Dos.

Entre barullos y multitudes de otros cachorros permaneció en silencio observando el entorno, sus ánimos entumecidos y su corazón frío como su mirada. No faltaba mucho para que finalizaran las clases pero para Wolf aquel día era igual al anterior, razón por la que ni siquiera se reconoció impaciente por escapar de esta aula de escuela primaria. Varios de sus compañeros ya no le prestaban atención a la profesora, así que inconscientemente terminó por imitarlos mientras recargaba la cabeza pesadamente en su puño derecho, pues con el izquierdo golpeaba la punta del lápiz contra una hoja de cuaderno en blanco. De pronto el tacto sorpresivo de una bola de papel contra su nuca lo hizo sobresaltar, tirando su lápiz por reflejo a la vez que unas risitas malhechoras revelaban la identidad de quienes se divertían a su costa una vez más. Con una mirada molesta a sus espaldas directo a los dos cachorros que respondían por los nombres de Rick y Héctor, se inclinó sobre su silla para recoger el lápiz perdido, viendo su objetivo frustrado en el momento que un zapato intruso lo pateó lejos de su alcance sin darse cuenta.

El pequeño Wolf vio con desgano al objeto de madera impactar contra la pata de varios pupitres por delante del suyo, incitándole volver a su posición para asegurarse hacia qué dirección estaban puestos los ojos de la loba adulta.

Inspirando profundo Wolf se dio valor para arrodillarse y salir de su lugar para ir en busca de su lápiz, sin importarle que los culpables de su desgracia actuaran como espectadores; el joven O'Donnell únicamente poseía el objetivo de recuperar su útil escolar de manera sigilosa, así que se esforzó en hacer el menor ruido posible mientras gateaba. Sin embargo, cuando estuvo a punto de cumplir su cometido, el grito de una de sus compañeras alertó a todo el alumnado, incluida la maestra que hasta entonces había estado entretenida con la lección del día. Alzando la vista Wolf no tardó en descubrir que quien había gritado lo estaba mirando con una expresión horrorizada, arrugando su falda contra sus cortas piernas como si estuviera intentando proteger lo que le quedaba de integridad.

—¡Señorita Mildred! ¡Wolf está de pervertido! —acusó esta niña con su dolorosa voz chillona. Fue en ese momento que las risas estallaron por todo el salón, obligando a Wolf levantarse de un salto para tratar de defenderse, apretando el lápiz en su mano.

—¡No es cierto! ¡Yo sólo quería recuperar mi lápiz!

—¡Mentiroso! ¡Yo vi que se asomó bajo la banca de Mary cuando ya lo había recogido! —dijo Rick siendo uno de los cachorros de los asientos traseros, buscando meterlo en aprietos.

—¡Eso es mentira! —espetó Wolf girándose hacia él.

—Silencio, niños —demandó la profesora con autoridad, logrando con tan sólo esa frase reducir el escandalo considerablemente antes de dirigirse al calumniado—. O'Donnell, usted y yo tendremos una charla cuando suene la campana.

—¿Qué? ¡Pero yo no hice nada!

—No discutas, jovencito. Ahora toma asiento.

Avergonzado y molesto Wolf obedeció la indicación, incapaz de quejarse de las risas que acompañaron su actitud sumisa hasta que volvió a sentarse con las orejas pegadas a su nuca. No pasó mucho tiempo para que la campana que avisaba el horario de salida, resonara por toda la institución. Brindando las últimas instrucciones referentes a las clases del día siguiente, la profesora dejó ir a los pequeños estudiantes a sus casas sin importarle la avalancha de cachorros que se formó mientras estos se precipitaban a la puerta. Wolf no tuvo más opción que quedarse en su sitio hasta que sólo quedaron él y la Señorita Mildred, fue entonces que se permitió ponerse de pie para avanzar hasta el escritorio de la complaciente hembra que no se limitó dedicarle una sonrisa divertida en el instante que tuvo al lobezno de frente.

—Yo no quería ver debajo de la falta de Mary —se defendió sin siquiera esperar por la declaración contraria—. Todo fue culpa de Rick y Héctor, me lanzaron una bola de papel que me sorprendió y tiré el lápiz, luego me agaché para tomarlo y entonces alguien más lo pateó y tuve que ir y tratar de recuperarlo sin interrumpir la lección.

—Wolfy, no te estoy culpando de nada —le aseguró la profesora con tono conciliador, peinándose el pelaje castaño estorbándole en la cara—. Sé que no eres esa clase de niño aunque a veces seas travieso, después de todo te conozco desde que eras un bebé.

—¿Entonces por qué quiso que me quedara? —exigió saber un tanto incómodo y desconcertado por este cambio abrupto de circunstancias—. Ellos se burlaron de mi.

—Sólo quería que charláramos, no podemos hacerlo entre estudios y quiero saber, ¿todo está marchando bien en casa?

—Todo está bien —gruñó, provocando la severidad de la loba adulta. Sin embargo, ya era demasiado la sobreprotección que su madre aplicaba en él últimamente para que también fuera el centro de atención de la esposa del ex-jefe de su padre. Wolf no lo necesitaba.

—Sé honesto, por favor. Me preocupa tu madre. Ambos. Ella no ha estado asistiendo a las asambleas y eso no es bueno para tu formación.

—Ha estado ocupada —la excusó, entristecido—, ya sabe como es, no le gusta depender de nadie. Pero viene a recogerme cuando no logra llegar a las juntas, así que está bien.

—¿Y por qué no pasa a verme cuando viene por ti?

—Tiene tres trabajos y no puede faltar a ninguno. No todos los patrones son tan comprensivos como el señor Turner.

—Entiendo —asintió la profesora en medio de un suspiro derrotado.

—¿Ya me puedo ir? —quiso saber Wolf, impaciente.

—Conversemos un poco más, ¿de acuerdo? Vamos comer algo mientras tanto, ¿qué te gustaría?

—No quiero que los otros me vean comiendo con usted, pensarán que soy el favorito y me molestarán más.

—Si eso sucede, les pondré el doble de tareas —bromeó la hembra en un intento por calmar al cachorro pero fue inútil, ya que la reacción de Wolf resultó ser contraria a la esperada.

—Necesito volver a casa antes de las dos o mamá se asustará mucho sino contesto el teléfono a tiempo.

— …Está bien. —La profesora se rindió—. ¿No preferirías que te lleve a casa en coche?

—Siempre voy yo solo hasta allá, así que no se preocupe.

—Bien, bien, no insistiré más. Pero en serio, Wolfy, si necesitas cualquier cosa no dudes en pedírmela, ¿entendido? Ya es excesivamente peligroso que recorras esas calles por tu cuenta, no sé qué estaba pensando Evelyn cuando se mudaron tan lejos.

—Lo siento, maestra. Ya me tengo que ir —le interrumpió Wolf corriendo hacia su pupitre para recoger sus cosas de manera desordenada dentro de su mochila—. Hablaremos luego.

—¡Wolfy! —Mildred se levantó apresurada de su silla.

—¡Hasta mañana! —exclamó el cachorro cuando ya había cruzado el umbral, dejando a la loba en completa soledad para tragar con amargura la realidad de aquella cría.

No era justo que un lobezno tan joven estuviera obligado independizarse prematuramente, pues estaba convencida que ni siquiera comía sus tres comidas diarias reglamentarias, las cuales tampoco debían ser nutritivas ya que lo había visto masticar emparedados insípidos durante el receso, los cuales muchas veces terminaban en el suelo cuando sus compañeros decidían molestarlo. Sin embargo, ella no podía intervenir con frecuencia, pues el propio Wolf se negaba recibir la más minima ayuda en su caso, demasiado orgulloso y abochornado con su debilidad para pedir cualquier tipo de protección. Mildred rememoró con dolor el día que la personalidad hiperactiva del cachorro cambió, tan abrupto como la partida de su tan preciado amigo, mutuo con su esposo Harry. Sabía bien que no estaba en sus manos el futuro del heredero del apellido O'Donnell pero el conocimiento no reducía la inquietud por aligerar aunque fuera un poco la carga de quien recién comenzaba a enfrentar las injusticias del mundo. Ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que lo vio sonreír con sinceridad.

.

La cría no dejó de correr por el sendero que ya conocía de memoria, las lágrimas sobre sus mejillas frescas mientras intentaba deshacerse de los pensamientos abordándole, un efecto que traía la menor muestra de compasión que le dedicaban aquellos conscientes de su situación. No podía soportar que conocieran su historia, de ser posible preferiría que no lo miraran y así pasar desapercibido, sólo de esa forma estaba seguro podría resistir las burlas, los regaños y la falta de felicidad que creyó duraría por siempre en el pasado. Durante mucho tiempo confió que no era mucho esperar por el regreso de su padre, pues él se lo había prometido, le había dado su palabra, así que refutó cada declaración de abandono que los de su alrededor asumieron, incluso se peleó con Evans para mantener su postura intacta, todavía asegurándoles que se equivocaban.

Pero al final su palabras penetraron hondo en su cerebro, sembraron dudas que le derrumbaron al escuchar tan terrible confirmación en los labios de su propia madre, quien a lo largo de los años trató brindarle el cariño que para Wolf ya no poseía sabor, no cuando ella pasaba la mayor parte del tiempo lejos de su alcance, buscando cubrir dos roles que en ocasiones parecían tan grandes que la desesperación, el estrés y cansancio arruinaba su escasos momentos en su familia de dos. Y por mucho que tratara aparentar que no le afectaba, el indefenso cachorro fallaba miserablemente, deseando volver atrás donde habían dos padres ocupados pero listos para darle una sonrisa, aquellos entrañables días en los que podía salir a jugar con Evans y otros niños de su antiguo vecindario. Por desgracia no le quedaba nada de eso, tampoco la capacidad de formar amigos dispuestos a estar de su lado.

No era más que el rarito de la clase, el juguete del que todos podían disponer para desfogar frustraciones propias.

¿Qué niño querría juntarse con él si sabía que se convertirían en el siguiente objeto de burlas? Por ello Wolf se había resignado a estar solo, rechazar toda muestra de afecto, no aceptar la ayuda de nadie cuando tenía pleno conocimiento de que tal le sería brindada por lastima. Quería por lo menos conservar la poca dignidad que le quedaba de su mancillada autoestima, y si estar por su cuenta para toda la eternidad en un mundo desagradable significaba que lo resguardaría, que así fuera.

Mientras corría continúo adentrándose al barrio más y más, cruzando una zona solitaria donde abundaban las construcciones abandonadas. Un letrero que citaba "SE VENDE" en letras grandes lo saludó y entonces un chiflido lo frenó en seco. Contrariado miró a su alrededor, sólo para darse cuenta que un grupo de lobos adolescentes se escondían en los diversos callejones componiendo el lugar, antes de percatarse de uno que corría directamente hacia él con un bolso de dama en las manos. Wolf no pudo reaccionar a tiempo, así que terminó siendo receptor de un fuerte empuje de parte de éste, el cual lo hizo caer de sentón contra el sucio concreto plagado de envoltorios vacíos para luego golpearse contra la pared a su costado.

—¡Quítate, puto enano! —exclamó éste sin parar de correr, no notando la lujosa cartera de cuero que se deslizó fuera del bolso, demasiado ocupado en huir de la liebre uniformada pisándole los talones para detenerse a mirar.

El cachorro observó la persecución unos instantes, confundido por lo que acababa de protagonizar cuando giró la cabeza en dirección al suelo, notando por fin la cartera con detalles florales posada sin pena ni gloria justo en el filo de la acera. De un impulso sacó los brazos de las cuerdas con las que sostenía su mochila para recogerla, separando los dos extremos de tal únicamente para darse cuenta del fajo de billetes que contenía, así que no lo pensó más y lo llevó bajo su suéter mientras se aseguraba que nadie lo había visto, pues al levantar la mirada sólo alcanzó a ver cómo los lobos que antes ocupaban los callejones habían desaparecido de vista, ocultos seguramente entre los botes y bolsas negras de basura. Entonces retomó disimuladamente su camino.

Con su corazón latiendo a mil por hora, trató mantener las apariencias cada que se cruzaba con algún transeúnte solitario ajeno a lo reciente, sus nervios impidiéndole respirar con normalidad. Sabía por todos los programas que vio de más chico, y por los comentarios de su madre, que robar era malo, que lo más correcto era devolver las presuntas pertenencias a su legitimo dueño pero Wolf se recordó que no conocía a quien le fue arrebatado el bolso y la estación de policía estaba muy lejos para aventurarse. Por eso se convenció que no era su culpa, de hecho tenía mucha suerte por cruzarse en el camino de aquel vulgar ladronzuelo.

Al fin contaba con dinero para comprar golosinas; sólo le hacía falta llegar a casa a salvo.

Nunca imaginó que terminaría siendo interceptado a mitad de la calle por otro lobo adolescente, el cual le cerró el paso de manera desvergonzada, mirándolo desde arriba con actitud supremacista. Temeroso, Wolf alzó la mirada para inspeccionarlo. Era escuálido, su pelaje gris claro estaba sumamente desordenado, vestía pantalones anchos y una camisa sin mangas garabateada con pintura aerosol, además de que despedía un penetrante aroma a cigarrillo barato. Este mismo le regaló una sonrisa maliciosa, misma que paralizó a Wolf por completo debido a la incertidumbre de su significado.

—Te vi —declaró sin más.

—¿Qué?

—Te vi, pillo. Va, echa acá esa cartera llena de dinero.

—N-No sé de qué hablas —tartamudeó envuelto en pánico—. Y-Yo no tengo nada. Me confundes con otro.

—Mira, no espié a esa vieja bruja una semana entera para no ganarme el premio gordo, así que dame el dinero por las buenas o tendremos que hacerlo por las malas.

—¡No te lo daré! ¡No es tuyo! —replicó al verse acorralado.

—Tuyo tampoco —se burló manteniendo la mano extendida hacia él—. Y dudo que hayas estado planeando llevarlo con la poli. La estación está del otro lado, pequeño estúpido.

Derrotado, el cachorro rebuscó en sus bolsillos para entregarle la cartera en sus manos de mala gana al otro lobo, quien con una mueca triunfal revisó el contenido para enseguida facilitarle al angustiado niño una generosa cantidad de moneras grandes, las cuales Wolf recibió por inercia, sin estar seguro porqué motivo le entregaba esta parte del botín.

—¿Por qué me estás dando esto? —se apresuró cuestionar. El adolescente se guardó la cartera en el bolsillo de forma jocosa sin borrar la sonrisa adornando su cara.

—¿Oh? ¿No conoces el lema, enano? ¿Primera vez?

—¿Primera vez qué?

—Cuando uno o varios de nosotros coincidimos con un objetivo, debemos repartirlo, así nos mantenemos en buenos términos. —Al ver que Wolf inclinaba la cabeza a un lado, el ladronzuelo se explicó mejor—. Eso significa cortesía, enano. Compartir es bueno. De esa manera todos somos amigos. De todas maneras me impresionó tu iniciativa allá atrás, no había visto a alguien de tu edad ser tan disimulado, ¡cuanta frialdad!

—Entonces, ¿quieres decir que no vas acusarme?

—Pfft, no. No soy nadie para vender a un colega, por muy enano que sea... a menos que traten de perjudicarme, ahí sí tendremos problemas, muchos de hecho.

—¡No se lo diré a nadie! ¡Lo prometo!

—¡Eso! Esa es la actitud —alabó el lobo adolescente al cachorro con un gesto del puño. Wolf no pudo evitar sonrojarse entusiasmado, era la primera vez que alguien lo trataba como un igual y no como alguien a quien proteger y tener lástima—. Por cierto, te he estado diciendo enano pero ahora tengo curiosidad. ¿Cómo te llamas?

—W-Wolf... Soy Wolf O'Donnell.

—¡Ja! Que nombre tan aburrido. Yo te llamaré Wolfred Caño.

—¿Qué? Pero...

—Bien, Wolfred, tengo mucho qué hacer, así que me voy despidiendo. Asegúrate de comerte unas deliciosas papitas a mi nombre. Chiau.

—¡E-Espera! —Antes de que el ladronzuelo pudiese continuar su establecido camino, el cachorro lo sujetó de un brazo para atraer su entera atención—. Tu nombre, ¿cuál es?

El lobo se giró hacia él con gesto severo pero al siguiente instante borró su expresión para dedicarle una enorme sonrisa que descubrió todos su afilados dientes, cuya naturaleza conservaba la picardía que abundó en su semblante desde el primer momento que se encontraron. Wolf sintió una punzada en el pecho al verlo con más detenimiento, sabiendo a su corazón rebosar de admiración hacia ese chico de la calle y preguntándose si algún día llegaría a ser tan seguro de sí mismo como él.

—Kyle King. Y muy pronto el amo y señor de todo este sector de Macbeth City —se presentó con orgullo, obteniendo a cambio una interrupción a su improvisado monologo, pues el chillido de varias sirenas atrajo la atención antes dispersa de ambos hacia la carretera; Wolf con curiosidad y el otro con horror—. Mierda —farfulló soltándose del ahora ligero agarre para echar a correr rumbo a los suburbios—. ¡Ahí te bañas, Wolfred! ¡Recuerda tu promesa!

—¡Hasta pronto! —se despidió Wolf con una sonrisa radiante, ignorando el desorden de vehículos avanzando a toda velocidad y el hecho de que acababa de aceptar una parte del dinero robado, emocionado con el pensamiento de que acababa de formar amistad con alguien increíble.

Aquel lobo no paró de correr hasta ocultarse en uno de los callejones más cercanos, donde las patrullas inspeccionaron su corredero para fijar un nuevo rumbo, mientras tanto una serie de chiflidos se mezclaron con las sirenas, haciendo de aquello un espectáculo que llamó la atención de los vecinos más próximos. No sabiendo lo que significaba, Wolf se dio media vuelta y se marchó del lugar mientras el suceso era fresco y sin borrar su alegre sonrisa, desvió su camino a una tienda de conveniencia cercana donde se abasteció de la comida chatarra que no había probado por lo que parecieron décadas para él. Corrió hasta su pequeño hogar dos cuadras más al fondo para degustar la cantidad que fuera, sin siquiera preocuparse por la hora hasta que abrió la puerta con llave y escuchó el teléfono sonar con insistencia. Al recordar la llamada que su madre siempre hacía para asegurarse de su regreso, el cachorro tiró sin decoro todo su cargamento, corriendo hasta el presunto aparato que con su tono taladraba en sus oídos, apenas alcanzándolo antes de que terminara de sonar.

—Residencia O-

—¡Gracias al cielo! —le interrumpió abruptamente la voz de su madre, cuyo volumen logró sobresaltarlo de sobremanera—. ¡Wolf! ¿¡Dónde estabas?! ¡Esta es la sexta vez que te llamo!

—Lo siento, mamá. Estaba... —Wolf recordó el incidente con aquel lobo llamado Kyle y decidió omitirlo—. La señorita Mildred quería que charláramos.

—No me mientas. Llamé a la señorita Mildred y ella dijo que habías corrido a casa hace más de media hora. —El pequeño frunció el ceño con enojo por lo mal que había resultado su excusa—. ¿Dónde estabas? —reiteró con exasperación. Wolf revisó sus opciones mentalmente, no podía permitirse más errores.

—Hablando con los vecinos, mamá.

—Llamé a todos nuestro vecinos y no estabas con nadie, en realidad ninguno te había visto llegar a casa. —Frustrado con la situación, el cachorro inconscientemente chasqueó la lengua, odiando por una vez la asertividad con la que siempre parecía manejarse su madre— …Cariño, ¿acabas de renegar?

—No, mamá. —Las orejas de Wolf se pusieron de punta, alertas por la observación.

—¿Sabes qué? No importa, lo importante es que estás ahí. ¿Ya comiste?

—Si... —mintió.

—¿Y entonces por qué no me contestabas?

—Estaba distraído, ¿si?

Te dejé la comida para recalentar en el refrigerador. ¿Usaste el microondas como te enseñé? Espero no hayas quemado la comida, siempre debo decirte paso a paso cómo...

—Mamá, ya lo hice, así que está bien. No te preocupes tanto, no pasa nada. Lamento no responder al teléfono a tiempo, no volverá a pasar. Ahora, déjame terminar de comer.

El silencio detrás de la línea que le siguieron a sus palabras forzaron un sentimiento de culpabilidad en el pecho del cachorro, quien no estaba acostumbrado a comportarse severo con la hembra. Simplemente sus vivencias aquel día habían marcado una grieta en su pasividad cotidiana y no podría tolerar más de lo debido los excesivos cuidados a distancia por esa ocasión, por eso tampoco se disculpó de vuelta, limitándose a esperar una respuesta de su madre; cualquiera que fuera.

—Entonces... te dejo, cariño. Quiero que hagas los deberes escolares. Llamaré en unas horas de nuevo para asegurarme que haz terminado o si necesitas ayuda, ¿está bien?

—Si, mamá.

—Te amo.

—Yo a ti. Adiós.

Y colgó la llamada sin molestarse en esperar alguna de sus indicaciones sorpresa. Wolf miró su mochila y todas las envolturas de golosinas regadas por el pasillo, consciente de que debería deshacerse de estas una vez devorara su contenido. Con los alcances informativos que su madre tenía, era seguro que el encargado de la tienda le contaría sobre sus extrañas compras, así que si quería pasar desapercibida su aventura estaba obligado a ocultar lo mejor posible la evidencia, a partir de ahí sería cuestión de negarlo todo ya que sin pruebas sólo quedarían testimonios vacíos. Se acercó al refrigerador para robar la comida congelada de la que habían hablado, colocándola en el microondas con la intención de comer sólo un poco, así mantendría las apariencias. Luego se acercó a su botín y destapó varios de ellos para comerlos, más tarde se llevó las envolturas al patio para cavar un hoyo en la tierra, donde las depositó diestramente junto a viejas adquisiciones y a discreción.

.

Cuando recibió la segunda llamada del día por parte de su madre, Wolf ya estaba terminando las tareas, así que simplemente respondió cada una de las interrogantes de la adulta hasta que tuvo la pauta de volver a sus actividades del día. Durante la tercer llamada, él estuvo mirando la aburrida programación de la televisión y así sucesivamente hasta que Evelyn arribó a la residencia justo a las 9:30 de la noche. Encontró a su cría sentado con las piernas cruzadas sobre su colchón leyendo comics sobre naves espaciales, con una sonrisa agotada fue a sentarse a su lado para abrazarlo y darle un beso por debajo de su oreja derecha, echando un vistazo a lo que tenía al chiquillo tan sumergido. Ciertamente no le gustaba que su pequeño consumiera tiras tan violentas pero intentó no tomarlo en cuenta, más preocupada en averiguar la razón de su tardanza aquella tarde.

—¿Ya cenaste? —inquirió frotando su mano en el hombro izquierdo del cachorro.

—Lavé los platos que usé —respondió con simpleza, sin despegar la mirada de los dibujos de explosiones plasmados en las hojas de su revista.

—¿Qué tal la escuela?

—Igual que siempre.

—¿Si? ¿No habías estado hablando con la señorita Mildred?

—Estoy seguro que ella te habló de todo cuando la llamaste —espetó casi con un bufido.

—Oye. —Con ensayada dulzura, la loba atrapó la quijada de su cría para atraer su atención mientras incitaba a sus miradas chocar—. Sé que puedo ser una molestia, pero todo esto lo hago para cuidar de ti, ¿entiendes? Porque eres mi mayor tesoro.

—Ya sé, mamá. Siempre lo dices.

—Entiendo porqué te enojaste, y quiero que sepas que no hay rencores. Aún así me preocupa tu falta de esta tarde. Es la primera vez que pasa.

—No estaba haciendo nada malo si es lo que te preocupa —mintió, en realidad ya no era tan difícil cuando se había estado mintiendo a sí mismo tantas veces antes de que se concretara la mudanza—. Está bien, me tardé en el camino pero mientras estaba comiendo me dio pereza contestar el teléfono y seguí comiendo y luego me fui al baño. No pensé que llamarías tantas veces. Supongo que no confías en mi.

—¿Eso piensas?

— …A veces lo hago —admitió desviando la mirada con dolor, su gesto apretó el corazón de la loba con culpa.

Ella era consciente de que su cachorro podía sentirse abrumado por su estricto reglamento cuando estaba comenzando a crecer pero no se le ocurría otra manera de sobrellevar su relación fraternal, no podía evitar preocuparse tanto por su seguridad. También era verdad que el abandono de su esposo había sembrado en ella un sentimiento de paranoia donde temía perder a su cachorro también de un momento a otro y por consecuencia quedarse totalmente sola en un mundo donde no tenía a nadie más, mucho menos a la familia que había decidido formar cuando rompió lazos con aquella en la que nació. Liberó a su cachorro del contacto para abrazarse de sus piernas, en busca de cualquier tema de conversación que los salvara de esa tensión incómoda que se había formado entre ellos.

—¿Haz intentado hacer un amigo?

—No me gustan los chicos de la escuela —se quejó devolviendo la mirada a su comic con su mejor expresión indiferente—. Es justo, después de todo yo no les gusto tampoco. No hay otros niños aparte de mi aquí, no hay manera que forme amigos.

—¿No te gustaría asistir a uno de esos cursos especiales para niños como tú?

—Mamá, no es necesario. Estoy bien así.

—¿Seguro?

—Si. Y no creo que sea bueno para ti, esas cosas no son gratis.

—El dinero no es un problema, Wolfy.

—Si lo es.

Ante las gruesas barreras que mantenían al cachorro fuera de su alcance, Evelyn decidió retirarse sin haber conseguido nada de provecho con aquella forzada conversación. Acariciando su cabeza con ternura se despidió deseándole buenas noches, después de todo al día siguiente tendría mucho trabajo qué hacer y Wolf también tendría escuela. Por esa noche lo dejaría ser, prometiéndose en su interior que trataría de compensarlo en el futuro.

Wolf fingió que no le importaba la partida de su madre pero antes de que ella cerrara la puerta la volteó a ver disimuladamente, deseándole también buenas noches aunque de forma silenciosa, tratando de no herirla más pero tampoco darle pauta de continuar el tema. La entrada fue cerrada y él se puso de pie para vigilar la dirección en que la adulta dirigía sus pasos. La escuchó caminar en círculos como desorientada un momento para finalmente caminar a su habitación, donde con el sonido de la puerta al sellarse, el cachorro respetó su privacidad. Sin saber qué hacer ahora, el cachorro decidió asomarse por su ventana, observando el oscuro paisaje que el triste vecindario podía ofrecerle. Todo estaba tan tranquilo que le pareció un sueño la emoción que acababa de vivir ese día, entonces se preguntó si volvería a ver a aquel chico de nuevo. Deseaba que sí, pues después de tanto tiempo atrapado en esa bruma de desesperanza, volvía a sentir que valía la pena esperar por un milagro.