Los copos helados y blanquecinos caían desolados para luego perderse en la espesura del suelo cubierto con el manto de igual color. El frío viento podría quemar con facilidad las pieles que estaban en busca de calidez si no fuera porque las armaduras y pesadas ropas de cuero cubrían sus cuerpos cansados. El pequeño campamento estaba situado bajo un enorme árbol que lo refugiaba fielmente de cualquier tormenta invernal.

El espacio dentro de la tienda era lo suficientemente cómodo como para que ambos entraran y se sentaran con algo de distancia. Freya observaba con detenimiento las facciones de su ahora compañero de viaje. Su piel pálida y marcada por los años pero bien conservado para tener la edad que aparentaba. Oscilaba entre los cincuenta años, quizás. Aunque conociendo su condición de Dios quien sabe los siglos que estuviera cargando en su cuerpo aparentemente avejentado pero sin dudas cruelmente guapo. Se vio a sí misma pensando en eso y movió la cabeza de un lado a otro, como intentando alejar esas ideas.

Pensar en Kratos como hombre era algo ciertamente descabellado para quien lo escuchara, sobre todo luego del desafortunado evento en el que se vio envuelto junto a Baldur. Freya aún sentía una espina clavada en el pecho cuando pensaba en eso, no lograba olvidarlo por completo a pesar de que había perdonando al guerrero, dejando atrás todo rencor que pudiera existir.

El amor por su hijo y el recuerdo penoso eran algo que no podía dejar atrás aunque así lo quisiera. Estaba segura de que él entendía bien esos sentimientos.

El hombre se puso de pie y caminó fuera de la tienda. La mujer lo espió cautelosamente y observó como iba quitando poco a poco su armadura para dormir más ligero. Finalmente podía descansar sin el temor de tener que enfrentarse a algo peor en cuanto el día se hiciera presente. Los peligros no habían desaparecido, aún había mucho por hacer, pero qué más daba. A nadie mataría tomarse un pequeño descanso después de tanto caos. Habían pasado varios meses y la ausencia de Atreus se sentía incluso en el aire que Kratos respiraba. Freya volvió a su posición desinteresada cuando el enorme hombre regresó de vuelta al interior de la tienda, teniendo su parte inferior completamente desnuda, dejando más a la vista ese tatuaje que cubría gran parte de su cuerpo. Sus brazos eran enormes y si seguía subiendo la mirada se vería atrapada en una desafortunada situación donde no podría mirarlo a la cara por más que quisiera.

¿Cuándo había comenzado a desearlo tan fervientemente?

Infinidad de veces lo había pensado desde que decidió quedarse junto a él en busca de un nuevo destino todavía incierto. Desde que lo vio aquella vez supo que todo cambiaría. Lo observó siendo rudo, apacible, paciente y exaltado y entendió que en todas esas facciones había un hombre que muy lentamente se había calado en su interior de maneras que no entendía.

¡No tenía sentido!

Freya recordó entonces aquella vez que se encontraba sola en medio del bosque, recolectando flores y plantas en su antigua casa para llevarlas en la travesía que llevaría a cabo con él. No pensaba cargar con mucho, al fin y al cabo todo el poder se centraba en su interior y no en aquellas hierbas que eran un complemento en sus hechizos.

Sus pies descalzos disfrutaban de la suavidad del césped, caminando sin apuro por la espesura de lo que alguna vez fue su hogar. Chaurli ahora estaba a cargo de alguien más que pudiera cuidar de él, al menos tenía esa tranquilidad de que su amigo no estaría solo mientras ella se encontraba lejos.

"—Este es el momento en el que te perdono o te mato —disparó sus palabras con determinación mientras la duda y la ira luchaban en su cabeza. Kratos sostuvo su hacha y esperó algún movimiento por parte de ella.

—¿Ya te decidiste? —preguntó entonces, esperando que la respuesta fuera la que esperaba".

—Imbécil —vociferó en la soledad, sabiendo que podría expresar todo lo que sentía lejos de los oídos que pudieran malinterpretar sus dichos—. Sabía perfectamente que no podía hacer ninguna de las dos cosas. Jamás he podido —detuvo la labor de arrancar los hierbajos que crecían en sus flores y se mantuvo pensativa, observando los berros que le trajeron más recuerdos.

El día que lo conoció.