Nadie, a lo largo y ancho de Westeros podría decir que desconocía los rumores sobre la vida íntima del Príncipe Aegon Targaryen, segundo con el nombre. Todos sabían que el joven dragón era un borracho empedernido que vivía metido en la Calle de la Seda entre las piernas de cualquier mujer que se le cruzara por delante -sin importar si esta lo deseaba o no-, que frecuentaba y disfrutaba de las horribles y crueles peleas entre niños orquestadas en el Lecho de Pulgas; que tenía dos bastardos regados en ese mismo lugar. Era de conocimiento público que una vez cumplido su deber con su hermana-esposa Helaena de embarazarla, ya no la había vuelto a tocar, para alivio de la misma y decepción de su madre.
Lo que nadie sabía, lo que nadie ha podido confirmar, lo que aún permanece como suaves susurros son las palabras que el príncipe al final de su clímax ha llegado a soltar. Se susurra que siempre es la misma frase la que escapa de sus labios cuando termina de coger con alguna puta, pero que ninguna de ellas ha podido entender o descifrar. Ni siquiera replicar.
Son susurros que corren por las calles, que llegan a oídos de aquellos poderosos que saben que la información es poder, tan valiosa como el oro y capaz de destruir o levantar imperios. Son susurros que dichas personas buscan desesperadamente confirmar, porque si unen esa información a aquello que ya conocen obtendrían la confirmación del mayor secreto de la familia real, del clavo final para la tumba y caída de los Verdes, y la consiguiente victoria de los Negros y su futura Reina.
Si esas palabras que suelta el borracho Príncipe se condicen con su claro gusto no habría lugar a dudas para nadie, después de todo, dicha frase entregaría claridad sobre el tan específico y exigente gusto del joven dragón, arrojaría luz sobre ese afán de siempre fornicar con mujeres maduras -que muchas veces debían ser específicamente diez años mayor- de ojos y cabellos lo más claro posibles, de piel tersa y pálida, con caderas anchas y senos turgentes, de nariz puntiaguda y sonrientes, siempre maternalmente sonrientes.
Sin embargo, hasta el momento nadie ha podido entender lo que dice Aegon Targaryen una vez alcanza el clímax, en ese momento justo donde alcanza las estrellas con sus dedos, donde vuela sin necesidad de dragón, donde se descarga en el cuerpo de la mujer de turno, imaginando que es aquella a quien realmente desea. Por supuesto que nadie puede entenderlo, porque el valyrio sigue siendo la lengua exclusiva del dragón.
Y ese susurro cargado de amor desesperado, de lujuria desenfrenada, de devoción anhelante sólo podría ser entendido por otro dragón como él mismo.
Avy jorrāelan, Nyra
Extra:
- Debes estar tranquila Rhaenyra, a nuestro dragón en tu vientre no le hace bien que te alteres- le dijo el hombre de cabellos plata a la vez que se acercaba y acariciaba su estómago grávido -Deja de preocuparte, no es tu asunto lo que digan del muchacho-.
- Pero es mi hermano Daemon, es nuestra sangre de dragón sin importar quién sea su madre-.
- Pues será tu hermano y su inmaduro corazón o nuestra familia, la que pase por la espada una vez muera mi hermano, Rhaenyra. No lo olvides esposa mía, los Verdes no dudarán en eliminar aquello que interfiera en su camino hacia el trono- apretó sus manos, otorgándole una mirada de amor y entendimiento -Incluso si aquello es el corazón de aquel al que desean proclamar Rey, porque después de todo, no les sirve que su usurpador haya entregado su corazón a la verdadera Reina de Poniente-.
