—Hermano, déjame darte un consejo —habló Mimir desde la cadera del guerrero mientras se dirigían donde Sigrun.
—Habla.
—Durante mi ausencia deberías aprovechar para enmendar aquellas "grietas" que hay entre Freya y tú —opinó abiertamente según lo que sus sospechas le dejaban ver.
—Creí que ya lo habíamos hecho —respondió.
—Oh, bueno. En mi experiencia déjame decirte que creo que aún queda mucho camino por recorrer. En medio de una inminente guerra no es posible solucionar una disputa de esa magnitud. Prueba a conversar más con ella, estoy seguro de que hay mucho que pueden conocer uno del otro.
Kratos gruñó en afirmación, quedando cruelmente pensativo sobre todo aquello que quizás era cierto y no se atrevía a admitir.
Freya se había quedado sola en el bosque. El espartano había prometido no tardar, pero ella le dejó en claro que sabría protegerse en caso de que algo pasara. Ahora que Mimir estaría lejos por quién sabe cuánto tiempo, las cosas podrían seguir su curso…
—Siempre está intentando protegerme —bufó, doblando las mantas para acomodarlas una sobre la otra dentro de la tienda. Regresó al exterior y avivó el fuego echándole unos leños más, moviendo las brasas con un palo—. Al menos podría aprovechar este tiempo…
—¿Hablando sola? —preguntó Kratos, apareciendo silenciosamente de repente. Freya volteó luego de llevarse un pequeño susto, enfrentando al hombre que ahora traía una expresión más tranquila de la habitual.
—Solo pensaba en voz alta —se defendió. Él no dijo nada mas, limitándose a afilar el cuchillo que compartía con Atreus. Lo miró y entonces volvió a extrañarlo. La ausencia de su hijo era lo más evidente de su vida. No es como que la presencia de Freya fuera una molestia, pero sin dudas echaba de menos las épocas que compartió con el niño, adentrándose al bosque para cazar, las lecciones que le dio como hombre y también como padre. Lo extrañaba desde el primer día.
—Deberíamos buscar más leña, para reservar por si acaso. Usamos mucho más de lo normal a causa de este frío. Aunque a decir verdad últimamente pareciera que el invierno quiere acabar —opinó Freya luego de observar el ambiente tan cambiante sobre sus cabezas.
—Vayamos entonces —le habló ahora estando de espaldas a ella, cargando su hacha en una mano para luego situarla detrás de su espalda. Guardó el cuchillo en el envoltorio de cuero y lo puso en su cadera.
Juntos caminaron por el bosque, buscando los árboles más adecuados de los que podrían sacar madera para guardar antes de que alguna fuerte tormenta apareciera, tal y como había dicho la mujer.
—¿Por aquí es donde tú y Atreus vivían, cierto? —preguntó, recibiendo un gruñido como respuesta. Kratos recordaba con cada paso los momentos que vivió en el bosque, la nostalgia ahora lo perseguía.
—Así es, pero quedó dañada durante el primer encuentro que tuvimos con Thor. Luego de eso nos fuimos a un lugar más seguro y ya no hemos vuelto a habitar en nuestro hogar —le explicó, siguiendo el consejo que cuidadosamente había recibido de su amigo. Tenía que ser más expresivo con ella, al fin y al cabo era alguien en quien podía confiar.
—Yo podría ayudarte a repararla. Creo que sería más cómodo para ambos estar en un lugar más… espacioso —le propuso entonces. La idea no le resultaba mala, después de todo ese había sido el hogar de ese hombre durante años.
—Quizás —dijo nada más con un aire no tan cortante, a pesar de que su tono fue grave y profundo.
Ambos iban callados, escuchando solo la respiración amena del otro, con Freya un poco más atrás de Kratos para poder observarlo desde esa distancia. Lo notaba más tenso de lo normal, se preguntó entonces si a caso aquella propuesta habría sonado indecorosa…
—¿Te molesta la idea de vivir conmigo en el mismo lugar donde viviste con tu esposa? Si es así, créeme que lo entiendo, no era mi intención ofenderte —decidió hablar entonces, siendo la única manera de saber la verdad. ¿Un hombre de pocas palabras admitiría abiertamente que no le gustaba aquella idea que ella había planteado? Ahora lo averiguaría.
—No es una ofensa y tampoco una molestia. Es solo que no tenía en mente la posibilidad de regresar allí —le respondió sin voltear a verla, continuando con la caminata.
—¿Y por qué no? Al fin y al cabo es tu casa, no hay mejor lugar en el que puedas vivir. Podemos continuar con nuestro viaje con la seguridad de que hay un hogar al cual volver —le habló suavemente, mirándolo con cierto aprecio, aprovechando que él no podía ver sus facciones. La idea de que ambos le llamaran hogar a un mismo sitio le producía cierta calidez en el alma. Quizás ambos podrían empezar de cero, compartir sus heridas y sanarlas finalmente, juntos.
Llegaron hasta un enorme árbol que bloqueaba una parte del camino. En ese momento finalmente la vio a los ojos.
—En eso estoy de acuerdo —le respondió con un asentimiento de cabeza, tomando el hacha de su espalda y apuntando hacia un punto exacto del tronco. Dio un potente hachazo que partió la madera e hizo volar algunos pequeños pedazos. Bastaron de algunos golpes más para que el árbol cediera y cayera hacia el otro lado.
Freya juntó algunas de las ramas que habían caído, eran del tamaño perfecto para que ardieran y crearan el fuego inicial que a veces tanto costaba lograr. Con ambos brazos tomó una gran cantidad y caminó de regresó a la tienda. Kratos cargó con todo el peso del árbol sobre su hombro, siguiendo a su compañera de viaje.
La mujer colocó la leña bajo una manta para mantenerla lejos de la humedad y la nieve. Kratos dejó el tronco lo suficientemente lejos para comenzar a talarlo. Freya lo miraba a una distancia prudente, esperando que hubiera algunos leños más para guardarlos.
Lo observaba trabajar, moviendo sus enormes brazos en fuertes movimientos. Ese hombre era capaz de traer un árbol entero sobre su hombro, ¿qué más podría hacer? Además de luchar ferozmente con sus enemigos. ¿Sería capaz de algo más que no fuera pelear o actuar con fiereza?
—¿Sabes? Eres un hombre de pocas palabras. Lo bueno es que cuando hablas tiendes a decir las cosas correctas. Mucho mejor que cualquier charlatán con posibilidades de decir tonterías sin sentido —le dijo de pronto cuando vio que él dejaba a un lado su labor para tomar algunos leños y apartarlos. Se acercó y copió su acción, ayudándolo. Se había distraído mirándolo y olvidó que eso era algo que ella debía hacer. Al menos Kratos no era alguien que reclamara.
—Quizás mi compañía no sea la mejor a causa de esa razón, Freya, pero soy bueno para escuchar —respondió entonces, dándose la vuelta para verla. Ella dejó lo que estaba haciendo para mirarlo de igual forma, le había sorprendido lo que escuchó venir precisamente de él.
—Te equivocas, tu compañía es de las mejores que he podido tener. ¿Entonces el Dios de pocas palabras me prestará su oído de vez en cuando? —le sonrió cálidamente, mirándolo a los ojos sin miedo.
—Cuando lo necesites.
