4. Tutankamón

La puerta del número doce de Grimmauld place se abrió.

Por ella desfilaron un enorme perro negro, una chica de cabello rosa y un hombre alto y castaño, en ese mismo orden. Este último, cerró la puerta con un suspiro agotado, mientras el perro se perdía en una espiral de polvo y de esta surgía un hombre adulto. En cuanto se transformó, Sirius se marchó en dirección a la cocina.

Tonks y Remus compartieron una mirada al escuchar el portazo.

—Creo que debería ir a hablar con el.—dijo Remus.

—Será lo mejor.—respondió—Yo voy a cambiarme. Suerte.

Remus asintió y aceptó la caricia en el hombro y la sonrisa repleta de solidaridad que Nymphadora le dedicó antes de emprender la marcha hacia donde había ido su amigo. Cuando entró, se le encontró sentado en la mesa con una taza en la mano.

Por un instante, Remus se extrañó de se hubiese servido un café y no Whisky. Hasta que reparó en que eran las nueve y cuarto de la mañana. Pobre, pensó tentador de reirse.

Se sirvió otra taza mientras su amigo, alzó dignamente la barbilla y abrió el profeta del día anterior con dramatismo. Se sentó frente a él, viendo como Sirius pasaba sonoramente las páginas, con pausas demasiado breves como para que verdaderamente estuviese leyendo.

Remus se estiró y le arrojó otro periódico a la mesa.

—Esta es la edición de hoy.—dijo, tratando de romper el hielo.

Pero Sirius no reconoció su presencia. Ignorando el periódico que Tonks y Lupin habían comprado esa mañana mientras el perseguía unas palomas, continuó su lectura de la edición de ayer.

La misma edición que ya se había leído dos veces, recordó Remus.

Suspiró, pasándose una mano por los ojos para después mirar a su amigo, decidido a ser paciente.

—Sirius.—silencio.—Sirius, no seas crío.—Nads. Remus apretó los labios.—¿No me vas a hablar?—Sirius se chupó la yema del dedo corazón para pasar ceremoniosamente otra hoja.

Remus le observó durante diez segundos, planteándose dejarle allí hasta que se le pasara el berricnhe. Pero dio con una forma mas rápida de conseguir que el animago se volviese mas comunicativo.

Recostándose lentamente en la silla, alzó los ojos pensativamente.

—¿Sabes? Ni siquiera se bien por qué estás enfadado.—los dedos de Sirius se crisparon mientras sujetaba el periódico con sus ojos estáticos en un punto de la página. Remus ocultó una sonrisa.—¿Es porque fingí tirar...?

—¡SI!—Sirius se levantó golpeando la mesa con las palmas abiertas para después quedarse ahí, mirando con furia a Remus.—¡ES PORQUE FINGISTE TIRAR EL PALO CUANDO EN REALIDAD LO TENÍAS TRAS LA ESPALDA!

Remus apretó mucho los labios.

—Sí, sobre eso...

—¡ME DEJASTE BUSCARLO DURANTE CINCO MINUTOS!

No te rías, no te rías, no te rías.

—Vale, lo siento.

—¡CONFIÉ EN TI!

Tonks se planteó seriamente darse media vuelta cuando entró a la cocina. El drama estaba servido. Los ojos grises de su primo (ojos que ella compartía) la miraron como si quisieran atravesarla.

—Oh, pero si aquí tenemos a la otra traidora.—anunció dedicándole un ademán.

Tonks rodó los ojos.

—Venga ya, primo.

—¡No!—alzó un dedo a modo de advertencia.—No tires de parentesco, Nymphadora. La puñalada trapera ha sido suficiente.

—¿Pero yo que he hecho?—señaló a Remus con la boca desencajada.—¡Él te ha engañado con el palo!

—¡Y tú me has dejado buscarlo durante cinco minutos y te has reído!

—¡Ha sido sin querer!

Sirius echó por tierra su pobre defensa con los ojos cubiertos por la ofensa.

—¿Te has reído sin querer hasta que te has caído del banco?

Tonks enrojeció.

—Bueno...—musitó con un puchero.—Es que soy torpe.—una mirada a la expresión demudada de su primo le cuchicheó que ese era el camino correcto. Reprimiendo la sonrisa, comprendió que lo había enfoncado mal. Sirius siempre había sido el rey del drama, peor al mismo tiempo siempre había sido alguien tierno y protector. Siempre la había adorado por ser la adorada hija de su adorada prima favorita.

Ese era el camino hacia el perdón, se dijo.

Con lentitud y unos ojos grandes y arrepentidos, se acercó a Sirius y rodeó su cuerpo en tensión. Apoyando la mejilla contra el hombro de su primo segundo, musitó.

—Perdóname, Sirius. Me dejé engatusar por los encantos del malvado hombre lobo.

Remus se rio con descrédito, exclamando un "¡Venga ya!" pero ya era tarde para Sirius. Jamás pudo resistirse a las carantoñas de su pequeña primita. Ella era un ser de luz, bueno y sin maldad. Sus ojos se clavaron duramente en Lupin. Sí, ese pérfido roba palos tenía toda la culpa. Él era el cerebro.

Cubrió con sus grandes manos los antebrazos de Tonks, aun rodeándole el pecho y le dio un beso a su cabellera rosa.

—Tranquila prima, te perdono.—concedió con benevolencia. Se le endureció el gesto cuando se dirigió a Remus.—A ti no, asqueroso.

Remus vio a su amigo dirigirle aquella mirada remilgada y después a Nymphadora, que le observaba victoriosa restregando la mejilla contra la de su primo. La barba le estaba raspando pero no le importaba. Se había salido con la suya.

Pobre primo Sirius, pensó. Es mas fácil de engañar que un bebé de pecho.

Remus se perdió un instante en la sonrisa infantil que Dora le dirigía y sintió un apretón rápido en el pecho. Se lo sacudió de encima y adoptó una expresión de hastío.

—Tú.—señaló a Sirius.—Eres un dramas. Y encima bobo.

—¡Eh!

—Y tú.—miró a Tonks, con sus ojos castaños derritiéndose en un cálido color miel.—Bien jugado.

Tonks amplió la sonrisa y se apresuró a negar, con un gesto afectado cuando Sirius se volvió a mirarla con desconcierto. Tardó poco en apaciguarle, acariciando melosamente su pelo negro.

—Para.

Hermione se detuvo en el ir y venir con el que llevaba enfrascada diez minutos para mirar a Harry pasmada.

—¿Qué?

—Que pares de dar vueltas.—aclaró, pasando una página.—Me estás poniendo de los nervios.

Ella entrecerró los ojos y con la boca torcida, retomó su caminata, zapateando ruidosamente.

Harry sonrió, con los ojos clavados en su lectura.

—Te estás volviendo venenosa. Empiezas a recordarme peligrosamente a alguien.

Se hizo el silencio. Hermione se volvió, lentamente, pálida de ira. ¿Cómo se atrevía?

—Tú...—siseó amenazadoramente.

Pero la ofensa no le permitió hallar mas palabra que aquella y en vista de que Harry, entretenido con su libro y con ser una pequeña sabandija, no cooperaba para en tener la conversación que ella quería tener, se rindió.

Resopló y avanzó a zancadas hasta la mesa de centro frente a la chimenea. Sintió el calor de las llamas besar su espalda cuando se dejó caer desganada en la alfombra y trató de retomar la redacción de historia de la magia que había dejado a medias.

Tomó la pluma y enderezó el pergamino.

Vamos Hermione.

Se relamió los labios y acercó la punta de la pluma, embadurnada de tinta varias veces al papel.

Nada. Cero.

Con los labios apretados en una línea recta, se forzó a escribir, a pesar de su nula inspiración.

A la décima palabra se detuvo y alzó el papel, contemplando su obra. Una mierda. Una absoluta basura.

En un intento por detener los insultos que se agolpaban en la punta de su lengua, tachonó los escrito tantas veces y con tanta fuerza, que a punta de su pluma crujió.

—¿Problemas?

Los ojos verdes de Harry chispearon con tal fuerza que refulgieron.

—¿Te gusta provocarme?

—En absoluto.—negó, en un tono que contradecía sus palabras.

—Ya, claro.

—Solo me entretiene.—puntualizó con una sonrisa displicente.

Hermione juró entre dientes.

—Púdrete.

Harry rio, en absoluto ofendido.

—Estás frustrada.—no fue una pregunta.

—¿No me digas?—escupió tratando de imprimir toda su dignidad en su barbilla alzada.—Tal vez sea la condena de la ineludible presencia de Draco Malfoy que me quita las ganas de vivir.

Harry le concedió silenciosamente el punto. Draco Malfoy tenía la curiosa habilidad de amargarle la existencia a la gente.

—No sé, Hermione.—dijo al cabo, examinando el libro que leía con una sonrisa pestilente.—Pensé que últimamente os llevabais mejor.

—¡¿Mejor?!—barbotó, con un insoportable graznido. Miró a Harry con los ojos fuera de las órbitas y apretó los puños, como si estos agarrasen el cuello del chico.—¿Quién puede tener una conversación normal con ese... Ese...?

—¿Engendro?—probó suerte.—¿Simio asqueroso? ¿Tirano repeinado?

—Sí, sí y sí.—sus rizos le obstruyeron la vista al asentir.—Mil veces sí. Es insoportable, Harry, en serio.

—Puedo hacerme una idea.—musitó.

—No. No puedes.—silabeó ella, como si Harry fuese corto de entendederas.—Aguantarle en las clases en espaciadas dosis y a una distancia prudencial es una cosa. Pero tener que sentarte en una mesa y aguantar todas sus estupideces sin tener escapatoria es...—cerró los ojos, esforzándose visiblemente por encontrar la expresión correcta. Entonces suspiró, desinflándose.—Es una pesadilla.

—Bueno, bueno.—arrulló, sus ojos verdes suavizándose al mirar a ese cúmulo de frustraciones en que se había convertido su amiga.—Mejorará. Míranos a Pansy y a mi. No es que seamos colegas, pero nos toleramos y al menos no me vuelve loco.

Hermione gimió, abalanzándose patéticamente sobre la mesa de centro hasta que quedó con la cara enterrada en los brazos.

—Pansy es una serpiente, pero al menos es una persona cabal.—Harry sonrió al escuchar las palabras amortiguadas por las mangas de su jersey.—Pero Malfoy es un cavernícola.—se irguió repentinamente para mirar a Harry a los ojos y poder así enfatizar todos los matices de su miseria.—Todo el maldito día con sus idioteces y sus "Granger, mueve el culo, no tengo todo el día" y "Vamos, empollona, es para hoy".—apretó los dientes.—Es como tratar con un reyezuelo africano. Va a volverme loca, mañana, tarde y noche con sus "¡Granger, Granger, Granger!"

—¡Granger!

Harry respingó en su asiento al tiempo que Hermione palidecía. ¿Eran alucinaciones? ¿Definitivamente había perdido la cordura? Una rápida mirada a Harry le confirmó que no era así, que no se había imaginado la voz tras la puerta.

—¡Granger!

Suspiró. Al menos le quedaba su cordura… De momento.

Se levantó del suelo, ignorando la sonrisa de solidaridad que Harry le estaba dedicando.

—¡Granger, mueve el culo! ¡No tengo todo el día!

Por favor, rezó, que el colegió se caiga a pedazos y una piedra lo mate. Contuvo una mueca de desilusión cuando al abrir la puerta y salir al pasillo, se encontró con sus viciosos ojos grises.

Draco Malfoy seguía allí, vivo y coleando.

—Ya era hora, coño.—se quejó, apoyándose con aire sereno en la pared a un lado del retrato.—Un poco mas y la foca esa me habría vuelto loco. ¿Cómo se puede cantar tan mal?

Hermione arrugó las cejas, confundida, hasta que siguió el recorrido que sus ojos le señalaban, hasta dar con el retrato de la señora gorda. Esta tenía la cara desencajada y una mano teatralmente dirigida al pecho.

—Tú… Miserable serpiente asquerosa. ¡¿Cómo te atreves faltarme al respeto?! ¡Esto es inaudito!

Malfoy chasqueó la lengua cerrando los ojos.

—¡Cállese, señora! Me está poniendo la cabeza como un bombo.

Hermione miró a la señora gorda.

—Niña, haz el favor de llevártelo de aquí antes de que lo mate.

Draco, a pesar de su mal humor, rio por la nariz.

—¿Y que va a hacer?—le susurró a Hermione mientras esta le alejaba del lugar, arrastrándolo de la capa.—¿Sentárseme encima?

—Por Merlín, Malfoy.—se quejó.—¿Quieres ser un ser humano decente por una vez en tu vida y cerrar la boca?

—Es curioso.—dijo, sin expresión.—Yo me hago esa pregunta sobre ti todos los días de mi vida, Granger.

—¿Qué quieres?—preguntó cansinamente, soltándole la túnica, una vez estuvieron lejos de la ira de la señora gorda. Draco se tomó su tiempo para sacudirse la tela con las manos y recolocarse galantemente las solapas antes de responder.

—Tutankamón quiere vernos.

—¿Quién?

Draco ni pestañeó.

—El viejo adoramuggles.

Hermione no cabía en sí de la ofensa. Boqueó, pálida de ira.

—¿Te has atrevido…?

Draco puso los ojos en blanco y dio media vuelta.

—¡Oh, por Merlín!—exclamó con voz aflautada, bajando las escaleras sin esperar a comprobar que la chica lo seguía.—¿Cómo puedes referirte al todo poderoso Albus Dumbledore así? ¡Blasfemia! Doscientos mil puntos menos para Slytherin!

La sangre de Hermione se sentía ardiendo en sus venas y arterias. Se apoyó en el grueso pasamanos de piedra y gritó.

—¡Imbécil!

La carcajada de Draco rebotó desde la lejanía.

—¡Sucia serpiente!—se burló de nuevo, con voz mas aguda. Desde donde estaba, vio claramente como el Slytherin detenía brevemente su marcha para volverse hacia ella. La viperina sonrisa que lucía solo consiguió enfurecerla mas.—¿Nos pesa el culo, Granger? Al Bryan no le hará gracia que llegues tarde.

Y sin mas, continuó con su camino.

Hermione no pudo mas que torcer el gesto, verdaderamente perdida. Sin mas remedio que seguirle, porque en el fondo no tenía otro remedio, preguntó.

—¿Quién?