"Escuchó en la lejanía los chillidos de su amigo animal y supo que algo había sucedido. Apresuró su andar por el bosque hasta llegar al encuentro con un pequeño niño que perseguía al jabalí ahora herido por una flecha. La sangre brotaba con gravedad y eso la preocupó.
—¡¿Qué hiciste?! —le gritó mientras daba largos y apresurados pasos. El niño volteó asustado y balbuceó varias disculpas a la vez que ella se acercaba al animal herido que chillaba y pataleaba.
—¡Lo siento! —insistió el niño, siguiendo a la mujer para servirle de ayuda en lo que pudiera.
—¡Atreus! —se escuchó a lo lejos. Una voz fuerte, grave y feroz venía acercándose. Freya volteó ligeramente y lo vio venir.
Era ciertamente enorme y extrañamente atractivo. No se permitió distraerse de lo que importaba y continuó, aprovechando la ayuda de los desconocidos que ahora le debían ese favor por lo que le habían hecho al animal".
Freya bufó y continuó arrancando las hierbas con cuidado. Recordaba ese día con claridad, sería difícil para ella olvidar el día que conoció a lo que en algún momento comenzaría a llamar familia. Vio en Atreus al hijo que una vez tuvo y que por rencor se alejó de ella, a la vez que encontró cierto interés en un hombre que no fuera su ex esposo, al que odió de principio a fin por todo lo malo que le había hecho. Pero percibió en aquel Dios extranjero algo diferente, algo que no todos los hombres tenían. ¿Qué sería tan profundo como para provocarle todo aquello?
Si bien cuando lo vio no pudo apreciarlo a detalle debido al apuro en sanar a su amigo malherido, cuando todo se calmó y lo tuvo frente a ella, sermonéandola por entrometerse en asuntos que no eran de su incumbencia, fue ahí que pudo apreciar de lleno todo lo que era ese hombre. Enorme, fuerte, feroz. Características que ni en mil vidas podrían ser consideradas como un fuerte en el atractivo de alguien pero que sin dudas la cautivaron sin demostrarlo en demasía. ¿Cómo podría demostrar interés en alguien a quien apenas había conocido? No era típico de ella, además de que lo que más le importaba en ese momento era recuperar el amor y el perdón de Baldur. Habían pasado tantos años que temía olvidar el rostro de su amado hijo.
Se sintió tan devastada ese día. Casi traicionada.
Ella, quien había curado a Atreus sin querer nada a cambio, sólo por aprecio a ambos. Ella que los había guiado para que pudieran continuar con su viaje sin ser molestados gracias a la marca de protección. Ella que le había brindado su amistad tan abiertamente.
Y ese hombre no tuvo mejor idea que retribuirle de esa forma, matando a su hijo. Arrebatándole todo su mundo. Quizás Baldur no era perfecto pero era de ella.
Ese día odió cruelmente a Kratos, juró pasear su cadáver por cada reino y alimentar a la escoria de Helheim con este mismo.
Toda ira y rencor se vio alimentada durante casi cuatro años en los que sufrió como jamás había imaginado.
—No me arrepiento de haber salvado tu vida —la miró a los ojos y ella entendió todo. Él no era como los otros. A pesar del dolor, ese hombre luchaba por ser mejor.
Terminó la labor en sus plantas y se adentró a la casa. Lo mejor sería dejar de pensar tanto".
Ya había comenzado a encontrar esas respuestas, o eso creía.
—Estás muy callada, Freya —habló finalmente Kratos, sentándose dentro de la tienda y dando un largo suspiro.
—Ciertamente, Majestad —opinó Mimir que había estado extrañamente callado desde hacía bastante tiempo.
—Más me sorprende que tú, Mimir, seas quien no esté hablando. ¿Te quedaste sin historias? —preguntó ella, replicando para no dar detalles de su distracción. No quería tener que aceptar que había demasiadas cosas en su cabeza, al fin y al cabo las respuestas no estaban tan cerca como ella quisiera y mejor sería ocuparse de eso ella misma, sin nadie más.
—Creí que ya se habían aburrido de mí —bromeó como él sabía hacerlo y Kratos solo atinó a gruñir con una cautelosa risa que Freya no pasó por alto. Lo miró de reojo y entonces finalmente pudo apreciar su torso completo. Sus brazos eran tan enormes que fácilmente duplicaban el tamaño de los de ella. Su fornido pecho se elevaba con fuerza y sus manos algo callosas reposaban ligeramente sobre sus piernas. Kratos era un hombre de tan pocas palabras que cuando hablaba solo decía lo correcto, pero esta vez lo vio llevar una plática amena con Mimir, conversación de la que ella estaba absorta por estarlo mirando tan descaradamente pero que por fortuna nadie había notado, ni siquiera el mismo Kratos.
—¿Verdad que sí, mi Señora? —preguntó Mimir, distrayéndola.
—Lo siento, no estaba siguiendo la conversación. Estoy algo cansada, si no les molesta creo que me dormiré —se excusó, recostándose en la parte que le pertenecía de la tienda y cubriéndose con una de las pieles. Con un asentimiento de cabeza el espartano le hizo saber que estaba de acuerdo e imitó la acción de la mujer, dándole la espalda y cobijándose el también. Mimir cerró los ojos, durmiéndose casi al instante.
Por más que intentaba cerrar los ojos, la imagen de ese hombre no salía de su cabeza. Tenía que hacer algo al respecto.
