Capítulo 4. Más corporalidades.
Tenía qué llegar. "Solo un poco más, tú puedes", se decía para darse ánimos.
Big Bob estaba por salir. No podía faltar mucho. Esperaba que Arnold aún no se hubiera levantado. Dudaba mucho que lo hubieran hecho levantarse temprano, y seguro no lo iban a dejar ir a la escuela aunque quisiera. Pero. ¿Y si lo había hecho anoche? ¿Y si se había puesto a husmear? Usualmente escondía esas cosas, pero tampoco era que fueran tan difíciles de encortar.
"Nah, Arnold no hizo nada anoche. La vez pasada que me noqueó con esa cosa, duré como veinticuatro horas fuera de combate. Ahora, con un segundo golpe, debe ser aún peor, aunque en ese momento no tenía la preocupación de estar en el cuerpo de otra persona". Una sonrisa malvada cruzó su cara al pensar que era Arnold, quien le había provocado todo ese dolor, el que ahora lo estaba sufriendo.
"Lo siento, amor mío, pero creo que podríamos estar ante el caso de retribución kármica más extremo en la historia de la humanidad".
Arnold, por su parte, también estaba esperando que Big Bob se fuera.
"Parece que la madre es más razonable", se dijo a sí mismo. Hacía solo un momento había subido a llevarle un sandwich y un vaso de jugo de naranja, y le había pedido que intentara dormir otro poco. "Podría pedirle permiso para salir, y si no me deja, puedo decir que me voy a dormir y ver la manera de salir por una ventana". La pasada noche había estado checándolo cada par de horas para ver que estuviera bien, pero no creía que fuese a hacerlo esa vez, y aún si lo hacía, podía salir en el periodo entre una visita y otra. O tal vez, si esperaba un poco, Helga llegaría... Solo esperaba que no se topara a su padre de camino.
Escuchó al padre de Helga hablar abajo. Estaba molesto porque no encontraba algo.
Se dio cuenta que no iba a ganar mucho estando parado en la ventana mientras big Bob buscara lo que sea que estuviera buscando, así que fue a sentarse en la cama.
El closet de Helga quedaba frente a él. Tal vez debería ir a buscar algo qué ponerse.
La tarde pasada, luego de bañarse, se había envuelto en la bata de baño y, con ella puesta, se había sacado la ropa interior mojada y con la misma bata de baño puesta, se había puesto las pantaletas nuevas. Por fortuna Miriam le había dejado qué ponerse y no había tenido qué sacar él mismo la ropa porque no sabía dónde estaba nada, y tampoco era que le apeteciera andar por ahí mirando las cosas de Helga. La pijama se la había puesto con los ojos cerrados.
Miró hacia abajo y por primera vez vio con detalle lo que traía puesto. Eran una blusa y un pantalón flojos de una tela muy esponjosa y suave. Eran color rosa con pequeñas florecitas amarillas y blancas; Sonrió. A Helga le gustaban bastante los colores y estampados femeninos, al parecer. Había unas letras a lo largo del pecho, y él iba a comenzar a leerlas, cuando notó algo aún más interesante... Acababa de caer en cuenta que la noche anterior no se había puesto brassiere y pues... ahora que miraba con atención... se notaba.
Sintió sus mejillas ponerse calientes, e inmediatamente desvió la vista. ¿En qué estaba pensando?...
Pero, ahora que lo pensaba, nunca había tocado unas...
Las había sentido, contra el colchón, cuando estaba acostado, y eran casi esponjosas; Suaves como se había imaginado que serían al tacto, pero mucho más... ¿Cómo decirlo? ¿Apachurrables?
Nunca había tocado unas, y esas estaban ahí... No era que fuera a darse cuenta nadie... Seguro que esas manos ya las habían tocado, y hasta estrujado, un montón de veces... ¿Qué diferencia haría una más?
—No, Arnold —Se dijo a sí mismo en voz alta, aunque no tan alta —. Contrólate. Debes concentrarte en lo que debes de hacer, no en tonterías. Lo que quieres hacer es asqueroso.
El auto de Big Bob acababa de ponerse en marcha.
Desde detrás de unos botes de basura en la siguiente cuadra, Helga vitoreó para sus adentros.
"Lo que sigue será pan comido", se dijo. "Miriam no significará ni la décima parte de reto que sería el gran Bob".
Aún así se acercó con cautela, y se asomó por la ventana del frente que daba a la sala. Como se imaginó, Miriam estaba frente a la televisión con un smoothie en la mano.
Continuó su camino hacia la orilla izquierda de la casa, se colgó de el tubo medio salido de la casa de enseguida, y luego escaló por los ladrillos por los que tantas veces había escalado durante toda su vida. Hacerlo con el cuerpo de Arnold era ligeramente más difícil, porque no cabía tan fácilmente en los lugares por los que estaba acostumbrada, pero también era infinitamente más fácil porque el cuerpo de Arnold era indudablemente más fuerte.
"Si solo no me estuviera reventando de las ganas de orinar..."
Por fin llegó al lado de la ventana, volvió a revisar que nadie la estuviera viendo de la calle, y se encaramó al alféizar. (Gracias a Dios la ventana estaba abierta). Se introdujo en el cuarto con mucho más cuidado que el de costumbre, ya que al parecer el cuerpo de Arnold era un poco más torpe, o tal vez era ella que aún no se acostumbraba al peso del chico, quién sabe.
Se asomó para poner el primer pié adentro, y vio a Arnold sentado en la cama, dándole la espalda...
Estaba con las manos al frente, como si sostuviera algo, y su cabeza estaba agachada...
¿Acaso había encontrado su diario? El corazón se le aceleró a mil por hora, y apenas por nada reprimió el impulso de correr hacia él (¿ella?) y arrebatárselo. No quería asustarlo y provocarle que gritara. Ya se imaginaba la imagen que se formaría quien sea ante semejante situación.
Trató de tranquilizarse lo más que pudo, se aclaró la garganta por lo bajo y susurró:
—¡Arnold!
Vio a su propio cuerpo brincar sobre la cama, y luego a su cara mirarla con los ojos desorbitados. Todo aquello era TAN jodidamente extraño. ¿En verdad sería real todo eso? No sabía si era mejor o peor que la posibilidad de estar en coma.
—¿Helga? —escuchó preguntar a su propia voz.
Helga en el cuerpo de Arnold asintió.
—¡Gracias a Dios!
Lo que venía a continuación no se lo hubiera esperado ni en un millón de años. Arnold se puso de pie (no traía nada en las manos, para gran alivio de ella) corrió hacia ella y la atrajo hacia sí con sus brazos.
Santa mierda; Arnold estaba abrazándola... ¿O era ella abrazando a Arnold? Con un demonio, todo aquello era para volver loco a quien fuera.
Arnold la estaba envolviendo con los brazos (sus brazos), a la altura del pecho. Y ella, por más que quería disfrutar aquello, simplemente no podía; Es decir: tanto la idea de ella abrazar a Arnold, o de que Arnold la abrazara a ella, le hubiera parecido magnífica en cualquier otra circunstancia, pero todo era tan malditamente raro que no había manera de que se pudiera concentrar lo suficiente para disfrutarlo, además de que literalmente estaba a punto de orinarse en los pantalones.
—Sí, sí, aquí estoy —Apenas articuló, mientras le daba unas torpes palmadas en la cabeza —. Ahora necesito que te hagas a un lado, porque no has orinado desde ayer y estás a punto de pescar una infección en los riñones, Arnold.
El chico (¿la chica?) se separó de ella (¿él?) y le dirigió una mirada molesta.
—¿Y eso por qué?
Helga sacudió la cabeza de balón.
—No hay tiempo para explicar, necesito ir al baño, AHORA.
—Ok, ok —Soltó el chico mientras se hacía a un lado.
Helga lo miró con los ojos entornados y no se movió.
—¿Qué? —Inquirió él, y Helga se molestó aún más por la expresión idiota que estaba poniendo en su cara.
—¡Ve a revisar que no haya moros en la costa!
—Tienes razón —Soltó el chico asintiendo como un idiota, y se asomó al pasillo.
—Adelante —Le dijo.
Helga, aún cautelosa, salió del cuarto y le hizo una seña a Arnold para que la siguiera.
Llegaron al baño y tocó la puerta. Nadie respondió. La abrió con cautela y vio que estaba vacío.
Entró, y luego jaló a Arnold que, como un tarado, se había quedado a un lado de la puerta.
—¿Qué haces? —Inquirió él —Debo vigilar que nadie venga.
—¿No crees que sería mucho más conveniente que respondieras desde adentro que está ocupado? —Inquirió, increíblemente exasperada.
—Tienes razón —respondió con esa expresión idiota que estaba comenzando a detestar.
Le puso seguro a la puerta y se dirigió a la taza de baño... y se congeló en el acto.
—¿Qué? —Inquirió él.
—Eh... Arnold... ¿Qué se supone que debo hacer con... esto...?
Sabía lo que debía hacer, en teoría, pero... demonios...
Miró los ojos del chico (sus ojos) abrirse de par en par, luego su rostro ponerse MUY rojo.
—Pues hay qué sacarlo y... ¿usarlo?
—¿Sacarlo? ¿Tengo qué tocarlo?
Ahora fue turno de ella de ponerse como un tomate.
—Tienes qué hacerlo para... orinar...
—Mh-mh. No voy a tocar eso —Dijo tajantemente, mientras negaba con la cabeza.
—Bien, entonces déjame hacerlo a mi.
—Ok.
Le desabrochó el cinto y el botón del pantalón, luego le acercó la mano al cierre, y Helga pegó un brinco.
—¿Ahora qué pasa? —Inquirió le chico. Ahora era su turno de exasperarse.
—No vas a tocar eso... ¡Esas son mis manos!
—Solo vas a... voy a... ¡Mi cuerpo tiene qué orinar!
Era todo. Se iba a reventar.
Sin pensarlo demasiado, se abrió el cierre, se bajó los pantalones con todo y ropa interior y se sentó.
...Y el alivio que sintió fue descomunal.
—Oh, por Dios... —Cerró los ojos mientras sentía a su vejiga vaciarse por fin. Casi perdió la cuenta del tiempo que duró orinando, y cuando por fin terminó, vio que Arnold le daba la espalda, cruzado de brazos. Pudo ver sus orejas coloradas en el reflejo del espejo —. Bien, ¿y ahora qué sigue? ¿Lo seco con papel? —Preguntó, muy incómoda de nuevo. El alivio que había sentido por unos momentos comenzaba a abandonarla.
Arnold, aún cruzado de brazos, agachó la cabeza. Pudo ver que se mordía el labio.
—Ahora se... se sacude.
—¿Hay qué sacudirlo? —Inquirió ella, curiosa.
—Ajá.
—¿Así sentada o me tengo qué parar?
—¡Yo nunca me siento para orinar!
Helga se encogió de hombros.
—¿Y por qué no? Todo salió bien, a mi parecer.
—Solo... ponte de pie.
Helga, sin pensar, le hizo caso. Y aunque no había sido su intención mirar; Si hasta había levantado la vista para no hacerlo, terminó mirándolo en el reflejo del espejo.
Su cara estalló en llamas a la vez que se llevaba las manos a los ojos.
—¡Ya te orinaste los zapatos! —Soltó Arnold, molesto, a su lado.
Helga continuó con los ojos cerrados mientras sentía al chico levantarle la ropa interior y los pantalones y devolverlos a su sitio. Hubiera jurado que ya no quedaba nada ahí cuando se levantó. ¿Cómo se había orinado?
—Ya puedes abrir los ojos —Susurró, de un humor de perros, y Helga le hizo caso.
—Perdón —susurró a su vez ella —. No era mi intención mirar...
—Ya, da igual —La cortó él —. Vamos a tener qué ir aprendiendo a lidiar con el cuerpo de otro mientras encontremos una solución para esto. A mí no me importa que toques mi pene, Helga. Es necesario para ir a orinar, porque no te vas a andar aguantando las ganas todo el día por una tontería como esa. Yo me bañé anoche con tu cuerpo, ¿sabes?
Helga, que ya estaba a punto del desmayo cuando había escuchado al chico mencionar el darle permiso sobre tocar su... cosa, se sintió aún peor con la última afirmación.
—¿Qué? ¿Te bañaste? ¿Con MI cuerpo?
—Tu madre no me dejó opción —Soltó el chico encogiéndose de hombros —. Me metí a la tina con ropa interior, y traté de tocar lo menos posible y te prometo que no vi tus partes ni nada, pero hay qué buscar el modo de hacer las cosas, y un hombre no puede solo ignorar a su pene, ¿sabes?
—¿Quieres dejar de decir "pene"?
—¿Y cómo es que quieres que le diga?
Pero la respuesta ya no importó. Unos pasos muy claros se escuchaban por el pasillo.
Helga corrió a la puerta y se tiró al suelo para ver por abajo.
Ambos se sumieron en un silencio sepulcral.
—Es Miriam —Susurró Helga mientras miraba a Arnold en un tono tan bajo que prácticamente solo movió los labios —. Va hacia su recámara.
Arnold solo asintió. Escucharon la puerta abrirse y luego cerrarse, y Helga abrió su propia puerta con sumo cuidado, checó el pasillo y le hizo una seña al chico para que la siguiera. De puntillas llegaron al cuarto de Helga, entraron y cerraron. Helga volvió a poner seguro, luego fue y se sentó en la cama. Arnold la siguió.
—¿Y bien, Arnold? ¿Qué sabes de nuestra situación?
—¿Además de que tú estás en mi cuerpo y yo en el tuyo?
—¡Oh! Sí —Afirmó Helga con los ojos muy abiertos; Daba igual la cara de quién fuera, Arnold podría distinguir la ironía de Helga hasta en el rostro de una hormiga —Por supuesto que además de eso ¿Sabes qué preparó Miriam para el desayuno? ¿O sabes si tu abuela tiene planeado servir otra cosa que sandía para el día de hoy?
—Tu madre preparó huevos con tocino y yo no tengo ni puta idea de qué es lo que está pasando, Helga. Ni siquiera estoy convencido de que esto sea real. Es decir, ¿acaso es esta otra de tus bromas?
Helga casi se atragantó del sarcasmo.
—¡Oh, claro! ¡La clásica broma del cambio de cuerpos! Es tan de los ochentas, ¿En serio no la conocías? ¡Un clásico desde las reuniones de nuestros abuelos!
Se miraron un momento, con ganas de estrangularse.
Arnold no creyó jamás que le exasperaría tanto ver su propia cara, y Helga se encontró deseando con toda su alma provocarse otro moretón en el ojo sano.
Duraron un buen rato solo mirándose, hasta que los ánimos de ambos se calmaron un poco. Fue Arnold el primero en retomar la conversación luego de un largo suspiro.
—Peleando entre nosotros no vamos a lograr nada, Helga. Si queremos salir de esta, vamos a tener qué cooperar.
Helga, muy a su pesar, le dio la razón. Se quedaron un buen rato uno al lado del otro, sentados de frente al armario y con las manos tras ellos recargadas en el colchón.
—Daría cualquier cosa por saber qué demonios está pasando —Soltó Helga, junto a un gran suspiro, y se dejó caer de espaldas sobre la cama.
Arnold la siguió.
—Debemos comenzar a investigar, pero, ¿por dónde?
Helga solo gruñó. Luego volteó a ver a Arnold. Ver su propia cara de frente era... nunca se iba a acostumbrar a eso.
El chico pestañeó.
—No me había dado cuenta, pero yo también me lastimé en el partido. Estoy todo raspado.
—¿De verdad? —Inquirió ella —Yo tampoco lo había notado, aunque ahora que lo dices, sí siento el ardor —. Se llevó la mano izquierda al cachete con el que había aterrizado en la cancha de beisbol, cuando recién había entrado en el cuerpo de Arnold —. Creo que también me desmayé en el medio de la cancha; seguro que te van a molestar por eso en la escuela.
—¿Solo por eso? —Arnold rodó los ojos —Y supongo que el que casi te haya matado por segunda ocasión no lo recordará nadie...
—No te preocupes. A lo mucho te molestarán por no haberte asegurado de dejarme bien muerta. Además de que todo lo que te digan, me tocará a mi. Tú estarás bien mientras les levantes la voz y el puño. He enseñado a la escuela completa a que huyan después de aquéllo.
—Nadie desearía que estuvieras muerta, Helga.
—Claro que no. Ambos sabemos que soy el ídolo de las masas...
El chico sonrió. A Helga le pareció muy curiosa la manera en la que se veía su cara con una expresión tan suave; Casi parecía otra chica, y una mucho más bonita. Ahora fue el turno de ella de sonreír. No había una sola cosa en el mundo que ese chico no mejorara con su presencia.
Arnold miró con deleite la dulce expresión que reflejaba su rostro. Aún cuando las facciones eran suyas, esa sonrisa hizo que el pecho se le llenara de una sensación muy agradable. Siempre era un espectáculo magnífico ver a Helga tranquila, así fuera en su propio rostro.
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Sip. Otro capítulo sobre orinar.
Perdón por la repetición pero es que se me ocurren tantas cosas que serían TAN raras estando en el cuerpo de otro... Casi tan raro como el cambiarse de cuerpo en sí... Ahora peor si es del sexo opuesto; Porque por más que nos parezcamos, el cuerpo masculino y femenino guardan muchas diferencias, y una vez que escuchaba una plática sobre ellas, se me ocurrió esta historia.
Igual la historia no se va a tratar solo de eso, no se preocupen. Pero si creo que serían factores desconcertantes que hace falta tratar y reírnos un poco de ellos.
En fin. Muchas gracias por leer y sobre todo por los reviews que han dejado en este fic. Triple agradecimiento a The J. A. M. a. k. a. Numbuh i, Sandra Lobos, Nikki, Guest (doble agradecimiento, creo. Supongo que es ambos reviews son de la misma persona). Bueno, como sea, gracias. También muchas gracias a LMild, Ale, Tenya 13 y Guest. También muchas gracias por los favoritos y los follow, aunque no tengo ahorita a la mano de quiénes son. Igual muchísimas gracias.
Y ya mejor dejo de decir "gracias" y digo:
¡Nos leemos!
