01 de febrero. Konoha.

Un día como cualquier otro inicia en la gran y bella Aldea Oculta entre las Hojas, mejor conocida como Konoha. El sol brilla en todo su esplendor y con gran fuerza pues la primavera está comenzando. Como siempre los aldeanos realizan sus rutinas con tranquilidad y sin problemas; las calles de la aldea son sin duda muy concurridas, los olores de las decenas de restaurantes y puestos de comida se mezclan perfectamente llegando a todas las personas abriendo el apetito. Si avanzamos más podemos ver el edificio central del Hokage o, mejor dicho, la hokage, pues como el monumento a los Hokages muestra, se trata de la famosa "Princesa de las Babosas" Tsunade Senju.

Cabe mencionar la típica presencia de los ninjas de la aldea, quienes forman la fuerza militar de la aldea, la mayoría con sus chalecos verdes y sus bandas en la cabeza, u otras partes del cuerpo, pero a la vista. En síntesis, era un día bello y común en la aldea.

Nos situamos pues en un lugar específico: la entrada. Esa misma donde sus dos vigilantes se encontraban, como es su labor diaria, sin hacer nada, solo quejándose de lo aburrido que puede ser ese día y ese trabajo que tanto tiempo han realizado. Sin embargo, se sorprenderían mucho al divisar dos figuras acercarse al pueblo, y conforme avanzaban pudieron reconocerlos. Un hombre alto y fornido de larga cabellera blanca vistiendo ropajes verdes con un chaleco rojo, además de calzar sandalias de madera. A su lado un joven bastante conocido por todos en la aldea; su cabello rubio, su camisa manga larga naranja con negro al igual que su pantalón, ojos azules, una gran y alegre sonrisa acompañada de unos bigotes bastante extraños, tres en cada mejilla, lo delatan al instante.

–Oye, mira ¿son ellos? –preguntó Izumo sin dar crédito a lo que sus ojos veían, al tiempo que jalaba la camisa de su compañero para que viera también a aquel par.

–Si, son ellos, ¡vaya! ¿cuánto tiempo ha pasado? –respondió el otro vigilante igual de incrédulo que el primero.

–Hola, Izumo, Kotetsu, ¿cómo están? ustedes no han cambiado en nada, siguen siendo los vigilantes –sí, así es, es Naruto Uzumaki, junto el maestro Jiraiya.

El joven había cambiado bastante en esos cuatro años que había estado ausente por su entrenamiento con "El Sabio de los Sapos"

–Cielos Naruto, tu si has cambiado bastante en estos años, seguro te has vuelto muy fuerte –comentó Izumo sonriendo ante el regreso del joven rubio que bien conocía desde pequeño.

–Claro que sí, he entrenado con el viejo pervertido y ahora soy más fuerte. Bueno, vamos a ver a la Hokage, nos vemos luego chicos, no se duerman –dijo el chico riendo un poco mientras se despedía y seguía su camino hacia el edificio principal de la aldea.

La belleza del pueblo y los cambios casi nulos en la misma llenaban de emoción, nostalgia y alegría al ninja que por fin regresaba a su amado hogar, lo cual le hacía formar una enorme sonrisa en la cara. A su lado caminaba su maestro quien le miraba de reojo, sonreía al igual que Naruto pues sabía perfectamente lo que el chico sentía al volver, pues durante el entrenamiento el chico pasó algunos momentos de melancolía por no estar en casa. Siguieron avanzando sin decirse nada hasta llegar al edificio de la Hokage, donde todos los ninjas se sorprendieron de verlos volver al igual que se alegraban por ellos.

Saludaron algunos y siguieron su camino, a los pocos minutos por los pasillos se toparon con Shizune, la fiel ayudante de la Hokage. En sus brazos llevaba a la mascota de Tsunade, una cerdita de nombre Tonton. La asistente no se había percatado de ese par hasta que estaban cara a cara y su sorpresa fue mayúscula.

–Hola Shizune, ¿cómo estás? –dijeron ambos al mismo tiempo.

La mujer se sorprendió tanto que dio un chillido pues la habían tomado por sorpresa, terminado por caer sentada en el suelo soltando a la cerdita que le refunfuñó por el golpe que se llevó.

–¿Oye, estas bien? –Naruto se acercó para ayudarla a ponerse de pie–. No era nuestra intención asustarte, Shizune.

–No, no. Fue mi culpa, me sorprendieron. Gracias Naruto –respondió sobándose un poco el trasero por el golpe. Y luego reaccionó–. ¿Naruto? ¡Naruto y el maestro Jiraiya! –exclamó regresando a su sorpresa –Volvieron, cielos, esto es increíble. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¡Has cambiado muchísimo! –sonrió extraordinariamente y con emoción, casi tubo el impulso de abrazarlos a los dos.

–Cuatro años –respondieron los dos–. Tú no has cambiado nada que digamos. ¿cómo le haces para no envejecer?

–Seguro haces las mismas artimañas que Tsunade, ¿verdad? –comentó El Sabio de los Sapos, de forma socarrona.

–¡Claro que no, maestro Jiraiya! –alegó la pelinegra ofendida–. Solo me cuido bien, eso es todo. Pero bueno, dejando eso de lado. Vinieron a ver a lady Tsunade, ¿verdad? –sonrió olvidando las palabras de Jiraiya.

–Si, así es, ¿está aquí? –preguntó Naruto.

–Sí, claro. Está desocupada, estoy segura que se alegrará mucho al verlos otra vez, vengan –comentó la ayudante acompañándolos hasta la gran oficina de la Hokage.

La hermosa rubia estaba tranquilamente en su escritorio leyendo y firmando documentos, vestía su típico traje de Hokage, se le notaba bastante aburrida recargando su sublime rostro en una de sus manos mientras firma con casi nada de ánimos. Escuchó a Shizune carraspear y levantó la mirada. Al instante se sorprendió de ver tanto a Jiraiya como a Naruto quienes sonreían al verla levantando una mano en forma de saludo. Estuvo a punto de saltar y abrazarlos con entusiasmo, pero eso no va con ella pensó, así que se mantuvo en su asiento solo con el rostro iluminado por una enorme y preciosa sonrisa enmarcada por el labial rojo que suele utilizar casi siempre.

–¡Naruto, Jiraiya! –se levantó tranquilamente de su asiento, aunque la emoción afloró en su voz. Carraspeando un poco para recobrar su tono normal–. Vaya, y-ya volvieron.

–Vamos Tsunade, no tienes por qué actuar, es obvio que estas emocionada por volver a vernos –rio El Sabio que la conocía perfectamente y sabia cuando sobreactuaba.

–Si abuela Tsunade, casi saltas sobre el escritorio al vernos, estoy seguro que… –antes que siguiera hablando recibió un golpe en la cabeza por parte de la rubia que se movió como un rayo.

–Aun sigues llamándome vieja, Naruto –gruñó molesta apretando el puño y resaltándose una vena en su frente.

–Vamos lady Tsunade, no sea tan ruda con el chico, acaba de regresar a su hogar –se escuchó una voz detrás de ellos. Una voz calmada y bien conocida.

En la ventana estaba El Ninja Copia en cuclillas sobre el borde la misma, no había cambiado nada tampoco, incluso en su mano derecha tenía el famoso libro que tanto le gustaba, y que era obra del Sabio de los Sapos aun que parecía una versión más reciente.

–¡Kakashí sensei! –dijo con emoción el ninja rubio al ver a su otro maestro–. Usted tampoco ha cambiado nada, incluso sigue leyendo ese libro para pervertidos –comento contento.

Jiraiya solo bufó cruzado de brazos arqueando la ceja, pues él consideraba sus libros obras de arte de gran prestigio y fama, quizás lo sean.

–También me alegra verte Naruto, tu sí que has cambiado bastante en este tiempo –sonrió un poco el ninja de la máscara, aunque claro no es posible ver más que uno de sus ojos–. Hay alguien más que también se alegrará mucho de verte–. Señaló detrás de ellos a la entrada de la oficina.

Allí una joven chica de cabello rosa y vestimenta roja entraba con un montón de libros en sus brazos, los cuales dejó en el suelo cerca de la entrada. Suspiró mostrando cierto cansancio.

–Lady Tsunade, ya traje los libros que me pidió, creo que son… –en eso levantó la mirada quedándose muda al ver a su compañero de equipo otra vez.

–Sakura –expresó Naruto sonriendo de forma aún más alegre al verla a ella. Era una sonrisa muy diferente.

Se acercó hasta estar cara a cara. La joven kunoichi aún estaba muda ante la sorpresa, pues ella solo recordaba a aquel chico rubio entrometido que se fue a entrenar; ahora frente a ella había un hombre, lo primero que notó fue la altura de su compañero que ahora la rebasaba, también se mostraba un tanto fornido a pesar de las ropas holgada que suele usar. Se le ve más maduro. Su voz ya no era irritante como ella llegaba a pensar, era un tanto más grave y cálida.

–Vaya, tu si has cambiado mucho Sakura –expresó el rubio mirándola a detalle.

Al igual que ella, Naruto detallaba los cambios en su compañera, no solo su estatura, pues también creció y desarrolló su cuerpo dejando detrás la niñez y tornándose el cuerpo de una joven de gran belleza. Además, la notaba más fuerte, lo más relevante es que ya no era una niña mandona y gruñona como llegaba a pensar él, era toda una mujer.

–Te vez muy linda Sakura –fue lo que dijo con un tono amable y bastante honesto.

Esas palabras sorprendieron a los otros cuatro testigos de ese reencuentro, mientras que la joven ninja peli rosa fácilmente se sonrojo, no esperaba que él hiciera un cumplido de esa manera. Antes que aun pudiera decir algo él se acercó hasta poder abrazarla con efusividad. Descargando en ese gesto sus anhelos por reencontrarse.

–N-Naruto –fue lo único que pudo decir, antes de reaccionar y sonreír. Correspondiendo al abrazo más que gustosa al abrazo–. Volviste –susurro tratando de contener las lágrimas que amenazaban con recorrer sus mejillas ante tal reencuentro.

–Sabía que se alegrarían mucho al volver a verse –susurró Kakashi. De alguna manera enternecido por el rencuentro de sus alumnos.

–Sin duda. Por otro lado, debo hablar con Jiraiya en privado –dijo Tsunade mientras regresaba a su escritorio.

–Claro que si señora –asintió Kakashi mientras se acercaba a esos dos–. Naruto, Sakura, que tal si celebramos este recuentro comiendo en Ichiraku. Yo invito.

–¡Claro que si Kakashi-sensei! –respondió emocionado y ansioso, pues no había comido nada en todo el día, y un delicioso ramen le hacía agua la boca.

Los tres miembros del "Equipo 7" se retiraron de la oficina dejando solos a los dos legendarios ninjas, quienes en poco cambiaron sus semblantes de sonrisas a seriedad.

–¿De que quieres hablar Tsunade? –cuestionó Jiraiya acercando una silla para sentarse frente a ella.

–Es sobre las amenazas ante las que está la aldea –comentó ella de forma seria la mujer.

–Entiendo. Los Akatsuki aún no han sido identificados, salvo dos miembros: Itachi Uchiha y Kisame Hoshigaki, de los que tampoco sabemos su paradero o sus motivaciones. Además, tenemos a Orochimaru quien convenció a Sasuke Uchiha para irse con él, eso también lo convierte en un potencial peligro para la aldea puesto que no conocemos su escondite –el Sabio hizo un repaso sobre las amenazas de la aldea que conocía.

–Además hay otro riesgo, aunque solo sea un pequeño rumor venido de otras tierras –tomó una caja que estaba bajo su escritorio y la puso sobre este.

–¿De qué se trata? ¿Y desde cuando crees en rumores? –preguntó extrañado acercándose para ver mejor esa caja.

–Dime Jiraiya, ¿qué sabes sobre los samuráis? –ahora fue ella quien preguntó–. Los guerreros de la Era Antigua –enunció por primera vez con un tono de preocupación.

–Realmente no se mucho, nadie sabe mucho de ellos. La Era Antigua acabó hace demasiado tiempo – Respondió confundido pero intrigado–. Aun así, no veo ningún riesgo en eso, los antiguos samuráis están extintos y nada queda de su civilización o historia.

–¿Entonces puedes darme una explicación para esto? –abrió la caja.

El Sabio de los Sapos se impactó abriendo los ojos a mas no poder al ver el contenido de esa caja. Era una espada, pero no era una espada común, no era una espada que alguno de ellos dos alguna vez hubiera visto, era una katana un arma diferente por su elaboración, características e incluso materiales.

La empuñadura era negra y recubierta de cuero negro haciendo un diseño muy meticuloso, el guardamano era ovalado y con diseños de flores, muy artístico, finalmente a hoja era brillante y perfecta sin el menor daño o imperfección, sin dudas una técnica de forjado que desconocían los mejores herreros de esa aldea; y ni hablar de su filo. Era a capaz de cortar un cabello si este se dejaba caer sobre la hoja. En pocas palabras: un arma jamás antes vista por ellos.

–¿Crees que solo son rumores Jiraiya? –volvió a preguntar la hokage mirando a su compañero, viendo su cara de atónito ante esa arma.

–¿Dónde la encontraste Tsunade? –respondió aun mirándola a detalle tomándola para verla mejor, pensado que quizás, tan solo quizás, podía ser el trabajo de un herrero muy bueno. Sus manos nunca habían empuñado una herramienta como esa calidad que se notaba desde el peso de la misma, sumamente liviana.

–Fue enviada por el señor feudal del País de los Campos de Arroz hace unas semanas, afirma que sus soldados capturaron a un extraño hombre que llegó del mar del norte. Dicho hombre llevaba esta arma y unas ropas muy extrañas, una clase de armadura. Afirmaba ser un "ashigaru explorador", y no dio más información.

–Jamás había oído ese término, ¿el sujeto dijo que significaba? –dejó la espada dentro de la caja, pues de alguna manera le causaba inquietud tenerla en sus manos.

–No. Esa misma noche el sujeto, mientras estaba encerrado en su celda, sacó de sus ropas una espada similar, pero más pequeña, con la cual se suicidó cortándose el abdomen hasta desangrarse. Es inquietante que alguien sea capaz de suicidarse de una forma tan bestia –suspiró levantándose de su silla.

Se acercó a la ventana desde donde miraba la aldea, Jiraiya se acercó a su lado también para observar. La aldea jamás había vivido tiempos tan buenos, una paz y prosperidad que tanto habían anhelado de jóvenes, pero ahora esta se ve amenazada por presagios del norte, presagios de un terror tan antiguo que casi todos lo han olvidado y se envuelve en mitos.

–Jiraiya, en verdad siento que algo malo está por ocurrir, no sé cómo, ni donde, pero lo presiento –comentó la rubia cruzándose de brazos y tratando de ocultar el atisbo temor en su ser.

–Sea lo que sea lo enfrentaremos y lo acabaremos, y si es posible, encontraremos la forma para evitarlo –le respondió aun conservado su serenidad.

La rubia suspiro mientras asentía, tratando de sacar esos temores de su mente y creer las palabras de su compañero.

Nos ausentamos de la aldea de Konoha, incluso del País del Fuego, y nos vamos más al norte, hasta llegar al inmenso mar. En este lugar el clima no es tan agradable pues el cielo está terriblemente nublado ocultado la mayor parte de la luz del sol; solo es cuestión de tiempo para que una fuerte lluvia se libere. Es pues que aquí somos testigos de algo más que increíble. Tan increíble como aterrador

Surcando las grandes y agitadas olas del gran y poderoso mar del norte vemos una inmensa flota de barcos, cientos y cientos de barcos de madera hasta donde la vista alcanza; tantos que sus formas variaban de unos a otros, unos pequeños, otros grandes y uno que otro de tamaño colosal pues eran capaces de llevar sobre ellos torres grandes y en su interior a cientos de personas o cargas. Una poderosa flota de proporciones épicas se dirigía a toda velocidad hacia las naciones del mundo ninja. La gigantesca flota se agrupaba en siete conjuntos de barcos, en dichas embarcaciones se podían identificar siete estandartes diferentes.

Vamos al buque insignia del conjunto de barcos que viajaban al frente de los demás, este es un barco de dimensiones inconmensurables muy alto y con una gran torre en su cubierta, en dicho barco los hombres de la tripulación lo preparaban para la tormenta que se acercaba, trabajando arduamente bajo órdenes de sus comandantes y oficiales.

En la parte anterior del navío, justo en la punta, se encontraba un hombre tranquilamente sentado mientras bebía una taza de té ataviado con un elegante kimono masculino en color blanco con flores doradas. Este a su vez era resguardado por cuatro grandes y fuertes guerreros; guerreros que llevaban armaduras samurái de color blanco con dorado muy pesadas y gruesas. Los cuatro estaban arrodillados sosteniendo grandes lanzas con el estandarte de ese grupo en sus puntas: una flor dorada sobre un lienzo blanco.

Mientras dicho hombre disfrutaba de su té y de la maravillosa vista del mar otro se acercó a él por detrás, este también vestido como samurái con los mismos colores, añadiendo una capa blanca a su indumentaria.

–¿Padre? –llamó ese nuevo samurái–. ¿Qué haces aquí aun? La tormenta está a pocos minutos de comenzar debemos resguardarnos en la torre.

–¿Sabes cuantas tormentas he visto en mi vida? Cientos, quizá miles –respondió dicho hombre forma muy tranquila y sonriente.

No era para nada un joven, aunque su físico era rudo y forzudo, no podía ocultar el pasar del tiempo pues su edad rondaría los sesenta años. Su cabello había dejado de crecer y permanecía calvo a diferencia de su larga y frondosa barba que ya era cubierta por las canas; sus iris eran completamente blancos dejando solo ver sus pupilas, dando cierto temor a su mirada aun estando de buen humor.

–Aun así, la lluvia podría enfermarte, regresemos al interior –insistió ese hombre, que por cierto no permitía ver su rostro pues llevaba el gran casco de los samuráis además una máscara.

Dejó la taza en una pequeña mesa a su lado y luego se puso de pie; se estiró un poco pues llevaba ya allí un largo rato, al mismo tiempo sus guardias se levantaron en perfecta sincronía. El viejo hombre se acercó a su hijo, no había diferencia alguna entre sus alturas, y vaya que eran altos.

–Creo que tienes razón hijo –sonrió el viejo colocando su mano en el hombro de él–. ¿Cuánto falta para llegar a nuestro objetivo?

–Con este viento podremos llegar en tres o cuatro horas, padre. Es una pequeña aldea costera de un país llamado…hmmm: "País de los Campos de Arroz". Según nuestros exploradores no serán un reto –comentó el hijo con seriedad militar.

–Bien, bien, eso me gusta mucho. Ya sabes lo que hay que hacer hijo, deja solo con vida a unos pocos, aplica el "uno de cinco" ¿si sabes a qué me refiero? –le miró sonriendo y algo retador ante su pregunta.

–Claro que lo sé, dejar solo con vida a uno de cada cinco habitantes. Haremos que la palabra "Samurái" vuelva a ser temida y respetada como en La Era Antigua. Esas personas entenderán que enfrentarse a los samuráis es como enfrentar al infierno –el hombre se veía más que decidido y listo para llevar acabo tan terribles órdenes.

–¿"Enfrentarse a los samuráis es como enfrentarse al infierno"? –Repitió con cierta curiosidad e intriga el viejo–. Me gusta esa frase me gusta mucho, has que la graben en algún letrero cuando terminen con todo, ese será nuestro lema –dicho eso se retiró junto a sus guardias de regreso a la torre del barco.

El hijo se quedó allí un momento, mirando el horizonte y el cielo que comenzaba a mostrar sus colmillos con los primeros relámpagos y truenos. Al poco tiempo la lluvia se hizo presente cayendo sobre toda la flota. El cielo mismo parecía llorar por lo que ocurriría.