Capítulo II
Humillación
¿La pelea había terminado?
Eso no era posible, pensó. Si Mewtwo había sido derrotado, su contrincante de inmediato se hubiese lanzado contra ella y el resto de los agentes, mas hasta ese momento no había recibido ningún comunicado de tal categoría por su intercomunicador. Eso podría dar a pensar que el psíquico era el triunfador, no obstante, hubiese sucedido lo mismo en su caso.
Entonces, ¿Dónde estaban? Rápidamente corrió para ponerse bajo resguardo tras un bunker y buscó en el estuche de su cintura un par de anteojos de visión nocturna que sin duda, le permitirían entender qué estaba sucediendo. Al alzar la vista otra vez, como una aparición fugaz, pudo distinguir la batalla aún en desarrollo, pero bastante alejada de la isla, lo que explicaba entonces la ausencia de temblores y escombros caídos. Seguramente quien manejaba al androide, comprendiendo el peligro de un derrumbe producto de la violencia de la confrontación, había forzado a Mewtwo a pelear sobre el mar.
La joven se aproximó con cuidado, embobada por la velocidad y la brutalidad de la batalla. Y es que, a pesar de todo, jamás había visto a Mewtwo en acción desde tan cerca, lo que le hacía comprender por fin, porqué todos parecían idolatrarlo tanto. Sin lugar a dudas, era el pokémon más fuerte del mundo.
Pero en ese momento recordó su misión y de inmediato llamó al comandante Herrera para informarle lo sucedido. Una vez terminada la comunicación, otra vez se quedó observando la pelea sin poder quitarle los ojos de encima.
El androide dio un golpe más en el brazo del pokémon y éste se lo regresó de inmediato; sin embargo, a pesar de la lejanía, Jennifer pudo darse cuenta de que los movimientos del pokémon lentamente se iban apagando y, recordando lo dicho por el comandante Gildenberger, se percató de que la máquina estaba logrando su objetivo: cansar a Mewtwo.
Si eso llegaba a suceder, entonces sería el fin de la misión y del propio pokémon. Y lo peor de todo en ese convulsionado escenario, era el hecho de que solo ella estaba disponible para hacer algo, ya que todos los demás agentes se encontraban luchando en ese preciso momento.
¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo? Se llevó las manos a la cabeza tratando de pensar en la situación en la que se encontraba. Si lograba efectuar alguna acción beneficiosa para el psíquico, no solo él terminaría a salvo, sino también ella recibiría una serie de agradecimientos y, por qué no, condecoraciones directas del mismísimo Giovanni. Ella, una joven cadete recién ingresada al Equipo Rocket, que se había destacado de todas las formas por sobre sus compañeros y que había recibido el honor de poder participar en aquella misión, podría ser ascendida en un tiempo récord, como nunca antes se había visto en la organización.
Esa perspectiva le hizo pensar en todo lo que obtendría si lograba ayudar a Mewtwo, así que, oculta tras el bunker, comenzó a trazar un plan, repasando primero sus armas antes de enfrentar cualquier ataque.
Poseía en sus manos una Colt M4 calibre 22, con la cual podría hacer un conveniente sistema de ventilación en el cráneo de cualquiera.
—Pero no puedo acertarle si no se queda quieto. Si solo Mewtwo pudiera mantenerlo unos segundos en tierra...— Unas pequeñas cuchillas que sólo ayudarían a la hora de tener una víctima de carne y hueso, y dardos venenosos, tan inútiles como las antes mencionadas. No obstante, también contaba con un arma en la cual sí podía confiar ciegamente y que, de seguro, le abriría las puertas al triunfo: la bomba, la granada, la única que le daría la oportunidad de no solo hacer pedazos al androide, sino de hacer cenizas su cuerpo e incluso más. Porque si no lo usaba con cuidado, la explosión sería capaz de matar al mismo Mewtwo o, peor aún, a ella misma y, por supuesto, no estaba dispuesta al suicidio teniendo tales sueños de grandeza.
Hace un tiempo, conociendo las armas que usaría, uno de los comandantes les señaló la granada, a la cual habían llamado en tono de broma "La parodia", debido a que Mewtwo, cuando se enteró de la creación de la misma, consideró que era tan solo una burla a sus poderes y que en realidad nada ni nadie podía compararse con ellos. Sin embargo, aquel comandante les dijo a ella y a sus compañeros, que La parodia poseía un poder destructivo prácticamente idéntico al del pokémon y que eso la posicionaba como el arma más poderosa de todas.
—Es decir− se dijo la joven. —Esta bomba equivale al ataque con el que Mewtwo pretendió destruir al androide hace un rato, solo que sin energía psíquica. Y si me baso en lo que dijo el comandante Gildenberger, con este ataque sí podré destruirlo, porque él no es inmune a las explosiones no psíquicas.
Pero no podía lanzarla así como así, no podía ser tan idiota como para desperdiciar el mejor y único ataque que tenía, por lo que debía pensar en la forma de lograr mantener quieto y a su merced al androide. Se asomó entonces y lo observó, notando que en realidad no se encontraban tan lejos de tierra. Si conseguía darle un tiro en la cabeza y noquearlo por un rato, o al menos lograr que Mewtwo hiciera ese trabajo, fácilmente podría acercarse y atacarlo con La parodia.
—Así que volarle los tornillos de un balazo es la mejor opción—susurró y luego trató de enfocar su vista en el pokémon. —¿Pero cómo hago para que Mewtwo lo mantenga quieto para disparar? ¿Qué hago?
Entonces recordó lo que había dicho el comandante en el helicóptero: "Esa máquina es controlada desde adentro, estoy seguro".
Si eso era correcto, tras esa sección rectangular de la cabeza del androide, existía una suerte de cámara, o al menos un sensor para que, adentro, en la seguridad del complejo de la isla, alguien pudiese manejar todos los movimientos del atacante. De ser así, entonces se encontraba concentrado en acabar con Mewtwo, confiado en que ningún agente sería lo suficientemente estúpido como para correr el riesgo de ser su compañero de batalla; ya que se suponía, el pokémon era la fuerza de ataque y lo que él era incapaz de hacer, era imposible para los demás. Por lo tanto, basada en esa lógica, Jennifer sabía que nadie la esperaría y que para darle la ventaja a Mewtwo, solo necesitaba unos segundos.
—Una distracción—se dijo. Se incorporó un poco y comenzó a mirar hacia arriba, en busca de cámaras de seguridad, aunque a decir verdad, estaba segura de que nadie estaba preocupado en vigilarlas. De seguro la mayoría de los agentes de la isla estaba ocupado en enfrentar a los del Equipo Rocket, mientras que los demás le brindarían apoyo al que manejaba en androide, con tal de que la derrota del pokémon fuese una realidad. Pero aun así, se negó a bajar la guardia y avanzó con sumo cuidado entre las construcciones, con tal de llegar a un punto estratégico y poder efectuar su plan.
Necesitaba tan solo unos segundos para distraer al androide o confundir a quien lo contralaba, para de esa forma, obligarlo a mantenerse quieto el tiempo suficiente para apuntar y disparar. Parecía sencillo, sí, demasiado sencillo en la opinión de la propia Jennifer, pero sabía bien que detestaba los planes complicados sabiendo de la existencia de soluciones más simples de idear y realizar. Y aquel no era la excepción.
Entonces cerró los ojos y tomó una pokébola de su cinturón, para luego mirar con decisión al lugar en donde se desarrollaba la batalla.
—Es hora—dijo y la lanzó al aire, emergiendo un haz de luz roja que se materializó pronto en un enorme charizard, quien apenas viéndose libre, expelió fuego de sus fauces con tal fuerza, que Jennifer no pudo sonreír al ver la distracción que necesitaba convirtiéndose en una realidad. Notó de inmediato que ambos luchadores hicieron una pequeña pausa para observar al recién llegado, quien rugió con más ahínco.
Entonces la joven, aprovechando los valiosos segundos que tenía a su favor, se asomó desde atrás de un bunker y tras haber apuntado su blanco al centro de la cabeza del androide, sonrió con arrogancia al tan sólo imaginar las recompensas que recibiría a partir de ese momento.
—Eres mío—susurró al momento de disparar, mientras la máquina y el pokémon aún tenían su atención sobre el charizard, el que se disponía a ser partícipe de la confrontación.
Los segundos pasaron uno tras otro con tal lentitud, que cada movimiento, cada expresión, cada chispa emanada de la llama de la cola del pokémon de fuego podía verse con tal detalle, que parecía la representación de las miles de estrellas y mundos desperdigados en el cosmos. Jennifer aún sonreía cuando vio que Mewtwo giraba la cabeza hacia ella, completamente ignorante de su presencia, mas esa sonrisa se borró a tal velocidad, que el tiempo volvió a transcurrir con normalidad cuando vio que el androide, sin siquiera voltearse, daba un paso hacia atrás y esquivaba la bala con tal gracia, que la mejor bailarina de ballet podría retorcerse de envidia. Mientras tanto, Mewtwo tuvo que hacer un gran esfuerzo para lograr tal cometido, ya que la rapidez de la situación, luego de la distracción que había representado el lagarto de fuego, lo habían tomado por sorpresa.
—No puede ser—dijo la joven mientras un nudo se le hacía en la garganta. No solo había fallado el tiro, sino que había quedado al descubierto frente al enemigo, quien, ahora sí giró su cabeza hacia ella y se lanzó al ataque.
La chica de cabellos de trigo rápidamente pretendió huir hacia el helicóptero, para al menos conseguir a unos cuantos agentes de apoyo, mas la rapidez del adversario metálico fue tal, que no alcanzó a dar un par de pasos cuando lo tuvo encima. De no haber sido por la intromisión del charizard, Jennifer hubiese terminado pulverizada bajo el puño implacable del acero. El pokémon logró anteponer su cuerpo al de la humana, recibiendo el golpe en pleno costado. El sonido de las costillas rompiéndose, en conjunto con una serie de órganos fue como una avalancha para la chica, quien vio como la sangre de la enorme criatura salía a borbotones desde sus fauces, para terminar en su propio pecho y rostro, segundos antes de que el cuerpo del maltrecho pokémon terminara casi aplastando sus pies.
—No...— susurró con horror, pensando en la inminente muerte del charizard y en la propia, la que se materializaba en este androide de metal oscuro que ahora la observaba mediante su único ojo rectangular.
Entonces, como un enviado del cielo, la muchacha vio como desde la lejanía, Mewtwo se acercaba volando a toda velocidad, provocando un dulce alivio en el alma de la joven. Imaginó que el pokémon tenía algo de honor, aun a pesar de su frío y cruel exterior, y que estaba dispuesto a protegerla. Después de todo, ella había pretendido ayudarlo. Sin embargo, cuando estuvo a un par de metros de distancia, la máquina se volteó y trató de contraatacar el inminente golpe, mas el psíquico desapareció en el aire y se materializó a un costado de la situación, propinándole un puñetazo de tal magnitud, que salió volando hasta encontrarse con el concreto de uno de las tantas edificaciones del lugar.
Jennifer alzó la vista y miró al casco el pokémon, sonriéndole a duras penas para agradecerle el haberle salvado la vida. No obstante y fuera de cualquier perspectiva que hubiese tenido la humana, Mewtwo la tomó de su chaqueta, en una zona demasiado cerca de su garganta y luego la arrimó con toda violencia a la pared más cercana, separando sus pies casi un metro del suelo.
—Q-qué estás...—decía la joven llevando ambas manos hacia la del pokémon, quien sostenía con demasiada fuerza su frágil cuerpo. Sentía que se quedaba sin respiración y pronto el miedo emergió desde el fondo de su ser, impregnándola por completo. Abrió los ojos con terror, con la mirada fija en la negrura del casco de pokémon. Pero agradeciendo no poder ver directamente los irises de aquella criatura. Temía no poder resistir la mirada de un asesino implacable como lo era Mewtwo.
—¡¿Quién mierda te dijo que podías meterte en mi batalla?!— rugió el psíquico, aterrorizando más a la pobre humana, cuyas piernas se movían descontroladamente mientras, en vano, intentaba alcanzar algún punto de apoyo. Sus dedos, inútilmente, intentaban enterrarse en la armadura del que, tarde o temprano, se convertiría en su verdugo.
La joven trató de mirar en busca del androide, rogando por la continuación de la batalla y el fin de su padecimiento, mas parecía que la furia del pokémon se había materializado a tal grado, que lo había dejado parcialmente inconsciente, si es que eso era posible en un ser robotizado como lo era él.
—P-por favor—susurró la joven, sintiendo la pesada mano de Mewtwo demasiado cerca de su garganta. Si sus dedos lograban cerrarse allí, sería el fin de su historia. Y al parecer, eso era precisamente lo que pretendía el pokémon. —P-por f-fa-favor. Yo sólo...yo sólo quería a-a-ayu...
—¡Cierra la boca!— le gritó el atacante, moviéndola como si se tratase de una muñeca de trapo. La golpeó con tal fuerza contra la pared, que Jennifer creyó escuchar sus propios huesos hacerse pedazos.
La joven no pudo soportarlo y lloró, presa del pánico, de las terribles historias que existían sobre el pokémon, sobre sus sueños destruyéndose uno a uno en ese lugar, sin que ningún agente lo supiera, sin que el comandante Herrera pudiera poner fin a su dolor. ¿Realmente sería allí? ¿En esta desolada isla, separada por miles de kilómetros de cualquier lugar habitado? ¿Lejos de todo y de todos? ¿Allí sería el final de su existencia? Cerró los ojos a espera de aquel desenlace, mas para su sorpresa, sintió que el agarre del psíquico se hacía más suave; así que, presa de la curiosidad, decidió verlo una vez más. Notó que él miraba su cuerpo, el sector de sus caderas; y tras sostenerla unos segundos más, con su mano libre tomó el estuche que traía la joven y lo arrancó de ella con todo brusquedad.
—Por fin algo útil—dijo sosteniéndolo, para luego dejar caer a la humana sin ninguna consideración. Mas, cuando ya se alejaba en dirección a su contrincante, quien en ese momento se recuperaba del último golpe, se volteó hacia la maltrecha muchacha y se la quedó observando por un tiempo que, para ella, fue demasiado largo—Agradece que solo te haya roto las costillas y no te haya sacado el corazón de un puñetazo, humana— se volteó—Diviértete tratando de desencajarte las costillas de los pulmones—Y se alejó para continuar con la batalla, dejando a la joven en el olvido, como si no se tratase de nada más que una miserable bola de papel. Ella solo se lo quedó viendo, con la respiración entrecortada y el miedo latiendo deprisa en su pecho.
Todo apuntaba a que sus sueños de grandeza habían terminado antes de empezar.
En tanto el pokémon caminó raudo hacia donde se incorporaba su contrincante, sorprendido de sí mismo de haber logrado asestarle un golpe de tales proporciones. ¿Por qué no lo había hecho antes?, se preguntó, y supuso que la respuesta se encontraba en la ira ciega que sintió cuando la muchacha pretendió ser más fuerte que él, al punto de creer que había logrado entrar en batalla y ganar. No, no podía ser burlado dos veces en el mismo día. Primero, por una máquina y luego por una humana, la que ni siquiera era un agente oficial, sino una simple cadete. Ambos eran portadores de humillación y si realmente se consideraba el pokémon más poderoso del mundo, no podía ser vencido por ninguno de ellos.
A la chica no podía matarla, aunque ardía en deseos de hacerlo. Tan solo porque, en teoría, debían trabajar juntos como equipo, muy a pesar del conocimiento de que era él quien hacia la mayor parte del trabajo. Empero, al androide podía hacerlo mil pedazos y disfrutar con ello. Luego se encargaría de acabar con todos los humanos agentes de la isla por haber pretendido desafiarlo.
Suspiró con hastío. Esa era una de las mil razones por la que detestaba a los humanos. Ese afán de buscar la manera de cubrir sus defectos e incapacidades y vanagloriarse por ello, como si de verdad fuesen dignos del lugar que ocupaban en el orden mundial.
No, los humanos no lo merecían, eran demasiado hipócritas con su propia naturaleza como para tener una autoestima más alta. No, lo que debía mandar en el mundo, y el pokémon lo sabía, era el poder. Y él lo tenía. El poder más grande de todo el planeta estaba bajo su control.
Entonces, otra vez la pregunta se hizo presente, angustiándolo tras una respuesta que conocía y que le avergonzaba confesar.
"¿Por qué estás obedeciendo?"
"Porque no puedo hacer nada más."
"Entonces significa que hay un poder más grande que el tuyo y que en el fondo, no eres muy diferente a ellos."
El pokémon se detuvo en seco, cerró los ojos y apretó los dientes, enojado consigo mismo y con la situación en la que se encontraba, mas pasados unos cuantos segundos, sacudió la cabeza y volvió al ruedo. No podía desconcentrarse, no en ese momento. Debía acabar con su adversario y desquitar su frustración con él a como diera lugar.
Lo miró incorporándose y preparándose para la continuación de la batalla, mientras el odio crecía en su pecho a raíz de la serie de pensamientos que estaba teniendo en ese momento. La humillación, la burla, la realidad de que, a pesar de toda su fuerza, no poseía el poder mayor.
"Soy el pokémon más fuerte del mundo."
"Pero no el ser más poderoso"
Apretó con fuerza el bolso que le había arrebatado a la joven, pero pronto reparó en que necesitaba lo que se encontraba en su interior, así que optó por relajarse. Era un pokémon psíquico, no podía perder el control de sí mismo y hallarse tan disperso mentalmente en un momento como ese. Después de todo, sus poderes eran reflejo de su estado emocional y mental.
—¿Por qué no acabamos con esto?— le dijo a su adversario. —Ya no estoy de humor para continuar, lo siento. He tenido un pésimo día, me han humillado demasiado. Y lo más desagradable de toda esta situación, es que la última de las humillaciones vendrá de mi propia mano. Cualquiera podría pensar que no poseo autoestima.
El androide optó por una posición de ataque, en contraste con la pose relajada y despreocupada que tenía su oponente. Tal parecía, para los ojos de quien manejaba al robot, el pokémon había perdido todo deseo de pelear y estaba tirando la toalla. Lo habían sobreestimado por última vez.
La máquina se inclinó para propinar uno de sus mejores golpes, el definitivo que se llevaría la vida de Mewtwo, mas éste, rápidamente abrió el bolso de la joven y sacó algo que, a causa del tamaño de su mano, no podía distinguirse con claridad. El androide se adelantó con su puño en alto, directo al pecho de su oponente, como había pretendido hacer con el charizard hacía unos minutos, solo que en esa ocasión no admitiría fallas.
—Despídete—sonrió el agente frente a la pantalla, mientas controlaba magistralmente la creación que derrotaría al arma principal del Equipo Rocket.
Sin embargo, igual que antes, Mewtwo desapareció en el aire y se materializó a la derecha del atacante. Pero el androide, ya en conocimiento de los movimientos del pokémon, se giró en esa dirección, para sorprenderlo y atraparlo contra la pared. El psíquico, con el brazo aprisionado en el concreto, trató de zafarse, mas el androide logró lo impensable: cerró su mano, ahora convertida en una fría garra, en la garganta descubierta de Mewtwo. Éste se estremeció, anonadado por la velocidad de su contrincante y más lo hizo cuando, con un movimiento casi elegante, el casco que cubría su rostro salió volando a metros de distancia. Quedaron frente a frente, los ojos violáceos del pokémon, contra la fría sección rectangular que correspondía a la visión del atacante.
—Eres mucho más humano de que cualquiera pudiera pensar—dijo con una sonrisa torcida. —Tienes un conveniente gusto por el sadismo, ¿eh? ¿Tienes deseos de ver mis sesos volando cuando termines por estrangularme?—Y dicho esto, como si el pokémon diera las órdenes, el androide apretó más su garganta, impidiéndole la respiración. Mewtwo sintió que su corazón latía con cada vez más fuerza, mientras que sus pulmones comenzaban a sentir la desesperación ante la necesidad de aire. —¿Qué tal si vemos los tuyos?—dijo con un hilillo de voz psíquica, consciente de que su enemigo no podía escucharlo de ningún modo y que durante todo este tiempo se encontraba hablando solo. —Mejor terminemos con esto, me aburrí de los juegos.
Entonces, con cuidado llevó las manos al pecho de la máquina y allí reveló lo que había estado ocultando: la parodia. El pokémon conocía con precisión todas las armas que los humanos cargaban, por lo que apenas la vio en las caderas de la humana, supo cómo terminar la confrontación. La metió con algo de violencia en el corte que había hecho al principio de su batalla, cuando se dio cuenta de que sus ataques psíquicos eran inútiles. La granada y el corte estaban hecho el uno para el otro, porque apenas quitó el gancho de seguridad, el androide se alejó con el propósito de removerla, lo que le resultó completamente imposible. Mewtwo lo observó por un segundo, antes de desaparecer en el acto y ver, a una distancia segura, como todo el cuerpo de quien lo enfrentó se hacía mil pedazos, junto a parte del edificio que se encontraba más próximo y propiciando el nacimiento de un nuevo cráter en el concreto de la isla.
El pokémon finalmente había vencido, mas el sabor a derrota estaba muy lejos de querer desaparecer de su lengua. Había tenido que recurrir a un arma humana para ganar, algo que para él era una absoluta vergüenza. Se prometió jamás mencionarlo, pero al mismo tiempo, juró tomarlo como una lección, una más de ese tormentoso día.
Miró hacia arriba y vio cómo las estrellas comenzaban a iluminar el cielo. Sintió la brisa acariciando su rostro descubierto y se relajó escuchando el sonido lejano de las olas golpeando el borde de la isla. No se sentía para nada bien. La serie de pensamientos que habían estado desfilando en su cabeza desde ya hace unos cuantos días, aparecieron en los momentos más inoportunos y eso lo enfurecía aún más.
—Hoy no pude caer más bajo—susurró y luego miró a la chica, quien seguía en el mismo lugar en donde la había dejado, aunque aun manteniendo su mirada asesina sobre él. Debía admitirlo, la muchacha era persistente.
En ese momento, sacándolo de sus pensamientos, escuchó una serie de explosiones, disparos y lo que parecían ser ataques pokémon, lo que le recordó que durante todo el tiempo en el que él sostenía su batalla con el androide, el resto de los agentes seguía en confrontación con las fuerzas militares de la isla. Así que sin retrasarlo por más tiempo, alzó vuelo y se lanzó a toda velocidad hacia las entrañas subterráneas del lugar.
Jennifer pudo escuchar gritos y más explosiones antes de ser testigo de tan solo el ruido de las olas rompiendo contra la orilla. Se sintió aterrorizada y al mismo tiempo, afortunada. Mewtwo, teniendo el poder de acabar con casi un ejército en cuestión de segundos, le había perdonado la vida después de todo y eso era algo que provocaba un incesante temblor en su cuerpo.
...
...
Los comandantes Gildenberger y Herrera, acompañados de unos cuantos agentes y del mismo Mewtwo, salieron al rato a la superficie, satisfechos con el término de esa tan difícil misión. El primero, con una sonrisa triunfal, regresó a su alakazam a su pokebola y luego miró a su contraparte, quien guiaba sus pasos en dirección contraria al lugar en donde se encontraba el helicóptero.
—¿A dónde vas?—preguntó como quien habla a un niño que ha hecho una travesura.
—Patton también es parte de la misión—contestó el hombre sin voltear. —Por si no lo has notado, no se encuentra en el helicóptero.
—Tal vez se murió— dijo Gildenberger como si la situación careciera de importancia mientras caminaba con las manos en los bolsillos.
—Pues si es así, debo confirmarlo para detallarlo en mi informe. Sabes bien que debemos conocer el paradero de todos los agentes, en especial si aún son cadetes— y sin más prosiguió con su camino, pero su interlocutor se detuvo y luego de unos segundos volvió a hablar.
—Siempre tan correcto en todo lo que haces, ¿no César?— El aludido entonces disminuyó su velocidad y se volteó para que Gildenberger viera la mitad de su rostro.
—Solo actúo como debe actuar un comandante— dijo y se alejó, haciendo caso omiso al tono de entrenador del alakazam, quien lo observó hasta verlo desaparecer entre unos escombros.
—Sabes bien por qué lo digo— murmuró y prosiguió hacia el helicóptero, ya bastante cansado, pero satisfecho del resultado de la operación.
...
...
...
Herrera se internó en el lugar en donde se había desarrollado la batalla de Mewtwo con el androide, siendo testigo de la magnitud de la confrontación. Los escombros y paredes destruidas, la infinidad de cráteres y fierros retorcidos. Parecía el escenario de una cruenta guerra, protagonizada por dos integrantes.
El pokémon lo había seguido, todavía algo turbado por los últimos pensamientos, mas lo único que lo obligaba a estar allí era el casco que había quedado en el lugar. Esperaba no verlo destruido.
—¿Patton?— dijo Herrera intranquilo, buscando entre los escombros mientras el pokémon se alejaba en otra dirección.
—¿C-comandante Herrera?—dijo la débil voz femenina que de inmediato reconoció como la de Jennifer. Avanzó más y la encontró apoyada en una pared, con el rostro angustiado, sabiendo sin verlo, que la joven se hallaba herida.
—Patton—le susurró al agacharse junto a ella. La muchacha sonrió con dulzura, pero rápidamente giró sus ojos hacia el charizard que aun estaba a escasos metros de distancia, oculto bajo grandes pedazos de escombros.
—L-lo siento mucho, señor. Perdí a mi pokémon en batalla.
—¿Cómo fue?— preguntó con una voz casi paternal, lo que sobrecogió a la joven cadete.
—E-el...el androide...trató de atacarme y él se interpuso. Pero yo no se lo ordené—se disculpó.
—No te preocupes. Los pokémon del Equipo Rocket están entrenados para defender a los agentes. La reacción que tuvo para protegerte es completamente natural. De hecho, de haberle ordenado lo contrario, él iba a desobedecerte de todas maneras —la chica lo observó durante unos segundos, e intentó sonreír, pero el dolor era más fuerte—Estás herida—susurró mirando a la joven y tomó su radio para llamar al paramédico. —Hoy hemos perdido varios agentes en batalla, pero no permitiré que sufras el mismo destino. Después de todo, personas con un potencial como el tuyo son difíciles de encontrar, Jennifer—le dijo y ella, sorprendida por la mención de su nombre, sintió que sus mejillas se tornaban más cálidas.
—M-muchas gracias comandante— le dijo y el hombre le sonrió.—Por cierto, ¿Dónde se encuentra Mewtwo?
—Aquí— irrumpió el aludido, caminando tranquilamente desde atrás de un bunker a espaldas del hombre, obligándolo a ponerse de pie. Traía su casco bajo el brazo. Por suerte sólo había sufrido unas cuantas magulladuras. —No quería arruinar el momento en que nace el romance, aunque debo decir que me parece inapropiado que un hombre de tu edad esté cortejando a una chiquilla que con suerte sabe tomar bien su arma.
Jennifer tomó mucho aire con el fin de expresar su enojo, pero el dolor se hizo inminente, obligando a Herrera a intervenir para tranquilizarla.
—Veo que has terminado con la misión con bastante esfuerzo— le dijo luego de verificar el estado de Jennifer. Se puso de pie y miró al pokémon. —Tu armadura está bastante maltrecha. Además, el estado de Patton sugiere que se vio en la obligación de intervenir. Según esto Mewtwo, veo que no estás en facultades de hablar de ese modo.
—Ha—se rió el aludido con arrogancia, aunque sin lograr ocultar la rabia al ver la forma en que el comandante se le dirigía. A pesar del grado del hombre y de cualquiera, detestaba que lo trataran como a uno más el montón. ¡¿Cuándo iban a entender que él era superior a todos ellos?! Pero esta vez, se tragó su orgullo y prosiguió. —Debo admitir que esta batalla distó mucho de los estúpidos juegos que niños en los que debo participar, pero me subestimas al decir que necesité ayuda de esta humana.
—¿Qué estás diciendo?—irrumpió ella con la rabia a flor de piel, a pesar de sus lesiones. Herrera trató de calmarla una vez más, pero fue inútil. —¿Cómo es eso de que no has necesitado mi ayuda? Ese robot estaba a punto de hacerte pedazos, usaste mis armas para vencerlo, ¿recuerdas? Estuvo a punto de mandarte al infierno ¿Y ahora vienes a decir que te están subestimando? ¿Con qué derecho dices algo así?
—Jennifer, calma, te haces más daño— intervino el comandante, pero la recluta lo ignoró.
—No tienes idea de cómo te detesto— le dijo al pokémon con todo el desprecio que era capaz de expresar en su voz, a pesar de que la respuesta que tuvo de él, fue la fría mirada de sus ojos violáceos. —Cómo detesto tu maldita arrogancia, esa idea de que eres invencible sólo con los que puedes manejar, pero a la hora de tener oponentes de verdad, ¡Actúas como un maldito niño berrinchudo!
¡Sólo porque pretendí ayudarte casi me matas! Sólo porque fui la única que tenías disponible para desquitarte, ¿Cierto? Porque no soy rival para ti, así que podías llenarte el ego con mi sangre, ¿Verdad? Claro, ¡nada más simple! —inhaló con fuerza, aunque con gran dificultad. Pero eso no fue suficiente como para menguar la ira que sentía en ese momento—. Pero no era a mí a la que el robot tenía acorralado contra la pared—continuó—, no era yo la que usó un arma humana para derrotarlo. ¿Dónde está el súper fantástico pokémon más poderoso del mundo, eh? ¿Dónde? Ah, ya sé—se rió con ironía. —Ahí está, esperando a que venga cualquier oponente débil para presumir que es poderoso, ¿Cierto?
—Jennifer...
—Porque esa es la forma que tienes de desquitarte de los latigazos que te dio Giovanni cuando eras niño, ¿Verdad?
Entonces la expresión del pokémon cambio tan abruptamente, que por un instante todos perdieron la respiración, instalándose en él la más pura sorpresa. ¿Qué había dicho esa niña? ¿Qué había hecho Giovanni? Sintió que su sangre poco a poco comenzaba a enfriarse, al mismo tiempo en que su corazón latía a más velocidad y su respiración se aceleraba. Sus músculos se tensaron y aunque trató de evitarlo para que los humanos no lo notarán, sintió que lentamente el sudor bañaba su cuerpo. Todo esto mezclado en una sensación demasiado parecida al miedo. ¿Miedo? ¿Por qué? Observó a la chica y a Herrera, quienes le devolvieron la mirada llena de extrañeza y sorpresa, seguramente intrigados por la reacción del cuerpo del pokémon ante lo dicho por la joven. Entonces ésta, dándose cuenta de que de alguna forma estaba superando al psíquico en su arrogancia, sonrió y continuó, con el único propósito de echarle más leña al fuego. Después de todo, tenía la protección de su comandante.
—Como el pequeñín Mewtwo no quería pelear, papi Giovanni venía con su látigo y ¡BAM! Castigo para el niño malo. Y claro, como ya es grande, no encontró nada más divertido que hacerle lo mismo a los más débiles, por eso, como el robot fue más fuerte que tú, ahí estaba yo para ser tu saco de box.
—¿Qué estás diciendo, humana?— interrogó él tras recuperar un poco la compostura. —¡Responde!
—¿ Por qué? ¿Acaso no te acuerdas?—sonrió con malicia al no recibir respuesta del pokémon—Pero yo sí sé, mi estimado— Mewtwo sintió que su sangre comenzaba a hervir y a correr tan deprisa, que no midió sus movimientos hasta verse sobre la muchacha, sujetándola como antes, pero dispuesto a asesinarla en ese mismo instante si no obtenía la respuesta que quería.
—¿De dónde has sacado eso? ¿Quién te dijo todo eso? ¡Responde!—y como si se tratara de una muñeca de trapo, la sacudió con extrema violencia, lo que finalmente hizo reaccionar al comandante. Se cruzó de inmediato y con todas las fuerzas que tenía, logró empujar al pokémon.
—Mewtwo, ¡detente!— gritó Herrera. —¡¿Qué crees que estás haciendo?!
—No voy a soportar que nadie me hable de esa manera. ¡Quiero que esa basura me responda! ¿De dónde sacó algo como eso? ¡¿Cómo es eso de que Giovanni alguna vez me golpeó?! ¿Qué significa eso?— y sin más intentó lograr respuestas mediante la fuerza, pero otra vez el hombre se interpuso.
—No voy a soportar que trates a mis agentes como basura—respondió y rápidamente sacó un pequeño aparato desde el bolsillo interno de su chaqueta, tomándolo con firmeza para mantenerlo en alto. El pokémon, al verlo quedó completamente congelado en sus acciones, como si aquel artefacto representara un enorme peligro. —No creí que fueras tan ingenuo como para creer que tan sólo Giovanni tiene uno de estos.
—¿Qué haces tú con eso?— preguntó casi por inercia, con los ojos clavados en el pequeño artefacto.
—Esa es una pregunta bastante absurda— contestó Herrera. —Obviamente Giovanni no desea insubordinaciones y, conociéndote, sería estúpido darte tanta libertad.
—Eres un...
—Escúchame bien— lo irrumpió. —Tanto tú, como Jennifer, como todos los que están en el helicóptero son agentes del Equipo Rocket y es mi deber como comandante el velar por su seguridad. Si tú te puedes mantener a salvo por ti mismo, bien por ti, pero no voy a permitir que tus frustraciones sean excusa para atacar a los demás. Y si vas a comportarte así por algo como esto, entonces no me queda más opción que tomar cartas en el asunto, ¿entendido?
—...
—¡Te hice una pregunta, agente!
—Sí, Herrera—contestó el pokémon a regañadientes, apretando los puños y cerrando los ojos para contener la rabia.
—Eso está mejor— dijo el hombre relajando los hombros para luego guardar el aparato que tanto había asustado a Mewtwo. —Ahora, espero que entiendan que no necesito recalcar que lo que ha sucedido aquí no debe salir de la isla. Los problemas entre agentes siempre han desagradado a Giovanni y si no quieren represalias, será mejor que mantengan la compostura.
—S-sí comandante— dijo rápidamente Patton. El pokémon sólo asintió despacio, demasiado tenso para pensar en hacer algo más.
En ese momento, llegó finalmente el paramédico con un par de ayudantes y tras las órdenes del comandante, depositaron a Jennifer en una camilla para llevársela al helicóptero y llegar lo más rápido posible al cuartel general y tratar sus lesiones, ignorando por completo la tensión instalada entre el comandante y el pokémon.
Herrera tras unos segundos, caminó hacia el helicóptero para regresar a casa, pero luego de avanzar unos cuantos metros, se volteó hacia el psíquico, quien en ese momento estaba colocándose su casco, para esa forma, evitar que alguien viera la impotencia en su rostro.
Sin embargo, el pokémon notó cierta mirada en el comandante, antes de verlo partir definitivamente tras el paramédico. Había sido algo extraño. No parecía enojado, teniendo razones de sobra con los últimos acontecimientos. No, la mirada que Mewtwo vio fue algo bastante parecido...a la tristeza.
—Este día no podía terminar peor—se dijo la criatura y en un arrebato de ira, hizo volar en pedazos uno de los edificios cercanos, usando los poderes que habían resultado inútiles contra su adversario. —Definitivamente no.
