Nota: No leas si no eres monsterfucker. Y obviamente, son los originales.


Garras largas, filosas y puntiagudas que podrían fácilmente atravesar y cortar su piel cual espada.

Ojos predadores y fijos en su ser, que probablemente serían capaz de notar hasta los detalles más nimios a simple vista.

Colmillos blancos como la nieve, firmes como el mármol y punzocortantes como una daga.

Y cuernos…

Cuernos teñidos en un reluciente y hermoso escarlata, imponentes y curveados hacia atrás. Cuernos que, lejos de parecer amenazantes, le daba una imagen elegante e hipnotizante a su poseedor.

Nada de lo que estaba pasando se sentía real, pero el toque lento y fantasmagórico le susurraba que no era su imaginación. Que no era un sueño.

O una pesadilla.

Y que en realidad– estaba a merced de su difunta esposa.

Rudbeckia lo miró a los ojos entonces, sonriéndole con una dulzura burlona al mismo tiempo que acunaba su mejilla con cuidado.

– ¿Qué pasa, cariño? – preguntó, con fingida ignorancia ante la situación. Divirtiéndose insanamente ante su mirada confundida y sorprendida, ensanchando su sonrisa al acercarse a su rostro –, ¿Acaso…me tienes miedo?

Si alguna vez Isuke guardó en su corazón el deseo de volverla a ver, no esperaba que su deseo infantil y lamentoso se materializara así. No luego de haber sido él quien cumplió con su egoísta pedido de matarla.

Su corazón se estrujó ante el dolor de ese recuerdo que siempre sería la herida sangrante sin cicatrizar, incluso si estaba casado con Freya ahora.

–… Yo…

Yo te había matado, Rudbeckia.

Te vi morir.

Yo te arrebaté la vida.

Fui yo.

Cerró los ojos, no pudiendo soportar más pero no apartándola. Él siempre sería débil con ella. (Y esta siempre sería su eterna condena).

Rudbeckia borró su sonrisa pero no quitó su mano de él. Sólo contempló su vulnerabilidad en silencio, casi sintiéndose igual de triste que el paladín debajo de ella.

…O no lo sabía, su nuevo estado le impedía sentir por completo sus emociones y muchos de sus recuerdos eran borrosos o fragmentados. A excepción de los que tenía con él, con Isuke.

Parte de sus tentáculos se enroscaron en sus piernas y torso, mientras que los restantes acariciaban cualquier rincón de su cuerpo. Isuke tembló ante la sensación babosa y helada que esto le provocaba, y que por algún motivo, estaba disfrutando.

Rudbeckia tomó su rostro entre sus manos, acercándose un poco más. Con su cabello haciendo de cortina, como si esto fuese algo sólo de ellos dos y de nadie más.

– Isuke, ¿Tú aún…me amas?... ¿Me quieres?

El albino abrió ligeramente los ojos ante su última pregunta, hecha con una voz insegura y casi tierna como su expresión. Isuke casi se enamoró otra vez, en ese instante.

– ¿…Me quieres a pesar de lo que soy?

¿Cómo podía ser Rudbeckia tan tierna con esta nueva apariencia? Probablemente él estaba poseído por ella.

–…Siempre lo hice, Rudbeckia… Y siempre lo haré.

Fue Rudbeckia quien esta vez, tembló. Y quien cerró los ojos cuando Isuke acarició con amor su mejilla y juntó sus labios con los suyos en un beso suave, en un beso de niños.

Se dejó amar por este hombre que en sus recuerdos, era su marido.

(Porque los monstruos también podían ser amados devotamente sin culpa).