2. Amigos hasta en el infierno

Necesito vacaciones.

Severus Snape nunca había sido un hombre que apreciase el tiempo libre en demasía. Ciertamente y al contrario de lo que cualquiera pensaría si le preguntasen, disfrutaba impartiendo clases. No por la socialización con alumnos y colegas docentes, por supuesto. ¡Ay, pero el torturarles...! Pocas cosas habría en el mundo que le satisficiesen mas que acercarse a un alumno amedrentado esgrimiendo su mas estirada pose.

Ver el temor en los ojos de sus presas era tentador. Aun mas tentador era, no obstante, provocar la rabia en los de aquellos mas bravucones a golpe de castigo injustificado o sanción para su casa. Potter solía ser su predilecto.

Sin embargo, a pesar de sus muchas experiencias como profesor y sus incontables años de docencia, jamás se encontró deseando tan fervientemente unas vacaciones como en aquel momento.

El instante en que comunicó la ridícula creación de Dumbledore.

Protestas, bufidos, gritos… Creyó atisbar algún que otro desmayo. Ineptos. Y por una vez, dejó que su clase sucumbiese a la locura mientras se limitaba a sentarse en el escritorio sin intención alguna de intervenir. Que ellos solitos se las apañasen. Miró en derredor.

Weasley miraba a Lovegood con una mueca de estupor mientras esta le hablaba de no se qué nargles. Crabbe y Goyle observaban el alboroto sin demasiado interés. Las agudas protestas de Parkinson le estaba provocando jaqueca, mientras el niño que vivió movía los ojos de lado a lado como si buscase una salida. Abott se sonrojaba hasta las pecas mientras Longbottom le sonreía embobado.

Todos los tontos tienen suerte.

Pero los mas desgraciados en aquella sala eran otros. Dos que no se quejaban, no habían abierto la boca siquiera. Estaban demasiado ocupados encajando el golpe.

Granger estaba clavada en la silla, con una media sonrisa de descrédito que se postergaba hasta aquel instante. Como si aun pensase que se trataba de una broma. Y Malfoy… Si Lucius le hubiese visto. Quieto, mirada perdida y mas pálido que un cadáver a remojo. Snape se sintió tentado de guardar un minuto de silencio. No es que Malfoy Junior le despertase especial cariño, pero aguantar a la rata de biblioteca Granger no se lo deseaba ni a Voldemort.

¡Y para un trabajo, encima! Solo esperaba que el rubio no saltase desde alguno de los torreones.

Con eso en mente, se dispuso a salir de la estancia en cuanto llegó la hora. Estaba deseando alejarse de esa jaula de grillos. Una voz llamándole "Profesor" lo obligó a postergar su huida.

—¿Qué quieres, Zabini?— preguntó con aquella peculiar forma de sisear que le imprimaba a cada frase.

—Ehh…— el chico se rascó la cabeza, deteniéndose a medio metro.— Bueno, pues… Sobre mi… Mi… Pareja, cosa o lo que sea…

Snape alzó la ceja.

—¿Weasley?— Zabini asintió.— ¿Qué pasa con ella?

—Pues…— dudó.— Señor, no es… Ni siquiera estamos en la misma clase. ¿Cómo se supone vamos a hacer un trabajo juntos?

Si Snape no fuese Snape, probablemente le habría dado la razón al chico, hubiese explicado que Dumbledore creaba aquellos equipos sin motivo aparente y tal vez, solo tal vez, se hubiese apiadado de su confusión.

Pero Snape, era Snape.

No varió la posición y mucho menos el gesto de asqueo permanente para recitarle a Zabini palabra por palabra la escueta explicación que Dumbledore había tenido a bien otorgarle.

—Ambos cursos estáis dando temarios similares. Siendo de una clase avanzada, serás una ayuda positiva para Weasley.

Y sin intención de pronunciar una palabra mas, se giró haciendo volar su capa cual faldón de princesa.

—Eh, yo… ¿Señor? ¡Señor! ¿Se lo ha comunicado a ella?

—Díselo tú mismo.— replicó sin detener sus pasos firmes sobre el empedrado del corredor.

Mientras tanto, lejos de allí, en un lugar que parecía un mundo alternativo, un hombre yacía pensativo en la cocina.

Sentado a la mesa, únicamente acompañado por un vaso de licor. Por una vez, Sirius Black agradeció que el número 12 de Grimmauld Place se encontrase vacía. Necesitaba meditar.

Llevando el vaso a los labios, adivinó lo que Molly diría si le viese. ¡Alcohol no se bebe hasta después de las seis! Con una sonrisa, Sirius pensó que debían ser mas de las seis… En alguna parte del mundo al menos.

La sonrisa se esfumó cuando su dueño se pasó una mano por el rostro, frustrado.

Por Merlín… Él, Sirius Black, con problemas para seducir a una mujer. Impensable. Y es que el Don Juan de Hogwarts jamás había tenido problema alguno para encandilar a una chica y llevarse a la dama cortejada. Claro que siempre había dependido de él, todo. El análisis, la táctica, el juego. Se le daba de maravilla, no importaba cuan difícil fuese la presa o si demoraba mas de lo habitual en obtener la victoria.

Pero nunca había tenido que lidiar con la privación de sus encantos.

En esta ocasión la situación se pintaba negra, muy negra. No dependía de él y de su confiado desparpajo. Hablábamos de tratar que un hombre tímido, inseguro y con una autoestima mas que deficiente tratase de cortejar a una muchacha guapa y joven. Hablábamos de Remus Lupin y Nymphadora Tonks. Del agua del aceite… Sirius resopló.

Hablábamos de un milagro.

Pero no se rendiría, no señor. Había querido juntarles casi desde el inicio y cuando mas imposibles parecían sus apuestas, Dumbledore, el intuitivo y todopoderoso Dumbledore se había unido a su causa. Sin un hombre de semejante criterio lo veía factible, es que debía ser.

Barajó multitud de posibilidades, pero ninguna le resultaba lo bastante adecuada para llevarse a cabo. Dumbledore lo había dejado claro: Debían estar juntos en periodos continuos. ¿Pero cómo demonios se podía forzar a dos personas a compartir tiempo y espacio sin que lo notasen? Entonces se le iluminó la mente.

Mirando sus manos sobre la mesa, lo vio.

—¡Tonks!

Se levantó precipitadamente llamándola a voz en grito nada mas oír el paragüero de la entrada caer. La silla se tambaleó pero él ya estaba lejos. Casi choca contra ella en el pasillo, sobresaltándola.

—¿Pasa algo?— frunció las cejas con preocupación.

—Sí.— dijo de corrido. Había tenido horas para prepararse el guion.— He hablado con Dumbledore.— primera mentira.— Y concuerda con que este encierro al que me sometéis es una crueldad.— segunda mentira.— Así que hemos llegado a un acuerdo.— tercera.

Tonks suspiró con una mezcla de agotamiento y lástima.

—Sirius, ya sabes que es peligroso salir. Te están buscando y… Espera. ¿Has dicho un acuerdo?

—Ajá.

—¿Dumbledore ha llegado a un acuerdo contigo?— asintió sin dejarse amedrentar por el deje sorprendido de la pregunta.— ¿Por qué será que no me lo creo?

—Habla con él si quieres.— ofreció.

Ya pensaría después como conseguir que el director no los delatase antes de conocer el plan. La duda se instauró en las facciones de Tonks. Miraba fijamente al ex convicto y pudo ver con claridad como se tambaleaba entre creerle o no hacerlo. Finalmente ganó la razón.

—Si no te importa me gustaría hablar con él.— murmuró con mano izquierda.

Evitó que el gesto seguro se le enturbiase. La primera mentira empezaba a dar problemas, no había hablado con el director y necesitaba que el entendiera el plan sin necesidad de explicárselo. Tal vez debió haber esperado hasta poder hablar con él, pero el ansia le había podido. En cualquier caso, ya era demasiado tarde para recular.

Hizo un gesto hacia el salón.

—Vamos a llamarle.

Dejándose hacer, Tonks le siguió hasta la sala de estar. Le vio trastear en la chimenea hasta que entre las llamas, el rostro siempre amable de Albus Dumbledore apareció con las facciones desdibujadas.

—Señor Black, señorita Tonks. ¿A qué debo el honor?— preguntó con suavidad.

Tonks fue a hablar, pero Sirius, previendo la falla en su plan se le adelantó.

—Le comentaba a Tonks acerca del acuerdo al que hemos llegado a cerca de mi reclusión.— dijo atropelladamente. No permitió que Dumbledore tuviese tiempo de varias el gesto antes de seguir.— Iba a explicarle la brillante idea que he tenido sobre salir sin ser visto.

—De hecho, aun no me la ha explicado, señor.— se excusó ella.

Dumbledore asintió con una sonrisa apaciguadora. A mi tampoco, pensó mirando a Sirius a través de las llamas. Sus años de experiencia le habían enseñado que ante una situación inesperada lo mas prudente era callar hasta contar con mas información.

—La idea es que yo salga en mi forma animal.— acotó Sirius.— Nadie sabe de mi condición de animago fuera de esta casa y no sospecharían de un dulce y cariñoso perro. Pero nuestro querido director.— puntualizó al ver como Dumbledore apretaba los labios no demasiado conforme con la idea.— Ha puesto la condición de que alguien me acompañe. Como si fuera una mascota a la que se saca de paseo.

Tonks pestañeó. No sabía como sentirse al respecto de aquel plan. Por un lado era descabellado y ciertamente un riesgo innecesario pero por otro, se le antojaba sencillamente brillante. Dumbledore volvió a guardar silencio.

La idea le resultaba temeraria y en un principio la hubiese desechado para meditarla, pero había algo que descuadraba su esquema. El hecho de que Black estuviese pidiendo un dueño que "le llevase de paseo". No era propio de él. Sospechaba que había algo que se etsaba perdiendo.

—¿Cree que es prudente?— inquirió Tonks pasados unos segundos, dirigiéndose a Dumbledore.

—Yo creía que con un paseador era suficiente.— volvió a entrometerse Sirius a toda velocidad.— Pero Dumbledore cree que dos sería mas prudente.

La expresión del nombrado quedó repentinamente iluminada por un halo de comprensión. De inmediato asintió con un extra de seguridad, clavando los ojos en Nymphadora.

—Exacto. Señorita Tonks, la he creído a usted idónea para la tarea.

Tonks alzó ambas cejas.

—¿Yo?

—¿Quién mejor? Una auror preparada y capaz.— Tonks sonrió de medio lado, que la halagasen a una nunca estaba de más.— Aunque creo prudente que alguien la acompañe. Ya sabe, alerta permanente…

Tonks miró a Sirius un instante antes de asentir. Dos vigilantes no estarían de mas, aunque mas que los peligros externos, temía a la patentada habilidad para extraviarse de su primo. Si conseguía darla esquinazo estaría en problemas.

—Creo que es lo mejor.— concordó.— ¿Qué tal Charlie?

—¡No!— se sobresaltó ante aquella negativa de ambos. Albus se aclaró la garganta, sustituyendo su expresión apurada por otra mas relajada.— El señor Weasley tiene… Otras tareas. Sí, eso.

Sirius asintió efusivamente. Eso y que el mandril pelirrojo babea por mi primita, pensó. Los pensamientos de Dumbledore habían ido por sendas parecidas y con presteza, pensaba en la mejor manera de proponer a Lupin sin ser obvio. Sirius se lo facilitó.

—¿Qué tal Lunático? Está hecho todo un matón.

Tonks abrió los ojos con desconcierto. ¿Remus, un matón? ¿El mismo hombre que le sonreía con paciencia a cada tropiezo? ¿El que le tendía la mano sin importar cuantas veces hubiese tenido que brindarla ayuda? ¡Por Merlín! Lo mas impropio que podía hacer aquel hombre era traficar con chocolate.

—¡Una excelente idea!— se regocijó el anciano.— Remus será un vigilante idóneo. Y seguro que está encantado de ayudar.— acotó ignorando la cara e Sirius al escuchar la palabra "vigilante".

—Pues decidido.— claudicó Sirius, encantado.— Remus, entones.

—¿Yo qué?

Ambos se volvieron para ver a un desconcertado Remus plantado en la entrada del salón, con la chaqueta colgando del brazo. Dumbledore sonrío.

—¡Oh, Remus! Un placer verte. Ellos te explicarán acerca de todo. Si me disculpáis, tengo ciertos asuntos que atender. No vemos.

Y tan pronto como lo dijo, sus facciones dejaron de recortarse contra las llamas que volvieron a hondear con normalidad. Volvieron a mirar a Remus, en el mismo sitio.

—¿Yo qué?— repitió. La sonrisa de Sirius le dio mala espina.

—Vas a sacarme de paseo.— exclamó entusiasmado con la cara de circunstancias de su amigo.

—¿Qué voy a qué?

—A sacarme de paseo.— repitió contundentemente. Miró a Tonks un instante.— Bueno, vais a sacarme de paseo.— puntualizó.— Dumbledore a aceptado que salga siempre y cuando sea acompañado y como Canuto.

Las cejas de Remus se dispararon hacia arriba y se pasó la mano por la boca para evitar preguntar otra insustancialidad. Cualquiera diría que sacaba buenas notas en Hogwarts. Pero ciertamente las descabelladas ideas de su amigo mataban la elocuencia de cualquiera.

Reparó en Tonks y con una timidez que se triplicaba en su presencia le sonrió.

Cuando ella le devolvió la sonrisa el plan dejó de parecerle tan descabellado. Sirius miró a uno y otro alternativamente. Esos dos idiotas ni siquiera se daban cuenta de cuantos segundos de mas dedicaban siempre a sonreírse. Se relamió en silencio.

Aquel par de mentecatos ya eran suyos.