Los dos cuerpos ardientes yacían uno sobre el otro, recostados sobre el suelo de madera de la cabaña que se hallaba cálida en su interior. Los brazos del guerrero la rodeaban, impulsándose hacia arriba para no terminar aplastándola con todo su peso, a la vez que besaba con ferocidad el tramo de piel que había entre la clavícula de la mujer y el inicio de sus senos, bajando indiscriminadamente hasta situarse en cada aureola, saciando lentamente el deseo que sentía por ella.

Freya sacudió su cabeza de lado a lado, saliendo del ensueño al que había entrado de manera inconsciente. Ocultó el ligero rubor de sus mejillas para que su compañero no lo notara, qué vergonzoso sería que Kratos supiera lo que ella había estado imaginando a espaldas de él.

Juntos se dirigieron a la abandonada cabaña, atravesando el portal que los dejó a unos cuantos metros. El guerrero recordó entonces los momentos que había vivido en aquel lugar, sus tiempos en familia, el peligro inminente que los acechaba en aquel tiempo. Su pelea con Thor, las discusiones con Atreus. Estaba todo casi olvidado pero en su mente nada moría con facilidad. Era hora de dejar atrás esa vida, al igual que la anterior que juró enterrar en el pasado, y ahí seguiría para siempre.

—Tenemos que revisar los sellos de protección, no dudo de que algún saqueador esté merodeando por aquí como siempre —habló Freya, sacándolo de sus pensamientos. Kratos asintió levemente y corrió hasta el árbol caído que impedía el paso, levantándolo con poco esfuerzo para que ella pasara, dejándolo caer una vez que estuvieron del otro lado.

Revisaron uno por uno los árboles que creaban aquel círculo de protección pero ninguno parecía haberse dañado. Solo quedaba uno solo por revisar, aquel que estaba cerca de un pequeño templo que se derrumbó en algún momento.

Juntos caminaron por el terreno sumamente nevado y un extraño ruido los alertó. El sonido inentendible de un gruñido se expandió hasta llegar a oídos de ambos.

—¡Draugr detrás de ti! —gritó Freya cuando el enemigo apareció de repente, levantando su arma para atacar sin miramientos en el estado salvaje y natural que tenía como no muerto. Kratos volteó con rapidez sin perder de vista a los otros atacantes que aparecieron por su derecha, levantando el hacha de Leviatán para asestarle un golpe que hizo retroceder al enemigo bruscamente. Una de las flechas de Freya voló en dirección correcta para ayudar al guerrero que no tenía gran problema para encargarse de todo él mismo. La Bruja corrió y desenfundó su espada, con la cual atravesó de lleno a otro de los intrusos. El cráneo de uno de ellos se estrelló con fuerza en Leviatán, partiéndose al medio y muriendo, de cierta forma, al instante. Kratos respiró profundo cuando vio que el peligro se había esfumado, Freya se acercó a él con la misma expresión de tranquilidad.

—Vamos, hay que aprovechar la oportunidad, quizás sólo sean esos los que entraron. Debemos reparar el sello de una vez.

Nuevamente la pareja de guerreros se adentró en el bosque camino al templo, esquivando obstáculos y algún que otro enemigo que intentaba atacarlos pero que moría a manos del espartano.

Las ruinas nevadas lucían sumamente antiguas y más que abandonadas. Juntos caminaron hasta el árbol marcado, notando que la pintura era tenue. Freya se arrodilló y posó su mano en la madera silvestre, diciendo algunas palabras a la vez que una luz brillante surcaba de su mano y dejaba una huella en el árbol. Ahora finalmente estarían en paz.

—Parecer que por fin podremos ponernos a trabajar, juntos otra vez —le sonrió, avanzando hacia la cabaña que de una vez por todas sería reparada. Kratos observó a la mujer caminando animadamente hacia lo que alguna vez fue su hogar y se preguntó en sus adentros si a caso podría volver a sentirse en casa, si podría llamarla hogar ahora que había perdido a su familia. Atreus estaba lejos, lo había dejado libre para que iniciara su camino. Por más que tuviera a aquellas personas a las que fielmente podía llamar amigos, se sentía en completa soledad.

¿Podía llamar familia a la persona que alguna vez juró matarlo?

—"Deberías aprovechar para enmendar aquellas "grietas" que hay entre Freya y tú"—resonó en su cabeza. Quizás Mimir no se equivocaba. Él y Freya compartían más que un pasado tormentoso. Había algo más por descubrir.