Cuando Arth oyó cómo se llamaba, no pudo evitar reír.

Ella lo miró con los ojos chispeando, las manos en las caderas.

—¿Qué te parece tan gracioso, bellaco?

Él sacudió la cabeza, sin aliento.

—Solo que... Bueno. Literalmente, tu nombre de heroína es... Escupefuego... Y... yo creí que te habrías puesto algo relacionado con el hielo. Por tus ojos, ya sabes. Son de un azul muy bonito, como el h...

De pronto, Arth guardó silencio, como si recién se diera cuenta de lo que decía. Sentía el rostro cálido.

Spitfire parpadeaba, con las mejillas furiosamente rojas... y cuando empezó a escupir fuego —lo llamó arrabalero, barribajero, barbaján, sabandija, y otras cosas más—, Arth supo que el nombre que había escogido era apropiado.


—¿Se puede saber qué es lo que pretendes, pedazo de rufián... ? —Esme se pareció dar cuenta entonces de que él estaba en el lugar y se detuvo para mirarlo.

Bright se rió.

—Tu noviecito aquí me acaba de llamar Luz Brillante. Es mucho mejor que bruto, bestia y todas esas demás joyitas que usas conmigo, ¿verdad, princesa?

—¡No somos novios! —dijeron los dos al unísono. Esme encendida, él con suavidad.

—¿Por qué se ruborizan, entonces? —Sonrió maliciosamente, y se relamió los labios.

—¡Me ruborizo porque me haces avergonzar! —dijo Esme con ardor. Le iba a partir las piernas a ese bruto bueno para nada, ¡lo iba a hacer!

—¿Tanto odias la idea de ser mi novia? —quiso saber él con frustración, y luego pareció pensar mejor en lo que había dicho. Diantres, ¿qué le pasaba?, ¿qué le importaba a él?

Esme sentía el rostro ardiendo. Lo miró con sorpresa y...

—Lo digo... porque ese soberano estúpido me hace perder los papeles —dijo con voz furiosa, un susurro encendido—. ¡Ni siquiera sé tu nombre!

—Arthur. Arth Baker —dijo, sin saber por qué.

—O sea... —Bright se paseó con una expresión burlona en el rostro y los miró sonriendo, pícaro. Sus ojos brillaban con malicia—. Que tú sí le aceptabas, que no tendrías problemas, solo te bastaba conocer su nombre, eh, qué romántica. Oye, Deforme, muy especial debes ser para hacer que la princesita suelte una palabra malsonante, jeje.

—¡Yo jamás saldría con los de su clase!

—Ouch. —Bright se llevó una mano al corazón. Luego vio a Baker—. No te preocupes, hermano, esa es su forma de demostrar que está enamorada de ti. Ya te vas a acostumbrar... Debajo de esa fachada de princesita se oculta un ser apasionado... y medio salvaje, para qué mentirte. ¿No es digno de una historia de amor, huh?

El rostro del panadero se puso rojo. Esme se sentía enfadada... Era solo una vulgar sabandija, un baboso peor que Bright... entonces, ¿por qué intentó defenderla después?

—¡No necesito que me defienda nadie! —le espetó luego de que Bright se marchara entre risas.

—¡No te estoy defendiendo! —respondió Baker con las mejillas encendidas, aunque su voz tan especialmente suave irritaba a Esme—. Solo eres una princesa mimada y consentida...

—¡Y tú un vil y vulgar arrabalero! —dijo Esme. En un momento se dio cuenta de lo peligrosamente cerca que estaba de Baker, de cómo sus narices casi chocaban. Se apartó. El rostro le ardía de forma tonta y eso la frustraba. Seguro era por la proximidad, sí. Ese tal Baker no tendría que acercarse tanto a su espacio personal. No tenía derecho a mirarla con esos ojos tan profundos, que brillaban de una manera extrañamente suave en su rostro tan vulgar de matón... Con una mueca, se dio media vuelta, ruborizada.


Arth suspiró.

—Parece que tengo un imán para atraer el desastre... —dijo, tratando de animar el ambiente.

Había ido a ver una película en el cine, y a la mitad había pasado algo. Quizás un villano o un malvado secuaz había intentado causar problemas, y claro, Arth tenía que estar presente en el lugar de los hechos, y claro, tenía que haberse cruzado con Spitfire.

Ella arrugó su naricita.

—Parece, sí. —Se cruzó de brazos, echó un vistazo por el lugar, las butacas vacías y la película en el fondo que continuaba pasando como si nada. El héroe se le declaraba a la heroína bajo la lluvia, parecían ser enemigos a amantes, o algo así. Arth regresó su mirada a Esme. Tenía puesta su máscara coronando el cabello negrísimo que caía sobre sus hombros. Cómo no, usando su ajustadísimo leotardo negro de cuero, con los guantes hasta los codos y las botas hasta las rodillas. Y sus piernas solo cubiertas por las pantimedias... y estas se las marcaban de una forma tan, tan...—. ¿Qué miras, tonto? ¡No seas atrevido!

—¿De verdad tienen que usar los héroes unos trajes tan poco prácticos? —dijo Arth cuando apartó rápidamente la mirada. No podía imaginar cómo sería tratar de salvar el mundo mientras el traje te apretaba hasta el alma.

(Aunque a Spitfire le quedaba bien...).

—No es de tu incumbencia —dijo ella toda digna.

Él se molestó. Había tratado de hacer un comentario gracioso, pero ella se lo tomaba todo a mal. Siempre. Tenía ganas de mandarla bien al diablo, pero se lo pensó mejor.

—Sí que lo es —dijo, sonriendo luego de calmarse—, ¡porque ustedes tienen como deber proteger a los civiles como yo!

Ella iba a responder, pero un fuerte crack los hizo detenerse.

—Debe ser ese tonto de... —la oyó murmurar, mirando hacia el techo.

Arth no entendió el nombre, pero se le ocurrió una idea para aligerar el ambiente. A pesar de la situación, Arth se encontró sonriendo. No lo podía evitar, siempre buscaba una manera de sonreír.

—¿En verdad eres parte de los Jóvenes Titanes? ¿Eres como Starfire o Raven? ¿Hay un Robin y también un Batman?

Ella resopló y se dio la vuelta.

—Ay, por dios. Aparte eres un nerd.

—Colecciono los cómics —dijo Arth riendo—. Oye, sabes...

Otro crack.

—Sígueme —le dijo mirándolo por encima del hombro, todavía sonaba un poco encendida, pero Arth pensaba que eso ya era normal en ella—. Antes de que te caiga algo encima. No quiero cargar sobre mis hombros con tu muerte, Baker.

—Baker... Es un buen comienzo. —Arth la siguió por el camino hacia la salida de emergencia.

—En tus sueños, panadero de pacotilla...

No supo por qué, pero Arth podría haber jurado que estaba sonriendo. Esa sonrisa de lado, tan confiada y arrogante... La idea le causó gracia; tenía una manera rara de insultar. Arth creía que sería mucho más fácil mandarlo al diablo, a la mierda incluso, pero Spitfire parecía preferir enfrentarse a mil villanos que pronunciar una palabra soez.

—Ah, ¡ahí está de nuevo! —dijo. Todavía le dedicó una sonrisa suave, pero ella lo fulminó con la mirada.

Cuando salieron a la noche, se quedaron un momento en silencio.

—Hfmmmp. Voy a tener que acompañarte a tu casa.

—¿Qué? Oye, no es necesario...

—¿Que no has dicho? ¡Sí lo es! Como miembro de la Liga de los Jóvenes Profesionales, tengo que hacerlo —dijo, testaruda—. Solo que no sé si debería emplear el coche o... —susurró.

—Insisto, yo puedo ir solo. —Arth trató de esbozar una sonrisa conciliadora—. Tú tienes que ocuparte de... tu amigo y...

—¡No es mi amigo! —interrumpió ella con una mirada fulminante.

—Bueno, tienes que ocuparte de tu compañero, y...

—Lo haré, dije que lo haré y así será.

Tenía en su rostro una expresión decidida. Sacó su teléfono y empezó a marcar. Se alejó un poco para hablar, y después esperaron. Era una noche fresca y agradable, Arth solo lamentaba el que su compañía pareciera odiarlo tanto.

El coche tardó menos de diez minutos. Spitfire se acercó para hablar con el chofer, y luego lo miró.

—Puedes subir —dijo con su voz gangosa de princesa.

Arth contuvo un suspiro y subió. Le sorprendió un poco el que ella se sentara en el asiento trasero, junto a él. El interior olía rico, como a fresas... Encogió sus piernas, y sin querer rozó la suya. Arth la apartó rápidamente.

—Disculpa —dijo con una sonrisa apenada y la miró.

Ella le lanzó una mirada furiosa, toda ojos brillantes, y mejillas rojas... pero no dijo nada. Arth suspiró quedamente. Solo le quedó mirar por las calles, reconociendo el camino, hasta que el coche se detuvo frente al edificio donde vivía.

Alcanzó al chofer decir:

—Buenas noches, señorita Portman...

Arth salió deprisa y fingió que no se había dado cuenta; tenía la impresión de que se enfadaría si lo hacía. Creyó que ella lo iba abandonar ahí sin más, pero se sorprendió cuando salió y se detuvo a su lado. Tenía los brazos cruzados.

—Bien, subamos.

Aquella noche era de sorpresas.

—Está bien, no tienes que... Bueno, ya... Ehh... ¿por la escalera de escape? Tengo la llave, ¿segura que no quieres... ? Oh. Está bien, está bien...

Arth se encontró siguiéndola y subiendo por las escaleras de escape. A ella se le daba más fácil, porque empezó a trepar con una agilidad y un equilibrio tremendos. Las ventanas ya estaban oscuras, y la suya estaba medio abierta cuando llegó, medio jadeante.

—¿Dónde están tus modales, panadero? ¿No vas a invitarme a pasar a tu casa? —lo desafió.

Arth supuso que lo menos que podía hacer era invitarle un vaso de agua por el viaje gratis.

Corrió la hoja a medio abrir.

—Las damas primero —dijo con un gesto divertido, ya recuperado el aliento.

Ella, muy digna, avanzó, y grácilmente se deslizó al interior de su apartamento. Arth la siguió. Casi tropezando, consiguió encender las luces.

De pronto se sintió un poco apenado. No tenía la gran cosa, solo los muebles básicos que consiguió de segunda (o tercera o cuarta) mano, su refrigerador viejo apenas tenía comida, y... bueno, probablemente ella habría crecido con todos los lujos correspondientes, con grandes y hermosos muebles, con comida a rebosar, con...

—¿Quieres... ?

—Oh. No —dijo ella con rapidez, todavía con las mejillas rojas. De pronto bajó la mirada... Carraspeó y adoptó de nuevo su pose de princesa tan irritante—. Bien, ya que estás a salvo, Baker... Me debo ir.

Salió por el balcón —ese balcón donde había aterrizado la primera vez que Arth la vio— y Arth la vio dejarse caer al vacío. Resopló la risa, sin poder contenerse. Los héroes siempre eran tan dramáticos con sus entradas y salidas, justo como en los cómics... Pero se quedó contemplando un rato la noche... Señorita Portman. ¿Quién sería, y qué había hecho Arth para ofenderla?


A Esme le frustraba todo de Arthur Baker. No sabía por qué. Quizás el que siempre se cruzara en su camino. O estaba en el cine, o en la biblioteca, o librería, o incluso en la tienda. Claro que él no se daba cuenta, porque... bueno, ella estaba de civil, y sin su traje, no la habría reconocido.

Pero aparte de eso, cuando se lo encontraba en una escena, siempre era tan... tan blando y todo sonrisas, como si ella le hubiera dado su confianza. Qué atrevido. Esme podía tratarlo como si no fuera digno ni de limpiar sus zapatos, pero él siempre sonreía y era amable y bueno... Con esa pinta de matón que se manejaba... Ugh, era un hipócrita, sí, sí. Y cuando la miraba así tan suave... La ruborizaba... la ruborizaba porque estaba segura de que... ¡ugh!, era un tonto.

En aquella ocasión había tenido el atrevimiento de comentar, haciéndose el gracioso:

—No sabía que se te daba bien eso del circo.

Esme estaba balanceándose en el aire. Llevaba puesta la máscara, porque ni loca habría dejado que ese Baker le viera el rostro, pero iba con el mono deportivo. El bestia de Bright había tenido la genial idea de invitarlo, solo dios sabía por qué, a la Torre de los Profesionales.

—Para que se vuelva familiar —le había dicho con una sonrisa que la hacía querer golpearlo—. Ya sabes, ya que se te aparece a cada segundo...

Esme lo mandó al demonio y juró que se la iba a pagar, y se encerró en el gimnasio, pero Baker estaba ahí, alegre y despreocupado.

Ella se bajó con un movimiento fluido y agraciado. Aterrizó como si fuera una bailarina, totalmente orgullosa de sus talentos, todavía sacudió levemente su cabello, y lo miró arqueando una ceja.

—¿Circo? —Alzó el mentón y se cruzó de brazos—. ¿Cómo te atreves, procaz barbaján?

Baker solo sonrió, esa sonrisa tan boba y tan frustrante que la hacía... Esme estaba que echaba chispas. No, eso no. ¡Estaba que escupía fuego por la boca!

—¡Ya deja de sonreír así, maldita sea! —gritó, sintiendo que se le encendía todo el rostro—. ¿Es que siempre debes tener esa sonrisa para todo?

No se le pasó por alto la expresión de enojo de Baker; Esme estaba lista para enfrentarlo... pero solo fueron segundos, porque de inmediato volvió a adoptar ese aire tan blandengue... ¿por qué esa sonrisa la hacía estremecer?

Ugh.

—Verás, yo no me permito... perder la cabeza...

Esme se le quedó mirando por unos segundos... hasta que de nuevo sintió las mejillas arder. Apretó los puños.

—¿Qué te ha estado diciendo el bueno para nada de ese bruto? ¡Seguro con uno de esos apodos ridículos que nos pone! ¿Por qué te ríes, panadero de arrabal? Eres tan, tan...

—Nada, nada —dijo Baker—. Es que... Bueno, me retracto por lo de aquella vez, Spitfire es un nombre apropiado. Lo de perder la cabeza, sí, me lo mencionó tu... compañero. También es apropiado.

—¡Imbécil! ¿Pero qué estupideces dices, y por qué le haces caso al pedazo de m... ? —Esme se ruborizó cuando se dio cuenta de lo grosera que había sonado. ¡Como si fuera una simple barriobajera!

Pero el panadero no se fue. Siguió allí. Con sus sonrisas. Y cuando se pasó la mano por su cabello rubio para desordenárselo, Esme advirtió, muy fugazmente, los músculos de su brazo... Tarado. Aunque no hacía ni un poco de frío, el muy tonto iba por ahí solo con esa camisa, seguro creyendo que podría impresionarla enseñando un poco de piel...

De pronto tuvo una visión muy realista: era ella la que pasaba los dedos por ese pelo tan rubio, y lo hacía con tanta suavidad que el panadero sonreía, y después rozaba con las yemas de los dedos sus brazos, sentía sus músculos, y...

Solo entonces, Esme pareció salir de su trance, y sacudió la cabeza.

—Um, panadero, ¿por qué sigues aquí? ¡Considérate suertudo porque no te parto las piernas! ¡No cualquier civil entra en nuestra Torre! —Se acercó y puso una mano sobre su hombro, la otra sobre su brazo, y lo instó a irse—. ¡Ya me escuchaste!

—¡Discúlpeme, princesa! —dijo él. Esme advirtió levemente el enfado... pero otra vez ese panadero le sonrió y la miró a los ojos. Por dios, esos ojos dulces en ese rostro tan... ugh... Y su brazo estaba tan duro... Había sido por casualidad, lo juraría toda su vida. Apretó sin querer un poco su brazo y lo sintió, solo eso. Desde luego, tenía fuerza... Quizás no como esa fuerza fruta de Bright, pero algo dentro de ella se estremeció. Qué frustrante era ese barriobajero.


Spitfire era, a su parecer, una damita muy interesante. A Arth le causaba algo y le irritaba a partes iguales sus modales tan finos y su voz gangosa. Se podía imaginar perfectamente a una señorita Portman siendo atendida por su mayordomo, mientras tomaba el desayuno en una casa lujosa y grande y fina, con las piernas cruzadas y la taza de té, siendo sostenida con un pulgar levantado, con todo el servicio de porcelana. Todo eso mientras él vivía sus penurias, y se ganaba la vida con dureza.

Sí, era una princesa. No conocía sufrimiento, pena o dolor.

Arth miró su apartamento y se sintió extrañamente desalentado. Sospechaba que todo ello no ocuparía ni la ducha de su casa, ya fuera la lujosa mansión en la que habría crecido, o esa famosa Torre.

Ese día había decidido ir a la feria. Quizás sería infantil, pero no importaba. Arth extrañaba cuando iba, de más pequeño, con sus hermanos. Entre todos juntaban los boletos y canjeaban los mejores premios. Había sido un tiempo más fácil. Antes de todo. Su vida anterior, su nariz, su jefa... Marianne era lo único que recordaría con afecto de su vida pasada.

Pero ahora, ahí, la no tan dulce princesa de cuento ocupaba sus pensamientos.

Quizás por eso no le sorprendió cuando oyó una alarma, un crack, y luego los gritos. De algún lugar empezó a surgir el humo. Arth puso los ojos en blanco. Era tan típico... Más tarde se enteraría de que algún rival de los Jóvenes Profesionales se había compinchado con uno de ellos para atacarlos. También era típico. Lo que le importaba a Arth en ese momento era cruzarse otra vez con ella.

No tardó mucho. Parecía que ya se habían hecho cargo del problema, pero la feria se había tornado un desastre total.

—Baker —dijo ella, alzando el mentón, digna.

«Señorita Portman», oyó otra vez decir al conductor.

—Spitfire. —Sonrió—. Te estaba buscando.

Eso pareció tomarla desprevenida.

—¿Cómo... ?

—Deja que te lleve a tu casa esta vez. —Levantó las manos—. Tú lo hiciste la otra noche, ahora deja que yo te acompañe.

Lo dijo de tal forma que pudiera tomarlo como un mini desafío. Tenía la idea de que nunca le diría que no a uno.

Ella resopló, sé cruzó de brazos, lo pensó un poco. Finalmente cedió.

—Muy bien, panadero. Pero solo porque no te quiero deber nada. ¡Pero vamos a ir en el coche!

—Oye, no... —Pero Arth se lo pensó mejor, y terminó accediendo; ya lo daba por hecho, y decidió no discutir. La vio llamar por teléfono a su chofer, hablar unos minutos, y luego lo miró. Se cruzó de brazos, otra vez, y mirando hacia otro lado, dijo:

—Bueno, ¿es que no tienes modales, Baker? ¿No me vas a invitar a caminar?

—Oh, lo siento, princesa... —Arth puso los ojos en blanco pero la miró con una sonrisa después—. Qué impropio de mi parte. Seguro estás acostumbrada a que te atiendan en todas tus necesidades.

—No digas tonterías, Baker, o te...

—Me romperás algo, ya. —Sofocó una risa—. Oye, por cierto. Sé que es un poco tonto, pero te quería decir algo...

El rostro de Spitfire (o la parte que él podía ver) pareció iluminarse... Pero su celular timbró. Seguro sería el chofer. Ella suspiró y contestó. Luego le dijo que debía seguirla.

El coche esperaba a por ellos. La puerta se abría sola. Arth ni siquiera se había fijado en eso antes. Woah.

Ella entró antes. Arth tuvo que acomodar sus piernas tan largas, sin querer rozando la de ella y...

Olía a fresas tan cerca...

—Bueno, ¿qué era lo que me querías decir, Baker? —demandó saber con esa voz gangosa.

—Ah —dijo Arth con una sonrisa—. Bueno, es que... —Spitfire parecía raramente más expectante a medida que él continuaba. Arth se rascó la nuca—. ¿Cómo te lo digo... ? Es que me fijé en algunas cosas... Ya sabes. Tu pelo negro, tus ojos azules, el traje muy pegado, el que seas tan buena con esas sedas como de circo (¡seda aérea, está bien!, pero serías una excelente acróbata), y no pude evitar pensarlo... ¡Eres el Dick Grayson de tu Liga!

—¿Dick qué... ? —Spitfire parpadeó, y luego sus mejillas se colorearon de rojo—. ¡Eres un idiota, Baker! ¿Cómo se te ocurre decir eso? ¡Yo... ! —Balbuceó algo y luego apretó los puños. Arth frunció el ceño, pero luego adoptó su expresión tranquila—. ¡Cómo te atreves!

—Yo no quería...

—¡Sé muy bien lo que querías, baboso! ¡Creí que ibas a decirme que... ! ¡Pero solo eres un tonto como Bright!

Estaba tan indignada que no pareció importarle la identidad de su compañero. El coche se detuvo y oyeron al chofer hablar. Ella lo miró, con esa expresión de señorita tan irritante que removía el interior de Arth.

—¡Bueno, ya has llegado a tu casa, panadero!

Arth se contuvo, pero dio las gracias, y salió. Cerró la puerta con suavidad, y luego contempló el auto irse.

¡Esa princesita sí que había perdido la cabeza!


Esme estaba inflamada. Quería pegarle al buen tonto de Bright por... Bueno, siempre le quería dar una buena tunda a Bright. Pero sobre todo, se la quería dar a sí misma, por ser tan estúpida. ¿Cómo es que llegó a creer que ese buen tarado de Baker le iba a pedir una cita? ¡Ella lo habría rechazado, claro! Pero, había creído... que querría conocerla mejor... Y tal vez, solo tal vez, ella habría dicho que sí, porque...

¡Ugh! De todas formas no importaba. Ese tal Baker era un idiota, como todos los hombres, sí.

Por eso, cuando Esme (Esme, no Spitfire) lo vio haciendo fila en la biblioteca, no se molestó en reconocerlo, ni siquiera con un movimiento de cabeza. Pasó de largo, se unió a la fila, y esperó. Pronto sería el cumpleaños de los mellizos Goldstein, y ese año que por fin se volvían independientes, deseaba entregarles algo con que llenar su nuevo hogar. Había conseguido unos preciosos cuadros para Saf, y estaba a punto de conseguir una hermosa copia de El conde de Montecristo para Jem. Se sentía muy bien ganar el dinero con tu propio esfuerzo, y poder regalar algo a alguien a quien querías mucho, y Esme los quería más que a nadie. Si hubiera tenido menos autocontrol, les habría regalado el departamento entero, pero ellos habían insistido es que no, al menos eso se los debía su padre.

Cuando pagó y recibió el libro y el dinero, ella dio las gracias, educadamente, y salió.

Pero el destino se empeñaba en hacerla chocar, muy literalmente, con Arthur Baker.

—¡Disculpe! —dijo él. La había tomado por el brazo, con esas manos tan... gentiles, y la miró con una sonrisa. Esme reconoció de inmediato la nariz torcida, los hoyos en las orejas, esa manera de sonreír tan condenadamente suave que...

—No es nada —dijo, apresuradamente. Esme tenía el mejor equilibrio del mundo, un simple choque no la haría caer, pero Baker la seguía sosteniendo.

Ella se apartó. Suavemente. No supo por qué, si tenía ganas de mandarlo a...

—Espera —dijo él cuando Esme comenzó a caminar.

Ella se dio la vuelta.

(Tonta, tonta, tonta).

—¿Sí?

—Es solo que... —Él entrecerró los ojos. Esme le sostuvo la mirada. Maldición, ella jamás se asustaría... pero pero pero—. Creo... No sé. Llámame loco, pero me parece que ya nos hemos conocido.

Esme no pudo evitar sonreír de lado. Esa sonrisa arrogante, marca Esme Portman.

—¿Ah, sí?

—Esos ojos...

Esme dejó escapar un suspiro suave. Muy digna, pegó la copia a su pecho.

—No sé, estoy segura de que yo... —Con un dedo rozó un mechón de su pelo— no te olvidaría.

Un leve rubor asomó a las mejillas de Baker, y sonrió... Maldito, tenía esa expresión que la hacía querer apretar los puños... Pero quizás ella lo miró de alguna manera... Debió ser algo, porque él pareció seguro, muy seguro de sí mismo, cuando le dijo:

—Me gustaría invitarte a tomar un café.


Quedaron en encontrarse en la panadería local a las 6, y después, caminarían hacia el lugar. Arth se sentía extrañamente tímido. Estaba seguro... Pero una parte de él, muy pequeñita, todavía dudaba.

La vio llegar. Comenzaba a hacer frío, pero ella iba como si fuera ya diciembre. A Arth le pareció adorable. Sofocó la sonrisa.

—Buena tarde —saludó. Sonriendo, con esa sonrisa marca Arth.

—Buenas tardes —respondió ella, con esos aires de dama refinada, esa voz gangosa y ese brillo en sus ojos...

Esos ojos...

Arth no le había preguntado su nombre. Ese señorita Portman bailaba en sus labios, al igual que...

—Un café, por favor —pidió ella—. Sin azúcar... Y me gustaría un pastelillo de fresas.

Arth sonrió con amabilidad a la jovencita e hizo su pedido. Luego la miró.

—¿Te gustan mucho las fresas?

—Son mis favoritas —dijo, y sonrió de lado... pero luego bajó los ojos. Arth quería mirárselos por largo rato.

—Háblame de ti —sugirió con amabilidad—. Solo si estás cómoda, claro.

Ella se ruborizó. Cuando Arth creyó que no iba a responder, dijo:

—El frío es mi peor enemigo.

—Eso es algo muy raro para decir en tu primera cita... —dijo Arth sofocando una risa.

—¡Detesto el frío! —declaró con su voz gangosa de princesa—. Prefiero los días soleados y... Espera, ¿dijiste primera cita? —Abrió mucho sus ojos azules, con ese tinte rojo en las mejillas al que Arth ya se había acostumbrado a verle. Él mismo se sentía ruborizar—. ¿Acaso te he dicho que va a ver una segunda cita? ¡Panadero atrevido de... !

No supo de dónde era, porque en ese momento, como en casi todos los momentos, sucedió algo. Arth se enteraría más tarde de que había sido el propio Bright (porque sí, Luz Brillante, como lo llamaba él en su cabeza, se llamaba Bright en realidad, Bright Machintosh, pero eso no lo sabría hasta después) quien había orquestado aquella pelea entre los miembros de su Liga, solo por picar a su compañera con la cita interrumpida. Pero en ese momento, solo se oyeron risas y gritos confusos. En un instante todos evacuaban el lugar, pero Arth se puso de pie y se quedó ahí, mirándola.

Ella parecía indecisa. Finalmente lo miró, poniendo una mano sobre la mesa.

—¿Qué haces aquí, tonto? ¡Fuera! ¿No ves que estás en peligro?

—Igual que tú —respondió él con suave calma—. Solo eres una civil más, hasta donde yo sé.

Entrecerró sus ojos, esos ojos ardientes... ¿podía arder el hielo?

—Lo sabes... ¡Eres un completo sinvergüenza, panadero! ¿Cómo te atreves... ? ¡Me invitaste sabiendo que... !

—En realidad, solo tenía una ligera sospecha... pero tú me lo acabas de confirmar —admitió Arth sonriendo.

Ella parecía furiosamente avergonzada.

—Jamás te voy a perdonar esto... O a mí, por idiota... ¡Largo! ¿Quieres que te maten? ¡Eres una sabandija! ¿Es que te vas a quedar ahí? ¡No te quiero ver otra vez, porque juro que te parto las piernas! ¡Ahora vete antes de que ocurra alguna tragedia!

Arth podría jurar que estaba verdaderamente preocupada por él, bajo sus palabras furiosas. Quizás era el brillo en su mirada, o su rostro enrojecido. Solo más tarde, cuando oyó las sirenas de la policía a lo lejos, y él ya estaba en su departamento, sintió fuera de su balcón un rumor. Dejó lo que fuera que estuviese leyendo a un lado y se dirigió hacia el ruido leve. Corrió el vidrio y pasó una larga pierna para salir.

Tal y como esperaba, Spitfire estaba ahí. Con su traje, su máscara, y su identidad que lo separaba, que separaba a esa «señorita Portman» de Arthur Baker.

—¿Cómo lo supiste?

Parecía genuinamente curiosa. A pesar de las manos sobre su cintura, o de esa vocecilla de princesa... porque advirtió en su tono de voz, quizás, un poco de vulnerabilidad.

Arth solo sonrió. Ya era de noche, y aunque soplaba un poco de aire frío, todavía había cierta calidez en el ambiente, la última del año, quizás, que ya se escapaba. Arth se preguntó cómo lo soportaría ella, quien odiaba el frío.

Se apoyó en la barandilla de ladrillo, y ella lo imitó.

—Tus ojos.

—¿Mis ojos? —Se volteó para verla arquear una ceja fina.

Arth se rascó la nuca. Ni siquiera sabía su nombre, y... ahí se encontraba, admitiendo en el lugar en que la había visto por primera vez que sus ojos lo habían impresionado de tal forma que...

—Sí... Te reconocí por tus ojos, así de simple. Ya, ya sé que suena raro —dijo levantando las manos, esbozando una sonrisa un poco apenada—, pero fue lo primero en lo que me fijé de ti... En tu mirada.

Esperaba que ella lo llamara panadero de pacotilla, sabandija, arrabalero, barriobajero, atrevido, insolente, ¡incluso pervertido!, pero no el silencio que siguió... ¿debería decir algo?, ¿pedirle perdón? Por su cabeza pasaron todas las cosas por las que había vivido, y...

—Me llamo Esme —susurró, interrumpiendo sus pensamientos.

Arth apartó la mirada de algún lugar en la que se había perdido, para mirarla a ella.

—Esme —repitió, saboreando el nombre—. Esme Portman.

—Le dije a Alfred que no usara mi apellido cuando... —estaba diciendo ella, ya otra vez como la de siempre, con sus brazos cruzados y su voz gangosa. Arth no pudo evitar reír un poco, el conductor parecía buena gente, y en el fondo, de alguna forma sabía que ella no le diría nada malo al pobre Alfred—. No importa.

—Tampoco te ayudó el que me llamaras «panadero atrevido de... » —dijo Arth—, ya sabes, Spitfire siempre me dice así, y ya era mucha casualidad que...

—¡Oh, ya cállate! —espetó ella, aunque Arth sabía que no estaba enojada de verdad—. Tarado...

Pero Arth seguía riendo, una risa genuina y alegre y suave. Y no se le pasó por alto esa sonrisa que hizo brillar sus ojos azules, algo verdadero y no esa otra ladeada.

—Oye... —dijo Esme de pronto. Pareció muy tímida de repente—. Gracias...

—¿Por qué? —quiso saber Arth, mirándola con ternura.

—¿Te lo tengo que decir todo? Ugh, eres tan... Pero... ¡ya debes saberlo!

—Lo sé.

—Ugh, y yo había planeado quitarme el antifaz para decirte mi nombre, y me distraje por tu culpa, Arthur Baker... —admitió, siempre roja. Pero Arth no sabía que le maravilló más: el poder ver su rostro otra vez, ya conociéndola, o la manera en la que pronunció su nombre.

—¿Y por qué me mirás así, panadero? Ya quita esa cara de bobo o te... o te voy a... —Se mordió el labio, y para gran sorpresa de Arth, se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. Era alta (Arth calculaba que debía rondar el metro setenta) pero aun así se tuvo que poner de puntillas para besarlo; y él tuvo que contenerse para no estampar sus labios sobre los suyos, cuando antes había querido empujarla desde un tren en movimiento cada vez que lo insultaba. Se separó para mirarlo—. La próxima vez... Me gustaría invitarte a mi cuarto.

Él se rozó aquel lugar donde había depositado sus labios tan suaves, y ya sentía una sonrisa boba abriéndose paso por los suyos.

—Vaya. Eso no es apropiado, señorita Portman... —bromeó Arth.

—¡Panadero pervertido! —Ella le dio un golpe en el hombro, pero suave, más sonrojada que nunca—. ¡No me refería a eso! Solo quería invitarte yo a la Torre... Bueno, para que hablemos sin que ocurra alguna desgracia inoportuna... ¡pero si intentas aprovecharte de mí te voy a ... !

—Lo sé —dijo él por segunda vez, y fue su turno de besar su mejilla—. Te estaré esperando en la entrada de la biblioteca.


Cuando al comenzar del atardecer de aquel día se asomó el sol por las nubes luego de una horrible y fría mañana, Esme se sintió muchísimo mejor. Detestaba el frío y odiaba los días grises, nublados y tristes.

Jake estaba comiendo cereal en la mesa cuando Esme le dijo que... bueno, que alguien iba a venir. Se había debatido entre contarles o no, especialmente con el baboso de Bright... pero aún así, se iban a terminar enterando, y quería que Arthur... (le gustaba, no sabía por qué, llamarlo por su nombre, aun si fuera mentalmente), dios, quería que Arthur... estuviera bien y se sintiera cómodo... y que estuvieran prevenidos esos salvajes de que si intentaban algo los iba a masacrar...

—¿Es un chico? —La sonrisa que tenía tembló un poco—. Con lo especial que se pone Sury con los hombres...

—¿Quién se pone especial con qué? —quiso saber Sury mientras entraba a la cocina.

—No, nada —dijo Jake.

—He invitado a un chico hoy —dijo Esme. En ese momento entraba Bright luego de su rutina en el gimnasio, tan grotesco como siempre, sin camiseta y con pantalones cortos, y se dirigía de inmediato a coger algo para tomar del refrigerador. Cuando la oyó, dejó escapar una carcajada grosera.

—¡Vaya, vaya! —Luego de sacar su bebida energética, se apoyó contra el refrigerador, y la miró con sus ojos brillando—. La princesita piensa formalizar su romance con el enamorado, chicos. Nos lo va a traer para cenar y para que le demos la bendición.

Esme puso los ojos en blanco, pero dijo, con mucha dignidad por cierto, porque ella era Esme Portman:

—Como se les ocurra fastidiar, les juro que los haré arrepentirse.

Conciso. Seguro que Sury se lo contaba a Silvana, y si Torkas se dignaba a aparecer por la Torre, se lo contaría Bright... entre risas, pero lo contaría.

Otra vez en su cuarto, Esme se miró otra vez frente al espejo, y otra vez tuvo dudas, cuando antes no las había tenido. ¿Se decepcionaría mucho Arth si solo lo recibía así, con sus jeans y la chaqueta abrigada?, ¿quizás debería haberse aplicado mejor el sobrio maquillaje?, ¿mejor otro perfume... ?, ¿otros aretes? Ni siquiera iban a salir, pero ay, aún así...

Arth, puntual, llegó poco después. Esme prácticamente se lanzó para abrir la puerta, antes de que a alguno de esos salvajes compañeros suyos se le ocurriese intervenir...

... y se quedó sin palabras.

Panadero desgraciado, pensó, se veía bien... Incluso con esos hoyos de siempre en los oídos (ella se había fijado en eso, y, y... ), esa sonrisa tan suave en ese rostro tan...

(De pronto tuvo unas ganas locas de darle besos por toda su cara, por su frente, sus párpados, sus mejillas, su nariz, sus labios...).

—Ejem... —Se pasó una mano por su pelo rubio, y pareció solo un poco apenado—. Esto, buena tarde, Esme... Perdón, no te había preguntado cuáles son tus flores favoritas...

Y mientras hablaba, con cierta timidez, le extendió unas flores de clavel. Esme jamás se había molestado hasta entonces en pensar en cuáles eran sus flores favoritas; pero cuando vio algo tan suave en los brillantes ojos de Arthur Baker cuando hablaba, lo supo: los claveles eran sus flores favoritas.

—Gracias... Arthur... —En ese momento ignoró que esbozó esa sonrisa suya de verdad, la genuina y amorosa, pero estaba demasiado ocupada sintiendo torpeza cuando sus dedos se rozaron. Ya ni pensó en cómo habría actuado antes, solo importaba estar en ese mismo espacio con él—. Por favor... Pasa.

El camino, mientras cruzaban el vestíbulo, subían por el ascensor, caminaban hacia el interior (gracias al cielo no había nadie por ahí), y se dirigían hacia su personalizada habitación que le correspondía por ser parte de la Liga, no fue tan incómodo como habría imaginado. Arth le preguntó si estaba bien, y ella hizo lo mismo.

Lo incómodo llegó cuando estuvieron a solas.

Esme había colocado las flores junto a unas silvestres que le habían regalado los mellizos, y se giró para mirarlo.

De pronto se sintió tonta. ¡Mejor lo hubiera invitado a tomar algo!

Él sonrió.

—Vaya, esto es mejor que los Jóvenes Titanes...

De alguna manera, eso acabó con su silencio interior. Esme se encontró riendo.

—Eres un tarado, Baker —dijo, todavía sofocada, sentándose a su lado, a los pies de su cama—, un payaso...

—Y yo que creía que ese era el Joker... —Arth se acomodó para verla mejor—. Ya sabes, el que va de morado y...

—Sí sé quién es el Joker, Baker. —Esme se cruzó de brazos—. Aunque no lo creas, sí estoy familiarizada con los cómics de Batman.

—¡Gracias al cielo!, si tenía que explicar otra vez a alguien que Robin ha sido tomado como identidad por más de un personaje...

Ella le dio un suave golpe en el brazo.

—¿Qué insinúas, panadero? ¡Yo habría entendido de todas formas... ! Y además, no soy una cirquera como Nightwing.

—Dick es acróbata —señaló Arth sacudiendo la cabeza, riendo.

—De todos modos, prefiero a Red Hood. —Esme se encogió de hombros y se recostó en la cama, boca abajo. Arth la imitó. No fue raro, ni se sintió incómoda al tenerlo tan cerca... Fue natural.

—Pero Nightwing es más sexy... —protestó él animadamente—. Ya sabes, el traje, sea el de disco o el negro, resalta mucho su mejor atributo...

—Hasta en eso tenemos que mostrarnos en desacuerdo, Arthur... Jason siempre me pareció más atractivo; no solo por su pinta de chico malo, sino porque sé que en el fondo es dif... —De pronto escondió el rostro y guardó silencio, había estado a punto de decirle cómo se había apretujado su corazón cuando vio la primera vez cómo el maldito Joker lo mató de esa manera tan horrible, y ella, de mocosa tonta, sufrió mucho, y fantaseaba luego con cuidar de él, y saber que era la única que conocía su bondad bajo esa apariencia tan dura con la que volvió—. ¡Panadero tonto, ves lo que me haces decir!

Podía oír a Arthur reír entre dientes. Esme levantó la cabeza y le lanzó una mirada que amenazaba con empezar a escupir fuego, pero...

—¿Te gustan los chicos malos, Esme? —preguntó Arth con esa voz y esos ojos suaves...

—¡No! Es decir, no sé... No. Ugh, Baker. No me malinterpretes, solo quería decir que a mí... No creo que... No creas que me gustan los criminales... ¡Si le cuentas esto a alguien... !

—Está bien —dijo él riendo—. Ya, ya sé que Jason no es malo, y que fue de hecho un Robin muy alegre al comienzo, hasta que pasó eso... y sé que es buena persona. Pero Dick sigue siendo el más guapo de toda la Batifamilia, mucho más que tu novio Jason.

Ella lo mandó al diablo, pero luego se rieron. Esme apoyó el mentón sobre sus brazos y se quedó en silencio. De pronto era muy consciente que lo tenía a su lado, en su cama... Haciendo a un lado ciertos pensamientos, los únicos que habían estado con ella, echados mientras conversaban y reían, eran los mellizos Goldstein. Bueno, ellos... y Nevada, en alguna ocasión, con su sonrisa dulce y tímida. Apretó los puños. Aquella pelea con Bright había sido fuerte. Solo Jake y Sury habían sido capaces de intervenir para separarlos, y al final, la pequeña Silvana había sido la única capaz de darle su merecido.

—Oye —dijo Arthur Baker de pronto. Esme lo miró. Esos hoyos en las orejas (otra vez quiso saber cómo se sentiría acariciarle suavemente sus lóbulos), esa nariz torcida, y esa maldita expresión tan suave en un rostro así... Ella quería apretar los puños, nadie tenía derecho a despertar algo tan cálido dentro de su pecho—. Gracias, de verdad... —Se miró el reloj fugazmente, y la miró de nuevo, sonriendo—. Disculpa; quedé en ayudar a Marianne con algunas cosas en casa esta noche, pero te prometo que la próxima vez te...

—¿Quién es Marianne? —preguntó Esme, quizás sonando un poco más brusca de lo que pretendía. Parpadeó.

—Ah, es una amiga —dijo... Panadero tonto, ¿acaso creía que ella era tan estúpida como para no darse cuenta de lo que significaba eso de ser solo «una amiga»? Esme se sentía más tonta, pero solo por haber creído que... No se le escapó la manera bobalicona de sonreír de Baker... Pero luego la miró serio, y se rascó la nuca—. Sí, había sido mi jefa en la panadería, pero ahora...

—Como sea, Baker. Ya conoces el camino. —Ella se sentó, y lo miró con sus ojos fríos.

Él pareció sorprendido. Por su rostro pasó un rayo de molestia, pero fue fugaz. Sonrió.

—Gracias, Esme...


Spitfire sí que había perdido la cabeza. Arth se rascó la cabeza, confundido. ¿Qué había pasado? Había estado tan divertida antes, había sido bonito ver una faceta que no habría creído que tendría, pero luego se enojó de la nada... Solo por mencionar a Marianne. Arth estaba más confundido aún. ¿O acaso... ?

Ya en la cama, después del largo día, lo pensó mejor... ¡Estaba celosa! Arth sonrió, pero solo por unos segundos... No lo terminaba de creer, no. La señorita Portman que viajaba en lujosos coches y vivía en una gran torre junto a sus compinches héroes no se sentiría celosa jamás por él. Si se lo mencionaba, seguro que lo miraba con aquellos ojos tan fríos y frunciría su nariz, sin que las palabras hicieran falta para demostrar su desprecio ante su atrevimiento, y él se quedaría así, con el corazón lacerado y vacío...

Pero entonces, ¿por qué lo había invitado a... ? No sabía si llamarlo cita, pero había sido una invitación... y le había besado en la mejilla. Arth se tocó el lugar del beso, deseando no haber mencionado jamás el nombre de su antigua jefa. No iba a negar que la había querido, había estado enamorado de ella, pero eso había sido hacía tanto tiempo... y aunque no despreciaba su experiencia, tampoco deseaba... tampoco deseaba crear un malentendido.

Resolvió hablar con ella. Arth se hizo presente en todas las escenas de posibles encuentros estrafalarios de héroes, pero no apareció Spitfire. Ni en un café, ni en un cine, ni siquiera en la biblioteca.

Solo cuando, después de mucho pensar, pues había decidido buscarla en la Torre, fue que la encontró. Ignoraba que Bright había causado un gran apagón en la ciudad; de eso se enteraría después, pero Arth estaba a solas en la calle cuando las luces se apagaron. Se oyeron las exclamaciones propias de sorpresa y luego se prendieron las linternas de los teléfonos aquí y allá.

Entrecerró los ojos.

—¡Se fue la luz! —oyó a alguien. Después risas y más voces.

—¿Cómo puedo volver a mi casa? —dijo una voz a su lado.

Arth se giró y encendió la linterna de su teléfono. Era una anciana adorable. Llevaba unas bolsas de la compra, y estaba sola. Sola en la noche. Se ofreció de inmediato.

—¡Qué muchachito tan caballeroso! —exclamó a gusto la mujer—. ¡Y qué fuerte también! —dijo, cuando sintió el brazo que Arth le ofrecía.

—Y poco confiable, también.

El corazón de Arth saltó enloquecido en su pecho. Era esa voz nasal y gangosa de princesa... Sí, ¡era ella!

Su linterna la iluminó, cuando Spitfire dio unos pasos al frente, con las manos en la cintura y esa expresión tan digna y ofendida.

—Esme —dijo él en voz baja.

Pero ella no le hizo caso. Le preguntó a la anciana si deseaba que ella la acompañara a su casa en lugar de él.

—Oh, no, no, querida, gracias... —La adorable mujer no había soltado el brazo de Arth, y lo miró primero a él, y después a ella—. ¡Oh, ya veo! Él es tu novio, ¿no es así, querida niña? ¡Ya entiendo, ya entiendo! ¡Hacen una pareja muy bonita, los dos! ¡Sí, sí!

Arth creyó advertir un rubor en las mejillas de Esme, pero ella conservó esa expresión de princesa, y se limitó a acompañarlos. Arth la miraba de reojo, pero no se atrevía a decir nada mientras no estuvieran a solas. Había comprendido que ninguno deseaba desengañar a la pobre mujer.

Estaban caminando durante unos bloques cuando las luces se prendieron de nuevo. Se escuchó el leve rumor alegre que causó el tener energía nuevamente, y Arth se sintió aliviado cuando guardó su teléfono; había olvidado cargarlo antes de salir, y tenía poca batería.

Cuando vieron entrar a la anciana a la puerta de su casa luego de despedirse con alegría, Esme se giró hacia él y lo miró. Arth sostuvo su mirada, ese hielo ardoroso que eran sus ojos.

—¡Aprovechado! ¿Por qué no le dijiste que no somos novios?

Arth sonrió, su sonrisa de siempre.

—¿Por qué no se lo dijiste tú? —preguntó con suavidad.

—Porque... —Ella se cruzó de brazos y apartó la mirada. Esta vez sí advirtió el rubor que coloreó sus mejillas—. Olvídalo, Baker. Además tú ya tienes novia, esa tal Marianne, ¿lo olvidas?

—Marianne... —Arth se pasó una mano por el pelo—. Esme, debo ser sincero contigo... Me gustaría contártelo.

—¿A qué esperas, Arthur Baker? —lo desafió ella.

—Ahora no. Mañana... Mañana en mi departamento —propuso—. Solo si te sientes cómoda.

Ella lo miró. Arth pensó que lo iba a insultar, o peor, darle una bofetada; incluso ella parecía creer lo mismo, pero le dijo:

—Bien, Baker. ¡Pero que conste que lo hago por que no quiero malentendidos contigo! Después de todo, no me importa si esa tal Marianne es tu novia... Olvídalo. Me acercaré a la hora, ¡y pobre de ti si te intentas aprovechar de mí! Te partiré las piernas, lo juro.


Esme estaba mortificada. Con ella misma, con el buen tonto de Baker, y con Bright.

—Deberías darme las gracias, princesa. —Bright mordisqueaba una manzana y la miraba con malicia—. Arreglé ese apagón para que pudieras encontrarte y arreglar tu pelea con tu noviecito el Deforme...

—No lo llames así, bellaco... ¡y no es mi novio! —aclaró Esme con ardor.

—¡Ya lo creo que sí! Solo mira la cara que pones, princesita... Pero ya sabes lo que dicen de las peleas de enamorados... Lo mejor es la reconciliación —dijo, guiñando un ojo, y empezando a hacer movimientos groseros con la pelvis. Esme, indignada, le dio la espalda, cogió sus llaves y se marchó.

Se sentía terriblemente nerviosa. Tal vez el sinvergüenza de Baker querría presentarle a la tal Marianne... En ese caso, ella se portaría con mucha dignidad, muy dueña de sí, y acabaría dándole una paliza después. Lo merecería por haber jugado con ella, sí. ¿Quién se creía que era?

Sintió flaquear su resolución solo un poco, cuando tuvo la ventana frente a sí. El corazón le latía rápidamente. Se dijo que era por haber subido deprisa por las escaleras de incendios.

Tocó dos veces. Oyó vagamente el rumor de unos pasos. Esme estaba lista para darle una bofetada si es que estaba la tal Marianne con él, pero se sorprendió cuando se asomó y la miró con una sonrisa, esa tan blanda y tonta, y... y...

La invitó a pasar.

—Muchas gracias —recitó con educación Esme, y pasó una pierna grácilmente, después de que Baker se hiciera para atrás. Toda digna y con el mentón en alto, se adentró. El departamento era muy básico, pero desde luego mucho mejor que el de sus padres. Hizo una mueca cuando los recordó.

—No es nada... ¿No quieres tomar algo?

Al menos parecía apenado. Bien.

—No, gracias.

Arth se rascó la nuca, pero igualmente la invitó a tomar asiento. Esme hizo caso, expectante. Si intentaba aprovecharse de ella, le daría una buena paliza, pero estaba segura de que no haría eso. Jamás.

—¿Y bien? —quiso saber. Su voz era nasal, la de princesa, pero no pudo evitarlo.

—Ah, sí. —Estaba sentado a su lado, y Esme sin querer rozó una de sus piernas con las suyas tan largas—. Esto, lo de Marianne... Ella... Bueno, ella es mi ex jefa, cuando trabajaba en la panadería...

—Ajá... —Esme se mordía el labio, con el corazón impaciente.

—... No voy a negar que durante un tiempo estuve enamorado de ella. Pero ya no. —Cruzó sus ojos con los suyos. Esme le sostuvo la mirada. Sentía ganas de... ¿de qué?, de echarse a llorar, de patear algo, de subirse a su seda, de suspirar de alivio, de agarrar a ese estúpido de Baker por el cuello de su camiseta y plantarle un beso en los labios y...

—Ah... —Jugó con sus manos, frunciendo el ceño, temblando un poco. Se sentía estúpida por haber creído que... Bueno, no importaba—. Baker. Yo también... También tengo algo que decirte.

—¿O-oh... ? —Arthur Baker parpadeó, sorprendido.

—¡S-sí! ¡Es justo! Después... después de esto, es justo que lo comparta contigo. ¡Solo tienes que preguntar!

—Oh, no. No... no tienes por qué sentirte obligada a hacerlo, si no te sientes cómoda... —Esbozó una sonrisa, tan, tan suave y dulce y tierna en ese rostro suyo, y no era justo que le provocara tantas mariposas en el estómago... Esme lo miró decidida.

—¡No lo hago por obligación! Panadero... Pero me vas a escuchar... —Esme tomó aire, de pronto encontraba un poco difícil mirarlo a los ojos, pero lo hizo—. Yo... yo también... Sentí algo muy fuerte por una persona, tiempo atrás. Fue alguien muy especial para mí, un pequeño rayo de luz en mi vida tan... tan vacía, con mis padres, y mi situación tan horrible en casa... Ella... se llamaba Nevada. Se llama Nevada, y yo... Sentía tanta ternura por ella, quería cuidarla y protegerla... Los chicos son unos idiota a veces, ¿sabes?, y yo... Me sentía celosa cuando ella llamaba su atención, porque siempre llamaba la atención de todos por lo hermosa que es, y quería... quería que ella me mirase como lo había mirado a él, a Bright. —Se mordió el labio. Hacía tiempo que eso ya no la hacía llorar... pero se sentía bien poder hablar de ello con confianza, una confianza muy parecida a la que había sentido cuando se lo contó a los mellizos.

En algún momento había dejado de mirar a Arthur... pero de nuevo sus ojos se encontraron. Los suyos estaban un poco húmedos, y los de él expresaban tanto... No supo en qué momento y tampoco supo quién fue quien se acercó primero, pero en un instante sus narices se rozaron, y él enterró sus dedos en su pelo. Fue un beso dulce, tan opuesto a lo que gritaba toda su pinta de...

—... barriobajero, barbaján, panadero procaz...—susurró ella, con una sonrisa tímida abriéndose paso por sus labios, cuando se separaron—, aprovechándose de una señorita como yo en un momento de vulnerabilidad...

—Eres una princesa malcriada y consentida, ¿lo sabías? —Arth todavía sostenía su cabeza, enterraba sus dedos, masajeaba su cuero cabelludo.

—Y tú un bobalicón blandengue, ¿es que siempre respondes con una sonrisa a todo? —lo desafió ella, aunque en su voz no había maldad.

La sonrisa de Baker se ensanchó.

—Princesa, si supieras las veces que deseé que te partiera un rayo...

Princesa... Bright era un bestia y un baboso, y cuando la llamaba princesa sonaba a insulto. En cambio, con Arthur era distinto. Sentía una calidez maravillosa en su pecho.

—Te advierto Arthur, que si...

Pero el panadero se comió su amenaza con un beso que la dejó sin aliento. Esme se removió suavemente en sus brazos, cuando se pegaron más, y rozó sus hombros y rodeó su cuello con los brazos. El aroma de su colonia de afeitar era tan masculino... olía rico, y ella se dejó embriagar por este, quería ahogarse en ese delicioso aroma.

—¡Ya vas a ver, Baker! —amenazó, totalmente arrebolada, furiosa por haber descubierto que aquel beso había sido muy corto. Había terminado sobre su regazo, y si su correcta madre la viera así de seguro tendría un ataque. No podía dejar de ignorar varias cosas, y aunque la mortificara el que él fuera tan bueno besando (porque dejaba volar su imaginación, y se sentía un poco celosa al pensar que otra había existido antes que ella), no podía dejar de sentirse satisfecha—. Como lo vuelvas a hacer, te cruzaré el rostro de una buena bofetada...

Compartieron un beso más dominado, más dócil. Esme se sentía ligera, como en las nubes.

—No te vayas a creer, Baker... —advirtió Esme, siempre desafiante, aun si sentía que todo su cuerpo temblaba como una gelatina—, que porque beses bien voy a permitir que me ganes...

—No tengo ningún problema, princesa —respondió con voz suave, mirándola con esos ojos. Acarició su pelo y besó su mejilla.

Se quedaron acurrucados en silencio solo unos minutos. Lo sentía jugar suavemente con mechones de su cabello, y levantó sus ojos para admitir:

—Nunca dejé de cuidar las flores que me regalaste, ¿sabes?, los claveles...

—Perdona —dijo Arth. Se removió un poco y se rozó la nuca con la mano. Esme se acomodó mejor sobre su regazo. Él pareció apenado, un poco triste, incluso—. Es que... No sabía qué flores te gustaban. Seguro que... seguro que tus papás y tus fans te han regalado algo mejor que...

Esme resopló.

—Panadero tonto, ¿acaso creíste que no me podría gustar tu regalo... ? —Ruborizada, le dio un beso en la mejilla—. Aquellas flores fueron mejor regalo que cualquier cosa que mis padres me pudieran entregar jamás. —De pronto se sintió un poco tímida—. Tengo...tengo que contarte sobre ellos. Prometo hacerlo pronto...


Arth sabía que si se ofrecía a acompañar a Esme a su propia casa, seguro sus correctos padres lo echaban a patadas, alarmados de que un tipo con su pinta estuviera tan cerca de su querida hija. Por eso, se ofreció a acompañarla solamente a su Torre. Había esperado encontrarla tierna y dulce después del momento que habían compartido, pero ella, muy ofendida, le preguntó si acaso dudaba de su capacidad de cuidarse a ella misma y lo mandó al diablo... no sin darle las gracias después, y un beso en la mejilla. Todavía lo miró antes de desaparecer por la ventana, y cuando la vio bajar por las escaleras de incendios con sus maromas. Arth no pudo evitar reír, sacudiendo la cabeza. Estos héroes y sus cosas...

Todavía sentía en su cuerpo ese agradable cosquilleo producido por su cercanía y sus besos cuando se acostó. Esa noche soñó con que irrumpía en su ventana. Se trepaba por la gran mansión de sus padres con una habilidad increíble, y ella se escapaba con él, después de haberse quedado sin aliento luego de una apasionada sesión de besos, tan ardientes que podrían derretir el hielo de sus ojos. Desaparecían por la ventana justo cuando escuchaban el rumor de los apresurados pasos de los señores Portman al otro lado de su puerta, y él se iba con ella abrazándose fuertemente a su cuerpo para no caerse. Incluso en sueños conservaba la lucidez suficiente para recordarse al Hombre Araña, pero en lugar de telarañas usaba esas sedas de circo para deslizarse de edificio en edificio. Sabía que aunque fuera muy gracioso el sueño, era un poco tonto, porque él jamás podría usar bien esas cuerdas, y porque se imaginaba que si a Esme le gustaría que se la llevara alguien, ese alguien tendría que ser o Red Hood, o algún otro personaje con un pasado oscuro, muy atormentado y muy fuerte y muy guapo.

Esa mañana, mientras Arth se iba de camino al trabajo, se topó con Luz Brilante.

(No se llamaba así, pero era mejor nombre que cualquier otro, pensaba).

—Oye, no sé quién se cree que es tu noviecita —le dijo, frunciendo el ceño. Tenía puesto un traje mejorado de héroe y estaba con las manos en las caderas. Arth pensó que debía pasar horas enteras en el gimnasio para tener un cuerpo así—, pero no tengo por qué hacerle los recados, y menos aún si me amenaza con partime las piernas. En fin, baboso, me ha dicho que después de tu trabajo no la busques, que ella te buscará a ti y blablabla. Así que ahora comienzas en otra panadería ¿eh? —dijo riéndose—. Cuidado, no vaya a ser que un día yo irrumpa por ahí...

Y se fue sin despedirse, no sin antes flexionar los brazos a una fan suya que estaba ahí y quien soltó un gritito de la emoción.

Arth sofocó la risa y continuó con su día. Bright no cumplió con su amenaza, gracias al cielo, porque si alguna payasada suya le impedía buscar a Esme más temprano, él mismo le rompería las piernas. Quizá no tuviera tantos músculos o el mismo entrenamiento que él, pero sí creía poseer la fuerza suficiente para ponerlo en su sitio.

Arth esperó con paciencia y se fue a su casa. Imaginaba que Esme, un poco reservada con su vida personal, querría la intimidad de su apartamento para hablar con él. No pudo evitar sentirse nervioso. Era un poco tonto, porque ya estaban en el siglo 21 y una muchacha no necesitaba el permiso de sus padres para salir con nadie, pero seguro Esme tenía sus dudas y aunque no fuera lo que se dice tradicional, seguro querría que al menos lo aprobaran. A él, un chico con pinta de matón, con esos hoyos y esa nariz y esa intimidante altura... Temió por un momento que ella se dejara llevar y lo rechazara...

Un ruido interrumpió sus pensamientos. Arth estaba tomando una taza de café, preocupado. De inmediato se puso de pie, con el corazón sonando furioso en su pecho.

—Esme... —susurró. Bajó la hoja de la ventana después de que ella se deslizara hacia el interior. A pesar de sus temores, sonrió. Arth no podía dejar de sonreír jamás, así era Arthur Baker.

—Arthur. —Ella se sacudió suavemente algún polvo de sus jeans. Llevaba un cardigan que se veía bastante mullidito y cálido.

Era verdad, no soportaba el frío. De pronto, Arth la quiso abrazar.

—Por favor, toma asiento... —ofreció. No podía dejar de mirarla a los ojos... Ella paseó la mirada por el lugar, y sus ojos se posaron en la taza. Arth se sintió un poco apenado.

(¿Y si sus padres la mandaban a otro sitio?)

—Lo siento. Deja que te sirva algo caliente.

(¿Y si acaso lo amenazaban a él para dejarla sola?)

—Oh, no. ¡Arthur Baker, no creas que he venido a asaltar tu cocina! —Ella puso una mano en su brazo. Parecía ofendida... pero de inmediato besó su mejilla, y se transformó en una Esme ruborizada—. Bueno, ¿me vas a escuchar o no?

Ahí estaba de nuevo su voz gangosa de princesa. Arth no pudo evitar sentir ternura.

—Como diga la princesa... —bromeó, preparando su corazón para el golpe. Se sentaron juntos, mirándose. Ella se mordió el labio.

—Bueno. Mis padres. —Sus ojos parecieron tristes y encendidos a la vez—. Nunca he hablado de ellos a nadie, jamás. Ni siquiera a las chicas. Sí, gracias al cielo el salvaje de Bright no es la única persona que habita en la Torre... Pero ninguno de ellos me conoce de verdad, aunque sean mis compañeros desde que todos cumplimos la edad necesaria para ingresar a la ADLHDF (Academia de los Héroes del Futuro). Bright cree que soy la princesa mimada y consentida de mis padres, y... ¡y!, ellos también. Que crecí en una gran residencia, con lujos y mucho dinero... pero no es verdad. No lo es. Mi madre siempre renegó de nuestra situación tan reducida, y vivirá por siempre añorando una riqueza de la cual yo no tengo memoria. Y el Sr Portman vive solo para recuperar lo suyo. Alguna vez fueron felices y prósperos, pero ya no, y cuando yo nací, ya no quedaba nada. Ni dinero, ni una gran casa, ni afecto. Quizás te preguntes, ¿cómo pude asistir a una academia tan cara?, bueno, siempre dependimos de mis tíos y tías para ayudarnos. A mi señora madre le dolía seguramente mendigar plata y luego fingir, y mi padre... Bueno, pronto comprendí que cualquiera de nosotras le importaba menos que nada.

》Conocí a mis únicos amigos en el colegio caro que pagaba mi tía. Saf y Jem, se llaman. Son mellizos. Su madre murió cuando eran unos niños, y quedaron al cuidado del padre. No los trataba nada bien, pero eso nunca apagó su espíritu. Ellos me acompañaron en mis mejores y peores momentos. Cuando lloraba por creer que jamás podría dominar la seda áerea, cuando me convertí la mejor en la clase, cuando me dolía el rechazo de mis padres, cuando fui admitida en la academia, y cuando tomé mi identidad... Conocieron mis momentos más tristes cuando me rompí el corazón yo sola por lo de Nevada, y luego cuando un día conquisté ese amor por fin... Y yo los acompañé, también. Por fin abandonaron la casa de su padre este año, y ahora van a la universidad. No los veo tanto como antes, y todavía no les he contado sobre ti, pero me gustaría mucho hacerlo... Sí, Arthur Baker, ¡hay tanto que quiero contarles sobre ti! —admitió con su voz nasal, avergonzada y viva a partes iguales.

Arth había escuchado. El relato le produjo muchas emociones. Pero se sentía bien saber que ella le confiaba esa parte tan íntima sobre ella. No traicionaría esa confianza nunca. También supo que no era necesario hacer más mención al tema. Esme Portman era de esas personas que no necesitaban recibir lástima.

—Gracias —fue todo lo que le dijo, genuino y sincero. Le besó la mejilla, y sintió su aroma tan dulce, a fresas.

—Ah, ahora te haces el caballeroso... —dijo ella con los brazos cruzados—, con un beso en la mejilla... ¿Por qué no me besas como la otra vez, Arthur? —lo desafió.

Demandante y princesa. En otra ocasión habría detestado ese tono y esa manera de pronunciar su nombre. Ahora le daba mil vueltas en su interior. No habló, porque nunca se había considerado hombre de palabras... pero sí aceptó su desafío, porque por muy amansado que se hubiera vuelto, él seguía siendo Arthur Baker, "pandillero, vulgar y matón", como ella le había llamado más de una vez, y Arthur Baker nunca hacía cosas por mitad. Así que la besó como si se la quisiera comer. Esme rozaba su nuca o su pelo, pero nunca dejaba de abrazarlo, pegándose más hacia él, como si quisiera fundirse en su cuerpo, y Arth podría vivir así por siempre, en esa hoguera viva que era Esme Portman.

Pero necesitaba aire. Esme estaba roja, seguro él también. Ella lo miró con su semblante furioso, aunque Arth sabía que no estaba enojada de verdad.

—Panadero tonto... ¿cómo es que aprendiste a besar tan bien?

—Princesa —dijo Arth siempre suave—, ¿es que estás celosa?

—¡Eres un zorro! Y un aprovechado, vil y taimado. Odio... odio pensar que antes... ¡ya sabes!, no lo voy a decir, pero ya sabes. Tonto, idiota. Igual no importa, Arthur, porque tú... —Se cruzó de brazos—, yo, nosotros...

Arth la besó dulcemente, y acarició ese pelo negro tan precioso y de olor dulce. Se sentía muy excitado por sus besos y el calor de su cuerpo, pero sabía que no sería correcto adelantarse tan pronto a las cosas, aun si sentía que iba a explotar en cualquier momento.

—No tengas miedo ni dudas, que este amor es demasiado bueno —canturreó—, que tú serás mi mujer...

—¡Payaso! —Ella le dio un golpe en el hombro, pero no dolió—. ¡Cómo te atreves a bromear! ¡Y yo no soy la mujer de nadie, Baker, que lo sepas! Pero... Me gustas. Mucho...

—Y tú a mí, princesa... —confesó con ojos tiernos. Su sonrisa se ensanchó—. Así que... ¿me tocará hacer el papel de Batgirl?, ¿o seré Starfire?

—Tarado. —Ella rió un poco. A Arth le gustaba la manera en la que su rostro se iluminaba cuando la sonrisa llegaba a sus ojos azules—. ¿Sabes? Nightwing... No es feo.

—¡Lo sabía! —Arth exclamó con emoción.

—Pero tampoco te emociones —advirtió con su vocecita nasal—. Sigo pensando que Jason es el más atractivo. Puede romper los cristales de mi ventana y llevarme con él cualquiera de estas noches.

—¡Auch! Eso sí que me dolió, princesa. —Arth se llevó una mano al corazón, dramático—. Yo también soy celoso, ¿sabes?, pero ni Red Hood podrá competir conmigo si lo encuentro en el dormitorio de mi novia en la noche.

—¿Quién dijo que éramos novios, panadero infame? —replicó ella, aunque Arth la conocía lo suficiente como para darse cuenta de que no estaba realmente ofendida. Aún así, ella se ruborizó, quizás pensando que había sido muy dura. Le dio un beso en la mejilla—. Igual... Tú me gustas más.

Apoyó su cabeza en su hombro, Arth sentía su pelo hacerle cosquillas en el cuello y parte del rostro, y percibía su aroma tan rico a fresas...

—Arthur. Quisiera... quisiera presentarte a mis amigos... —admitió Esme con voz casi tímida—. Pronto... Si no es molestia —añadió, con su voz educada, pero Arth advirtió que todavía había cierto temor en su tono.

Arth sonrió y aceptó. El corazón le saltó en el pecho ante la idea de conocer esa parte tan querida para ella, de ser parte de algo tan íntimo y amado. De saber que, de alguna forma, empezaría a formar parte de.

Esme se pegó más a su cuerpo.

—No te creas, Arthur Baker. ¡Es que no soporto el frío! Y... y...

Arth la tomó con gentileza por el mentón.

—Ya lo sé, princesa. —La besó—. A mí también me gusta tu perfume.

Y era una suerte que Arth irradiara calidez, no solo en su abrazo, sino también en su manera de ser, una calidez capaz de derretir el hielo en los ojos de una princesa como Esme. Ella apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos. Arth se sintió a gusto, saber que ella confiaba así en él. Tenían todo el tiempo del mundo para ellos.


Feliz, feliz cumpleaños a la más linda de todas. :) Espero que este regalo sea de tu gusto, Soly preciosa. Te deseo lo mejor, en todo, ahora y siempre. Te quiero.