A ti, 1000 años después.
"Mantén la mente abierta, la verdadera ciencia comienza con la observación"
—Brian Weiss—
Muchas vidas, muchos maestros
Mientras las copas de los árboles se mecían por el terrible viento vespertino, él se mantenía sereno y sentado en la caja de arena del parque, quizás pensando en las respuestas a su propia existencia. Justo donde estaba el sol no lograba azotarle la cara, pues gentilmente aquellas copas de árbol lo acogían como si recibiera un gesto de cuidado y protección contra el ardiente gobernador de ese cielo. Y a pesar de que tenía la frescura de la naturaleza verde, sus mejillas rojas debieron saltar a los ojos de su madre, ya que corrió a extenderle una botella con agua. Bebió y luego ella se fue de nuevo hasta la banca, a mirarlo desde una distancia prudente y animarlo a continuar construyendo su castillo de arena.
Sin embargo, él no podía hacer más que perderse nuevamente en sus pensamientos, en la lejanía del cerro al fondo y el viento que le refrescaba el cuello del sudor.
No estaba seguro exactamente del número de años que transcurrieron desde que la humanidad se encontraba libre de aquellos gigantes que poblaron la tierra, como en la escuela solían decir a los "Titanes" de los cuales tenía la memoria intacta. Muchas veces quiso alzar la mano y decir que los titanes en realidad eran personas como ellos, pero luego lo invadía el temor a que lo llamaran loco y, callaba. Las imágenes y videos recreados para la enseñanza de los niños le resultaban abominables, puesto que todos hablaban como si fuera un acontecimiento espectacular, tanto como se hablaba de los dinosaurios y muchos otros "gigantes que caminaron en la tierra". Ciertamente, ver cualquier material referido al tema le producía molestia y aturdimiento, demostrando asco hacia ese tema de la clase que luego resultó en un llamado de atención para su madre.
Levi, un niño de primaria, con ocho años de edad veía el mundo con los mismos ojos de terror que algún día fue. En su lecho de muerte, cuando todavía ostentaba su título de Capitán —solo reconocido por los miembros de su antiguo escuadrón durante la guerra y aquellos dos con los cuales no pensó jamás involucrarse, Gabi y Falco— pensó que finalmente se borrarían todos los recuerdos de una vida que pareció un eterno sufrimiento, desde su niñez desdichada, la adultez en constante estrés, y una vejez que pareció apiadarse de él, menos con la memoria, puesto que allí residían los recuerdos de sus pérdidas. Cuando llegó la muerte a abrazarlo pensó que sería la mejor manera de culminar con cada rastro de la existencia de los demás, — su madre, Kenny, Isabel y Farlan, Erwin, Petra, Hanji… — y que evidentemente, también arrastraba la suya: finalmente todo sería la nada.
Se miró las manos, sus dedos eran llenos y estaban libres de cualquier cortada o suciedad que no fuera la sola arena con la que pretendía jugar. Podía olerse todavía la colonia y el talco que su madre usaba en él, podía apreciar su ropa en buen estado que su padre se esmeraba por comprarle. Al regresar a casa tendría un nuevo baño, jugaría con pato de hule y olería de nuevo a lavanda por el shampoo, luego le servirían la cena y ayudaría a acomodar la mesa, más tarde sería la ultima hora de la televisión y finalmente tendría que dormir usando su pijama suave de oso. Su padre llegaría corriendo de la oficina para desearle buenas noches, y se quedaría dormido con ambos hasta despertar en la madrugada solo.
Era, en lo que parecía, una vida buena y que todo niño debía tener.
Se rascó la cabeza frenéticamente, de pronto volvía a sentir la opresión en el pecho que le impedía vivir a plenitud en esa nueva vida. Aunque ya hubiera reencarnado varias veces todavía seguía indispuesto a enfrentarse de nuevo a cada una de ellas; porque no se sentía correspondido en ese mundo, porque de nuevo tenía una familia disfuncional, porque de nuevo tenía carencias o… sencillamente porque no encontraba a nadie de los que conoció en su primera vida como para compartir las demás.
Respiró profundamente y miró a su madre, aquella mujer que rebosada en dulzura esperando a continuara jugando.
El asediante recuerdo de un amor que nunca fue seguramente era su propulsor para seguir en cada intento, seguir buscándola a ella, a Hanji Zoe, de entre miles de personas y en el doblez del tiempo. Cuando comenzó a perder las esperanzas de encontrarla, cuando vivía por séptima vez, cometió suicidio como un acto que le aceleraría el proceso de búsqueda. Creía que si no la encontraba hasta los 30 años, no lo encontraría jamás: siendo que una vez vivió hasta los sesenta y cuatro años sin tener ningún rastro de ella. Sin embargo, en dos vidas se detuvo de suicidarse al pensar en esa madre y en esa familia que le había tocado: no los sentía como parte de él, jamás se sintió así, pero en un momento menos pensado, la madre que tuvo en la vida veintitrés le dijo que esperaba vivir muchos años para así verlo convertido en un hombre de bien.
Entonces nació la culpa y el rencor hacia sí mismo por dejar en el abismo a todas aquellas madres que tuvo en el pasado, aunque él no sentía amor parental, razón por la cual un buen día comenzó a tener crisis emocionales y de identidad por no sentirse llamado a amar a quienes vivieron con él, a quienes conoció también.
Era un desconocido en cada línea temporal, como si realmente no perteneciera allí y su único sitio hubiera sido ese mundo de titanes del que tanto decía detestar. De pronto era un vagabundo de la vida, alguien que se desconocía a sí mismo sin importar cuanto sus familias se hubieran esforzado por ayudarlo.
Quizás cambiaría de pensar si lograba hallarla a ella, a Hanji Zoe, o cualquiera de sus amigos o pequeña familia de su primera vida. Aun así por mucho tiempo siguió su alma vagando en tiempos y espacios, sorteando un lugar de nacimiento que no podía escoger. Casi al borde de la locura buscó ayuda en una santera, según para dejar de seguir de volver a nacer: porque estaba cansado, solo quería morir de verdad.
Pero una vida le tocó y seguramente sería un niño enteramente feliz si no fuera por el detalle de quien era su madre. Alzó los ojos rebosados en lágrimas hacia ella, como si estuviera al borde de experimentar otra vez un colapso nervioso. La veía caminar con prisa, acercándose hacia él, tenía los ojos marrones que siempre anheló volver a ver, tenía ese cabello castaño tan rebelde azotado por el viento de la tarde.
Sin cuidado alguno se sentó en la arena con él, le acarició la mejilla y le susurró por qué lloraba.
—Levi… —susurró Hanji acariciándole la mejilla —¿Ya no quieres jugar? ¿Por qué no simplemente lo dices y vamos a los juegos mecánicos?
La vio reajustarse los lentes antes de levantarlo en peso para llevárselo de allí. Se dejó llevar todavía inundado en llanto porque no quería haberla encontrado de esa forma: no como su madre.
