El presente fic participó de la actividad "Fictober 2022" del grupo "Accio Story"y la página "El enigma del Kelpie" en facebook. Reclamó autoría de la trama, mas no de personajes y el mundo en el que se desarrolla.
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Pansy Parkinson estaba que echaba humo por las orejas mientras hacía sonar su costoso y estilizado calzado en los lustrosos pisos del Departamento de Transporte Mágico del Ministerio.
La joven parecía un vendaval de fino traje y perfume de peonías y seguramente habría provocado algún piropo o silbidos si durante su caminata (cacería) no hubiera dado tanto miedo como una banshee.
Desde que dio el "motivo" de su visita en el lobby del Ministerio, se supo que esa bruja o se salía con la suya o prendía fuego a todo el edificio.
-Mi jodido trabajo.
-Vengo a asesinar a un condenado pelirrojo.
-¡Castraré a una comadreja!
Eso y más quiso gritar en el lobby para que le permitieran entrar, no obstante, dio su último respiro de mediana calma y pronunció: "Cumplimiento contractual».
Luego empezó su cacería.
Y ahora, frente a la ridículamente anticuada puerta de la oficina principal en ese piso, juraba que si no salía en quince minutos de ahí con lo que había tenido que ir a buscar, entonces no habría dios ni ancestro capaz de proteger a ese Weasley de su ira.
Como recibiera una negativa más de su parte. Solo una. Ella no sería responsable por sus actos.
«Última muestra de buena voluntad», se dijo, alzando la mano y tocando la madera con mesurada fuerza, demostrando educación.
No hubo respuesta.
Pansy se obligó a respirar.
Tal vez no escuchó. Se dispuso a tocar de nuevo, cuando de repente la puerta de la oficina dio paso a un, primero concentrado, luego confuso, Percy Weasley.
El mago llevaba puesta una túnica sencilla, oscura, de cuello alto perfectamente abotonado, además de zapatos lustrosos, el cabello peinado con raya al medio y un par de anteojos que parecían los de Madame Pince.
Atuendo mortalmente aburrido, en opinión de Pansy.
¿Quién le escogía la ropa? ¿Su abuela?… hasta Arthur Weasley tenía algo más de presencia en su vestimenta. Pobre, sencilla; pero con carácter. Lástima que su hijo parecía tener más dinero; pero cero personalidad.
Literalmente, el hombre era un desgarrador llamado de auxilio en un par de –aún más aburridos– zapatos de imitación de cuero de dragón.
—¿Tiene cita, señora…?
Pansy dejó de observar su traje y alzó los ojos hacia los suyos, indignada.
¿Señora?, ¿Había osado llamarla señora? ¡¿A ella?!
Oh, si no fuera porque Pansy amaba su trabajo y prefería ejecutarlo desde su sofisticado atelier y no desde una celda en Azkaban, ese Weasley sería comadreja muerta.
—Soy Parkinson. Señorita Pansy Parkinson. Y no, no tengo una cita, señor Weasley. Estoy aquí cumpliendo mi obligación como encargada de la confección de los nuevos trajes de gala de su departamento para el aniversario de la Batalla de Hogwarts. Como debe recordar, me he cansado de pedirle que fuera a mi establecimiento en Diagon Alley para tomar sus medidas.
Percy frunció ligeramente el ceño como tratando de recordar algo que, aunque para la bruja parecía importante, para él se escuchaba como una nimiedad.
—Ah. Sí. Muchas lechuzas insistentes—dijo, o más bien murmuró lo último—. Si recuerdo bien, le mandé por correo las medidas necesarias.
Pansy se aferró con uñas y dientes a lo poquito que quedaba de su paciencia.
—Y yo, amablemente, le respondí que es política de mi empresa el guiar nuestro trabajo no solo con telas de nuestra cuidadosa selección, sino con las medidas personalmente tomadas por nuestros expertos.
A Percy, ese tonito de falsa gentileza le pareció desagradable.
—Razón por la que le informé que tomaría el servicio de mi sastre personal—le respondió.
«¿Sastre personal?, ¿Quién ? ¿Un troll ciego?», pensó Pansy.
—Mis horarios y trabajo escasamente me dejan suficiente tiempo libre para ocuparme de ciertas, ahm, actividades, señorita Parkinson. Creo habérselo escrito con anterioridad, además de haberle pedido también, muy amablemente, le enviara el diseño a mi sastre.
—Cosa que no hice ni haré.
Percy parpadeó, perplejo
—¿Perdone?
Ella le miró altiva.
—¿Tiene idea de lo mucho que pagaría cualquiera de la competencia por hacerse de un diseño mío?—dijo—. Mi atelier es conocido no solo por la calidad del trabajo sino por la exclusividad y la novedad en el tratamiento de las telas. Lo que usted me pide es imposible, enviar mi diseño a quien fuera, implicaría entregar mi secreto profesional únicamente porque usted no puede tomarse veinte minutos de su muy apretada agenda para cumplir con algo que todo su departamento ha cumplido desde la primera semana de mi contrato.
Percy se masajeó el puente de la nariz.
Nunca había sido adepto a las fiestas o celebraciones y, principalmente, ese le generaba menos ganas de asistir.
Un baile.
Protocolo o no, Percy tenía cero ánimos de ir al castillo y recordar la muerte de Fred y de tantos otros. Pero, claro, no podía no ir. Era el jefe de su departamento, después de todo.
Ah, pero la complicación no acababa ahí. Ese año, Shackelbot había ordenado que cada Departamento ostentara un diseño y color de túnica uniforme para el evento. Razón por la que se contratataron siete ateliers entre los que se sortearon los siete departamentos del Ministerio.
Razón por la que Pansy Parkinson lo había estado atosigando con una y otra lechuza pidiendo que fuera a tomarse las medidas para su traje.
Causa para que, tras su insistente negativa y posterior indiferencia, dicha bruja estuviera ahí.
—Escuche, tengo tantas ganas de estar aquí como usted de atenderme, señor Weasley; ¿Por qué no finiquitamos este asunto?—dijo Pansy, abriendo su bolso y sacando una libreta y una cinta métrica.
Percy lució cohibido al saber lo que se proponía la bruja.
—No me tomará mucho. Podemos entrar a su oficina. Tomaré las medidas y no tendrá que verme de nuevo. Todos felices. ¿Ve? Hagámoslo lo más rápido posible.
Pero cuando intentó entrar a su oficina, él la cerró.
—No. Tengo asuntos pendientes y no puedo ahora—dijo—. Es más. Lamento haberle hecho perder su tiempo, señorita; pero acabo de decidir que no iré a la gala.
—¿Qué?
—No soy partidario de fiestas en general.
—Pero usted es el jefe de este departamento. ¡Esto es absurdo! ¿Acaso es tan terrible hacerse tomar unas condenadas medidas?
—No es eso. Y, disculpe; pero como le dije ya, tengo pendientes que atender. De hecho, llego tarde a uno. Perdone.
Pansy se quedó en shock cuando el pomposo pelirrojo pasó por su lado sin dedicarle una segunda mirada.
Sufrió un tic en su ojo.
Las ansias asesinas volvieron con fuerza.
¿Quién demonios se pensaba Weasley que era? Es decir. La dueña de "Parkinson Atelier" había ido en persona a realizar una función que, más que mero cumplimiento contractual, era una gollería en observancia a su cargo y su jodida necedad. ¿Y él se comportaba como si fuera el Ministro de Magia o la condenada Reina de Inglaterra?
Ah, no.
Eso no se quedaba así.
Otra vez, transformada en lo que bien podría ser una mezcla entre banshee y dementor, raudamente atravesó aquel sexto piso con una idea fija en su mente: Salir del Ministerio con las condenadas medidas, o salir de ahí con la cabeza de ese Weasley bajo el brazo.
Percy no supo qué pasó hasta que fue tarde. Claro, escuchó el furioso taconeo tras de él; pero se negó a voltear, y, claro, debió considerar sospechoso que tras entrar en el ascensor ministerial, de pronto, sus siete ocupantes salieran despavoridos dejándolo solo y a merced de cierta bruja pelinegra con expresión de asesina serial.
Cuando quiso preguntar qué pasaba. Ella accionó el ascensor y, varita en mano selló la entrada, para luego esperar a que se moviera un poco y conjurar:
—¡Res pausa!
El ascensor, si bien no se detuvo, sí comenzó su ruta a un ritmo que nada tenía que envidiarle a la velocidad de una tortuga.
—¿Qué cree que está haciendo, señorita Parkinson?—exigió saber Percy, sufriendo un muy ligero escalofrío cuando los ojos verdes de la chica se clavaron en los suyos.
—Mi trabajo. Y ahora tú, pomposo engreído, vas a cerrar la boca y cooperar o en serio no vas a poder ir a la gala; ¡Pero por necesidad de asistencia médica para cuando acabe contigo!
—¡Esto es demencial! ¿Se da cuenta que acaba de amenazar a un funcionario del Ministerio?, ¡Soy jefe de mi Departamento!
—Y un dolor en mi perfecto trasero en este mismo momento, ¡Ahora a callar!
Percy enrojeció hasta las orejas y boqueó como pez fuera del agua; reaccionando solo al verla sacar de nuevo su cinta métrica y acercársele.
Por instinto él se apegó a la pared del ascensor, hasta que recordó que era mago y empuñó su varita.
—Se lo advierto, un paso más y no respondo.
—Aw, qué caballero. Advirtiendo antes de defenderse—dijo Pansy—. Lástima.
Percy no vio venir el expelliarmus; sino hasta que vio con horror cómo su varita salía despedida de su mano rumbo a la de la bruja, quien la guardó dentro de su túnica.
Y para rematar su espanto. Pansy le sonrió encantadora.
—¿Dónde estábamos?—le dijo, levantando su cinta métrica.
—No—declaró Percy, pasando por su lado para refugiarse en el otro extremo de la cabina.
—Oh, por Merlín, ¡No seas llorón, Weasley! ¡Tomar medidas no duele!—reclamó Pansy, persiguiéndolo, siendo esquivada como toro en corrida.
—¡Dije que no! ¡Esto prácticamente es acoso laboral!
—¡Ja! ¡Por favor! En primer lugar yo no trabajo en el Ministerio, en segundo lugar, ¿Desde cuándo tomar medidas califica como acoso?, ¿Cómo te hace los trajes tu muy ciego sastre? Y, en tercer lugar, ¡Ya quisieras!, ¡Ven acá, Weasley, no me obligues a hechizarte!
—¡No!, ¡Es que usted no entiende!—exclamó Percy, esta vez deteniéndola de los hombros antes de que alcanzara a medirle el pecho.
Pansy bufó con hastío.
—Urgh, en serio que eres peor que un crío. A ver, ¿Qué es lo que no entiendo?
—E-Es que yo… ¡Yo no necesito ningún traje!
Pansy enarcó una ceja.
—Enfáticamente disiento con eso—le dijo, mirándole de pies a cabeza—. El meollo del asunto no es que "necesites" un traje de gala o no, y, si tu atuendo actual dice algo de tu guardarropa, obviamente lo necesitas. El punto es que existe un contrato de por medio. No lo cumplo, no me pagan y ¡Que me condenen si pongo el trabajo de más de un dos meses en juego solo por capricho tuyo, Weasley!
Percy tuvo segundos para discernir una posible solución.
—¿Cuánto quieres?—dijo, olvidando las formalidades.
Pansy lo miró fijamente.
—Di tu precio. Tengo dinero. ¿Cuánto para que te olvides de este asunto y me dejes en paz?
Ambos se quedaron en mortal silencio. Percy aún con los brazos estirados, listo para frenar cualquier avance. Pansy luciendo como si de veras estuviera considerándolo.
Pero, ¿Qué tanto tenía que pensar?, se preguntaba el pelirrojo. No entendía. Su solución era perfecta. Ella tendría su dinero y él su paz, ¿Por qué no decía nada?
—¿Q-Qué pasa?—se animó a decir.
—Entonces no estás bromeando—dijo Pansy—. En serio estás dispuesto a pagar todo el servicio de mi atelier para tu departamento con tal de que no te toque.
Percy tragó pesado. Él solo pensó en ofrecer el costo de su traje; pero no se iba a poner a regatear el precio de su tranquilidad. Así que asintió.
—¿Por qué?
—¿Disculpa?
—¿Por qué? ¿Qué hay de horrendo en que te toque? Es lo que quiero entender. ¿Es por mi status?, ¿Crees que voy a maldecirte?, ¿Porque soy la Slytherin que quiso entregar a Potter en la guerra?, ¿O por los rumores que me tildaban de mortífaga? Porque no lo soy. No peleé ni me inmolé en la batalla de Hogwarts como tu familia y tú; pero tampoco alcé mi varita en contra. Puedo mostrarte mi brazo si…
—¿Q-Qué? ¡No!—reaccionó Percy, deteniendo el intento de la bruja por quitarse la túnica.
—¡Entonces no entiendo por qué!—explotó ella—. Si no es por nada de lo que dije, ¿Por qué pareces evitarme como si cargara con alguna plaga en las manos?
Golpeó el suelo con el tacón, frustrada.
—¡Circe! ¡Solo intento hacer mi trabajo! Esto no es por el dinero únicamente, ¡Es mi prestigio! ¿Tienes idea de lo mucho que costó que el Ministerio considerara mi empresa para este evento? ¡Llevo presentando la solicitud desde hace años! Y si no fuera por la idea que tuvo Shacklebolt de prácticamente uniformar a los Departamentos, seguiría en lo más hondo de la pila de papeleo burocrático. Esta puede ser la única oportunidad que tengo de demostrar que soy la mejor, ¡Porque, demonios, lo soy!
Segundos de culpabilidad en el rostro de Percy, cedieron ante el miedo nuevamente cuando detectó un brillo peligroso en los ojos de Pansy.
—Ódiame si quieres, no me importa, medio mundo mágico ya lo hace, sea por mi apellido, mi crianza o por un maldito error en mi adolescencia. Pero voy a salir de aquí con tus medidas así sea lo último que haga.
Entonces alzó su varita hacia el rostro de un pálido Percy.
—¡Petrificus Tota…!
—¡TENGO COSQUILLAS!
De haber presenciado ese preciso momento en el ascensor, sin contexto, cualquiera habría apostado su mano derecha a que la malvada mortífaga había acorralado al pobre–y muy pálido–Percy Weasley y que estaba a punto de aplicarle un Avada.
La escena, no obstante, lejos de ser mortal cómo parecía, era de lo más cómica. Percy, aún con los brazos extendidos, tercos en abandonar su postura de defensa, tenía los ojos fuertemente cerrados y el rostro ladeado, como esperando el impacto del hechizo. Mientras que Pansy, como si la petrificada hubiera sido ella, tenía la punta de la varita dirigida a la cara del pelirrojo, la boca entreabierta sin poder articular nada decente o entendible y la mente como embotada, tratando de discernir si había escuchado bien.
Cosquillas.
Si no fuera porque insonorizó la cabina, seguramente habrían escuchado a Weasley en la cima del Himalaya. ¿En serio todo ese lío podía tener una explicación tan…? ¿absurda?
Percy, al comprender que había revelado un detalle por demás bochornoso sobre su persona, bufó, molesto, perdiendo un poco del mesurado decoro del que siempre solía hacer gala.
—Bien, ahí tienes tu explicación—espetó—. Tengo cosquillas, por eso no me gusta que me toquen si puedo evitarlo. ¿Ya puedes quitar el hechizo del ascensor?
—¿Me estás tomando el pelo?—dijo Pansy, superando la impresión—. ¿Qué clase de excusa ridícula es esa?, ¿Cosquillas?… ¡Vaya exageración!
—¡Es que no es una exageración! Sé que suena tonto. Merlín… ¡Es tonto! Ridículo. Pero no estoy hablando del tipo de cosquillas que causan una incomodidad tolerable, no. A mí me causan espasmos. Incluso reflejos violentos, ¡Hasta me contorsiono!
Pansy parpadeó, perpleja.
—Por eso solo dejo que mi sastre me haga los trajes o los compro ya hechos de alguna talla estándar. Por favor, entiende… no me puedes tomar ninguna medida. Si llego a sentir algo de presión donde no debo o me… mierda—pausó Percy, sonrojándose y haciendo respingar a la joven bruja por el exabrupto—. Si me rozas la piel, estaré perdido. ¡Puede que te golpeé o acabe doblado en dos, tirado en el suelo y, muy posiblemente, llorando de risa como un patético desaforado!
Pansy se humedecó los labios y fue bajando la varita lentamente. Sus ojos, antes con un brillo peligroso, ahora lo miraban con algo cercano a la empatía. Tenía minutos de haber decidido que no estaba timándola y hasta se sentía un poco culpable por orillarlo a revelar algo tan íntimo.
—Entonces…—musitó—. ¿Cómo trabaja tu sastre? Si no puede tocarte, quiero decir.
Percy desvió la mirada, avergonzado.
—Toma las medidas a unos centímetros de mi cuerpo. No me toca, es… él entiende.
«Claro, por eso su ropa parece encajar por partes y por otras ajusta o cuelga sin sentido», pensó Pansy.
—Si eres tan cosquilloso, ¿Cómo es que saludas de mano a un superior o un familiar? Los Weasley son conocidos por ser, además de numerosos, muy, ahm, dados a expresiones de afecto público.
—Mis manos, afortunadamente, no me hacen sufrir. Y sobre lo otro, no soy el Weasley más afectivo de mi familia. Quizá con excepción de mi madre y muy eventualmente con mis hermanos, en especial después de lo de… —titubeó entonces—. …Fred.
«¿Por qué diablos le estoy diciendo todo esto?», se preguntó enseguida. Pansy entretanto parecía pensar algo muy importante.
—Mmm, entonces, las… cosquillas, ¿Suceden solo ante presión en ciertas, ejem… partes?
Percy lució agobiado. Sus orejas hacía rato debían de parecer dos linternas rojas.
—Si me tocan piel a piel, es peor. Pero sí, la presión no ayuda—admitió.
—Solo manual, es decir, algo como un ¿apretón?
—¿A qué viene tanta pregunta?
—Solo responde.
Percy entornó la mirada y suspiró largamente.
—Mayormente. Sí. ¿Ya está satisfecha tu curiosidad?
—Algo—dijo ella con mucha naturalidad y entonces elevó la mirada hacia la suya.
Percy tragó pesado.
—Entiendo tu dilema, Weasley.
«Okay, es una buena señal», pensó el pelirrojo.
El alivio no le duró mucho.
—Pero, ¿Qué dirías si te dijera que hay una forma de tomar las medidas sin que yo te toque?—dijo Pansy—. Solo piénsalo. Gano yo y ganas tú. No solo te librarías de mí sino que tendrías un traje nuevo que de verdad te quedara bien.
«¡Me veo bien!», quiso protestar Percy.
—Tengo la intención de que los miembros del Departamento de Transporte Mágico sean los mejor vestidos en el evento. Incluso mejor que los aurores y a ti te debe constar que, en las galas, son auténticos pavos reales.
Percy no pudo evitar estar de acuerdo.
—Este es mi trato. Déjame intentar. Solo tienes que colaborar y te doy mi palabra de que si llego a provocarte una sola cosquilla, me rendiré, tomaré mis cosas y me iré sin protestar. Ni siquiera reclamaría tu previa oferta de soborno.
Percy enarcó una ceja. Casi aceptaba sin meditarlo; pero entonces recordó que la chica era una ex Slytherin y su instinto le sugirió que su confianza podía estar cayendo una trampa.
—¿Acaso no escuchaste que podría lastimarte físicamente?—preguntó—. Porque fue en serio. Espasmos. No los controlo y podría…
—Ah; pero no estaré cerca como para dejarte alcanzarme. Además, como ya debiste notar, soy una bruja con muy buenos reflejos. Estarías petrificado en un dos por tres—dijo Pansy.
Percy la creyó muy capaz.
—¿Sabías que "Res Pausa" es una variación del "Arresto Momentum"? Del tipo de hechizos que parecen inútiles hasta que llega el día en que los necesitas—dijo Pansy, caminando hasta la pared contraria del ascensor, donde se apoyó con aire despreocupado—. Hasta que lo quite, la cabina seguirá su curso muy lentamente. Con suerte llegaremos al lobby al anochecer y habrás perdido tú muy importante reunión. Así que tú dirás.
—Y ahora estás chantajeándome.
—Meramente te explico el curso de los hechos futuros—sonrió ella—. Vamos, Weasley, peleaste en la guerra. No me vas a decir que dejar que acerque mi cinta métrica a ti es más complicado que eso.
Percy sacó un reloj del bolsillo de su chaqueta. Para él llegar tarde implicaba llegar a la precisa hora indicada y, si dejaba que la bruja lo siguiera reteniendo, llegaría cuando estuvieran iniciando.
Sería la primera vez en su casi intachable carrera, (entendiendo el casi como: Su etapa de lamezuelas de Fudge).
Inconcebible.
Miró a Pansy. Ya había hecho suficientes cosas vergonzosas frente a ella, como huir despavorido y ser correteado dentro de una cabina de ascensor, aparte de admitir lo de las cosquillas.
Y era claro que ella no se iba a rendir. Así que solo quedaba una opción: Darle prisa al mal paso.
—Bien.
Pansy casi perdió un poco de su balance al escucharlo; pero sabiendo que la aceptación pendía de un frágil hilo, se sobrepuso y adoptó toda su pose profesional lo mejor que pudo.
—Quítate la túnica, el saco y retírate la corbata, por favor.
Vio a Percy con toda la intención de protestar; pero ella no quitó la mirada de la suya, por lo que el terco mago tuvo que tragarse lo que fuera que quisiera decir y se limitó a obedecer.
«Circe, la camisa es peor. Apuesto a que la compra en talla estándar y por eso se arruga tanto en ese saco mal hecho», pensó Pansy, mirando detenidamente al pelirrojo mientras él colgaba sus prendas en los barandales del ascensor, casi con mimo. «Yo que él las quemaría».
—¿Ahora qué?—dijo Percy cuando acabó.
Pansy le miró un poco divertida. En ese punto podía tomar las medidas que necesitaba; pero ver al pomposo pelirrojo así de ansioso le causó una diminuta ternura. Su traje, por supuesto, quedaría espectacular; pero definitivamente, él le restaría presencia y elegancia si usaba una de esas horrendas camisas que seguro habría comprado por docena.
Le daría una pequeña dádiva como símbolo de buena voluntad. Aunque por dicho símbolo tuviera que guerrear un poquito más.
—Quítate la camisa también, por favor.
—¿Disculpa?, ¿Por qué es necesario?
Pansy ladeó la cabeza.
—Weasley, la profesional aquí soy yo. Si digo que necesito que te quites la camisa es porque es necesario. Además, ¿De qué te preocupas tanto? Seguro que llevas camiseta y, si no, bueno… por mí no te inquietes, no es como si nunca hubiera visto hombres semi desnudos antes.
Percy se ruborizó hasta las orejas; pero comenzó a desabotonar la camisa a regañadientes.
Increíble que estuviera haciendo algo así en mitad del ascensor en el Ministerio. Casi parecía algo inventado por Fred y George. De hecho, casi podía imaginar a los gemelos partiéndose de risa si lo vieran.
El siempre estricto y serio Percy Weasley quitándose la ropa voluntariamente a la mitad de un ascensor ministerial y por pedido de una ex Slytherin.
Era seguro que, desde dónde estuviera, Fred lo consideraría la broma del año.
«Vaya, vaya, quién lo viera. Bien dicen que no hay que juzgar al libro por la portada ¿cierto?», pensaba Pansy entretanto, sorprendida de que Weasley no fuera tan soso debajo de la ropa como parecía.
No tenía el cuerpo atlético de un auror o de un jugador de Quidditch profesional; pero tampoco era desgarbado. Su altura le beneficiaba, su espalda era ancha, sus hombros fuertes y sus brazos, aunque no demasiado musculosos, sí lo suficientemente fornidos como para llenar un traje que de verdad le otorgara porte y elegancia.
Y entallaría mejor los pantalones. Algo le decía que Percy Weasley tampoco era soso de la cintura para abajo… si es que la curva sexy de su cadera era buen augurio.
—Ya está.
—Maravilloso—dijo Pansy, intentando concentrarse pese a haber dicho esa palabra con total y consciente doble intención—. Bien. Estira los brazos, por favor y quédate quieto.
Percy hizo lo que le pedía y luego Pansy usó su varita para encantar su cinta métrica y dirigirla hacia él.
Por instinto, el pelirrojo cerró los ojos y esperó por el nefasto momento que sabía que llegaría. «Sigo pagando por mis pecados», pensó esperando la risotada, el espasmo, la convulsión o lo que llegara primero.
Merlín. Al menos no tendría espectadores.
—Mmm, 100 cm de espalda y 90 cm de pecho. Nada mal, Weasley—oyó decir a Pansy y abrió un ojo solo para espantarse al verla a centímetros suyo, concentrada mientras anotaba en su libreta.
La cinta entretanto se deslizaba por su cuerpo como una serpiente, ajustándose solo lo suficiente cada vez que la bruja lo requería.
—Veamos…—dijo Pansy y Percy tuvo que hacer un gran esfuerzo para no brincar y alejarse al sentir su aliento cerca de su nuca—. Tranquilo, no ha habido cosquillas, ¿O sí?
—N-No…
—Perfecto, entonces. Ahora, por favor relaja el cuello o la cinta podría cortarte.
Percy la miró alarmado.
—Solo bromeaba, Weasley. Necesitas relajarte un poco. Ya casi termino.
El pobre mago volvió a tragar pesado y sintió como si al respirar estuviera metiéndose pequeñas piedritas por la nariz.
—Para tener una vida sedentaria de escritorio no pareces haber desarrollado panza—comentó Pansy mientras lo rodeaba sinuosa, medía su cintura, su talle y apuntaba en su libreta—. Culparé a la genética, supongo.
Percy le vio guiñarle el ojo; pero se sintió ligeramente ofendido.
—Disculpa; pero sí hago ejercicio. Ocasionalmente. Realizamos partidos de Quidditch en casa los fines de semana.
—Ah. Demos gracias por los pequeños favores de la vida, entonces—dijo Pansy y Percy estuvo a punto defender su posición (obligada) de cazador en los partidos familiares, cuando de pronto se quedó anonadado al ver a la chica hincar una rodilla en el piso frente a él.
—¿Q-Qué estás haciendo?
—Separa las piernas, por favor.
El mago abrió y cerró la boca, perplejo.
—P-Perdona, ¿Qué dijiste?
Pansy levantó la mirada y le arqueó una ceja.
—Dije que separes las piernas. Es la única forma de medirte la entrepierna como se debe.
Percy no dijo nada; pero sí emitió un sonidito que se escuchó como si estuviera atragantándose.
—Oh, por amor de Merlín. Acordamos que colaborarías—reclamó Pansy—. No querrás dejar precisamente esa medida al tanteo, Weasley. Así el resultado final podría ser desastroso. Tendrías que caminar en el evento como si alguien hubiera inflado un globo en tu entrepierna o bien pasarte la noche sintiendo cómo la tela estrangula las joyas de la familia.
Percy lució más en shock. Y lo peor del asunto era que, más allá de la obvia sorpresa por el comportamiento de Pansy Parkinson, estaba comenzando a descubrir que no le desagradaba del todo. Él, que siempre actuaba acorde a las formas y protocolos establecidos, de pronto sentía un cosquilleo agradable en el estómago que nada tenía que ver con la tensión ni era augurio de espasmos o convulsiones.
—Circe. Por joyas de la familia, me refiero a…
—Sí, ya sé a lo que te refieres, gracias. No lo tienes que explicar—logró decir Percy antes de que lo hiciera sonrojar más.
Y así, separó las piernas mientras enfocaba la mente en pensar en Cornelius Fudge vestido de Cupido para no montar ninguna escena en sus pantalones.
Porque con Pansy donde estaba, dándole un ángulo no pedido (pero que se agradecía) de lo bien que le quedaba su falda, tenía material.
Alguien tendría que darle un premio a la paciencia y la resistencia, de hecho.
—Y… listo, terminé—anunció Pansy, de repente—. No estuvo tan mal, ¿O sí? Solo mírate, ni un espasmo. Y ¿yo? Invicta y hermosa como siempre.
Percy la vio meter su libreta y su cinta de regreso en su bolso a punta de varita, para luego verla apuntar a la puerta del ascensor.
—Finite Incantatem—añadió Pansy con toda calma y luego le dirigió una sonrisita traviesa—. Yo que tú me vestiría.
Cuando la cabina se sacudió un poco y regresó a su velocidad normal, Percy entró en pánico.
—¡Merlín! ¡Pudiste avisar!—reclamó, peleando a muerte con los botones de su camisa e intentando fajársela lo más rápido posible—. Oh, no. Oh, no, ¡Mi corbata!, ¡¿Dónde está mi corbata?!, ¡¿Dón…?!
Pansy carraspeó y le sonrió cuando un muy acelerado Percy volteó de golpe. Ella tenía la corbata en su mano.
Si fuera otra persona, de seguro se la habría arrebatado de un zarpazo; pero a notar un brillo curioso y no de burla en los ojos verdes de la bruja, Percy no fue capaz de enfadarse.
De hecho, no fue capaz de eso ni de moverse. Pansy entornó entonces la mirada y se acercó con resolución.
—Para que luego no digan que los Slytherin no tenemos corazón.
—¿Q-Q-Qué…?
—Shhh…—siseó ella. Percy se puso rígido cuando la vio enlazar su cuello con la corbata y meterla correctamente entre la tela de la camisa.
—S-Señorita Parkinson, ¿Qué está…?
—Se le dice: "Anudar la corbata"—dijo ella, concentrada en realizar el nudo—. Y puedes llamarme Pansy, si quieres. Cuando me dices "Señorita Parkinson" te escuchas de la edad de Dumbledore. Yo te llamaré Percy, ¿O prefieres Percival? No sé tú; pero decir "Señor Weasley" me hace pensar en Arthur Weasley. Es un poco extraño. Y "Weasley" a secas tampoco se oye bien, eso me lo reservo para tu odioso hermano menor. Además, que sepas que pocos han tenido el privilegio de tenerme de rodillas, así que, considérate afortunado.
«Yo… es… ¡¿Qué?!». Percy agradeció no haber dado voz a eso último… aunque sí tuvo que cerrar la boca, pues la había dejado abierta de la impresión.
—Ya está—dijo Pansy al terminar y se puso a apreciar su obra—. Bueno, supongo que ahora sí mi trabajo está hecho, salvo... Ah, espera...
Percy solo vio que le quitó los anteojos, los dobló y los colgó en su solapa, dándole una mirada contemplativa después.
—Uhjum... mucho mejor.
El ascensor anunció entonces su última parada y ambos pudieron escuchar a otras personas hablando cerca.
Pansy pareció decidir algo en ese momento.
—Oh, ¡Qué más da!—dijo y entonces tiró de la corbata de Percy, obligándolo a inclinarse.
El pobre hombre sintió el corazón latiéndole en la garganta. Ojos azules muy abiertos se toparon con los verdes de ella, llenos de nuevo de ese brillo curioso y, luego, casi por inercia, se deslizaron hacia sus labios rojos.
Labios que le sonreían, casi felinamente.
¡Maldición, ella olía demasiado bien!
Peonías. La belleza del deseo. Sabía que había leído ese significado en algún lado.
¡Y qué acorde era en ese momento!
El beso llegó y Percy deseó que hubiese caído, como pensó en un primer momento, sobre los labios. Deseó que hubiera sido ardiente, como prometía la cercanía y el lenguaje corporal. Así después podría culpar al impulso, podría incluso decir que fue ella, o que lo tomó desprevenido.
Pero no.
No.
Pansy lo besó, sí; pero fue en un punto exacto entre su mejilla y la comisura de su boca. Escuchó el sonido de su respiración, el de sus labios humedeciendo ligeramente su piel, haciéndole contener el aliento mientras se grababa a fuego el delicioso aroma de su perfume en la memoria.
Nada superaría ese aroma. Estaba seguro.
Luego. Demasiado pronto quizá, sintió su mano presionando suavemente su pectoral sobre la camisa para apartarlo. Percy luchó para no retenerla y, un par de parpadeos después, la vio a un paso de la salida.
Casi como si la cercanía, su beso y su perfume hubieran sido solo parte de una fantasía.
Manos de seda. Ni siquiera había notado que el momento en que metió su varita de regreso a su bolsillo.
Las puertas del ascensor se abrieron entonces.
—Espera tu encomienda cualquier día de la siguiente semana, Percy, querido—dijo Pansy—. Fue un placer, estuviste de maravilla.
Y así enfrentó con una sonrisa a los dos aurores que presenciaron esa escena, completamente perplejos.
—Ah, Potter, aún sin conocer un peine, veo—dijo ella muy suelta de huesos, pasando la mirada hacia el otro auror. Su sonrisa decayó—. Weasley, sigues igual por desgracia—. Luego agitó su cabello y acomodó su bolso—. Bueno, caballeros, si me permiten, tengo prisa.
Y pasó entre ellos, quienes la siguieron con la mirada mientras dirigía su coqueto taconeo hacia una de las chimeneas del Ministerio, donde se perdió entre llamas verdes.
El siguiente en salir fue Percy, vestido solo con su saco a medio abotonar y la túnica en el brazo.
—Harry. Ronald—les dijo a manera de saludo, intentando escabullirse sin dar explicaciones.
Harry carraspeó.
—Ejem, ¿Percy?
El pelirrojo mayor volteó lo más estoico posible. Harry se señaló la mejilla, justo a un costado de sus labios.
—Tal vez quieras limpiarte un poco.
Percy sintió su rostro enrojecer sin remedio y, dirigiéndole una sonrisa incómoda, se llevó la mano a la mejilla y quitó la huella rojiza de su piel con el pulgar.
No pudiendo decir nada en su defensa, solo atinó a darle un breve asentimiento de gratitud al Niño-Que-vivió y emprendió la huida.
Cosa que no acabó tan bien como quiso, pues, apenas se alejó unos pasos, recordó adónde iba y volvió, pasando entre Harry y su hermano, de regreso al ascensor, desapareciendo de vista al instante.
Harry y Ron se quedaron donde estaban.
—Harry… esa que salió era Parkinson, ¿No?—dijo Ron, aún patidifuso.
—Eh… sí.
—Y estaba sola en el ascensor con Percy. Mi hermano, Percy, quien extrañamente estaba a medio vestir.
—Sep.
—Y él tenía labial, coincidentemente del mismo color que ella sobre…
—Ron, estoy muy seguro de que los dos vimos lo mismo.
Ron giró el rostro hacia su mejor amigo, sintiéndolo tan rígido que se sorprendió de que no se le quebrara. A Harry, su expresión le recordó a la que tuvo cuando casi partió en dos su varita en segundo año.
Era un punto medio entre estar a punto de llorar o golpearse a sí mismo.
—Oblíviame, Harry.
Harry entornó la mirada.
—Venga, tomemos las escaleras y regresemos a la oficina. Ya podrás preguntarle los detalles a Percy después.
—¡Ew, no!, ¿Quién quiere detalles? ¡Yo lo que quiero es olvidar que vi lo que vi!…
Harry ahogó una risita.
—¡¿Cuál ja-ja?!, ¡Ningún ja-ja!… ¡Harry, lo dije en serio, Oblíviame!—reclamó Ron siguiéndolo mientras su amigo se hacía el de oídos sordos—. ¡Harry, por piedad! ¡Que soy tu mejor amigo y acabo de sufrir un trauma irreparable!...¡HARRYYY!
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