35. Hola! He vuelto, y con otro fic de Genshin Impact :P
Esta vez traigo un KaeLuc! Me encanta el personaje de Kaeya, porque esconde muchas cosas y tengo muchas ganas de que en el juego se sepan más cosas de su lore :) Y me encanta la relación que tiene con Diluc. Se presta a muchas cosas, como esta historia que he escrito XD
Iba a ser un oneshot más corto, y más centrado en Kaeya, pero al final también me he centrado en Diluc, y ha salido alguna escena más y… Casi termina siendo tan largo como mi fic anterior XD Por cierto, mil gracias a los que leyeron y comentaron y/o dejaron un fav/follow en mi fic Chilumi! Me hizo muchísima ilusión! T-T
Si alguna cosa no termina de encajar del todo en el canon, digamos que son headcanons míos porque tengo un montón jajajajajaja
Empecé a escribir este fic hace ya un tiempo, pero se ha ido escribiendo poco a poco (porque no me da la vida para más) y casi coincide con el cumpleaños de Kaeya XD
Espero de corazón que les guste!^^
Pd. Sigo siendo f2p, pero he estado ahorrando protogemas y por fin he conseguido a Albedo y Childe T^T Aunque no tienen constelaciones XD Y estoy tentada de intentar conseguir alguna para Childe ya que su banner sigue, pero… También quería intentar conseguir a Scara que sale en la primera parte de la 3.3 -.-
Pd.2. Versión en inglés en mi ao3: MitsukiWing.
**..**
MELTED STAR, EMBROIDERED SCAR
Siempre que había algo que se escapaba a su control, Diluc pensaba en su infancia.
No porque entonces tuviera más control en su vida, sino todo lo contrario. Pero no le importaba, y ahí radicaba la diferencia.
Solo en aquella época, Diluc se sintió realmente libre.
Todo era más fácil cuando se era un niño, y cuando uno crece, parece que es algo intrínseco el añorar aquellos días, cuando ni siquiera te preocupaba que el pelo se te enredara en las vides ni que los pies descalzos se te mancharan de barro.
Era un descontrol liberador que, a día de hoy, aterraba a Diluc. Pues no soportaba perder el control sobre sus acciones y sus alrededores.
Similar a lo que provocaba beber demasiado vino; por eso, a pesar de ser el dueño del Viñedo del Amanecer, aborrecía el vino. Y ésta, no era la única razón.
Los recuerdos de su infancia eran un refugio. Y un tormento.
A Diluc le gustaba pensar que había un antes y un después en su vida, por acontecimientos totalmente fuera de su alcance.
Nunca ha recordado demasiado a su madre, por lo que le era difícil echarla de menos. Pero sí recuerda que, desde entonces, su padre, Crepus, estuvo todavía más presente en su vida. Supuso que la muerte de su madre fue un punto de inflexión.
Como también lo fue la llegada de Kaeya.
Kaeya.
Era algo extraño, que tu mundo, que hasta ahora había consistido en una enorme casa y una gran finca llena de uvas, con Crepus como su centro, su núcleo, pudiera albergar a alguien más.
En aquel momento, en su infantil e ingenua mente, Diluc creía que no se podía querer a más de una persona. No de un modo tan profundo. Creía que era algo reservado a la familia. Pero pronto descubrió que se equivocaba, pues la sangre poco tenía que ver.
Era un día nublado cuando su padre le presentó a aquel que pasaría a ser su hermano.
A Diluc le gustaban los días nublados, pues vaticinaban lluvia, una lluvia necesaria para que las vides que su padre cultivaba pudieran dar sus frutos.
Y si su padre era feliz, Diluc era feliz.
A Kaeya no parecían gustarle los días nublados. O quizás solo era que no le gustaba ese día en concreto.
Se mostraba reacio, nervioso, incómodo.
Era un evento nuevo que hubiera alguien más allí con edad cercana a la de Diluc, así que, junto con las palabras de su padre de que se llevaran bien, Diluc dio un paso al frente, y extendió su mano hacia el otro niño.
Kaeya se quedó mirando su mano.
-¿Vas a estrecharla o no?-demandó Diluc.
-Diluc... Sé amable-le recordó su padre.
-¡Soy amable! Solo quiero ser su amigo.
-Un buen comienzo para llegar a ser hermanos-asintió Crepus, dándole la razón; Diluc notó cómo se le hinchaba el corazón en el pecho ante la aprobación de su padre.
Quizás debería haberse preocupado más por el hecho de que el amor de su padre, hasta ahora incondicional hacia él, sería compartido por alguien más.
Pero no fue así.
Y Diluc descubrió que tener a alguien más en su vida hacía que esta fuera más divertida.
-¿Y bien?-dijo Crepus, con una de sus voces; es la que usaba para calmar a Diluc cuando tenía una pesadilla o cuando le leía un cuento para antes de dormir. Diluc adoraba esa voz.
Dio una suave palmada en la espalda del niño nervioso, y éste dio un paso adelante también, casi trastabillando en el intento.
-Soy Diluc Ragnvindr-se presentó; agitó su mano extendida, aún esperando.
-... Kaeya. Kaeya... Alberich-respondió, estrechándole la mano de forma trémula.
-¡No!-negó Diluc efusivamente, apretando su mano.
El otro le miró sin entender.
-... ¿No?
-Ahora eres Kae... Kae...-se le trababa la última sílaba-Bueno, ¡que ahora eres un Ragnvindr!-exclamó, orgulloso.
Miró a su padre buscando, una vez más, su aprobación, y Diluc fue recompensado con una sonrisa. Había actuado correctamente, qué bien.
-Y ahora, ¡te voy a enseñar todo! ¡Así podremos jugar luego!
Diluc tiró de su mano, y Kaeya fue arrastrado por él. Se agarró fuerte para no caerse.
Tenía las manos heladas.
Era curioso lo fácil que le resultó a Diluc querer a Kaeya.
A pesar de su predisposición inicial, que era mostrarse reservado y distante; a pesar de que Diluc no era capaz de pronunciar bien su nombre al principio, y terminó con el apodo cariñoso de Kae.
A Kaeya no parecía hacerle mucha gracia esto último.
-Mi nombre es Kaeya-dijo, con convicción.
Diluc le miró sin entender.
-¿Ya lo sé?-sonaba más a pregunta que a afirmación.
-Entonces, llámame por mi nombre.
-Kae es mejor.
-Solo lo dices porque no sabes decirlo bien-le acusó.
-C-claro que no-claro que sí, pero no lo admitiría-Si tanto te molesta, a mí puedes llamarme de otra forma, y estamos en paz-se cruzó de brazos-Papá dice siempre que hay que hacer las cosas bien y no dejarlas a medias. Y estar siempre en paz con los demás.
Kaeya se le quedó mirando. Meditó la propuesta.
-... Luc, entonces.
Esperó por algún tipo de rebate, pero no lo hubo. Diluc simplemente sacudió la cabeza e intentó camuflar el rubor de sus mejillas con su pelo.
Kaeya sonrió.
Aquella, fue la primera de muchas sonrisas por parte de su nuevo amigo y hermano, que no tardaría en convertirse en mucho más.
Claro que, Diluc no esperaba que aquellas sonrisas tuvieran un límite y que una de ellas terminaría siendo la última. Al igual que las propias sonrisas de Diluc.
Pero aún quedaban años para eso.
Curiosamente, uno de los juegos preferidos de Kaeya era pretender ser piratas.
-¿Por qué?-le preguntó Diluc en una ocasión, cuando Kaeya propuso jugar a los piratas, otra vez.
Kaeya se encogió de hombros.
-¿Por qué no?
-¿Alguna vez has surcado el mar, Kae? ¿O lo has visto siquiera?
Kaeya torció el gesto. Jugueteó con el parche que se había puesto en el ojo para jugar, como inconscientemente.
-¿Y tú, Luc?
Diluc aprendió pronto que era fácil hacerle preguntas de todo tipo a Kaeya, tan fácil como era difícil que las respondiera. Si bien es verdad que casi prefería eso a que le respondiera con mentiras.
-... No he navegado-contestó Diluc, mirando el horizonte, como si pudiera ver agua más allá de las montañas y las vides-Pero sí he visto el mar. Papá alguna vez me ha llevado a la playa.
-Mm...-se limitó a decir Kaeya.
Aquello desembocó en una pequeña excursión a la costa, a pesar de lo avergonzado que se había sentido Diluc al pedírselo a su padre, ya que sabía que éste estaba muy ocupado. Pero sabiendo que cabía la posibilidad de que Kaeya nunca hubiera estado en el mar...
Ante su petición, Crepus tan solo rio. Le revolvió el pelo a su hijo, indomable ya de por sí, y dio una respuesta afirmativa.
Y era más fácil creer ser piratas con los pies hundidos en arena mojada y el olor a salitre.
No importaba que Kaeya no respondiera o diera evasivas o incluso contara alguna pequeña mentira, siempre y cuando no se tratara de cosas grandes e importantes.
Aunque Diluc seguía pensando que mentir a Adelinde y Crepus sobre quién había roto aquel jarrón contaba como algo grande. No le habló durante un día entero hasta que Kaeya le suplicó que le perdonara.
Con el tiempo, Diluc llegó a pensar que no es que los piratas o el mar fascinaran en demasía a Kaeya, sino lo que realmente buscaba era cubrir uno de sus ojos con un parche, y aquel juego le daba la excusa perfecta.
Diluc siempre se preguntó porque iba a querer cubrir sus ojos, si estos eran preciosos. Como estrellas flotando dentro de una burbuja de aguas cristalinas.
Otra de las cosas que más se preguntaba es cómo Kaeya había llegado a parar allí, a su familia.
-No lo entiendo, papá-le dijo un día a Crepus, estando los dos a solas-¿Por qué iba nadie a querer abandonarlo...?
Era fácil querer a Kaeya. Igual que era fácil perder el control con él. Y Diluc se dejaba arrastrar.
También discutían. En muchas ocasiones, en realidad. Porque chocaban y se contradecían en muchas cosas porque, en el fondo, no podían ser más distintos.
Hubo una ocasión en que, a pesar de que el recuerdo del motivo de la pelea le rehuía, Diluc recuerda perfectamente los gritos y reproches, los puñetazos, los mordiscos y los tirones de pelo.
Adelinde fue la primera que los vio (o escuchó) e intentó separarlos, sin éxito.
Fue una mano de Crepus en el hombro de Diluc y la otra en el hombro de Kaeya que estos pararon.
A Diluc le dolían los golpes. Pero sabía que había algo más para que el pecho le doliera de aquella forma. Le picaban los ojos, le temblaban las manos.
Aquella fue la primera vez que vio a Kaeya llorar.
Las estrellas se habían sumergido de lleno en un mar embravecido e inmisericorde. Y Kaeya parecía ahogarse en él.
Se llevó las manos a la cara, intentando detener las lágrimas.
La mano de Crepus abandonó a Diluc, quien alzó la vista para mirarle a los ojos.
Pensó que le regañaría. No sería la primera vez que lo hiciera. Pero su padre se limitó a negar con la cabeza y a esbozar una sonrisa triste.
A Diluc se le encogió todavía más el pecho.
Diluc también conocía esa sonrisa. Era la que adornaba el rostro de su padre siempre que hablaba de mamá. Era triste. E iba dirigida a él.
¿Acaso había hecho algo mal? Diluc ni siquiera sabía por qué Kaeya se había enfadado tanto con él. No sabía por qué parecía que toda la ira se había esfumado y solo una frustrante tristeza quedaba ahora en Kaeya, sustituyéndola.
Crepus intentó calmarle con palabras suaves. Kaeya solo se encogió más sobre sí mismo. Crepus le pasó el brazo por los hombros. Diluc se quedó ahí de pie, mirando, al borde del llanto.
Diluc creía recordar que escuchó a alguien decir (¿o lo leyó?) que los niños sentían mucho; quizás demasiado. Desde luego era como Diluc se sentía. Y que los niños parecían solo ser capaces de sentir una emoción a cada momento.
En aquel momento, en el pequeño cuerpo de Diluc solo cabía una cosa: Furia.
Por eso dio media vuelta, y subió corriendo los escalones hasta encerrarse en su habitación.
Lloró hasta que el sol se ocultó por el horizonte más allá de su ventana.
No bajó a cenar. Y a pesar de que Adelinde, quien antes le había curado y vendado las heridas, le había subido una bandeja con esa misma cena, Diluc no probó bocado.
Se quedó sentado en la cama, mirando fijamente la puerta, esperando que su padre apareciera por ella, aunque no sabía muy bien por qué.
Para disculparse, quizás. Aunque era Diluc el que debería pedir disculpas. Probablemente. Seguramente.
Mientras miraba la puerta en la penumbra de su habitación, Diluc se preguntó si así es como se saboreaba la traición.
Por su padre. Por Kaeya.
Era un pensamiento infantil y estúpido. Lo sabía. Pero no podía evitarlo. Estaba fuera de su control y, por primera vez, le angustiaba esa sensación.
Debería irse a dormir y dejar de pensar.
Alguien llamó a su puerta, y no esperó a recibir una respuesta pues ya la estaba abriendo. Un halo de luz se coló en la habitación.
Diluc torció el gesto, no sabía si ante la visita o por la repentina claridad. Le hubiera gustado poder ver bien su cara, pero la luz la tenía a la espalda, y su rostro estaba en sombras.
-... ¿Qué quieres?-preguntó Diluc en un susurro.
Kaeya cambió su peso de un pie a otro. Se abrazó a sí mismo. También le habían curado las heridas, pero tenía un aspecto tan desaliñado como debía tenerlo Diluc.
Parecía querer hacerse pequeño y desaparecer.
-... No quiero que nos vayamos a dormir enfadados-contestó Kaeya, en susurros también.
Se le veía incómodo. Inquieto. Casi como la primera vez que vino aquí. Desconfiado, asustadizo.
Casi como si este no fuera su hogar.
A Diluc se le revolvió el estómago. Lo quiso achacar al hambre por no haber cenado.
-... Yo tampoco.
Kaeya asintió con la cabeza, como si eso fuera suficiente.
Aun así, no se movió de donde estaba.
Diluc creyó entender sus intenciones, y la opresión en su pecho disminuyó un poco.
Se echó a un lado en la cama, y levantó las sábanas.
Con una exhalación, Kaeya puso un pie en la habitación. Cerró la puerta tras él y sin decir nada se metió entre las sábanas con él.
Se miraron el uno al otro.
Kaeya había vuelto a ponerse el parche.
-... Lo siento, Kae.
-Yo también lo siento, Luc.
-¿Por qué te has enfadado tanto?
Kaeya apretó los labios.
-Por nada.
A Diluc le gustaría recordar la razón, pero puede que no lo recordara bien porque incluso en aquel momento no estaba seguro de saberlo.
Kaeya siempre había sido enigmático, en más de un sentido.
Y a la mañana siguiente, después de despertar el uno enredado en el cuerpo del otro, y al bajar a desayunar con un hambre voraz y ver a su padre sonreír de verdad al ver que habían hecho las paces y que no le había decepcionado, Diluc sintió que las cosas volvían a su cauce natural. Que volvía a tener control sobre ello.
-Oh, ¡mira!-exclamó Diluc señalando el cielo azul.
Estaban los dos tumbados en el césped, en una colina cercana al Viñedo. Crepus no les dejaba ir mucho más lejos, no sin supervisión. Decía que todavía eran demasiado pequeños para el mundo. Lo que quisiera eso que significara.
-¿Mm?-Kaeya entrecerró los ojos-¿Qué? No veo nada...
Era un día despejado, con unas pocas nubes danzando con el sol. El calor del sol había hecho imposible que siguieran corriendo y jugando, y habían terminado por dejarse caer sobre la hierba. A la sombra de un árbol se sobrellevaba mejor el calor.
El césped le hacía cosquillas a Diluc en los brazos y pies desnudos.
-Esa nube-dijo Diluc-Se parece a un pavo real. Ya sabes, como el de ese cuento que nos leyó papá.
-¿Cuál?
Diluc se pegó más a él y cogió su mano para colocarla en su campo de visión.
-Esa. ¿No lo ves? Eso parece la cola, y luego el cuello alargado...
Kaeya puso los ojos en blanco.
-Sí, lo que tú digas-se zafó de la mano de Diluc; en su lugar, fue él esta vez quien le cogió la mano a Diluc y señaló otro punto-Puestos a imaginar, esa de ahí parece un búho.
Diluc frunció el ceño.
-¿Tú crees?
Kaeya soltó su mano y se encogió de hombros. Apoyó las manos en el estómago y cerró los ojos.
-¿Por qué no? Por poder, podría ser cualquier cosa-abrió los ojos nuevamente, pero su mirada era distinta; más...distante-Nosotros podríamos ser cualquier cosa.
Diluc giró la cabeza para mirarle y sonrió con sorna.
-¿Como piratas?
Kaeya se giró para mirarle también.
-Claro.
-Bueno, puestos a imaginar, deberíamos imaginar a lo grande, ¿no crees?
Diluc volvió a mirar al cielo.
-Oh, ¡ya sé!-exclamó, incorporándose hasta quedar sentado. Dirigió su mirada a Kaeya, que le devolvía la mirada con una interrogante-En vez de pirata, ¡podrías ser un príncipe! Tendrías más riquezas que un pirata. Y una vida más fácil.
Kaeya apretó los labios. Diluc lo conocía lo suficiente como para saber que estaba contrariado, aunque no entendía por qué.
-... No creo que la vida de un príncipe sea fácil-terció-Además, tienen que preocuparse de otras cosas, ¿no? Como... Asesinos y cosas así.
Y cosas así.
Diluc esbozó una gran sonrisa.
-Entonces, lo que necesitas es que te protejan-se llevó la mano al pecho-Así que, ¡yo seré tu caballero!-proclamó.
Aquella declaración hizo que Kaeya se encogiera sobre sí mismo en la hierba y prorrumpiera en carcajadas.
-Oye, deja de reírte, Kae. ¡No tiene gracia!
-Claro que la tiene-dijo Kaeya entre risas.
Diluc hizo un mohín.
-Entonces, yo también seré un príncipe. No, espera, ¡mejor un rey!
Kaeya, quien por fin había dejado de reír, le miró desde el suelo.
-¿Rey de qué, Luc?
-¡De Mondstadt, por supuesto!
Ante aquello, Kaeya sonrió. Era una sonrisa pequeña, enigmática y meditabunda.
Las sombras de las hojas del árbol bajo el que estaban bailaban en la tostada piel de Kaeya. Parecían acariciarle.
-¿Sabes? Eso sí puedo verlo.
Satisfecho con la conclusión, Diluc volvió a dejarse caer en la hierba al lado de su hermano.
Diluc devolvió la vista al cielo. El sol estaba todavía más en lo alto. Seguramente pronto deberían volver a casa para la hora de la comida.
Giró la cabeza para decírselo a Kaeya, pero descubrió que Kaeya ya le estaba mirando.
-¿Qué?-inquirió Diluc.
-Tu pelo.
-¿Qué?
Kaeya volvió a sonreír, aunque era otra clase de sonrisa.
-Parece fuego quemando la hierba.
Diluc frunció el ceño.
-¿Ah sí? Pues... ¡Pues el tuyo parece un charco sobre la hierba!
Ahora fue Kaeya el que frunció el ceño.
-No es muy buena comparación.
-Tampoco que digas que mi pelo prende fuego al campo.
-Admite que tiene su gracia.
Le dio un golpe suave a su hombro. Kaeya se lo devolvió. Lo que hizo que Diluc repitiera el movimiento.
Al final, estuvieron rodando por la hierba, llenándose los cabellos de briznas, los pulmones de risas, y los oídos con los gritos de sus nombres para que volvieran a la hacienda para comer.
Diluc supuso que así es como sabía la libertad.
Y a pesar de los tropiezos y caídas, eran una familia feliz y muy unida. El tiempo que duró.
Cuando un día Diluc recibió su Visión, su primer impulso fue sentir cómo el orgullo y la alegría fluían por su cuerpo igual que ahora parecía fluir fuego por sus venas.
Se lo contó a su padre y a su hermano con grandes aspavientos.
Kaeya parecía meditabundo al respecto, para variar.
Y su padre...
Recordaba perfectamente a su padre levantarse de la silla de su escritorio e ir corriendo a su lado para estrecharle en un fuerte abrazo.
Diluc apenas podía respirar.
Cuando su padre aflojó el abrazo, no le soltó. Agarró sus hombros con fuerza. Dolía un poco.
-Los Arcontes te han bendecido, hijo mío. Llegarás lejos-proclamó, con los ojos vidriosos; Diluc temió que se pusiera a llorar, aunque sería por algo feliz-Sí, tú, hijo...
Pero en aquel momento, toda emoción y agitación por la alegría de haber obtenido una Visión se diluyó en el cuerpo de Diluc como vino al que se le echa agua.
Diluc siempre había pensado que su propósito en la vida era hacer feliz a su padre; hacerle la vida más fácil y heredar su trabajo; hacerle sentir orgulloso. No decepcionarle.
Pero solo ahora, en ese instante, Diluc sintió por primera vez que aquellas expectativas pesaban tanto como aquellas grandes manos apretando sus hombros.
Ahora más que nunca temía decepcionar a su padre.
Diluc sentía que se ahogaba de nuevo.
-¿Otra vez entrenando?
Diluc bajó el mandoble y desvió la vista del muñeco de paja para mirar a Kaeya, que se apoyaba en otro muñeco de práctica.
Diluc enarcó una ceja.
-¿Tú qué crees? Yo creo que es bastante obvio.
-Sí. Bastante obvio que te estás esforzando de más. Te vas a hacer daño-sonaba casi a reproche; seguramente lo era.
-Bueno, uno no puede ser un buen caballero si no entrena.
La mirada de Kaeya se desvió a la cintura de Diluc, de donde colgaba su recientemente adquirida Visión. Volvía a llevar un parche puesto.
-Vas a entrar en los Caballeros de Favonius entonces, ¿no?
-Por supuesto. Papá espera que lo haga-miró su arma, y volvió a mirar a Kaeya-Tú también deberías entrenar más si quieres unirte.
-¿Aunque no tenga una Visión?
-¡Por supuesto! Papá tampoco tiene una-y por eso Diluc sentía que no podía desperdiciar el poder de su Visión; no con el modo en que la mirada de su padre se detenía siempre en ella cada vez que hablaba con él-Además, nadie dice que no puedas conseguir una más adelante, ¿no?
-Mm...
Kaeya no dijo nada más. Ni insistió en que dejara el arma, así que Diluc continuó entrenando. Solo que ahora tenía audiencia y compañía, lo cual era mejor.
Todo era mejor con Kaeya.
Puedo que no fuera príncipe. Ni rey. Pero sería un gran Caballero, como su padre.
Era algo que Diluc podía controlar.
Sin embargo, había muchas otras cosas que no. Como el tiempo. Y la edad es un obstáculo mayor del que Diluc podría haberse imaginado.
Atrás quedaron los juegos. Compartir cama y secretos. Los apodos cariñosos.
Una barrera invisible pero casi corpórea empezó a separarles.
Diluc se preguntaba más de una vez si no sería capaz de romperla con un buen tajo de su espada. O con sus habilidades elementales producto de su Visión.
El tiempo mejora el vino. O lo agria.
De un modo u otro, a pesar del ambiente en el que se había criado, o quizás precisamente por eso, a Diluc no le gustaba el vino.
Una de las razones principales era que, de beber demasiado, se le embotaba la cabeza y perdía el control sobre sus pensamientos y actos. Era algo en cierta manera aterrador, por lo menos para Diluc. Por no hablar del dolor de cabeza y remordimientos posteriores.
Aunque había algo más. Un recuerdo que, a pesar de querer borrarlo, aparecía de vez en cuando en los recovecos de su mente.
El sabor a uvas le quemaba la boca y el pecho.
Debía centrarse en convertirse en caballero. Y eso hizo. Pero no solo eso, sino que pronto ascendería en la jerarquía y se convertiría en Capitán de Caballería.
Su padre no cabía en sí de gozo, y Diluc no podía sino compartir los sentimientos de su padre.
Aunque eso no quitaba que echara de menos pasar tiempo con él. Y con Kaeya.
El mundo de Diluc se expandió un poco al salir de los terrenos del Viñedo, visitar la ciudad de Mondstadt y la nación entera. Y cuando Kaeya se le unía, todo era mejor. Podía sobrellevar el peso de la responsabilidad y las expectativas puestas en él.
Todo parecía encajar perfectamente como las piezas de un puzle con una forma determinada. Todo estaba bajo control, y eso tranquilizaba la mente de Diluc, el cual había madurado lo suficiente como para saber, o más bien, ignorar, aquello que no quería enfrentar. Como los sentimientos que tenía por y para Kaeya.
Y la relación con su padre, al cual adoraba, había adquirido un matiz ligeramente distinto, pues su padre depositaba los sueños incumplidos de toda una vida en él.
Aun así, Diluc era feliz. Podía haber vivido así.
Pero por supuesto, no todo podía estar al alcance de sus manos.
Y un nuevo punto de inflexión llegó a su vida. Solo que esta vez, en vez de venir una nueva persona a ella, una que siempre había estado ahí, se fue. Y no de forma silenciosa. Sino con un alarido.
También estaba nublado aquel día.
Y su miedo y su impotencia se mezclaban con las gotas de lluvia que caían incesantes, mientras veía como un monstruo moría a manos de un Crepus que no parecía su padre. Él nunca tuvo una Visión. Pero era alguien extraordinario, aun así. Diluc siempre le había admirado de manera ciega.
Por eso ver cómo su padre era consumido por un poder que nunca le perteneció hizo que a Diluc se le partiera el corazón.
Diluc le había fallado. En un momento donde no podía permitírselo.
A pesar de la torrencial lluvia, del frío calando su ropa y sus huesos, de apenas ver nada por un manto de agua en sus ojos, lluvia y lágrimas por igual, Diluc se sentía arder.
Y antes de morir, Diluc vio a su padre sonreír y llorar.
Había algo sumamente extraño y fuera de lugar en el que un hijo viera a su padre llorar.
Crepus siempre había sido alguien fuerte. Había amado a Diluc de manera incondicional. Había depositado sus esperanzas en él. Y Diluc había vivido para merecer todo eso. Y aun así, le falló.
Le vio sonreír, le vio llorar, le vio morir. El espesor y el calor de la sangre contrastaba con la fluidez y el frío de la lluvia. Parecía vino derramado.
Y Kaeya no estaba allí.
Debería haber estado allí.
Ambos deberían haber luchado y protegido a su padre.
Pero Diluc estaba solo, y era débil. Extremadamente débil.
No solo murió Crepus aquel día. Sino también sus convicciones y creencias respecto a cómo funcionaba el mundo. Y más concretamente, los Caballeros de Favonius.
Lo que pasó justo después de que la sangre se fundiera con el agua y el barro del suelo y su padre se quedara frío fue como un borrón de acontecimientos.
Cuando vio a Kaeya, Diluc solo tenía en sus manos su mandoble y un montón de resentimiento. Y los blandió contra su hermano con culpa y furia ciega.
Era graciosamente irónico que en aquel enfrentamiento naciera la Visión de Kaeya. Cryo. Todo lo contrario de Pyro. Porque siempre habían sido opuestos.
Diluc ardía y Kaeya se congelaba.
Se completaban el uno al otro. Se destruían el uno al otro.
Todo atisbo de lo que una vez tuvieron pareció volatilizarse como el aliento interrumpido del padre de ambos.
Dolía. Dolía muchísimo.
Aquella unión que habían forjado durante años se deshilachó cual tela vieja desgarrada.
Así es como Diluc notaba su pecho. Desgarrado hasta las costuras.
Costuras frescas como la cicatriz que le bordó a Kaeya en unos de sus ojos. Una de sus estrellas bañada en sangre. Había un profundo rechazo en aquellos ojos, y Diluc no soportaba verse reflejado en ellos.
Es como si él mismo hubiera matado a toda su familia.
La culpa le consumía igual que el fuego de la ira.
Era como si Diluc hubiera perdido todo aquel día. O más bien, a partir de ese día.
Su padre muerto. La verdad ocultada. Su hermano herido por su mano.
Diluc quiso alejarse. De todos. De todo.
Los Caballeros de Favonius estaban corrompidos, y él no soportaba la idea de formar parte de ellos.
Y como riéndose de él, Kaeya siguió en la orden y terminó ocupando su antiguo puesto, y utilizando un apellido que no era el suyo. Diluc ya ni siquiera sabía cómo sentirse al respecto.
Deambuló e investigó por su cuenta. Los Engaños. Los Fatui. Un mundo cuyos Arcontes parecían haberle dado la espalda.
Diluc miraba su Visión y sentía náuseas.
No se sentía bendecido.
Con el tiempo, la amarga resignación se instaló en su cuerpo como un pequeño parásito hasta que poseyó su cuerpo entero.
Decidió volver. Ocuparse del Viñedo. Intentar dejar el recuerdo de su padre descansar finalmente. Proteger Mondstadt a su manera, pues no necesitaba a los Caballeros para eso, a pesar de que sabía que habían sido purgados.
Adelinde y los demás se encontraron extasiados ante su vuelta, y un pequeño ramalazo de culpa sacudió a Diluc. Aún quedaba parte de una familia que había abandonado. No otra vez.
Y por miedo y vergüenza, el único contacto con Kaeya que parecía real eran unas simples cartas tras las cuales era fácil esconderse.
Aun así, quizás las cosas podían volver a seguir un control. Porque Diluc creía ahora entender cómo funcionaba el mundo. Y cómo debía ajustarse él a ese mundo para seguir viviendo.
Contrariamente a lo que muchos pudieran pensar, a Diluc le gustaban las personas. Aunque eso no quitaba que le costara socializar con ellas, y más con el paso del tiempo y cicatrices invisibles aún presentes en su alma, pues su temperamento se había enfriado bastante con los años. Atrás quedó el niño risueño y que se lanzaba de cabeza a todo. Bueno, quizás esto último todavía estuviera en vigor.
A Diluc le preocupaba la gente a su alrededor, y más si eran personas cercanas a su maltrecho corazón, como el personal del Viñedo, de la taberna, e incluso algunos caballeros y aventureros.
Él hacía sus investigaciones por su cuenta y se enfrentaba a cualquier peligro que amenazara su amada ciudad y nación. Como un dragón corrompido.
Puede que en parte sí que se hubiera convertido en rey, aunque fuera uno que operaba en las sombras.
Si bien prefería no pensar en el apodo que los habitantes habían pensado para él.
Es más, para variar, había delegado cierta autoridad sobre la recolecta y posterior producción del Viñedo porque andaba detrás de la pista de unos ladrones de tesoros actualmente.
Llevaba varios días investigando, y notaba el cansancio de largas noches en vela y días sin parar apenas un momento.
Aún no estaba seguro de qué se traían entre manos, pero su red de información le había dado varios puntos de encuentro de éstos, y curiosamente eran sitios por donde solían acampar monstruos...
En una de sus patrullas, se dio de bruces con algunos de ellos. Y entre ellos, la pequeña Klee.
Contrariamente a lo que muchos pudieran pensar, a Diluc le gustaban los niños, pero no estaba seguro de cómo tratar con ellos.
Adoraba especialmente a Klee. Quizás porque, en el fondo, le recordaba a su yo de niño, lleno de vida, de emoción, de inocencia. Y Diluc estaba más que dispuesto a proteger ese brillo inocente de unos ojos que lo miraban con una adoración que estaba seguro que era el vivo reflejo de lo que vio Crepus en sus ojos infantiles, y Diluc no lo merecía.
Además, la niña tenía su misma Visión. Puede que por eso la niña se hubiera encariñado tanto con él, pues Diluc no era amistoso precisamente.
Le costaba expresarse, a diferencia de en su infancia, pero las heridas del pasado siguen tejidas en su piel y no soporta la idea de mostrarse tan vulnerable, y por eso esconde sus sentimientos a buen recaudo en un corazón negruzco debido a un incendio.
Al parecer, Klee estaba jugando con sus queridas bombas (tendría que comentárselo a Jean) cuando se topó con aquel campamento improvisado de ladrones. Por suerte Diluc llevaba tiempo siguiéndoles la pista y pudo intervenir.
Los desmanteló rápidamente, con cuidado de que Klee estuviera fuera de peligro, la cual lo único que hacía era dar saltos de alegría por lo increíblemente fuerte que había sido Diluc, al parecer.
Era una preocupación menos, si bien es verdad que ninguno de los maleantes sabía nada, pues no eran más que subordinados.
Los dejaría a cargo de los Caballeros. Y escoltaría a Klee a la ciudad.
Debería echar una cabezada o comer algo o ambas cosas, pero no quería perder la pista de aquellos ladrones.
Sin embargo, tras una incómoda visita al cuartel de los caballeros de Favonius (siempre mirando de reojo temiendo encontrarse con quien solo haría la situación todavía más incómoda), Diluc seguiría su camino, como había hecho siempre.
Tal fue su sorpresa cuando tan solo un día más tarde, fue interceptado en una de las calles de Mondstadt por Klee.
-¡Diluc!-exclamó llena de energía, como siempre-¡Tengo un regalo para ti!
Eso hizo que Diluc se detuviera.
-... ¿Un regalo?
Klee sonrió ampliamente tras sacar un pequeño frasco de su mochila.
Diluc sabía que había personas buenas y malas en el mundo, y todas las que había entre medias, pues el bien y el mal tenía contornos muy borrosos.
Aun así, Diluc sabía que debía ser más precavido, más desconfiado, porque solo así podía protegerse.
Quizás podría achacarlo al cansancio. Y al hecho de que Klee solo podía tener buenas intenciones, aunque no demasiadas ideas buenas.
Y a pesar de que en el fondo sabía que podía haberlo evitado, Diluc perdió el control de la situación.
Y una vez más, como siempre que había algo que se escapaba a su control, Diluc pensó en su infancia.
*. *. *
Siempre que sentía que la felicidad estaba al alcance de su mano, Kaeya pensaba en su infancia.
No porque entonces no sintiera felicidad, sino todo lo contrario. Y lo hacía, precisamente, para espantarla. Porque Kaeya no merecía ser feliz.
Solo en aquella época, Kaeya se sintió realmente feliz. Y miserable.
Deberían ser cosas opuestas, pero se complementaban, y Kaeya no podía sino ahogarse en esa contradicción.
Los recuerdos de su infancia eran un tormento. Y un refugio.
Hubo un primer punto de inflexión en la vida de Kaeya, un antes y un después; y eso que el "antes" apenas eran retazos de recuerdos borrosos. El "después" se grabó a fuego en su memoria. Y no olvidaría nunca el hecho que marcó esa separación: las palabras de su padre.
Kaeya recuerda con perfecta claridad la frialdad en los ojos de su padre y el rencor de sus palabras.
-Esta es tu oportunidad. Eres nuestra última esperanza.
Kaeya recuerda el peso de las manos de su padre en sus hombros, y cómo sentía que se hundía en el suelo bajo el peso de su mirada.
Con aquellas palabras, le había condenado.
Le había hecho sentirse un extraño en su propio cuerpo y un extraño en aquella tierra.
Su padre miraba al infinito, al horizonte.
Khaenri´ah no era más que un pasado destruido.
No era más que desprecio y abandono, y Kaeya, demasiado pequeño para entender todo en su totalidad, se sintió muy solo.
Se suponía que Kaeya tenía que quedarse en aquella nación, Mondstadt, y observar. Era un mero espectador que no podía formar parte de la función.
En un florido y verde campo fue encontrado por un hombre al que Kaeya nunca pensó que podría llamar padre, y mucho menos querer como a tal, porque no estaba seguro de que quisiera en el fondo a su padre biológico.
-Eres hijo de reyes-le solía decir.
Reyes caídos en desgracia que ni siquiera tenían sangre real. ¿Qué se supone que debían reclamar?
Crepus era un hombre extraño. Demasiado sonriente, demasiado amable. Aunque más bien sería Kaeya el extraño. Todos allí parecían iguales. Demasiado sonrientes, demasiado amables. Kaeya no podía sino desconfiar de ellos porque, ¿cómo iban a ser tan agradables con él si no era con segundas intenciones?
Por cómo le había educado su padre hasta ahora, el primer instinto de Kaeya era siempre la desconfianza. El negar a los demás.
Era un día nublado. A Kaeya no le gustaban pues vaticinaban lluvia, y la lluvia ahogaba otros sonidos y Kaeya no soportaba no saber lo que pasaba a su alrededor a cada momento.
Necesitaba saber, a cada momento, para así responder en consecuencia.
Sabía que no debía tener miedo. Que no podía tener miedo.
Pero la naturaleza misma de Diluc se le presentaba tal interrogante que lo único que quería hacer era alejarse todo lo que pudiera de él.
Diluc.
Diluc debía detestarle. Era un extraño que acababa de irrumpir en su casa y en su vida y debían formar un lazo de familia y compartir todo a partir de ahora.
Y lo único que hizo él fue tenderle la mano y darle la bienvenida a la familia.
Su mano era cálida. Como su sonrisa. Como todo él.
Era fácil confiar en Diluc. Al igual que era fácil quererle y dejarse querer por él. Tanto, que asustaba.
Y si no le desconcertara tanto su misma existencia, a Kaeya hasta casi le resultaría adorable el hecho de que no parecía ser capaz de pronunciar bien su nombre, a pesar de que Kaeya consideraba que el apellido de aquella familia era mucho más complicado de pronunciar.
Y esa fue la excusa que puso al hecho de no querer usar ese apellido. Crepus fue totalmente comprensible al respecto, lo que descolocó un poco a Kaeya. Diluc, por el contrario, decía no entenderlo.
-Si ahora eres de esta familia, tienes que tener nuestro apellido, ¿no?
Y Kaeya pronto descubrió, que le resultaba bastante difícil decirle no a Diluc.
Era curioso y ajeno el tener un compañero de juegos. Porque los juegos eran algo a lo que Kaeya no estaba acostumbrado. Eran demasiado insustanciales y no tenían propósito en su educación.
Pero eran divertidos. Oh, sumamente divertidos.
Por eso se dejaba arrastrar cada vez que Diluc quería jugar con él.
Uno de los juegos favoritos de Diluc era el escondite. No para menos, supuso Kaeya, ya que tenía una vasta expansión de terreno en la que esconderse. Porque, por supuesto, él siempre quería esconderse y no buscar.
-¡Somos como sombras acechantes!
-¿Por qué te escondes conmigo? Vas a hacer que nos pillen a los dos-se quejó Kaeya.
-¡Esconderse solo es aburrido, Kae!-otra vez ese mote... Creía que lo hacía para reírse de él, pero le resultaba raro que fuera simplemente porque era más fácil y denotaba más cariño; por lo que Kaeya también empezó a llamarle de otro modo-¿Y por qué iba yo a hacer que nos encuentren?
Kaeya enarcó una ceja.
-Um, ¿porque eres una mata de pelo rojo viviente, Luc? Aquí todo es verde y destacas como...
-Sshh, como si tu pelo tampoco llamara la atención.
-No tanto.
-Eso...
-¡Os encontré!-dijo una voz tras ellos, surgiendo de los arbustos.
Ambos pegaron un brinco del susto.
Crepus rio.
-Ugh, ¡te lo dije!
-¡No es culpa mía! Eras tú el que no paraba de gritar.
Era divertido estar con Diluc, incluso si discutían a menudo. Kaeya sentía que no había barreras entre ellos, aunque no fuera más que una mera ilusión, porque sabía perfectamente que había barreras, y era el propio Kaeya quien las había erigido.
-¿Qué haces?
Kaeya alzó el libro que tenía en el regazo.
-Creo que puedes hacerte una idea.
Diluc resopló, pero se sentó a su lado en la hierba.
Con el buen tiempo que hacía, siempre era preferible hacer actividades al aire libre.
Kaeya no esperaba que Diluc se quedara callado y tranquilo, más bien, esperaba que le hiciera jugar o hacer lo que le apeteciera en ese momento, pues Diluc era muy voluble; una variable que hacía tiempo que Kaeya no se molestaba en intentar predecir, pues era inútil.
-No es un libro de aventuras-dijo Diluc mirando por encima del hombro.
Kaeya negó con la cabeza.
-Leyendas de Teyvat. Y sus naciones.
-Mm... ¿Por qué te interesan? Son libros muy densos, y seguro que la mayoría de las cosas que relata no sucedieron.
-Tampoco la mayoría de cosas que hay en los libros sobre héroes y sus aventuras.
Diluc no lo negó; eso no quitaba que los disfrutara más.
-¿Lo lees por papá?-le preguntó entonces Diluc-A veces nos habla de leyendas en vez de leernos un cuento para dormir.
-... Sí-respondió Kaeya, aunque no estaba muy seguro de que esa fuera toda la verdad.
Quería la aprobación de Crepus. No tenía sentido, pero lo anhelaba. Quizás porque su verdadero padre nunca había admirado nada de lo que Kaeya hacía; solo sabía decirle que tenía que hacer más.
Pensó que Diluc se aburriría o le insistiría para que jugara con él, pero se quedó sentado a su lado.
-... ¿Qué haces?-le preguntó Kaeya en un momento dado, viendo que parecía estar concentrado en algo entre sus manos.
-¿Mm? ¿Esto?-Diluc se lo enseñó-Estoy intentando hacer una corona de flores.
-¿Y por qué ibas a querer hacer eso?
-Porque me aburro, y es entretenido. Además, a papá le suele gustar cuando le regalo alguna.
Kaeya se quedó a medias de pasar de página el libro.
-... ¿Sí?
-¡Claro! ¿Te enseño? Seguro que a papá le encanta-Diluc sonrió.
Kaeya no estaba del todo seguro de que eso fuera de verdad, pero era casi como regalar un ramo de flores, y Kaeya sentía la imperiosa necesidad de agradecerle a Crepus todo lo que había hecho por él; porque no era solo que le hubiera acogido, sino que le tratara igual que trataba a Diluc, como a un hijo. Y eso calentaba el pecho de Kaeya. Y quería demostrárselo de alguna manera.
-Ugh-se quejó Kaeya al terminar su primera corona.
-Desde luego esto no es lo tuyo-Diluc hacía todo lo que podía para no reírse.
Kaeya le dio un codazo.
-Es el primer intento. Y ya sé cómo hacerlo. Ahora vas a ver...
Tras varios minutos, Kaeya le enseñó, orgulloso, lo bien que le había quedado la segunda.
-No es justo-se quejó entonces Diluc-Sabes hacer de todo. Y si no, aprendes rápido.
Eso solo hizo que el orgullo se hinchara en el interior de Kaeya.
-Le daré esta, y... ¿Qué haces?-le preguntó, viendo que Diluc había cogido la primera corona de flores que había hecho-Esa está fatal...
-Pero la has hecho tú-Diluc le miró fijamente-¿No puedo quedármela?
-No, bueno, no es como si no pudieras...
Diluc sonrió, y procedió a colocársela en la cabeza. Parecía que había metido la cabeza en un arbusto.
-¿Qué tal estoy?
-Ridículo.
Esta vez fue Diluc quien le dio un codazo.
-Y esta... ¡Es tuya!-exclamó Diluc, dándole la corona de flores que él había hecho.
Kaeya se la quedó mirando. Notó como un frío se instalaba en su interior.
Desvió la mirada.
-... No necesito una corona.
Se incorporó y empezó a andar camino a la hacienda.
-Oye, ¡espera! ¡Espérame!
Kaeya estaba decidido en darle aquella pequeña muestra a Crepus. Pero cuando llegó a la casa, con las manos a la espalda escondiendo las flores, y le vio, sintió que flaqueaba. No era vergüenza propiamente dicha, sino más bien, inseguridad.
¿Y si era una tontería? ¿Y si no le gustaba? ¿Y si no lo aceptaba? Quizás no era tan buena idea después de todo...
-¡Papá!-exclamó Diluc-¡Kae tiene un regalo para ti!
-¿Oh?-Crepus alzó las cejas, expectante, y clavó su mirada en Kaeya.
Ya no había vuelta atrás.
-Mm... He hecho esto...-empezó, poniendo las manos al frente-Para ti. Por... Por todo... Supongo...-su voz se fue apagando igual que su voluntad-Gracias...
Hablar con Diluc era tan fácil como respirar. Pero con Crepus... Había veces en que no sabía ni cómo comportarse. Y su verdadero padre no le valía de ejemplo.
-Kaeya-dijo Crepus.
Dio un paso al frente y posó sus manos en los temblorosos hombros de Kaeya, y Kaeya tuvo un recuerdo que cada vez se le antojaba más lejano.
A su padre, momentos antes de abandonarle, cargando sobre sus hombros sus pesadas manos y el pesado rencor de una esperanza largo tiempo perdida.
Kaeya volvió a sentirse pequeño, a encogerse, a hundirse en el suelo...
Pero entonces esas manos bajaron de sus hombros y se colocaron en sus axilas, y de pronto, estaba volando.
Crepus le había alzado del suelo, y con una amplia sonrisa y grandes carcajadas, daba vueltas en el aire a Kaeya.
Y Kaeya se sentía mareado. Y no solo por las vueltas.
Nunca se había sentido tan ligero.
-Kaeya, hijo mío-dijo Crepus aún con la sonrisa en el rostro y con Kaeya en sus brazos-No hace falta que me tengas que agradecer nada. Soy tu padre, después de todo-amplió la sonrisa-Soy yo el que debería darte las gracias por hacerme un regalo.
Kaeya se sentía al borde del llanto, y ni siquiera estaba seguro de entender por qué.
-¡Yo también, yo también!-gritó Diluc desde el suelo.
Entonces, Diluc pegó un salto y se subió a la espalda de su padre. Se agarró a sus hombros.
-Oye, que los dos juntos pesáis ya bastante...
-Mira, papá, mira-Diluc se retorció para que su padre le viera la cabeza-Aunque tú tengas la corona mejor hecha, ¡yo tengo la primera corona que Kae ha hecho!
-¿Ah sí?
-¿A que me queda bien?
-Pues sí-Diluc sonrió-¿Y yo? ¿Vemos cómo me queda?
Ambos miraron a Kaeya. Intensos ojos rojos y sonrisas resplandecientes.
Kaeya tragó saliva y le colocó la corona en la cabeza a Crepus.
-¿Qué tal estoy?
-Bien, ¡pero yo mejor!
-Cierto-asintió Crepus-Ahora solo nos falta que Kaeya tenga su propia corona. ¡Entonces todos seremos reyes del Viñedo!
Kaeya prorrumpió en carcajadas.
Se dejó balancear por su padre. Esta vez dejó que Diluc le pusiera su corona de flores en la cabeza.
Quizás no fue hasta ese momento que Kaeya no empezó a considerar a Crepus realmente como su padre.
Ser feliz nunca había sido tan fácil.
Kaeya pensó que podía permitirse ser feliz, aunque solo fuera un poco, aunque hubiera una vocecita en su cabeza que le decía que no lo merecía, o que pronto terminaría.
Aquel fue uno de los días más felices de su vida, y por eso lo recordaba con mucho detalle.
Puede que alguien se estuviera riendo de él en las alturas; algún dios vengativo. Porque no fue mucho después que Kaeya tuvo uno de los peores días de su vida. Y lo peor de todo es que no sería el más doloroso.
Después de pasarse toda la mañana de aquí para allá jugando con Diluc por los alrededores del Viñedo, Kaeya había decidido pasar la tarde leyendo.
Diluc decidió tomarse una siesta que tenía pinta de que había sido más larga de lo que pretendía, acurrucado contra Kaeya en el sofá, para luego desperezarse y aburrirse al ver que Kaeya quería estar un rato tranquilo, por lo que dijo que iría a explorar.
No volvió a verlo el resto de la tarde, y cuando Kaeya miró el reloj y vio que pronto sería hora de la cena, cerró el libro y fue en busca de Diluc.
A esas horas debía estar en casa, pues ambos tenían prohibido salir al campo cuando caía el sol. Aunque eso no quitaba que alguna vez ambos lo intentaran, con su consecuente enfado y castigo.
Pero en tal caso, Diluc no lo haría sin Kaeya.
Vio a Adelinde en la cocina. Moke y Hillie la ayudaban con la cena.
Crepus estaba en su despacho, y Diluc estaba con él, sentado en una butaca cerca de su escritorio. Kaeya podía verles a través de la rendija abierta de la puerta.
Y oírles.
-¿Tú no tienes curiosidad, papá? Sobre el pasado de Kae.
Eso hizo que Kaeya se detuviera con la mano a punto de terminar de abrir la puerta entreabierta para dar a conocer su presencia.
Diluc le preguntó sobre ello, hace tiempo, cuando llegó a sus vidas. Y Kaeya solo había sabido dar evasivas hasta que Diluc dejó de preguntarle. Y era lo mejor.
Porque Kaeya no quería hablar de ello. No quería siquiera pensar en ello. Si bien es cierto que muchos recuerdos habían quedado olvidados, o relegados a meras sensaciones que sintió en aquellos momentos.
Kaeya anhelaba la vida que tenía aquí, no aquel difuso pasado.
Crepus suspiró, pasándose la mano por los ojos cansados de revisar tantos documentos.
-No te diré que no, Diluc, pero eso no importa. Él es ahora de nuestra familia, y es lo único que debería importar.
-Lo sé, pero...
Diluc parecía estar debatiéndose con algo.
-No lo entiendo, papá-le dijo finalmente a Crepus-¿Por qué iba nadie a querer abandonarlo...?
-Diluc...
-¿Es que acaso hay algo mal con él? O...
Kaeya dio un paso tentativo atrás. Y luego otro. Y sin hacer ruido, tal y como había venido, se alejó de allí. Pero ahora la congoja le acompañaba.
No quería seguir escuchando. No podía. Sentía que se venía abajo.
Diluc...
Aquello casi sonaba como si estuviera buscando una excusa para que Kaeya no estuviera allí. Como si no le quisiera allí. Como si...también quisiera abandonarle.
Kaeya sintió y padeció algo que hacía tiempo que no lo atormentaba: una profunda desolación y un miedo visceral a quedarse, una vez más, solo.
Se llevó una mano al pecho. Dolía. Dolía muchísimo.
-Ey, Kae, ¡te estaba buscando! Adelinde nos ha dicho a papá y a mí que pronto estará la cena...
Se detuvo al llegar frente a él. Frunció ligeramente el ceño.
-¿Qué pasa? ¿Estás bien? Tienes la cara como si te hubieras comido algo rancio...
Y Kaeya no lo soportaba. Se estaba hundiendo en su propio cuerpo y lo único que podía hacer era ver cómo se derramaba hacia fuera.
Pero la ira parecía más segura, mucho más segura que la tristeza.
Por lo que inspiró hondo, notando cómo le picaban los ojos, cómo se le cerraba la garganta y cerró los puños.
Le pegó un puñetazo en la cara a Diluc.
Éste cayó al suelo con un quejido, de dolor o de sorpresa, no sabía; quizás ambos.
-¿¡Se puede saber a qué ha venido eso!?-le espetó Diluc, poniéndose en pie.
Kaeya podía darle muchas razones, en realidad, pero todas se resumían en una misma cosa.
Y Kaeya solo quería hacer daño. Igual que Diluc le había hecho daño a él.
-No me quieres aquí, ¿verdad?-le tembló la voz.
-¿Qué...?
Las emociones de Kaeya se desbordaban, y le asustó llegar a quedarse vacío.
-¡Te odio!-le gritó, con una mano en el pecho.
Pudo ver cómo el rostro de Diluc se contorsionaba por el desconcierto, para luego dar paso al enfado, lo cual era lo que Kaeya buscaba.
-¡Mientes!-le gritó de vuelta.
Y de vuelta le dio un puñetazo.
Y a ese se siguieron más. Codazos. Arañazos. Mordiscos. Incluso tirones de pelo.
-¡Retira lo que has dicho!
-¡No! ¡Retíralo tú!
-¿¡El qué!?
Kaeya sintió cómo su cuerpo perdía el contacto con el cuerpo de Diluc y cómo una mano se posaba sobre su hombro.
Alzó la vista y vio a Crepus.
Y solo vio decepción en sus ojos.
Le recordó a los insondables ojos de un padre anterior.
Y Kaeya, al final, se rompió.
Las lágrimas corrieron libres por su rostro mientras lloraba, mientras sollozaba.
Se sentía estúpido. Y lo peor, humillado.
Porque, ¿cómo había podido pensar que le querían allí? Nadie le quería. Nadie le necesitaba. Solo sabían abandonarle.
Se llevó las manos a la cara, intentando reprimir las lágrimas, pero no podía. Esas mismas lágrimas que derramaban unos ojos que ansiaba arrancarse. Pues eran una marca. Le señalaba. Hacía que le utilizaran. Tenía hasta la loca idea de que su verdadero padre podía ver a través de sus ojos.
Y seguramente lo único que vería sería decepción ante lágrimas tan inútiles.
Kaeya no tenía muy claro que pasó después. Era difícil ver por las lágrimas y oír más allá de los latidos desbocados de su corazón y su llanto.
Pero sintió que alguien le rodeaba los hombros, y luego le hacía andar.
Quería calmarse. Necesitaba calmarse. Estaba siendo un niño indeseable.
Sentía que solo pararía cuando se quedara vacío. Vacío de todo. Y eso era aterrador.
Pero, aun así, las lágrimas se derramaron y los ojos se secaron. Las heridas de los golpes seguían doliendo.
Notó que había dejado de temblar, porque alguien le estaba rodeando con sus brazos.
Oh. Le estaban abrazando.
Quiso aferrarse a aquel al que realmente consideraba su padre, aunque sabía que no tenía derecho.
-¿Mejor?-susurraron en su oído.
No realmente, pero Kaeya se obligó a separarse.
-¿Estás bien, Kaeya?-le preguntó Crepus.
Kaeya temió volver a ponerse a llorar.
-Dime, ¿por qué os estabais peleando?
-Y-yo...-la voz apenas era un temblor-L-lo siento.
Seguro que ahora sí que se deshacían de él, después de lo que acababa de pasar.
-N-no deb-bería haber p-pegado a Luc, lo s-siento.
-Tranquilo. Respira.
Kaeya lo intentaba.
-Es que... Le he oído decirte... Que... Que...-le daba miedo expresarlo en voz alta, como si al hacerlo, lo condenara definitivamente-Que debía haber algo mal conmigo. Que por eso me abandonaron. Ya no...-apretó las manos y los dientes-Ya no quiere estar conmigo, ¿verdad? Quiere... Dejarme atrás también...
Crepus podría haberle dicho muchas cosas aquel día en aquel momento. Preguntarle sobre su pasado, sobre cuál era su propósito, sobre si realmente se consideraba parte de aquella familia.
Pero Crepus se limitó a sonreír.
-Lamento que te hayas llevado tal disgusto por algo así-fue lo primero que dijo-Pero, ¿y si te dijera que estás equivocado? Porque Diluc no se refería a eso en absoluto.
Kaeya le miró sin entender.
-No sé cuánto has escuchado, pero se ve que no lo suficiente-ensanchó un poco más la sonrisa.
Kaeya seguía sin entender, y eso solo hacía que el vacío de su interior quisiera volver a tragarlo.
-Diluc dijo que no entendía cómo alguien querría... No querría estar a tu lado. Porque, ¿sabes? Diluc adora el tiempo que pasa contigo. Si te soy sincero, aunque Diluc siempre ha sido inquieto y no paraba ni un segundo, nunca le había visto tan feliz como cuando está contigo, Kaeya.
Aquello no debería haber sido una sorpresa, ni una revelación de ningún tipo, pero en aquel estado, Kaeya sentía que así era.
-Por supuesto que nos encanta tenerte aquí, con nosotros. ¿Tú no?
Kaeya bajó la mirada al suelo; se miró las manos heridas. Las apretujó.
-Sí...
-Pues, no hay ningún problema, ¿verdad?-Crepus volvió a sonreír.
-Entonces... ¿Puedo quedarme?-necesitaba una reafirmación.
-¡Por supuesto! A menos que tú no quieras.
Kaeya negó efusivamente con la cabeza.
-Decidido entonces-cogió una de sus manos-Y ahora, vamos a tratar esas heridas, y luego, quizás, ¿querrías ir a hablar con tu hermano?
Kaeya apretó los labios. No quería volver a llorar. Volvía a sentirse estúpido, pero por razones diferentes.
Se había hecho un hueco en este lugar. Pertenecía a este lugar.
El hecho de que pensara que la persona que más quería quisiera dejarle de lado le había nublado el juicio.
Con pies dubitativos, fue a la habitación de Diluc. No quería que las cosas entre ellos se rompieran, y menos por su culpa.
Aun así, puso una pequeña barrera. Se colocó el parche en el ojo.
Diluc tenía corazón amable, por eso le dejó disculparse e incluso se disculpó también, aunque no tenía por qué hacerlo.
Se acurrucaron juntos en la cama. Apenas le veía bien por la penumbra, pero estaban lo suficientemente cerca como para que Kaeya viera que Diluc también había estado llorando. A Kaeya se le encogió el corazón.
-... Sabes que no te odio, ¿verdad?-le susurró tras las disculpas aunque no diera explicaciones del origen de su arrebato; era mejor olvidarlo.
Necesitaba que Diluc lo entendiera. Porque hacia Diluc, Kaeya solo profesaba devoción.
-... Lo sé.
-Y tú... ¿Tú me odias, Luc?
Diluc le pellizcó la mejilla.
-Claro que no, tonto.
A pesar de todo lo acontecido, Kaeya nunca había dormido tan bien en su vida.
Diluc era cálido.
Kaeya quería tenerle siempre así, al alcance de sus dedos, y poder enredarlos en su pelo.
Puede que todo lo malo hubiera pasado ya.
Fue un iluso, sabría años más tarde.
-Kae.
-¿Mm?
-¿Por qué te tapas un ojo? No lo entiendo. Si tienes unos ojos preciosos.
Kaeya balanceó los pies, los cuales colgaban al vacío desde la rama del árbol en la que estaba sentado.
Diluc había querido escalar árboles aquel día, y Kaeya fue con él.
-No es verdad...-empezó a decir, llevándose una mano al parche.
-¡Claro que sí! Son muy raros y bonitos.
Kaeya contuvo una carcajada.
-No creo que esas dos palabras puedan ir juntas. Además, es por jugar a los piratas.
-Pero ya lo llevas muy a menudo, incluso cuando no estamos jugando.
La verdad era que, sus ojos le atormentaban. Le recordaban demasiado bien de dónde venía y lo que se suponía que se esperaba de él.
Kaeya prefería olvidarlo. Era más fácil. Y más cobarde.
Le gustaría arrancárselos, pero seguramente moriría desangrado. Y si se cubría ambos no vería nada, lo cual era contraproducente y podría acabar muerto igualmente si no veía el peligro.
Así que tendría que conformarse con llevar un único parche.
Un pequeño acto de rebeldía. Insignificante, pero un acto contra su destino, al fin y al cabo.
Kaeya se encogió de hombros.
-Me hace parecer más misterioso, ¿no crees?
Diluc se echó a reír. Y Kaeya le imitó.
La felicidad era fácil. Y frágil. Muy, muy frágil.
Igual que las mentiras.
Hubo un día en que, sin querer, mientras jugaban, Diluc golpeó unos de los jarrones de una de las estancias y se rompió en varios pedazos al estrellarse contra el suelo.
Diluc se puso blanco.
-V-vámonos de aquí-cogió a Kaeya del brazo y tiró de él para sacarle de allí.
-No pasa nada. Solo tienes que disculparte-le dijo Kaeya, que trataba de ser diplomático-Sabes que papá no se enfadará. No de verdad.
-Puede, pero... Ese era uno de los jarrones que más le gustaban a mamá.
Kaeya, al igual que Diluc, había crecido prácticamente sin madre y no era capaz de echarla de menos.
Aun así, entendía que era importante para Crepus.
Por eso, cuando más tarde aquel día fue interrogado sobre quién había roto el jarrón, Kaeya mintió.
-El joven maestro Diluc dice que no sabe nada-habló Adelinde; puso los brazos en jarra-¿Y usted, joven maestro Kaeya?
-Lo siento. Lo rompí mientras jugábamos.
Adelinde suspiró.
-... ¿Se enfadará mucho papá?
Adelinde sonrió.
-Creo que el maestro Crepus es incapaz de enfadarse en serio con vosotros. Pero eso no quita que seguramente le duela perder ese jarrón-se le ensombreció el rostro-Intentaré arreglarlo. Mientras, ¿por qué no vas a disculparte con él?
Eso hizo Kaeya. Y vio que, efectivamente, mentir era sumamente fácil.
Crepus se mostró consternado, pero le restó importancia.
Y Kaeya se quedó tranquilo. Porque nadie se había enfadado con él por algo que creían que había hecho, y Diluc quedaba exculpado, por lo que no tendría problemas.
Kaeya vio que se le daba bien mentir, y que muchas veces, los adultos preferían que se les mintiera.
A veces era más fácil creer una mentira que prefieres que sea verdad a enfrentarte a una verdad sin remisión.
Era lo que le pasaba a Kaeya, a fin de cuentas.
Sin embargo, hubo algo que no previó.
Diluc se enfadó con él.
-¿Por qué has hecho eso?
Kaeya parpadeó, confuso.
-Porque te preocupaba que se enfadaran contigo, ¿no? A lo mejor el castigo hubiera sido peor de haber confesado tú.
-¡No quiero que mientan por mí!
-Solo... Solo quería protegerte, Luc.
-¿Sí? Pues no hacía falta.
Y se marchó enfadado, aunque para alivio de Kaeya, no le duró mucho.
Y a pesar de que Diluc más tarde le dijo a todos que había sido él, Kaeya no supo si es que no le creían o preferían creer a Kaeya. No sabía qué era mejor.
Aunque era algo que Kaeya consideraba intranscendente, quizás no lo fue tanto para Diluc.
Diluc no volvió a mencionar aquel incidente, si es que se podía llamar así, pero Kaeya empezó a notar en su comportamiento que cierta parte de confianza entre ellos había sido traicionada.
Porque había veces en que Diluc pensaba que Kaeya estaba mintiendo. Y a veces sí que era así, pero lo hacía para protegerse y proteger a los demás. No era más que un mecanismo de defensa.
Era una pequeña barrera entre ellos.
Como lo era también la Visión de Diluc, la cual adquirió con apenas diez años.
En parte, a Kaeya no le extrañaba, pues las Visiones eran dadas a personas excepcionales, y Diluc lo era, pensaba Kaeya, indudablemente.
Se sintió un poco desplazado en ese aspecto, pues se veía el orgullo que aquello provocaba en Crepus, pero Kaeya no le dio importancia.
A lo que sí daba importancia era a que Diluc se esforzara de más en sus entrenamientos, o sufriera porque a veces Kaeya podía ver que todo era demasiado para Diluc.
Pero Diluc perseveró, y entró en los Caballeros de Favonius. Quizás Kaeya también lo hiciera, aunque solo fuera por conocer más mundo y poder seguir al lado de Diluc.
Llegó a Capitán de Caballería. Por una parte, Kaeya sentía una extraña mezcla de orgullo y envidia.
Y, por otra, una parte más oscura, se lamentaba profundamente.
Porque ahora el mundo conocería a Diluc Ragnvindr. Más personas entrarían en su mundo, y Diluc no sería solo de él.
Aquel tipo de pensamientos le ponía enfermo. Pero no podía evitarlos.
El tiempo también hizo estragos en lo que llegó a conocer como su vida en familia.
Y si bien a Diluc se le daba bien afrontar los peligros y problemas de frente, Kaeya los afrontaba por la espalda.
Era fácil mentir y adular para conseguir información, lo que le hacía frecuentar tabernas.
Siendo sinceros, a Kaeya le gustaba el vino. Le traía recuerdos de su infancia. Uno en concreto, en realidad, y se torturaba rememorándolo.
Aun si había cosas que habían cambiado, había otras que no, y Kaeya pensó que podía vivir así. Anhelaba hacerlo, pues no quería pensar en lo que dejaba atrás o lo que se supone que debía hacer.
Incluso a pesar de que le hacía no estar al nivel de Diluc, Kaeya no necesitaba una Visión.
Quizás por eso el mundo se rio de él al concederle una.
Estaba nublado aquel día también.
Y para cuando Kaeya llegó junto a su familia, ya diluviaba.
Y su familia, estaba rota.
Pudo ver rastros de un monstruo derrotado, y de un padre derrotado. Todo ello envuelto en lluvia, sangre y trazas de un extraño poder en el ambiente.
Kaeya nunca había sentido un dolor tan intenso que parecía físico, y la culpabilidad que amenazaba con asfixiarle se pegaba a su piel como la ropa mojada.
Aquella vez Kaeya perdió, realmente por primera vez, a un padre.
Era irrisorio la gran diferencia de aquel momento a cuando lo abandonó su padre biológico años atrás. Puede que a ese hombre nunca le considerara realmente un padre, a pesar de la sangre, pero sí a Crepus.
Kaeya quiso gritar. Y lo hizo. Pero no como él esperaba.
Esperaba que el dolor de aquella pérdida los uniera a Diluc y a él, pero lo único que hizo fue separarlos de manera tan brusca como lo había sido la muerte de Crepus.
Y después de tantos años, Kaeya temió ponerse a llorar. Puede que lo hiciera. La lluvia era un velo que cubría demasiadas cosas.
Kaeya se preguntó si el hecho de que manifestara su Visión aquel día no era sino porque esa misma Visión era una prueba tangible de su inmenso dolor.
Cryo. Un elemento totalmente opuesto al de Diluc.
Quizás Kaeya siempre fue un ingenuo al pensar que podrían estar juntos siempre.
Y a pesar de la inevitable separación, sí que había una herida tangible en forma de cicatriz bordada a la que aferrarse.
Porque de un modo u otro, Diluc siempre estaría presente en Kaeya. Aquello no era sino otra muestra de que, en el fondo, Kaeya siempre había sido de Diluc.
Lo que Diluc no sabía es que, en el fondo, Kaeya estaba agradecido de que le hubiera herido el ojo. Esos ojos que Kaeya tanto detestaba.
Era curioso tener ahora una verdadera excusa para cubrir su ojo.
Se preguntó si afectaría en algo a la enfermedad... A la maldición que parecía corroer a los de Khaenri'ah.
Eso sin duda es algo en lo que Kaeya no quería pensar, ni admitir que le aterrorizaba.
Esperaba morir silenciosamente. Aunque lo más probable es que terminara convirtiéndose en un monstruo, literal o figurativamente.
Tal y como sospechaba desde hacía tiempo por su red de información, los Caballeros estaban podridos como una mala fruta caída de su árbol.
Diluc los abandonó. Kaeya se quedó, pensando en purgarlos desde dentro, y se alegró de ello porque necesitaba mantenerse ocupado y no dejar que su corazón marchito empañara todo lo que creía haber construido.
Aun si echaba de menos a Diluc a cada segundo.
A pesar de que Kaeya seguía los pasos de Diluc, puesto que tenía informantes por doquier, y que estuvieron carteándose durante un tiempo, eso no suplía la necesidad casi visceral de querer verle en persona, hablar con él directamente, poder tocarle.
Y aun cuando Diluc regresó a Mondstadt y se hizo nuevamente cargo del Viñedo del Amanecer y dejó de renegar de su Visión, Kaeya no volvió a la casa en la que se criaron juntos.
Había vuelto a adoptar su apellido. Alberich.
De poco servía que le hubiera regalado un jarrón nuevo casi como intentando suplir aquello que tiempo atrás pareció molestar a Diluc.
Aunque seguramente no le hiciera gracia que Kaeya ocupara su antiguo puesto. Aun si Kaeya lo hacía casi con culpabilidad e intentando compensar a un padre que ya no estaba.
Y si bien Diluc no había vuelto con los Caballeros, protegía Mondstadt a su modo, lo cual tranquilizaba a Kaeya.
Una vez más, era cuestión de dejar pasar el tiempo.
Un tiempo que, Kaeya se preguntaba a menudo, no sabía cuánto duraría. Cuándo se le acabaría.
Quizás más temprano que tarde.
Se preguntó si alguien le lloraría. Si Diluc le lloraría.
Eran pensamientos fugaces, pero frecuentes en su día a día.
Un día a día en el que se sumía en su trabajo, e intentaba averiguar todo cuanto pudiera de las personas y el mundo que le rodeaba.
Una de esas personas era Klee.
A pesar de que Kaeya, en el fondo, adoraba a Klee, y se mostrara amigable con prácticamente todo el mundo, a Kaeya no le gustaban especialmente los niños.
Demasiado inocentes. Demasiado ingenuos. Demasiado vulnerables. Y volubles. Como lo había sido él en su infancia.
Aun así, siempre intentaba mantener vigilada a Klee, pues temía que se viera envuelta en algo peligroso, o que ella misma fuera el peligro.
Sin embargo, Kaeya llevaba varios días lidiando con un problema de ladrones de tesoros, y no paraba de recabar y procesar información. Quería pensar que era por eso por lo que le pasó desapercibido la situación que se le planteaba ahora. Que, de haberlo sabido, quizás podría haberlo evitado.
Porque creía que su felicidad ahora se basaba en un trabajo bien hecho y pequeños encuentros con Diluc. No era pedir demasiado, ¿no?
Como era costumbre, era relativamente fácil encontrarle en tabernas, pues es donde mejor se podía obtener información de cualquier cosa. Si bien es cierto que, de no querer ser encontrado, Kaeya también tenía sus métodos.
Pero fue ahí donde le interceptó el Viajero, Aether, junto con su eterna compañera Paimon.
-Bueno, ¿y a qué debemos tan grata visita?-dijo, cruzándose de piernas en su asiento.
Aether, para ser alguien de pocas palabras, no se andaba con rodeos. Y cuando hablaba él en vez de Paimon, Kaeya sospechaba que no era algo bueno.
-Es Diluc-dijo Aether.
Por sus ojos, que siempre expresaban más que sus palabras, y por los labios ligeramente fruncidos y por el tono de su voz, Kaeya supo que algo no iba bien.
Y tenía que ver con Diluc.
A pesar de que en el fondo sabía que no podía haberlo evitado, Kaeya no pudo coger la felicidad que se le escapaba entre los dedos, como siempre.
Y una vez más, como siempre que sentía que la felicidad estaba al alcance de su mano, pero sin llegar a tocarla, Kaeya pensó en su infancia.
*. *. *
Aunque conocía el camino más que de sobra, Kaeya se dejó guiar por Aether y Paimon hasta la sede de los Caballeros de Favonius, y de ahí inmediatamente al despacho de Jean.
Al entrar, se encontraron con, por supuesto, Jean. Y Kaeya casi esperaba que Lisa también estuviera, pero en su lugar estaba Albedo, junto con Klee. Y sentado en uno de los sillones, Diluc.
Diluc, quien claramente no se encontraba bien.
Las alarmas de Kaeya empezaron a resonar en su cabeza, pero se obligó a permanecer calmado hasta que supiera la situación, pues apenas le habían contado nada, por mucho que Paimon hablara, había dicho que era mejor explicarlo en el despacho de Jean.
Diluc parecía febril. Seguramente se sintiera febril. Podía ver ligeras gotas de condensación del sudor en la piel. Fue entonces cuando Kaeya se fijó en que no llevaba su habitual chaqueta puesta, la cual reposaba a su lado.
-Justo a tiempo-dijo Jean a modo de saludo cuando entraron en la estancia y cerraron la puerta tras de sí.
Kaeya miró de reojo cómo Aether se colocaba al lado de Albedo no ocupado por Klee, y le dedicaba una sonrisa.
Oh.
-Estábamos hablando sobre cómo proceder-añadió Jean-Y buscar una solución al problema...
-No hay ningún problema-objetó Diluc-Y es algo que solucionaré por mi cuenta. No tenéis por qué inmiscuiros.
Kaeya intentó no mirar a Diluc.
Si bien no era raro que Diluc no quisiera aceptar ayuda ajena, porque parecía que siempre era capaz de hacerlo todo él solo, sí que era raro que lo negara con tanta vehemencia. Ese fue otro signo de alarma para Kaeya.
-¿Qué es lo que ha pasado exactamente?-preguntó entonces Kaeya.
Diluc no se movió ni dijo nada.
Los demás miraron a Klee.
La niña dirigió la mirada al suelo, mientras agarraba con una de sus manitas la chaqueta de Albedo.
-Klee lo siente...-empezó a decir-Klee lo siente mucho, mucho...
Parecía a punto de ponerse a llorar.
Diluc suspiró.
-No es culpa tuya, Klee.
-¡Sí que es culpa de Klee!-insistió la niña, con ojos llorosos; se aferró más a la ropa de Albedo-¡Klee solo quería ayudar! Pero, pero...
Kaeya miró a Albedo. Éste sacudió la cabeza.
-... Al parecer, Diluc ayudó a Klee hace un par de días a lidiar con unos ladrones de tesoros-empezó a relatar Albedo-Y Klee vio que estaba muy exhausto. Entonces... decidió agradecérselo dándole algo que le ayudara con su cansancio...
-¡Y le dio uno de los viales del laboratorio de Albedo!-intervino con voz estridente Paimon.
-Klee creía que era para dar más energía…-se defendió la niña.
Esta vez fue Albedo el que suspiró.
-Si bien es verdad que alguna vez he sintetizado tónicos para la fatiga, no sé de dónde sacó Klee la idea de que el vial que cogió era para eso...
-En realidad tenía un líquido raro que una vez Albedo hizo beber a Aether-volvió a intervenir Paimon que, como siempre, la gustaba hablar por los codos.
-Sí, fue una sensación... Rara, por decirlo de alguna forma-dijo Aether-Como si me quemara por dentro.
Albedo asintió.
-Aún estoy estudiando si se debe a tu...particular constitución o al hecho de poder usar los elementos sin necesidad de Visión. Pero-dirigió la mirada a Diluc, que permanecía en silencio allí sentado, apretando los dientes lo que hacía que tuviera una mueca en el rostro-Nunca antes se había probado en alguien con una Visión, y con antecedentes de que posiblemente produzca reacciones de quemadura, me preocupa lo que pueda provocar en un usuario de Visión Pyro-terminó de explicar.
No sonaba bien. Y por el rostro y la postura rígida de Diluc, no lo debía estar pasando bien, tampoco.
-Klee lo siente mucho... Klee solo quería ayudar...-volvió a decir la niña en voz baja.
-Nadie está enfadado contigo, Klee.
-Pero, Diluc...
-No es nada-se obligó a decir Diluc; su voz sonaba constreñida.
-Claro que es algo-replicó Jean con la voz autoritaria que su cargo la otorgaba-Empezaste a sentirte mal no mucho después de beberlo, y por eso viniste aquí en busca de Klee para saber qué era lo que te había dado.
Kaeya dirigió una fugaz mirada a Diluc.
-¿Y no se te ocurrió decirla que no si te daba a beber una bebida de dudosa procedencia?-inquirió, cruzándose de brazos.
-No era de dudosa procedencia-intervino Albedo-Simplemente Klee desconocía su uso y efectos...
Aether le hizo un gesto con la cabeza. Albedo se calló.
-Ah... ¿Por qué iba a decirle que no a Klee?-contestó Diluc.
Diluc siempre era muy precavido, para todo, y aun así, para ciertas cosas, podía ser tremendamente ingenuo.
Aunque en este caso, Kaeya lo entendía. Seguramente él hubiera obrado de igual manera que Diluc, porque él también adoraba a Klee. Siempre que pasaba tiempo con ella daban ganas de jugar a todo lo que ella quisiera, comprarla todos los dulces que quisiera y leerle todos los cuentos que quisiera.
Aun así, eso no quitaba que ahora se encontraban con una extraña situación.
-Lisa está hoy muy ocupada y ni siquiera está en la sede, pero intentaré contactarla para que ayude a investigar un poco este asunto-claro, a fin de cuentas, era la bibliotecaria y contaba con un alto repertorio de libros para consultar, así como los conocimientos cultivados durante años.
-Por mi parte, intentaré elaborar una poción para contrarrestar sus efectos, si es que estos no se disipan antes solos de forma natural-dijo Albedo, mientras se llevaba una mano al mentón, en gesto pensativo-Claro que, primero tendría que investigar un par de cosas, y recolectar los ingredientes para el brebaje...
-Te ayudaré-dijo Aether sin perder un instante.
Albedo le miró, y asintió con la cabeza.
-Tu ayuda será bienvenida-dijo con un tono de voz más suave.
-¡Paimon también!
-Por supuesto. Gracias por prestar tu ayuda, Paimon.
-Gracias, pero no necesito ayuda-intervino entonces Diluc, mientras se ponía se pie con esfuerzo-Solucionaré esto solo. Puede que incluso deje de tener efecto si lo dejamos estar.
Decía eso a pesar de que claramente lo estaba pasando mal.
Kaeya quiso contradecirle, pero su cuerpo fue más rápido que su mente.
Diluc fue a coger su chaqueta, pero las piernas le fallaron y tropezó.
Kaeya estuvo a su lado en un instante y le agarró del brazo para evitar que cayera. Su piel ardía.
Y contra todo pronóstico, Diluc no se apartó de él rápidamente. Es más, parecía inclinar su peso ligeramente hacia Kaeya.
Un pequeño suspiro escapó sus labios.
-... Gracias-dijo entre dientes mientras se separaba de él segundos después, pero sin apartarse demasiado.
Estaba claro, algo realmente serio le pasaba.
-¿Estas bien, Diluc?-preguntó Jean, consternada-Aunque, diría que tienes un poco mejor cara...
-¿Sí?-se interesó Albedo, que le escrutó con la mirada, para luego posarla en Kaeya; por cómo abrió los ojos un poco más de la cuenta, parecía haber tenido una pequeña epifanía-Oh, claro, tiene sentido.
-¿Qué tiene sentido?-preguntó Paimon.
-Que los efectos del calor se mitiguen al estar en contacto con un opuesto.
-¿Qué?
-Es solo una hipótesis, pero es bastante lógica-siguió explicando Albedo-La Visión Cryo de Kaeya calma los efectos secundarios que potencian de más la Visión Pyro de Diluc. Creo que, por lo menos hasta que demos con la solución, y para evitar que la situación vaya a peor, deberíamos hacer todo lo que esté en nuestra mano para mitigar el dolor. Ya que Diluc no puede termo regularse por el momento.
-De acuerdo-asintió Jean, haciendo caso omiso de la queja de Diluc-Quizás podría llamar a Bárbara para que le echara un vistazo... O quizás a Rosaria o Eula, ya que ellas tienen…
-No creo que eso sea necesario-la interrumpió Kaeya con lo que esperaba que fuera sutileza-Yo estoy aquí, ¿no?
Diluc parecía disgustado al respecto, lo cual no era raro.
-¿O quizás prefieras que te atienda alguien afiliado a la Iglesia o a los Caballeros, mm?
Diluc le fulminó con la mirada.
-... Puedo apañarme solo hasta que esté el antídoto. Si es que al final es necesario.
-Diluc, por favor-terció Jean.
Diluc apretó los labios y los puños nuevamente. Tras un breve debate interno, claudicó.
-... Está bien.
-Perfecto-dijo Jean-Como ya es algo tarde, mientras los demás nos encargamos de esto, tú deberías descansar todo lo que puedas, Diluc. Y Kaeya te acompañará.
No replicó.
-¡Oh, oh! ¿Klee puede ayudar también? ¿Puede Klee quedarse con Diluc?
-No creo que sea buena idea, Klee-repuso Albedo-Tu Visión también es Pyro, y aunque improbable, no queremos que aumente el fuego si también reacciona.
-Oh...
-Pero puedes ayudarnos a nosotros-añadió Aether.
-¡Sí!-exclamó Klee, recuperando el ánimo.
-¡En marcha, entonces!
Empezaron a abandonar el despacho de Jean.
Diluc salió por su propio pie, aunque parecía que en cualquier momento podía venirse abajo. No paraba de llevarse la mano al pecho.
-Kaeya-le dijo Jean antes de que saliera-Fui yo quien te hizo llamar. ¿Te...Te ha parecido bien?
-No hay problema.
Gracias es en realidad lo que le gustaría decir.
Jean volvió a asentir.
-Nos mantendremos todos informados.
Kaeya sonrió.
-Por supuesto, Gran Maestra Intendente.
*. *. *
A Diluc le gustaba pensar que tomaba buenas decisiones. Al menos conscientemente. O lo intentaba.
En este caso, no estaba seguro de que así fuera, pero las circunstancias escapaban a su control.
Debía aceptar los hechos y aguantar todo lo que se le había venido encima simplemente porque sentía debilidad por Klee.
Quizás el exceso de trabajo de los últimos días no ha ayudado mucho a su situación.
Justo antes de salir del edificio de la sede de los Caballeros, la cual Aether, Paimon, Albedo y Klee ya habían abandonado, Jean les interceptó una última vez, ofreciendo a Diluc que podía quedarse con Kaeya en la sede hasta que todo se solucionara.
Pero Diluc consideraba que ya había cedido bastante por un día (o por varios), así que lo declinó educadamente y con resignación se encaminó al Viñedo del Amanecer, con Kaeya tras él.
Fue un viaje relativamente incómodo, tal y como ya había sospechado Diluc en un primer momento, pues hacía tiempo que la relación entre ellos se había fracturado, con el miedo constante de que, en cualquier momento, por cualquier cosa, se rompería en mil pedazos.
Sin embargo, la dignidad y las propias convicciones de Diluc le impedían aceptar ayuda como tal de los Caballeros y de la Iglesia.
Y, aunque no quisiera admitirlo, ayudaba, y mucho, que Kaeya estuviera ahí.
Complicados sentimientos personales aparte, realmente la cercanía de Kaeya calmaba el dolor de su cuerpo, que ardía por dentro como si estuviera lleno de fuego líquido, especialmente su pecho.
Y le avergonzaba pensar, y decir, que el contacto directo con él, había sido un profundo alivio a ese calor que lo consumía.
Cuando empezó a notar que algo no iba bien, no le costó atar cabos, y si bien por supuesto que no culpaba a Klee ya que la niña solo tenía buenas intenciones, el dolor y la quemazón solo fueron creciendo.
Casi temió vomitar o desmayarse para cuando llegó al despacho de Jean, o ambas cosas.
Miró de reojo a Kaeya, que miraba con expresión taciturna al frente, donde ya se podía ver a lo lejos el Viñedo.
Claro. Hacía mucho que no volvía a casa, si es que aún la consideraba su hogar.
Aunque, técnicamente eso no era cierto. Kaeya sí que había visitado la casa en más de una ocasión, pero se cuidaba de que Diluc no estuviera entonces para no coincidir.
Diluc debía estar realmente febril si se le pasaba por la cabeza que quería darle la mano a Kaeya, para mitigar el dolor.
Sacudió la cabeza y siguió andando.
Ya había oscurecido.
Apenas hablaron hasta que llegaron al Viñedo, lo cual no debería extrañarle.
Como tampoco debería extrañarle lo extasiada que parecía Adelinde cuando vio a Kaeya, y más al ver que venían los dos juntos.
Podía ver también escondidas en un rincón de forma poco sutil a Moke y Hillie, que también parecían emocionadas con la idea de que los dos maestros hayan vuelto juntos.
Quizás debería haberse quedado en Mondstadt.
-¡Maestro Kaeya! Qué alegría que esté aquí. ¿A qué se debe esta agradable sorpresa?-preguntó Adelinde con una sonrisa.
Diluc se preguntó si Adelinde aún tenía la capacidad de dejar sin palabras a Kaeya, y debía ser en parte verdad, porque se mostró ligeramente apurado y avergonzado.
Si Diluc estuviera en mejores condiciones, seguramente haría algún comentario sarcástico al respecto.
Pero Diluc no se encontraba bien.
-Trabajo-se limitó a decir Diluc-Y requiere que lo hagamos juntos.
Miró a Kaeya, como esperando que le contradijera, pero éste se limitó a encogerse de hombros.
-Oh...
-Así que pasará aquí la noche.
Aquello volvió a encender el entusiasmo de Adelinde.
-Entonces, me pondré manos a la obra con una exquisita cena que...
-Gracias, pero, no será necesario, Adelinde. Al menos por mi parte-Diluc tenía la sensación de que, si comía algo, se derretiría incluso antes de tragarlo, y pensarlo solo le producía náuseas.
-De acuerdo... Es cierto que no parece tener buena cara, Maestro Diluc-un rictus de preocupación surcó el rostro de la sirvienta-¿Seguro que no quiere que le prepare nada? ¿Algo ligero y fácil de digerir? Y puedo mandar a Moke y Hillie a por algún medicamento...
Diluc negó con la cabeza. El movimiento hizo que le doliera.
-Está bien, pero, por favor, procure descansar... ¿Seguro que ese trabajo del que se tienen que encargar no puede esperar a que se encuentre mejor?
-No.
-De acuerdo-todavía no del todo convencida, pues sus instintos maternales parecían haber vuelto al verlos juntos como cuando eran niños, volvió su atención al visitante inesperado-¿Quiere comer algo, Maestro Kaeya?
Kaeya también negó con la cabeza.
-Estoy bien. Gracias, Adelinde. He comido algo antes de venir.
Diluc estaba casi seguro de que era mentira, pero no dijo nada al respecto.
-Estaremos arriba, trabajando. Por favor, no nos molestéis. Podéis retiraros cuando queráis.
Adelinde asintió e hizo una pequeña reverencia.
-Como guste, maestro Diluc.
Cada escalón parecía un suplicio para el precario equilibrio que ahora tenía el cuerpo de Diluc.
Mientras subían las escaleras camino a los dormitorios, Diluc escuchó una pequeña risa proveniente de Kaeya.
-Trabajando...-dijo entre risas.
-Oh, cállate.
No dijeron nada más.
Kaeya le siguió a su habitación, y cerró la puerta tras de sí cuando entraron.
A Diluc le daba vueltas la cabeza. Se estaba asfixiando y lo único que quería hacer era fundirse con su cama.
Pero quizás sería sensato distraer la mente del dolor centrándose en el trabajo…
-¿Qué haces?-inquirió Kaeya al verle dirigirse al escritorio-No pretenderás realmente ponerte a trabajar dada tu condición, ¿verdad?
Vale, quizás no fuera tan sensato.
La habitación estaba en penumbra, y ninguno de los dos se molestó en encender ninguna luz.
Ambos parecían incómodos, a pesar de que, técnicamente, aquella era la casa de ambos.
-... Vale-dijo entonces Kaeya-¿Cómo hacemos esto?
Diluc suspiró mientras dejaba la chaqueta en el respaldo de una silla y se quitaba los guantes. Dejó su Visión en el escritorio; no notó diferencia alguna.
-No lo sé.
Esperaba que hiciera algún otro comentario burlón, pero no fue así.
-Realmente tienes mal aspecto.
-Sí, gracias, ya me había dado cuenta...
-¿Realmente te ayuda que esté aquí?
-Al menos contigo cerca no tengo ganas de vomitar.
Kaeya se llevó una mano al pecho, en gesto teatral.
-Oh, me siento halagado.
Diluc notó un pinchazo de dolor.
Se llevó una mano al pecho. No en gesto teatral. Ardía. Dolía.
-Tú dirás-volvió a hablar Kaeya-¿Qué puedo hacer por ti?
Quedarte. Marcharte.
-... Sí que se... Calma, lo que demonios sea esto, cuando estás cerca-admitió Diluc.
-... ¿Y qué hay del contacto directo?
Diluc no se atrevía a mirarle a los ojos, y agradecía que hubiera poca claridad en la estancia.
-Antes, cuando te he agarrado para estabilizarte...
-Ya sabes la respuesta-replicó, tozudo.
-Tsk-chascó la lengua, molesto, Kaeya-No vas a morirte por pedir ayuda, ¿sabes? Es incluso más probable que acabes muerto por no aceptar dicha ayuda-se cruzó de brazos-... No tengo por qué ser yo, pero, haz el favor de pedir y aceptar ayuda cuando la necesitas, ¿de acuerdo?
Diluc no dijo nada ante eso. Supuso que Kaeya tenía su parte de razón.
Pero a Diluc le gustaba hacer las cosas solo, porque al no depender de nadie más sabía cómo serían las cosas porque todas estaban bajo su control.
-¿Y bien?-Kaeya enarcó una ceja, claramente no satisfecho con el silencio como respuesta.
Diluc tragó saliva. Tenía la garganta seca. Ardiendo. Como el resto del cuerpo.
-... Vale-volvió a claudicar.
Abrió un cajón y sacó ropa, la cual le tendió a Kaeya, que aceptó sin decir nada. Un pequeño ramalazo de alivio recorrió a Diluc al rozar sin querer uno de los dedos de Kaeya.
Y como una especie de regla no escrita, en silencio se dieron la espalda y se quitaron sus prendas habituales para ponerse ropa más cómoda para dormir.
La cabeza de Diluc seguía dando vueltas, y la verdad es que no quería pensar en nada, por lo que retiró las sábanas de la cama y se sentó, mientras se dejaba el pelo suelto.
Por una vez, deseó tener el pelo corto, porque así no le estaría añadiendo calor; sentía la nuca en carne viva. Puede que debiera cortárselo.
Dirigió la mirada a Kaeya, que seguía de pie al otro lado de la cama, con cara de querer salir corriendo. Parecía que él no era el único que no sabía dónde se había metido.
Diluc se obligó a hacer otro esfuerzo.
-... ¿Vienes?
-Sí. Claro. Sí...
Diluc se dejó caer en la cama y notó algo de alivio al apoyar la cabeza, aunque el cambio de postura súbita acrecentó momentáneamente el mareo.
Vio cómo Kaeya se tumbaba a su lado.
-¿No te quitas el parche?
Kaeya giró la cabeza en la almohada para mirarle.
Hacía una eternidad que no veía los ojos de Kaeya desde tan cerca.
-¿Quieres que me lo quite?
A Kaeya se le daba bien hacer eso, lo de no responder realmente y formular otra pregunta. Diluc debería estar ya acostumbrado.
Kaeya no se quitó el parche, y Diluc no insistió.
Intentó no ser muy consciente de ello, pero se acercó más a Kaeya, notando cómo el cuerpo se le relajaba imperceptiblemente al notar cómo bajaba la temperatura.
-Es raro, ¿verdad?
-¿Esta situación? Desde luego.
-... No dormimos juntos desde que éramos niños.
-Cierto-Kaeya alzó la vista al techo-Todo era más sencillo entonces, ¿verdad?
-Sí-no fue más que un susurro.
Diluc sintió otro ramalazo de dolor al notar una fuerte quemazón en el corazón. Cerró los ojos instintivamente y se llevó las manos al pecho.
Notó entonces algo frío acariciando sus manos. Era la mano de Kaeya.
-¿Te duele?
-Mucho-admitió.
Bastante estaba manteniendo la compostura en su opinión porque, de estar solo, seguramente se quejaría más del dolor; sería una forma de desquitarse, por lo menos, aunque no le sirviera para mejorar su condición.
-Estás caliente-comentó Kaeya en un susurro, con una de sus manos encima de las de Diluc.
-Y tú estás frío.
Para su sorpresa, Kaeya esbozó una pequeña sonrisa sincera, una que no le había visto hacer en años.
-Siempre hemos sido contrarios, ¿eh...?-parecía hablar más para sí que para Diluc.
Diluc lo habría corroborado, pero no parecía que Kaeya esperara una respuesta.
-Estás sudando mucho. Estás pegajoso, qué asco-se burló Kaeya.
Diluc le habría respondido mordazmente a ese comentario, pero no lo hizo porque, a pesar de esa queja, Kaeya no le soltó.
Era curiosamente extraño que, a pesar de la distancia impuesta por el tiempo y ellos mismos, todavía se respiraba cierto aire de familiaridad en tumbarse juntos en la penumbra, como cuando Crepus les leía cuentos (a veces incluso se quedaba dormido con ellos) o como hacían de vez en cuando tras aquella discusión, buscando excusas para dormir acurrucados en el calor del otro.
Mucho había pasado de aquello.
Perdieron costumbres. Y un padre.
Algo dubitativo, Kaeya movió una mano a la mejilla de Diluc, el cual se derritió ante el contacto.
-¿Mejor?
-Mejor...-susurró Diluc, cerrando los ojos.
-Estás ardiendo.
-Me siento como si lo estuviera.
-Deberías tener más cuidado.
-Lo sé.
-Creía que a ti no te pillaban por sorpresa los imprevistos.
-Incluso a mí me pasa a veces. Han cambiado muchas cosas.
-Cierto...
Diluc se preguntó qué tendría que hacer para volver a tener a Kaeya así en su vida. Era un deseo egoísta, y lo sabía perfectamente.
-Los dos hemos cambiado-añadió Diluc.
Kaeya no dijo nada. Diluc abrió los ojos para ver que Kaeya le estaba mirando.
-Para bien o para mal-terminó por decir Kaeya.
Diluc se preguntó, también, si había alguna forma de salvar lo que quedaba entre ellos.
Porque ahora lo único que parecía unirlos era una infancia común y un dolor culpable que hacía que no supieran cómo comportarse en el presente.
Quizás era aquel insoportable calor, esa fiebre que solo parecía acallarse con Kaeya, el que hacía que Diluc se sintiera extrañamente vulnerable y, sobre todo, nostálgico.
-... Antes-empezó Diluc-Antes, compartíamos todo. Incluso los secretos.
-Mm...
Diluc no estaba seguro de qué quería decir, aunque sí lo que sentía, pero no sabía expresarlo.
-¿Es ahora cuando nos sinceramos, entonces?-dijo Kaeya con cierto tono burlón-¿Contarnos secretos?
Puede que aquella fuera su última oportunidad, pensó Diluc, casi desesperado, de poder volver a compartir un vínculo fuerte con Kaeya; saber más de Kaeya. Como si aquel castigo doloroso fuera en realidad una oportunidad para arreglar lazos deshilachados.
Diluc apretó la mano de Kaeya contra su mejilla.
-... Aquel jarrón que me regalaste-murmuró entonces-Se parecía al de mamá que rompí-hizo una pausa-Me gusta.
Kaeya lo miró con algo parecido al asombro. Luego, Diluc pudo ver cómo sus facciones se relajaban y aquella pequeña sonrisa volvía. Ese parecía otro tipo de secreto que Kaeya sí estaba dispuesto a compartir.
-Me alegra oírlo-respondió Kaeya.
-Esa era tu intención, ¿no?
-La verdad es que sí.
Diluc no siguió más la conversación. Esperaba haber abierto una puerta a que Kaeya también le contara cosas.
Se le quedó mirando. Y Kaeya le devolvió la mirada con su única estrella al descubierto.
Y esperó.
Y esperó un poco más.
-La herida que me hiciste en el ojo-rompió el silencio Kaeya tras lo que parecía una eternidad-La cicatriz sigue ahí pero, puedo ver por ese ojo.
Diluc torció el gesto. Kaeya se dio cuenta.
-¿Qué?
-Se supone que tenías que contar un secreto, algo que no supiera. Y eso lo sé, igual que tú sabes que lo sé.
Entonces Kaeya esbozó aquella sonrisa que tanto le irritaba. Era su sonrisa complaciente, tras la que ocultaba no solo lo que decía si no lo que sentía. A Diluc le ponía enfermo. Quizás si no estuviera físicamente enfermo en esos momentos y Kaeya fuera el remedio, seguramente le daría un buen puñetazo. A fin de cuentas, ¿cuándo volvería a tenerle tan cerca?
-Mm... Veamos... ¿Y si te dijera que me corrompe una maldición y que con el tiempo me consumirá y me convertiré en un monstruo?
Diluc frunció el ceño.
-... ¿Hablas en serio?
Kaeya contuvo una carcajada.
-Por supuesto que no.
Pero este era el problema con Kaeya. Nunca sabías cuándo estaba diciendo la verdad o no, y a Diluc le dolía en el alma no ser capaz de distinguir cada una de sus mentiras.
Diluc alzó la mano hacia el rostro de Kaeya. Su mejilla estaba fría. Diluc notaba cómo el contacto aliviaba su extraña condición.
Kaeya no dijo nada. Tampoco hizo nada.
Las puntas de sus dedos tocaron el parche, y Kaeya le dejó que se lo quitara.
La última vez que Diluc había visto ese ojo al descubierto no habían sido más que niños en cuerpos de adulto echándose en cara a espadazos una culpa que no era de ninguno de los dos.
Diluc recordaba un ojo triste. Y herido. Una estrella derretida por las lágrimas, y una cicatriz bordada por acero culpable.
Aquella estrella en cautiverio parecía más vieja que su compañera. Infinitamente triste y distante.
-Lo siento-murmuró Diluc, acariciándole la cicatriz; un relieve irregular.
Kaeya le apartó la mano de su cara.
-No lo sientas. Lo pasado, pasado está. Tampoco es algo irreparable.
Irreparable.
Así es como siempre había creído que era su vínculo. Pero tragedias, malas decisiones y maneras de proceder distintas sí que hicieron un daño aparentemente irreparable.
-No sé... A veces...-la voz de Diluc se apagó; seguía sin encontrar las palabras.
¿Qué esperaba conseguir de todo aquello? ¿Usaba como excusa el estar quemándose por dentro para volver a atar a Kaeya a él?
Ahora mismo, lo único que quería era que lo abrazara, para calmar su dolor y el torrente de emociones que amenazaba con desbordarle como ese insufrible calor.
-¿En qué piensas?-le preguntó entonces en un susurro Kaeya.
Diluc le miró a los ojos. A la cicatriz. Las sombras que le cubrían como un manto.
Su rostro estaba a un suspiro de distancia.
Diluc podría arrepentirse después; por desgracia, estaba acostumbrado. Y culparía a la fiebre.
Pero se obligó a decir aquella palabra que desencadenaría un recuerdo en el que Diluc intentaba no pensar al menos una vez cada día.
-Uvas-respondió.
Kaeya sonrió de medio lado.
-Estamos en un Viñedo-le hizo ver, como si fuera obvio, pues lo era-Estamos rodeados de ellas.
Diluc tragó saliva.
-Lo sé...
Esperó unos instantes. Pudo ver en los ojos de Kaeya cómo éste caía en la cuenta de a qué se refería.
La sonrisa desapareció.
Diluc pudo verlo en sus ojos.
Ambos estaban pensando en lo mismo.
En un lejano recuerdo de una infancia compartida, el cual Diluc intentaba no recordar al evitar el vino, y el cual Kaeya recordaba cada vez que bebía vino.
Rememorarlo les dejó un regusto amargo en la boca.
*. *. *
-Tengo hambreeeee.
-Ssshhh. Deja de quejarte, Kae. Y yo también tengo hambre.
-Entonces, ¿por qué no volvemos ya a la hacienda, Luc?-insistió Kaeya.
-Porque estamos jugando al escondite.
Kaeya puso los ojos en blanco.
-Llevamos aquí escondidos entre las uvas, ¡horas!
-No seas exagerado, no creo que sean horas...
Kaeya alzó la vista al cielo. Se tapó la cara con una mano.
-El sol está en lo alto. Seguro que ya es hora de comer.
-Pero, ¡aún no nos han encontrado!
-Entonces, ¡hemos ganado!-declaró Kaeya, levantándose del suelo donde ambos llevaban, a su parecer, demasiado tiempo.
-¿¡Qué haces!? ¡Nos van a ver!-exclamó Diluc, el cual le agarró del brazo y le hizo volver a agacharse entre las vides.
Kaeya suspiró.
-Estoy casi seguro de que hace tiempo que papá y los demás han dejado de buscarnos, Luc. Puede que estén esperando a que volvamos para comer.
-Puede, pero... Esperemos un poco más, ¿vale?
-Pero, ¡tengo hambre!-volvió a quejarse Kaeya.
-Entonces, come uvas-Diluc señaló a su alrededor-Estamos rodeados de comida.
Kaeya torció el gesto mientras cogía una de las uvas del racimo más cercano, pero sin llegar a arrancarla.
-Aún no están maduras. Seguro que saben raro... Además, papá nos echaría la bronca si destrozamos parte de la cosecha.
-Oh, vamos, ¡hay un montón de uvas! Seguro que no se da cuenta.
Kaeya frunció el ceño.
-No voy a comer uvas, Luc.
Diluc se encogió de hombros.
-Tú mismo, Kae, pero tendrás que esperar a que anuncien que se rinden para declararnos vencedores del escondite.
-Pues espera tú solo. Yo me vuelvo para comer.
Kaeya volvió a hacer gesto de ponerse de pie.
-¡Espera!
Diluc se le echó encima para evitar que se levantara.
-Vamos, ¡estamos a punto de ganar!
-¡Me da igual! Venga, suéltame, me voy...
-Si tanta hambre tienes, ¡toma esto!
Diluc arrancó un puñado de uvas y las aplastó contra la cara de Kaeya.
Kaeya se quitó de encima a Diluc de un empujón, que cayó al suelo frente a Kaeya, riendo como un poseso al ver la cara de asco de Kaeya.
-¡Puaj!
-¡Ja, ja, ja! Tienes toda la cara manchada de morado-siguió riendo Diluc.
Kaeya le fulminó con la mirada, pasándose la mano por la boca; solo consiguió extender más la mancha morada.
-Ahora verás...
Esta vez fue Kaeya el que se tiró encima de Diluc, y con nuevas uvas aplastadas en la mano, intentaba metérselas en la boca a modo de venganza.
Diluc seguía riéndose, mientras se defendía como podía. Con la espalda pegada al suelo terroso, agarró ambas muñecas de Kaeya, con las manos manchadas lejos de su cara.
-Ja. Gané-declaró, triunfante.
Entonces Kaeya dejó caer todo su peso sobre Diluc, y estrelló su boca contra la de él.
Diluc saboreó uvas amargas. Y sintió humedad y calor.
Kaeya se separó de él y le miró con ojos brillantes desde arriba.
-Gano yo-declaró.
Kaeya seguía teniendo los alrededores de la boca manchadas de jugo de uva, como ahora Diluc notaba su propia boca.
Algo se sacudió dentro del cuerpo de Diluc, y no fue su estómago quejándose por comer fruta inmadura.
La garganta se le cerró, y quiso pensar que era por el mal sabor, pero algo le decía que sabía perfectamente que no era debido a eso.
Diluc le miraba desde abajo con la boca entreabierta, sin saber cómo reaccionar.
Instantes después, Kaeya pareció caer en la cuenta de lo que había hecho.
El color tostado de su piel, manchado de zumo, se tornó todavía más oscuro debido a un intenso rubor.
Kaeya desvió la mirada hacia sus manos.
Diluc se dio cuenta entonces que seguía agarrándole. Le soltó.
Kaeya se incorporó y ante la falta de peso sobre él, Diluc también se levantó.
Ninguno dijo nada. Pero eran incapaces de retirar la mirada del otro.
Se preguntaban... Cómo sería volver a compartir un momento así, sin amargor de por medio.
Kaeya apretó los puños. Puso gesto de disgusto al notarlas pegajosas.
-Ugh.
Diluc se miró las manos. También estaban pegajosas. Las muñecas de Kaeya también debían estarlo.
-Ugh, desde luego.
-Estás hecho un asco.
-Pues anda que tú...
Parecía lo correcto de decir. De hablar y actuar como siempre.
-... ¿Volvemos a casa?-preguntó Kaeya-Tengo hambre.
-Sí, volvamos-respondió Diluc-Yo también tengo hambre.
Ambos mentían.
O decían la verdad. Pero refiriéndose a un hambre muy distinta.
-Pero, ¿se puede saber dónde os habéis escondido para acabar con esas pintas?
De no ser porque Crepus hacía todo lo posible por no echarse a reír, podrían haberse creído que estaba enfadado con ellos.
-Hemos ganado, ¿no?-quiso saber Diluc.
-Cierto-asintió Crepus.
-Habíais dejado de buscarnos hace tiempo para que saliéramos para la comida, ¿verdad?-quiso saber Kaeya.
-Eso también es cierto-sonrió Crepus.
Crepus les miró de hito en hito.
-... ¿Habéis estado comiendo uvas? Ya sabéis que no podéis hacer eso-les reprendió, pero apenas había enfado en su tono y su rostro-Todavía no están maduras. Y si teníais tanta hambre, deberíais haber vuelto antes.
Ambos se limitaron a asentir.
-¿Ha pasado algo?-preguntó Crepus, que los conocía demasiado bien, pues no por nada eran sus hijos.
-¡Nada!-exclamaron los dos a la vez; se miraron un instante, para desviar rápidamente la mirada del otro.
Crepus enarcó una ceja.
-Está bien-dijo, conociéndoles también lo suficiente como para saber que ninguno iba a decir nada-¿Vamos a comer? Creo que Adelinde ha preparado una comida exquisita hoy-sonrió-A no ser que ya no tengáis hambre.
Diluc y Kaeya acompañaron a su padre al comedor, pero fueron rápidamente echados por Adelinde, que se negaba a darles de comer hasta que se hubieran aseado.
Crepus reía.
Diluc y Kaeya se quejaban.
El día continuó y terminó como cualquier otro día.
Puede que incluso no hubiera pasado, dado que ninguno volvió a decir nada al respecto.
Y sin embargo, incluso mucho tiempo después, ambos recordaban aquel día con una claridad inusitada.
Era una forma de torturarse.
Qué podría haber sido.
Además de la presencia de un padre largo tiempo muerto.
Era casi imposible no añorar aquel efímero momento, aquel beso robado.
El sabor del vino era tan amargo como un beso anhelado.
*. *. *
-... ¿Aún piensas en ese día?-susurró Kaeya en la penumbra, palabras casi amortiguadas contra la almohada.
-¿Tú no?
-... Realmente debes estar mal si quieres hablar de ello. Nunca hemos hablado de ello.
-Lo sé, pero...
-Ya no somos niños, Luc.
Luc. ¿Cuánto hacía que no le llamaba así? Desde que eran niños... No, desde que Crepus murió. Desde que Kaeya obtuvo su Visión. Desde que Diluc le regaló una cicatriz.
-Lo sé-repitió una vez más en un susurro Diluc.
Diluc se quemaba por dentro. Se sofocaba. Se asfixiaba.
Quería que el dolor parase.
Y quería a Kaeya con una necesidad tan acuciante como aquel mismo dolor.
Podía ver el conflicto en el rostro de Kaeya. El dolor. La incertidumbre. La expectación.
Aún había cosas que hablar y recomponer en aquella relación. El tiempo había echado demasiada tierra entre ellos, amenazando con sepultarlos, por separado.
Quizás solo hiciera falta dar un paso hacia adelante, y esperar que, al otro lado, no haya un precipicio. Y de haberlo, que haya alguien también. No para agarrarle y evitar la caída. Sino para caer juntos.
Aquella vez, Kaeya fue el que le besó.
Esta vez, fue Diluc el que le besó.
Colocó una mano en su mejilla, notó cómo el calor se apaciguaba en su interior, y acercó el rostro hasta que sus labios se encontraron.
Fue una caricia de fuego y hielo, un contraste de temperatura que hizo que el cuerpo de Diluc sufriera un escalofrío.
Kaeya suspiró contra su boca.
Se separó de él un instante. Se miraron a los ojos.
-¿Estás seguro de esto?-murmuró Kaeya contra su boca.
-No-respondió, volviendo a acortar la distancia entre ellos.
Era una sensación extraña. Había demasiados contrastes de temperatura en el cuerpo de Diluc, que sentía que se hacía ceniza o se convertía en un trozo de hielo.
Quizás así fuera besar a Kaeya. Un cúmulo de contrastes. De fervor, de miedo, de exaltación, de incertidumbre.
En el fondo, Diluc sabía que aquello no arreglaba nada, y eso era lo que más le pesaba, pero no por eso iba a dejar de tocarle cuando por fin podía, cuando por fin Kaeya estaba al alcance de su mano.
Cerró los ojos, e hizo una de las cosas que más angustia le producían: ceder el control.
Merecía la pena si era por Kaeya.
Sintió que perdía ese control cuando notó los brazos de Kaeya rodearle en un abrazo, incómodo por la postura, pero que hizo que le atrajera más hacia sí, pero poco importaba.
Su boca no sabía a uvas rancias. No estaba seguro de que tuviera un sabor; solo sabía que quería más.
El frío que el contacto le provocaba hacía su cuerpo temblar, y el fuego de su interior crepitaba como una hoguera ya encendida a la que se le echaba nueva leña.
Sus manos acariciaron el rostro de Kaeya. Estaba caliente. Jugueteó con su pendiente. Kaeya le mordió el labio.
Enredaron las manos en el pelo del otro, las piernas entre ellas.
Y Diluc pensó que así es como debería ser.
Como debería ser siempre.
No quería parar.
Quizás todo esto no fuera más que un delirio de su febril mente.
Tampoco se lo achacaría mucho dado que no sería la primera vez que fantaseaba con algo así, aunque no le gustara admitirlo.
Diluc se sentía desfallecer.
Sus bocas apenas se separaban para volver a juntarse.
Sí, desde luego era delirante.
-Kae...-murmuró contra sus labios; le besó la comisura de la boca. El mentón. Besó su pulso en el cuello.
Apoyó la cabeza en su pecho. Estaba frío. Estaba ardiendo.
Diluc cerró los ojos nuevamente.
Escuchó una risa que reverberó por todo su cuerpo al tener la mejilla pegada a su pecho.
-Te estás durmiendo-se burló Kaeya.
-No es verdad...-ahogó un bostezo Diluc.
Ahora que el insoportable calor de su cuerpo se había apagado, el cuerpo se le había relajado, y lo único que quería era quedarse así, con Kaeya enredado en su cuerpo.
Sintió una mano acariciarle la cabeza. Tuvo el recuerdo lejano de que su padre solía hacerlo a menudo.
-Tu cuerpo debe estar al límite tras sufrir una reacción tan fuerte producto de aquella bebida-razonó Kaeya.
-Mm...
-Duerme, Luc.
Y eso hizo.
*. *. *
Diluc fue el primero en dormirse, y el primero en despertarse.
Eso es lo que pudo comprobar Kaeya al despertar solo en la cama.
Los recuerdos de ayer se sentían irreales, como el hecho de despertar bajo el techo de la casa que le vio crecer.
Aun a pesar de todo, siempre que venía aquí, Kaeya volvía a sentirse un niño.
La cama estaba fría, evidenciando que hacía tiempo que Diluc la había abandonado, a pesar de que apenas amanecía más allá de la ventana. Y se presentaba un día nublado, lo cual detestaba.
Kaeya frunció el ceño.
Diluc apenas podía moverse incluso estando cerca de él para contrarrestar los efectos de la pócima. Y ahora, estaba lejos de él.
Kaeya se levantó y arregló rápidamente, intentando dispersar el recuerdo del tacto de Diluc bajo sus dedos y sus labios.
Por poco se olvida de ponerse el parche.
Le encontró en el comedor, hablando con Adelinde. Parecía estar bien.
-Buenos días, maestro Kaeya-saludó Adelinde-Justo ahora iba a servir el desayuno...
-Yo me marcho-dijo entonces Diluc, colocándose los guantes.
-¿Está seguro? Puede que tenga mejor aspecto que ayer, pero debería comer algo...
-Tengo trabajo.
Adelinde suspiró, resignada.
-Está bien. Pero no se sobre esfuerce-dirigió su atención a Kaeya-¿Y qué hay del maestro Kaeya? ¿Quiere desayunar? ¿O tiene que seguir ayudándole con el trabajo como anoche...?
Kaeya casi podía jurar que Diluc se sonrojó.
-No, ya no es necesario-intervino Diluc, respondiendo a la última pregunta.
-Comeré algo más tarde, Adelinde, gracias.
La sirvienta sonrió y se excusó hacia la cocina. Diluc ya se encaminaba a la puerta.
-¿Se puede saber a dónde vas?
Aquello hizo que Diluc se detuviera. Se giró para mirarle.
-Ya lo he dicho. Tengo trabajo que hacer. Trabajo que ayer no pude hacer porque no me encontraba bien.
Kaeya se cruzó de brazos.
-¿Y ahora sí estás bien?
-Sí. Fuera lo que fuera, sus efectos se han ido.
-¿Estás seguro? Ni siquiera hemos hablado con Aether y Albedo para saber si tienen un antídoto...
-He dicho que estoy bien-le cortó Diluc.
Una vez más, Diluc se cerraba sobre sí mismo. Kaeya había hecho lo mismo nada más despertarse, así que tampoco es que pudiera culparle. Aunque sí le enfadaba.
Se sostuvieron la mirada.
-¿No vamos a hablar de lo de ayer?
Diluc apretó los labios en una fina línea.
-Ayer...-empezó a decir Diluc.
-¡Maestros! ¡Buenos días!-interrumpieron las cantarinas voces de Moke y Hillie, las cuales aparecieron en el hall con las claras intenciones de cotillear.
Diluc contuvo un suspiro.
Hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo para ellas.
-Hablaremos-le dijo a Kaeya, pero ya dándole la espalda, con la vista fija en la puerta-En otro momento.
Y se fue.
*. *. *
Por un momento, aunque hubieran sido interrumpidos, Kaeya temía que Diluc no recordara nada de lo que pasó anoche, dado que no estaba precisamente lúcido ni en sus mejores condiciones. Una parte de él, aquella que evitaba el conflicto y las complicaciones innecesarias, deseaba que no lo recordara y echar tierra sobre el asunto. Así nada cambiaría entre ellos. Para bien, o para mal.
En realidad, aunque Diluc no lo recordara, sí que hubo una ocasión en que el propio Diluc sacó el tema del beso por accidente de cuando eran niños.
Por aquella época, Diluc aún no era capaz de controlar del todo las habilidades elementales asociadas a su Visión, por lo que, de vez en cuando, se ponía febril.
En aquellas ocasiones, Crepus siempre velaba a su lado en la cama, murmurándole palabras alentadoras, y tras una mala noche, Diluc despertaba al día siguiente en perfectas condiciones.
Le confesó a Kaeya que no solía recordar mucho lo que pasaba cuando estaba con esas fiebres, y Kaeya fue testigo de ello una vez.
Crepus se había tenido que ausentar aquel día del Viñedo por asuntos de trabajo, y no volvería hasta la mañana siguiente. Diluc estaba entrenando cuando se descontroló su poder y le subió la fiebre.
Adelinde le preparó una cena ligera y medicina para calmarle, mientras Moke y Hillie le preparaban la cama y le ayudaron a meterle entre las sábanas.
-Me encuentro fatal...-se quejó Diluc con un hilo de voz.
-Eso parece-dijo Kaeya, sentado en una silla al lado de su cama, como solía hacer Crepus, cuando las sirvientas los dejaron a solas en la habitación.
Diluc le miró con ojos vidriosos. Sacó una manita por debajo de la manta.
-¿Me das la mano? Papá siempre lo hace.
Kaeya le cogió la mano. Se la soltó enseguida.
-Tienes la mano muy caliente y pegajosa del sudor-se quejó esta vez Kaeya.
Diluc frunció el ceño.
-¿Y qué esperabas?
Diluc movió la mano en su dirección.
Kaeya contuvo un suspiro y le sujetó la mano.
-Odio siempre que pasa esto...
-Quizás dejaría de pasar si no te forzaras de más.
-Pero tengo que ser capaz de controlarlo...
-Y lo harás.
-Es lo que siempre dice papá. Pero, tendré que demostrarlo, ¿no?
Kaeya movió sus manos unidas.
-Te exiges demasiado.
Diluc no respondió a eso. Tenía el rostro constreñido en una mueca.
-¿Estás bien, Luc?-preguntó inmediatamente Kaeya-¿Necesitas algo? Puedo traer...
-Noooo-respondió con un hilo de voz, tirando de su mano.
-¿No, qué?
-No te vayas.
-No me voy a ir, solo iba a traerte un vaso de agua o...
-Duele. La cabeza me da vueltas. No me encuentro bien. Lo odiooooo-se quejó, cerrando los ojos. Apretó la mano de Kaeya.
-Ya lo sé. Intenta distraerte. O pensar en algo agradable.
-Algo agradable...
-Aunque lo mejor sería que intentaras dormirte...
-Kae.
-¿Qué?
-Lo del otro día...
-¿Qué?-preguntó esta vez con confusión en la voz.
-El beso.
Kaeya sintió arder su propio rostro. Quiso retirar la mano, casi por instinto, pero Diluc no le dejó.
El beso. Kaeya lo hizo sin pensar, pero desde entonces no paraba de pensar en ello. Pero nunca hablaban de ello, como si fuera un secreto que ninguno de los dos quiere, pero se ve obligado a guardar.
-... Fue raro, pero, me gustó-confesó un febril Diluc; le miró casi con ojos implorantes-¿Y tú?
Kaeya le arañó el dorso de la mano con el dedo pulgar.
-... Fue raro. Pero, también me gustó-admitió, avergonzado.
Diluc sonrió de oreja a oreja.
Después de aquello, Kaeya siempre se reprochó no haber aprovechado la oportunidad para... ¿Para qué? Quizás para ser algo más, obtener algo más de Diluc.
Pero tras aquella sonrisa, Diluc se durmió, rendido por la fiebre. No soltó la mano de Kaeya, el cual terminó haciéndose un hueco en la cama para pasar allí la noche. No era la primera vez que dormían juntos, a fin de cuentas.
Kaeya le observó dormir durante un tiempo. Se preguntó qué se sentiría besar sus labios no manchados. Se durmió pensando en ello.
A la mañana siguiente, Diluc se había recuperado, pero no recordaba nada.
Y Kaeya fue un cobarde, y no dijo nada.
Todo volvió a quedar como una especie de secreto.
Kaeya suspiró.
No se podía creer que hubiera vuelto a pasar una situación similar, si bien esta vez sí había podido besar a Diluc, y Diluc lo recordaba, y parecía dispuesto a hablar de ello.
¿Qué sería de ellos a partir de ahora?
Tras comer algo preparado por Adelinde, la cual insistió, Kaeya volvió a la ciudad de Mondstadt, pues él también tenía trabajo que hacer, el cual sospechaba también estaba siendo investigado por Diluc, por el breve vistazo que había podido echar ayer a los documentos en el escritorio de Diluc.
Al entrar en la sede de los Caballeros de Favonius, fue saludado por las mismas caras que el día anterior.
-¿Y Diluc? ¿Cómo se encuentra?-Jean fue la primera en intervenir.
-Bien. Diría que perfectamente. Por eso ha dicho que se iba a trabajar.
-Oh, ¿se le han pasado los efectos?-preguntó Aether.
-¡Diluc ya está bien!-empezó a celebrar Klee.
-¡Qué bien!-Paimon se unió a su celebración.
-Mm... Qué extraño-comentó Albedo, siempre tan escéptico. Era una de las razones por las que a Kaeya le caía tan bien-Me hubiera gustado ver su condición, porque...
-¡Ayer estuvimos de aventura!-interrumpió entonces Klee, que estaba mucho más animada que ayer-Recorrimos un montón de sitios, ¡y Klee ayudó a recolectar ingredientes!-miró con ojos brillantes a Albedo-¿A que sí?
Albedo esbozó una pequeña sonrisa solo para Klee.
-Por supuesto. Y elaboramos lo que creo que suprimirá cualquier tipo de represalia que el líquido anterior pudiera causar en Diluc y sus habilidades elementales-se llevó una mano al mentón, en pose pensativa-... Puede que se encuentre mejor si ha estado expuesto de manera relativamente constante a una Visión Cryo, pero creo que eso solo atenuaría los síntomas, pero no curaría la condición. Además, no sabemos cómo reaccionaría su cuerpo si llega a activar su Visión...
Kaeya se fue poniendo cada vez más lívido según hablaba Albedo.
-¿Crees que es posible que vaya a usarla pronto?-le preguntó Aether que, como siempre, era más perspicaz de lo que aparentaba, y Kaeya detestaba que pudiera leerle tan fácilmente.
-Por lo que sé, creo que está tras la pista de unos ladrones de tesoro que venden piezas de monstruos de contrabando entre distintas regiones-miró a Jean, que empezó a remover papeles en su escritorio-Es lo que llevamos un tiempo investigando, y es parte del grupo con el que se topó Klee por accidente hace unos días.
-¡Diluc ayudó a Klee ese día!-dijo la niña.
-Y por muy precavido que crea que es, o más bien, que dice a los demás que sean, Diluc es bastante imprudente cuando se trata de sí mismo-Kaeya intentó controlar el tono de su voz, pues lo único que quería era gritarle a Diluc lo estúpido que estaba siendo, y también a sí mismo, por haber permitido que se fuera sin comprobar que realmente estuviera bien.
Albedo asintió.
-Así pues, debemos encontrarle y hacer que tome la medicina y tenerle en observación un tiempo para confirmar que no hay peligro.
-Y evitar que haga alguna estupidez, si no la ha hecho ya-Kaeya se llevó una mano a la cabeza.
-Tomad-Jean puso en el centro de su escritorio un informe, al lado de un mapa detallado de la región de Mondstadt-Según lo que hemos averiguado hasta ahora, estos puntos señalados son posibles campamentos bases de este grupo de ladrones. Puede que Diluc se haya dirigido a alguno de ellos.
-¡Genial! Gracias, Jean-dijo Paimon.
-Siento no poder hacer más, pero Diluc hace mucho por nosotros, aunque no quiera llevarse el mérito, así que lo suyo es hacer lo mismo y ayudarlo.
-Partimos ahora mismo a buscarlo-sentenció Aether.
-Deberíamos dividirnos, pero tampoco ir solos por si hay enfrentamiento con los ladrones...
Jean torció el gesto.
-No creo que pueda acompañaros, porque tengo mucho que hacer aquí...
-No te preocupes, Jean, además, es mejor que alguien se quede aquí por si Diluc viniera.
-Cierto. Mandemos a alguien a avisar al Viñedo también por si vuelve.
-Bien pensado. Y ahora...
-¡Klee quiere ir con Kaeya a ayudar a Diluc!-exclamó la niña.
-Puede ser peligroso...
-¡Klee es el peligro!-replicó la niña con una sonrisa.
Todos contuvieron una sonrisa.
-Desde luego...
-Entonces, Albedo y yo iremos juntos-dijo Aether.
-¡No te olvides de Paimon!-dijo a su vez Paimon.
-A donde voy yo, vienes tú, estaba implícito, Paimon-Aether se encogió de hombros.
-¡No le vengas con palabras raras a Paimon!
-Bien. Marquemos los lugares en nuestros mapas, y dividámonos las zonas...
Empezaron a hablar sobre cómo proceder. Se repartieron entre ellos frascos con el antídoto.
Quizás estuvieran preocupándose en exceso, pero nunca se era lo suficientemente precavido.
Y Kaeya se sentía vibrar de la preocupación. No recordaba la última vez que pudo haberse sentido así.
Notó que alguien le tiraba de la ropa.
Miró a Klee.
-Klee encontrará a Diluc-declaró-Así que, Kaeya no tiene que preocuparse.
Kaeya contuvo un suspiro. Sonrió.
-Eso espero.
*. *. *
Debía ser un castigo de algún dios, o de varios, el encontrarse en esta situación.
Solo había sido preso de esta incertidumbre agorera cuando Diluc se marchó tras la muerte de Crepus, pues no sabía si se encontraba a salvo o no.
Aun a pesar de la ayuda de los teletransportes, peinar la zona de posibles campamentos estaba llevando demasiado tiempo. Quizás deberían haber pedido más ayuda. Quizás a Diluc no le pasaba nada y luego se reiría en su cara por preocuparse, por muy improbable que eso fuera.
Dieron con algún que otro campamento, pero o estaba vacío, o solo había ladrones que no sabían nada. Kaeya recababa toda la información que podía, y apresaba a aquellos hombres para que posteriormente acabaran a disposición de los Caballeros para interrogarlos.
Y según avanzaba el día sin rastro de Diluc, más negro se volvía el cielo, al igual que el humor de Kaeya.
-Ha empezado a llover-comentó Klee que, a pesar de lo desanimada que se ponía cada vez que desmantelaban un campamento y Diluc no estaba, aún parecía llena de energía, pues no se quejó en ningún momento de estar cansada o tener hambre; no pidió que pararan en ningún momento a descansar brevemente, y eso le decía a Kaeya que la niña también estaba preocupada.
Tampoco habían tenido noticias de nadie más, por lo que era improbable que hubieran dado ya con Diluc.
La frustración de Kaeya no hacía sino aumentar.
Además, odiaba la lluvia.
Justo cuando empezó a arreciar la lluvia, a pesar de que se había disminuido considerablemente la visibilidad, Klee alzó el brazo y señaló a lo lejos.
-¡Allí!
Kaeya entrecerró los ojos para intentar ver más allá de la cortina de agua. Inspiró hondo. Le dio un golpecito al gorro de Klee.
-Gracias por encontrarlo.
Klee sonrió ampliamente, y a pesar de la ropa empapada y la oscuridad del cielo, Klee parecía brillar.
-Mamá siempre dice que hay que cumplir las promesas que se hacen, ¡así que Klee siempre las cumple!-dijo orgullosa.
Kaeya asintió.
Empezaron a andar en dirección al campamento, que apenas era visible por el aguacero. Las antorchas estaban apagadas debido a esa misma agua, y Kaeya apenas había identificado a Diluc por su mata de pelo rojo.
Pero cuando se acercaron lo suficiente, todavía escondiéndose entre la maleza, Kaeya pudo ver que eran muchos, y también le pareció ver... ¿Hilichurls? Era difícil saberlo, por la poca visibilidad, y tampoco tendría sentido.
No sabía cómo se encontraba Diluc, y aun a pesar de que Kaeya sabía que Klee era bastante capaz, seguía siendo una niña a la que no quería poner en peligro, y seguían estando en desventaja numérica.
Pero no podían simplemente esperar, no sin saber exactamente cuál era la situación allí.
Tenían que avisar a los demás y pedir refuerzos.
-Klee-le susurró al oído, para ser oído por encima de la lluvia, pero sin que les oyeran las personas del campamento-¿Estás lista? Hay algo que necesito que hagas.
-¡Por supuesto! Klee lo hará.
-Vale. ¿Ves esa pequeña pendiente que desemboca en el campamento? Necesito que vayas allí, y lances una de tus amigas.
A Klee parecieron relucirle los ojos.
-¿Klee puede lanzar una de sus bombas?-pero su entusiasmo se nubló al caer en la cuenta de algo-Pero... Jean dice que Klee no debe usarlas si no es necesario, o Jean se enfadará... Y Klee no quiere que la regañen más...
Kaeya se acuclilló frente a ella.
-Klee, esta es una de esas situaciones en que es necesario. Es una emergencia, ¿entiendes?-intentó que su tono fuera calmado, porque no quería alterarla-Y si Jean te dice algo al respecto, yo intervendré en tu defensa, ¿te parece?
Klee lo meditó un segundo más, para luego asentir varias veces con la cabeza.
-Está bien. Klee lo hará.
Kaeya sonrió.
-Gracias.
-Entonces, Klee tiene que ir allí y lanzar una de sus bombas...
-Exacto. Necesito que crees una distracción para poder infiltrarme en el campamento, a ser posible sin ser visto, para sacar de allí a Diluc.
-¿Y luego Klee baja a ayudar a Kaeya...?
-No-negó con la cabeza.
-¡Pero Klee puede ayudar más! Klee puede luchar, y...
-Lo sé. Pero una vez hayas hecho eso, necesito que vayas a avisar a Albedo, Aether y Paimon para que vengan a ayudar en caso de que la cosa se ponga fea-hizo una pausa-Cuantos más seamos, mejor, ¿no?
-De acuerdo. ¡Klee se encargará!
-Gracias, Klee-volvió a decir.
Iba a incorporarse cuando Klee le rodeó con los brazos lo mejor que pudo con su pequeño cuerpo.
-Klee volverá pronto-dijo la niña-Así que, Kaeya no debe hacer ninguna tontería-se separó de él-Salva a Diluc, por favor.
Kaeya, para bien o para mal, no estaba acostumbrado a las muestras tan abiertas de afecto. Notó calor en el pecho.
Se levantó.
-Empecemos la misión, ¿sí?
-¡Sí! ¡Misión salvar a Diluc de los malos!
Tras un último intercambio de miradas, se separaron.
Kaeya esperó bajo la lluvia.
Se preguntaba si merecía siquiera ese afecto. Si alguien podía realmente darle su amor y Kaeya darle el suyo a cambio.
Parecía algo improbable, sino imposible.
Tras escuchar la explosión minutos después, se puso en marcha.
Kaeya amaba a Diluc desde que tenía memoria. Memoria que realmente le importara.
No conocía otra manera de amar.
Y por mucho que Diluc cayera de cabeza hacia el vacío, Kaeya caería con él.
Como un reino antiguo caído en desgracia.
*. *. *
Diluc se enorgullecía de pocas cosas, pues el orgullo en exceso no solía traer nada bueno.
Pero una de las pocas cosas de las que creía enorgullecerse era el de tomar buenas decisiones, siempre que estuviera bajo su control. Una vez más, a Diluc le gustaba pensar que tomaba esas buenas decisiones.
Creer que se había recuperado por completo sin ningún tipo de prueba había sido estúpido por su parte; mala decisión pues el continuar el trabajo de ir tras los ladrones a los que llevaba siguiendo la pista desde hacía tiempo.
Y la situación ahora no estaba bajo su control.
Había empezado a llover, y si bien el agua podía venirle bien para causar reacciones en la batalla, usar su Visión fue otra mala decisión.
Aquellos ladrones eran guerreros más o menos experimentados, y por alguna razón que se le escapaba, tenían como aliados a varios Hilichurls. Seguramente tuviera algo que ver con el contrabando de partes de esos monstruos. ¿Quizás estaban desarrollando algo para poder controlarlos...?
Fuera lo que fuera, la mente de Diluc no estaba ahora como para pensar en ello.
El cuerpo le ardía tanto por dentro que temía explotar de dentro a fuera. Tenía la sensación de que se le estaba quemando la piel, pues incluso a pesar de la lluvia, solo olía cenizas. Respiraba cenizas. Se ahogaba en cenizas.
No podía respirar. Apenas podía moverse. Y por mucho que hubiera derribado y destruido a varios enemigos, aún seguían rodeándole.
Diluc llegó a pensar que moriría allí.
Solo lamentaba no haber podido hablar con Kaeya una vez más, y haber dejado los asuntos de la gestión del Viñedo del Amanecer mejor organizados en caso de que él faltara.
Se estaba poniendo dramático. Eso diría Kaeya.
Kaeya.
Kaeya.
Debería estar aquí. Debería haber evitado que hiciera ninguna estupidez, como cuando eran niños, o acompañarle en esa estupidez.
Y esta maldita lluvia...
Solo le recordaba a cuando Crepus murió.
Si no sintiera que tenía literalmente humo y cenizas en la boca, Diluc estaba seguro de que vomitaría.
Los ladrones seguían atacándole, y Diluc apenas podía esquivar y desviar ataques. El mandoble pesaba en sus manos como no lo había hecho en años.
Tenía que salir de allí, pero no veía ninguna ruta de escape.
Estaba seguro de que le estaban maldiciendo, pero Diluc apenas era capaz de escuchar algo más allá de la cortina de agua y sus jadeos.
Por lo menos el fuego que le consumía también mantenía a raya al enemigo. Vapor flotaba también en el aire húmedo.
Diluc apenas registró un estruendo a lo lejos, y un fogonazo de luz.
El enemigo se dispersó, y Diluc debería aprovechar esta oportunidad para largarse porque, si no le mataba el calor punzante, lo harían aquellos hombres.
Pero las piernas le fallaron y cayó al suelo embarrado. El mango del mandoble se escurrió de entre sus dedos.
Tuvo el deseo febril de que su padre apareciera para salvarle. Salvarle como Diluc no había podido hacer por él.
…Cierto. Crepus estaba muerto.
Sus pensamientos eran inconexos, incoherentes.
Quien podría acudir en su ayuda sería...
Su cuerpo se contrajo con un escalofrío. Una bocanada de aire frío.
¿Frío?
Sus ojos nublados vieron a duras penas cómo los enemigos que estaban más cerca se detenían por completo momentáneamente, congelados, para luego ser atravesados por una espada.
Y por un breve instante, notó cómo el dolor se mitigaba. Pero no era suficiente.
Alguien le zarandeaba. Intentaba incorporarle.
Podría haber sido un enemigo, pero seguramente ya le habría dado muerte.
Pero no, aquel tacto era sumamente reconfortante. Diluc podría dormir en sus brazos. Deseaba hacerlo. Pero el dueño de esos brazos no se lo permitía.
-Luc. ¡Luc! Responde, maldita sea. ¡Luc!
Diluc intentó enfocarle la cara.
-¿...Kae?
-Sí, soy yo. ¿Estás conmigo?
-Ugh...
Le costaba hablar.
-Tienes que mantenerte consciente. ¿Puedes moverte? Hay que salir de aquí antes de que vuelvan los otros...
-Duele...-apenas pudo pronunciar Diluc, sintiéndose sumamente joven en una piel que se le quemaba por dentro-Haz que pare...
Kaeya soltó la espada y le cogió la cara entre las manos. La preocupación teñía sus facciones igual que el agua de lluvia.
-Lo sé. Espera un momento...
Le soltó, y la pérdida de ese contacto era físicamente dolorosa.
-N-no p-puedo... Respirar...
-Bebe esto. Albedo elaboró una poción para contrarrestar los efectos de la otra que te bebiste-Diluc no podía mover los brazos para coger el vial-Vamos-le instó Kaeya.
Le ayudó a incorporarse. Diluc se dejó acunar por el cuerpo de Kaeya, frío, pero no lo suficientemente frío como para calmar el volcán en erupción que arrasaba su interior; quizás no estaba lo suficientemente cerca. Diluc se aplastó contra él.
-No, Luc... Para-le separó-Vamos, tienes que beberte esto.
Diluc no hizo ningún ademán de moverse.
-N-no... Pue... Puedooo...
Se asfixiaba. No podía respirar. El calor era insoportable. El dolor era insoportable. Apenas sentía la lluvia y las articulaciones de su cuerpo.
Kaeya le hablaba. Debía estar haciéndolo. Veía su boca moverse sin parar, hacer aspavientos. Se le veía desesperado. Debía estar desesperado. Diluc se sentiría igual estando en su posición.
... Diluc se preguntó si esto es lo que sintió su padre, viendo a Diluc suplicándole mientras le tenía entre sus brazos que no se muriera. Crepus solo sonrió. Diluc no creía tener fuerzas ni para eso.
Con la respiración errática, la vista nublada, no era capaz de pensar con claridad.
Solo era consciente del dolor.
Solo quería que acabara el dolor.
Pero... No quería morir. No en brazos de Kaeya. Kaeya no se merecía eso. Kaeya no debía cargar con su muerte por una estupidez de Diluc, por creerse más fuerte de lo que realmente era, a pesar de huir como un cobarde. Quizás, si hubieran hablado las cosas antes...
Notó la cara más caliente. En el labio superior. Oh. Le estaba sangrando la nariz, ¿verdad? Notaba la sangre ardiendo recorriendo su piel.
Vio un destello a lo lejos.
No pudo identificarlo. Parecía aún lejano. Pero podían ser enemigos. Tenía... No, era Kaeya el que tenía que irse de allí antes de que vinieran.
Intentó hablar, pero se atragantó con su propia sangre.
Kaeya le agarró de las solapas de la chaqueta, furioso, frustrado, exasperado.
-No-exclamó alto y claro, pura ira destilando de su voz-No te atrevas a morirte aquí, ¿me oyes?-soltó un sonido lastimero-Joder, Diluc, ¿me oyes siquiera?-su voz se apagó y volvió a subir-¡Si te mueres, ya no me quedará nadie!-sollozó, soltándole la chaqueta, rodeándole el cuerpo ahora con los brazos.
Lloraba. Kaeya estaba llorando. Aun con toda esa lluvia, Diluc podía ver que lloraba.
Le hubiera gustado verle ambos ojos.
Le hubiera gustado decirle que nunca le dejaría solo.
Le hubiera gustado devolverle el abrazo.
-Por favor, Luc-volvió a ponerle el frasco en los labios, pero al abrir la boca, Diluc volvió a toser.
Exasperado, Kaeya le abrió la boca con la mano libre y le puso el frasco una vez más.
-Traga-le ordenó con voz firme, a la vez que inclinaba el recipiente y el líquido fluía por la garganta de Diluc.
Diluc lo intentó. Se atragantó, pero consiguió que el líquido, el cual no pudo siquiera saborear pues notaba la lengua entumecida, bajara por su garganta.
-Bien. Bien. Estarás bien. Sí, eso es... Te pondrás bien...
Diluc se preguntaba si Kaeya se lo decía a él o a sí mismo.
A Diluc se le cerraban los ojos. El cuerpo le pesaba cada vez más. Pero... El calor, aunque de forma mínima, iba remitiendo en intensidad.
-Aaahhh...-exhaló Kaeya, como si hubiera estado conteniendo el aliento hasta ese momento.
Se retiró el pelo mojado de la cara. No le sirvió de mucho.
Se restregó los ojos. Tampoco sirvió de mucho.
Diluc sentía que el pecho, por fin, por fin, no amenazaba con aplastarle, y sentía que, poco a poco, podía respirar algo que no fueran cenizas.
Kaeya le regaló una sonrisa. Sí, definitivamente, Diluc volvía a respirar.
-Eso es... Regula la respiración...-le tocó la cara; frunció el ceño-Es difícil saber si estás menos caliente que antes, pero supongo que habrá que esperar y rezar a todos los Arcontes para que haga efecto-volvió a exhalar; ahora que se había calmado un poco, parecía exhausto-Tranquilo. Los demás están en camino, y podremos hacer frente a los ladrones que queden y llevarte a un lugar seguro para que te recuperes...
Diluc intentaba escucharle, pero según disminuía paulatinamente el dolor, más se le relajaba el cuerpo y más notaba que se le cerraban los ojos.
Quería darle las gracias. Quería decirle que le amaba. Quería decirle que...
Entonces vio algo. Un destello. Otro. Pero ahora mucho más cerca.
No se podía escuchar debido a la lluvia, pero Diluc lo veía. Kaeya no, pues estaba de espaldas.
El cuerpo de Diluc volvió a tensarse, pero ahora por una razón completamente distinta.
Miedo.
No lo había sentido antes cuando creía que iba a morir, pues hacía ya tiempo que se había hecho a la idea de que es algo que vendría a por él más temprano que tarde con el estilo de vida que llevaba.
Pero ahora sí lo sentía, al ver que un monstruo se acercaba a ellos.
Y Kaeya no se había percatado.
-Kae... Detrás...de ti...-intentó decir, con la garganta resentida, como si hubiera comido ascuas, sin mucho éxito.
Kaeya le miró con confusión.
-¿Qué...?
Diluc sacó fuerzas de donde no las había, pero dio un empujón a Kaeya todo lo fuerte que pudo, haciéndole caer al barro y evitando que le cortaran la cabeza, pero le hirieron en el costado. Kaeya gruñó.
Diluc rodó sobre sí mismo y se apartó.
-Joder-masculló Kaeya, que se puso en pie enseguida, e invocó su arma.
Se giró para encarar al enemigo, el Hilichurl, y al verlo, Diluc pudo ver cómo Kaeya dudaba tan solo un instante en vez de lanzarse a atacar, una expresión extraña en el rostro, y el monstruo aprovechó ese instante y cargó contra él. Una nueva puñalada encontró hueco en el cuerpo de Kaeya, el cual empezaba a sangrar con la misma intensidad que la lluvia.
Esta vez, la furia encontró sitio en el interior de Diluc, que a pesar del dolor, de la neblina de su cabeza, de la visión borrosa, se incorporó del suelo, cogió su arma y cargó contra el enemigo, que se deshizo entre alaridos.
Kaeya yacía en el suelo, manchado y herido. No se movía.
A Diluc no le importaba morir, pero por nada del mundo permitiría que Kaeya muriera, no estando él a su lado.
-Kae...
Las piernas de Diluc volvieron a fallar y acabó en el suelo otra vez.
El cuerpo le pedía a gritos que parara de moverse. El corazón le suplicaba que no parara de moverse hasta llegar al lado de Kaeya.
Con gran esfuerzo, se arrastró por el barro, y no dejó de hacerlo hasta que sus manos tocaron el cuerpo del otro.
Con la oscuridad, el agua y el lodo, a Diluc le resultaba imposible ver las heridas, pero veía la sangre mezclarse con esa misma oscuridad, agua y lodo.
La memoria de la muerte de su padre pasó por los ojos de Diluc, y Diluc volvía a sentir que no podía respirar.
-Kae...
No respondía. No abría los ojos.
Le llevó una mano manchada a su cuello, y apenas sentía pulso.
Ambos necesitaban ayuda urgente, o morirían entre el lodo como el padre de ambos.
Casi parecía un pensamiento reconfortante, morir al lado de Kaeya.
Su mente delirante creyó ver figuras a los lejos, escuchar voces urgentes, pero el pulso de Diluc latía cada vez más deprisa, tan deprisa como el pulso de Kaeya parecía ralentizarse.
Ralentizarse como la mente de Diluc, que divagó entre difusas sombras hasta que finalmente solo halló oscuridad, y perdió el conocimiento.
*. *. *
Al volver en sí, lo primero de lo que fue consciente Kaeya fue de que no llevaba el parche puesto.
Se tapó la cicatriz con la mano por instinto. Notaba el cuerpo dolorido, pero ni punto de comparación a lo que recordaba antes de desvanecerse.
La cabeza le daba vueltas.
A pesar de la poca luz, Kaeya reconoció dónde se encontraba: era su habitación en el Viñedo.
Se incorporó hasta quedar sentado en la cama.
Vio entonces su parche en la mesilla de noche. Limpio y seco. Se lo puso.
Fue entonces consciente de que no estaba solo en la estancia, lo que evidenciaba que no estaba en sus plenas capacidades.
-Es reconfortante verte despierto.
Era Albedo, el cual estaba sentado al lado de la ventana, con un cuaderno en la mano.
Si había visto su ojo descubierto, tuvo la decencia de no comentarlo; aunque tampoco es como si realmente tuviera algo que esconder, pero una vocecita en la cabeza le decía que solo había una persona a la que quisiera enseñárselo.
Diluc.
Diluc.
-¿Diluc está bien?-preguntó con urgencia.
-Así es-asintió Albedo-No hay de qué preocuparse-el cuerpo de Kaeya se destensó.
Kaeya se llevó una mano a la cabeza.
-¿Necesitas que te traiga algo?-preguntó Albedo, dejando el cuaderno en el alféizar de la ventana y levantándose.
-No, solo... ¿Podrías ponerme al corriente...?
-Por supuesto.
Se sentó al lado de la cama, donde había otra silla, como si alguien la hubiera estado ocupando antes...
-Es de madrugada-comentó entonces Albedo-Aether está durmiendo con Klee y Paimon en otra habitación, y el servicio de la casa también duerme, a pesar del susto que les dimos al traer a sus maestros en un estado tan deplorable.
Kaeya suspiró.
-Conociéndolos, les habrá dado casi un síncope.
-Casi, sí-confirmó Albedo-Klee vino a nuestro encuentro como la habías dicho, pero tardó en dar con nosotros con la lluvia, y además luego tuvimos que lidiar con los ladrones que la siguieron y con los que ya estábamos luchando en otro campamento-explicó el alquimista-Os encontramos desmayados. Pude comprobar que Diluc había bebido lo que preparé, porque sus síntomas habían mejorado incluso en aquella situación, pero su cuerpo estaba exhausto. Contrariamente a lo que pensábamos, tú estabas en peor condición.
Hizo una pausa, casi como si esperara que Kaeya interviniera, pero al ver que no lo hacía, continuó.
-Nunca había visto a Klee tan asustada-confesó-Si llego a saber cómo íbamos a encontraros, no la hubiera llevado-apretó las manos sobre su regazo-La hemos dicho que la cosa no fue tan grave para no preocuparla más, y que no se sintiera culpable, pero... Lo siento. Es probable que Diluc hubiera muerto debido al brebaje y la reacción con su Visión. Por suerte, ha podido evitarse, si bien in extremis.
El corazón de Kaeya se hundía en su pecho.
Lo vio. Kaeya vio que Diluc se estaba muriendo en aquel barrizal. Era una pesadilla pasada por agua.
-Gracias a los tratamientos de Bárbara y Jean, no hubo que lamentar nada... Y, por precaución, una vez que Diluc estuvo consciente, le hicimos beber más antídoto y hacer varias pruebas para asegurarnos de que todo estaba bien-contuvo un suspiro-En adelante, tendré más cuidado con mis experimentos, y nadie podrá acceder a ellos sin mi conocimiento y permiso. Aunque me gustaría estudiar más sobre este asunto...
Kaeya sacudió la cabeza.
-No es como si fuera culpa tuya. Ni de Klee. Aunque sí que podría haberse evitado todo esto...
-Estoy de acuerdo. Fueron un cúmulo de circunstancias lo que desencadenó todo esto, pero...
Era tontería buscar culpables a estas alturas. Nadie quería hacer daño a nadie, y además, quisiera admitirlo o no, Kaeya confiaba y quería, a su modo, tanto a Klee como a Albedo.
-Y el asunto de los ladrones ya ha pasado a manos de Jean y los Caballeros, así que no tienes que preocuparte por eso tampoco. Si bien es verdad que aún no damos con la razón por la que parecía que controlaban a los Hilichurls... Quizás utilizando algunas de esas partes con las que comerciaban... Puede que con tecnología de otra nación...-bajó la voz, mientras divagaba al respecto.
Kaeya, simplemente, prefería no pensar en ello. No por ahora.
-... Entonces, ¿Diluc está bien de verdad? ¿Está consciente?
Albedo volvió a asentir.
-Sí. Una vez comprobamos que su salud estaba bien, y después de disculparse con todos, ha estado velando por ti-tocó la silla en la que estaba sentado-Ha estado sentado a tu lado desde entonces. Apenas ha pasado un día, pero debía descansar. A pesar de que le aseguramos que estabas bien, aun cuando habías perdido mucha sangre, le angustiaba dejarte solo. Pero debía descansar. Así que me ofrecí a relevarle para hacer guardia por si algo te pasaba, hace unas horas.
Albedo dirigió la mirada a la ventana. Ya no llovía, pero aún se vislumbraban nubes en el cielo.
-Pronto amanecerá-comentó entonces-Y todavía hay cosas de las que hablar, pero, me imagino que querrás ver a Diluc-volvió a dirigirle la mirada-No creo que nos haya hecho caso, así que seguramente estará despierto en algún lugar del Viñedo.
Kaeya se limitó a asentir e incorporarse de la cama.
-Tómatelo con calma. Aunque las heridas están curadas, perdiste mucha sangre, como ya he dicho.
-Lo haré.
-Y, en cuanto puedas, ve a ver a Jean, y sobre todo a Klee. Se quedarán más tranquilas al ver con sus propios ojos que estás bien.
-Lo haré-repitió Kaeya, cambiándose rápidamente de ropa y calzándose.
-Por mi parte, intentaré dormir algo.
Kaeya se dirigió a la puerta.
-Gracias. Por todo.
Albedo negó con la cabeza.
-Solo me limito a enmendar errores que me conciernen, y en proteger a aquellos que me importan.
Esbozó una pequeña sonrisa antes de que Kaeya saliera de la habitación.
Tal y como le había dicho Albedo, la casa dormía. Pudo ver, debido a que la puerta estaba entreabierta, que en una de las habitaciones dormía Aether, que estaba medio aplastado en la cama por Paimon y Klee; era una estampa adorable.
Pasó de largo y, tal y como supuso, la habitación de Diluc estaba vacía.
Salió al exterior.
Olía a humedad, por la pasada lluvia y por el rocío diurno. Un pequeño escalofrío recorrió a Kaeya; era la hora más fría del día.
No tardó en dar con él, pues su cabello rojo destacaba entre tanto verde. Se hallaba de pie entre varias vides, mirando al horizonte, esperando el amanecer.
-¿Es sensato que no estés en la cama?-dijo Kaeya a su espalda, cuando llegó a su altura, a modo de saludo porque, en el fondo, no sabía muy bien qué decir, no después de todo lo que había acontecido.
Diluc se giró para mirarle. Se le veía cansado, y pensativo.
Y vivo.
Eso es todo cuanto le importaba a Kaeya.
-Podría decirte lo mismo-fue su respuesta.
Kaeya sonrió de medio lado.
-¿Estás bien?-preguntó, con sinceridad, a su pesar, pues aún tenía una espina de preocupación clavada en el pecho.
Diluc desvío la mirada.
-... Sí. Aunque quizás debería ser yo quien te hiciera esa pregunta a ti-volvió a dirigirle la mirada, la cual se había endurecido-Casi mueres desangrado, Kaeya-le reprochó.
-Bueno, y tú casi mueres por hacer el imbécil, Diluc-replicó Kaeya, también enfadado.
Ante eso, Diluc suspiró.
-... Tienes razón. Fue... Una irresponsabilidad por mi parte irme sin más sin saber si estaba bien.
-Siempre les dices a los demás que actúen con cabeza, así que, ¿por qué no eres capaz de aplicártelo a ti mismo?
Kaeya no había venido a hablar con Diluc solo para soltarle reproches. O tal vez sí. Había estado a punto de perderle por lo que parecía una nimiedad, y eso le consumía. Y más sabiendo que había estado allí y que quizás podría haberlo evitado.
-Tienes razón-volvió a decir Diluc, dejando a Kaeya algo descolocado.
-Vaya, no paras de darme la razón. ¿Desde cuándo te muestras tan receptivo?
-Desde que casi mueres por mi culpa.
Kaeya se quedó momentáneamente sin palabras.
-... De haber muerto-terminó por decir Kaeya-No habría sido culpa tuya.
-No estoy tan seguro de eso.
-Así que ya te has cansado de darme la razón, por lo que veo.
Un atisbo de sonrisa ante aquellas palabras pudo vislumbrarse en el rostro de Diluc.
Era deslumbrante. Pero no tardó en desaparecer.
-Kae, ¿por qué titubeaste ante aquel Hilichurl? Podrías haber atacado primero sin ningún problema, evitando que te hirieran.
Porque puede que ese acabe siendo yo algún día, pensó.
Kaeya se encogió de hombros.
-Quién sabe...
No era una respuesta. Kaeya lo sabía. Diluc lo sabía. Pero no insistió, solo torció el gesto, con las comisuras de los labios hacia abajo.
Diluc volvió a mirar al cielo, donde ya podía entreverse, entre los picos más altos de las montañas, rayos de sol que pujaban por salir para dar la bienvenida a un nuevo día.
-¿Sabes?-dijo entonces Diluc, todavía mirando en la distancia-El haber experimentado el hecho de que casi muero... O casi mueres tú... Ha hecho que me replantee ciertas cosas.
-¿Sí?-dijo Kaeya, a falta de no saber qué decir realmente. Tocó una hoja de un racimo; las gotas de humedad se congelaron ante su tacto, y la hoja se fragmentó.
Nunca había visto a Diluc tan meditabundo. O puede que sí. Justo antes de marcharse de Mondstadt, tras la muerte de Crepus, como si necesitara encontrar respuestas a conflictos internos y a sí mismo.
-Sí-afirmó Diluc-En realidad, son cosas que llevo pensando durante mucho tiempo, y que he sido lo suficientemente cobarde como para no abordarlas, como si eso solucionara algo-le miró fijamente; dio un paso sobre la tierra blanda por la humedad hacia él-Kaeya, si está en mi poder, no pienso dejarte nunca solo-dijo, haciendo referencia a lo que Kaeya le había sollozado horas atrás, cuando creía que le iba a perder; Kaeya se sentiría avergonzado de lo que dijo si no fuera porque era algo que le salió de lo más profundo del alma.
Porque, a pesar de todo lo que había construido a su alrededor durante todos aquellos años desde que se vio obligado a madurar de forma temprana, el trabajo, el respeto, las relaciones que había creado con otras personas, no eran nada en comparación con lo que la simple existencia de Diluc suponía para él.
-Quizás debería haberte dicho esto hace mucho, pero...-continuó Diluc, con una convicción que Kaeya no había visto hasta ahora-Kaeya, te quiero. A pesar de todo lo que hemos pasado, o precisamente por eso. Quiero que sepas que nunca te he culpado de la muerte de nuestro padre. Que, aunque huyera, lo único que me hizo volver fuiste tú. Que siempre, pase lo que pase, te guardaré la espalda. Incluso si te conviertes en un monstruo.
Así que recordaba aquello. Kaeya lo había dicho como una broma, pero... Bromeaba sobre ello porque en el fondo le aterraba que pudiera ser verdad.
Quería hacerle callar. No quería escuchar nada de todo eso. Se sentía desfallecer. Sentía que volvería a echarse a llorar.
Diluc podía arrebatarle todo su ser, o dárselo. Y eso es lo que estaba haciendo ahora. Y, después de tantos años, Kaeya no estaba acostumbrado a recibir. ¿Acaso se lo merecía?
-Sé que tienes tus secretos-continuó Diluc, como si aquel torrente de palabras, una vez empezado, no pudiera detenerse-Pero, te conozco. Conozco al Kaeya que creció conmigo, que fue feliz conmigo, que sufrió conmigo. Conozco al Kaeya de ahora. No importa qué pasado tuviste antes de eso, ni el futuro incierto que pueda aguardar. Esté o no bajo mi control, te querré y te protegeré todo lo que me resta de vida-declaró Diluc, acortando la distancia entre ellos; le tendió una mano-¿Me aceptarías de nuevo en tu vida?
Kaeya se sentía... Sobrepasado. Sí, esa era la palabra que mejor podía describir cómo se sentía. Sentía tal cúmulo de emociones que amenazaban con desbordarse de su cuerpo.
Kaeya se preguntó si al final realmente había muerto. Porque no podía ser verdad. No podía ser verdad que Diluc le estuviera diciendo exactamente lo que Kaeya siempre había querido escuchar de sus labios.
Todo parecía una gran mentira.
Solo, que no lo era.
Diluc estaba frente a él, más real y más sincero que nunca, y le estaba tendiendo la mano. Como cuando se conocieron.
Y Kaeya solo tenía que aceptar.
A pesar de la incertidumbre y el miedo que le atenazaba por ese pasado y futuro, con unas estrellas en los ojos que le marcaban de por vida.
-... Entonces, tendré que responder en consecuencia, ¿no?-dijo en un hilo de voz-Quererte y protegerte, también, durante toda mi vida.
Los labios y la mano de Diluc temblaron.
-Solo si tú quieres-susurró, ahora con cierto tono dubitativo, como si... como si le asustara la respuesta que Kaeya pudiera darle-Pero, por mi parte, lo haré de todos modos-dijo con convicción una vez más.
Kaeya sonrió.
-Suena a promesa.
-No-negó Diluc-Es un juramento.
Diluc había abierto su corazón ante él, agrietado y hermoso, y quería volver a tener a Kaeya en su vida, aun sin saber qué les pudiera deparar.
Aun si Kaeya estaba casi seguro de que todo acabaría en tragedia.
Pero era preferible soñar. Y dejarse llevar por la felicidad, aun si esta fuera efímera.
Diluc había aceptado que había cosas dentro y fuera de su control, y estaba dispuesto a intentar mejorar para evitar que aquellos a los que quería sufrieran por él.
Y esa sensación de descontrol y libertad no se encontraba ya solo en los recuerdos de su infancia.
Kaeya se perdió en los ojos de Diluc, como si fuera la primera vez.
Kaeya se refugiaba y torturaba con la felicidad que tuvo y dejó de tener en su infancia.
Miró la mano que le tendía Diluc.
Kaeya alargó su mano.
Quizás, por una vez, estando la felicidad al alcance de su mano, pudiera cogerla.
**..**
Espero que les haya gustado! Dejen sus comentarios para que sepa su opinión!
Por si no era obvio antes, sí, adoro a Albedo y a Klee también, y mucho XD Aunque la pobre Klee casi parece la mala de la historia, y no es mi intención ni mucho menos V-V
Y sí, también hay un poquito de Albether :P
Me ha encantado escribir esta historia, y espero haberle hecho justicia a los personajes y a su relación^^ La verdad es que quería tener una excusa para que se abrazaran y besaran jajajajaja Y la verdad es que después de esa escena, iban a hablar de sus sentimientos y ahí iba a terminar el fic, pero entonces una parte de mi cerebro se puso en plan: …No hay suficiente angst, así que surgió toda la escena de la lluvia y demás XD
Y por si tampoco fuera obvio, me encantan los paralelismos y simbolismos ;)
Parece que lo de los ladrones lo dejo un poco en el aire, pero la verdad es que no descarto usar la idea para algún futuro fic (?) quizás :P Además, sino, esta historia habría salido todavía más larga XD
Como siempre, muchas gracias por leer y comentar!
Espero vernos en otro futuro fic ;)
Bye~!^^
