Por eso volé hasta Pentos, para verte, para poder estar contigo. Y cuando consigo un acercamiento, cuando creo que soy suficiente hombre para ti, regresas volando a Rocadragón. A pesar de eso, decido venir, decido intentarlo. Pero un maldito señor de Invernalia se me ha adelantado, incluso estando a miles de leguas de aquí y sin esforzarse por nada— Aemond respiró profundamente—. Respetaré tu decisión si es lo que quieres realmente. Pero todavía no me has respondido. ¿Qué es lo que quieres?

Aunque Daenys sabía la respuesta a aquella pregunta, no sabía cómo decirla en voz alta.

No es lo que yo quiera, Aemond, no es tan fácil…—dijo ella.

Lo es. Es bastante fácil— dijo él, suspirando—. Lo he intentado varias veces. No va a haber una tercera.

Aemond…yo…— dijo Daenys—. No puedo…