Traducción no autorizada de sky-metaphors. De hecho yo hace años pedí permiso de traducción y nunca encontré respuesta. Ahora que ha eliminado sus historias, publico esto para que no se pierdan. Igual si algún día sky-metaphors llega violentamente a decirme que la borre, la borro.
Supongo que este fandom igualmente está muerto y a nadie le interesa.
de cielos azules
one-shot
Original de sky-metaphors, traducción por thedeepbluesky
Tiene qué haber un nombre para esto.
Él nunca la está buscando. Solo se permite verla cuando ella se siente apta para ser vista.
Tampoco dice nada que no necesite escuchar. La llama fea y ella clava un puñetazo en su estómago, enviándolo a volar. Esa es toda la conversación que necesitan.
Si siente algo cuando su mano roza accidentalmente la de ella, lo considera como una adición innecesaria a su dinámica. Y él no tiene tiempo para lo innecesario.
A través de los años, se encuentra a sí mismo cambiando sus insultos. Vaca. Cerda—. Las vacas y los cerdos son útiles para la sociedad, ¿verdad? Vello púbico.
—¡Ni siquiera sabes cómo se ve el pubis de una dama, idiota sádico!
Pero ahora él no puede llamarla fea sin sentirse ridículo, no cuando constantemente está soñando con su cabello rojo entre sus dedos. Existe violencia en la manera en la que la desea. Durante una de sus peleas, ella está sangrando por todas partes y él se imagina a sí mismo clavando sus uñas en su espalda lo suficiente para hacerla sangrar y, entonces, lamerlo todo de ella.
Sus subordinados se llevan la peor parte de su frustración. Existe violencia en la manera en la que él se odia a sí mismo por desearla.
Se vuelve mejor controlándose. Intenta arruinar su día siempre que tiene oportunidad. La aborda si ella está lo suficientemente molesta, y ahora él no puede siquiera tocar su piel desnuda sin recular. Como si ella pudiera herirlo. Como si él fuera a dejarla. Él es el que lastima. Esa es la manera en la que funcionan.
—No te apareciste ayer, China. ¿Finalmente has admitido que eres demasiado gallina como para combatirme?
Su expresion es altiva. —Estaba en una cita, Chihuahua. No todo se trata de ti, ¿sabes?
Es como una patada en los huevos. —Ja. ¿El tipo está ciego, tonto, desesperado o todas las anteriores?
Ella balancea su paraguas contra él, él desenvaina su katana, y por un momento, todo es como debería ser.
Nada es como debería ser.
Él chico parece salido de algo así como una telenovela. Cumple cada uno de los clichés románticos que existen y ella está ridículamente feliz por ello.
Ella tiene a alguien más que complete su día.
Pero él no la necesita para completar el suyo. Tiene una espada, un superior al cual asesinar, enemigos a los que cortar. Son solo los básicos. Pero los básicos servirán.
De cualquier manera, esto es lo que estaba buscando. Ahora puede sujetarla contra el suelo sin fantasear en sujetarla contra otro lugar y golpearla en una manera completamente diferente.
A veces el tipo los observa. Se ve emocionado por cuán poderosa ella es, él sabe. Él lo sabe. El tipo es amigable y le dice que cree que el Shinsengumi es genial y él es... —el Capitán de la Primera División, ¿ese prodigio?
Ella le da a dicho prodigio una mirada que le implora que detenga la grosería que usualmente pronunciaría su boca.
—Sí —es todo lo que dice, porque es la única oración libre de insultos que es capaz de articular. Les dice que debe volver al trabajo porque el tipo está colocando un brazo alrededor de los hombros de ella, como si fuera suya. Que lo es, ¿pero de verdad él tiene que pararse ahí y mirar?
(El tipo tiene un nombre. Ella se lo dijo. Pero a él no le importa. No le importa).
En ocasiones ve al tipo cuando está patrullando. Le saluda como si fueran viejos amigos. Le dice que le gusta la comida picante también.
(¿Ella habla sobre él? ¿Con ese tipo?).
El tipo es un año mayor que ella. Es de la clase que todas las mujeres quieren. Aparentemente es inteligente y responsable y todas esas mierdas. Es dueño de una tienda que heredó. La tienda es relativamente exitosa. Tiene gustos y disgustos, pasatiempos, intereses y fetiches, gustos culposos y esperanzas y sueños y miedos, fracasos y éxitos. Tiene familia, amigos, enemigos y rivales. El tipo es una persona real.
(No le importa).
El tipo la acompaña a casa. Toma su mano. Le compra sukonbu. La mira comer sukonbu con esa mirada en sus ojos. Obviamente la quiere. La besa como si supiera qué significa su boca. Probablemente la besa en otros lugares también.
Sabe cuán hermosa es.
(Pero a él no le importa).
(No le importa).
(Y no piensa que ella sea hermosa. En serio).
Las personas comienzan a preguntarle de la nada si está bien.
Él piensa que es innecesario. Él está bien. Está tan bien que podría matar a cierta persona, atarlo a la parte trasera de un auto y manejar alrededor de la ciudad, arrastrando su cadáver por todas las calles en las que ha caminado al lado de ella solo para mostrarle a todos cuán bien se siente.
Si fuera honesto consigo mismo, él espera (desea) que no duren mucho juntos. Seguro el tipo va a quedar harto de ella. Se dará cuenta qué tan idiota es y cuánto daño puede causarle a él y a su cartera. Seguro se aburrirá. Y ella solamente está experimentando. Viendo cómo se siente salir con alguien.
Entonces, cuando terminen, él se deshará de este sentimiento.
Pero las semanas, meses y años pasan y el tipo todavía la mira como si todas las estrellas brillaran en su culo; ella todavía pasa más tiempo con ese tipo que con él. Y él todavía intenta estar cerca de ella como el imbécil que es porque ella es su amiga y su rival y es suya y ella ni siquiera sabe esa última.
—Ya no veo tu estúpida cara de perro tan a menudo como antes.
—¿Qué es esto, China? ¿Me extrañas?
Ella tose. —Simplemente es molesto, ¿sí? ¡No asumas cosas estúpidas!
Él suspira. —Supongo que puedo sacrificar una pequeña parte de mi valioso tiempo en patearte el trasero con más frecuencia.
Su mano se enrosca en el mango de su sombrilla, él desenvaina su katana y, por un momento, todo es como debería ser.
Después de otro reñido empate, ambos yacen en el césped junto al otro, jadeando. Él se gira lentamente para mirarla. Quiere decir algo, pero no sabe qué es.
—¿Sádico?
—¿Qué?
Ella lo alcanza para picarle la mejilla y solo lo mira fijamente como si estuviera buscando algo. —Él no sabe si lo encuentra, pero ella sonríe un poco. Nada. Solo eres tan asqueroso como siempre.
Hay un nombre para la gente que añora como él lo hace.
—Desinteresado —dice Kondo-san.
—Idiota —Hijikata-san sugiere.
—Muere, Hijikata-san.
El tipo se acerca a él antes que a nadie más y le dice que está planeando pedirle que se case con él.
Esta vez, ella no está ahí para detener todas sus groserías.
—No me importa una mierda quién será el idiota que se condene a una eternidad con esa cerda.
El tipo está estupefacto. Él solo quería saber que es lo que su 'precioso amigo' piensa. Si lo aprueba. Si le deja hacerla feliz. Si le permite cuidar de ella por el resto de sus vidas. Y quizá algún consejo sobre cómo pedir su mano a su familia.
—Sí, como sea. Sus dos familias están locas y probablemente te asesinen. Sería mejor escaparse. Pero ellos te encontrarán de cualquier manera y tú estarás doblemente muerto antes de que siquiera te la puedas coger.
El tipo no sabe qué responder a eso. Luce perplejo.
Hace la mueca de una sonrisa. —Pero seguro que estarán bien.
Se marcha porque incluso alguien como él tiene límites.
Se está volviendo bastante difícil respirar. Probablemente está enfermo o algo.
(Ella probablemente va a decir que sí).
Lo hunde lentamente pensar en ello; ella va a casarse.
Va a casarse y él no sabe qué hacer.
Kondo-san golpea su puño en la mesa. —¿No es obvio? ¡Detenla! ¡Pelea por tu felicidad! Convencela de que tú eres el único para ella en su vida. ¡Ese es el camino de los hombres!
Hijikata-san solo ve a lo lejos, después a él. Sacude la cabeza. —Idiota.
—Eres un inútil, Hijikata-san.
Pero también está en lo correcto.
—Detenla ya si eso es lo que quieres —Hijikata-san le dice cuando lo ve demorándose en la entrada.
—Como si yo fuera a hacer cualquier cosa que tú me pidieras, Hijibaka.
No ha hecho nada todo este tiempo. ¿Por qué debería hacerlo ahora?
Solo tendrá que mirar, justo como el resto. Ha sobrevivido hasta ahora. Cambiar las cosas solo es problemático e innecesario. Y él no tiene tiempo para lo innecesario.
El cielo es gris y parece estar cayéndose. Se encuentra acostado en el piso en medio de su sala, completamente solo excepto por el sonido de la lluvia.
Piensa en cómo reaccionará cuando ella le dé la noticia. Expresará incredulidad, por supuesto, de que alguien esté dispuesto a casarse con un espantoso cerdo como ella. Cuando ella lo invite a la boda, tendrá que sonar aburrido y desinteresado y será como un tsundere cuando hablen de asistir. Entonces él asistirá. Lo verá.
Lo verá.
—Mierda —dice al techo.
Pero el techo no dice nada.
Se da vuelta y golpea su frente contra el suelo. ¿Qué diablos está haciendo?
Escucha el tap-tap de la lluvia en su techo, el goteo de las canaletas. Escucha su propia respiración fuerte y pesada, como si algo estuviera oprimiendo su pecho desde dentro.
Se siente vagamente patético, pero no se encuentra de humor para que le importe. Además, no hay nadie que lo vea.
Una serie de golpes en su puerta lo hacen levantar su cabeza por un momento, luego la devuelve a su posición. Rueda perezosamente hacia la puerta, todavía reacio a levantarse.
El golpeteo en la puerta se vuelve insistente. Entonces viene una voz extremadamente familiar: —¿Sádico?
La manera en que habla lo hace levantarse en un instante. Cruza la habitación en unas cuantas zancadas y da un estruendoso portazo para abrir.
Ella claramente no tiene su sombrilla. Está empapada de pies a cabeza, las ropas aferrándose a su figura, su cabello largo goteante. Pero todo esto no lo distrae del hecho de que ella está llorando.
—China —es todo lo que es capaz de decir. Inclina su cabeza, invitándola a pasar.
Ella entra vacilante, su usualmente orgulloso semblante ahora cabizbajo mientras se abraza a sí misma. Algo se retuerse dentro de él, pero mantiene su expresión neutral mientras la observa por un momento, luego se dirige a su dormitorio para ofrecerle ropas secas.
Su mente está completamente en blanco. Le deja su camisa, un par de pantalones deportivos y una toalla sobre la cama.
Cuando vuelve, ella está parada justo donde la ha dejado, luciendo perdida. En su garganta un insoportable nudo.
—Báñate si quieres —le indica—. Después cámbiate.
—Sádico —ella dice de nuevo y solloza un poco.
El sonido alcanza sus huesos y lo desarma. No sabe qué hacer. —China —repite—. No voy a ir a ninguna parte.
Por una vez en su vida, ella hace lo que él indica. Él espera afuera de su habitación, recargándose contra la pared. Continúa escuchando la lluvia mientras repiquetea como si nada en el mundo hubiera cambiado. Existe violencia en la indiferencia del cielo.
Cuando sale de la ducha parece menos miserable, pero a la vez mucho más vulnerable. Su cabello cae mojado, mechones desordenados alrededor de su rostro seco. Su camisa, abotonada hasta el cuello, cuelga de sus hombros y casi sobrepasa sus muslos. Ha olvidado los pantalones y él cierra los ojos brevemente para sobreponerse.
Ella se sienta a su lado, el costado de su brazo tocando el suyo. Demasiado cerca. Pero igual él no se mueve.
Puede sentirla mirándolo, pero todavía no sabe qué clase de expresión hacer, así que mira hacia adelante.
Ella habla primero.
—Se me propuso.
Él lo sabe. Lo sabe y no quiero escuchar el resto.
Pero ella le dice de todos modos.
—Le dije que no.
Esa frase lo obliga a girarse hacia ella. Lo que sea que ve en su rostro la hace soltar una risilla, pero solo fugazmente.
Él espera una explicación, pero no llega. Solo se observan el uno al otro como si supieran qué hacer.
—¿Por qué? —Pregunta finalmente.
Su mirada vaga por su rostro. —No lo sé.
¿Es sólo él o ella está más cerca que antes? —¿Por qué no estás con el jefe, China?
—No lo sé.
—¿Por qué estás aquí?
—No lo sé.
—¿Qué demonios, China? ¿Estás inventando una nueva forma de estupidez o algo así?
Es ella quien termina besándolo, pero él le devuelve el beso porque ya ha patentado alrededor de una docena de nuevas formas de estupidez.
Se vuelve rápidamente adicto a la calidez de su boca, a la textura de su lengua. El pequeño sonido que ella hace cuando atrapa su labio entre sus dientes. La suavidad de su cuello bajo su tacto. Sus manos acariciando libremente su cadera con toques suaves, sus piernas, y ella lo arrastra al suelo mientras se recarga en su espalda. Sus pequeñas manos forman un puño con la parte frontal de su camisa, la otra se enreda en los cabellos castaños de él. Sus piernas se enroscan a su cintura. Él se separa de ella, respirando pesadamente, y traza la línea de su mandíbula con su lengua. Sabe a lágrimas y a lluvia.
Coloca su mano en el suelo al lado de su cabeza y se obliga a separarse de ella.
—China.
Sus ojos están oscurecidos y sus mejillas húmedas. —¿Qué?
—¿Por qué estás llorando?
Ella parpadea. —No lo sé, —repite, y es como si se abriera un grifo. Luego comienza a sollozar, sus pequeñas, pequeñas manos cubriendo su rostro, su cuerpo entero sacudiéndose. Sus piernas se han desenredado de su cintura.
Él rueda por encima de ella y se recuesta a su lado, sus brazos casi tocándose. —Quizá es porque finalmente se te ocurrió que le acabas de decir que no al único imbécil dispuesto a tolerarte. Ahora te volverás una bruja decrépita, disparándole a las personas para que no interrumpan tu sueño de vieja.
Y, en lugar de reírse o regresarle el insulto, ella llora aún más fuerte.
Por el amor de dios, murmura, mirándola. La cobija entre sus brazos y ella se aferra a él. —¿Por qué dijiste que no si ibas a actuar de esta forma?
—¡Yo no quiero casarme, estúpido sádico!
—¿Ah? ¡Pero nunca cerrabas la boca para decir que te casarías!
—¡No! ¡No quiero casarme!
—¡Decídete de una puta vez!
—...solo no me quiero casar con él, ¿sí?
Su voz se atora en su gargamte y se vuelve incapaz de hablar por un rato.
—¿No me digas "¿sí?", China. Un retorcido pedazo de mierda como tú no tiene derecho a ser quisquillosa con su futuro esposo.
—¡No quiero escuchar eso de la caca mayor!
—Como sea, ahora ya nadie querrá tenerte como esposa.
Ella inclina su cabeza, su cabello rojo roza contra sus labios. —¿Entonces qué estás haciendo aquí conmigo, Sádico?
Él la aprieta más fuerte contra él y piensa mucho sobre la respuesta. De verdad lo hace. —No lo sé.
—¡Ja!
Pero ella no lo presiona y él no dice nada más. Se quedan en silencio como si eso fuera todo lo que saben hacer.
Probablemente exahusta de llorar, se queda dormida rápidamente, su cuerpo menudo relajándose contra el suyo. Él, por otro lado, se siente más despierto que en años.
No es como si la amara. Existen otros nombres para esto, es solo que él no los conoce. A veces cree que los ha encontrado en la manera en la que sus piernas desnudas se frotan contra él, o cuando ella escarba en su nariz como la asquerosa gorila que es, intenta golpearlo con el resultado de su excavación y él la esquiva, y se da cuenta de que eso es lo que completa su día.
Nah, es imposible que él la ame, piensa mientras aspira su esencia, intentando dormir.
