Para todos aquellos que buscan un lugar en el mundo.

Para los que se sienten perdidos.

Encontrémonos juntos.


Prólogo

Elisa

En mi escuela primaria solían separarnos en dos grupos: por un lado estaba el grupo "A", donde ponían a todos los aplicados y los dedicados a la escuela, en el "B" quedaba el resto. esa siempre fue la diferencia entre grupos, la única que había. Siempre pertenecí al grupo "A" y me sentía completamente orgullosa de estarlo. Además era la mejor en mi clase. Todos se esforzaban a su máximo y yo era altamente competitiva. Desde muy pequeña lo fui.

Las estrellas siempre me llamaron y saber más de ellas era lo que más deseaba. Después de un trabajo escolar lo supe, deseaba dedicarme a observarlas por el resto de mi vida. Mi objetivo principal era convertirme en astrónoma, pero a partir de mi tercer año las cosas cambiaron un poco en la escuela porque las quejas respecto a la clasificación grupos surgieron, así que nos comenzaron a revolver al azar. En un principio eso no cambió mi competitividad, pero con el tiempo bajó el nivel de la competencia y por lo tanto, mi interés y concentración. Todo comenzaba a ser aburrido y rutinario.

Cuando cumplí 11 años ya no me sentía tan motivada, las calificaciones ya no me importaban tanto. No me parecía malo, una niña no podía perderse de tantas cosas por concentrarse solo en la escuela, ¿verdad? y no, no era malo. Yo aun quería ser astrónoma, solo había dejado mi sueño para más tarde, o eso pensaba.

Al principio mis papás pensaron que era normal, era solo una niña a punto de ser adolescente. Podía cambiar de opinión, no muchos saben que quiere hacer con su vida desde pequeños. Yo sí, yo sabía que sí, solo que ya no era mi objetivo principal. Yo lo tenía clarísimo, aún cuando no encontraba la motivación para seguir luchando por ello. Con el tiempo notaron que era algo qué tal vez iba más allá de la adolescencia y eso preocupó a mis profesores y a mi familia.

De pronto, me encontraba reunida con la doctora Beaux Martin una vez por semana para tratar aquello que me hacía sentir tan mal y alejada de todo, fue lo que nombraron como "depresión". El nombre me asustaba, no sabía que podía sentirme así, sin embargo la doctora me ayudó con eso.

Como regalo de cumpleaños número 12 ella me asignó un reto personal; la asesoría de un nuevo estudiante. A mi cargo quedaría ponerlo a nivel y ayudarlo con todas las cosas que él necesitara. Desde los recorridos, hasta las presentaciones y los apuntes, así conocí a Reginald Peters.

Mi directora lo aprobó porque pensó que si yo podía hacer que el chico nuevo se interesara tanto en la escuela y en los concursos como yo antes, quizás ellos me recuperarían a mí. Yo no entendía y ni quería entender el plan, solo me apegué a querer mejorar y si eso ayudaba al proceso, bueno, bienvenido sea Reginald.

La primera vez que vi al chico fue como un flechazo inmediato. Fue un momento en que los segundos se hicieron eternos y pensé qué tal vez la idea no era tan horrible como me la habían presentado. Regs usaba el uniforme verde de la escuela, se veía un poco incómodo con la corbata y aún así aparentaba estar mucho más relajado que yo. Su mano simulaba tocar lo que yo supuse era una guitarra, más tarde descubrí que era un bajo y su cabeza se movía a cierto ritmo que sólo estaba dentro de su mente. Lo miré por un largo rato antes de acercarme a presentarme.

En el momento en el que sus ojos se fijaron en mí, su música imaginaria se detuvo y me sonrió. Yo tenia mucho tiempo sin sonreír de manera auténtica como él lo hacía, su sonrisa me contagió y confié en él tan rápido como un parpadeo. Fue tan fácil hablar con él, nos conectamos de inmediato. Era como si nos conociéramos de toda la vida y su olor a pera me llegaba directo a las fosas nasales cada vez que se giraba para hablar conmigo y eso de alguna manera me hacía sentir diferente.

Me agradaba Reggie, su conversación simple y amigable donde no tenía que rellenar silencios incómodos, porque no los había. La idea de diferenciar la guitarra del bajo y lo interesado que parecía al escucharme hablar de las estrellas. Me agradaba más saber que era mi vecino de a lado y que siempre estaba al alcance de una ventana. Hablarle de historia, literatura y matemáticas era pan comido.

En realidad, me agradaba enseñarle lo que sabía porque no se avergonzaba de preguntar y siempre sentí que entre nosotros nunca existieron barreras, éramos diferentes cuando estábamos juntos y no era malo, porque teníamos una intimidad que no sucedía con nadie, podíamos tener charlas profundas y superficiales. Reg lo era todo, lo éramos todo.

Pronto estuvo acoplado al ritmo de nuestra clase y se relacionaba con todos con la facilidad de una sonrisa.

Él me agradaba tanto y me sentía tan natural a su lado que me vi con la intención de querer pasar más tiempo con el chico amante del country. Quería gustarle tanto como él a mí, porque no me llevó más de tres meses darme cuenta que me gustaba. No parecía que fuera mutuo, por mas que yo me esforzara en llamar su atención. No quería pensar que era por mi físico o mi humor negro, tampoco por mis comentarios a veces rudos, pero era difícil de creer que no era por eso ya que él siempre se fijaba en chicas completamente diferentes a mí.

Descubrí que su pasión por el bajo me contagiaba y así las ganas de ser astrónoma regresaron con mayor intensidad. Que alguien amara tanto algo como yo y me entendiera era casi como un sueño.

La doctora Beaux y yo trabajamos mucho en la confianza y la recuperación de mis motivaciones, a veces era difícil y me quería rendir y entonces aparecía él con alguna historia o lo que se le ocurriera para ayudarme a hacer las cargas más ligeras. Seguí con mis objetivos claros, en realidad Reg, mis padres y la terapia me habían ayudado en un nivel que no esperaba, pero que agradecía.

Dos años después Reg y yo llegamos a la edad en la que ya nos era permitido salir en citas y aunque yo deseaba que él me invitara a mí y me viera solo a mí, debía ser realista. Yo no le gustaba, yo solo era su amiga. Yo era esa chica con la que pasaba las tardes haciendo tareas, a quien le hacía bromas y a quien debía escuchar hablar por horas y horas de cualquier tema que le obsesionara.

Pensé que si yo salía con otros, él no se vería forzado a quedarse conmigo siempre, pensé que así podría darle espacio a mi corazón para olvidarlo. No funcionó, pero gracias a eso fue que conocimos a nuestros amigos.

Mi primera cita fue con Bobby y fue un completo desastre si me lo preguntan, pero no todo salió mal de aquello, Bobby, Reginald y yo nos hicimos amigos, salíamos en ocasiones juntos y fue Bobby quien nos presentó a Luke con quien tuve más de una cita.

Fue Luke quien me dio mi primer beso y fue mi primer novio. Era encantador, incluso papá lo adoraba, pero algo entre nosotros no hacía clic como debía ser. Luke y yo acordamos ser solo amigos. En cambio, la química que formó con Reg lo llevó a ser nuestro nuevo amigo inseparable. Incluso más que Bobby quien para este punto intentaba conocer a más personas.

Nunca dejé que Bobby se alejara de nosotros, de alguna manera extraña él nos completaba y nosotros a él. Para no perdernos de la vida del otro, Bobby y yo hablábamos cada mañana por teléfono antes de partir a la escuela donde solo nos veríamos en la última hora de clases.

Regs y Luke siempre tocaban juntos en un viejo garage, que nos llevó a Alex, ese rubio tan simpático que nos hacía reír a cada instante. Alex era mi confidente, cada momento en el que mi corazón sentía algo diferente era él a quien acudía para hablarlo y desahogarme. Sobretodo cuando se trataba de Reg. Regs, Luke, Alex y Bobby.

Todos los días me repetía sus nombres agradecida de que fueran mis amigos. Los cuatro tenían un corazón tan grande que yo sentía que ya había ganado lo mejor del mundo sólo con tenerlos en mi vida. Los cinco pasábamos demasiado tiempo en mi habitación hablando de nuestro futuro, un futuro en el que siempre estábamos juntos.