Moviéndose sobre el manto blanco, el espartano reflexionó sobre su pasado una vez más.

La imagen de Faye venía a su mente, el recuerdo de los mejores años que pasó con ella y la esperanza que creció en él cuando la conoció y supo que no todo estaba perdido. Aún tenía la oportunidad de ser feliz, pensó. Quizás no era un ser tan indigno como para que no se le otorgara la chance de redimirse.

Ahora que Faye también se había marchado, sólo quedaba una extraña soledad en el amor.

La ligera oscuridad lo acompañaba en su camino hacia las lobas, fue entonces que se encontró con la imagen de la castaña instaurada en su cabeza. Freya no era una mala compañía, jamás lo había sido y no iba a serlo tampoco. Se cuestionó sobre el por qué ella aparecía en su mente y lo dejaba inquieto. Ya no era un enigma, no había nada más que debiera preguntarse sobre ella. Se llevaban bien y eso bastaba, pero por qué esa duda no se iba...

Además de que sus bajos instintos también se habían apaciguado. Se había vuelto más viejo y quizás más sabio, ya no percibía las cosas como en el pasado.

Tanto Speki como Svanna se encontraban echadas en sus respectivos refugios, casi adormiladas cuando el guerrero les dio una rápida mirada y caminó de regresó a la cabaña. Sus pensamientos aún seguían aturdidos. Los pasos se escucharon con fuerza en el silencio previamente nacido en el interior del hogar. Las velas estaban apagadas, sólo había una sobre la mesa cercana a la cama que siempre había sido suya. Observó a Freya sentada en la cama, de espaldas a él y completamente tapada con una de las mantas, de pies a cabeza. Se acercó hasta su lecho sin prestarle demasiada atención al comportamiento de la mujer y dejó a un lado su hacha para tomar asiento en la cama y soltar un suspiro. Cerró los ojos un momento y sintió un roce suave haciendo contacto con su hombro descubierto. Observó la figura de su acompañante, Freya se acercó a él hasta ponerse de frente y dejó caer la manta, descubriendo la desnudez total de su cuerpo, con las marcas en su piel que no era ni blanca ni oscura, era perfecta.

—F-freya —titubeó sin reacción alguna. La mencionada se acercó más hasta él, quedando cerca de su rostro y le susurró suavemente.

—No me preguntes nada, Kratos, porque no sé la respuesta. Estoy siguiendo mi instinto —el tibio aliento chocó contra los labios del espartano. Freya realizó otra caricia sobre la piel del hombre.

Kratos tomó el brazo de la mujer sin saber realmente cuál sería su movimiento. Alejarla lo más pronto posible o atraerla hacia él y terminar perdiendo por completo la cordura. Sabía que si eso pasaba sería completamente imposible detener lo que vendría. Los recuerdos pasados de Faye lo seguían invadiendo, las caricias que Freya ejercía con las yemas de sus dedos sobre su brazo pretendían aumentar todavía más la cercanía.

Sin saber qué más hacer, la mujer tomó la mano áspera del guerrero y la posó en su cintura, recorriendo ella misma el tacto que él todavía no era capaz de hacer por sí mismo. Rápidamente reaccionó y se puso de pie, alejando su mano de ella que ahora ardía por haber tocado aquella piel casi prohibida.

—Los recuerdos de Faye aún están en mi mente. Es difícil hacer que se vayan, sobre todo en este momento —explicó entonces al notar la confusión en el rostro de la mujer, además de que necesitaba desahogarse y decir de una vez por todas que por más que la deseara, había algo que se lo prohibía.

—Kratos… ¿Me estás rechazando? —preguntó pausadamente ante las palabras del guerrero.

—No puedo pretender que esto pase cuando la imagen de otra persona está en mi mente, sería indigno… Y cruel —susurró lo suficientemente audible como para que ella escuchara.

La bruja estuvo en silencio, procesando lo que había escuchado e intentando calmar las miles de emociones que se afloraban en su pecho. Al no escuchar respuesta por parte de ella, Kratos optó por hablar una última vez más, alejándose lentamente de ella.

—Lo siento Freya, tú no mereces esto —le dio la espalda, dirigiéndose a la puerta para perderse en ella, aventándose al frío de Midgard.

Freya miró como se alejaba y cuando volvió en sí solo atinó a soltar un grito triste y enfurecido, tomando con fuerza la manta que antes tapaba su cuerpo casi con asco y vergüenza. ¿Por qué había sido tan detestablemente imbécil? No lograba entender a quien se refería en realidad, si a ella misma o al guerrero que la había rechazado tan tajantemente. Por un momento creyó ver en sus ojos dorados una chispa de deseo…

Fue iluso creer que él correspondería.