Al final de una tarde
Si a Sanada le preguntaban qué opinaba de la responsabilidad, diría que era un requisito mínimo para cualquiera que quisiera ser parte del club de tenis de Rikkai.
Ni él ni Yukimura tenían tiempo que perder recordándoles tareas básicas como limpiar las canchas o guardar los implementos del club, aun si sí tenían la obligación de cerciorarse de que lo hubieran hecho.
Era parte de la rutina diaria y de la que Sanada se había hecho cargo en tu totalidad desde el regreso de Yukimura, pues Yukimura ya se estaba esforzando más que nadie por volver a las canchas y Yanagi ya había hecho mucho más de lo que le correspondía. Era solo una última obligación antes de concluir el día y bien podía encargarse de ello antes de cerrar con llave todo, comenzando con el depósito donde guardaban todo lo que no podía quedarse a la intemperie y terminando con los vestidores del club.
Esa era su última parada por la conveniencia de poder dejar sus maletas ahí y luego tomarlas antes de partir.
Además, era ahí donde estaban las duchas y Yukimura, siempre el último en dejar las canchas, merecía tiempo para limpiar el sudor del entrenamiento bajo una cascada de agua caliente y cambiarse, sin tener que preocuparse por ningún tipo de deber adicional.
Darle esos minutos era de hecho parte de su trabajo, pues era algo que podía hacer por él. De hecho, era más que lo que había podido hacer por Yukimura durante su estadía en el hospital y por eso mismo Sanada no planeaba dejar de hacerlo, aun si ocasionalmente se cruzaba con algún profesor que le advertía que ya debería haberse ido a casa.
Sanada sabía bien el motivo por el que no decían nada más, ni le impartían ningún castigo y si bien una parte de él se sentía culpable por ser parte de la excepción de las reglas, el orgullo de ser parte de un equipo dos veces campeón era más fuerte y estaba consciente de que con eso había algunos privilegios.
Y si Yukimura quería esforzarse más que nadie, él no se lo iba a impedir ni permitiría que nadie más lo hiciera, por lo que seguiría aprovechándolos.
Esperar a que Yukimura se alistase para volver a casa y recorrer parte del camino con él era lo que cerraba su día y, usualmente, una vez llegaba a los vestidores lo solía encontrar ya preparándose para partir, mas esta vez no fue así.
Las luces en el interior ni siquiera estaban encendidas, de hecho, a pesar de que la oscuridad del anochecer ya había llegado y las sombras en el interior impedían distinguir el familiar mobiliario del lugar.
Sanada frunció el ceño.
Yukimura había estado ya guardando sus raquetas cuando él había iniciando su revisión de las canchas, por lo que en este punto ya debería haberse cambiado y estar listo para iniciar su regreso a casa.
Presionar el interruptor junto a la puerta antes de cerrarla tras él no le permitió ver a Yukimura, pero sí confirmar que las pertenencias de éste continuaban allí y si bien eso le decía que Yukimura no se había se había ido sin él, no le daba ninguna indicación de dónde se encontraba ahora.
Esperar por él era una opción.
Contrario a la opinión de algunos, Sanada era perfectamente capaz de ser paciente y bien podía aguardar mientras meditaba o mientras reflexionaba sobre el entrenamiento de hoy o incluso mientras comenzaba a leer el texto que le habían asignado el la clase de literatura clásica. Pero…
A pesar de las burlas que podría recibir por ello, preocuparse era inevitable. Nunca habría dudado de la fuerza de Yukimura y no comenzaría ahora que lo había visto recuperarse en contra de todo pronóstico de una enfermedad que lo había derrumbado, pero no derrotado, pero solo pensar en una posible recaída era suficiente para llenarlo de un temor que nunca habría creído sentir.
Por eso lo que debía hacer estaba claro.
Si Yukimura había vuelto a las canchas o decidido visitar el gimnasio o estaba tomando una ducha más larga de la usual, aguardaría por él, mas para eso necesitaba cerciorarse de que se encontraba bien.
Con eso en mente, Sanada decidió comenzar con el primer lugar más cercano: las duchas. Estas estaban conectadas a los vestidores y no requería más que abrir una puerta y recorrer un muy corto corredor para saber si Yukimura estaba ahí o no.
Revisar dicho lugar fue lo correcto, pues apenas cruzó el umbral pudo ver luz en dicha área y escuchar el repiqueteo del agua contra las baldosas, lo cual dejaba más que claro que continuaba en uso. Pero aunque eso habría sido suficiente meses atrás, Sanada se encontró a sí mismo caminando hacia el sonido, buscando confirmar el estado de Yukimura.
Una vez lo hiciera, podría aprovechar el tiempo hasta que Yukimura partiese rumbo a su hogar.
—¿Yukimura? —llamó y al no recibir una respuesta, aceleró su paso al tiempo que sus latidos hicieron lo mismo—. ¿Yukimura, estás bien?
Apenas lo confirmara, daría media vuelta.
Su determinación era tan inmovible como una montaña o al menos eso era lo que Sanada había creído, mas en verdad sus pies fueron los que terminaron demostrando dicha cualidad.
Él no iba a justificar eso con el corto segundo en el que una punzada de pánico pareció atravesar su estómago al ver a Yukimura apoyando su brazo izquierdo contra la pared para mantenerse en pie, pues esa primera impresión pronto quedó en el pasado.
Examinar toda una cancha y a su oponente en cuestión se segundos antes de golpear la pelota era una habilidad adquirida con años de práctica y que no desaparecía cuando no estaba en una. Observando en un espacio tan limitado como el de una ducha era más que natural que fuera capaz de captar todo detalle en cuestión de un parpadeo.
La falta de vapor proveniente de la cascada de agua cayendo sobre Yukimura para luego rodar por su cuerpo hasta caer al suelo, el que cuando Yukimura giró su cabeza hacia él para verlo de soslayo los mechones de su cabello que usualmente cubrían su frente estaba pegados a su piel gracias a la humedad, que su otro brazo estaba contra su cuerpo y su mano derecha cerrada alrededor de su miembro, moviéndose a un ritmo más rápido del que su respiración agitada, que ahora podía escuchar a pesar del ruido del agua.
Debería dar media vuelta o quizás reprenderlo por realizar tal actividad estando en el colegio, mas de su garganta no salió palabra alguna.
—Sanada… —pronunció Yukimura en un suspiro ahogado y cerró sus ojos por un momento, sin detener los movimientos de su mano por un solo segundo. Yukimura exhaló por su boca y la mantuvo entreabierta por unos segundos, tras lo cual pasó la punta de su lengua por su labio inferior y entreabrió sus ojos para verlo nuevamente—No tengo mucha privacidad en casa —explicó con sus labios curvados en algo cercano a una sonrisa y un tono casual, que no habría delatado nada por sí solo pese a su falta de aliento—. Terminaré en un momento.
Lo que Yukimura había dicho no era una era una excusa, sino una realidad.
Incluso luego de ser dado de alta, no había sido extraño verlo siendo seguido por un séquito de enfermeras que, por lo que sabía, incluso había estado presentes en su hogar. Tal sombra que lo había perseguido había desaparecido con el paso de sus semanas gracias a que la recuperación de Yukimura avanzara mejor de lo que los médicos lo habían creído posible.
Aun así, era un hecho que la semilla de la inquietud no había desaparecido, en parte debido a las advertencias de los doctores que impedían dejar todo miedo en el pasado y fuese donde fuera que Yukimura estuviese, siempre había alguien.
Sanada mismo era uno de los culpables y su presencia lo demostraba, pues en lugar de reconocer que no era necesario ni bienvenido allí, continuaba manteniendo su vista en él.
Yukimura no necesitaba un guardián mientras mordía sus propios labios y usaba su pulgar para estimular la punta, ni él había buscado convertirse en parte de la audiencia de algo que no tenía ninguna relación con el tenis, pero…
—¿Quieres mirar?
La pregunta fue una sorpresa, tal como lo fue el descubrir que ahora Yukimura tenía sus vista fija en él y el que pese a que su rostro delataba un calor sin relación alguna con el agua y su mirada estaba nublada debido al placer, sus ojos estaban enfocados no en su rostro, sino mucho más abajo, y la sonrisa en sus labios era mucho más afilada.
Era una vergüenza solo notar ahora que la previa punzada de terror se había convertido en lava y lo había invadido como el fuego, mas la disculpa que quiso pronunciar quedó en el olvido.
El motivo fue simple: Yukimura volvió a abrir su boca, como si fuese a reanudar su ataque con palabras que Sanada no quería escuchar, pero antes de que pudiese añadir algo más, Sanada logró abandonar su inacción.
Sin embargo, en vez de retroceder, se encontró a sí mismo bajo las uniformes gotas de agua, usando una mano para presionar uno de los hombros de Yukimura y obligarlo a girarse por completo hacia él, arrinconándolo contra la pared al mismo tiempo, y llevando la otra hacia los labios de Yukimura, silenciándolo justo a tiempo.
Por un instante, la sorpresa lo paralizó una vez más y verla reflejada también en los ojos de Yukimura creó un nudo en su garganta que le impidió una vez más disculparse por sus acciones, gracias a las que ahora podía sentir la forzosa respiración de Yukimura contra su meñique.
No haber cubierto también la nariz de Yukimura era algo bueno, sin duda, mas estar tan cerca que no podía escapar de su mirada no lo era tanto.
Estar a tal proximidad le permitió ver la sorpresa desaparecer de sus ojos, los cuales pasaron de estar abiertos por completo a volver a entrecerrarse y pese a la todavía presente niebla de la excitación, había algo más en ellos, que hizo que Sanada contuviese su propia respiración y aguardase.
Yukimura parecía estar considerando con todo cuidado su próximo movimiento, tal como lo haría cuando había una red entre ellos, y de repente actuó.
Y no empujándolo o golpeándolo o mordiéndolo, sino llevando su mano izquierda hacia su pantalón.
Ese fue el instante en el que Sanada notó que Yukimura no había dejado de tocarse y también que el fuego en sus venas había tomado una forma perfectamente tangible, la cual ahora estaba en manos de Yukimura.
La agilidad de los dedos de Yukimura para sacarlo de su pantalón era algo que quizás merecía ser admirado, mas la distracción de sentir una mano ajena a su alrededor hacía imposible cualquier tipo de pensamiento o palabra coherente, mas esa extrañeza inicial no impidió que se estremeciera o que se moviera hacia ese toque aun antes de pensar en lo que estaba haciendo, reduciendo incluso más la distancia entre ellos y notando tardíamente lo que estaba ocurriendo.
Él estaba siguiendo el ritmo impuesto por Yukimura, tal como en la cancha, e incluso estaba viendo sus sentidos afectados, pero de una forma opuesta a la usual.
En vez de perder toda percepción, todo parecía haberse agudizado y enfocado en Yukimura y las sensaciones que le estaba causando.
El sonido de la ducha, tan notorio antes, había sido reemplazada por los cada vez más acelerados latidos de su corazón. ¿O era el de Yukimura? O quizás era el de ambos, participes de una persecución en la que ambos buscaban ganar.
Era como jugar dobles, en cierta forma, pero en lugar de observar toda la cancha, Yukimura era al único que podía ver. Si antes se había fijado en su cabello, ahora su atención fue robada por sus ojos entreabiertos y sus pestañas, que parecían temblar y amenazar con que sus párpados cubrirían sus ojos pronto, cosa que no había pasado aún, como si Yukimura estuviese luchando contra ese instinto para mantener parte de su atención en Sanada y sus reacciones, tal como Sanada mismo estaba haciendo.
Aunque sin duda Yukimura no estaba tan consciente como Sanada estaba del aroma del shampú que Yukimura usaba, que siempre se le había antojado un tanto dulce, pero que en ese instante casi sentía que podía saborearlo en la punta de su lengua.
Solo pensarlo lo hacía querer probar más y descubrir si eso era más que una alucinación y si los labios de Yukimura eran tan dulces… mas por suerte, su propia mano era una barrera que le impedía llegar a ellos.
Sanada tragó saliva y bajó su mirada, queriendo dejar en el olvido ese impulso pasajero. Tal acción, sin embargo, solo lo hizo estremecerse pues ver aumentó las sensaciones que de por sí ya lo estaban abrumando.
Una cosa era sentir la mano de Yukimura a su alrededor, algo que una parte de sí no podía creer, y otra era ver con sus propios ojos que era una realidad.
Él había visto esas manos tantas veces que estaba seguro de que podría reconocerlas sin importar qué. Así estuviese sosteniendo un pincel entre sus dedos, o alzando un libro o una botella de agua, o así tuviese ambas manos inmóviles sobre una cama que no parecía tan blanca comparada con la palidez de su piel, o estuviese sosteniendo una raqueta con una firmeza que hacía de esa previa fragilidad pareciera una mentira.
Y aparentemente también eran indistinguibles así estuviesen haciendo algo tan obsceno como darle una paja.
Finalmente captar eso hizo que Sanada se moviera, pero contrario a lo que debió haber hecho, fue hacia Yukimura.
Prácticamente embestir su mano no había sido su intención y el resultado de tal acción le trajo una vibración placentera que lo estremeció de pies a cabeza y también una ola de culpa que no pudo ignorar.
Aun si era ya demasiado tarde para hacer de esto una vergonzosa fantasía en vez de una realidad y Yukimura lo estaba llevando a un paraíso completamente opuesto a la nada de robarle sus sentidos, lo menos que podía hacer era no ensuciar ni un dedo de Yukimura.
Con eso en mente fue que usó la mano que no seguía cubriendo la boca de Yukimura para apartar la mano de Yukimura y reemplazarla… reemplazarlas con la propia.
Ese fue un impulso. Acercarse más, juntando ambas erecciones y dejando que el ritmo del cuerpo de ambos (pues Yukimura también estaba moviendo sus caderas sin el refreno que Sanada había intentado mantener) complementara el movimiento de su mano envolviéndolos a ambos.
Pese a seguir silenciado, Yukimura dejó escapar el aire por su nariz y alzó sus manos, ahora libres, hacia él.
Yukimura no lo apartó, sino que se aferró a él al tiempo que cerró sus ojos por completo, luciendo como si se estuviese entregando al placer y dejándose ir, tensándose solo ante la cercanía de una cima que, cuando llegó, pareció sacudir su mundo al punto de depender de Sanada para mantenerse en pie.
Buscar sostenerlo llevó a que Sanada finalmente dejara de cubrir su boca y tal acción le permitió escuchar sus jadeos con tal claridad que fue lo único que necesitó para seguirlo y que todo a su alrededor fuese eclipsado por un instante que quizás fue más extenso de lo que creía, pues una vez pudo volver a enfocarse en Yukimura, éste ya parecía haber recuperado toda compostura y en su cuerpo no había ninguna evidencia de nada gracias a la incesante agua tibia que seguía cayendo sobre ellos.
El tiempo parecía haberse detenido, dejando solo una aterradora claridad en la mente de Sanada que le impedía ver esa falta de rastros como un consuelo.
Aun si su mente había terminado nublada por una excitación que no quería atribuir a Yukimura, él recordaba cada una de sus acciones y sabía que Yukimura también.
Sin duda por eso lo estaba mirando fijamente con una expresión seria y apenas sus miradas se encontraron, abrió su boca.
—Sanada —dijo con la misma firmeza que usaba antes de dar una orden y alzó una mano. Sanada de inmediato dio un paso hacia atrás, adelantándose al rechazo que auguraba, mas Yukimura solo usó sus dedos para echar su propio cabello hacia atrás al tiempo que suspiró—. Estás empapado. —Los labios de Yukimura se curvaron en una sonrisa pequeña antes de continuar—: Ve a cambiarte antes de que te enfermes.
Aunque Sanada trató de responder, de su garganta no escapó sonido alguno, ni siquiera cuando Yukimura abandonó la ducha sin siquiera preocuparse por detener el agua primero y apenas tomando la toalla colgada fuera en cuanto estuvo en el corredor.
Sin duda era porque no sabía qué decir. Una disculpa era apropiada, aun si no merecía pronunciarla, o un sí sería adecuado, porque lo que Yukimura había dicho era perfectamente lógico, pero…
Bajo la incomodidad de unas prendas pesadas y frías que se estaban pegando a su cuerpo, Sanada observó a Yukimura partir y tardíamente giró la llave, acabando al fin con esa cascada de agua y fue tras él una vez se aseguró de estar tan presentable como podía estarlo calado hasta los huesos.
No estaba preparado, pero no iba a huir, ni a dejar sus tareas a medias.
Cerrar los vestidores era todavía un pendiente que completaría sin importar lo que Yukimura decidiese hacer o decir.
