Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


I

El cadáver

Presente

Lucerys Velaryon estaba dormido cuando llamaron a la puerta.

Abrió los ojos lentamente, acostumbrándose a la luz que bañaba la habitación. Extendió la mano en busca del calor de su cuerpo, del relieve de las vértebras de su espalda, pero lo único que encontró fue la impresión de su silueta en las mantas. Frotó la nariz contra la almohada ahuecada, inspirando el último resquicio de su aroma.

Sentía los muslos adoloridos y húmedos; la piel del cuello le palpitaba allí donde se habían posado sus dientes. En el torso tenía una marca violácea en forma de media luna, muy cerca del pezón izquierdo. Las imágenes de la noche anterior se le proyectaron en la mente, pequeños relámpagos que iluminaban todos sus pensamientos. Sonrió el recordar sus dedos apretándole las caderas, impulsándolo para profundizar el contacto.

—Es importante, príncipe Lucerys —insistió la voz al otro lado de la madera.

Rebuscó en su memoria al dueño de esas palabras.

—Un momento, Cedrik —dijo cuando lo recordó. Él era el aprendiz del Maestre Bertram, quien ya tenía noventa días de nombre cumplido y pronto no caminaría más por ese mundo—. Me estoy vistiendo.

A menudo, prescindía de la ayuda de los criados para alistarse. No le agradaban las miradas indiscretas que intercambiaban las doncellas cuando le veía el cuerpo roto, magullado. No hacían preguntas, pero le preocupaba que corrieran el rumor por las cocinas y lavanderías. «El príncipe no está casado, pero comparte la cama todas las noches.»

Buscó los pantalones de lana suave y la camisa de lino que estaban junto a la cama. Se los colocó torpemente y se echó una capa azul por encima de los hombros para disimular las marcas.

Al abrir la puerta, se encontró con el pelo revuelto de Cedrik y sus ojos abnegados en preocupación. En algún momento lo había considerado atractivo; ahora se daba cuenta que sus rasgos eran los de un vulgar pescador al que le habían cambiado el destino. ¿Cómo había podido equivocarse tanto?

—¿Qué sucedió? —preguntó.

—Tenéis que verlo con vuestros propios ojos, príncipe. Está en los aposentos del maestre Bertram.

Se dirigieron al ala este, a través de un pasillo largo y sinuoso como un río, en completo silencio.

Las torres del castillo eran altas y esbeltas y estaban coronadas por planchas de plata que hacían resplandecer hasta el último rincón. De día, no había lugar para los miedos; durante la noche, era como sumergirse dentro de la boca de un lobo.

Las paredes eran de piedra clara y estaban llenas de apliques dispuestos en hileras para las antorchas que encendían al anochecer. Y todas las puertas tenían talladas un caballito de mar en su superficie, exceptuando la del maestre Bertram. Su abuelo, la Serpiente Marina, le había indicado al artesano que cincelara los nueve eslabones de su cadena.

—Maestre, os traigo al príncipe —anunció Cedrik antes de entrar— tal como lo habéis indicado.

El maestre se ciñó a las cortesías, pero Lucerys Velaryon no respondió.

Los aposentos que siempre olían a incienso y cedro —el maestre Bertram los usaba para camuflar el polvo y humedad que emanaban sus libros añejos—, estaban impregnados de la sal y la roca. Como si una sirena hubiera capturado el mar en su boca y lo hubiera escupido dentro de esas cuatro paredes. Pero las sirenas no eran más que leyendas y esa era la realidad.

Sobre la superficie lisa de la mesa central de la habitación, se encontraba un cuerpo henchido y blanquecino. Los cangrejos le habían mordisqueado los dedos hasta la segunda falange; el pelo platinado, empapado desde la raíz hasta la punta, estaba lleno de algas verdes y piedritas irregulares. Lo más perturbador era que tenía conchas marinas sobre los ojos. Si las retiraba, ¿se encontraría con sus ojos violetas fijos en la eternidad o con cuencas completamente vacías? Temía saber la respuesta.

—¿Dónde la encontraron?

—En la orilla, mi príncipe. Después de que la marea bajó, los pescadores encontraron el cuerpo al tirar las redes. ¿Tenéis alguna duda…?

—Es ella. No tengo duda alguna —respondió Lucerys—. Ese vestido se lo regaló lady Arryn. La modista del Valle se lo hizo exclusivamente. —La tela se había conservado bien, a pesar de los días en el mar. Era del mismo color que las escamas de Alba, la pequeña dragona de su prima. Alba era la segunda cría que poseía y tenía tanto temor de que muriera como la primera que nunca se separaba de ella—. ¿Dónde está la dragona de mi prima?

—Los guardias la siguen buscando, mi príncipe —respondió Cedrik.

—Decidles a los guardias que detengan la búsqueda y que regresen a Marea Alta. Alba no es más que una cría, no puede irse volando —ordenó a Cedrik. El aprendiz se marchó a paso rápido—. ¿Cómo murió? —preguntó al maestre.

—Sin temor a equivocarme, os diré que se trata de un ahogamiento. Cuando presioné el pecho, le salió agua por la boca. No hay signos de violencia en las muñecas, ni en los hombros. Y estoy seguro que cuando le quité el vestido, tampoco habrá marcas en la piel —explicó el maestre—. Primero tuve que preparar a la madre para el Desconocido cuando se suponía que le pondría un niño en los brazos y ahora tengo que embalsamar a la hija. Qué trágico final, morir por ahogamiento...

«Esto no se trata de un accidente», pensó con determinación.

Rhaena Targaryen, su prima y prometida, estaba muerta y Lucerys Velaryon sabía muy bien quién la había matado.