Matasangre
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
Prompts: Noche y duelo.
Es noche cerrada en Desembarco del Rey, con luna nueva y sin estrellas que alumbren el firmamento.
Hay oscuridad y a ti no te gusta.
La oscuridad te recuerda a la tormenta y la tormenta te recuerda a él. A lo que le hiciste.
Si cierras el ojo, puedes verlo con tanta claridad como si estuviera ocurriendo en ese instante: Vhagar cerrando las enormes fauces en torno al pequeño dragón, la sangre humeante disolviéndose entre las nubes junto al retazo de ala que se llevó el viento, y Lucerys cayendo al vacío, sin que pudieras hacer nada para salvarlo. Extendiste la mano enguantada, pero allí quedó, congelada, sin nadie que se aferrara a ella.
Lo buscaste por las turbulentas aguas de la Bahía de los Naufragios, a riesgo de que las olas te arrastraran a ti también, pero no lo encontraste sin muerto ni vivo.
Tuvieron que transcurrir tres noches y dos días para que su cuerpo y la cabeza del dragón fueran arrastrado hasta la orilla. Escuchaste que un pescador le improvisó un sudario y lo llevó hasta Rocadragón para entregárselo a tu media hermana.
Enciendes todas las velas de tus aposentos: las del candelabro que cuelga del techo, las que reposan en el alféizar de la ventana y también las repartidas por los estantes de la biblioteca. No te importa que la llama fluctuante pueda encender tus preciados libros. Por ti, pueden arder junto a los mapas añejos, en los cuales trazaste la ruta de tus sueños.
Tendrías que prender fuego a todo Desembarco del Rey para alejar la oscuridad. Porque la oscuridad está en ti, en él, en su recuerdo.
Caminas por la habitación como gato enjaulado. Vas hasta la puerta, giras a la derecha y vuelves sobre tus pasos. Te acercas a la ventana y miras al cielo. Sigue oscuro, sin estrella o luna. ¿Qué esperabas? ¿Qué aparecieran por tu gracia y voluntad? De ninguna manera. La ciudad duerme apaciblemente mientras los pensamientos te siguen atormentando.
Te diriges al tocador, donde reposa un espejo de plata. Antes de cada amanecer, solías mirar tu cicatriz y tocar el zafiro del ojo vacuo, dejando que el frío de la joya traspasara tu piel; ahora, ya no tiene sentido. Porque encuentras tu reflejo y también el de él. Rizos castaños cayendo sobre la frente, ojos oscuros como pozos sin fondos y boca rígida.
—¿Por qué lo hiciste? —te pregunta sin mover los labios—. Dijiste que un ojo por un dragón era un trato justo.
Claro que lo dijiste. Fue cuando tenías diez años y pensabas que nada cambiaría, que Rhaenyra no se lo llevaría a Rocadragón y que tu madre no te manipularía con su ponzoña.
—Yo no quería que murieras —susurras y acaricias el contorno difuso de su rostro.
—Pero estoy muerto —te recuerda. El dolor te cala hondo, te deja sin respiración—. Estoy muerto por tu culpa.
—¡Ya lo sé! —gritas. El remordimiento es una loza que te doblega. Lucerys. Helaena. Jaehaerys. No pudiste salvar a ninguno—. Todo es mi culpa…
En un arrebato de furia contra ti mismo, estrellas el puño cerrado contra el espejo. El cristal se fractura desde el centro hasta los bordes. Algunos fragmentos se clavan en tu piel y la superficie se torna roja. Es tu sangre, cálida y turbia, la que lo mancha todo. Incluso el rostro carente de vida de tu sobrino.
Pero él sigue ahí, no desaparece. Y se atreve a mirarte con pena.
—Mira lo que has hecho —te dice con voz infantil, esa que tenía a los siete años—. Estás lastimado, tío. ¿Ya te sientes mejor?
Te duelen los cortes, pero más te duele el pecho, el corazón. El duelo por su muerte será eterno y no existe cura para tal sufrimiento.
La puerta se abre bruscamente; tu madre entra por ella y grita escandalizada al verte así, herido, con la sangre corriendo por tus dedos. «¿Ahora te preocupas por mí?» quieres decirle, pero las lágrimas te ahogan las palabras.
—¿Qué sucedió, hijo mío? —te pregunta como si no supiera la respuesta—. El guardia dijo que estabas hablando solo. —Te sostiene la mano, tratando de detener la hemorragia. Se arruina el vestido, nunca la conciencia. Mira el espejo roto—. ¿Tú hiciste esto? —Guardas silencio—. ¿Por qué?
Le dices la verdad.
—Lo veo en el espejo.
—¿A quién ves en el espejo, Aemond?
—A Luke, madre —respondes. Sus ojos se abren con sorpresa—. Aparece siempre que hay oscuridad y me susurra verdades que no quiero escuchar. —Te agarras la cabeza con las manos—. Es mi maldición por haberme convertido en un Matasangre.
Los hombres de Poniente no derramaron la sangre de sus familiares durante siglos, ¿por qué tuviste que hacerlo tú? Estás pagando el precio de la doble traición: hacia tu sangre y hacia el amor.
—No estás pensando con claridad, hijo. Le pediré vino del sueño al maestre para que puedas dormir sin soñar.
—No es vino lo que necesito, madre. —«Necesito que él vuelva, que esté conmigo», piensas.
—Entonces dime, Aemond, ¿qué puedo hacer por ti?
La miras con tu ojo sano.
El pelo ondulado le cae junto a los pómulos sonrosados y sus ojos están vidriosos, al borde de las lágrimas. Se ha vuelto tan buena fingiendo que hasta parece sincera, pero tú sabes que no es verdad. Ella brindó con Aegon durante el banquete que se celebró para tu regreso y dio gracias a los Siete por un bastardo menos en el mundo.
—¿Tú? —escupes con rabia—. Tú eres la culpablede mi desdicha. Nos alimentaste con odio y rencor desde la cuna. Nunca te importó nuestra felicidad, solamente que nos impusiéramos sobre ella y sus hijos —dices. Tienes esa verdad atorada en la garganta desde hace años. Te sientes aliviado al vomitarla—. Mira el desastre que es Aegon. Tiene vino en las venas y es un depravado que compra niños para su disfrute. Y tú lo has sentado en el Trono de Hierro.
—Ten cuidado cómo hablas de tu hermano, él es el Rey ahora.
—¡Me importa una mierda! —exclamas. Te trae sin cuidado si los guardias los escuchan y te acusan de alta traición—. Aegon es un infeliz y Helaena también. Ella podría haberse casado con Jacaerys, estar viviendo en Rocadragón, lejos de toda esta inmundicia.
—¿Y permitir que tuviera niños de pelo oscuro y ojos castaños? Jamás.
—«Los tres son bastardos Strong, fruto de la indecencia y la inmoralidad» —recitaste. Lo has escuchado tantas veces que ya lo sabes de memoria—. Poco importa que sean bastardos cuando Laenor Velaryon los reconoció como sus hijos. Hasta padre sabía la verdad e igual sentó a Jace sobre sus rodillas y proclamó frente a toda la corte que todo esto sería suyo cuando Rhaenyra ascendiera.
—Tu padre era un buen hombre, pero estaba cegado. Igual que tú lo estás ahora. ¿Tanto lo querías para sufrir de tal modo por él? —pregunta.
—No hables en pasado, madre. Lo quiero. Lo sigo queriendo, aunque esté muerto.
El horror borra las lágrimas de la mirada de tu madre. Se inclina hacia ti y piensas que va a golpearte como tantas veces lo hizo con Aegon, que te arrancará la piel a tiras con sus uñas largas y afiladas. Pero te toca la mejilla con una ternura inusitada.
—Puedes permitirte ser débil por una noche —te dice—. Trata de dormir o pasa la noche en vela. Me da igual. Pero cuando amanezca, quiero que vuelvas a ser el mismo. Mi Aemond.
Se marcha y te vuelve a dejar solo.
Lo que tu madre no entiende es que nunca más volverás a ser el mismo porque él está muerto y tú eres el único culpable de ello.
