Una historia que se me ocurrió a partir de un fanart y lo complementé con algunas ideas de una querida amiga n.n
Espero que la disfruten (:
Los personajes de Bleach no me pertenecen, son propiedad de Tite Kubo.
CROSSROAD DEMON
Capítulo 1
Después de casi dos horas de conducir hasta las afueras de la ciudad, donde el pavimento, las construcciones y toda interacción humana eran completamente nulos, Ulquiorra se orilló en el camino al borde de un sembradío de trigo que ya había sido cosechado. Esperó un minuto en completo silencio, con el auto todavía en marcha y el oído atento a cualquier ruido que pudiera escuchar, en caso de que algún auto pasara, algún tráiler en su ruta o incluso, y de esto último no estaba muy seguro, algún transeúnte.
Pero no había nadie, ni un alma en más de diez kilómetros a la redonda. El paisaje era oscuro y desierto, pues era casi medianoche y sabía que aquella ruta, tan alejada de la carretera principal, estaba prácticamente abandonada. Sólo algunos terrenos baldíos llenos de maleza y kilómetros de tierra y montañas era lo que poblaba su vista. Estaba tan alejado de todo que al apagar los faros del auto se quedó completamente a oscuras. La luna llena en lo alto del cielo y las estrellas brillantes eran la única fuente de luz, y bastante pobre como para guiarse de ella. Decidió dejar prendidos los cuartos para iluminar un poco el lugar, quería hacer las cosas con precisión y no cometer errores.
Sacó una caja pequeña de madera de la guantera y finalmente bajó del auto, no sin antes volver a echar un vistazo a su alrededor para asegurarse de que estaba solo. Cerró la puerta y caminó unos cuantos metros hasta el cruce de caminos. La pequeña intersección podría pasar desapercibida para cualquiera que no supiera en dónde se encontraba exactamente. Aparte de eso, el camino de uno y otro lado se dibujaba tenuemente en la tierra, con algunas marcas de llantas que indicaban que había paso de automóviles.
Ulquiorra se paró justo en medio de la bifurcación y luego se arrodilló para empezar a cavar, ignorando el hecho de que estaba ensuciando su caro traje de diseñador. Lo que estaba a punto de hacer era mucho más importante. Se remangó la camisa blanca de cada antebrazo y con ambas manos comenzó a hacer un agujero lo bastante profundo como para enterrar la caja y volver a cubrirla sin que nadie notara el bulto. Después de un rato, se sacudió las manos y abrió la caja para echar un último vistazo a su interior.
Tal y como le habían dicho, había colocado una fotografía suya reciente, la moneda de pentecostés* que había conseguido en uno de sus muchos viajes al medio oriente y que le había costado una fortuna, un pequeño costal de tierra de cementerio y un par de ramitas de salvia y hojas de opio. En cualquier otra situación habría pensado que estaba perdiendo la cabeza, que aquel revoltijo no era más que una estúpida superstición y que dentro de un par de horas estaría de regreso en su casa riéndose de lo idiota que había sido como para creer en aquella absurda leyenda urbana.
Sin embargo, decidió que, sólo por esa vez, iba a creer. A fin de cuentas no tenía nada que perder y si no funcionaba estaría de vuelta al principio, igual que como estaba en ese momento, sin nada más pero tampoco nada menos. A excepción tal vez de unas cuantas horas de su tiempo que igual no tenía planeado emplear en nada más. Cerró la caja y la enterró, asegurándose de dejar la tierra a su alrededor exactamente igual que antes. Era una medida de precaución tal vez inútil, pero que no estaba de más. No quería que algún fisgón la encontrara y convertirse en el hazmerreír de Karakura. Suficiente tenía ya con la prensa.
Se puso de pie y se sacudió el traje, a la espera de que algo pasara. Tal vez que la tierra se abriera frente a él y que fuera tragado al infierno, o que las trompetas del Apocalipsis empezaran a sonar por todos lados, los jinetes soltando la destrucción total en el mundo… Sacudió la cabeza, qué tontería.
Volteó a ambos lados del camino, ni un alma, ni un ruido, ni siquiera los grillos. Miró su reloj y vio que eran unos minutos después de la medianoche. Había hecho todo según le dijeron, el cruce de caminos, enterrar la caja con las pertenencias y las hierbas, a la hora indicada. ¿Por qué nada pasaba?
Sintió la exasperación recorrer todo su cuerpo. Le habían visto la cara de idiota, le habían contado un cuento de niños y él lo había replicado como un imbécil. Suspiró frustrado y se agachó para desenterrar la caja y volver a casa. Apenas había empezado a cavar cuando una mano se posó sobre la suya, firme como el acero. Ulquiorra levantó la vista y se fue de espaldas al verla, ahogando un grito.
-Oh, lo siento mucho, pero así no es como funciona. Una vez que la entierras no puedes llevártela. Ahora me pertenece.
Era una mujer la que le hablaba, una joven para ser más preciso. Estaba agachada frente a él con las manos apoyadas en sus rodillas y una tierna sonrisa de lado. Su cabello era anaranjado, de un color precioso que no había visto en ningún otro lado, sus ojos eran cafés y grandes, brillantes como los de un niño. Pero eso era todo lo angelical en su persona, pues de su cabeza sobresalían un par de cuernos negros de al menos treinta centímetros, cuya forma espiral se asemejaba a la de los antílopes, y a su espalda, cubriendo toda su figura, se replegaba un par de alas como de murciélago, pero de un tono blanco azulado, casi traslúcido, los espolones en las puntas tan grandes como colmillos.
Ulquiorra tardó un momento en reaccionar. No podía creer lo que estaba justo frente a él. Cerró los ojos y volvió a abrirlos con la esperanza de que sólo hubiera sido su imaginación. Pero ahí seguía ella, mirándolo como si se hubiera vuelto loco. Ulquiorra se preguntó si era el caso.
-¿Estás bien? -le preguntó la joven.
Ulquiorra pasó saliva pesadamente y se las arregló para asentir un par de veces. La joven le extendió la mano y ensanchó su sonrisa.
-Ven, te ayudo a levantarte.
Ulquiorra miró la mano con desconfianza, como si fuera algo peligroso. La chica soltó una risita.
-Tranquilo, no voy a hacerte daño.
Finalmente le dio la mano y se sorprendió con el tacto suave y cálido. Era la mano de una princesa, muy fina y pequeña a comparación de la suya. Se puso de pie y notó que era varios centímetros más alto que ella, pero sus cuernos quedaban a la altura de sus ojos. Desde esa posición pudo observarla mejor. En efecto, su apariencia era la de una mujer joven, en sus tempranos veintes, y a excepción de los cuernos y las alas, era realmente hermosa, probablemente la mujer más hermosa que había visto en su vida. Llevaba un vestido blanco muy corto y entallado, con las mangas bombachas en los hombros y largas hasta cubrir todo el brazo y la mano como un guante de terciopelo, el cuello alto y cerrado con un par de botones, del cual caía un dije en forma de cruz con una enorme piedra negra. Tenía una abertura en el pecho y mostraba un corsé negro con copas en forma de pico que resaltaban sus grandes pechos. Ulquiorra desvió la vista, incómodo. No solía observar de esa forma a las mujeres pero esta vez no pudo evitarlo.
La joven puso las manos a su espalda y se acercó un poco más a él, su cuerpo a sólo unos centímetros del suyo.
-¿Eh? ¿Me estás ignorando? Te rehúsas a hablarme y ahora ni siquiera me miras -la joven hizo un puchero.
Ulquiorra carraspeó y la miró a los ojos.
-L-Lo lamento -susurró. No sabía qué más podía decir. Todo aquello era tan irreal.
La chica compuso una sonrisa genuina.
-Está bien. No estoy molesta.
-¿Quién eres? -preguntó Ulquiorra, de pronto sintiéndose muy estúpido.
-¿No lo sabes? Tú me invocaste aquí, tontito. Soy Orihime.
Incluso el nombre era angelical. Ulquiorra sacudió la cabeza.
-¿Eres…un demonio?
Orihime soltó una risita.
-¡Pues claro! Creí que mis cuernos y alas eran prueba suficiente. ¿O acaso esperabas a alguien más? Viniste hasta un cruce de caminos, trajiste la caja con tus pertenencias y la enterraste justo a la mitad. Y aquí estoy, lista para hacer un trato contigo.
-¿Un trato? -repitió Ulquiorra. Se había perdido esa parte de la explicación.
-Sí.
-Creí que yo te pedía un deseo y tú lo cumplías.
Orihime volvió a reírse, pero Ulquiorra sospechó que no estaba divertida.
-Me parece que te estás confundiendo, cariño. Yo soy un demonio, no un genio de la lámpara. Los demonios hacemos tratos con los humanos, no cumplimos deseos.
-Ya veo.
Ulquiorra suspiró. Ahora tenía que replantearse todo aquello. Un trato. No le habían dicho nada de un trato. Eso cambiaba las cosas. Si tenía que dar algo a cambio, tal vez no era tan buena idea. Había escuchado que los demonios podían ser muy engañosos.
Sin embargo, eran poderosos, eso nadie podía negarlo. Las leyendas eran ciertas, después de todo. Se rumoraba que personajes como Shakespeare y Tommy Johnson habían hecho tratos con demonios para adquirir su talento en la literatura y la música, respectivamente. La pregunta era qué precio habían pagado por algo como eso.
-Bien, ¿qué clase de trato quieres hacer? -preguntó Orihime.
Ulquiorra era un coleccionista de objetos antiguos. Gran parte de su vida la había dedicado a la búsqueda y adquisición de todo tipo de reliquias. Había invertido una gran suma de dinero y al mismo tiempo había forjado su riqueza con base en ello. Meses atrás había escuchado sobre un objeto perdido en el periodo Edo, una piedra preciosa que había pertenecido a un emperador, pero que se había perdido después de las guerras civiles y en la actualidad nadie sabía dónde localizarla. Había pocos coleccionistas tan obsesivos como él, y siendo un apasionado de la historia y el Japón de esa época, sentía que era su deber tener esa piedra en su posesión. No planeaba venderla, eso por descontado, pero sí quería hacerla parte de su vasta colección. Si quería algo, simplemente lo compraba, ya fuera en subastas o por medio de intercambios especializados con otros coleccionistas, pero cuando se trataba de un objeto perdido en la historia, no había tenido otro remedio que acudir a lo sobrenatural.
-¿Has oído algo sobre el Hogyoku?
Orihime se llevó un dedo a la barbilla, como si lo pensara un momento.
-Suena a algo mágico e importante…
-¿No lo sabes? Creí que los demonios lo sabían todo -respondió Ulquiorra, un tinte de sarcasmo en su voz.
Orihime simplemente sonrió y se encogió de hombros.
-Bueno, yo creo que nadie puede saberlo todo. Ni siquiera los demonios.
-Se trata de una piedra preciosa que perteneció a un emperador japonés hace algunos siglos -explicó Ulquiorra-. Lamentablemente, se perdió durante las guerras y nadie sabe en dónde está. Soy un coleccionista y el dinero nunca ha sido un problema para mí. Me dedico a comprar y vender reliquias, pero como ya verás, no hay manera de comprar el Hogyoku. He pasado meses tratando de localizarlo.
-¿Y asumo que esa piedra es tan importante para ti? Hacer un trato con un demonio no es cualquier cosa -advirtió Orihime.
-Los coleccionistas somos un poco…obsesivos. Y en lo que a mí respecta, siempre consigo lo que quiero.
Orihime sonrió, como si todo aquello fuera divertido. Su aura se ensombreció por un instante y Ulquiorra retrocedió un paso en respuesta. De pronto fue consciente de que aquella tierna y linda chica no era como cualquier otra, era un demonio.
Orihime dio una palmada y su aura se disipó. Mostró su enorme sonrisa y entrecerró los ojos.
-¡Excelente! Me alegra que puedas completar tu colección de esta forma. Y desde luego, me alegra poder ayudarte. Por cierto, ¿cómo te llamas?
-Ulquiorra Cifer.
-Ah, qué nombre más extraño. Supongo que eres extranjero.
Una gotita de sudor bajó por la sien de Ulquiorra. No era la primera vez que lo escuchaba.
-Bien, bien, te daré lo que quieres, la roca como-se-llame -canturreó Orihime.
-Espera -la detuvo Ulquiorra.
-¿Qué?
-¿Qué tengo que darte a cambio? Sé que un trato requiere de dos partes. Yo consigo el Hogyoku, ¿y tú?
-Bueno, en realidad es algo sin importancia -dijo Orihime-. No te preocupes demasiado por eso.
-Tengo que saberlo -insistió Ulquiorra.
Orihime sonrió de lado y se acercó nuevamente a Ulquiorra, mirándolo fijamente a los ojos.
-Tu alma.
Se hizo un silencio prolongado en el que ninguno de los dos movió ni un músculo. Sus miradas fijas, café contra esmeralda. Tenía que ser una broma. ¿Su alma a cambio del Hogyoku?
-¿No te parece un poco excesivo? -preguntó Ulquiorra al fin.
Orihime se alejó y empezó a caminar en círculos frente a él.
-¿Excesivo? No, para nada. ¿Qué esperabas? Piénsalo bien. ¿Qué podría necesitar un demonio como yo? ¿Dinero humano, tierras, joyas?
-¿Para qué quieres mi alma?
-¿Para qué la quieres tú?
Ulquiorra sonrió de lado. Era una pregunta para la que no tenía respuesta.
-Bueno, tendré que pensarlo. En serio quiero el Hogyoku pero no sé si mi alma es un precio justo. Vendré en un par de días a buscarte, y entonces te daré mi respuesta.
Ulquiorra se dio la media vuelta y regresó a su auto. Cuando encendió los faros vio que la chica había desaparecido. Se tomó un momento recargado en el volante. ¿Qué demonios acababa de pasar? ¿Cómo sabía que no había sido una alucinación? Era muy tarde y estaba cansado, tal vez había soñado despierto. Una hermosa joven pelirroja con cuernos y alas dispuesta a darle lo que quería a cambio de su alma. Parecía la trama de una película de comedia de bajo presupuesto.
Encendió el auto y antes de poder avanzar sintió una mano en el cuello que lo pegó al respaldo y lo sostuvo con fuerza.
-No creíste que podías deshacerte tan fácilmente de mí, ¿o sí?
Ulquiorra miró de reojo al asiento del copiloto y vio a Orihime. Su mirada dulce había cambiado y ahora sus ojos tenían un brillo rojo que le erizó la piel. Se veía peligrosa, mortífera, y su voz susurrada le dejaba muy claro que estaba molesta.
-Ah, los humanos son todos iguales -continuó-. Creen que pueden invocarme aquí cuando les plazca y que yo les daré todo lo que me pidan cuando lo pidan. Lamento romper tus ilusiones, Ulquiorra, pero las cosas no son así. Tú me llamaste para hacer un trato, y un trato es lo que haremos.
Orihime se acercó hasta su mejilla y le dio un beso. Ulquiorra lo sintió como una brasa ardiente en su piel.
-Me agradas, y sólo por eso te daré una segunda oportunidad. Vamos a cerrar el trato, ¿quieres? Te daré tu preciada roca y tú me darás tu alma.
-Eso no…
-Shhhh -Orihime le puso un dedo en los labios-. No está a discusión. Te diré un secreto: tú y yo nos parecemos más de lo que crees. Yo también siempre consigo lo que quiero.
-No pienso hacer ningún trato contigo -soltó Ulquiorra.
-¿No? Qué lástima. Porque de todas formas me llevaré tu alma. Sólo que no recibirás nada a cambio.
-¿Qué?
-Ah, sí. No tenías ni idea, ¿verdad? No puedes jugar con esto. Puedo ver que ni siquiera estabas muy convencido al principio. Eres muy incrédulo, del tipo que necesita ver las cosas con sus propios ojos para tener la certeza de su existencia.
Ulquiorra la fulminó con la mirada. Se sentía engañado. De haber sabido todo eso de entrada jamás habría intentado nada. Podía agotar todos sus recursos en la búsqueda del Hogyoku, pero sabía que era inútil.
-De acuerdo. Prometo que lo pensaré.
-¿Lo harás? -la mirada de Orihime volvió a ser la de antes, el brillo inocente y la dulce sonrisa.
-Sí, pero necesito tiempo.
-Tienes tres días para pensarlo. Es el límite de tiempo cuando hacemos un trato.
Ulquiorra suspiró, lamentando haberse metido en aquel lío. Deseó que a la mañana siguiente cuando despertara, todo fuera una pesadilla.
-Está bien. Vendré a buscarte entonces.
Orihime se acomodó en el asiento y se abrochó el cinturón de seguridad.
-De eso nada. Yo voy contigo.
-¿De qué hablas? Baja de mi auto.
-No puedo hacer eso. Estaré contigo en todo momento hasta que decidas cerrar el trato.
-Tengo que ir a trabajar mañana, y no pienso dejarte solo en mi casa.
-¿Qué? ¿Acaso temes que te robe algo? -Ulquiorra levantó una ceja y Orihime sonrió de lado-. Puedo ir contigo al trabajo.
-Es una broma, ¿verdad? ¿En qué universo crees que puedo andar por la vida acompañado de una chica con cuernos y alas?
Orihime hizo un puchero y cruzó los brazos.
-Eres el humano más grosero que he conocido en mi vida, ¿lo sabías?
Chasqueó los dedos y una nube de humo blanco la envolvió. Cuando se disipó, su apariencia había cambiado. Los cuernos y las alas habían desaparecido. Su cabello anaranjado era el mismo pero su atuendo era ligeramente diferente, como un vestido de noche más moderno, a juego con unos tacones dorados. Se veía realmente atractiva y Ulquiorra se sorprendió mirando su escote otra vez. Carraspeó y desvió la vista.
-¿Qué tal ahora? Puedes decir que soy una amiga. Nadie sospechará que soy un demonio.
-No, pero probablemente piensen que te compré en una subasta.
-¿Qué?
-Nada, no importa.
Ulquiorra dio la vuelta y tomó la carretera de regreso a la ciudad, pensando en cómo zafarse de aquello. Orihime encendió la radio y empezó a tararear la canción que sonaba. Big Road Blues, de Tommy Johnson**.
Qué ironía, pensó Ulquiorra.
Dos horas más tarde llegaron a la mansión. Ulquiorra vivía en una de las zonas más ricas de Karakura, donde los vecinos eran escasos y casi nunca estaban en casa. La seguridad era considerable también, pues siendo dueño de una de las colecciones más grandes, no podía escatimar en esas cosas. Abrió la reja automática y Orihime se sorprendió al contemplar la construcción.
-¡Wow! En verdad tienes mucho dinero. Mira el tamaño de esa mansión.
Ulquiorra estacionó el auto justo frente al umbral y se bajó. Orihime lo siguió. Las farolas iluminaban el camino hasta la entrada, y al abrir la puerta con el código el resto de las luces del interior se encendieron. Era una mansión preciosa, pintada toda de blanco. Había muebles y esculturas por todos lados, vitrinas de cristal que resguardaban curiosos objetos de toda clase. Justo en medio estaban las escaleras que conducían al segundo y tercer piso, cubiertas por una alfombra verde esmeralda y con ornamentos en el barandal de color dorado. Del techo colgaba una enorme lámpara de cristales que iluminaba el lugar. Ni una mota de polvo por ningún lado. Orihime estaba asombrada.
-Tu casa es preciosa.
Ulquiorra no esperaba el cumplido, así que no respondió nada. ¿Qué debía hacer? No estaba acostumbrado a las visitas a no ser que fuera algo de negocios, y ciertamente no todos los días llevaba a un demonio a su casa. ¿Debería ofrecerle algo de beber? ¿Una habitación para invitados? ¿Los demonios dormían, acaso?
-Voy a tomar un baño -anunció. Se sentía sucio después de haber estado en aquel cruce de caminos para enterrar la caja.
-Muy bien.
-Puedes…sentarte por ahí, si quieres -añadió.
Orihime sonrió y asintió.
-El bar está por allá, sírvete lo que quieras. Bajaré en un momento.
Ulquiorra se dirigió a su habitación y se dio un baño. No podía dejar de pensar en Orihime, su mente todavía trataba de asimilar lo que había pasado. Tenía que tomar una decisión, y pronto, pues no estaba seguro de poder persuadirla para que lo dejara tranquilo a menos que hiciera el trato. De haber sabido todo eso con antelación no se lo habría tomado tan a la ligera.
Al salir se puso un pantalón de pijama y una camiseta negra de manga larga. Bajó descalzo hasta la cocina y encontró a Orihime revisando su alacena. Se estaba comiendo las nueces de la India directamente del bote.
-¿Quieres…cenar algo?
Orihime volteó con la boca llena de nueces.
-Ulquiorra, ¿qué es esto? Es delicioso.
-Son nueces de la India. Escucha, te preparé una habitación para que te quedes.
-Me quedaré contigo -replicó Orihime.
-No voy a ir a ninguna parte. Además, tengo la sensación de que no podría huir de ti ni aunque lo intentara.
-Sí, tienes razón.
-Ya es tarde, voy a dormir. Llévate el bote de nueces a tu habitación, voy a apagar la luz.
-Mhmm -respondió Orihime.
Ulquiorra cerró la puerta de su habitación y decidió poner el seguro. No quería visitas inesperadas durante la noche, quería descansar porque a la mañana siguiente tenía una exposición en la galería del museo y quería que todo estuviera listo.
Cerró los ojos y se entregó al sueño, no sin antes toparse con algunas visiones de cuernos, alas y un hermoso rostro angelical.
Continuará...
*La moneda de pentecostés es un objeto que aparece en la serie Lucifer, es una especie de token que usa para abrir las puertas del infierno.
**Les recomiendo buscar la historia de Tommy Johnson, obviamente está relacionada con los cruces de caminos y tratos con demonios, de ahí la inspiración para este fic (y la serie Supernatural, desde luego).
¡Díganme qué les pareció!
