"Freya
Durante tres años planeé mi venganza. Había decidido que el frío cadáver de ese guerrero sería arrastrado con mis propias manos por cada rincón de los nueve reinos.
La escoria de Helheim se regocijaría con su alma.
Me lo arrebató todo".
—Eres un animal, transmites tu crueldad y tu ira. Nunca cambiarás —gritó con el dolor destruyendo su corazón. El cuerpo inerte de su hijo reposaba sobre la fría nieve, lo último que Baldur sintió antes de que todo se volviera oscuro ante sus ojos.
—Entonces no me conoces —finalizó Kratos sin mirarla. Quizás ella todavía no podría comprender todo el dolor que él acarreaba. Sus pérdidas y vivencias, todo el caos que cometió y la culpa que carcomía su alma. La misma culpa que lo hizo huir de sus tierras en busca de un nuevo comienzo.
—Te conozco bien —bramó con enojo. El era un Dios y eso era suficiente para conocer sus alcances. ¿Cómo era posible que tuviera tanta soltura para tratar asuntos ajenos pero no para hablar con su hijo sobre su pasado? Lo miraba con ira, se imaginó propinándole las peores torturas pero eso no la hizo sentir mejor. Ahora todo se enfocaba en su hijo, la mayor pérdida de su vida. Ya tendría tiempo para pensar, ahora nada la despegaba de esa irremediable tristeza.
Los meses pasaban y la nieve no dejaba de caer cada día. El Fimbulvetr había iniciado y Freya se enfrentaba a su soledad en medio del bosque helado. Matar a Kratos había sido su ideal desde el principio pero quizás el tiempo había ablandado su corazón. ¿Se estaba arrepintiendo? No, no podía hacerlo. Él era culpable de muchas cosas, era culpable del dolor que ahora estaba sintiendo. ¿Por qué tuvo ese afán de protegerla? ¿Quién era él para matar deliberadamente a su hijo?
Lo odiaba. Tenía que odiarlo.
Freya abrió los ojos, encontrando que una ligera luz provenía desde el exterior de la tienda. Luego del Ragnarok el invierno se hizo más leve, dejando que el sol se asomara un poco más. El frío seguía calando hasta los huesos pero eso ya era casi una costumbre.
La mujer salió de la tienda y se encontró de frente con la fogata que el espartano había hecho. Mimir reposaba cerca de esta, sobre su pequeña manta de cuero. A unos cuantos pasos se encontraba Kratos, talando unos cuantos leños y apilándolos uno sobre el otro cerca de la tienda. Sobre el fuego una olla comenzaba a echar vapor y el aroma a caldo salía de ella.
—Oh, buenos días, Freya —la saludó en cuanto la vio. Kratos volteó apenas escuchó el nombre de la mencionada y se acercó hasta la pequeña mesa improvisada para dejar su hacha sobre esta.
—Me hubieran despertado, yo con gusto los habría ayudado. Bueno, más bien te hubiera ayudo a ti, Kratos —señaló hacia el hombre que con un ademán le hizo saber que no era necesario.
—Ayer lucías cansada, por eso no quise molestarte.
—Gracias, ya estoy mejor —contestó sintiendo algo en su pecho. ¿Se preocupaba realmente por ella?
Mimir observó cautelosamente a ambos, intercalando las miradas sin que estos dos lo notaran. El hombre más inteligente no tenía ese nombre porque sí, desde hacía tiempo había notado un extraño comportamiento en ambos y estaba dispuesto a llegar al fondo de ese asunto.
—Kratos, ¿sabes de qué tengo ganas? —alzó la voz con un sospechoso tono alegre. El mencionado gruñó en respuesta, esperando que la cabeza continuara—. Me gustaría visitar a Sigrun. Ya sabes, yo aún tengo mucho de qué conversar con ella.
—Te llevaré en la tarde —respondió sin rodeos, volviendo a su labor.
—¿Piensas quedarte mucho tiempo allí, Mimir? —preguntó Freya comenzando a sentirse incómoda. ¿Pasaría lo que ella estaba pensando?
—Quizás unos días. ¿Y por qué no? No es como si mi presencia fuera tan necesaria. Ustedes pueden ocuparse de todo, ¿verdad? —preguntó mirándolos a ambos. Kratos volteó y sólo asintió, mientras que Freya balbuceó un sí casi inaudible que luego corrigió con una tos falsa.
—Por supuesto —sonrió con cierta desconfianza que supo ocultar muy bien.
Se iba a quedar a solas con Kratos. ¿Y ahora que haría? ¿Cómo haría para no perder el control?
