El grupo de Jubei no fue el único que partió ese día. Varios los escuadrones recibieron las mismas ordenes: explorar e investigar.

La base se preparaba para un evento de mucha importancia: la primera reunión de la Gran Alianza Samurái en tierras ninjas. Todos los sirvientes se esmeraban por concretar los preparativos a tiempo lo que llenaba de alboroto todo el lugar.

En medio de la algarabía una joven mujer se paseaba. Era una chica joven de baja estatura y de piel pálida, su larga cabellera posee un llamativo color violeta, el mismo color que tiñe sus ojos. Su porte y aspecto denotaba aun estatus alto, y la espada en su cintura la acreditaba como una samurái.

Detrás de ella caminaba un viejo hombre que listaba con detalle la comida que se serviría en honor a los siete daimyos de la alianza.

—¿Por qué se supone que esto me interesa? Me da igual lo que vayan a comer —Respondió la joven con total indiferencia.

—Disculpe, señorita Reiko, pero, usted dijo que quería participar en las actividades. La única labor que pudimos asignarle es como miembro del comité organizador de la reunión —Explicó el anciano agotado por seguirle el paso.

—¿Quién fue el idiota que me asignó a eso? —Cuestionó ofendida.

—F-fue su hermano mayor, el joven Kazuhiro…

—¡Pues no quiero formar parte de este estúpido comité! Es demasiado aburrido, quiero algo más interesante. Quiero conocer a esos famosos ninjas y enfrentarme a ellos —Expuso sus deseos como lo haría una niña que añora un deseo infantil.

—Lo siento, pero yo no puedo autorizar algo así, señorita. No creo que la hija menor del clan Tokugawa deba rebajarse a esa clase de tareas…

Antes que se explicara la mujer se dio vuelta encarándolo y tomándolo por el cuello.

Su belleza y apariencia grácil son un buen engaño para encubrir la tremenda fortaleza que posee.

—¿Qué dijiste? —Le miró con un rostro amenazante y su mano acarició la empuñadura de su katana— ¿Acaso crees que no soy capaz de vencer a unos patéticos ninjas?

—¡No, claro que no, mi señora! Usted es una guerrera de elite, dudo que exista alguien que pueda desafiarla —La fuerza que oprimía su cuello le dificultaba el habla, aun así atinó a disculparse y adular a su señora.

—Claro que no. Esos sujetos no son nada comparados conmigo. Hablaré con mi hermano para que me asigne algo divertido. Puedes regresar a la cocina, anciano, y encargarte tú de la comida.

Lo soltó tirándolo al suelo con desdén y se apresuró al centro de mando.

Desde la distancia, en una de las cabañas asignadas a samuráis de bajo nivel, un joven observaba a la hija menor del clan Tokugawa mientras caminaba con rumbo a la torre.

—Cielos, la señorita Reiko es preciosa —Suspiró con la mirada perdida.

Aquel era otro joven samurái. No era alto, ni tampoco era bajo, su complexión era delgada. Una insipiente barba crecía en su mentón y su cabello oscuro ondeaba al viento, largo y alborotado. Sobre la frente portaba una banda con el emblema de su clan.

—¿Preciosa? —Refutó otro joven sentado a su lado, que, hasta ese momento, tenía la mirada perdida en un libro—. Se me ocurren muchas palabras para describirla, y "preciosa" seria de las ultimas.

Este segundo muchacho era en edad similar a su compañero, también en estatura mas no en complexión pues se avistaba bastante delgado. Al ser de rasgos mas finos lo colocaba como un hombre de mayor atractivo ante las mujeres. Ojos azules hermosos y una cabellera azabache larga y sedosa componían sus facciones.

—Por favor, Akira, ¿Tú que puedes saber de mujeres? —Las palabras en contra de esa mujer logaron indignar al joven Hideo.

—Pues tú tampoco conoces mucho, Hiroshi. —Intervino una tercera voz en la conversación.

Era una chica un tanto mayor que ellos, mas no les era desconocida. Mas baja en estatura, delgada y encantadora a simple vista, siendo destacable su larga melena café y ojos verdes que recordaban el brillo de unas esmeraldas.

—Nadie pidió tu opinión, Yura —Espetó sonrojado.

Tal respuesta le hizo acreedor a una dura reprimenda por parte de ella. Sin dilación le atinó un buen golpe en la cabeza.

—No le hables así a tu superior, tonto —Respondió Yura con autoridad mientras sometía la cabeza del chico con una sola mano.

—S-solo eres un año mayor que nosotros —Gruñia tratando de zafarse de su agarre.

—Ustedes dos nunca cambiaran —suspiró Akira. Ese comportamiento entre ambos no resultaba extraño—. Oigan, ¿no creen que faltar a nuestro trabajo fue mala idea?

—Vamos, Akira, ¿por qué sería malo? —Respondió Yura soltando a Hiroshi.

—Si, además que aburrido es estar horas y horas descargando caja, tras caja, tras caja. ¡Somos samuráis no ashigarus! —Razonó Hideo acomodando su cabello.

—Eso es verdad, pero no creo que a nuestra sensei le guste que faltemos al trabajo; es muy estricta en ese aspecto, como en todos —Cerró su libro comenzado a preocuparse.

—Despreocúpate. Ella está muy ocupada trabajando en las misiones de reconocimiento; no sabrá que faltamos al trabajo —Sonrió Hiroshi bastante seguro.

Una sombra silenciosa se cernió sobre ellos por detrás pocos minutos después.

—¿No tienen un mal presentimiento? —Dijo Yura con un escalofrío.

—¡Hiroshi Fujigawara! ¡Akira Tokisawa! ¡Yura Kuriyama! —Enunció la voz de mujer. Una voz fuerte e intimidante.

Los tres chicos tragaron saliva más que nerviosos y titubearon sin querer mirar a sus espaldas. Antes de que los tres chicos se excusaran, o huyeran, tres golpes en la cabeza los derribaron.

Esa fémina ruda y de gran autoridad era su mentora y líder de escuadrón. Una mujer de edad madura, rozando ya su cuarta década de vida, mas tal edad no ensombrece aun la belleza que de su rostro y cuerpo emanan. Su cabello es pelirrojo y sus ojos azules. La armadura que portaba con gallardía y elegancia es de color blanco con dorado, los colores del clan Tokugawa. Su arma es una pesada naginata.

—¡¿Por qué carajos no están trabajando, idiotas?! ¿Acaso creen que por ser samuráis están exentos del trabajo? ¡Pues no! ¡Aquí todos deben trabajar! Solo trabajando entenderán las virtudes del camino del samurái. El trabajo nutre el alma y mejora el cuerpo. Quiero que se disculpen por su indisciplina y se presenten de inmediato al puerto para trabajar tres turnos seguidos, ¡y no van a comer hasta que yo lo diga!

—¡Lo sentimos, Ayako sensei! —Clamaron los tres al unísono, entre asustados y arrepentidos, y bien arrodillados como muestra de respeto.

No era la primera vez que su maestra los reprendía de esa manera y sin importar cuantas veces lo haga no dejaba de ser intimidante y aterradora por su intensidad y habilidad para tomarlos por sorpresa. No perdonaba la menor disciplina o falta de educación.

—¡¿Acaso el puerto está en el suelo?! ¡Lárguense a trabajar! —Gritó dando un fuerte pisotón frente a ellos.

Tan rápido como pudieron salieron corriendo en dirección al puerto, tropezándose en varias ocasiones.

—Siempre me meto en problemas por su culpa, idiotas —Bufó Yura.

—¡Ja! Si claro, tú fuiste la que dijo que no quería trabajar y nos convenció —Agregó Hiroshi.

—¡Ya cállense! Les dije que debíamos ir a trabajar o lo lamentaríamos, ahora trabajaremos tres turnos por su culpa, y sin comer. ¡Mierda! —Terció Akira.

Desde la distancia su sensei, Ayako Sendo, los miraba vigilando que no hicieran alguna treta y escaparan de su deber, aunque tras la reprimenda sabía que ninguna tendría tal osadía.

A pesar de lo que pudiera parecer al evocar tal disciplina con violencia, Ayako, apreciaba y quería a sus alumnos en gran medida. Era quizás ese afecto lo que la obligaba a guiarlos por el buen camino a la fuerza. Bastaron solo unos instantes para que su adusto rostro se disolviera y una sonrisa se dibujara en sus rosados labios al verlos correr tan aprisa.

En el centro de mando otra reunión se suscitaba en ese momento. El joven heredero del clan Tokugawa, Kazuhiro, su fiel guardaespaldas, Tetsuo, Tomoe y Kazuki, los cuatro estaban degustando un almuerzo dentro de la torre, en una de las tantas salas ya terminadas.

Ante ellos cuatro se encontraban un hombre arrodillado informando acerca de los resultados de la misión que le fue encomendada.

—Recorrimos y revisamos cincuenta kilómetros a la redonda. No hemos encontrado rastro alguno del hombre conocido como Orochimaru.

—¿Me vas a decir que en estos días que estuviste fuera no lograste encontrar rastro alguno? —Interrogó Kazuhiro.

—Me temo que no, mi señor. Ese sujeto, Orochimaru, debe esconderé muy bien para poder evadirme —Sugirió de forma seria, mostrando respeto en todo momento.

—Si mal no recuerdo, a ti te llaman "El Halcón del bosque". Pensé que trataba con uno de los mejores rastreadores al servicio del clan Takeda —Comentó Kazuki mostrando decepción por los resultados de la búsqueda.

—Como dije, Orochimaru puede estar oculto en algún refugio y por ello no he sido capaz de hallarlo, o puede que esté mucho más lejos.

Solo un samurái responde al mote de "El Halcón de los bosques", el campeón del clan Takeda. Un hombre alto y fuerte, de porte serio y disciplinado, con ojos verdes e inexpresivos, así como una larga melena café.

Los colores de su armadura son el rojo y el negro. Su arma es un hermoso arco, yumi, de madera de ébano con tejidos decorativos blancos y una cuerda del mismo color.

—Sato Imagawa, campeón del clan Takeda, me has decepcionado. No pensé que alguien como tú pudiera fallar en una misión tan simple —Razonó Kazuhiro.

—Si usted me lo permite, puedo retomar la búsqueda extendiéndome en todo el territorio de esta nación que estamos invadiendo. Tarde o temprano podré dar con ese hombre —Sugirió sin intimidarse u ofenderse.

—Parece que llego en el momento más apropiado

Reiko Tokugawa apareció en ese momento en la sala llamando la atención de todos. Escuchó con atención la conversación entre su hermano y Sato. Con su petulante sonrisa y su contoneo se acercó al campeón samurái y se ofreció como compañera en la búsqueda de ese tal Orochimaru.

—Tomoe, Sato, Kazuki, Tetsuo, retírense de la sala —Ordenó el heredero manteniéndose serio hasta ese momento.

Todos los campeones ofrecieron una reverencia y se retiraron.

Una vez fuera Sato se encontró con su discípulo y compañero.

—Sensei, ¿quién es esa mujer? —Preguntó el muchacho en voz baja.

—Es una mujer que no quieres conocer, Kido —Fue lo que su mentor respondió.

—¿Por qué dice eso, sensei? —Insistió el joven.

—Es de las peores mujeres samurái que existen. No te fíes de su lindo rostro o su suave voz; ella es un peligro y muchos han perecido por subestimarla. Es igual a todos los miembros de su clan —Finalizó tiñendo su rostro con desprecio.

Ante la terrible descripción de su maestro, el joven Kido no podía dejar de pensar en ella y como su apariencia discrepaba de las palabras de su mentor.

Este joven era uno de los samuráis más jóvenes entre las huestes invasoras. Recién alcanzada la edad suficiente para pelear a la par de su mentor. Su apariencia lo hacía ver endeble pues incluso entre las mujeres seria de baja estatura. Su cabello es cenizo, corto y descuidado, sus ojos son grandes y marrones.

Al igual que su mentor porta una armadura, bastante menos impresionante, con los colores del clan Takeda y su arma es una katana.

Dentro de la sala los dos hermanos del clan Tokugawa conversaban.

—Ya te dije que no, Reiko. No vas a salir de la base hasta que padre esté aquí y él lo autorice —Dictaminó Kazuhiro.

—¿Y por qué no? Sabes perfectamente que yo puedo ser más útil haya afuera: luchando, que aquí vigilando el estúpido estofado de pescado. ¡Quiero luchar! ¡Quiero conocer y asesinar ninjas! —Insistió con el semblante fruncido y los brazos cruzados.

–No puedo dejar que salgas. No puedo arriesgarte. Además, en esta misión ya está Sato Imagawa, tarde o temprano él lo encontrará a ese tal Orochimaru. A hora, por favor, retírate —Se puso de pie y señaló la puerta.

Reiko no se dio por vencida, sabia como convencer a tu hermano mayor. Se acercó por detrás y puso sus manos en los hombros de él.

—Hagamos un trato, hermanito: déjame salir a buscarlo, acompañaré y ayudaré a Sato Imagawa hasta hallarlo —Decía mientras lentamente masajeaba los hombros de su hermano.

—¿Qué clase de trato es ese? —Arqueo la ceja mirándola sobre su hombro. Las manos de su hermana en sus hombres conseguían incomodarlo en vez de relajarlo.

—Cuando corte la cabeza de ese sujeto te la traeré y le dirás a padre que era un poderoso líder ninja con un enorme ejército que amenazaba con atacar nuestra base —Sonrió y se colocó frente a él—. El ninja era muy fuerte, no obstante, no fue rival para tu inteligencia y poder, hermanito. Le diremos a padre que tu solo lo asesinaste. Es un trato justo. Me dejas divertirme y tu podrás llevarte el crédito.

Kazuhiro miró sus siniestros ojos violetas. Sabía perfectamente las capacidades asesinas que su hermana; si ella se propone algo lo cumple. Pero desconocer las habilidades y fuerza de ese misterioso ninja lo hacían sentirse inseguro.

Al final pudieron mas los ojos de Reiko que la sensatez de Kazuhiro.

—Bien, saldrás en busca de Orochimaru, pero te acompañará Sato y su cachorro. Quiero que además lleves a otro samurái que pueda ayudarte si la situación se pone difícil.

—No te preocupes por eso, Miyuki irá conmigo, hermanito —Sonrió con excitación y dejó sobre el rostro de su hermano decenas de besos.

Reiko salió a toda velocidad en busca de su compañera.

Kazuhiro informó a Sato y a Kido la integración de su hermana y otra persona a la misión de encontrar a Orochimaru y que ahora estaban en libertad de abarcar tanto territorio como consideraran necesario para dar con ese ninja.

En una de las cabañas de lujo medio, en la habitación principal se encontraba una mujer pasando uno de los momentos de indecisión más comunes que pueden ocurrir a una chica: decidir qué vestir ese día.

Maldecía la falta de opciones en su equipaje. Arrojaba prendas por todos lados descartándolas para luego recuperarlas y reconsiderar si era un color aceptable para ese día y estación.

Aquella joven de estatura sobresaliente es una samurái al servició de los Tokugawa. Su cabello es corto y de color cobrizo, sus ojos son azules. Su cuerpo denotaba una curvas y atributos sobresalientes para su edad.

Debido a su indecisión de vestimenta caminaba por la habitación en una singular ropa interior de color roja.

La puerta sonó en ese momento sacándola de su cavilación.

—Sea quien sea, no tengo tiempo lárguese …

No pudo decir nada más pues sintió un agudo dolor en una zona muy sensible. Saltó hasta caer al suelo dando un agudo chillido y llevándose las manos al trasero

—¡¿Qué te pasa?! —Tajó con unas lágrimas amenazando con salir de sus ojos.

Técnica secreta samurái, Ataque de los dedos del dragón —La autora de dicho ataque era la misma Reiko, quien le aplicó un kancho a su compañera.

Técnica también conocida por los ninjas como: "Mil años de muerte"

—Como siempre, dejas tu retaguardia desprevenida, Miyuki Hitoyo —Agregó sonriendo y tratando de contener la carcajada.

—¡Tú y tus estupideces! Si sigues haciendo eso no podré casarme. ¿Qué diablos quieres, Reiko? —Se levantó sobándose el trasero.

—¿Se puede saber qué haces en ropa interior?

–Pues lo que hace la gente normal en ropa interior, ¡vistiéndome! Ahora vete que no he elegido un atuendo que me guste —Regresó a buscar algo para ponerse.

—No te preocupes, Miyuki, ya elegí algo para ti: tu armadura. Nos vamos en una misión. Voy a prepararme, te veo en la salida en treinta minutos o vengo y te llevo a la fuerza —Más que sugerencia fue una orden pues si bien eran amigas, eso no quitaba que Reiko era superior en rango a la joven Miyuki al ser hija del daimyo Tokugawa.

Las horas pasaron y la noche cayó. Todo estaba listo para recibir a los daimyos y sus herederos. Las naves insignias de cada clan se acercaron a la playa para desembarcar a esas importantes personas.

Todos los soldados, samuráis y ashigarus por igual, se formaron para dar la bienvenida a los líderes de la Gran Alianza Samurái.