Alec despertó de golpe en su cama del Instituto de New York, cubierto de sudor. Había tenido un extraño sueño recurrente: una playa al parecer de California, una animada celebración al atardecer junto a todos aquellos a los que más quería, incluso dos niños, uno de ellos con la piel azul y cuernecitos en la cabeza y el otro de apariencia más convencional... y él... aquello era lo más preocupante, el hombre alto y delgado, con el cabello de punta que aparecía en su sueño. No le veía la cara, siempre estaba en sombras o difuminada, pero lo recurrente es que iba corriendo hacia él y nunca era capaz de tocarle; sólo escuchaba una voz triste que decía: lo siento, Alexander...

El joven Lightwood no entendía porque soñaba lo mismo noche tras noche, e incluso tenía un miedo oculto: que ese hombre significara más para él de lo que creía. Sin embargo, no podía ser. Era Alexander Lightwood, el Cónsul más joven desde que Charlotte Fairchild había sido nombrada como tal; iba a casarse con una cazadora de sombras venida desde el Instituto de Londres... y era cierto que últimamente las cosas se habían puesto extrañas,ya que nadie había podido ponerse en contacto con Idris ni entrar en el país escondido de los cazadores de sombras, de tal manera que ya le llamaban: el Cónsul de la Clave en el Exilio; tenía todo lo que podía desear. Por todo eso, el hombre de sus sueños no podía significar nada para él, más allá de una amistad... Quizá la Clave se hubiera modernizado un poco, pero nunca aceptarían a un Cónsul que tuviera... no podía ni pensarlo... ciertas tendencias. Y sin embargo, a pesar de todo eso, sentía que algo faltaba en su vida.

Estaba seguro que después de aquel sueño no podría volver a dormir, así que decidió que lo mejor que podía hacer era entrenar un poco. Se puso un traje de entrenamiento y cogió el arco, su arma favorita, que colgaba de un gancho en la pared, junto a un carcaj repleto de flechas... tal vez si lograba agotarse conseguiría dormir un poco más, sin soñar.

Clary Herondale miró a su cuñado por encima de la mesa del desayuno que compartían. Estaba preocupada por Alec, hacia días que lo veía cansado, ojeroso y demacrado.

- ¿Alec? - Le llamó con voz dulce, tratando de llamar su atención. - ¿Estás bien?

- ¿Eh? - El joven levantó la mirada de golpe, sorprendido, como si hubiera olvidado que la chica estaba allí. - Perdona, no te escuche... ¿me has dicho algo?

La pelirroja puso los ojos en blanco, a pesar de sus desastrosos inicios, adoraba al parabatai de su esposo, pero a veces le daban ganas de asesinarlo. Sospechaba que a él le pasaba lo mismo con ella; repitió la pregunta.

- Mmm... bueno, soy el Cónsul más joven que ha tenido la Clave desde la época de tu antepasada Charlotte - contestó Alec, contando con los dedos - de una Clave que no sabe que diablos pasa en Idris ni porqué están cerradas las fronteras... y me voy a casar dentro de nada... yo diría que tengo derecho a estar preocupado...

- Te recuerdo que Jace y yo somos los Directores del Instituto de New York más jóvenes del mundo - replicó Clary, sonriendo. - No se lo digas a Jace, pero creo que incluso su famoso antepasado, Will Herondale, era más mayor...

- ¿Y por qué que vosotros seáis los Directores de Instituto más jóvenes del mundo tendría que servirme de consuelo? - Preguntó Alec, con una sonrisa sarcástica. - Más bien me hace temblar y preguntarme que tenía en la cabeza mi madre para pediros que lo fuerais...

- Oye, arquerito... ¿qué insinúas?

- ¿Ya os estáis peleando? - Dijo una voz guasona a sus espaldas. - Creía que el tiempo de tregua antes de que sacarais los cuchillos serafín duraba hasta después de desayunar, incluso... sino hubiera venido antes...

- ¿Y a quién apoyarías, Jace? - Preguntó el arquero con una sonrisa cariñosa, sin mirarle.

- Mmm déjame pensar... hacerme elegir entre mi querido parabatai y mi amada esposa... eso es muy cruel, Alec Lightwood...

Jace Herondale, esposo de Clary, parabatai de Alec y director del Instituto de New York, estaba en la puerta del comedor, vestido con el traje de combate. El chico parecía cansado y somnoliento, ya que al parecer había estado patrullando las calles de New York toda la noche. La pelirroja se levantó y fue a darle un beso.

- ¿Ha sido una buena patrulla? - Le preguntó cariñosamente.

Al verlos besarse, Alec sintió como si le dieran una puñalada en el corazón. Jace y Clary no se cortaban al expresar sus muestras de amor, y después de todo lo que habían pasado, no creía que debieran hacerlo. No obstante, el cazador de sombras había entendido lo que le faltaba: el amor... o mejor dicho, la sensación de que había estado profundamente enamorado pero algo fallaba. Se iba a casar, sí... y su futura esposa, Tsubaki Castairs, prima lejana de Emma Castairs, era amable, cariñosa y divertida; le gustaba, pero no estaba enamorado de ella. No como lo estaban Jace y Clary.

- No ha estado mal - le estaba diciendo Jace a Clary, con su habitual arrogancia, contestando a la pregunta que la chica le había hecho antes. - Mortalmente aburrida, porque hace meses que no pasa nada en New York más que alguna que otra pelea de subterráneos en el Mercado de Sombras, y encima como te tuviste que quedar para esa reunión con Lily Chen en el Santuario, me sentí que más que a patrullar iba a sujetarles la vela a Simon e Izzy mientras ellos iban de cita romántica.

- Jace, para ti una patrulla sería aburrida a no ser que se abriera Edom y los demonios entraran en masa y atacaran New York - dijo Alec, cruzado de brazos, aunque sin poder evitar una sonrisa. Por mal que estuviera, su parabatai siempre conseguía sacarle una sonrisa, era el único que lo conseguía. - Siéntate y desayuna - le indicó, tirándole un bollo a la cabeza, que el rubio atrapó con habilidad.

- Sí, papá... - se burló Jace; aunque le hizo caso y se sentó a la mesa con ellos. - Ah, no... que ahora debemos tratarte con más respeto, gran y poderoso Cónsul... pero deja que te recuerde que en Edom no hay nada, sino una gran, desolada y aburrida versión de nuestro mundo.

Alec se echó a reír al oírle, Jace era incorregible y él ya había dejado de intentarlo; sin embargo, la mención del mundo controlado por Lillith y el Príncipe del Infierno Asmodeus le hizo poner mala cara. Sabía que hacia la mitad de la Guerra Oscura, ellos tres, junto con su hermana Izzy y su prometido Simon Lovelace, se habían adentrado en ese mundo para rescatar a los subterráneos y a Jocelyn, la madre de Clary, a quienes Sebastian Morgenstern había secuestrado. Pero él no había ido aquella dimensión demoniaca sólo por rescatar a los prisioneros... había habido algo más que lo había llevado hasta allí. Algo que no recordaba.

- ¿Alec? ¿Sigues aquí con nosotros? - Le preguntó ahora Jace, cambiando su expresión a preocupación. - ¿Estás bien?

- Ya veo que ni uno ni el otro vais a parar hasta que os cuente que pasa - suspiró el joven Cónsul, resignado.

- Alec, soy tan impresionante que me he dado cuenta enseguida que te pasaba algo - se jactó Jace, intentando hacerle sonreír de nuevo. - Por lo de la sangre de ángel y eso...

- ¿No será más porque eres su parabatai? - Preguntó Clary, con sarcasmo, tras tomar un sorbo de su café.

- Vale, sí, tú ganas, Morgenstern - aceptó Jace, apuntándole con el dedo. - Me dado cuenta porque soy su parabatai y sé que lleva muchas noches sin dormir bien. A parte que no sería la primera que he vuelto antes de la patrulla y me lo he encontrado saliendo de la sala de entrenamiento al amanecer.

Alec meneó la cabeza al escuchar sus tonterías, a pesar de que les gustaba verlos bromear y lanzarse pullas. Decidió que, por raro que les pudiera parecer, (dudaba que les pareciera escandaloso, a ellos, que no pudieron evitar seguir enamorados cuando creían que eran hermanos), debía contarles lo de sus sueños y la sensación de pérdida que no entendía.

- Te recuerdo, mi querido Jace, que ahora soy Herondale - puntualizó Clary, con la sonrisa de quien sabe que ha ganado.

- Apellidos aparte - intervino Alec, masajeándose el puente de la nariz. - Hace días que tengo una pesadilla recurrente y no sólo eso... parece como si me faltara algo...

- Mmmm hasta donde nosotros sabemos - caviló Clary. - Hace unos meses te nombraron Cónsul, acabaste con la Paz Fría y te prometiste por sorpresa con Tsubaki Castairs quien iba a decir que Emma tendría una prima medio inglesa, medio japonesa...

- No sé que le ves de raro, Clary - intervino Jace, echándose para atrás en la silla, de forma que ésta estaba en un precario equilibrio sobre dos patas. - El hermano Zacharias, Jem Castairs, es medio chino...

- Volviendo a mi problema - les atajó el moreno antes de que se enzarzaran en una discusión sobre el gusto de los Castairs por lo oriental. - Sé todo eso, Clary Tsubaki es buena chica, me cae bien y todo eso, pero hay algo más, como si hubiera perdido algo muy importante - se sonrojó antes de decir lo siguiente. - En mis sueños... bueno... ejems hay un hombre que nunca veo bien... sólo escucho su voz: "lo siento, Alexander"... y esa forma de llamarme "Alexander"... - se sujetó la cabeza con las manos; no solía mostrar fragilidad, pero con ellos dos sabía que podía hacerlo sin que lo juzgaran.

- Bueno, Alec - opinó el Director de Instituto, con cierta seriedad. - Me parece que hay varias opciones para lo que te pasa: la primera, hace poco que te nombraron Cónsul y te ves superado por todos los problemas que ha habido desde entonces, sobre todo la falta de contacto con Idris, y todo eso poco después de que el pobre Robert muriera; la segunda, que haya algún demonio que te esté fastidiando, mandándote sueños para que creas que hay algo que has perdido...

- Y la tercera y más inquietante, que te hayan robado los recuerdos - terció Clary, muy preocupada. - Inquietante, sobre todo, porque no sólo te los habrían robado sólo a ti, sino a todos nosotros... porque no sé tú, Jace, pero yo no recuerdo a ningún hombre relacionado con Alec excepto tú, claro.

- Aunque tampoco sería tan raro - dijo Jace, pensativo. - Igual a los carcamales de la Clave les importaba mucho eso de que los cazadores de sombras fueran homosexuales, pero dime tú que importa eso para luchar contra los demonios... no es como si fueran a ir vestidos a colorines... además, a esos bichos les van tanto tíos como tías... a los que tienen inteligencia, al menos...

El joven Lightwoood sintió una oleada de cariño por sus hermanos; sólo había insinuado que podía haber sentido algo por el hombre desconocido de sus sueños, pero ellos no le habían dado importancia.

- Más bien creo que lo que les pasa es que si pudieran prohibir el amor tanto romántico como sexual, lo harían... - afirmó Clary, muy convencida. - De todos modos, volviendo a tu problema, Alec creo que deberías pedir ayuda... no a los Hermanos Silenciosos... pero quizá... ¿os acordáis de Magnus Bane?

- Mag ¿Magnus Bane? - Balbuceó Alec, casi atragantándose. - ¿El Brujo Supremo de Brooklyn?

- Sí, siempre ha tenido predilección por ayudar a los Cazadores de Sombras, - asintió Clary. - Es posible que consiga descubrir lo que te pasa.

- Pensaré en tu sugerencia, Clary - el chico se puso en pie. - Os dejo, chicos, dentro de media hora tengo una reunión con Cristina y Diego, que van a llegar de México.

Ambos asintieron y le hicieron un gesto de despedida. En otro momento, hubieran aprovechado el rato a solas para otra cosa, pero sólo se miraron entre ellos y, sin palabras, decidieron investigar lo que le podría estar pasando a Alec.

Caminaba por la avenida Greenpoint, en Brooklyn, Alec tenía la sensación de que había hecho ese mismo camino muchas veces, y sin embargo, era la primera vez que iba a esa zona de New York. Miró el mensaje que le había enviado Clary con la ubicación del apartamento donde Magnus Bane vivía, sólo para darse cuenta de que estaba justo enfrente. Era un loft de aspecto industrial, pero tenía algo que llamaba la atención o, mejor dicho, hacía que el joven Cónsul se sintiera atraído hacia su interior como una polilla a la llama de una vela. Subió lentamente el corto tramo de escalones que llevaba hasta la puerta principal, sin saber muy bien que hacía allí. A pesar de sus dudas, antes de darse cuenta su cuerpo se había puesto en modo automático y llamó al timbre...

- ¿Sí? - Por la puerta asomó un hombre alto, de rasgos asiáticos, con el cabello oscuro peinado de punta, aunque despeinado hubiera sido más acertado. Tenía unos impresionantes ojos dorados, gatunos, sin duda su Marca de Brujo, que, aunque somnolientos, se abrieron de golpe, muy asustados, al verle en el umbral de su puerta.

- ¿Mag Magnus Bane? - Preguntó, entre muy nervioso de repente y extrañado por la reacción, aunque el brujo había recuperado la compostura enseguida.

- ¿Ocurre algo, Cónsul Lightwood? - Preguntó Magnus en tono desdeñoso, muy digno y altivo, ajustándose bien el vistoso batín de brocado, que parecía ser la única ropa que llevaba. - Porque a no ser que haya hecho algo en contra de los Acuerdos, cosa que dudo, nada explica su presencia aquí... ¿no le llegó mi carta de renuncia a mi puesto en el Consejo? Catarina Loss ocupará mi lugar.

Alec se sintió confuso al escuchar esa parrafada, sí... recordaba una carta como esa, pero tampoco le había dado mucha importancia.

- Esto... - el joven se maldijo interiormente, estando frente a aquel hombre había perdido todo el valor y tartamudeaba como un niño pequeño. - Yo... yo... yo creo... creo que... necesito su ayuda... seño.. señor Bane...

- Señor Bane... - murmuró Magnus, con sarcasmo. - Al menos lo pides con educación, aunque su Excelencia Gran Brujo sería más adecuado... pero, claro... eso es mucho pedir para los altivos hijos de Raziel... Lárgate, niño... ya estoy harto de ayudar a los Cazadores de Sombras, no me traéis más que problemas.

- Pero... Clary Fairchild me dijo que... - Alec no pudo continuar, ya que Magnus Bane parecía haber dado por concluida la conversación y le había cerrado la puerta en las narices. - ¡Pero bueno...!

Magnus apoyó la frente en la puerta, sabiendo que Alec estaría aún fuera, confuso y furioso. Cerró los ojos, muerto de pesar, mientras unas amargas lágrimas corrían por sus mejillas.

- Perdóname, mi Alexander - susurró sólo para él.