No te vayas (de nuevo)


El día en el que el corazón de Victor termina roto es un día como cualquier otro.

Debería ser más que eso, pues en su bolsillo hay dos anillos nuevos y en su pecho hay una calidez que lo hace dar pequeños saltos mientras camina y su estómago está tenso debido a las expectativas de un futuro lleno de sorpresas y vida y amor.

Pero el sol solo se asoma por entre las nubes ocasionalmente, las gaviotas no se acercan a la playa y la brisa lo hace tiritar a pesar de su grueso abrigo y de que en su interior no hay más que un fuego que hace que su corazón arda y palpite como solo lo ha hecho desde que conoció a Yuuri.

Es como si el universo no creyese que fuese para tanto, como si hoy no fuese el día adecuado para hablar de una fecha para una boda, pero Victor no puede esperar más y ahora que Yuuri oficialmente se ha retirado y que todo parece estar a punto de cambiar, no tiene sentido postergar lo que ha añorado por años incluso teniendo a Yuuri a su lado.

Él quiere un «y vivieron felices para siempre», una certeza de que no habrá ningún tipo de fin, y no es que Victor tenga dudas, mas el deseo de atar a Yuuri a él es algo que se ha hecho más fuerte en vez de disminuir pese a que los años incluso lo han hecho olvidar las palabras exactas que Yuuri usó la noche de su programa corto en Barcelona.

Quizás eso viene en verdad de una premonición que ha ignorando, pues su llamada a Yuuri no es contestada, sus mensajes de texto son ignorados y una vez pasan los minutos y Yuuri ni siquiera le escribe diciéndole que no puede encontrarse con él en la playa por una u otra razón, la preocupación lo lleva a regresar a su apartamento, donde no encuentra a Yuuri y solo ve sombras de su presencia.

Algo tangible como los zapatos y sus pantuflas en la entrada brilla por su ausencia; parte de la ropa que ocupa la mitad del amplio armario de la habitación principal ha desaparecido, tal como una de las maletas que solía usar durante competiciones; su cepillo de dientes y su shampoo tampoco están y todo lo que queda para probar que Yuuri alguna vez estuvo ahí son dos tazas y tazones a juego, pares que están hechos para estar juntos como ellos, sus patines, prendas que parecen olvidadas en el vacío armario, sus medallas...

No tiene sentido, no cuando no ha recibido un mensaje o una llamada que explique qué está pasando y tampoco hay ninguna nota que lo haga.

Victor intenta llamarlo más veces y escribe innumerables mensajes, llama a todos los hospitales de la ciudad en espera de un milagro hecho pesadilla que puede terminar con ambos despertando juntos al final, marca a la pista y a Yakov y a Yurio sintiendo un agrio sabor en su boca cuando solo recibe respuestas llenas de confusión, pues no solo no saben dónde está Yuuri, sino que creen que Victor está exagerando al inquietarse, y lleno de pavor se comunica con los Katsuki; la familia de Yuuri y también la suya, en cierta forma.

Tal vez algo pasó, alguna emergencia, algo que le impidió hablar con Victor primero...

—¡Vicchan! —dice Hiroko al contestar, sonando tan contenta como siempre, preguntándole cómo ha estado, si ha comido bien y luego, haciendo que el corazón de Victor se hunda por completo, le pregunta por Yuuri—. Estos días no nos llama tanto como antes —se lamenta, su acento pesado siempre que habla en inglés y su tono lleno de melancolía.

Y Victor no puede hacer esto más.

Llorar apretando el teléfono contra su oído no había estado en sus planes y el desconcierto de Hiroko lo hace cuestionarse en un momento de claridad por qué no cortó la llamada. Es mejor disculparse después y culpar a un problema de la línea en lugar de permitir que alguien lo escuche así, con su corazón retorciéndose porque él no entiende nada y algo está mal y algo le dice que un accidente no es la causa de que no pueda encontrar a Yuuri en ninguna parte.

No, algo no. Son los recuerdos de Yuuri rehusándose a ir a la pista con excusas que en su momento no lo habían parecido como tales, de Yuuri con sus labios apretados y su cabeza baja mientras comen, de Yuuri hecho un ovillo en la cama dándole la espalda, de la mano de Yuuri temblando por un segundo antes de apretar la de Victor, de Yuuri con su vista perdida como si estuviera buscando algo lejos de Victor.

Hiroko recobra la compostura primero y aunque no sabe qué pasa (es imposible que lo haga) está ahí hasta que Victor se calma y lo consuela con palabras dulces que de cualquier otra persona habrían sonado superficiales, pero que viniendo de ella son cálidas y consiguen detener sus lágrimas.

Victor no está seguro (ni en el momento, ni días ni meses después) de cómo logra explicarle lo poco que sabe pese a tener un nudo en su garganta y no recordar cómo respirar, pero Hiroko lo escucha con atención y lo deja hablar y, al final, aunque suena tensa, trata de darle esperanzas.

—Tal vez necesite tiempo a solas —ofrece con un ligero temblor en su voz—. Nosotros perdimos la cuenta de cuántas veces desapareció sin decirnos nada y pasábamos horas preocupados hasta que Minako-senpai o Yuko-chan nos avisaba que él estaba bien.

Pero esas veces Yuuri no se llevó nada con él.

Pero Yuuri pasó cinco años sin volver a casa antes de que Victor lo conociera.

Pero es Victor el que siempre compra los pasajes de avión e insiste en visitar Hasetsu.

Eso es lo que Victor no dice, mas lo piensa, porque una parte de sí (analítica y más capaz de acordarse de cosas de lo que Yakov cree) parece odiarlo y querer robarle la esperanza que todavía hace que su corazón palpite.

Victor se disculpa, le agradece y le promete llamar si sabe algo y Hiroko hace lo mismo, pidiéndole que se cuide y asegurándole que lo llamará si hay noticias y recordándole que es bienvenido en Hasetsu, cosa que hace que Victor quiera reír y llorar a la vez.

El cielo no llora con él ni por él ese día en el que la noche no trae el tintineo de unas llaves y una puerta siendo abierta, y el mundo continúa girando como si Yuuri Katsuki no se hubiese esfumado, llevándose consigo un corazón ajeno que se está haciendo pedazos según pasan las horas y luego los días y luego más de una semana.

¿Y dónde está Yuuri?

Phichit y sus propios intentos por contactar a Yuuri, además de sus investigaciones en las redes sociales, no traen una respuesta y aunque Victor intenta reportar su desaparición, en el momento en el que menciona lo que Yuuri se llevó con él es claro que ni siquiera ser todavía considerado como el héroe de Rusia bastará para que lo tomen en serio y busquen a Yuuri.

—Es obvio que Katsuki decidió irse —dice Yakov en algo que quizás él pretende que sea un consuelo, pero que no lo es—. Ellos no pueden hacer nada si ese es el caso.

Victor no insiste, pues sabe que no tiene las de ganar ante la lógica de Yakov y que Yakov no puede darle ninguna de las explicaciones que Victor ansía.

Es solo un mes después (un mes de soledad en el que Victor ni siquiera logra visitar la pista pese a que Yakov trata de convencerlo de que lo haga) que recibe una llamada de un Katsuki.

—Yuuri está bien —dice Mari, yendo directamente al grano tras intercambiar saludos—. No me preguntes dónde, porque tampoco lo sé.

—¿Él dijo algo...? —cuestiona Victor, tragándose el "de mí" que quiere agregar.

El silencio que sigue a sus palabras es tan extenso que Victor no cree que tenga que ver con la señal, mas él aguarda tal como lo ha hecho por todo este tiempo.

—Mi hermano tiene la mala costumbre de querer hacer todo solo —suspira Mari al fin con un tono resignado.

—Lo sé. —Victor lo ha vivido más de una vez, ha tenido que lidiar con ello y recordarle a Yuuri que quiere apoyarlo y no es porque crea que Yuuri no puede hacer algo solo.

—Creo que esto es lo mismo —continúa ella—. Él está lidiando con algo y no quiere ayuda y quién sabe si algún día nos dirá todo o tendremos que atar los cabos por nuestra cuenta.

¿Y cuándo pasará eso? ¿Y Yuuri le dirá algo o Victor solo volverá a escuchar de él de terceros?

Todo indica que así será, ya que cuando vuelve a saber de Yuuri es gracias a Phichit, quien le dice que según lo que Leo escuchó de alguien que trabajaba con Celestino, Yuuri está en Estados Unidos.

Es solo coincidencia el que, ese mismo día, Yakov lo llame para hacerle saber que quieren contratarlo para un espectáculo en Estados Unidos y Victor acepta, pese a que hasta ahora no ha hecho más que rechazar trabajos (en espectáculos, como coreógrafo e incluso un par de peticiones de patinadores que creen poder convencer a Victor de que tenga un nuevo discípulo).

Pero esta una excusa, al fin de cuentas, que le da un rumbo que los rumores no le dieron aun cuando no tiene idea si encontrará a Yuuri y Victor no intenta fingir lo contrario, cosa que causa que Yakov se sobreponga de lo sorpresa e intente detenerlo una vez Victor confiesa el motivo por el que aceptó esa oferta.

—Deja de perder el tiempo, Vitya —le dice con un tono severo que después de tantos años no resulta ser intimidante y que al escuchar por el teléfono carece de la fuerza que la expresión de Yakov suele añadirle.

—Tú eres el que quería convencerme de hacer algo —señala Victor, más concentrado en preparar todo para su viaje.

—Con tu vida, no con Katsuki. —Yakov resopla—. Si solo piensas ir a perder el tiempo y no a trabajar, yo mismo los convenceré de que retiren la oferta.

—Daré un gran espectáculo.

—¿Cuándo fue la última vez que patinaste? —replica Yakov sin sonar convencido.

Victor cierra los ojos, acordándose muy bien de cuándo fue: un día antes de que Yuuri se fuera. Ese día se limitaron a dar vueltas y hablar y tomarse de las manos y no preocuparse por hacer nada realmente extenuante.

Incluso ahora su corazón da un vuelco ante el recuerdo y lo hace ansiar más que nunca poder repetirlo; decir eso, sin embargo, solo atraería la desaprobación de Yakov.

—¿Crees que olvidé todo lo que sé?

—Nunca has tenido resistencia física, pero lo que me preocupa es tu motivación.

—Te preocupas demasiado —bromea Victor y tras insistirle que les haga saber que acepta y que le envíen todos los datos, Victor reserva su vuelo.

El que Yakov realmente lo haga en vez de oponerse es algo que Victor agradece y se lo dice antes de partir, primero rumbo a Detroit, donde visita la vieja pista de Yuuri, en la que practica por unos días sin toparse con él ni con nadie que pueda contarle algo nuevo, antes de ir a Nueva York y prepararse para el espectáculo junto a más de un conocido.

Las preparaciones para el espectáculo dan pocas oportunidades para conversaciones o quizás es Victor el que las desalienta con su falta de interés, sus rechazos a las invitaciones después de los ensayos y el no contestar cada vez que alguien le pregunta por Yuuri.

Pero, ¿qué se supone que diga cuando él mismo quiere escuchar algo de Yuuri aparte del silencio de su ausencia?

Es quizás por eso que, fuera del hielo, Victor se siente sin ningún rumbo y recorre la ciudad sin ningún propósito, fijándose más en rostros que en lugares y tragándose una creciente decepción infundada. Él sabe que no encontrará a Yuuri así: deambulando sin rumbo en una ciudad cualquiera en un país en el que quizás Yuuri ya ni siquiera está, si es que realmente lo estuvo recientemente.

Esto no soluciona nada, esto... ¿qué es esto? ¿qué está haciendo?

Aunque Victor aceptó venir, ahora se siente más perdido que nunca y es solo la familiaridad de la pista, el sentirse menos perdido allí, lo que lo mantiene allí.

Al menos mientras patina se siente vivo, por lo que Victor se esfuerza en hacer de su actuación algo que merezca ser visto (y no sentirse como un tonto deseando que, desde alguna parte, Yuuri lo esté viendo).

Y es justo cuando espera tan poco que ocurre un milagro.

Victor está saludando el público tras su actuación cuando nota la pila de ropa y el rostro oculto tras un tapabocas y unas gruesas gafas en las tribunas y sabe, sabe, que esa persona es Yuuri.

La sorpresa se convierte en un impulso que lo lleva a abandonar la pista con prisa sin perder de vista a quien tiene que ser Yuuri y el notar que éste se sobresalta y abandona su asiento le confirma lo que su corazón ya sabe.

El tener que detenerse a ponerle las protecciones a sus patines se siente más una pérdida de tiempo que como una necesidad para no arruinar las cuchillas, mas Victor lo hace a tientas, sintiéndose torpe, e ignora a quienes lo llaman, confundidos e inquietos y con buena razón, porque Victor suele hacer algo más para el público que una despedida rápida y porque el espectáculo no ha terminado y Victor debería irse a cambiar antes de que tenga que volver al hielo.

Saberlo no detiene a Victor, tal como la incomodidad de correr sobre baldosa con sus patines no lo hace y pese a varios tropezones, logra llegar a un corredor que lleva a una de las salidas y allí lo ve.

—¡Yuuri! —grita.

El que Yuuri se detenga en seco es un alivio temporal, pues eso confirma que es Yuuri y que no está viendo lo que quiere ver, mas que se tilda de frustración y de enojo porque es Yuuri y está ahí y en lugar de acercarse, intentó huir.

De hecho ahora no le ha dado la cara y se tensa visiblemente mientras Victor se acerca.

Victor extiende una mano hacia él, queriendo impedir que desaparezca de nuevo y también queriendo asegurarse de que es real y cuando al fin hace contacto, Yuuri gira en sus talones con torpeza y mueve sus manos hacia atrás y se tambalea y algo cae.

Fijarse en qué es es lo de menos, ya que Victor no puede apartar su vista de los ojos de Yuuri, abiertos como platos, y de su pálido rostro y no sabe si quiere besarlo o gritarle o abrazarlo y no soltarlo nunca.

—Yuuri —repite y eso parece hacer reaccionar a Yuuri, quien inclina su cabeza con vergüenza.

—No quería que me vieras así —murmura.

—¿Así? —Victor no entiende, aun cuando intenta hacerlo, y frunce el ceño—. ¿De qué estás hablando?

Es el silencio de Yuuri lo que hace que Victor realmente le preste atención a su alrededor y note en el suelo un bastón.


No es que Victor no recuerde que tiene un espectáculo por terminar o que no esté consciente de que irse puede tener consecuencias, mas Victor no se siente capaz de darle prioridad a eso y se encuentra a sí mismo recogiendo el bastón y ayudando a Yuuri a caminar a un área solo para personal.

Así, Yuuri con su bastón y él todavía con sus patines y su traje brillante, llaman la atención de las pocas personas con las que se cruzan, ninguna de las cuales se atreve a decirles nada, por lo que pueden llegar a lo que parece ser una sala usada para almacenar asientos y tener un espacio alejado del mundo por unos momentos.

¿Será suficiente?

Victor no lo sabe, pero quiere intentarlo hasta el último segundo que tenga.

—Desapareciste. —Eso es todo lo que Victor puede decir, incapaz de hacer más que recostarse contra la puerta cerrada, más exhausto ahora que lo que estuvo tras terminar su programa

Yuuri traga saliva e inclina su cabeza una vez más, permaneciendo de pie en el medio del pequeño lugar en vez de sacar una de las sillas de las varias pilas a su alrededor para sentarse y baja su tapabocas, permitiéndole verlo con total claridad.

—No era lo que iba a hacer. Pensaba... pensaba llamarte y volver en unos días, pero...

—¿A dónde fuiste? —Tener que comenzar con algo tan simple demuestra lo mucho que Victor desconoce y gracias a eso crece su frustración, pues lo que dice Yuuri solo le trae más interrogantes.

—A Moscú. A... a ver un especialista.

La mirada de Victor se dirige hacia el bastón, comenzando a unir las piezas.

—No me dijiste nada.

Encogiéndose de hombros, Yuuri mueve un poco su pierna derecha, doblando y desdoblando un poco su rodilla con obvio cuidado.

—Mi rodilla solo comenzó a molestarme a comienzos de la temporada pasada y no pensé que fuera serio.

—La... —Eso quiere decir que todo comenzó hace casi un año y Yuuri no le dijo nada—. ¡Yuuri!

—Ni siquiera me dolía mucho —se defiende Yuuri—. Solo la sentía un poco a veces tras algunos saltos.

—Y no me dijiste —repite Victor, masajeando su entrecejo por un segundo.

Yuuri frunce el ceño.

—Nunca he tenido una lesión seria, lo sabes.

—Eso no es excusa...

—Y podía patinar bien.

Sí, claro que así había sido, no por nada su última temporada había estado llena de oro y Victor mismo no había notado nada extraño. En retrospectiva, eso lo molesta incluso más, porque él se había creído quien más veía a Yuuri, quien mejor lo conoce, y a pesar de pasar gran parte de cada día con él, no se había dado cuenta.

—¿Qué tan serio es? —¿Qué tanto ayudó a lastimar a Yuuri con su ignorancia?

Con sus puños cerrados, Yuuri se remueve un poco.

—Ya me retiré —le recuerda—. No importa.

Y eso hace que Victor pierda la calma y alce la voz al tiempo que toma a Yuuri por los hombros.

—Sí importa...

—Por eso no pude volver —interrumpe Yuuri, fulminándolo con la mirada y zafándose con brusquedad—. No puedo... no puedo patinar como amas que patine o bailar o...

—¿De qué estás hablando? —Esta vez es Victor quien interviene, irritado, pese a que las palabras de Yuuri y sus implicaciones le causan un temor que, sabe, no podrá ignorar por mucho—. ¿Piensas que solo amo tu patinaje?

Claramente culpable, Yuuri inclina su cabeza y la sacude.

—Sé que no, pero... no será lo mismo.

Será. Al menos eso significa que Yuuri había planeado reaparecer frente a Victor, tal vez no ahora, pero sí una vez estuviese listo, quizás para explicarle, quizás para no volver a irse y aun ahora es una posibilidad... ¿verdad?

Con un suspiro, Victor apoya su frente contra la de Yuuri y cierra sus ojos.

El dolor de los eternos días sin Yuuri no ha desaparecido, el resentimiento contra su egoísta desaparición tampoco, el enojo con Yuuri por su silencio y consigo mismo por no haber notado nada también persiste, pero el saber que ese no será el final calma una parte de él y le permite hundirse en el consuelo de que Yuuri está ahí.

Victor vuelve a alzar sus brazos, esta vez envolviendo a Yuuri con ellos y lo atrae hacia él, queriendo sentir su solidez, asegurarse de que es real e impedirle huir una vez más.

Y Yuuri se lo permite. De hecho, él se apoya contra él tal como debió haber hecho desde un comienzo e incluso deja caer el bastón pasados unos segundos, aferrándose a Victor y temblando como si estuviese llorando...

Cosa que está haciendo, tal como Victor.

Son lágrimas llenas de alivio y de tristeza y de rabia. Victor está demasiado abrumado para intentar detenerlas o pensar o hablar y es posible que sea igual para Yuuri, pues sus sollozos no están acompañados de ninguna palabra en ninguno de los idiomas que conoce y en vez de calmarse con el paso de los segundos, él llora con más fuerza.

Pero esto es bueno.

Que no solucione nada es lo de menos, porque ambos lo necesitan por diferentes razones con mucho en común. Hablar es algo que puede esperar, que pueden hacer cualquiera de los muchos días juntos que les esperan en el futuro, una vez las heridas de ambos no se interpongan y no corran el riesgo de agrandarlas en vez de sanarlas.

Y quizás por eso es que no hablar esa noche.

Ellos abandonan el lugar una vez logran calmarse, ambos con sus ojos notoriamente rojos y Victor vuelve al hielo para el acto final y una vez termina, Victor (con un abrigo sobre su traje) insiste en ser él y no el bastón el que ayude a Yuuri a llegar al auto que Victor alquiló durante su estadía en Estados Unidos.

Nadie los detiene en el camino a la salida, quizá gracias a que el espectáculo ya terminó o a que nadie se atreve a decirles nada o ambas cosas, y parten en un silencio incómodo que Yuuri ni siquiera rompe una vez llegan al hotel de Victor y van directo a su habitación.

Quizás es natural que terminen haciendo el amor, pues los efectos del tiempo que pasaron separados los empujan a estar tan cerca como sea posible y los sentimiento todavía están demasiado a flor de piel para expresarlos de otra manera. Y Victor quiere aferrarse a Yuuri, quiere sentirlo, quiere marcarlo, quiere atarlo a él.

Es posible que Yuuri ansíe lo mismo, ya que se aferra a Victor con más fuerza tras cada embestida, le exige que se mueva más rápido, que llegue más profundo y Victor obedece, recordando tener cuidado con su pierna y uniendo sus manos (notando que él no es el único todavía usando el anillo que intercambiaron en Barcelona años atrás) y bañándolo en besos que, espera, Yuuri no olvidará.

¿Funcionará?

El que Yuuri siga allí en la mañana, con su rostro hundido en el pecho de Victor y ciñéndose a él, parece indicarlo.

—No hubo un día en el que no deseara que estuvieras conmigo —confiesa Yuuri en un susurro que, pese a su falta de volumen, sacude el mundo de Victor.

—Podría haberlo estado. —Mantener la amargura y el reproche fuera de su tono es imposible, aun cuando Victor continúa acariciando la cabeza de Yuuri tal como lo ha estado haciendo desde que despertó.

—No quería depender de ti. —Yuuri esta vez habla con más firmeza, claramente defensivo.

—Tu egoísmo sigue sorprendiéndome.

Yuuri se tensa, mas no intenta negar que eso es lo que los llevó a esa eternidad que pasaron separados, la cual todavía existiría si Victor no hubiese notado que Yuuri estaba ahí, observándolo.

Y tras un largo silencio, Yuuri dice:

—Lo siento.

¿Cómo es posible que dos palabras basten para que pueda sentirse capaz de realmente respirar?

Victor cierra sus ojos, tomando bocanada tras bocanada de aire como si acabase de salir del agua, y enreda sus dedos en el cabello de Yuuri, deteniendo sus caricias para solo dejar sus manos ahí.

—Quédate. —Ese ruego se le escapa antes de que se pueda detener, mas Victor no se arrepiente de pronunciarlo antes de que sea demasiado tarde.

—Victor...

No es el momento, pero a la vez lo es y en vez de dejar que Yuuri termine de decir lo que sea que piensa decir, Victor se aparta de él para levantarse, ir a su equipaje todavía parcialmente empacado y buscar en él los mismos anillos que había tenido con él el día que Yuuri desapareció y que deberían haber intercambiado entre sonrisas y promesas de un para siempre.

—No vuelvas a irte —pide Victor, regresando a su lado y arrodillándose junto a la cama al tiempo que se apodera de la mano izquierda de Yuuri.

El corazón de Victor late con fuerza, las manos de ambos tiemblan y ninguno aparta la mirada del otro.

—¿Realmente todavía me quieres?

—Siempre te amaré.

Los ojos de Yuuri se llenan de lágrimas y él asiente, aceptando el anillo e inmediatamente después entrelazando sus dedos con los de Victor, tras lo cual lo hala para que se siente con él sobre la cama y poder hacer lo mismo, poniendo el otro en el dedo anular de la mano izquierda de Victor y luego besándolo.

Estos anillos, que deberían haber sido símbolos de amor, se semejan más a grilletes.

Y así está bien.


Y lo sigue ahora que Yuuri está con él también está bien.

No importa que Yakov le de un sermón sobre responsabilidad y el peligro de violar un contrato así sea parcialmente, da igual que parezca haber un enjambre de periodistas cuando él regresa a la pista a recoger todo lo que dejó allí el día anterior, es irrelevante que el internet está lleno de teorías sobre por qué desapareció a la mitad del espectáculo y volvió solo para la despedida.

Con algo de ayuda (de Yakov, que a pesar de lo mucho que alza su voz siempre está dispuesto a darle una mano), Victor se libra de cualquier otra obligación y puede dedicarse a Yuuri y a apoyarlo y a reparar poco a poco su corazón.

Yuuri pone de su parte en ello, demostrando con sus acciones que realmente lo extrañó, que se arrepiente y que no quiere volver a desaparecer aunque incluso ahora que Victor sabe quiere ocultar lo que lo hace sentirse débil.

Es todo un proceso paso a paso, en el que a veces tienen pequeños retrocesos, pero que les permite avanzar, recuperarse, volver a sonreír y a reír a pesar de todo.

Y es así, en medio a visitas a especialistas en varias partes del mundo, fisioterapias, llamadas a los Katsuki para que no se preocupen y a Yakov por la misma razón y momentos de frustración mutua (de Yuuri porque odia más que nadie no poder gastar su energía bailando, patinando, corriendo; de Victor porque odia que Yuuri no dependa de él tanto como podría) algo cambia y los silencios vuelven a ser cómodos, el estar juntos lo hace sentirse de nuevo en paz.

No es como antes, quizás nunca lo será porque un corazón vuelto a unir sigue lleno de fisuras, pero sin importar en qué parte del mundo esté, una vez Yuuri está en sus brazos se siente como en casa.

Lo que eso significa es tan claro para Victor que una noche, en la que están acurrucados y tienen sus manos entrelazadas, no puede evitar sacar el tema aun cuando no está listo, no tiene un nuevo juego de anillos y no están en un lugar romántico.

—¿Yuuri, has pensado en qué hacer ahora?

Al menos podría llamar a la recepción para pedirles pétalos rosas, llenar la tina del hotel y hablar allí, pero levantarse y separarse por unos minutos no es algo que quiera hacer. Lo hará después, claro, porque si Yuuri dice "sí" tendrán un doble motivo para celebrar, siendo el otro el hecho de que el bastón de Yuuri ya quedó relegado al fondo de una maleta y que quizás un baile poco intenso ya es una posibilidad...

—¿A qué te refieres? —Yuuri suena tenso y de hecho lo está. De estar perfectamente relajado contra su pecho, ahora está rígido e incluso su agarre en la mano de Victor es más fuerte de lo que es cómodo.

Victor frunce el ceño y se contiene de obligar a Yuuri a que lo encare.

—Terminaste tu terapia. Podríamos viajar o volver a Rusia o a Japón o...

—¿Lo sabes, cierto? —interrumpe Yuuri, suspirando y echando hacia atrás su cabeza para verlo.

La posición no parece la más cómoda para el cuello de Yuuri, mas Victor siente el deseo de aprovechar para inclinar su cabeza y robarle un beso. No es el momento para eso, sin embargo.

—¿De qué hablas?

—Quería que fuera una sorpresa —se queja Yuuri, moviéndose para levantarse, tal como Victor no había querido hacer.

Su andar es más firme, nota Victor más inquieto de lo que quiere aceptar mientras lo ve recorrer la habitación y buscar algo en los bolsillos de su abrigo y luego volver, sus manos cerradas hasta que vuelve a su lado y le muestra los anillos (dos más, nuevos y relucientes).

—Casémonos —dice, su mirada llena de determinación y Victor no puede apartar su vista, fascinado y sorprendido.

—Yuuri… —pronuncia en un hilo de voz, queriendo pedirle que se lo repita y confirmar que quieren lo mismo y que no está soñando tras quedarse dormido con Yuuri en sus brazos, pero Yuuri no le da la oportunidad de hacerlo y con su mano libre toma una de sus manos, tentativo.

—No... no quiero esperar más. Sé que fui yo el que lo arruinó —continua, hablando cada vez más rápido— y que al menos debería arrodillarme para pedírtelo, pero ya escuchaste que no apoyar peso en mi rodilla es mejor y sé que suena como una excusa, pero...

—Casémonos —repite Victor, interrumpiéndolo con una sonrisa amplia y emotiva, entrelazando los dedos de ambos una vez más. Ya está claro que sí escuchó bien, que Yuuri sí le está pidiendo eso y… ¿qué más hay para decir? Tendrán el resto de sus vidas para hablar, si es necesario, y ahora pueden actuar.

Los ojos de Yuuri se abren como platos y él finalmente sonríe, radiante como si acabase de ganar un segundo oro en los juegos olímpicos y asiente.

—Hoy mismo.

Pero claro, Yuuri no sería Yuuri si no fuese impulsivo y sorprendente.

—¿Y la fiesta? ¿Y los invitados?

Yuuri se encoge de hombros y aunque luce abochornado, dice:

—Podemos celebrar después. Yo solo...

—No quieres esperar —termina Victor entre risas, halando a Yuuri hacia él para robarle un beso—. Fuguémonos y casémonos, entonces.

Esa noche no se casan (no están en Las Vegas y hay otros inconvenientes menores por la hora y su ubicación), pero adelantan su noche de bodas y pasan tanto tiempo como uno solo que Victor siente que es una ceremonia de unión por sí misma.

Cuando se casan (oficialmente) dos días después, el proceso se siente como una obligación innecesaria, mas el tercer set de anillos de intercambian se sienten como algo que existe para estar ahí, como una parte de ellos, como la cristalización de sentimientos que van más allá de cualquier palabra.

Ya harán una fiesta que será más para el mundo y celebraran con sus amigos y familias. Hoy es de ellos y aunque Victor nunca se ha considerado egoísta o tímido, no quiere compartirlo con nadie y por muchas razones, incluyendo algo que aún queda por decir.

La oportunidad para ello llega esa noche, tras la segunda parte de su noche de bodas, una vez se ven obligados a hacer una pausa para pedir servicio a la habitación.

Mientras esperan, sentados el uno junto al otro cerca de los grandes ventanales que dan a una ciudad que más parece un mural de luz, Victor finalmente decide hablar.

—Ya rompiste mi corazón una vez...

La reacción de Yuuri es inmediata: él se endereza y lo mira de frente, la culpa visible en sus ojos y la ansiedad llenándolos de lágrimas.

—Victor...

Victor alza una mano para indicarle que lo deje terminar de hablar.

—Pero es tuyo desde hace mucho y no acepto devoluciones.

Y en cuestión de segundos Yuuri entiende. Victor no está culpándolo, no está guardando resentimientos, simplemente está remarcando un hecho, una promesa, que su reciente matrimonio ya había evidenciado.

Todavía con sus ojos aguados, mas ahora con una sonrisa que ilumina todo su rostro, Yuuri asiente.

—Yo tampoco.

Cuando el encargado del servicio a la habitación los interrumpe con dos firmes golpes en la puerta, ellos todavía están riendo entre lágrimas, aliviados ante el claro hecho de que ninguna atadura en forma de anillos o documentos o promesas es realmente es necesaria y de que enfrentarán al futuro juntos.