CROSSROAD DEMON

Capítulo 2

A la mañana siguiente se levantó cuando sonó el despertador. La luz del día entraba por la ventana y le daba de lleno en la cara. Tardó un rato en terminar de abrir los ojos y finalmente se enderezó, sólo para encontrarse con una figura acurrucada a su lado. Retiró las cobijas de golpe y vio a Orihime usando una camiseta suya y nada más que ropa interior en la parte de abajo.

-¿Cómo…? ¿Qué crees que estás haciendo? -exclamó.

-Durmiendo -respondió Orihime sin abrir los ojos.

Ulquiorra sospechó que ni siquiera era posible eso.

-Fuera de aquí -ordenó.

Orihime se enderezó en la cama y en un movimiento rápido se sentó sobre Ulquiorra, quien sólo atinó a ponerse rojo hasta las orejas.

-¿Siempre eres así de malhumorado o sólo por las mañanas? -preguntó Orihime con una sonrisa de lado, disfrutando de la visible incomodidad de Ulquiorra.

-Sólo cuando un demonio decide invadir mi cama en medio de la noche -Ulquiorra hacía un esfuerzo por no mirarla, suficiente tenía con sentir sus piernas presionando su cadera y su rostro a pocos centímetros del suyo.

-Me sentí muy sola -dijo Orihime con fingida inocencia, pero sin poder ocultar su sonrisa.

-¿No conoces el espacio personal?

-¿No te gusta lo que ves?

Ulquiorra no respondió. Simplemente la tomó de ambas piernas y la giró en la cama para quitársela de encima. No parecía que fuera a darle algo de privacidad, así que se metió al cuarto de baño para alistarse lejos de su mirada. Veinte minutos después salió ya cambiado con su traje azul marino impecable, camisa blanca y corbata negra, los zapatos lustrados y sus accesorios de reloj y gemelos. Para su sorpresa, Orihime no estaba ahí.

Bajó a la cocina y la encontró de nuevo asaltando su alacena. Esta vez se estaba comiendo el cereal directo de la caja. Todavía estaba usando su camiseta y por fortuna le quedaba lo suficientemente grande como para cubrir su ropa interior, pero sus largas piernas quedaban al aire y no quería recordar que hacía menos de media hora estaba sentada a horcajadas sobre él.

-Tengo que irme -anunció mirando hacia la puerta.

-¿Eh? ¿Tan pronto? ¿No vas a desayunar?

Ulquiorra sospechaba que desayunar con ella le traería más problemas de los que quería, tanto por su carácter como por las confianzas que se tomaba con él.

-No. Comeré algo en el trabajo. Quédate aquí y…

-Voy contigo.

-No puedes ir vestida así y no tengo tiempo para esperar a que te cambies.

-Tranquilo -Orihime sonrió y chasqueó sus dedos. Su atuendo cambió tras la nube de humo y reveló un vestido negro corto y entallado. También tenía una elegante boina roja a juego con sus botas de látex que le llegaban a medio muslo. Se quitó las gafas de sol y las guardó en la pequeña bolsa que le cruzaba el pecho.

-¿Qué opinas? -preguntó con una sonrisa.

Ulquiorra rodó los ojos y la jaló del brazo.

-Andando, no quiero llegar tarde.

Ya en al auto de camino al museo donde trabajaba Ulquiorra, Orihime le preguntó:

-¿Cuándo vamos a cerrar el trato?

-No he tenido tiempo de pensarlo. Además, dijiste que tenía tres días.

-Sí, sí, sé lo que dije. Es sólo que me aburro muy rápido. Sospecho que tu trabajo no es lo más divertido de este mundo.

-No tienes por qué venir conmigo. Te dije que te quedaras en la casa.

-Iba a estar más aburrida en la casa.

-Entonces no te quejes.

-Escucha, no hay nada qué pensar, Ulquiorra. Cerremos el trato de una vez. De esa forma tendrás lo que quieres y te desharás de mí.

-Lo haces sonar demasiado sencillo.

-Porque lo es. Sólo di las palabras, di lo que quieres y acaba con esto.

-Quiero que te quedes en mi oficina cuando lleguemos allá, y que no hables con nadie. No quiero tener que dar explicaciones.

Al llegar al museo, Ulquiorra se las arregló para escabullirse de las miradas de los curiosos que empezaban a aglomerarse en la entrada y subió directo a su oficina. No fue sencillo debido al atuendo tan llamativo de Orihime, pero al menos no se topó con nadie conocido. Orihime se detenía en cada pasillo para observar las obras de arte de la exposición que iban a inaugurar esa mañana, y tuvo que jalarla del brazo varias veces para que siguiera caminando.

-No tenía idea de que los humanos fueran tan talentosos -exclamó Orihime-. ¿Crees que el artista haya hecho algún trato con un demonio para pintar esos cuadros?

-Es posible, pero también hay gente que simplemente nace con el talento.

-¿Qué otra cosa pedirías tú además de la roca?

-No es una roca, es una piedra preciosa -la corrigió Ulquiorra.

-Lo que sea.

-No lo sé, no lo había pensado. Es la única cosa que he querido porque no he podido conseguirla de ninguna otra forma.

-Así que es más un capricho.

-Soy un coleccionista, todas mis posesiones son un capricho, Orihime.

-¿Y qué pasaría si te enteraras de otro objeto que no puedas conseguir? ¿Cómo vas a hacer otro trato con otro demonio si sólo tienes un alma para intercambiar?

-Eso es…

-Sólo digo.

-No digas nada -la reprendió Ulquiorra.

Llegaron a su oficina y Orihime se sorprendió nuevamente de lo grande que era. Todo estaba perfectamente ordenado, desde el librero al fondo, los bustos colocados en las columnas y las vitrinas a los lados con algunos pergaminos antiguos y un par de pinturas en la pared. El escritorio de madera de caoba estaba justo a la mitad, con su computadora, un bonsai y un par de libretas y bolígrafos.

-Tengo que bajar en un momento para inaugurar una exposición. No salgas de aquí y no abras la puerta si alguien toca, ¿entendiste?

-Sí, sí, no hay problema.

-Bien, te veré más tarde.

Ulquiorra cerró la puerta y se dirigió a la galería de arte para reunirse con su equipo de trabajo y el artista. Ese tipo de eventos solían durar toda la mañana, pero creía poder zafarse en un par de horas para volver con Orihime. No podía estar tranquilo sabiendo que había un demonio en su oficina y que si le decía una palabra a alguien más estaría arruinado. Para empezar, no sabía cómo justificar su existencia. Nadie se tragaría el cuento de que era sólo una amiga. Él no tenía amigos, para empezar, y una chica tan atractiva como ella no pasaba desapercibida. Tampoco podía decir que era su novia, eso era aún más imposible. ¿Una socia? ¿Una inversionista? ¿Una…dama de compañía? Negativo. Generaría muchas preguntas y mantener una mentira tan grande era una bomba de tiempo.

No, lo mejor era que no hablara con nadie.


Orihime se paseó por la oficina con aire aburrido. Miró cada uno de los ejemplares de su librero, ni siquiera uno de ellos llamaba su atención. Eran en su mayoría de historia, arqueología, arte y literatura de todo tipo. Ulquiorra era un hombre culto, eso era obvio, pero no entendía su obsesión con coleccionar cosas. ¿Por qué gastar tanto dinero humano en un objeto viejo? ¿Por qué negociar con su propia alma por una simple roca que le perteneció a alguien hace siglos? Y es que el trato estaba prácticamente cerrado, Orihime lo sabía bien. Le había dado los tres días como cortesía, pero no había nada qué pensar. Si aceptaba, le daría la roca a cambio de su alma, y si se rehusaba, se llevaría su alma sin darle nada a cambio. Era un idiota si no podía verlo con claridad.

Pero en fin, era su problema. Simplemente tenía que quedarse lo suficiente hasta que accediera a sus términos. Además, tenía que admitir que le gustaba. Ulquiorra tenía algo bastante atractivo, además de su apariencia. Era esa mirada retadora, esa falta de temeridad al hablar con ella. Estaba acostumbrada a cerrar tratos en cuestión de minutos, nunca nadie se había tomado tanto tiempo para decidir, mucho menos para cuestionar sus métodos. Pero eso le había servido para conocer un poco más de su vida, para variar, pues nunca se involucraba con humanos. Le parecían criaturas incluso más viles que los demonios.

Los golpes en la puerta la sacaron de sus cavilaciones.

-¿Ulquiorra? ¿Estás ahí? -llamó una suave voz del otro lado.

Era una mujer. Orihime se acercó a la puerta y lo pensó un momento antes de abrir. Ulquiorra le había dicho que no abriera y no hablara con nadie, pero no tenía por qué hacerle caso. Ella no recibía órdenes de nadie.

Abrió la puerta y se encontró con una joven hermosa de cabello verde turquesa, largo y ondulado hasta media espalda. Tenía ojos color oliva y un curioso estigma que le cruzaba la nariz de lado a lado. Estaba usando un traje sastre color rojo, la falda de lápiz se pegaba a sus muslos y el saco mostraba el escote de la blusa blanca. Llevaba unos papeles en la mano y se sorprendió al ver que no era Ulquiorra.

-Eh…¿Ulquiorra está aquí? No sabía que tenía visitas. No eres su asistente, ¿o sí?

Orihime negó con la cabeza y se hizo a un lado para dejarla pasar.

-Bien. ¿En dónde está?

-Mencionó algo de una exposición -dijo Orihime.

La joven de cabello verde miró su reloj y asintió.

-Cierto, cierto. La exposición de hoy. Tan puntual como siempre.

-¿Quieres sentarte?

-Sí, creo que puedo esperarlo. Soy Nelliel, por cierto.

-Orihime.

Se estrecharon las manos y sonrieron al mismo tiempo.

-¿Trabajas aquí?

-Sí, soy la encargada de finanzas. La parte aburrida del museo -dijo Nelliel.

-¿En serio? No puede ser tan aburrido como lo que hacen los coleccionistas, ¿o sí?

-Oh sí, eso ni lo dudes. Los de finanzas somos burócratas. No hay nada peor que eso.

-Pobrecilla.

Nelliel sonrió con un poco de incomodidad.

-Y…¿quién eres tú? ¿Amiga de Ulquiorra?

-Mmm, supongo que podrías verlo de esa forma -respondió Orihime ensanchando su sonrisa-. Ulquiorra y yo tenemos un negocio pendiente.

-¿Qué clase de negocio?

-Le estoy ofreciendo la oportunidad de conseguir un objeto que ha querido desde hace mucho tiempo.

Nelliel abrió la boca con sorpresa.

-No me digas que hablas del Hogyoku.

-¿Mmm? Sí, creo que sí. Me parece que eso es, la roca.

-Oh, es más que una roca, te lo aseguro -exclamó Nelliel con emoción en la voz-. Está obsesionado con encontrarla, y sé que no descansará hasta que lo haga.

-¿Tú crees?

-¡Seguro que sí! ¿Y tú la tienes? ¿Cómo la conseguiste?

-Todavía no, pero sólo es cuestión de que Ulquiorra me la pida.

-¿Cuál es su precio?

-Excesivo, según él.

Nelliel soltó una carcajada y a Orihime le pareció divertida su reacción.

-Sí, suena como algo que Ulquiorra diría. Pero no te preocupes, pagará lo que sea necesario para conseguirla. Siempre lo hace. Es un esclavo de sus obsesiones.

-Oh, eso ya lo sé, querida. La verdad es que no tiene opción -apuntó Orihime.

Nelliel y ella se rieron juntas. Orihime pensó que nunca antes había tenido una conversación así con una humana. Nelliel era divertida y era fácil hablar con ella, y dejando de lado la charla sobre el Hogyoku, parecía conocer muy bien a Ulquiorra.


La ceremonia de inauguración se extendió un poco más de lo que había previsto. Las formalidades que había en esa clase de eventos no solían molestarlo, pero aquella mañana se sentía ligeramente irritado y no podía esperar para volver a su oficina. Champaña, conversaciones sobre técnicas de pintura, inversionistas y movimientos artísticos actuales, todo tan repetitivo como siempre. Y cuando por fin terminó de hablar con todas las personas importantes que habían asistido, se excusó diciendo que tenía un asunto pendiente y se retiró a su oficina.

El corazón se le bajó al estómago al escuchar risas estridentes al otro lado de la puerta. Orihime estaba con alguien, y había hecho justo lo que le había dicho que no hiciera.

La abrió de golpe y se encontró con Orihime y Nelliel riéndose como si no hubiera un mañana, con lagrimitas en los ojos y recargadas en las sillas casi a punto de caerse. Su rostro se puso incluso más pálido. Nelliel fue la primera en reaccionar y tomó una profunda inhalación para calmarse.

-Ulquiorra, aquí estás por fin.

-Nelliel.

-Estaba hablando con tu amiga Orihime. Es en verdad muy divertida.

Ulquiorra fulminó con la mirada a Orihime, que estaba completamente sonrojada de tanto reír, pero hizo un esfuerzo por ponerse seria.

-Eso veo -dijo Ulquiorra sin dejar de verla.

-Me estaba contando del pequeño negocio que tienen. Si quieres mi consejo, no te lo pienses tanto. Oportunidades así sólo llegan una vez en la vida.

Ulquiorra empuñó las manos inconscientemente. ¿Qué tanto le había contado? ¿Le había revelado que era un demonio? ¿Le había dicho del trato a cambio de su alma? Sintió su sangre hervir.

Nelliel al parecer notó el aura oscura que lo rodeaba. Carraspeó un par de veces y le dejó los papeles sobre el escritorio.

-En fin, tengo que irme. Te dejo las facturas para que las firmes. Gusto en conocerte, Orihime.

-¡Nos vemos! -se despidió Orihime con una sonrisa.

Ulquiorra cerró la puerta y se giró molesto.

-¿Y a ti qué demonios te pasa? Te pedí que no abrieras la puerta y no hablaras con nadie.

-Ay, tranquilo, sólo estábamos charlando un rato. Estaba muy aburrida y pensé que un poco de compañía no estaría mal.

Ulquiorra la tomó del brazo con fuerza y la levantó.

-Si vuelves a desobedecerme…

Orihime se zafó de su agarre y lo empujó contra el librero. Ulquiorra se sorprendió de la fuerza que había empleado y no tuvo tiempo de reaccionar porque se vio acorralado contra los ejemplares. Orihime puso una mano al lado de su cabeza y se inclinó hacia su rostro, tan cerca que podía ver sus ojos brillando con ese mismo color rojo que había visto en el auto la noche anterior.

-Tú no eres nadie para darme órdenes, Ulquiorra Cifer. Mucho menos para amenazarme. Estoy siendo muy permisiva contigo porque me agradas, pero mi paciencia tiene un límite. No cruces ese límite, por tu propio bien.

Orihime le pasó el pulgar por los labios, como si deseara hacer más que eso, o como si tratara de dejarle claro que sólo ese gesto bastaba para someterlo. Ulquiorra le sostuvo la mirada pero no se atrevió a responder. Sentía cada poro de su piel supurando miedo puro. Ahora lo entendía. No le convenía hacer enojar a Orihime. Podía tener esa apariencia dulce, pero su verdadero yo distaba mucho de ello. Era un demonio, uno que no dudaría en acabar con él a la menor provocación.

Orihime compuso una sonrisa y le acomodó el nudo de la corbata.

-Ahora, ¿en qué estábamos? ¿Cerramos ese trato?

Ulquiorra se acomodó el saco y salió de la oficina dando un portazo. Cruzó el museo dando largas zancadas hasta el estacionamiento y subió a su auto. Le puso el seguro, pero sabía que no serviría de nada.

-No me gusta que me dejen hablando sola.

Ahí estaba de nuevo sentada en el asiento del copiloto. Ni siquiera lo miraba, tenía los brazos cruzados.

-Te lo preguntaré una vez más. ¿Cerramos el trato?

-¿Qué pasará conmigo? -preguntó Ulquiorra.

-¿Qué?

-Cuando cerremos el trato. ¿Voy a morir?

Orihime sonrió dulcemente y le acarició la mejilla.

-Por supuesto que sí, ustedes los humanos son criaturas tan frágiles. Pero no quiere decir que morirás en ese mismo momento. Aunque soy un demonio y podría hacerlo, no debo interferir con la vida de los humanos. Tengo que esperar hasta que llegue el momento de tu muerte, y entonces podré llevarme tu alma. Podrían pasar años, décadas incluso.

-¿Y el Hogyoku?

-Lo tendrás en tus manos.

Ulquiorra asintió y encendió el auto. Condujo en silencio de regreso a su casa. Orihime lo veía cada tanto, pero tampoco le dijo nada. Parecía estar dándole su espacio y el tiempo que necesitaba para pensar bien las cosas. Lo tenía justo donde quería, así que no tenía por qué presionarlo más.

Al llegar a la mansión, Ulquiorra se dejó caer en uno de los sillones, con la cabeza recargada hacia atrás y la mirada fija en el techo. Orihime se sentó a su lado. Se había cambiado nuevamente de ropa. Esta vez traía un vestido strapless de lentejuelas color dorado, a juego con su maquillaje y sus tacones. Su cabello iba recogido en un moño alto, con algunos mechones sueltos enmarcando su rostro.

Recargó la cabeza en el hombro de Ulquiorra y acarició su pecho suavemente, como tratando de ahuyentar todas sus dudas.

A Ulquiorra le daba vueltas la cabeza. Sentía que estaba sumido en un mar de emociones y que no podía pensar con claridad. Estaba a punto de cerrar un trato con un demonio, una criatura que hasta apenas el día anterior no estaba seguro de que existía. Y todo por un objeto invaluable que deseaba más que nada en el mundo. Se sintió prisionero de sus deseos, pero era su naturaleza y no podía escapar de ella.

Se enderezó y miró fijamente a Orihime, quien le ofreció una sonrisa tranquilizadora.

-¿Y bien?

-De acuerdo, quiero el Hogyoku a cambio de mi alma.

-Sabía que tomarías una buena decisión.

-No tenía muchas opciones.

Orihime soltó una risita.

-No, creo que no.

-¿Qué pasará contigo?

-Tendré que marcharme después de darte lo que quieres. Es una lástima, pues me gustó mucho pasar tiempo contigo -confesó Orihime.

Ulquiorra pensó que a él también, a pesar de todo, pero no lo iba a admitir en voz alta.

-¿Y después?

-Volveremos a vernos eventualmente. El día de tu muerte ahí estaré para llevarme lo que me pertenece.

Orihime lo hacía sonar tan casual y sencillo, pero a Ulquiorra le dio un escalofrío. Además, la joven decidió omitir que, una vez que se llevara su alma al infierno, se convertiría en un demonio.

-Bien. ¿Cómo cerramos el trato? -preguntó Ulquiorra.

-Cierra los ojos.

Ulquiorra pasó saliva pero obedeció. Sintió las manos de Orihime sobre sus mejillas y poco después sus cálidos labios sobre los suyos, moviéndose lentamente a un ritmo constante. Cuando se separó pudo ver su rostro una vez más. Ese rostro sonriente y angelical que contradecía su propia existencia.

Después, todo se puso negro.


Ulquiorra abrió los ojos y se encontró en su cama. Estaba completamente vestido con la ropa de ese día, pero ya era de noche y las luces de toda la mansión estaban apagadas. Se enderezó y se talló los ojos para terminar de despertar. El reloj del buró marcaba las ocho de la noche. Encendió la lámpara y vio que estaba solo. Entonces bajó a la cocina y a la sala, pero no había rastro de Orihime. Se había esfumado tan rápido como había llegado a su vida.

Caminó al salón principal y sus ojos recorrieron lentamente los artefactos de las vitrinas. Fue ahí cuando finalmente lo vio.

Justo en medio de los pergaminos y un par de katanas, una piedra reposaba sobre un colchoncito rojo de terciopelo. Era un poco más grande que una uva, pero brillaba como si estuviera conteniendo al sol mismo. Era el Hogyoku.


Epílogo

Nelliel se estacionó a unos metros del cruce de caminos. Era una noche oscura y fría, por lo que tuvo que ponerse su chaqueta al bajar del auto. Llevaba la cajita de madera bajo el brazo y revisó su contenido antes de arrodillarse justo en la bifurcación. Ahí estaba su fotografía, las ramitas de salvia, el opio, la tierra del cementerio y la moneda del pentecostés* que le había regalado Orihime.

Suspiró y se puso a cavar, pensando que no tenía nada que perder además de unas cuantas horas de su vida. Era casi medianoche y tenía que darse prisa, pues aun si todo aquello no funcionaba, no quería volver tan tarde a su casa y exponerse a toda clase de peligros.

Terminó de enterrar la caja y se puso de pie mirando a todos lados, a la espera de algo. No sabía qué iba a encontrar, y fuera lo que fuera no se sentía preparada. La noche era silenciosa, tal vez demasiado. ¿Cuánto tiempo tenía que estar ahí? Orihime no lo había especificado. ¿Minutos, horas? Miró su reloj de mano y vio que apenas habían pasado unos minutos después de la medianoche, aunque le había parecido más que eso.

Escuchó un susurro a su espalda y se giró asustada. Frente a ella había un hombre alto y musculoso, pero de complexión delgada. Su cabello era azul celeste, peinado hacia atrás y con algunos mechones rebeldes que caían sobre su frente, su mirada era electrizante. Estaba usando un pantalón rasgado de color negro, y llevaba su torso al desnudo, donde exhibía algunos tatuajes de símbolos extraños. De su cabeza salían un par de cuernos negros con puntas azules, y a su espalda se extendían las alas carnosas también de color negro. Cuando sus ojos se fijaron en los de ella, Nelliel contuvo la respiración de golpe.

El hombre la vio de pies a cabeza y avanzó hacia ella ensanchando su sonrisa felina.

-¿Qué tal, preciosa? ¿En qué puedo ayudarte? -preguntó con voz ronca y seductora-. Mi nombre es Grimmjow.

FIN

N/A: Yo sé que la trama queda lista para la continuación con Grimmy y Nell XD pero por ahora esto es todo, tal vez algún día decida agregar un capítulo más.

*La moneda de pentecostés es un objeto único y por eso Orihime se lo dio a Nelliel, para ayudarla a invocar a un demonio de cruce de caminos.