Capítulo 3. Corporalidades.

Arnold entró al baño y ya por costumbre le puso seguro a la puerta. Vio la tina llena de un agua azulada que olía a lavanda. Miriam había puesto un par de velas en la orilla, suponía que para ayudarlo a relajarse. La temperatura de la habitación era perfecta y en verdad se le antojaba meterse ahí a matar la preocupación, pero estaba el pequeño inconveniente que, para hacer eso, necesitaba desnudar a un cuerpo que no era suyo, y del que estaba seguro que su dueña estaría todo menos contenta de que lo hubiera hecho. ¿Pero qué hacía entonces? Se miró en el espejo, y la preocupada cara de Helga le regresó la mirada. Casi parecía otra cara... de otra chica, es decir.

Nunca había visto esa expresión en el rostro de la rubia. Se acercó a este y vio su frente hinchada, vio la gasa puesta sobre el golpe; vio el moretón en el párpado de abajo. También vio lo grandes y azules que eran esos ojos, y lo bonitas y largas que eran sus pestañas. También vio lo bien formadas que estaban el resto de sus facciones, y lo armoniosas que se veían todas juntas. Nunca había tenido oportunidad de notar todas esas cosas en el rostro de la chica; como los lunares casi imperceptibles que tenía en el puente de la nariz y las mejillas, obviamente provocadas por el sol. Vio sus brazos delgados pero bien torneados, y la curva suave donde terminaba su espalda y comenzaba su trasero. Vio sus pechos redondos, más bien pequeños, pero sin duda gloriosos, aún bajo la blusa. Vio su cintura estrecha y se maravilló cuando soltó la liga que le aprisionaba el pelo y este le cayó sobre los hombros y la cara; Este era muy, pero muy suave y olía delicioso. No podía creer que no había notado nada de eso hasta esa tarde...

Bueno, la verdad es que sí había notado un par de cosas, pero como siempre estaban tras una película de hostilidad casi cortante, nunca le había tocado contemplarlas como se merecían.

Aunque también, ¿quién era él para contemplar todo eso, cuando su dueña tan vehementemente se esforzaba porque no lo hiciera?

Suspiró. Se dio media vuelta y volvió a quedar frente a la tina... y se dio cuenta de que ahora también tenía ganas de orinar.

Decidió centrarse en el tema más urgente y dejar la tina para después. Se paró frente a la taza, dirigió su mano a donde acostumbraba en estas situaciones, y se dio cuenta que esa estrategia no iba a funcionar esa vez.

"Tengo qué sentarme", se dijo. Pero entonces recordó que primero tenía qué bajarse la ropa. Buscó en dónde se cerraba la falda, y no había nada enfrente. Le dio la vuelta a la falda, y tampoco había ningún botón ni cierre atrás. ¿Cómo se había puesto eso Helga? Tampoco tenía elástico...

—¿Está todo bien?

Le había preguntado la madre de Helga del otro lado de la puerta, y entonces escuchó la voz de Helga decir:

—Todo bien, solo que tuve qué usar el sanitario primero.

—Muy bien, cariño —Le respondió su madre —Si necesitas cualquier cosa, solo llámame. Estaré por aquí cerca.

—Ok. Gracias.

Apenas acababa de darse cuenta que era la voz de Helga la que salía de su boca cada vez que hablaba. Dentro de su cabeza, la voz sonaba un poco menos aguda. Se preguntó cómo sonaría su verdadera voz para las otras personas, y se dio cuenta que tendría la oportunidad de escucharla al día siguiente, porque tenía que ver a Helga sí o sí al otro día, así tuviera qué escabullirse de esa casa.

Pues bien. El problema de la falda seguía, y las ganas de ir al baño estaban aumentando a un ritmo considerable. Y lo peor de todo, era que la sensación le estaba formando una imagen mental bastante clara de los genitales de Helga, y no quería pensar en eso.

—Vamos, maldita cosa. ¿Cómo es que te abres...?

Había vuelto a girarla, y al fin había dado con el botón, que resultó estar al lado derecho de la falda. Lo abrió y deslizó el cierre hacia abajo, y ahí se dio cuenta que estaba usando la mano derecha de manera dominante.

"Claro, Helga es diestra", pensó. "Es el cerebro de Helga el que está dominando este cuerpo. Eso quiere decir que Helga debe ser zurda en este momento..."

Y entonces resopló.

Sí. Era el cerebro de Helga, pero era él quien lo estaba controlando, sin duda. ¿Por qué había batallado tanto para desabrochar esa falda, cuando simplemente había podido levantarla?

Se llevó una mano a la cabeza, exasperado.

Ahora que lo pensaba, era incluso mejor levantar la falda, así no tendría qué ver más de lo debido. Así que la levantó y se sentó, y entonces notó que las panties seguían en su sitio.

"Tienes qué bajarlas primero, genio". Se reclamó.

Volvió a levantarse, metió la mano debajo de su falda, y sintió a sus mejillas prender fuego. "Solo es para orinar". Se dijo. "No es para nada pervertido". Pero aún así la sensación aumentó cuando tomó la delicada tela que cubría su zona baja y jaló hacia abajo. Las bajó hasta las rodillas, y vio que eran color blanco y estaban llenas de corazoncitos color rosa. "Maldita sea". Cerró los ojos, se sentó y dejó descargar el contenido de su vejiga. De alguna manera, se sentía más práctico hacerlo así, sentado y sin tener qué dirigir nada. Se relajó mientras sentía a su vejiga deshincharse, y ya que terminó, se preguntó qué seguiría a continuación. No le parecía que fuera a poder "sacudirlo" como usualmente lo hacía, así que probablemente iba a tener qué... secarse. Los colores se le vinieron de nuevo.

"No voy a tocar ahí". Se dijo a sí mismo, y decidió quedarse sentado ahí un rato, hasta que decidiera cómo solucionar el problema de la tina.

Y lo pensó y lo pensó, hasta que la madre de Helga volvió a preguntar cómo iba todo, y decidió que iba a tener qué entrar. Había pensado en simplemente lavarse el cabello y la cara; tal vez los brazos y las piernas, pero decidió que era mejor hacer las cosas bien. Helga le había dicho que iba a terminar con una lobotomía si lo veían comportarse raro... bueno, le había dicho que si se lo contaba a alguien, pero no quería levantar sospechas y mandarla (¿mandarse?) al hospital solo porque no era capaz de darse un baño.

Se puso de pie, se subió las panties -cómo se enrollaban cuando las deslizaba por los muslos-, se sacó la falda ya desabotonada y procedió a desabrocharse la blusa.

"Inténtalo más abajo". Le dijo la Helga de su sueño, reflejada en el espejo que quedaba justo frente a su cara en ese momento, y las mejillas se le encendieron de nuevo, junto con el resto del cuerpo.

Demonios.

Se puso de espaldas al espejo y siguió abriendo los botones. Por un momento intentó hacerlo sin ver, pero no le fue posible. Abrió la blusa y los senos de Helga lo saludaron desde debajo del sostén blanco y liso.

Ahora más sonrojado aún, dirigió la vista al frente y se acercó a la tina. Había decidido que iba a meterse con todo y ropa interior; Después de todo, era solo como si la viera en traje de baño, ¿no? No que hubiera visto a Helga en bañador en alguna ocasión últimamente, pero era mejor que verla desnuda.

Se metió a la tina; Se lavó el cabello, los brazos y las piernas, y estas solo hasta las rodillas. No se atrevió a tocar nada más.


Para Helga no era raro tener sueños extraños, pero este era el sueño más loco y disparatado que había tenido en su vida, y por mucho.

Se estiró perezosamente y se quedó un momento con los ojos cerrados, disfrutando los segundos que venían antes de tener qué hacer frente a la vida de nuevo.

...

Pero tenía qué orinar. Rayos.

Abrió los ojos... Y los cerró de nuevo.

"No, no, no, no, no no no no noooo".

Aún seguía dormida.

Tenía qué seguir dormida.

Todo había sido un maldito sueño. ¿Por qué demonios seguía ahí?

Se levantó. Miró al rededor.

Conocía ese cuarto; había estado ahí antes... Había dormido ahí, maldita sea...

"En ese closet". Pensó, mirando la puerta cerrada en una esquina. "Pero entonces yo era yo y él era él... ¿En serio esto es real?"

Caminó por el cuarto, desesperada, buscando un espejo, pero no veía ni uno.

"Bueno, da igual". Pensó, mirando sus manos "Obviamente soy él, y él es yo..."

Momento.

Ella era Arnold. Y Arnold era ella.

Ella estaba en su cuarto, lo que significaba que...

De-mo-nios.

Estaba jodida.

Estaba acabada.

Sueño, coma, alucinación... No importaba lo que fuera eso, no podía permitir que Arnold husmeara en su cuarto...

Si bien hacía rato que había dejado de hacer las cosas más extrañas, aún le gustaba escribir... y dibujar... y pintar, y esculpir...

Tenía qué hablar con Arnold. Tenía qué decirle que no tocara nada. Tenía qué sacarlo de ahí.

Corrió escaleras abajo, hacia el teléfono. Menos mal que no lo habían cambiado de lugar desde su infancia, y marcó a su casa. ¿Por qué no le marcaba a su celular? Porque Bob se lo había quitado como parte del castigo por cometer la tremenda osadía de que le hubieran golpeado la cabeza.

El teléfono comenzó a sonar inmediatamente.

"Vamos, Arnold, contesta... por lo menos que sea Miriam".

Y fue Miriam la que respondió.

—¿Aló?

—Hola, ma... señora Pataki, ¿se encuentra su hija por ahí?

—¿Helga u Olga?

—Helga —Maldita sea, eso era tan extraño.

—No sé si ya se haya despertado, ayer sufrió un pequeño accidente y va a estar indispuesta un par de días... ¿Quién la busca?

—Arnold.

—¿Arnold?

"¡¿ARNOLD'?!" Se escuchó en el fondo.

Oh, demonios.

Un ruido del otro lado de la línea. Solo con oír la respiración supo que Big Bob se había apoderado del teléfono.

—¿Qué demonios haces llamando a mi casa, chico?

—Solo quería preguntarle a Helga como está...

—¡¿Y CÓMO CREES QUE VA A ESTAR?! ¡CASI LA MATAS AYER POR SEGUNDA OCASIÓN Y TODAVÍA TIENES EL DESCARO DE BUSCARLA! —Había gritado a todo pulmón. Helga tuvo qué alejar el teléfono de su oído (el oído de Arnold, pues). Luego el hombre agregó, con voz más baja, pero no por eso más calmada: —Escúchame muy claro, mequetrefe: Te quiero bien lejos de mi hija en todo momento, sin pretextos; Si te la topas en la calle, quiero que te vayas a la banqueta del otro lado. Si están en la misma tienda, quiero que salgas de ahí. Si les toca clase en el mismo salón, te quiero en la esquina opuesta a ella, y si vuelvo a saber que intentaste contactarla, te voy a hacer todo lo que le has hecho a ella, multiplicado por diez. Y yo no voy a necesitar la pelota; con el puro bat me va a bastar.

Y colgó.

Y Helga se quedó preguntándose si no se le podría haber ocurrido una idea más idiota.

Regresó a su cuarto. En verdad necesitaba usar el baño.

Y buscó y buscó el baño, pero en ese cuarto no había ninguno.

Maldita sea.

Ni siquiera sabía dónde estaba el condenado baño, y tenía qué ir a sacar a Arnold de su cuarto, o al menos sacar de este la evidencia de su amor inmortal hacia él antes de que fuera demasiado tarde.

Al demonio. Tenía qué salir de ahí.

Escaló el muro hacia la trampilla del techo y salió a este, luego bajó por las escaleras de incendios. Menos mal que tenía experiencia escabulléndose en esa casa. Ni siquiera se había fijado qué hora era, pero por la posición del sol y el hecho de que Bob anduviera tan cerca de Miriam, era muy probable que ya estuviera a punto de salir a trabajar. Afortunadamente a su casa sí la conocía, y escabullirse en su cuarto iba a ser aún menos reto para ella.


Arnold se despertó por unos golpes en la puerta.

—¿Quién? —Inquirió, y el hecho de que lo golpeara un dolor de cabeza terrible en cuanto había recuperado la conciencia y lo aguda que le había salido la voz, le hizo ver que la pesadilla seguía.

—¡Helga! ¡Voy a entrar! ¿Está bien?

—Claro —Soltó de mala gana. Como si ese hombre fuera capaz de aceptar un "no" como respuesta.

—Ese chico Arnold te llamó por teléfono.

¿Arnold? ¿O sea que Helga se había puesto en contacto? Gracias a Dio...

—Ni pongas esa cara. Si crees que vas a volver a hablar con ese chico, estás mal de la cabeza.

Arnold ni siquiera preguntó por qué, se limitó a fruncir el ceño. La cabeza le había comenzado a doler aún más.

—Y quiero que te vayas mentalizando de que a partir de mañana vas a volver a ir a trabajar conmigo, sin falta. Si quieres descansar, descansa todo lo que puedas hoy. Me da igual lo que diga Miriam, estás bastante entera para cumplir con tus obligaciones, ¿entendiste?

Arnold asintió, aunque no tenía ni idea de lo que le estaba diciendo.

—A menos que estés dispuesta a romper nuestro trato —Sugirió de repente con ojos entornados.

El chico no tenía ni idea de qué estaba hablando ese hombre, pero si Helga había hecho un trato con su padre, que parecía incluir alguna especie de cuestión de orgullo, estaba seguro de que Helga jamás lo rompería.

—El trato sigue en pié, papá —. Respondió, mientras trataba de imitar su expresión.

El tipo resopló, entró al cuarto y le extendió la mano. Arnold lo miró perplejo por un segundo, luego entendió que estaba intentando darle algo. El chico le extendió a la vez su mano y el tipo le pasó un frasquito con pastillas.

—Tómate dos de esas, una de las que te tomaste anoche y baja a desayunar. En la tarde te llevaré con el médico a que te revise.

Bob salió del cuarto y Arnold, aún con el frasquito en la mano, se puso de pie y se asomó por la ventana.

Tenía qué salir de ahí. Tenía qué ir a su casa, Tenía qué hablar con Helga; maldita sea. En este momento, ella era la única persona a quien tenía, le gustara o no.

Si quería salir de esta, iban a tener qué trabajar juntos.

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Sí. Casi un capítulo entero sobre hacer pipí.. no sé qué decir...

Que se avecinan cosas peores, supongo.